Tesis doctorales de Economía


EL CONOCIMIENTO TRADICIONAL Y LA PROPUESTA DE EDUCACIÓN Y CULTURA AMBIENTAL EN LA GESTIÓN EJIDAL ECOTURÍSTICA DEL PARQUE SAN NICOLÁS TOTOLAPAN, CIUDAD DE MÉXICO

Gloria Amparo Miranda Zambrano



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1.3. Las definiciones y orientación del CT

Según el estudio de Pérez Avilés et al. (2006:179) distinguimos dos enfoques con respecto a la definición del CT. Sostiene que este concepto no es una denominación apropiada porque proviene del interés de los grupos dominantes, quienes insertaron la discusión a las poblaciones aludidas bajo sus propias reglas de juego. Identificarlo como “tradicional” implica que existe un conocimiento dominante definido como moderno (oficial) lo que puede llevar a reivindicar el estigma como signo de identidad, de esa manera incorporando per se el rasgo de dominación que conlleva. Por ello surgen también las denominaciones “científica”, “moderna”, “desarrollada”, “completa”, “actual”, “sistematizada”, “oficial” y “académica”. Así entendido, el CT es más bien “la imposición de un nuevo tipo de mirada, es decir desde la ciencia, la cultura, la producción y el mercado dominantes, se define (de acuerdo a lo que se pretende) que es el conocimiento verdadero, se indica a los creadores calificados y se norma la aplicación de este conocimiento en el desarrollo y reproducción de la vida. Cuestionarlo, es evitar dar continuidad al tufo colonialista que conlleva”.

Para los autores, lo correcto es la denominación de conocimiento campesino e indígena, que

(…) representa un capital cultural y no simples prejuicios; no dominado sino desafiante, que representa un campo más de una oposición que resiste al capitalismo dominante y no una forma de sumisión ante el mundo moderno. Con este conocimiento excluido del campo de la ciencia, las clases populares enfrentan y resisten a la exclusión que se les hace en los demás campos, pero no sólo resisten sino que se presentan como un contracampo alternativo de existencia (Pérez Avilés et al., 2006:179).

La posición de la propuesta no deja de ser interesante, siendo hasta cierto punto radical en su análisis (en el panorama conceptual del tema), en comparación con lo que la ley o los alcances de las instituciones oficiales vienen manejando. Los organismos públicos oficiales e internacionales invisibilizan esta mirada pero, per se, se adentran a considerar aspectos y objetivos de forma sobre el CT, dejando de lado las aristas políticas e ideológicas que conlleva. He ahí la razón de fondo del por qué tanto ruido trae el CT en el debate de la agenda mundial. Por ejemplo, la propuesta de Ley de Acceso y Aprovechamiento de Recursos Genéticos en México define el Conocimiento Tradicional como:

Conocimientos, innovaciones y prácticas, desarrolladas y conservadas de forma colectiva o individual por agricultores, médicos tradicionales, pueblos indígenas, ejidos, comunidades y demás personas que entrañen estilos tradicionales de vida pertinentes para la conservación y la utilización sustentable de la diversidad biológica (Artículo 10, fracción XII) Concheiro y López, 2006:93).

Lógicamente, a estos organismos se les escapa la carga y mirada política e ideológica que comporta el CT, prefiriendo quedarse en el ámbito de listar acciones y actores. Por su parte, la ONU lo define como “todo lo que pertenece a la identidad característica de un pueblo, que puede compartir, si lo desea, con otros pueblos. Esta expresión abarca todo lo que en la legislación internacional se considera como creación del pensamiento y de la destreza del ser humano, como, por ejemplo, canciones, historias, conocimiento científico y obras de arte. Incluye también el patrimonio histórico y natural, como los restos humanos, las características naturales del paisaje y las especies vegetales y animales autóctonas con las cuales un pueblo ha estado tradicionalmente vinculado (Alfonso, 2006: 79-99). El mismo trabajo en referencia, explica que hay dos maneras de abordar el CT, especialmente en cuanto a la regulación del CT, una conservacionista, representada en el Convenio sobre la Diversidad Biológica y otra comercial, formulada desde la Organización Mundial del Comercio y la Organización Mundial de la Propiedad Intelectual. Estos aspectos sólo se consideran como referencia para ver los términos de la importancia del tema.

Si se analizan un poco dichas propuestas esquivan la inclusión dentro del panorama de la ciencia y tecnología oficiales, su carácter de poder, dominación e interés político a dichos aportes. Si quisiéramos tomar posición con respecto a la denominación con la cual nos identificamos, afirmamos categóricamente, que es con aquella que cuestiona los signos de dominación subliminal que encierra identificarla como CT.

El objetivo es alejarnos de la concepción e intención que aún se tiene sobre el CT y su relación con el desarrollo y no desarrollo. Creemos que es necesario dejar de estar integrando las filas (la mayoría de veces ingenua y ciegamente) de Douglas Lee (del Consejo de Relaciones Internacionales de los Estados Unidos), que en 1957 afirmaba en su libro Climate an Economic Development in the tropics, sobre la existencia de la trilogía: conservadurismo-ignorancia-pobreza, donde sustenta que los campesinos tropicales son “demasiado pobres para aprender, demasiado ignorantes para progresar, y demasiado temerosos para arriesgar (…) en conjunto están condenados al círculo vicioso de la pobreza” (Toledo, 2006:13).

Mauricio Bellón (s/f: 298) hace un listado de autores de México y fuera del país que abordan el tema, asumiéndolo como manejo tradicional, y de autores que reconocen que los campesinos tienen un acervo de conocimientos. Señala su importancia en la medida en que “los manejos tradicionales pueden jugar un papel importante en la generación de nuevas tecnologías y estrategias de desarrollo, que sean eficientes energéticamente, sostenibles y apropiadas para productores pobres, (...) por ello es importante recuperar las técnicas y estrategias tradicionales”.

El autor reconoce que estos aportes son por el lado biótico, reflejando, hasta cierto punto -en esta parte-, un desconocimiento con respecto a que el CT no se presenta unidireccionalmente, sino que está en íntima simbiosis con la cosmovisión, cultura, identidad, espiritualidad, historia, lengua, producción, tecnologías, etc., siendo resultado de las mismas. Asimismo, afirma que es importante reconocer su vigencia, pero teniendo cuidando de no idealizarlo y querer “evaluar” su papel en el manejo de los recursos. Que debe “demostrarse científicamente” cómo se traducen en manejos específicos; que es fundamental “ver si es lo suficientemente importante”, y cuidarse de no hacer teorías de “conocimientos obsoletos”.

Parece impropio lo referente a la evaluación y demás expresiones, porque refleja un sesgo de balance con respecto a los parámetros de la ciencia occidental, más aún una connotación antiética y sobre ideologizada del CT. La sencillísima razón es porque éste ha demostrado utilidad en miles de años y en cientos de culturas originarias, por ello su pervivencia en contextos actuales. También notamos cierta contradicción cuando se expresa que estos manejos deben ser apropiados para productores pobres, siendo que si se han desarrollado en miles de años es porque pertenecen a la misma sociedad, ahora identificada por el autor (y el sistema dominante) como pobre.

Por otro lado, -como precisé en la Introducción-, es notoria la atención preferencial por parte de las ciencias naturales en relación con la de las ciencias sociales para tratar el tema. Este hecho que es meritorio para el primero, viene motivando incursionar con respuestas de tipo sociológico. Es decir, si se asume el CT, entonces, no es sólo para conocer su ángulo productivo y tecnológico, base de la producción económica-, sino para involucrarse a los otros componentes del CT que son: el lenguaje, la cosmovisión, la historia prehispánica, la cultura, la relación consagrada y de intersubejtividad con la Naturaleza, el derecho consuetudinario, la noción de trabajo, riqueza y propiedad, etc. He ahí la importancia del compromiso de trabajar en conjunto ambas ciencias, conjugando visiones y metodologías. Habría que ver que los pueblos originarios, no sólo persiguen fines productivos y materiales para la reproducción de su vida, también consideran las “necesidades humanas básicas tales como el autoestima, el amor propio, un firme sentido de identidad, la cohesión del grupo, la creatividad y la libertad de expresión” (Kleymeyer en Landázuri, 2002:52).

Entonces, arribando a la construcción del significado del CT que orientará el presente trabajo, lo entendemos como el resultado de un proceso socialmente estructurado por un grupo o pueblo para construir aprendizajes y representaciones significativas, orientado “por el sentido común” (Geertz, 1994) para hacer posible la preservación del medio ambiente, identidad y cultura que encierran y rodean éstos pueblos. El CT, tiene como escenario y pilares que lo sustentan y retroalimentan a: la diversidad geográfica y ambiental, cosmovisión, cultura, identidad, organizaciones naturales (familia y comunidad), espiritualidad, historia, lengua, producción y tecnologías. Mismas que se exteriorizan y convergen a través de las actividades productivas como son la agricultura, ganadería, forestería, horticultura, artesanía, arquitectura, medicina, etc. Al CT lo sustenta toda una filosofía, ideología y práctica de vida histórica pública, privada y cotidiana, que se fundamenta en un virtual compromiso entre el ser humano y la Naturaleza, articuladas a prácticas organizativas y productivas determinadas y de servicio. Se “remite a su historia, a sus identidades, a sus visiones del mundo, a los sentidos que se les confieren a una acción. Son también elementos subjetivos, como las percepciones, los valores los afectos y las representaciones sociales que se asientan en el imaginario social” (Landázuri, 2002:151). Así, el CT se erige como un “corpus cognoscitivo”, habilidades, capacidades y destrezas, propias, innovadas y adaptadas a una determinada realidad por su utilidad y beneficio.

Sin embargo, siendo importante el reconocimiento de su vigencia, debemos tener cuidado de no idealizarlo, ni asumirlo modélico, especialmente en el papel de manejo y administración de los recursos naturales (forestal especialmente), que es el asunto que nos convoca.


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