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CAPÍTULO V

EL TRATADO DE LIBRE COMERCIO DE NORTEAMÉRICA.

 

V.1.- LOS ESTADOS UNIDOS Y EL CANADÁ.

 

El largo aliento de las historias que confluyen en la firma y operación del Tratado de Libre Comercio de América del Norte, pese a la vecindad de los pueblos involucrados, difícilmente podría ser más diferenciado. Las marcas profundas que la geografía supo inscribir en las culturas, los modos de producir, las convicciones religiosas y políticas y en la diversidad de aspectos que, tanto entre los pueblos del Canadá, los Estados Unidos y México, como al interior de cada uno de ellos, han ido conformando un prolongado proceso de identidades y divergencias que, por supuesto, no conducían fatalmente a un regionalismo económico y comercial, al menos no como alternativa única.

          En el enfoque histórico que ocupa las siguientes páginas, es mi intención encontrar aquellos elementos que arrojen luz sobre el tradicional desencuentro de los Estados Unidos con el resto del continente americano, mucho más allá de la supuesta novedad u originalidad[1] de la nación que se independizó de Inglaterra; explicar la afirmación de Fernand Braudel, en el sentido de que: “Es cosa conocida y probada que las dos Américas se comprenden mal la una a la otra; que están mal hechas para comprenderse. Y esto constituye el drama de la actualidad.”[2]

          La colonización europea, las fuertes corrientes de una inmigración plural en lo que ahora son los Estados Unidos, con holandeses fundando Nueva Amsterdam (hoy Nueva York) y con franceses colonizando buena parte del Norte y Noroeste de ese país y una porción significativa del Canadá, se combinó con importantes diferencias climáticas en la misma costa atlántica que, en más de una ocasión,  acotaron el dominio inglés de Norteamérica.

          Vastas planicies en el Sureste, propicias para el establecimiento de plantaciones tabacaleras y, en la escasez de trabajadores, para el desarrollo de un brutal tráfico y explotación de esclavos africanos, construían un mundo altamente diferenciado del que habitaron los pobladores de Nueva Inglaterra, azotados por prolongados inviernos y carentes de tierras adecuadas para la agricultura, con aficiones pesqueras y comerciales que se mostraron a plenitud por todo el mundo conocido. Víctimas de la persecución étnica, política o religiosa, importantes contingentes de los colonizadores iniciales de aquel país intentaron fundar un reino de libertad y tolerancia que, con los excesos fiscales y las prohibiciones comerciales y productivas que imponía la metrópoli, terminó por provocar un profundo desencuentro con Inglaterra.

          Tras derrotar a los franceses en la Guerra de Siete Años, por la ocupación de las extraordinarias tierras al Oeste de los Apalaches, los colonos no pudieron, por disposición inglesa, ocupar este territorio -que a ellos correspondió reconquistar- y, más tarde, hubieron de sufrir las reglamentaciones relativas a la melaza, al azúcar y...al te, hasta que ardió Boston y se inició la revolución de independencia.

          La Declaración de Independencia, elaborada por Thomas Jefferson en 1776 y adoptada por el Congreso el 4 de julio de ese año, entre otras cosas, decía: “...que estas colonias unidas son, y por derecho deben serlo, estados libres e independientes...y que toda conexión política entre ellos y el estado de Gran Bretaña es y debe ser, totalmente disuelta...”[3] Las colonias desafiaron a la metrópoli y, para ello, contaron con el apoyo de los enemigos europeos de Inglaterra, Francia y España, que no parecieron cobrar conciencia plena, en aquel entonces, de que, al atacar a un adversario conocido, colaboraban en la creación de otro que, sin que transcurriera mucho tiempo, se mostraría mucho más hostil y poderoso.

          Al comienzo de la lucha, las fuerzas independentistas no contaban con un ejército propiamente dicho. El 20 de diciembre de 1776, Washington escribió al presidente del Congreso una descripción dramática sobre la situación de sus soldados: “...los cuales ingresan, no se puede predecir cómo, se van, no se puede predecir cuándo y actúan, no se puede predecir dónde, consumen nuestras provisiones, agotan nuestras existencias y nos abandonan por fin en un momento crítico. Éstos son, Señor, los hombres de quienes tengo que depender...”[4] Es, sin duda, muy grande la distancia que media entre las apreciaciones militares de los llamados padres fundadores y el peso extraordinario de la hegemonía militar planetaria de la que disfrutan (?), hoy, los Estados Unidos.

          Un factor común, casi indiferenciado y de muy lamentables consecuencias, entre los habitantes de la nueva nación lo fue, sin duda, un insaciable apetito por la tierra. La conquista del Oeste, mucho menos tersa de lo que sugiere el cine, salpicada de crueldad y de incontables abusos para con los habitantes originarios que, en opinión de Braudel, sólo los estadunidenses podían llamar pieles rojas, fue un pálido reflejo de la disposición de estos colonizadores irredentos a conquistar nuevas tierras, siempre guiados por un poderoso interés económico y comercial.

          Así hicieron uso de Lousiana, cuando perteneció a España y, ya en poder de Napoleón I, presionaron para su venta en 1803, teniendo a Jefferson como presidente, quien declaró: “Existe sobre el globo un sólo punto cuyo poseedor es nuestro natural y habitual enemigo. Nueva Orleáns, a través de la cual debe pasar al mercado el producto de las tres octavas partes de nuestro territorio...”[5] El 20 de diciembre de ese año Lousiana fue vendida por 15 000 000 de dólares a los Estados Unidos. Así aconteció con la Florida que en 1819 se compró a España, y así comenzó, en 1821 y por la adquisición de una anchísima franja de Texas, para su colonización por trescientas familias, a cargo de Moses Austin, la aventura por medio de la que México habría de perder, en 1836, todo ese territorio. Tierras para producir, tierras y cuerpos de agua para transportar lo producido...tierras y más tierras.

          La terrible lección de un régimen antiguo en Europa, donde los propietarios de la tierra, clero, corona y aristocracia, en calidad de rentistas, reducían considerablemente las oportunidades de altas ganancias para los productores, impulsaba a la búsqueda alucinante de nuevos y gratuitos territorios, sin el menor compadecimiento sobre la suerte de sus anteriores poseedores, ya fuesen éstos tribus indígenas más o menos nómadas, ya naciones soberanas; eso no importaba y, desde ciertas suspicacias vivas en la América latina, hoy tampoco parece importar.

          En todo este proceso de expansión territorial y poblacional, el ingrediente tecnológico no podía faltar. A los angostos y rústicos caminos que construyeron los primeros colonizadores, cazadores de pieles y pequeños agricultores, les sustituyó el impresionante ferrocarril; las llamadas chatas, barcazas en las que se transportaban harinas, cereales, cerdos y whisky, mucho whisky, por el riesgoso Mississipi, lentamente les fueron sustituyendo los no menos peligrosos barcos de vapor que, en virtud de la velocidad que se les pretendía imprimir, con inusitada frecuencia sufrían espantosos naufragios por el estallido de las calderas o por la inoportuna presencia de troncos sumergidos. Siempre se les podía sustituir por nuevas embarcaciones.

          La historia de los Estados Unidos debe detenerse en el examen de las diferencias que se fortalecían entre un Norte manufacturero, beneficiario del trabajo de hombres libres, y un Sur agrícola, abandonado a los inescrupulosos beneficios de la esclavitud sometida a los rigores de la producción en plantaciones. En un mismo país, en un momento clave de su devenir histórico, malconviven dos formas -diametralmente opuestas- de percibir los derechos humanos, la organización política y las características esenciales de la producción. Para el viejo Partido Demócrata las cosas iban bastante bien; al menos, lo suficiente para postular dos candidatos a la presidencia. No se veía igual desde la causa del naciente Partido Republicano que, con Abraham Lincoln como candidato a la presidencia, percibía con severidad el atraso y la injusticia que acompañaban al esclavismo.

          El sangriento episodio de la Guerra Civil estadunidense, en la lógica de su propio desarrollo capitalista, significó -por sus resultados- un salto extraordinario hacia delante. Por vez primera, desde la independencia, los valores universales que adornan a su sólida constitución política podía realmente extenderse a todos sus pobladores, sin prejuicio racial o político (los sexuales, real y formalmente, perduraron hasta el mismo siglo XX). Por lo que hace a su crecimiento material, la vigorosa actividad industrial, con su bien orientada brújula hacia la más alta productividad, impulsó un importante proceso de maquinización de la agricultura que favoreció la sintonización de una moderna economía y una democracia que, hoy se nos recuerda, se convirtió en paradigma universal.

          La relación fundamental entre las colonias y la metrópoli, en todo momento, favorece un tipo de comercio en el que las primeras ofertan materias primas y compran a la segunda productos elaborados. El caso de los Estados Unidos, en tanto colonia inglesa, no fue distinto en absoluto al del resto de países colonizados, al menos en este significativo renglón:

          “Tanto el Norte como el Sur importaban de Europa herramientas finas, bella cristalería, lujosas sedas y brocados, suntuosos efectos de todas clases. Aun después de la Guerra de Independencia, los EUA seguían siendo fundamentalmente lo que Inglaterra había querido que fuese, un país que intercambiaba sus materias primas por las mercaderías manufacturadas de otras naciones.”[6]

          Por su parte, Inglaterra se había empeñado, desde mucho tiempo atrás, en una producción manufacturera para la exportación, no sólo hacia sus colonias, que recibió un vigoroso impulso con la Revolución Industrial. Así, tomó la delantera al resto de países e intentó evitar que los planos de las máquinas, que proporcionaban tan evidentes ventajas, salieran de su territorio. Al respecto, entre 1765 y 1789, el Parlamento dictó una serie de leyes relativas a este estratégico propósito, según lo describe Huberman: “Las nuevas máquinas, o los planos o modelos de éstas, no debían ser exportados fuera del país...los hombres experimentados que manejaban dichos implementos no debían abandonar Inglaterra...bajo pena de una severa multa y de encarcelamiento. Únicamente Inglaterra habría de beneficiarse con la nueva maquinaria; el propósito era convertirla en obrador del mundo.”

          Nada impedía, sin embargo, que un operario saliera de ese país con los planos de una máquina grabados en su mente; y así aconteció. En 1789, Samuel Slater, exobrero de fábricas inglesas, llegó a los EUA e instaló la primera hilandería completa en Pawtucket, Rhode Island, de acuerdo con el plano Arkwright; las máquinas de este establecimiento fueron diseñadas y construidas de memoria. Así se trasladó la incipiente revolución industrial a Norteamérica.

          La abundancia y bajo costo de la tierra operaron como factores opuestos a la industrialización de los Estados Unidos, por cuanto ésta suponía la existencia de hombres sin patrimonio, urgidos de empleo, y dispuestos a obtenerlo mediante un módico salario. En 1760, Benjamín Franklin lo escribió de la siguiente forma:

          “Las manufacturas se fundan en la pobreza. En un país, es la multitud de pobres desprovistos de tierras...la que debe trabajar para otros a bajo jornal o morirse de hambre y la que permite a los promotores llevar adelante la manufactura...”

          “Pero ningún hombre que pueda ser dueño de una porción de tierra propia, suficiente para que, mediante su trabajo, subsista en la abundancia su familia, es lo bastante pobre como para transformarse en obrero manufacturero y trabajar por cuenta de un patrón. De ahí que mientras haya en América tierra en profusión para nuestro pueblo, jamás podrán existir manufacturas de alguna cuantía o valor.[7]

          Por lo demás, el comercio con Europa -en el que se enviaban materias primas y se adquirían manufacturas- no podía ser más exitoso para la nueva nación, hasta el inicio de la guerra entre Inglaterra y Francia, en 1793, que sólo en un principio favoreció las ventas estadunidenses. En 1808 Inglaterra expidió la prohibición, para cualquier barco neutral, de comerciar con Francia y sus aliados; por su parte, Francia correspondió con su propio cuerpo de prohibiciones y la exitosa actividad comercial fue frenada de un sólo golpe.

          La propuesta de Thomas Jefferson, entonces presidente de los EUA, para que el Congreso promulgara el Acta de Embargo, como efectivamente sucedió, y la declaración de guerra a Inglaterra, entre 1812 y 1814, tuvieron el efecto de destruir el comercio exterior estadunidense, mediante la apresurada caída de las importaciones de mercancías manufacturadas en Europa. A partir de ese momento, los Estados Unidos tuvieron que aprender a producir lo que ya no podían comprar.

 

          D. B. Warden, en su Statistical, political and historical account of the United States (Edinburgh, Constable & Co., 1819), describe: “Cual si se tratara de hongos, multiplicáronse los establecimientos para la manufactura de mercaderías de algodón, paños de lana, artículos de hierro, vidrio, alfarería y demás.” Todo lo que lo economistas conocen como el eslabonamiento hacia atrás de la manufactura (energía, puertos adecuados, caminos y canales, cercanía a los grandes mercados locales, abundancia de trabajadores), disponible en Nueva Inglaterra y los Estados Atlánticos del Centro, dispuso la ubicación de la nueva actividad. La geografía volvía a orientar a la economía, y el Nordeste se convirtió en el emplazamiento elegido por casi todos los manufactureros que se iniciaban.

          Con sus respectivas especializaciones productivas, la actividad manufacturera fue ocupando Massachusetts, Nueva Hampshire, Rhode Island y Connecticut (tejedurías de algodón y lana, fábricas de armas de fuego, relojes de pared y pulsera, etc.); Pennsylvania, Nueva York y Nueva Jersey (fundiciones de hierro, tejedurías de seda, fábricas de calzado, sombreros, clavos, botones, etc.). De manera peculiar, los Estados Unidos comenzaron a experimentar su propia Revolución Industrial.

          El cuello de botella que describió Franklin, la escasa mano de obra disponible, se superó de un modo no previsto, con la ocupación infantil que combinaba sin sobresaltos con la maquinaria que debía operarse. Caroline F. Ware, en su Early New England cotton manufacture (Nueva York, Houghton Mifflin Company, 1931, p. 23), hace la siguiente descripción: “Las máquinas cardadoras, devanadoras e hiladoras ofrecían un manejo tan sencillo que los únicos adultos que se necesitaban en la hilandería eran los sobrestantes y mecánicos de reparaciones. Almy y Brown que comenzaron (en 1791) con 9 niños, empleaban, en 1801, a más de 100, entre las edades de 4 y 10 años. No podían dejar a los niños sin la presencia de por lo menos una persona adulta, de modo que colocaron toda su maquinaria en un sólo recinto, donde requerían únicamente un sobrestante.”

          El otro recurso vital para superar la falta de disponibilidad de varones adultos en las fábricas, fueron las mujeres. La señorita Harriet Martineau, autora de historias educativas, muy a tono con el laissez-faire, que -muchos años después- llamaron la atención del mismísimo John Maynard Keynes, consigna en su Society in America (London, Saunders and Otley, 1837): “En Norteamérica no es costumbre que la mujer (excepto la esclava) trabaje fuera de casa. Se ha mencionado que los hombres jóvenes de Nueva Inglaterra emigran en gran número al Oeste, dejando una desmedida proporción de población femenina, cuya cifra no ha logrado llegar a mi conocimiento... Baste saber que hay, en seis de nueve Estados de la Unión, muchas más mujeres que hombres. Existen motivos para creer que antes de la institución de las fábricas tuvo lugar mucho sufrimiento silencioso, ocasionado por la pobreza; y que éstas brindan un recurso muy bien acogido por algunos millares de muchachas.”

          Mano de obra infantil y femenina, reclutada, según se expandía la industria, de lugares cada vez más alejados de la actividad industrial, por los siniestros negreros, mediante promesas incumplibles de altos ingresos y prolongados tiempos de ocio, fue la forma con la que hubo de posponerse el cumplimiento de la amenaza de Franklin, hasta que comenzó a construirse el mecanismo, en sentido literal, que habría de conjurarla por completo. La invención de máquinas, capaces de sustituir a considerables contingentes de trabajadores, no sólo colaboró decididamente en la sustitución de la mano de obra, sino que ayudó de manera definitiva en un crecimiento sostenido de la productividad industrial.

          Puede decirse que, desde aquellos años, se fundó una vocación tecnológica estadunidense deliberadamente enderezada en el propósito de ahorrar mano de obra, claramente apreciable y sostenida entre 1790 y 1860. Una evidencia que documenta esta febril aplicación a los inventos para la producción industrial, sin duda, es aportada por los registros de la Oficina de Patentes de los EUA que, entre 1790 y 1810, otorgó un término medio de 77 patentes anuales; para los diez años que mediaron entre 1850 y 1860, la cifra llegó a 2300 patentes por año.

          Un complemento indispensable, en el proceso de interesar a los potenciales inmigrantes europeos con alguna experiencia fabril para apresurar su traslado, era el pago de jornales superiores, entre el 33 y el 50 %, a los obtenidos en Inglaterra, sin que los Estados Unidos constituyeran, ni por asomo, el paraíso de los trabajadores. “Al comienzo del siglo XIX, la jornada en las fábricas textiles de Nueva Inglaterra empezaba a las 5 de la mañana y terminaba a las 7:30 de la tarde. A las 8 de la mañana se concedía media hora para desayunar y, al mediodía, otra media hora para almorzar. Tal era el horario de todo operario, ya fuese éste viejo, hombre, mujer o niño.”[8]

          Las defraudaciones a los trabajadores, con el pago en especie (regularmente vales de tiendas de la propia fábrica, que vendían bienes a precios superiores a los de mercado) de una parte del salario, las retenciones de pagos sobre trabajo ya realizado, la imposición del obligado preaviso de renuncia, con dos semanas de anticipación, sin que los despidos generaran obligación similar para los patrones, y las prohibiciones en materia política (en 1851 se colocó en los portones de una de las fábricas de Lowell, un día antes de Elecciones, el siguiente letrero: Quienquiera, empleado por esta corporación, vote el próximo lunes por el programa Ben Butler de 10 horas, será despedido), eran, todas, expresiones de un empeoramiento de la situación de los trabajadores, iniciada con la superación del problema de conseguir obreros.

          De otro lado, se intensificó la explotación del trabajo, obligando a los operarios a atender más máquinas por el mismo jornal (entre 1840 y 1860 un trabajador que manejaba seis máquinas en la industria del algodón, pasó a hacerse cargo de ocho). En el mismo período, la cantidad producida por un obrero había crecido en 26 %, mientras su jornal sólo había aumentado en 2 %. Sobre la base de incrementar la diferencia entre los costos y las utilidades, fue que marchó el apresurado proceso de industrialización del Norte de los Estados Unidos.

          Resulta conveniente reflexionar sobre los dos eventos que propiciaron el inicio de esta industrialización, la sustitución de importaciones y la temprana práctica de medidas proteccionistas, sin las que no sería posible imaginar siquiera el vigor industrial estadunidense. Aspirar a sustituir importaciones y a implementar mecanismos de protección para la industria son, hoy, los comportamientos más reprobables, según el juicio de los organismos multilaterales que, por ya largo rato, son dirigidos por los Estados Unidos.

          Es conocida, por las consecuencias que señala entre las especializaciones productivas, la llamada Ley de Engel, cuyo enunciado es el siguiente: “Algunos artículos tienen [...] una demanda poco elástica respecto al ingreso gastable, es decir, una demanda que tiende a crecer en el tiempo menos que proporcionalmente al crecimiento del ingreso mundial. Por lo tanto, el que se especialice en la producción de tales artículos vende en mercados de lenta expansión. Por el contrario, muchos productos industriales registran una demanda muy elástica, y sus mercados se expanden más rápido que el ingreso mundial.”[9] Esta poco recomendable especialización, con su pesada carga de expansión relativamente lenta, es a la que se abandonó el Sur estadunidense y de la que derivó una completa dependencia de compras al Norte industrializado:

          “Queremos Biblias, escobas, cubos, libros y vamos al Norte; queremos plumas para escribir, tinta, papel, obleas, sobres y vamos al Norte; queremos zapatos, pañuelos, paraguas, cortaplumas y vamos al Norte; queremos muebles, loza, cristalería, pianos y vamos al Norte; queremos juguetes, cartillas, textos escolares, trajes a la moda, maquinarias, medicinas, lápidas y mil otras cosas y vamos al Norte a buscar todo esto.”[10] La pregunta obvia, por el empobrecimiento que para el Sur comportaba el realizar estas importaciones, consistía en saber porqué el Sur no se había dedicado a la manufactura.

          Podemos encontrar mucho más que una respuesta parcial en el hecho de que el Sur había descubierto que podía cultivar un producto con demanda creciente en todo el mundo: el algodón. En opinión de Leo Huberman, para 1860, el algodón era el rey del Sur: “¿Requería la planta un clima cálido? El Sur contaba con una larga temporada de crecimiento, calurosa en verano, así en el día como en la noche. ¿Era menester tiempo seco en la época de recolección? El Sur ofrecía otoños secos. ¿Padecía el agricultor la plaga ocasionada por los insectos? El Sur se caracterizaba por inviernos cortos, de fuertes heladas que destruían esas pestes. Todo era ideal, un clima perfecto, un suelo fértil y abundancia de precipitaciones pluviales, en el momento preciso. ¿Resultado? Los dos millones de libras de algodón producidos en Sur durante el año de 1789, habían saltado a dos mil millones en 1860.”[11]

          Este mismo autor consigna las impresiones de un viajero que pasó por el Sur en 1827 y que escribió a un amigo lo siguiente:

          “Cuando dí mi último paseo por los muelles de Charleston (Carolina del Sur) y los contemplé abarrotados con montañas de algodón y vi a todos vuestros depósitos, vuestros buques, vuestras embarcaciones a vapor y las que recorren los canales, atestados y crujiendo bajo el peso del algodón, regresé al hotel de Plantadores donde me encontré con que los cuatro diarios, así como la conversación de los huéspedes, rezumaban algodón! ¡Algodón! ¡Algodón!... A partir de esto continué mi itinerario topándome casi exclusivamente con campos de algodón, demotadoras de algodón, carretones que transportaban algodón... Arribé a Augusta (Georgia) y al ver carros de algodón en Broad Street, ¡lancé un silbido!... Pero esto no fue todo; había más de una docena de carros a remolque en el río, con más de mil balas de algodón en cada uno y varios vapores que llevaban un cargamento aún mayor... Y Hamburg (según dijo un

 

negro), teniendo en cuenta su tamaño, era peor, pues me costó determinar qué era lo más grande: si las pilas de algodón o las casas. Al abandonar Augusta, sorprendí una multitud de plantadores de algodón provenientes de Carolina del Norte y del Sur y de Georgia, junto con numerosas cuadrillas de negros que se dirigían a Alabama, Mississippi y Luisiana, <<donde no están agotadas las tierras de algodón>>. Aparte de esta gente, sorprendí una cantidad de carretones para el transporte de algodón, ya vacíos, de regreso al punto de partida y muchísimos, cargados de algodón, camino a Augusta.”[12]

          Con la demanda de la vigorosa industria textil de Inglaterra, Francia y el Norte de los Estados Unidos, con un suelo y un clima ventajosamente aptos para el cultivo y con la incuestionable disposición del capital sureño para servirse de esta afortunada combinación de oportunidades, el problema a resolver, como en la industria norteña, era el de la mano de obra.

          En 1619 arribó el primer cargamento de esclavos negros a lo que hoy son los Estados Unidos, y hasta 1690 había más sirvientes blancos en el Sur. Las difíciles condiciones de la producción de arroz, en los pantanos costeros de Carolina del Sur, así como los requerimientos de las que correspondían al tabaco, al azúcar y, finalmente, al algodón, favorecieron la importación de más y más esclavos negros que colaboraron en la fuerte expansión del sistema de plantaciones. Hacia la conclusión del siglo XVIII, había en el Sur muchos más esclavos de color que trabajadores blancos, escriturados[13] o libres

          El esquema no podía ser más sencillo: al atender a los llamados de mercado, el capital y la tierra se especializaron en una sola actividad...y lo mismo aconteció con los trabajadores, de acuerdo con el lamentable parecer del economista inglés Cairnes (en su discutiblemente célebre The slave power, Nueva York, Foster & Co., 1862, p. 71): “...la dificultad de enseñar algo al esclavo es tan enorme que la única posibilidad de tornar provechosa su labor estriba, cuando ha aprendido una lección, en aplicarlo a esa lección toda su vida. En consecuencia, ahí donde se empleen esclavos no puede haber variedad de producción. Si es tabaco lo que se cultiva, éste se convierte en el renglón exclusivo y es tabaco lo que se produce, sea cual fuere el estado del mercado y la condición del suelo.”

          La simplicidad señalada era la base de una bien organizada economía de escala, orientada a maximizar beneficios -con la ocupación de cada vez más esclavos con menos tiempo de ocio- y a reducir costos -con el empleo de un capataz inclemente y la alimentación, vivienda y vestido más miserables para los esclavos-; en 1842, J. S. Buckingham, viajero inglés que recorrió el Sur, hace la siguiente descripción de una plantación que visitó (en su The slave states of America, vol I, London, Fisher, Son and Company, 1842, pp. 132-133):

          “Todos los esclavos están en pie al amanecer; y toda persona apta para el trabajo, desde los 8 ó 9 años de edad, en adelante, se dirige a sus diversos puestos de labor en los campos. No regresan a sus casas ni a la hora del desayuno, ni a la del almuerzo; un grupo de negros designados a tal efecto, les preparan la comida en el campo. Prosiguen así trabajando hasta el anochecer y regresan entonces a sus viviendas. No hay asueto el sábado a la tarde, ni en ninguna otra fiesta a lo largo del año, excepto un día o dos en ocasión de Navidad; todos los días, salvo los domingos, se ocupan de su tarea, desde que amanece hasta el anochecer. Se les asigna una cuota de alimentos que consiste en 1/4 de bushel, o dos galones de maíz por semana, la mitad de esa cantidad para los niños y niñas que trabajan y la cuarta parte para los pequeñuelos. Están obligados a moler ellos mismos ese maíz, después de haber cumplido su jornada de trabajo, el que luego es hervido en agua, transformándolo en un cocido, pero sin nada que lo acompañe, ni pan, ni arroz, ni pescado, ni carne, ni patatas, ni manteca; maíz hervido y agua solamente y apenas en cantidad suficiente para subsistir.

          En materia de vestimenta los hombres y los niños varones reciben una burda chaqueta de lana y un par de pantalones por año, sin camisa, sin ninguna otra prenda. Éste es su traje de invierno; en verano consiste de un similar juego de chaqueta y pantalón de la más grosera tela de algodón...No se permite impartir instrucción alguna, ni para enseñarles a leer o escribir, no se proveen juegos o recreaciones de ninguna clase, ni hay, en realidad, tiempo para disfrutar de ellos si los hubiere.” De esa situación resultaba un costo promedio anual por esclavo de sólo 20 dólares. Para el propietario, casi todo salía a pedir de boca.

          La falla, por lo demás no prevista, hubo de provenir de la propia naturaleza. Un suelo sometido -año con año- al cultivo del algodón, sin rotación ni abono, tarde que temprano tendría que mostrar un considerable empobrecimiento, tal cual lo describe el autor de Addres to farmers of Georgia for 1839: “Los agricultores de Georgia no podrían haber seguido un procedimiento más fatal que el adoptado durante los últimos 30 años. El cultivo del algodón en tierras quebrantadas (agotadas), es la forma de actuación más segura para destruirlas. De ahí que tengamos miles de acres que una vez fueron fértiles...ahora en último grado de total inutilidad, nada más que estéril arcilla roja sembrada de pozos.”[14]

          Este fenómeno, que combinó la falta de cuidados a la tierra con la especialización de las plantaciones algodoneras, convirtió al plantador en un productor itinerante que, entre lo más preciado de su equipaje, realizó el traslado de sus esclavos negros hacia nuevas y fértiles tierras, hacia el Oeste y hacia los estados del Golfo. El algodón comenzó por cultivarse en Carolina del Norte, Carolina del Sur y Georgia; luego se extendió a Alabama, Mississippi, Luisiana, Texas y Arkansas. Primero, en los Estados Atlánticos del Sur y, luego, en el Suroeste. En esas circunstancias, el único factor seguro resultó la mano de obra negra; sin embargo, al dictar el Congreso la prohibición para importar esclavos después de 1808, el precio de éstos creció exponencialmente, pasando de alrededor de 200 dólares en 1790 a más de 1000, en 1850. Se corría el riesgo, entonces, de que los beneficios fuesen insuficientes para cubrir los costos. Al respecto, John Randolph abordó el caso de Virginia, diciendo que: <<si los esclavos no escapaban de sus amos, los amos tendrían que escapar de sus esclavos>>.

          Se abrió así una nueva actividad para los dueños de esclavos, consistente en fomentar su reproducción y desarrollo, como consta en la carta enviada a Frederic Olmsted, en 1850, por un sureño: “En los Estados de Maryland, Virginia, Carolina del Norte, Kentucky, Tennessee y Misouri se presta tanta atención a la cría y al crecimiento de los negros como a los correspondientes de caballos y mulas. Más plantadores ordenan a las doncellas y mujeres (casadas o solteras) que engendren hijos; y he conocido gran número de esclavos negros que fueron vendidos porque no los procreaban. Una mujer apta para la reproducción vale de un sexto a un cuarto más que otra impropia para ello.”

          En opinión de L. Huberman, el cambio “...era perceptible en los testamentos que dejaba la gente. La propiedad mejor y más segura para legar a los hijos, antaño constituida por los bienes inmuebles y los semovientes, a la altura del año de 1850, estaba constituida por esclavos.”[15]

          La riqueza, entonces, se comenzó a medir por el número de esclavos de que se dispusiera. Así lo describió, en 1857, Thomas R. Cobb: “En un Estado esclavista, la mayor evidencia de riqueza de un plantador es la del número de sus esclavos. La propiedad más deseable, en lo tocante a una renta remunerativa, se halla constituida por esclavos. La mejor propiedad para dejar en herencia a los hijos y de la que se separarán con mayor reluctancia, es la de los esclavos. De ahí que el plantador invierta su superávit en esclavos.”

          En 1850, en buena parte por los precios alcanzados por los esclavos (entre 1500 y 2000 dólares por un peón de campo de primera clase), es observable un acelerado proceso de concentración en este tipo de propiedad:

 


 

CLASIFICACIÓN DE TENEDORES DE ESCLAVOS

EN LOS ESTADOS UNIDOS (1850).

Tenedores de 1 esclavo

68 820

Tenedores de entre 1 y 5 esclavos

105 683

Tenedores de entre 5 y 10 esclavos

80 765

Tenedores de entre 10 y 20 esclavos

54 595

Tenedores de entre 20 y 50 esclavos

29 733

Tenedores de entre 50 y 100 esclavos

6 196

Tenedores de entre 100 y 200 esclavos

1 479

Tenedores de entre 200 y 300 esclavos

187

Tenedores de entre 300 y 500 esclavos

56

Tenedores de entre 500 y 1 000 esclavos

9

Tenedores de más de 1000 esclavos

2

Total de tenedores de esclavos

347 525

Fuente: H. R. Helper, op. cit., p. 146.

 

          En el desarrollo de la vida política del Sur, no era infrecuente el uso de los esclavos como sufragantes, para que -como acontecía en Carolina del Norte- los plantadores conservaran el control. Tampoco fueron pocas las insurrecciones de esclavos negros, aunque, en opinión de Huberman, “...los libros de historia casi nunca las mencionan.”[16]

          Dentro de las mentes de los esclavos se trató de introducir la idea de lo inconveniente que resultaría desafiar al amo blanco, educándolos en el respeto y el temor del hombre blanco. En su Retrospect of western travel (Londres, Saunders and Otley, 1838, p. 270.), la autora inglesa Harriet Martineau refiere una de las formas empleadas en la difusión de tan sano temor: “En el teatro norteamericano de Nueva Orleáns, uno de los personajes de la obra a la cual concurrió mi grupo era un esclavo, el cual, en uno de sus discursos, decía: <<No me incumbe pensar ni sentir>>.”

          La Iglesia de Inglaterra, la anglicana, también jugó su papel en persuadir a los esclavos de la corrección y justeza de su miserable situación. Veamos lo que, a este respecto, escribió el obispo Meade de Virginia:

          “...Habiéndoos señalado así los principales deberes que tenéis para con vuestro gran Amo en el cielo, ahora me toca exponer ante vosotros los deberes que tenéis para con vuestros amos y amas, aquí sobre la tierra. Y para esto contais con una regla general, que siempre deberéis llevar en vuestra mente y esta es, rendir a ellos todo servicio como lo haríais por Dios Mismo.

          ¡Pobres criaturas! Poco consideráis, cuando incurrís en holgazanería y en descuido de los asuntos de vuestro amo, cuando robáis y derrocháis...cuando os mostráis respondones e insolentes, cuando les mentís y engañáis, o cuando os denotáis obstinados y hoscos y no queréis cumplir, sin lonjazos y enfado con el trabajo que se os asigna, no consideráis, digo, que las faltas de que seáis culpables en lo que se refiere a vuestros amos y amas son faltas cometidas contra Dios Mismo, quien ha colocado, en su propio reemplazo, por sobre vosotros, a vuestros amos y amas y espera que procedáis con ellos tal como procederíais con Él...Os digo que vuestros amos y amas son los supervisores de Dios y que si los agravíais, Dios os castigará por ello, severamente, en el otro mundo...[17]

          A pesar de los viejos suelos agotados y depreciados, con todo por conquistar en nuevas tierras, con un vigoroso mercado mundial del algodón, con esclavos que los habían de percibir como al propio Dios, la suerte sonreía a los plantadores y los empujaba a incurrir en los más temerarios desafíos. ¿Podría alguien -el Norte incluso- oponerse con alguna probabilidad de éxito a las pretensiones de tan favorecidos hijos de la fortuna?

          En este espacio daremos cuenta de las razones por las que, entre los abriles de 1861 y 1865, los Estados Unidos sufrieron la muerte de unos 620 000 hombres (360 mil aportados por la Unión, mientras la Confederación aportó unos 258 mil; sólo alrededor de un tercio muertos en combate y el resto principalmente por enfermedad), cifra que superó las pérdidas estadunidenses en las dos Guerras Mundiales y la Guerra de Corea juntas, cuando ese país contaba con una población total ligeramente inferior a los 32 millones de habitantes.[18]

          Es bien conocida la afición de Paul Kennedy por establecer una definitiva relación de causalidad entre fuerza económica y potencial militar, con la que ha confeccionado sus diagnósticos relativos al auge y a la caída de las grandes potencias y con arreglo a la cual ha elaborado sus inquietantes pronósticos hacia el siglo XXI, por lo que reproducimos algunos de los datos que describen las condiciones de las fuerzas contendientes:

CONCEPTO

SUR

NORTE

Población blanca

6 millones

20 millones

Hombres reclutados

900 mil aprox.

2 millones

Fuerza máxima

464 500 hombres

1 millón de hombres

Empresas manufactureras

18 mil

110 mil

Sistema ferroviario

14 mil kilómetros

35 mil kilómetros

Producción de fusiles

Se dependía de las importaciones

1.7 millones

Producción de hierro colado

36.7 toneladas

580 toneladas sólo en Pennsylvania

Valor de la producción

70 millones de dólares

300 millones de dólares sólo en el edo. de Nueva York

Fuente: Kennedy, Paul, Auge y ..., op. cit., p. 294.

 

          De igual manera, en diciembre de 1864, la Marina de la Unión tenía un total de 671 barcos de guerra, incluidos 236 buques de vapor construidos desde el inicio de la guerra. En fin, la guerra incrementó considerablemente la productividad del Norte y favoreció el financiamiento de la producción con impuestos y créditos, mientras el Sur vio disminuidos sus ingresos por la exportación suspendida de algodón y, al imprimir papel moneda sin la disponibilidad de mercancías, provocó una inflación terrible que adelgazó la voluntad de la población para continuar en la lucha.

          Entre los más recurrentes mitos que adornan a la historia de esta guerra, se encuentra el supuesto carácter abolicionista con el que el gobierno de la Unión provocó la reacción secesionista del Sur. La realidad es que, pese al notorio avance de la manufactura norteña (que superó a Alemania y a Rusia y se acercó a Francia), la producción de este tipo era muy inferior a la de Gran Bretaña y la forma en la que, desde tan temprana época, se buscó realizar la defensa de la planta industrial nativa descansó en una costosa barrera proteccionista que habría de financiarse con la aplicación de impuestos a las exportaciones; es decir, a las ventas al exterior que -de manera preferente- corrían por cuenta de los productores del Sur.

          No puede discutirse el hecho de que los esclavos de color eran explotados en las plantaciones del Sur, quizá de la misma forma en que es indiscutible el hecho de que tales esclavos eran transportados por los comerciantes norteños de tan siniestro giro. Al comienzo de la historia, los abolicionistas eran tan mal vistos en uno como en otro sitio. La brutalidad esclavista sureña, cargada de un racismo elemental, no resultaba del todo incompatible con el racismo del Norte, quizá un poco más sofisticado, pero absolutamente real.

          En opinión de los autores afiliados a la versión materialista de la historia, atrás del abolicionismo de la Unión se encontraba la intención económica de obtener mayores flujos de trabajadores libres para ser explotados en la actividad industrial, así como el propósito de ampliar el mercado interno.[19]

          Antes que la disputa sobre la pobre condición de los esclavos, en el centro de las desavenencias entre el Norte y el Sur, se encontraba la posición relativa a la Tarifa Protectora. Veamos la opinión de John Randolph, de Virginia, respecto a la oposición sureña a esa tarifa:

          “Redunda en lo siguiente: si uno, como plantador, consentirá en ser gravado con una tasa, a los fines de que otro hombre sea contratado para trabajar en una zapatería, o de proceder a la instalación de un torno de hilar...No, yo compraré donde consiga las manufacturas más baratas; no accederé a que se imponga un derecho a los cultivadores del suelo para fomentar manufacturas exóticas; porque, al final de cuentas, sólo obtendríamos cosas peores a un precio más alto y nosotros, los cultivadores del suelo, terminaríamos pagando por todo...Por qué pagar a un hombre un valor superior al real por el objeto, con miras a la elaboración de nuestro propio algodón en la confección de ropas cuando, vendiendo mi materia prima, puedo obtener en Dacca, mucho mejores y más baratas prendas de vestir.”

          La posición del Norte, presentada por Daniel Webster, de Massachusetts, era la siguiente:

          “Este es, por consiguiente, un país de obreros...Pues bien, ¿cuál es la primera causa de prosperidad entre esa gente? Sencillamente el empleo...donde hay trabajo para las manos de los hombres, lo hay para sus dientes. Donde hay ocupaciones, habrá pan...Un empleo constante y una mano de obra bien pagada originan, en un país como el nuestro, una prosperidad general, el contento y la alegría.”[20]

          En esta controversia, prolongada por largos años, Carolina del Sur llegó a plantear su separación de los EUA, en 1832, por considerar demasiado alta la tarifa. En ese año se evitó la ruptura cuando el Congreso emitió una nueva ley que rebajaría año con año la tarifa, durante un decenio. En esta cuestión se centraba una gran parte del rencor entre el Norte manufacturero y el Sur agrícola.

          Otro punto de importante discrepancia lo constituía el destino del gasto público. Para el Norte, en el que la construcción de infraestructura (carreteras, canales, puentes y puertos) era funcional a la salida comercial de sus productos y a la recepción de insumos y trabajadores inmigrantes, resultaba más que adecuado que el gobierno destinara buena parte de sus ingresos a tales construcciones, mientras que para el Sur, que no contaba ni apetecía contar con un comercio interestatal significativo, el que el gobierno realizara tales gastos era visto como un auténtico despilfarro. En el debate correspondiente, las dos fuerzas creyeron encontrar en la Constitución, cada una, bases convenientes para sus respectivas causas. Poco a poco, y por cuestiones previas y distintintas, se fue engordando el caldo para la aparición en escena de los abolicionistas.

          Según Huberman, éstos: “Eran, por supuesto, odiados en el Sur e inclusive en el Norte se los consideraba perturbadores. No obstante, a pesar del hecho de que más de una vez sus propiedades fueron destrozadas por enardecidas turbas, que algunos de sus dirigentes cayeran presos, que se arrastrara a otros por las calles y que uno de ellos llegara a ser muerto a tiros, a pesar de todo esto, siguieron adelantes. Nos dan idea de la intensidad de su determinación, las palabras de William Lloyd Garrison, uno de sus líderes: <<Me mueve un real fervor, no daré pábulo a equívocos, no me excusaré, no retrocederé una sola pulgada, y seré escuchado>>.”[21]

          El valor incrementado de los esclavos y la extraordinaria oportunidad económica que representó el algodón, hacían realmente irreconciliables las posiciones de los plantadores y de los abolicionistas, respecto a los convenientes e inconvenientes de la esclavitud. Algunos ministros de la Iglesia, en el Sur, encontraron en la Biblia argumentos que demostraban que esta forma tratar a los negros era voluntad de Dios.

          Para el blanco sureño, que se había desarrollado en un ambiente en el que la esclavitud era cosa natural, existía la firme creencia de que la raza blanca era superior a la negra, y de que las posiciones de los abolicionistas eran simplemente incomprensibles. Creencia harto conveniente si se asume que, en el comienzo de la década de 1860, los esclavos eran la expresión concreta de la riqueza de los plantadores blancos. No puede sorprender, entonces, el apasionado odio que los sureños dispensaban a los abolicionistas.

          El racismo norteño, por su parte, resultaba inocultable. Veamos dos casos: “En 1833, cuando la señorita Prudence Crandall admitió unas cuantas niñas de color en su pensionado de Canterbury, Connecticut, sus encolerizados vecinos trataron de boicotearla. Al no lograr resultados con ello, organizaron un alborotado gentío y la atacaron. Dado que siguió persistiendo, consiguieron que la Legislatura dictara una ley especial, por la cual se tornaba delito la admisión de negros en cualquier escuela. Tras esto, la arrojaron a una prisión por haber transgredido la ley.”[22] A.B. Hart, en su Slavery and abolition, (Nueva York, Harper & Brothers, 1906, p. 245) narra como, al crearse en Canaan, Nueva Hampshire, una escuela para negros libres, “...aparecieron 300 hombres con cien yuntas de bueyes y arrastraron el edificio de la escuela hundiéndolo en un pantano de las inmediaciones.”

          La Cámara Alta era un espacio de creciente discusión sobre la esclavitud, en la que, también, se ventilaron agrias críticas sureñas a la forma en la que eran tratados los obreros del Norte. La siguiente cita, corresponde a la intervención del senador Hammond de Carolina del Sur, como un recordatorio del hecho de que los norteños también tenían esclavos:

          “En todos los sistemas sociales debe haber una clase a la que toque la ejecución de los trabajos inferiores, de las fatigas de la vida...los llamados esclavos. En el Sur todavía somos anticuados; hoy es una palabra desechada por los oídos delicados; no caracterizaré con el término aludido a esa clase en el Norte; pero la tenéis; está allí, en todas partes; es eterna...La diferencia entre nosotros radica en que nuestros esclavos han sido contratados por toda la vida y se los compensa bien; no existen la inanición, la mendicidad, el desempleo entre nuestra gente y tampoco un exceso de ocupación. Los vuestros son contratados por día, nadie los atiende y reciben escasa compensación, lo cual es dable comprobar del modo más deplorable a cualquier hora, en cualquier calle de vuestras grandes ciudades. ¡Señor! Si se topa uno en el día con más mendigos, en cualquier calle aislada de la ciudad de Nueva York, que los que encontraría en el término de una vida en todo el Sur. Nuestros esclavos son negros, pertenecen a otra raza inferior...los vuestros, blancos, de vuestra propia raza; sois hermanos de una sola sangre.”[23]

          Sobre este tema, el Daily Georgian publicó, en 1842, un artículo que, en parte, decía lo siguiente: “Si nuestras palabras lograsen llegar a los oídos de las descarriadas personas tan impresionadas por los líderes principales del movimiento de abolición, les rogaríamos que liberasen a los Esclavos Blancos de Gran Bretaña y de los Estados manufactureros del Norte, antes de inmiscuirse en las instituciones internas del Sur.”

          El conflicto fue tomando mayores dimensiones con las actividades propagandísticas, y la acción directa, de los abolicionistas. Entre la edición de, por ejemplo, La cabaña del Tío Tom y la organización de fugas de esclavos hacia el Canadá, se acumulaban mayores rencillas entre el Norte y el Sur. La superioridad económica del Norte, ya descrita, no se lograba expresar en el terreno político. En este campo, eran numerosos los triunfos del Sur. “De Washington en adelante, hasta 1860, la mayoría de los presidentes fueron sureños o estuvieron de su parte; ocurrió lo mismo con la casi totalidad de los jueces de la Suprema Corte, y, ya sea la Cámara de representantes, o el Senado, o ambos cuerpos, se encontraron bajo su control. A ello obedeció que se rebajase continuamente la tarifa a partir de 1822 hasta 1860 (con excepción del año de 1842). En el gobierno, al menos, quien llevaba las riendas era el Sur.”[24]

          Una explicación aceptable de este predominio radicó en el proceso de colonización del Oeste, cuyos nuevos Estados -constituidos a partir del crecimiento de sus poblaciones- se sometían a una fuerte influencia sureña y, por lo general, empleaban sus dos votos en el Senado en favor de esta causa. Con todo, en 1850 nueve Estados libres y nueve Estados esclavistas habían sido extraídos del territorio occidental. Todavía se mantenía un aparente equilibrio, por lo que hace a los nuevos Estados, que resultaba favorable al Sur, en virtud de la inercia producida por la expansión de las plantaciones algodoneras y del dominio político precedente.

          La expansión territorial del esclavismo sureño, que llevó de la mano a su vigorosa influencia política, se vio frenada por la naturaleza: El espacioso desierto que se inicia al Oeste del meridiano 98°, no admitía el cultivo del algodón, ni de ninguna otra cosa, y fijó el confín del reino del algodón y del vigor económico del Sur. También marcaría el inicio del ocaso político de los esclavistas. En 1860 triunfan los opositores al viejo orden, los republicanos, y la llegada de Abraham Lincoln a la presidencia representó la derrota política del Sur.

          En diciembre de ese mismo año Carolina del Sur y, poco más tarde, otros diez Estados esclavistas declararon ya no formar parte de los EUA y formaron los <<Estados Confederados de Norte América>>, rompiendo en dos a la Unión.

          En un comienzo, en el que la confusión se adueñó de todo, hubo ciertas pusilanimidades, tanto de parte de Lincoln -que se dispuso a no interferir en la institución de la esclavitud en aquellos Estados donde existiera-, cuanto de los cuatro Estados esclavistas de la frontera -Delaware, Maryland, Kentucky y Missouri- que decidieron no abandonar la Unión. El presidente, en todo caso, decidió defender la existencia de una sola nación, primero, con la oferta de concesiones a los esclavistas y, después, con la misma lucha militar.

          El 12 de abril de 1861 dio inicio esa brutal guerra. En ella, se mostró a plenitud la irresponsabilidad de los plantadores sureños que, con arreglo a la engorrosa tramitación del reclutamiento, evadían su incorporación al ejercito confederado, mientras, en el Norte, mediante el pago al gobierno de 300 dólares era posible evadir el servicio. Huberman recuerda que, a este respecto, “muchos desheredados de la fortuna llamaron a este conflicto <<guerra de ricos y pelea de pobres>>.”

          Sólo hasta 1863, el presidente Lincoln expidió su Proclamación de Emancipación, con la que se decretaba la libertad (y la posibilidad del reclutamiento) de los esclavos negros. En la contienda los plantadores sureños perdieron dos mil millones de dólares. La rendición del general Lee -comandante de las fuerzas del Sur- al general Grant, del Norte, se celebró en medio de terribles daños a las propiedades de los sureños. Jactándose de ese desastre, el general Sheridan, del Norte, decía que “si un cuervo volaba desde el Valle de Shenandoah hasta la población de Harper´s Ferry, debía llevar su almuerzo consigo.”

          A partir de ese sangriento episodio, nada habría de detener la vigorosa marcha de los hombres de negocios del Norte. Tarifas proteccionistas y gasto público para infraestructura alcanzaron los más altos niveles. El desarrollo del capitalismo estadunidense comenzaría a vivir sus mejores momentos.

          La supresión de un contrincante político, poseedor de distintos valores e ideas productivas, y de alta influencia en los actos de gobierno, consolidó un proceso de crecimiento económico que habría de colocar a los Estados Unidos en el primer sitio de la economía mundial, al comienzo de 1914:

 

 

 

INGRESO NACIONAL Y POBLACIÓN DE LAS POTENCIAS EN 1914.

PAÍS

INGRESO NACIONAL (miles de millones de dólares)

POBLACIÓN (millones)

Estados Unidos

37

98

Gran Bretaña

11