Gloria Amparo Miranda Zambrano
Si en acápites anteriores se evidencia una renovada realidad e identidad de los actores, o por mostrar espacios con “nuevas identidades sociales y políticas” (Long), lo que llama la atención es que aún varios analistas del desarrollo rural, el ecoturismo y la sustentabilidad sigan urdiendo sus análisis identificando al grueso de los actores del campo como “pobres”, a las poblaciones como “sociedades pobres”, o si se trata de países, como “naciones pobres”. Inclusive, sin arribar a explicaciones mayores y complejas, identifican a determinados espacios globales como “latitudes donde están los países pobres o subdesarrollados”. Entendiendo que el mismo es un tema que compete claramente a la discusión sobre enfoques y arquetipos de desarrollo, sus objetivos y demás, por el momento preferimos dejarlo, estando el interés por orientar la discusión al tema turístico, que es el asunto que nos convoca.
¿Hay un sesgo occidental en estos abordajes que tratamos de no evidenciar?, ¿por qué generalizar o seguir asumiéndolos como “pobres” (aceptando la dicotomía ricos-pobres)? Más aún, ¿el camino del desarrollo rural soterradamente insiste en hacer “ricos” a los “pobres” al estilo del modelo impuesto por occidente?, ¿por qué sesgar la mirada que hacemos del campo sólo identificando perfiles y logros mercantiles y económicos de las personas y sociedades, siendo que hay otros referentes que también son consustanciales para estas sociedades?
Lo que llama la atención es que, asistiendo a escenarios diferentes, que nos muestran nuevas identidades de los actores del campo, se persista en seguir estigmatizándolos como seres humanos sumidos en carencias y restricciones (muchas veces con la idea de absoluta pobreza), encarnando un mensaje y sentencia al no cambio. Inequívocamente, admitir ciegamente tales acepciones conlleva todo un enfoque ideológico, filosófico, socioantropológico y cultural de cómo concebimos a los actores de campo.
Afortunadamente, algunos autores vienen haciendo distinciones respecto al significado de “la pobreza” y “lo pobre”, refiriéndose específicamente a ello cuando se abordan las carencias materiales y problemática aguda de limitaciones, especialmente económicas que vive el campo, designándolos “pobres económicamente” y/o “empobrecidos por el sistema”.
Para el turismo comunitario es importante esta distinción en la medida que siendo una actividad de distracción, entretenimiento y servicios, las organizaciones comunitarias lo que no deben hacer es precisamente mostrar debilidades, sino más bien capacidades y atributos, en el entendido de que el visitante no es quién para interpretar o compadecerse de su problemática de “pobre”.
Para el “Manual de negocios turísticos para comunidades” elaborado por la OIT (Maldonado, 2006) y el documento: “Introducción al ecoturismo comunitario” (Semanart, 2006), y no pocos documentos oficiales y no oficiales símiles, es importante sostener que su contribución para la capacitación está destinada a las poblaciones comunitarias del campo quienes “están sumidas en pobreza crónica y ser pobres”, tal calificación justifica su acción para llevar e impulsar a las comunidades el turismo comunitario sustentable. De igual modo, “el mapa de la pobreza en América Latina revela dos grandes tendencias respecto a su distribución geográfica y social: una fuerte concentración del fenómeno en las áreas rurales y unos indicadores de indigencia que afectan mayormente a los pueblos indígenas” (Maldonado, 2006:4-9).
Sin embargo, al ser el turismo una actividad orientada a la distracción y sosiego, se evidencia una suerte de contradicción en la justificación para trabajar el mismo. Es decir, se señala por un lado carencias y limitaciones, pero también se concibe que las mismas (poblaciones) administran un acervo importante del patrimonio natural y cultural, cual capital propio y apropiado. “Las ‘culturas autóctonas’ son portadoras de valores de significado histórico y de la identidad (…) realizando contribuciones significativas para el mantenimiento de muchos de los ecosistemas más frágiles del planeta a través de las prácticas de usos sustentable de los recursos basados en su cultura" (Maldonado, 2006:4-7). ¿Cómo afecta este binomio contradictorio de reconocimiento “pobreza”-“riqueza” en la gestión ecoturística comunitaria?
La respuesta es compleja y se expresa de los dos lados: los turistas y los actores sociales. Desde el aprovechamiento que hacen los visitantes incursionando en la biopiratería (saberes locales, genes, tecnologías...), “la ayuda humanitaria” (con historia de despojo), hasta la penetración cultural sin el mínimo respeto hacia estos grupos y sus servicios y ambientes.
Por otro lado, los grupos locales desarrollado una “cultura de la pobreza” para seguir succionando, inmovilizados, para crear salidas virtuosas que busquen romper el círculo vicioso de dependencia. Entonces, identificar como “pobres” estigmatiza a las poblaciones invalidando sus demás capacidades humanas, identitarias, tecnológicas y sustentables y, por otro lado, se propicia a ejercer justificadamente la intervención y despojo de estas poblaciones. Asimismo, si bien es cierto que hay un interés por el capital sociocultural-ecológico de sus actores y que el turismo comunitario sostiene y tiene como base sus atractivos, productos y segmentos del servicio turístico en ello, entonces, no es posible seguir abrazando este enfoque.
La justificación de la pobreza es otro intento para seguir obteniendo de la Naturaleza, ahora a través de los proyectos sustentables comunitarios, como es el caso del primer segmento presentado en el cuadro No. 3, cuando hacemos referencia a las comunidades ecoturísticas en la exclusión. Es una manera renovada de despojar fácilmente de su patrimonio a las comunidades. La idea versa en relación a que: “si son ‘pobres’ lo justo es pagarles menos de lo que ofrece el mercado; están acostumbrados a vivir con carencias y limitaciones.
Otro rango del turismo comunitario es la preservación de la identidad étnica. “(…) es innegable la fascinación que ejerce la realidad indígena en el imaginario del turista internacional y en las motivaciones personales de los viajeros” (Maldonado, 2006: 2-6). Entonces, en un panorama de venta de servicios y productos turísticos, la pobreza queda arrinconada y más bien la cultura de los pueblos originarios tendría que envilecerse so pretexto que son comunidades que deben guardar la originalidad de sus culturas. ¿‘Zoologizar’ a las culturas so pretexto del turismo? Felizmente, el interés sobre el campo viene cambiando.
Las ultimas entregas bibliográficas -la mayoría abordadas multidisciplinariamente- que analizan la sustentabilidad, el desarrollo rural, la nueva ruralidad, el conocimiento tradicional y especialmente el ECS y temas afines, expresan una proximidad al reconocimiento a los diversas culturas que han logrado desarrollar sofisticadas experiencias sustentables en íntima simbiosis productiva y tecnológica basadas en una organización social ad hoc.
“(…) muchos de estos grupos todavía atesoran gran parte de la experiencia que han sido transmitidas a través de generaciones. Las investigaciones recientes en el tercer mundo sobre etnobotánica, etnobiología, agrobiología y agrosilvicultura están intentando captar algo de esta sabiduría” (Barkin, s/f:92). Pero, no es posible afirmar que sea un neo-movimiento, en décadas pasadas varios estudios se interesaron por los saberes de estas sociedades, anticipando el valor de las mismas. Las comunidades establecen un sistema de relaciones sociales y ecológicas de producción que dan soporte a las prácticas alternativas de manejo sustentable de los recursos naturales. Un complejo sistema de valores, ideologías, significados, prácticas productivas y estilo de vida. Es decir, viven en una suerte de cumplir múltiples actividades y funciones, como los tipifica Bartra (2006), son “polifuncionales”. Existe un vasto repertorio de conocimientos técnicos y prácticas productivas con base en una racionalidad expresada en simbolismos e identidades; lo más importante es que algunas de ellas siguen en uso cotidiano e incursionando en el turismo comunitario. Un resumen de ello es el siguiente:
• concepción sagrada de la naturaleza y de ‘intersubjetividad’ entre los seres que la habitan,
• manejo armónico de las complementariedades de la diversidad ecológica y los espacios geográficos (integrando regiones),
• optimizar la oferta ecológica de diversas geografías,
• uso estacional de los espacios productivos y de la fuerza de trabajo,
• manejo de los ciclos y pisos ecológicos (vertical y de laderas),
• fertilidad de la tierra y los tiempos y procesos de la regeneración de recursos,
• estrategias de poli cultivos, múltiples y combinados,
• integrar la producción local al espacio territorial mediante el comercio interregional y al intercambio ínter comunal de excedentes económicos,
• formas de gobierno con interés en el bienestar de la familia y la comunidad,
• preservación de patrimonios culturales tangibles e intangibles (que definen el perfil identitario e histórico de pueblos y naciones),
• organización social, con base en una cultura del compartir y la cooperación,
• diferentes estrategias de aprovechamiento sustentable del bosque tropical, mediante el manejo de sucesión secundaria de los ecosistemas y la regeneración selectiva de los recursos,
• sustento material y espiritual para la nación, y
• la producción diversa por naturaleza, antepone el bienestar a la ganancia.
Entonces, ¿por qué seguir estigmatizando como “pobres” a estas sociedades, lo cual conlleva invisibilizar sus conocimientos y habilidades?
El problema de fondo es reflexionar si el ECS afecta, altera o devasta estas heredades, pues como se ve en páginas previas, en el turismo hay una tendencia a expandirse con la amenaza de recrudecer la problemática que conlleva.
Si se sigue sólo visibilizando la pobreza económica de la comunidades, entonces el ECS e inclusive el turismo alternativo en sí, no podrá redimensionarse y reencausar el objetivo de beneficiar a sus actores sociales como principales benefactores. Aquí el binomio “pobreza-riqueza” sigue dando pie a la confusión.
En el siguiente cuadro se intenta, resumidamente, hacer un comparativo de las dos miradas sobre el campo: una con la cultura de la exclusión ligada al enfoque de pobreza, y la otra con base en el reconocimiento de sus potenciales y habilidades. Puede servir tanto para los proyectos turísticos como para temáticas afines en el medio rural.
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