Gloria Amparo Miranda Zambrano
“Queremos que nuestra cultura y sus diversas formas de expresión permanezcan vivas y auténticas y se revitalicen gracias a los encuentros interculturales que propiciamos. Abrigamos la esperanza de que el diálogo entre diferentes culturas contribuya al entendimiento entre los pueblos y a la edificación de una cultura universal de paz” (Maldonado, 2006:12). En esa orientación y afán de ampliar e impactar mejor los servicios turísticos –que no desdice la real intención por evolucionar el espíritu de contribución al tema–, el turismo comunitario estaría a la par, vulnerando la existencia de la cultura local.
Es decir, al desarrollar el ECS que tiene como estilo de servicio el involucramiento y proximidad del turista en la vivienda, familia, acceso a repertorio de saberes y demás patrimonios, estaría amenazando la seguridad de los mismos. “Al tratarse de zonas que son fácilmente accesibles, pueden darse serias tensiones entre turistas y locales, que no suelen estar dispuestos a dejar su intimidad como un atractivo público turístico” (Santana, 2006:37). El turista observa y participa en comidas y fiestas rústicas, en el folklore, e incluso en deportes populares, donde siempre está presente la cámara fotográfica (…) El visitante “pretende informarse lo mejor posible sobre esos “otros atractivos” (sic). Por lo mismo, y asumiendo que la práctica del servicio turístico es compleja en la fijación de límites y en una normatividad que detente la ‘convivencia invariablemente ética’ entre invitados y anfitriones, no pocas experiencias vienen manifestando desencantos y desencuentros en este servicio.
Por su parte, respecto a las comunidades (a las cuales habría que señalar que es necesaria la denuncia) va por señalar que vienen enunciando perfiles de tamiz “ingenuos y “entreguistas”, so pretexto de haber encontrado la oportunidad de generación de ingresos y trabajo en una coyuntura que desde ya promete ‘aperturarse y expandirse’ al sistema mundo planetario.
Sin embargo, las condiciones de vulnerabilidad empezaron a manifestarse, pues el contexto del ecoturismo comunitario podría convertirse (sin haberse formulado expreso), en un canal acaso ‘perverso’ y ad hoc para el ‘robo blanco’ del patrimonio local. Como se advierte, tener a los invitados (turistas) en lo íntimo de la vivienda y la convivencia con la familia, no siempre resulta inocuo como parece. Como sostiene Pera y Mc Laren (2005:2-5), hay una suerte de “tendida de escenario” propicio para el robo de saberes y conocimientos o ejercer la biopiratería al entrar el visitante ‘por derecho hasta el alma de la convivencia’ (cocina, recámara, comedor o platicar con los padres, los ancianos, etc.), con la familia y comunidad, instancias donde se resguardan y reproducen precisamente los valores, saberes y conocimiento, es decir los patrimonios.
En el trabajo de Vigna (2006:10), expresa que los locales entregan ‘todo’ a los turistas, primando que lo importante es “hacer un viaje fenomenal hacia el corazón de la realidad indígena de Oaxaca”. El canal para este objetivo es entregar la convivencia tal cual de la cultura local, por ello “duermen, viven, comen con familias (…) y en las mismas condiciones. Vienen a nuestra casa, cosechan de maíz, participan en la recolección de miel, pesca o preparación de tortillas, en función de la estación o del entorno (…)”
De la misma forma, están los casos de varias comunidades campesinas del Valle del Mantaro (Perú), quienes se quejan de que las visitas con el ECS (vivencial) no fueron nada éticas. Producto de reiteradas visitas de acompañamiento a las viviendas de las familias, los turistas aprendieron los secretos esenciales de las técnicas de la crianza de alpacas y llamas, asimismo del arte de teñidos y telar en la elaboración de prendas selectas que realizan. “Eso ocurrió hace años, ahora nos enteramos muy extrañados y desalentados que los gringos crían nuestras alpacas en Nueva Zelanda e Inglaterra; asimismo, que tiñen y tejen chompas como nosotros lo hacemos, ¡son ahora nuestra competencia!”.
En otro momento (acaso de franca ingenuidad sobre los acontecimientos actuales respecto a la biopiratería y demás), un actor social sostiene que es mejor el turismo vivencial que comercializar artesanías, “(…) quieren que vendamos souvenirs, pero preferimos pasearlos por la selva y describir nuestro trabajo. El turismo limitado y manejado por la comunidad es un complemento interesante de nuestra actividad forestal, que por otra parte presentamos al visitante” (Vigna, 2006:10). Otro caso, en el que los promotores del turismo comunitario capacitan sobre cómo debe llevarse el turismo en las comunidades: “Los comuneros deben ser actores principales en el turismo rural, deben interpretar lo que saben y ofrecer lo que tienen. Todas las manifestaciones culturales deben transformarse en novedad para el turista. A los visitantes debemos considerarlos nuestros hermanos, (…) hay que ofrecerles una atención personalizada” (Ruraltur, 1998:2-3).
El escenario no exhibe un mismo nivel del diálogo de intereses, tampoco están establecidas las reglas del juego. Lo que se ha hecho en los casos de aberración del ECS es tender escenarios propicios para la piratería o sustracción de conocimientos y habilidades por parte de los visitantes, es decir poner al “gato en el despensero”, quien viene apropiándose (“robo blanco”) de patrimonios que no le pertenecen. Este panorama lleva a exigir una lectura subterránea y acaso sagaz del tejido complejo que representa el turismo, y sus efectos y complicaciones. Por lo mismo, el ECS no puede ser medido sólo en términos económicos, de generación de empleo o nivel de contaminación. Están los otros impactos, cambios y mermas de tipo social, cultural, identitario, ético, histórico y hasta psicológico. Ir más allá de lo que considera Santana (2006:91) cuando explica que los impactos sólo son evidenciados en la población, dejando fuera al impacto de la alteración por sustracción indebida del patrimonio cognitivo de las comunidades: “…el impacto social incluye los cambios más inmediatos en la calidad de vida y el ajuste a la actividad de las comunidades de destino”. O como sostiene Butler (Santana, 2006:40), quien va por destacar los impactos a problemas e implicaciones socioculturales, pérdida de la propiedad, dependencia a las subvenciones estatales, y supraestatales y baja rentabilidad.
Estarían pendientes, entonces, estudios que conduzcan a la contemplación e integración de la complejidad de fenómenos que expresa la actividad turística en las comunidades, evitando la entrega ‘cegada y sesgada” de repertorios y patrimonios.
Estamos de acuerdo con Santana (2006) y otros autores, de que tales problemas no invalidan al ECS, que aunque no es la panacea de bienestar, puede ser planteado como una forma factible de aplicación en ciertas áreas, siempre y cuando se atenga a una planificación global, previa de las áreas (que suelen ser de extrema fragilidad natural y cultural), un control y corrección de impactos y que evite la dependencia exclusiva del mismo, además, claro, de encarnar un espíritu ético inherente.
Finalmente, es imposible negar las ventajas económicas (con frecuencia inevitables y favorables), que el desarrollo de este tipo de turismo brinda a los locales, como es la posibilidad de abrirse al mundo exterior promocionando su identidad cultural. Para el caso, mostrando la vigencia del CT en la conducción del recurso forestal.
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