Tesis doctorales de Economía


EL CONOCIMIENTO TRADICIONAL Y LA PROPUESTA DE EDUCACIÓN Y CULTURA AMBIENTAL EN LA GESTIÓN EJIDAL ECOTURÍSTICA DEL PARQUE, SAN NICOLÁS TOTOLAPAN, CIUDAD DE MÉXICO

Gloria Amparo Miranda Zambrano



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2.2. El turismo sustentable como enfoque alternativo

Al presente, con una ‘sobre-economización del mundo’ (Leff, 2006), el fenómeno de la mundialización viene mostrando límites al centralismo económico y concentración del poder. En el ámbito turístico, el proceso manifiesta ciertos cambios hacia la descentralización económica, virtualmente queriendo corregir inequidades y con ello emerger nuevos destinos turísticos en la pretensión de reorientar el curso de los excesos actuados.

Es el caso del ‘neo-turismo’ (turismo alternativo o ecológico) que desde la última década viene entrando con fuerza inusitada bajo la modalidad de ‘ecológica o sustentable’. Veamos, a qué corresponde su surgimiento, sus principales postulados y las ventajas y desventajas que presenta, según los planteamientos teóricos que lo justifican.

El interés por el tema surgió luego de Eco 92 con la “Cumbre de la Tierra” y convenciones y acuerdos de trascendencia mundial, donde el turismo convencional, debido a la problemática planteada, queda en tregua, con el objetivo de brindar al turismo sustentable la oportunidad de poner en práctica la propuesta conciliadora: economía-ecología. A partir de ello, mundialmente se reconoce como tema en primacía, instalándose su prioridad en la agenda internacional. Así, la ONU –con el apoyo de la OMT y la PNUMA– declara al 2002: “Año Internacional del Ecoturismo”. De la misma forma, la Unesco declara también al 2002 como el “Año Internacional de la Protección del Patrimonio”, enmarcado en el decenio de la Cultura de Paz y la conmemoración de los 30 años de la Convención del Patrimonio Mundial.

Al arquetipo se le asocia con el “ecoturismo”, “turismo rural”, “etnoturismo”, “turismo de naturaleza”, “turismo de aventura” (andinismo y montañismo), “turismo cultural”, “agroturismo/‘agri-turismo”, “turismo vivencial”, “turismo verde”, “turismo científico”, “turismo blando” y, “turismo comunitario” (segmento de interés de la presente tesis), entre otros. Algunos segmentos están subsumidos, otros redundan en la misma denominación. Lo evidente, es que aún adolece de sustentos documentados para un mejor análisis, pues dependen para su evolución, de la correlación con determinada(s) disciplina(s) con las que enlazan su labor, llámese biología, antropología, sociología, agronomía o geografía. Su enfoque de trabajo pone un mayor énfasis e interés por el campo y sus recursos, patrimonios y población, hecho que marca diferencias frente al turismo convencional, quien basa su expansión en la gran infraestructura, especialmente hotelería y el segmento de sol y playa (Miranda, 2002:29-30).

Santana (2006:16), considera que el turismo representa un terreno que es cruzado transversalmente por múltiples campos disciplinares “La dependencia de problemas comunes y la necesidad de su estudio en condiciones de rechazo, desprecio o permisiva tolerancia académica, impulso como consecuencia inmediata al empelo de conceptos y técnicas de investigación, que normalmente, sin caer en el eclecticismo metodológico, apuntaron hacia criterios de multidiciplinariedad, dando forma a una extensa bibliografía.”

La revisión documental desplegada sobre el tema, enuncia avances significativos en la formulación de lineamientos estratégicos para su planificación y múltiples mecanismos de concertación y promoción multisectorial. Comenzando con inventarios sostenibles, capacidad de carga de los destinos turísticos, diseños arquitectónicos, capacitación, promoción, comercialización y marketing, estrategias de autofinanciamiento, propuestas de planificación, herramientas de intervención para el monitoreo y variables de evaluación, marcos normativos (propuestas de ley, cartas de intención, códigos de ética, propuestas de planificación, variables de evaluación e incluso herramientas de intervención para el monitoreo, etcétera.

El balance de los temas abordados refleja mayor atención del medio ambiente, en detrimento por las poblaciones y sus culturas. En otras palabras, es insuficiente la respuesta sobre cómo y hasta dónde intervenir, a partir de las particularidades y entramados finos que encierran las culturas y organizaciones campesinas en la gestión del servicio turístico, en el objetivo de preservar su biodiversidad natural y cultural.

Mediante la revisión de los trabajos de algunos autores que analizan el tema (de manera primordial o relacionada) respecto al enfoque de intervención del turismo sustentable y, en particular del turismo comunitario (Vigna, 2006; Pera Mc Laren, 2005; Paré y Lazos, 2003; Miranda, 2002; Maldonado, 2006; Lagunas, 2007; Santana, 2006; y Molina, 2006), y de organismos de la cooperación internacional, equiparamos dos tendencias de análisis. Por un lado, aquellos que la defienden, identificando valores y contribuciones, propugnándola sin mayor análisis como arquetipo a seguir. Por otro, aquellos que desnudan sus intenciones e intereses, advirtiendo definitivamente que hay un discurso oculto y amenazante, pues el contexto del capitalismo neoliberal donde se desarrolla (en su mandato como sistema mundial) tiene en oculta finalidad el despojo (otra vez) de la naturaleza y las culturas.

Para llevar a cabo tal intención, sea de financiamiento, regulación o normatividad, está la presencia de entidades internacionales y del Estado, llámese Unesco, OIT, ONU, PNUD, WWF, BID, BM, OMT, Semarnat, Sectur, etc., que en cierta medida apoyarían a la primera tendencia. La segunda opción viene perfilando su interés por mostrar resultados de experiencias ecoturísticas comunitarias sustentables, distinguiéndose cierto interés por referir experiencias de empoderamiento y/o defensa y resistencia por los recursos y patrimonio que sustentan los pueblos. México ha desatado cierta corriente de interés por el tema, algunas universidades con especializaciones e investigaciones (CLACSO, UNAM, UAM, Politécnico) entre otras. Asimismo, analistas como Pera y McLaren (2005), Paré y Lazos (2003), Bringas y Ojeda (2000), Vigna (2006), Blázquez (2007), Cordero (2006), Miranda (2002), Molina (2006), Lagunas (2007) y ONG y redes, en el país y externamente. En el Distrito Federal, iniciativas de asociaciones de ejidos y comunidades, por ejemplo la red “Unión de Grupos Rurales Ecoturísticos del Distrito Federal AC” que integra 12 ejidos, entre ellos, el “Parque Eco turístico Ejidal San Nicolás Totolapan”, objeto del presente estudio.

La “Unión Mundial para la Naturaleza” define al turismo sustentable como:

(…) aquella modalidad de turismo ambientalmente responsable sin disturbar, con el fin de disfrutar, apreciar y estudiar los atractivos naturales (paisaje, flora y fauna silvestres) que puedan encontrarse allí, a través de un proceso que promueva la conservación, tenga bajo impacto ambiental y cultural y propicie un involucramiento activo y socioeconómico benéfico a las sociedades locales (Cevallos-Lascuaráin, 1993:7, en Miranda, 2002).

Empero, lo cierto es que no está claramente definido ni delimitado el turismo sustentable, existiendo áreas en las que se sobreponen entre sí. Además de reflejar “(…) una vaga delimitación que crea cierta confusión, se ha utilizado el término “ecoturismo” de manera indiscriminada como producto comercial o ‘gancho’ (sic) para hacer creer que es benéfica para el medio ambiente, lo que no es necesariamente cierto” (Bringas y Ojeda 2000:378).

Nos referimos a determinados proyectos de gran envergadura e inversión que, pretendiendo trabajar con rostro sustentable y haberse ‘maquillado’ diferente, encierran equivalentes o mayores desaciertos que su antecesora (Pera Mac Laren, 2005; Vigna, 2006; Maldonado, 2006; Miranda, 2002; y Santana, 2006). El turismo sustentable a pequeña escala también deja secuelas, aunque diferentes, como sustentamos a lo largo de la tesis. Lo que no queremos dejar de lado es identificar que, en general, el turismo continúa en el marco del interés de la globalización que promueve “la distribución espacial de su lógica autocentrada, penetrando cada territorio, cada ecosistema, cada cultura y cada individuo” (Leff et al., 2002). Inclusive se da a la industria turística la denominación de ecológica. De tal forma que, en la era de la economía ‘ecologizada’ la naturaleza ha dejado de ser un objeto del proceso de trabajo para ser codificada en términos de capital (Leff et al., 2002 y 2005; Miranda, 2002 y; Toledo, 2000).

En esa orientación, el turismo sustentable representa cierta analogía con la trayectoria ‘de los otros sustentables’, es decir con proyectos productivos desarrollistas (agrícolas, ganaderos, forestales), plasmando limitaciones y problemas similares (economía ecologizada). Mediante este perfil, el turismo sustentable se subsume al debate existente sobre ‘desarrollo-sustentabilidad’ o ‘economía-ecología’. Para el tema que convocado, enunciado en la díada ‘turismo de masas-turismo sustentable’, o lo que es lo mismo, ‘turismo convencional-turismo alternativo’.

Pera y McLaren (2005), afirman que el desarrollo implementado por el BM y el FMI tratan de conciliar a la economía con la ecología sobre el nivel epistemológico y político. Tal reconciliación intenta crear la idea de ser necesarias sólo correcciones menores al sistema de mercados, para lograr un período de armonía socio-ambiental. Escondiendo el hecho de que la estructura económica no puede incluir preocupaciones ambientales y sociales sin una reforma sustancial. Más bien, habría que señalar que así presentado el turismo sustentable es:

(…) una nueva estrategia de apropiación de los recursos basada en una ideología que legitima las políticas intervencionistas en nombre del Medio Ambiente. Así, nuevamente se definieron los problemas y se formulaban las soluciones no dentro de las sociedades en cuestión, sino desde fuera. En ese sentido también se señala que el turismo sustentable, puede convertirse en una nueva forma de apropiación del ambiente natural y de las culturas en los países ofertantes (”) (Miranda 2002:1-7).

Aunque no desmerecemos las experiencias sostenibles como planteamos posteriormente.

Los ejemplos de imputación al turismo sustentable –especialmente macros– son cada vez mayores, pero teniendo el interés de obtener ganancias en el menor tiempo posible, no se ajustan a los ciclos que tiene que cumplir la Naturaleza (tiempo y espacio para reciclarse). Asimismo, se imponen otras formas ‘ecológicas’ del manejo del medio ambiente a poblaciones locales, quienes se han apropiado en cientos de miles de años de la Naturaleza en sus propios términos y con base en una racionalidad ambiental (Leff et al., 2005). Sucede así, por ejemplo, cuando se declaran reservas y parques, quienes al imponer ‘modelos sustentables científicos’ de otros países a las poblaciones, enfrentan modelos de ‘ecología popular’ o ‘ecologismo de los pobres’ como diría Leff et al., (2005) y Martínez Alier (s/f), respectivamente; aunque se puede declarar que hay experiencias comunitarias que vienen beneficiándose significativamente, como es el caso del programa que trabaja el ejido que nos convoca.

Muchas veces, el turismo sustentable busca trasladarse a lugares intactos, o por lo menos en los cuales la presencia humana se encuentra en su mínima expresión. Ahí se propone (lejos del estrés y la masificación de los centros urbanos), conocer fenómenos y ámbitos naturales, manteniendo con el hábitat natural una relación directa (Lagunas, 2007:40). En esa búsqueda no pocas veces se vienen perpetrando de forma irracional? santuarios que en el tiempo y espacio permanecieron incólumes a la presencia humana.

Entre los casos más destacados sobre turismo sustentable están los que vienen incursionando en las reservas de biosfera. Con respecto a ello está la denuncia que hacen Bringas y Ojeda (2000) en la península de Baja California, México, donde en nombre del turismo alternativo se hacen encuentros deportivos con alto impacto ambiental. Por otro lado, el caso de turismo naturalista: “observación de la ballena gris” en la Reserva de la Biosfera del Vizcaíno (Baja California, Pacífico Norte), ambos dañando el ambiente. No se sabe aún las implicancias ecológicas en estos santuarios, pero lo absurdo es que hacen referencia de especies a proteger (Bringas y Ojeda, 2000:393). Otros son los casos que denuncia Vigna (2006) donde el Proyecto “Mundo Maya” apoyado bajo el sello del ecoturismo y amparado por el Plan Puebla Panamá y el BID, instalan proyectos ecoturísticos ‘para beneficiar al medio ambiente y las comunidades’, pero ocurre todo lo contrario, en estos ejemplos “la naturaleza es vendida y explotada, exactamente como fue la bahía de Acapulco en México hace 40 años, destacando ‘los coyotes del turismo’ quienes compran terrenos a bajos precios, extinguiendo las últimas joyas intactas del planeta”.

En la actividad turística –como en muchas otras áreas productivas– se resaltan los atributos económicos que propicia, olvidándose que los costos sociales y ecológicos que su práctica trae consigo, resultados más elevados e irreversibles que los beneficios económicos que puedan generar. Lamentablemente, en países como México, el prefijo “eco” del turismo, no garantiza la sustentabilidad ni el respeto a la naturaleza (Bringas y Ojeda, 2000:394).

¿Son contrapuestas las propuestas ‘sustentables’? No existen respuestas definitivas y únicas.

Resulta casi imposible conciliar el enfoque capitalista (que concibe a la Naturaleza y las culturas como “recurso o producto a explotar”), con proyectos realmente ecológicos. Lo que llama la atención es que la implementación y gestión de proyectos so pretexto de la ‘sostenibilidad’, evadan incorporar ponderadamente a los actores sociales (comunidades campesinas, pueblos originarios y ejidos); por lo contrario, hay evidencias de exclusión y despojo. Por otro lado –y adelantando respuestas al estudio presente–, se asiste al interés de los espacios políticos y académicos por reconocer la contribución sustentable de las comunidades y del modelo de racionalidad ambiental que muchas resumen.

Teniendo como motivación la reapropiación de los recursos naturales en un escenario de cambio, las comunidades campesinas, pueblos originarios y ejidos, vienen probando renovadas opciones productivas, una de ellas es su incorporación al ecoturismo sustentable, por ello la denominación de “ecoturismo comunitario sustentable” (ECS). Con aún mínimas experiencias, este segmento viene brindando aportes para la construcción de marcos conceptuales y enfoques ajustados a las particularidades y especificidades que encierran las comunidades y ejidos del país. En estos espacios, sus conocimientos y habilidades son significativos para el desenvolvimiento del proyecto; el objetivo no es sólo dinamizar la economía, sino que están implícitas la conservación y restauración de los recursos naturales, y el fortalecimiento de los valores culturales y simbólicos de sus poblaciones, como pasa con nuestra comunidad de estudio y demás pueblos que vienen incursionando en el tema.

Al ECS lo ubicamos en el mundo del turismo alternativo rural, específicamente. Parte de las canteras del denominado “etnoturismo”, ‘turismo indígena’ o ‘turismo étnico’. En el mundo comercial el “etnoturismo” es entendido como una “nueva modalidad de turismo sostenible” y viene posesionándose, especialmente entre aficionados, antropólogos, arqueólogos y profesionales de las ciencias biológicas, operadores y guías y técnicos en turismo, y cómo no comunidades del campo, quienes vienen lanzando dicho segmento apoyado por la informática y tecnologías de punta de la comunicación (masmediática). Lagunas (2007:21), sostiene que este tipo de turismo es muchas veces contemplado como única alternativa viable a la generación de riqueza, pero lo cierto es que siendo significativas las experiencias, aún es prematuro generalizar resultados, pues la realidad viene configurando una serie de experiencias complejas que revelan avances y regresiones.

Si se quiere ubicar este modelo en el debate académico, son pocos los autores que hacen referencia explícita al mismo. La OMT (Miranda, 2002 y OMT, 1999ª) identifica al “etnoturismo” como “aquel que acarrea visitas a lugares de procedencia propia, ancestral o milenaria, asentada en el espacio rural, además que se administra bajo los principios de la sustentabilidad”.

Lo expuesto se orienta más al territorio y muestra limitaciones para la dinámica y análisis del CT y su incursión en el contexto de la mundialización neoliberal. La diferencia que ubicamos con la propuesta del ECS –que encarna nuestro objeto de estudio–, es que el “etnoturismo” se inscribe e involucra, exclusivamente, en las poblaciones con pueblos originarios y grupos étnicos, por ello tal denominación. Su análisis se inscribe dentro de los diferentes objetivos, estilos y formas de intervención, apegadas a la influencia de las externalidades, la misma que tiene carácter excluyente, motivando se invaliden gestiones que propicien y promuevan nuevas identidades culturales que re-signifiquen el campo.

Por ello, se entiende que el ECS es más amplio, involucra además de los pueblos originarios, campesinos y ejidatarios, a toda población, sujetos y actores sociales que se organizan y articulan comunalmente, como por ejemplo el sector urbano-marginal, organizaciones de emigrantes, entre otros, quienes a partir de una visión colectiva consideran al turismo como una oportunidad de gestión popular y colectiva, al condensar competencias y habilidades especiales, y de mayor ventaja por el arraigo propio de su racionalidad, cultura e historia.

Estas racionalidades culturales comprenden un complejo sistema de ideologías, valores, significados, prácticas productivas y estilos de vida que se han desarrollado a lo largo de la historia, que se especifican en diferentes contextos geográficos y ecológicos y que se actualizan como estrategias alternativas de sustentabilidad frente a la racionalidad imperante del mercado global (Leff et al., 2005:1).

Es innegable que el ECS se ha convertido en un mercado emergente. Empero, en estos tiempos no sólo se trata de reconocer que las comunidades tienen una oferta valiosa que ofrecer, el tema de fondo en el mundo de los servicios donde ‘todo’ es compra-venta, va por responder –reflexionando instrumentos metodológicos apropiados a los nuevos retos que enfrenta el ECS- sobre: qué, hasta dónde, cómo, para qué, cuáles, por qué y, a quién(es), ofrecer estos servicios con base en los “sui generis” patrimonios. Se sabe que el valor de los mismos, es indiscutible, incalculable e indescifrable, pero también que los proyectos enfrentan problemas financieros, técnicos y de comercialización, lo cual impiden su consolidación como alternativa de las comunidades y como alternativa para la conservación de la Naturaleza.

Algunos autores desconocen el potencial en servicios que reúnen las comunidades, cuando sostienen que el ECS requiere personal “relativamente de bajo nivel de cualificación; de ese modo puede absorber una gran proporción de la fuerza de trabajo de los sectores tradicionales de la economía con un mínimo de preparación” (Santana, 2006:77). Es decir, se invisibiliza e invalidan los saberes y habilidades de la cultura local, sorprendente para el caso, pues el autor, supone en su estudio un amplio conocimiento de los actores sociales y sus poblaciones.

Con el ECS vislumbramos una discusión académica sobre la existencia y la posibilidad de reconocer que las propias comunidades pueden (o no) empoderarse y re-significar los proyectos sustentables. ¿Qué procesos de enfrentamiento vienen resistiendo las comunidades, con el modelo de gestión empresarial ecoturística? ¿Cómo se da la distribución de bienes y servicios entre los beneficiarios con el modelo sustentable? ¿Cómo aportan los actores a la construcción, asimilación y apropiación del ECS en términos de su cultura local? San Nicolás Totolapan, ¿preserva su recurso forestal sustentablemente garantizando la viabilidad del arquetipo comunitario sustentable? Con respecto a estas interrogantes reflexionaremos a lo largo de la presente tesis.

Si nos detenemos a observar cómo es la gestión de las experiencias en ECS en México y países símiles, se concluye que hay insuficientes avances en la construcción del modelo y sistematización de experiencias, por lo mismo exiguas luces para articular y debatir teorías, conceptos y metodologías e incluso generar alternativas teórico-metodológicas apropiadas para el modelo considerado, por ello el interés por contribuir al mismo.

Sabemos de experiencias pioneras y empoderadas –como es el caso de la comunidad de estudio-, pero también experiencias en proceso, frustradas, confusas y apagadas. Muchas de la mano o encarnadas a proyectos externos, dependiendo de sus intereses acuñados en el discurso “eco” y “sustentable”; otros, ‘re-significando’ y ‘re-dignificando’ el campo viviendo experiencias inéditas con base en su racionalidad ambiental y organizaciones naturales (la comunidad, la familia, el ejido).

Lo interesante es que las mismas vienen dando eficaces luces para la denuncia, valoración y nuevas perspectivas para trabajar metodologías, indicadores y marcos teóricos. Estamos de acuerdo con las consideraciones de Leff et al. (2006:14) cuando sostiene que

(…) las invenciones de la humanidad grabadas en la memoria colectiva de los pueblos emergen hoy dentro de los procesos de resignificación, reafirmación y actualización de las identidades de los pueblos como una “re-localización” de sus mundos de vida. Los “entes culturales” están siendo re-codificados, recobrando aquello que alguna vez fue depositado en la memoria de la cultura, desenredando la madeja del tiempo y forjando un nuevo vínculo entre el pasado y el futuro.

Los anteriores son aspectos que se abordan en el acápite siguiente cuando se analiza la importancia de las comunidades.

En México, los trabajos pioneros de sistematización de Daltabuit (2000), Alicia Castellanos , Mauricio Guzmán , Anne Vigna Asimismo, son sobresalientes las experiencias de “Pueblos Mancomunados” (Oaxaca), “El Parque San Nicolás Totolapan” (objeto y sujeto de estudio), “Parque Tepozán” (Distrito Federal), “Selva del Marinero” Mun, Catemaco, Ver., Proyecto Comunitario de Taselotzin (Puebla) (Semarnat, 2006:99-11), Isla Yunén y Maruata (Michoacán), Escudo Yahuar y Aru Macao, Misol-Ha, Agua Clara, Welib-Ha (Chiapas),Hostal indígena Guitayvo, Barrancas de Uruachi, Arareco (Chihuahua), Ixtlan de Juárez, Isla Soyaltepec (Oaxaca) (WWF:2002), y la Red de Ecoturismo de Los Tuxtlas (Veracruz). Asimismo, a nivel de América Latina hay experiencias en Ecuador, Perú, Panamá, Costa Rica, Guatemala, Cuba, Brasil, Argentina, Bolivia, etc. Muchas están en proceso inicial, otras en consolidación y no pocas asumiendo ser “modelos paradigmáticos”.

La mayoría de los trabajos de hace unos 10 años estaban influenciados por Cevallos-Lascuaráin quien exaltaba la tendencia ecologista ligada al impacto económico, por lo que sus parámetros de impacto y beneficio no siempre se ajustan a la realidad excluyente y de cambio producto de la mundialización neoliberal que sufren los actores sociales del campo que desarrollan estos proyectos. Los trabajos pioneros de sistematización donde se identifica la problemática de los actores, especialmente por la falta de un modelo alternativo de hacia dónde ir, son los de Paré y Lazos y la Red de Ecologistas, para el caso de México “(…) la mayoría de las experiencias de turismo social o comunitario se han desarrollado en medio de grandes dificultades financieras, problemas de diseño, falta de normatividad, promoción adecuada y muchas veces en un contexto político hostil y de poca comprensión por parte de empresas particulares que compiten por el mercado” (2003:270).

Un aspecto en debate –en la misma orientación y símil escenario institucional que el CT ha desatado-, es si los estilos y formas de vida y la cultura que resumen las poblaciones campesinas y pueblos originarios deben ser considerados como mercancía o producto turístico. La visión mercantilista de los operadores de turismo convencional, inversionistas e inclusive estudiosos, anclados en el modelo desarrollista occidental opinan a favor de la venta de la cultura, en la misma condición que los patrimonios materiales, como pueden ser patrimonios arqueológicos o de Naturaleza.

El debate refleja posiciones que requieren mayor análisis, como explica Ortiz (2005:164) cuando sostiene:

(...) de tal manera que lo que proporcionan a los turistas va más allá de los servicios como lo haría un empresario común en el ramo. Aportan sus experiencias de vida, los cuales deben ser valorizados para que entren a un mercado de oferta y demanda turística, aquí radica un problema fundamental en términos culturales y de lógica de reproducción”.

Asimismo, sustenta que si se convierte la cultura en mercancía ¿cuál sería el precio “justo”, lo que les obliga a ser más competitivos, sin perder su sentido moral el cual compite con su calidad de vida a la cual hacemos referencia? Aquí encontramos algunas divergencias dado que en nuestra opinión no es posible considerar a la cultura viva como producto o mercancía, aspecto que adelante expondremos.

La misma autora propone trabajar el turismo en comunidades a partir del desarrollo compatible, advirtiendo que el enfoque desarrollista y el sostenible vienen exteriorizando subyacentes intenciones como sistema hegemónico, lo cual debe llevarnos a trabajar especialmente estrategias:

El desarrollo compatible es un modelo paradigmático alternativo más adecuado para comprender la realidad investigada, debe ser debatida mediante su aplicación metodológica en la práctica concreta. Es contraria a la homogenización cultural y económica del desarrollo dominante, propone basarse en la máxima diversidad y compatibilidad intra e intercultural, por lo cual es un modelo relativista y regionalizador de autonomía cultural, abierto a los desarrollos creativos cuya práctica se legitima democráticamente, en donde la evaluación y decisión de los implicados es fundamental para su funcionamiento” (Medina, 1999:117 y Ortiz, 2005:132).

La propuesta señala, que es mejor trabajar el desarrollo turístico desde los mismos sujetos y actores sociales colectivamente organizados, que parta de lo endógeno afín a su cultura, en un proceso de relaciones complementarias e integrales entre lo económico y productivo, siendo compatible integralmente para un desarrollo de toda la sociedad en su conjunto. El enfoque es interesante, por la afinidad con el ECS en la orientación de reconocer a los actores sociales como ‘constructores’ de sus propios proyectos de vida y sociales, donde se deben privilegiar sus potenciales, explicitados en sus habilidades y capacidades, entre ellas el CT.

En esa consideración, como aporte de una construcción propia, definimos al ECS como: una modalidad del turismo sustentable alternativo rural que parte del reconocimiento de los actores sociales como portadores de conocimientos, capacidades y habilidades propias producto de su cultura local capaces de orientar, sostener, determinar o influir la gestión y administración de recursos colectivos orientados al turismo. La generación de empleo digno e ingresos en su propio territorio asociado a la recuperación de su dignidad como sector incluyente en términos renovados a la sociedad mayor. Aún más, promoverse en “áreas no invadidas”, ser minoritario y a través de encuentros espontáneos y la participación, promoviéndose el contacto intercultural (Santana, 2006:44).

La afirmación y arraigo de la identidad cultural, la preservación y manejo sostenido del medio ambiente y la participación local compartida y responsable, son otros aspectos a considerar orientado al mejoramiento de la calidad de vida de sus protagonistas, asumiéndose sujetos de su propio desarrollo. Los proyectos y propuestas deben ser conducidos para el beneficio de la organización local y sus actores, recuperando sus capacidades endógeno-colectivas de gestión. Su potencialidad descansa en el reconocimiento y auto-reconocimiento de ser propietarios de sui géneris (exóticos para los visitantes) recursos naturales y habilidades cognitivas, organizativas, de producción, distribución y consumo.

En el Cuadro No. 3 reflexionamos sobre las diferencias y ventajas que expresa la gestión del ECS a partir de la autogestión, en relación con proyectos comunales que trabajando también el ecoturismo se han instalado en la dependencia y exclusión. Siendo ambas de perfil y motivación sustentable arrojan diferencias sustanciales, tanto en los procesos de gestión, como en los impactos y resultados. En el marco de la segunda propuesta inscribimos la experiencia de ECS (objeto del presente estudio) denominado “Parque Eco turístico Ejidal San Nicolás Totolapan”, quien con base en su experiencia vertida en 12 años de labor en el ECS alcanza elementos para orientar la reflexión epistemológica y de sistematización.


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