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"Contribuciones a la Economía" es una revista académica con el
Número Internacional Normalizado de Publicaciones Seriadas
ISSN 16968360

MANIFIESTO EXPANSIONISTA

MANIFIESTO EXPANSIVISTA

Alfredo González Colunga (CV)
alfredocolunga@telecable.es

 

INTRODUCCIÓN

Dado que el universo es energía, puede resultar interesante contemplar la evolución como, precisamente, una lucha por el acceso a esa energía. Si observamos que los sistemas vivos evolucionan aumentando su potencia, es decir, la cantidad de energía que a la que logran acceder por unidad de tiempo, y si observamos que, una vez transformada en dinero, lo mismo sucede a los deportistas, a las empresas, o a los estados, podríamos plantearnos por un momento que esta perspectiva, a la hora de contemplar la evolución, pueda ser incluso más básica que otras. Y esto sin necesidad siguiera de entrar a valorar “qué” es la energía, sino simplemente cuáles son las reglas de su uso.

Esta perspectiva, de revelarse operativa, lo será en muchos ámbitos. Aquí exploraremos el de su uso como marco económico. Esta exploración adopta el formato de “manifiesto”; manifiesto expansionista, o expansivista.

PARTE PRIMERA. SOBRE LOS SISTEMAS ORGANIZATIVOS

-Estructura de los sistemas organizativos

Cualquier sistema organizativo requiere una energía que mantenga su estructura.

Para capturar esa energía cualquier sistema organizativo requerirá por tanto, al menos, tres subsistemas:

-SENSORES para localizar esa energía.

-HERRAMIENTAS para capturarla.

-Un SISTEMA DECISOR, encargado de distribuir la energía de que dispone en cada momento, de modo que pueda enviar más o menos energía hacia sensores o herramientas.

 Además de sensores, herramientas y decisores, un sistema organizativo requerirá diferentes sistemas de comunicación entre sus subsistemas y también podrá tener complejísimos transformadores de energía, sistemas de mantenimiento, etc. Ahora bien; la estructura básica antes descrita y, en función de ella, su criterio prioritario de toma de decisiones, permanece inalterable.

 De esto se deduce que los sistemas organizativos operan entonces de manera secuencial, es decir: es necesaria una información de los sensores para que el decisor opte por una determinada estrategia de inversión energética. Esta, a su vez, irá dirigida hacia los sensores, hacia las herramientas, o hacia el propio decisor. Cada paso dado alterará las probabilidades de acceso a energía del sistema organizativo.

 Por lo tanto, e independientemente de la complejidad del sistema organizativo analizado, ocurrirá que:

 Un sistema organizativo tomará sus decisiones en base a la información sobre probabilidades de acceso a energía suministrada por sus sensores, y entregará energía a sus sensores y herramientas en función de esta información.

 Entenderemos por lo tanto que el decisor no tomará sus decisiones en base a la energía de que dispone, sino que dispondrá de su energía en base a la información que le envíen sus sensores. Dado que los sensores transmiten probabilidades de acceso a más energía, el decisor tomará sus decisiones en base a las probabilidades de acceso a nueva energía de que disponga.

 Dicho de otro modo: cualquier sistema organizativo opera en un modo esencialmente probabilístico.

 Dado que todo proceso, no importa de qué tipo, implica una pérdida de energía, un sistema organizativo será aquel capaz de organizar, según el procedimiento explicado, operaciones tales que la probabilidad de acceso a nueva energía generada sea, en el promedio del conjunto de las operaciones llevadas a cabo por el sistema organizativo, superior a la energía perdida en el proceso. En los procesos de lucha por competencia energética, que habrán de ser cada vez más eficientes, esta diferencia tenderá a crecer.

-Acceso a la energía.

Dada esta estructura básica, existen sólo dos formas de acceder cada vez a más energía:

-          bien localizando nueva energía –es decir, mediante la mejora o evolución de los sensores-.

-          bien mediante un aumento de la eficiencia energética que permita acceder a cada vez más energía –es decir, mejorando las herramientas-.

Igualmente, desde el punto de vista de la energía a la que es posible acceder, sólo existen también dos opciones fundamentales:

A)     Los sensores localizan energía, pero no los límites de dicha energía.

B)     Los sensores han localizado los límites de su banco de energía..

El caso A tendrá lugar cuando las fronteras de la energía disponible sean, en la dimensión explorada, más extensas que las fronteras a las que acceden los sensores que intentan localizarla.

Imaginando que la energía disponible tiene forma de círculo, los sensores, dentro de ese círculo, pueden barrerlo, pero siempre en círculos de radio más pequeño que el radio del círculo de energía. Por lo tanto no alcanzan a “ ver” dónde acaba esa energía. Esa energía, por lo tanto, se aparece ante el sistema organizativo como ilimitada.

Un sistema organizativo tenderá en esta situación, en promedio, a invertir más de la energía de que dispone en sus sensores, para aumentar su capacidad de localizar más de esa ilimitada energía, y también a invertir más en herramientas para capturarla. El decisor también invertirá en sí mismo, en su propio desarrollo, ante la necesidad de tomar decisiones sobre un sistema crecientemente complejo.

Por todo esto podemos afirmar que un sistema organizativo en esta situación, es decir, ante la apariencia de acceso ilimitado a energía,  se encuentra en fase expansiva.

La situación B, sin embargo, se produce cuando el sensor ha localizado los límites de la energía de la que dispone.

Si imaginamos  de nuevo que la energía disponible tiene forma de círculo, entonces los sensores del sistema organizativo habrán ido aumentando su radio de acción hasta que, finalmente, los dos círculos coinciden.

En este caso el decisor dispone de diferentes opciones de cara a optimizar su estrategia:

Respecto a su inversión en sensores, puede continuar con ella, multiplicándola incluso si es necesario mediante una mayor inversión también en herramientas. En ese caso aumenta sus probabilidades de acceso a nueva energía, pero dado que ya ha encontrado los límites de la energía disponible en ese momento, la nueva energía disponible tendrá que ser, o bien de un tipo no conocido, o bien de un tipo conocido pero aún no localizado. En ambos casos el acceso a esta energía es, por tanto, estrictamente no predecible. 

Sí es predecible, sin embargo, que la inversión en esta búsqueda acelerará el consumo de la energía ya disponible, y que ha quedado definida como limitada. Es, por tanto, una estrategia arriesgada, a la espera de que un golpe de fortuna permita al sistema organizativo acceder a una nueva fuente de energía.

La otra opción es la reducción del consumo: reducir la inversión en sensores a la espera de que, aún así, en un golpe de azar esas nuevas fuentes aparezcan. El sistema organizativo dispondrá de sensores de inferior calidad, y por tanto de menor probabilidad de alcanzar esa nueva energía, pero a cambio reducirá su consumo, y dispondrá de más tiempo para que sus sensores localicen azarosamente esa energía.

También para las herramientas existen dos opciones en un entorno de limitación energética: el primer caso será aquel en que, además de la limitación energética, exista una competencia por la energía restante, es decir, si existe más de un sistema organizativo que aspira a consumir esa energía ya localizada.

En este caso el sistema organizativo no tendrá opción: deberá  seguir suministrando energía a sus herramientas, con la esperanza de acaparar la mayor parte de la energía disponible y de que, durante ese plazo, los sensores descubran nueva energía, del mismo o de otro tipo. Dado que este acontecimiento es no predecible, y sin embargo sí lo es que la aptitud en la competencia por la energía limitada restante determinará las probabilidades de supervivencia, la inversión en sensores exploradores de nueva energía tenderá en promedio a reducirse constantemente.

En el caso hipotético de que sea un sólo sistema organizativo el único capaz de acceder al banco de energía, la mejor estrategia pasaría a ser la de disminuir también la energía enviada a sus herramientas: una estrategia de recorte de gastos para así, pacientemente, esperar que la localización azarosa de una nueva fuente energética tenga lugar por parte de los sensores.

Pero dado que cualquier sistema organizativo está formado por subsistemas  y estos, a su vez, habrán de cumplir con las características de cualquier sistema organizativo en lucha por acceso a energía para mantener su estructura, es decir, deberán disponer de sensores, herramientas y decisores, podemos concluir que la lucha por el acceso a la energía limitada restante seguirá siendo inevitable.

Podemos concluir por tanto que, en un entorno de limitación energética, los sistemas organizativos, forzados por la competencia por el acceso a la energía restante, tenderán progresivamente a disminuir su inversión en el desarrollo de sensores que les permitan el acceso a nueva energía, y a concentrarse en la lucha por la energía limitada restante.

En lo que sí invertirán siempre los decisores en un entorno de limitación energética es en sensores y herramientas especializados, útiles para el control del gasto.  Sensores y herramientas que, a pesar del gasto que suponen, logren una disminución del gasto de los sensores y herramientas ya existentes, tal que el nuevo gasto sea inferior al anterior. Es decir, nuevos sensores y herramientas que mejoren la productividad, y el control energético, de los antiguos sensores y herramientas.

Podemos decir que un sistema organizativo en esta situación se encuentra en fase recesiva.

-Un breve ejemplo del paso de una fase expansiva a una recesiva:

Imaginemos un pueblo de 100 habitantes que dispone en su centro de un pozo de petróleo, que los vecinos extraen con una cuerda y un caldero.

Por más que han tirado cuerdas atadas con piedras, nadie ha sido capaz de encontrar el fondo del pozo. Así que, aunque todo el mundo sabe que el pozo ha de tener algún fondo, el pozo es percibido de hecho como un pozo sin fondo. La mejor estrategia para el pueblo, y la que se impondrá, es que todo el mundo acceda al pozo libremente (las voces agoreras no serían escuchadas, ni nadie permitiría, ni tendría sentido, el veto de acceso a una fuente energética de apariencia ilimitada). El precio de ese petróleo estaría asociado al de su extracción y transporte, y con él el pueblo se desarrollará invirtiendo cada vez más, según lo descrito, en sensores y herramientas que permitiesen su desarrollo, incluyendo todo tipo de exploraciones aleatorias, algunas de las cuales -sin que sea predecible cuáles exactamente- podrán eventualmente permitir el acceso azaroso a nuevas fuentes de energía. En este caso estaremos hablando de un sistema organizativo en fase expansiva.

Ahora bien: un buen día, un individuo especialmente hábil aparece con un sensor muy especial: una cuerda larga realizada con una nueva técnica, un prodigio de ingeniería que permite que esa cuerda sea extraordinariamente más larga que cualquier otra.

En medio de gran expectación, introduce la cuerda, atada a una piedra, en el pozo y... el fondo del pozo aparece.

En ese mismo momento la estrategia de los vecinos cambiará. Si no hay más pueblos, ni perspectivas de encontrar más pozos de petróleo comenzará, según los procesos anteriormente descritos, la competencia por la energía restante.

Teóricamente sería posible un acuerdo: dado que existe una cantidad de petróleo más o menos determinada, sería incluso posible deducir aproximadamente cuánto corresponde a cada individuo. Pero recordemos que las decisiones se toman, precisamente, en base a las probabilidades de acceso a más energía. Es, por tanto, estrictamente imposible llegar a acuerdos de reparto, tanto más difíciles cuanto más escasee la energía. El petróleo del pozo tenderá por tanto a concentrarse en unas pocas manos.

Pero no sólo eso. Lo más interesante es que, dado que TODOS los sistemas organizativos se encuentran en competencia y pese a que la estrategia con mayores probabilidades de supervivencia del conjunto sería, más que nunca, concentrarse en la búsqueda de otras energías, la estrategia óptima de CADA UNO de ellos será, sin embargo, la de concentrar su energía en competir por la energía restante; bien directamente, mediante un incremento de su consumo, bien indirectamente, impidiendo el consumo energético de sus competidores.

Por tanto, la tendencia de los sistemas organizativos en competencia por una energía limitada les llevará, cuando más lo necesitan, a abandonar progresivamente la investigación de otras energías que suplan la energía limitada restante, y a las que sólo de modo azaroso pueden acceder.

Vemos que, aún sin que haya cambiado la cantidad de petróleo disponible en el pozo, de forma sutil, pero inexorable, en el momento en que la piedra encuentre el fondo del pozo el pueblo habrá entrado en una fase recesiva.

PARTE SEGUNDA:

SOBRE LA SOCIEDAD ACTUAL COMO SISTEMA ORGANIZATIVO EN UN ENTORNO DE ACCESO LIMITADO A LA ENERGÍA.

-La sociedad actual desde el punto de vista de sus probabilidades de acceso a energía.

Trataremos de utilizar ahora el esquema anterior para extraer conclusiones sobre la situación energética actual, definiéndola como recesiva, y proponer medidas a tomar para redirigirla hacia una tendencia expansiva

Como se ha descrito, consideraremos que las decisiones en cualquier sistema organizativo, incluyendo las organizaciones sociales, no se toman en base a la energía de que ya dispone el sistema organizativo, sino en base a la información que los sensores ofrecen respecto  a las probabilidades de acceso a nueva energía.

 

Esto, sin menoscabo del hecho obvio de que el sistema organizativo que disponga de más energía para enviar a sus sensores y herramientas dispondrá de más opciones de distribución de esa energía, y por tanto, en promedio, de más opciones de supervivencia.

 

Según el esquema trazado podemos decir que la situación energética de la sociedad humana en su conjunto es, desde 1973, asimilable a una fase recesiva. Es preciso recordar que durante los años 50, y especialmente los 60, las sociedades occidentales operaron de forma expansiva, es decir, invirtiendo en sensores y herramientas exploradores en todos los órdenes, tanto geográficos, como tecnológicos, artísticos, culturales o sociales. Y esto no porque el petróleo fuera ilimitado, sino porque se presentaba en ese momento como de apariencia ilimitada. El argumento es sencillo: ante la perspectiva de una energía de apariencia ilimitada, son posibles las utopías.

En consecuencia las estrategias globales en ese momento eran ideológicas, no energéticas.

El 73, con la localización de los límites energéticos y, en consecuencia, el comienzo de la lucha por su control, marcó el paso del sistema social hacia una fase recesiva. Lenta, pero previsiblemente, las estrategias globales se fueron haciendo menos ideológicas y más energéticas. En un entorno de competencia, la búsqueda de nuevas fronteras se estancó en todos aquellos campos que no ofrecían perspectivas, bien de ofrecer incrementos bien en la productividad –mayor capacidad de captación, directa o indirecta, de energía externa-, bien en el control del gasto en sensores y herramientas.

Característica de esta fase recesiva (y no de la globalización por sí misma) será, como hemos visto, la concentración de recursos. Pero de un modo muy específico: creciente en los sistemas decisores, decreciente en sensores y herramientas. Y esto, en promedio, hablemos de estados, empresas, sindicatos o cualquier otro sistema organizativo. Los salarios reales sólo tenderán a aumentar en aquellas empresas tecnológicas que ofrezcan permanentes mejoras en la productividad de otras empresas. Y también, por supuesto, entre los decisores de cualquier sistema organizativo. Una empresa podrá perfectamente ser creciente y recesiva: observaremos que lo es cuando los beneficios sean crecientes, pero los salarios decrecientes.

El conjunto de todos estos procesos se presenta, a primera vista confuso:  conviven los salarios de miseria con fortunas cada vez mayores, aumentan las distancias entre pobres y ricos, y las clases medias decaen. Mientras un cirujano o un maestro al servicio del estado viven de salarios cada vez más ajustados, los informáticos y, más llamativamente, todos aquellos oficios relacionados con la construcción, como trataremos de justificar después, experimentan desconcertantes mejoras salariales.

Pero lo que es confuso en detalle se presenta claro en promedio: concentración de  capital en decisores, disminución en sensores y herramientas.

Lo más importante es que, según la perspectiva que aquí se ofrece, esto es característico, no de un “deshumanizado mundo contemporáneo”, sino en general de todo sistema organizativo en competencia por una energía limitada. La “deslocalización”, entendida como una traslación de la carga productiva a zonas con menores salarios, pero también, y sobre todo, con menores derechos sociales y laborales, no es una consecuencia de una “pérdida de ética”, sino que ésta se produce en un estado recesivo, un estado de limitación cada vez mayor en el acceso a la energía disponible.


 

-los riesgos actuales

Actualmente se considera que, si aún resta petróleo para 50, 100 ó 200 años, podremos seguir operando durante al menos una buena parte de ese tiempo en unas condiciones similares a las actuales, en forma tal que suaves incrementos de los precios del barril de petróleo se verán compensados con suaves contracciones de la demanda, y que este efecto es suficiente para permitir avanzar a la economía por la senda de crecimiento seguida hasta el momento. En base a las premisas expuestas se pretende concluir que este planteamiento es erróneo.

Y lo es por dos razones:

La primera es que la sociedad humana está formada por un conjunto de subsistemas que entran en competencia entre sí por el acceso a la energía. Por lo tanto, y como hemos visto, esto obliga a que, pese a haber localizado sus límites energéticos, el sistema social humano continúe mejorando su eficiencia energética, y por tanto consumiendo más energía o, al menos, incrementando constantemente su capacidad para consumirla. La relación con nuestra disponibilidad energética no es directa, sino inversa: a menor energía disponible, mayor capacidad para consumirla.

La segunda es que las sociedades desarrolladas han encontrado una forma específica de acumular energía, energía potencial: el dinero.

El dinero es energía potencial en sentido literal, en tanto que es una medida de nuestra capacidad de acceder a un consumo energético directo o indirecto.

Ahora bien: según hemos visto, las decisiones se toman en función de las probabilidades de acceso a nueva energía. Dicho de otro modo: la energía de cada sistema organizativo tiene valor en tanto en cuanto permita el acceso a nueva energía que le permita mantener su estructura. De poco servirá el capital de que dispongamos en un mundo sin energía para moverlo.

En resumen: el dinero tendrá valor en tanto en cuanto que capaz de acceder a energía y consumirla. Expresado de otro modo: el capital, aunque puede crecer en procesos especulativos, finalmente tendrá valor en tanto exista energía de la que podamos disponer para gastarlo.

 

Resultará entonces que, al igual que no es concebible acceder a energía sin dinero, podemos decir que tampoco lo es consumir ese dinero sin energía. Es decir, podemos hablar de la necesidad de que exista una cierta cantidad de energía disponible para que el dinero tenga valor. Es decir, un “Patrón energía”, o cantidad de energía disponible necesaria por unidad monetaria.

-El incremento de la eficiencia energética

Recordémoslo una vez más: el sistema organizativo social humano está formado por subsistemas entre los cuales se articula una competencia por el acceso a la energía limitada restante. Dicho de otro modo, la mejor opción para cada uno de los operadores, y por tanto prioritaria, será la inversión en eficiencia energética, es decir, en aumentar sus probabilidades de acceso a la energía disponible, aún a riesgo de aumentar el consumo global,  y por tanto acelerar la extinción de la energía para el conjunto de todos ellos.

Esto justifica, como sabemos, continuos avances tecnológicos que coinciden además con un momento de incremento exponencial de la eficiencia energética.

Pero además del puro gasto energético, esto tiene otra consecuencia, no menos peligrosa: gracias a las mejoras tecnológicas cada vez podemos, con el mismo dinero, consumir más energía. En otras palabras, no sólo aumenta el capital disponible, sino que el “PATRÓN ENERGÍA”, es decir, la cantidad de energía de que deberíamos disponer por cada una de esas unidades monetarias, crece constantemente.

Resumiendo, en estos momentos se dan simultáneamente las siguientes circunstancias:

-Cada día que pasa crece el capital, incrementado además en procesos especulativos. Ese capital requiere, para tener valor, una cierta cantidad de energía. Un “Patrón energía”.

-A causa de la acelerada evolución tecnológica, el propio “Patrón energía” crece. Por lo tanto la misma cantidad de dinero permite, y en consecuencia requiere, para mantener su valor, la posibilidad del consumo de una cantidad mayor de energía.

-Sin embargo la energía disponible, y actualmente no renovable, esencial al proceso, decrece.

Tenemos por tanto que

 

Desde hace más de 30 años se está acumulando un capital que no dispone de energía real acorde con su necesidad potencial de equivalencia energética, cada vez mayor, puesto que la energía disponible es cada vez menor. Dado que hasta el momento presente la demanda de conversión del capital en energía ha sido cubierta, el proceso permanece latente, pero no por ello es menos real, porque el capital acumulado sigue creciendo, y con él la necesidad de un equivalente energético.

 

Este proceso es totalmente independiente del hecho de que consigan compensarse pequeñas subidas del precio del petróleo con determinadas restricciones de la demanda. Esto puede aplazar el proceso, pero no detendrá el fenómeno profundo de pérdida de valor del capital.

Este proceso de pérdida de valor, con características de crecimiento exponencial, sólo puede desembocar en una crisis de carácter hiperinflacionario. El boom inmobiliario global no es sino un síntoma de que el capital pierde valor como vehículo de acceso a nueva energía. Si, como hemos visto, la energía le es útil a un sistema organizativo en tanto le permita el acceso a más energía (y pueda, en el proceso, conservar su estructura), el capital, en tanto que energía potencial, le es útil a un sistema social en cuanto le permita, inicialmente, el acceso a más capital. Este es uno de los fundamentos del desarrollo económico moderno. Pero, finalmente, habrá que hacer necesariamente una conversión a energía real disponible. En un entorno de limitación energética como el actual esto cada vez resultará más difícil, y por tanto también lo será generar capital en procesos productivos (algo que sólo el acelerado aumento de la eficiencia energética, basado principalmente en la casual aparición de la informática, justo al comienzo de la era recesiva, está consiguiendo mantener) y el capital, en busca de salidas, provoca el florecimiento de procesos especulativos.

De ser correcto este planteamiento, la crisis acabará estallando en fecha totalmente impredecible, y con ella todas las crisis asociadas ya conocidas.

De hecho, cuanto más se acumule un desfase entre ambas variables, más difícil y traumático será el reajuste. Algo muy parecido a ir añadiendo carriles a una autopista para posponer el atasco que tiene lugar en el estrecho camino que se encuentra a su final.


 

PARTE TERCERA:

EL PASO DE UN SISTEMA ORGANIZATIVO RECESIVO A UN SISTEMA ORGANIZATIVO EXPANSIVO.

-Existe una solución evidente.

La forma razonable de detener este proceso consistirá entonces en  garantizar al capital una convertibilidad en energía, es decir, buscar y acceder a nueva energía.

Pero con un criterio específico. Esta nueva fuente de energía deberá ser, al menos en apariencia, ilimitada.

De apariencia ilimitada no quiere decir que lo sea. La plata de América, el carbón, o el petróleo, lo han sido durante un tiempo, generando imperios. Es suficiente con que la cuerda que podamos hundir no llegue al fondo del pozo.

Pero no puede llegar.

Sólo en estas circunstancias se puede seguir generando capital con valor energético o, según la terminología aquí utilizada, solamente así se disfrutará de un “Sistema organizativo social expansivo”. De no alcanzarse esta equivalencia, y de prolongarse la situación, se irá produciendo un arco de diferencias crecientes a favor del primero que irá tensándose hasta saltar antes o después.

-Sobre las estrategias de búsqueda de una energía de apariencia ilimitada.

El ejemplo de las denominadas “energías alternativas”, denominadas así en tanto que no son capaces de sustituir al petróleo, es útil para comprobar que tales energías no son consideradas por el capital como una salida viable para su necesidad de gasto energético (la prueba evidente es que no invierte masivamente en ellas). Por lo tanto no serán percibidas como esa necesaria energía “de apariencia ilimitada”, y no podrán detener el proceso hiperinflacionario.

La buena noticia es que el proceso de encontrar esa energía de apariencia ilimitada es viable. De hecho, se está llevando a cabo. Proyectos de investigación en fusión nuclear como el ITER son la prueba.

Simplemente se está actuando con un criterio equivocado: en estos proyectos los gobiernos consideran que su mejor estrategia, su estrategia, por tanto, prioritaria, consiste en favorecer a sus empresas para así generar empleos e impuestos que, a su vez, les favorezcan a ellos. Pero parten de una premisa que, como hemos visto, puede ser errónea: que el dinero es un valor sólido, de convertibilidad energética garantizada.

Sin embargo, si se acepta que el valor del dinero está asociado a la disponibilidad energética real, pasará a aceptarse también que la mejor inversión del conjunto de los estados, y por tanto prioritaria, no será disputar por la generación de capital, sino en todo caso por el acceso a más energía. La estrategia de los estados debe centrarse en la lucha por la energía, no en la lucha por el capital.

Los únicos gobiernos que actualmente están cumpliendo con la función básica de buscar acceso a la energía son aquellos que persiguen el control directo de los recursos petrolíferos existentes.

Sin embargo esta estrategia, aunque históricamente correcta, no resulta viable en una economía globalizada. Pero no porque sea globalizada, sino porque debido a ello ya son conocidos, aproximadamente, los límites energéticos en disputa. Volviendo al ejemplo, hemos tirado una larga cuerda, y hemos encontrado el fondo, y esto no tiene vuelta atrás.

Las guerras se entablan cuando se percibe que, más allá de las fronteras de cada estado existe la probabilidad de acceso a nueva energía.  Pero hoy la frontera que nos separa A TODOS del acceso a nueva energía, y la única que puede conquistarse para volver a poner en valor al capital,  no es geográfica, sino tecnológica.

La prioridad de los estado debe ser, por tanto, lograr  acceso a una energía de apariencia ilimitada que actualmente se encuentra más allá de nuestras fronteras tecnológicas.  

-La responsabilidad de encontrar nuevos accesos energéticos corresponde a los estados.

Es preciso recordar que, en un entorno de limitación energética, la responsabilidad última de garantizar acceso a la energía corresponde a los estados, y no a las empresas. Solamente cuando existe una apariencia de acceso ilimitado a la energía los estados pueden ceder ese control, y de hecho lo ceden, a la iniciativa privada. En estas fases el crecimiento será saneado, y así seguirá mientras los límites de la nueva energía no sean descubiertos. En ese momento el capital volverá a correr el riesgo de perder valor. La búsqueda de energía volverá a ser competencia de los estados.

Todo esto es, por lo demás, algo obvio, ya que sin energía el propio estado carece de viabilidad. Es posible que algunos estados puedan prosperar sin acceso a energía, sino sólo al capital, pero no el conjunto de los mismos.

Garantizar el acceso a la energía es prioritario respecto a garantizar el derecho a la cultura pues ésta se sustenta, y germina, precisamente en concurrencia de superávit energéticos. Garantizar el acceso a la energía es prioritario respecto a la inversión en infraestructuras, porque éstas carecen de sentido si no se garantizan previamente recursos energéticos para su uso. Y desde luego garantizar el acceso a nueva energía, en un entorno de acceso limitado a la energía, es prioritario respecto a la propia inversión en tecnología entendida de un modo genérico, es decir, si no se enfoca hacia la búsqueda de nuevos recursos energéticos, sino hacia la mayor eficiencia en el consumo de los recursos limitados disponibles, como actualmente sucede. Como hemos visto, estos aumentos de la eficiencia en el consumo energético incrementarán no sólo el consumo energético directo, sino el “Patrón energía” del capital, presionando los límites energéticos disponibles y anticipando la crisis.

-Lo más importante: determinación en el proceso.

Pero si buscar una energía de apariencia ilimitada es importante, no lo es menos cómo hacerlo. Recordemos que los sistemas organizativos operan no con la energía de que disponen, sino con las probabilidades de acceso a energía que les suministran sus sensores.

Dicho de otro modo: tanto o más importante que culminar con éxito el proceso investigador será mostrar una absoluta determinación al garantizar que culminará con éxito, y que lo hará de la forma más rápida posible.

Desde el momento en que ese compromiso sea indudable el dinero comprenderá que, en un plazo razonable, encontrará una vía de escape. Una salida. Valor.

 

 

Por lo tanto, en este proceso los plazos son muy importantes. No sólo porque la fecha de la explosión hiperinflacionista es impredecible, sino porque al ritmo que avanzan el conocimiento y la tecnología no son creíbles proyectos que se conceden a sí mismos 50 años para llegar a éxito. Ante ellos el capital actuará como si las investigaciones no estuvieran teniendo lugar. De hecho, con esta estrategia la crisis podría estallar la víspera de anunciarse que, efectivamente, el acceso a energía de apariencia ilimitada se había conseguido. Además, proyectos a tan largo plazo tenderán a quedar desfasados, generando desaliento e incertidumbre sobre la oportunidad de nuevas grandes inversiones y cegando así, paulatinamente, la única vía de escape posible.

Como hemos visto, el acceso a toda nueva energía es impredecible. Por lo tanto, en caso de producirse, también lo es la tecnología que lo permitirá. Dicho de otro modo, las misiones del Estado se reducen a dos: fomentar ilimitadamente la investigación, no sólo práctica, sino también teórica, de nuevos modos de acceso a energía y fomentar la creación de Bolsas de capital que financien el proceso.

Ahora bien:

 

El propio proceso, una vez puesto en marcha y adecuadamente canalizado, será expansivo, optimista. Permitirá al capital invertir no en más capital, sino en más energía, generadora potencial de una riqueza incalculable. Por tanto, una vez encarrilado, se retroalimentará.

Al fin y al cabo, el universo es energía.


 

COROLARIO:

Pese a su apariencia un tanto alarmista puede resultar interesante un intento de descripción de los colapsos por limitación energética.

-Sobre el colapso final de un conjunto de sistemas vivos en competencia recesiva

El colapso de un conjunto de sistemas organizativos del mismo tipo (entendidos como buscadores del mismo tipo de energía) en competencia recesiva tendrá lugar cuando la estrategia más energética pase a ser, ya no competir por el acceso a la energía restante, sino evitar que otros sistemas organizativos tengan acceso a esa energía. En ese momento la estrategia prioritaria de los sistemas organizativos en competencia recesiva pasará a ser la de invertir en sensores que localizan otros sistemas vivos y herramientas que traten de impedir el acceso de los mismos a más energía, esencialmente mediante su destrucción, o invalidación para el gasto energético. Esta estrategia hará que el número de competidores por la energía restante disminuya y beneficiará, en promedio, a los sistema organizativos que, al comienzo de la crisis, dispongan de más energía propia con la cual desarrollar más sus sensores o herramientas de competencia con otros sistemas organizativos, y también a aquellos que por azar evolutivo más se hayan especializado en el desarrollo de herramientas útiles, precisamente, para la competencia directa con otros sistemas organizativos.

Serán precisamente los sistemas organizativos más aptos para esta competencia los que, en promedio, encuentren mayores probabilidades de supervivencia en esta estrategia, y por tanto los que antes la valoren como mas oportuna y los  que, llegado el momento, la apliquen en primer lugar.

Vemos que, hablemos de las bacterias de un tubo de ensayo o de la humanidad, las “guerras” tienen lugar en un plazo muy inferior al de la previsión de agotamiento de la existencia de recursos. Las bacterias pueden multiplicarse, y luego luchar hasta extinguirse, sin haber consumido el último resto de alimento, y una guerra por el petróleo tendrá su comienzo, y su fin, mucho antes de que se consuma el último pozo.

Una vez más, sólo habrá dos finales para esta situación:

-Que, azarosamente, sea localizada una nueva fuente energética.

-Que los sistemas en competencia se hayan exterminado hasta un punto en el que la energía restante vuelva a aparecérseles como ilimitada. Si los recursos en disputa son, efectivamente, limitados, es decir, si por mucho que se prolongue la lucha no va a aparecer más energía de ese tipo, esto implica la desaparición de los sensores que, en su momento, la localizaron, y una correlativa pérdida de eficacia de las herramientas (de ahí que las civilizaciones, tras su colapso, tiendan a borrar sus huellas). De no aparecer en la competencia recesiva una evolución de esos sistemas organizativos sin tales sensores, los competidores lucharán hasta la extinción o subdivisión en subsistemas inferiores.

En nuestro caso, ante una guerra previsiblemente más fulgurante que ninguna otra, las probabilidades de que durante la misma, como ha ocurrido en guerras anteriores, apareciese una alternativa energética de apariencia ilimitada, son mínimas. Dado que se conoce el límite de la energía motivo de competencia, la guerra sólo concluirá entonces por exterminio. Podemos imaginarnos el final encarnado en un grupo de buscadores de frescas bayas silvestres que, un buen día, simplemente dejen de luchar, tras haber olvidado por qué lo hacían.

Y, efectivamente, aún quedarían por explotar algunos pozos, aunque por el camino la humanidad habrá consumido un 90 por ciento de las reservas bioenergéticas del planeta, pacientemente acumuladas durante cientos de millones de años. Precisamente las que necesitó para llegar hasta este punto tras el que, previsiblemente, ya no habrá una segunda oportunidad.

Es interesante el dato de que, durante este proceso de colapso recesivo, para los sistemas menos fuertes, menos preparados para la competencia directa y, por tanto, más indefensos, la estrategia de competencia debería ser también prioritaria, por simple ausencia de alternativas.

Pero tardará más en serlo, y se hará más improbable a medida que se evidencie la imposibilidad de competir. Así que, inesperadamente, la mejor estrategia de los sistemas organizativos sin posibilidades en la competencia ante un colapso recesivo será la de continuar consumiendo energía y actuar como si el problema no tuviera lugar. Una estrategia de “buenas intenciones”.

Si el milagro llega, se verán favorecidos. De no ser así serán los  exterminados  en primer lugar, prácticamente sin intento, ni posibilidades, de defensa.

 


Para citar este artículo puede utilizar el siguiente formato:

González Colunga, A.: "Manifiesto Expansionista - Manifiesto Expansivista"  en Contribuciones a la Economía, julio 2005. Texto completo en http://www.eumed.net/ce/