Gloria Amparo Miranda Zambrano
“Ahora es tiempo de sanear, limpiarlo… porque no hay agua… ¡que chulada queda el Bosque!”, sostiene Reinaldo Camacho, gran conocedor del monte. Una de las recomendaciones que señala es el apropiado manejo del fuego o lumbre en el Bosque. Manejar el fuego y humo es sustancial para los actores sociales, lo cual está en relación con la limpieza del Bosque; aspectos que, como veremos, difieren de la percepción externa en el manejo del mismo.
Para evitar que se plaguen y antes de reforestar, se quema todo lo inservible: árboles viejos, enfermos y aquellos que no producen. Amontonándolos sobre su tronco se quema todo y luego se procede a enterrar sus cenizas. A partir de esa práctica recién puede iniciarse la reforestación. “No debe haber ramajo antes de reforestar, para que el repollo tenga donde salir”. Empero, esta práctica debe cuidarse en extremo para evitar que “los clachinoles” (incendios) se propaguen.
“El humo corretea a todos los gusanos, incluso cuando hay plaga de la mariposa” Entre los actores sociales del Bosque es recurrente utilizar el humo que producen los ramajos del fuego, es una estrategia usualmente socorrida para controlar de manera natural plagas y enfermedades; especialmente para “la paloma” (plaga de gusano barrenador). Para controlar la plaga del gusano barrenador en el ocote, nosotros juntamos bastante “ocoshal” (hojas caídas, pajitas, etc.), lo juntamos alrededor de los árboles y le prendemos fuego ¡¡con el puro humo se va el gusano!! y los árboles se recuperan”.
Los ingenieros querían que fumiguemos con insecticidas. No les hicimos caso y ya ve, ¡¡se recuperaron!! No le dijimos nada a los de la Reserva (PREC)”. Otra vez las discrepancias de dos enfoques tecnológicos. Los locales resistiendo aplicar tecnologías de menor impacto ambiental al Bosque y, del otro lado, insistiendo aplicar cegadamente “tecnologías modernas y efectivas”. “Por lo general ellos viene a darnos en la torre, tanto para los animalitos, como para el sotobosque. El humo da mejores resultados para todo lo que es la plaga, con esto les dijimos no, a los insecticidas…”
El PREC y demás programas de protección al Bosque tienen como política prohibir hacer fuego en el Bosque. Sin embargo, los nicolaítas no dejan de hacerlo, aunque tienen excesivo cuidado para no propagarlo y convertirlo en “clachinol” (incendio mayor). Insisten en que no es el fuego prendido el que expande el fuego hasta convertirlo en incendio, sino es la leña seca tendida, aquella que no dejan sacar a los ejidatarios. “Ahora no dejan sacar leña. Hacen mal porque trepa la llamarada a los árboles y si tiene trementina, entonces es peor, avanza más el fuego. El aire viene recio y ¡se propaga!”.
Los lugareños saben controlar el fuego abriendo brechas de 2 metros en el suelo, lejos de donde estaba la lumbrera, evitando que cuando venga el aire vuele más la candela. Es una medida efectiva. En disputa, los técnicos externos sugieren que las medidas de las brechas sean escuetas y que haya más cantidad de brechas. “Ellos no entienden por qué hacemos brechas anchas, ¡no es así…!” La memoria popular recuerda haber visto llamaradas de hasta 20 y 30 metros de alto. Saben controlar el fuego aventando palas de tierra sobre el fuego. “El fuego avanza rápido porque debajo de la tierra hay pedazos de madera que no se ha quemado… y así sigue la lumbre”.
El incendio también se propaga en los árboles frescos y ramas frescas, se extiende a ellas por la fuerza del calor. Para que no se robustezca el viento, algunos le dan “vivas, y así cambia el viento”.
Como resultado de años de observación, han dado respuesta al por qué los incendios de copa son difíciles de apagar. Se producen porque las hojas de la parte alta están enmieladas. “Ocurre que hay unos piojos que chupan las gotas dulces, casi invisibles del oyamel. Las hormigas estrujan a los piojos, las depredan y luego “elaboran un vino”. Entonces los incendios de copa se producen por el dulce que es combustible, dejado por las hormigas a través de los piojos. “Yo me doy cuenta porque vengo observando, he seguido a los piojos y las hormigas ¡tanto tiempo!”.
A pesar de la importancia que tiene el Bosque para el ejido, varios de los ejidatarios perciben que sus autoridades no establecen las políticas y medidas necesarias para apoyar con un mantenimiento que asegure los principios de sustentabilidad planteado por el Proyecto.
Antes, cuando estaba en concesión, se tenían 30 forestales que eran designados por el Gobierno Federal para evitar incendios y su manejo en general. Ahora es mínimo el personal destinado a ello, cuando alertamos de un incendio, tenemos poco apoyo. Felizmente ha mejorado ello, (…) incluso se paga por atender incendios forestales, pero aún es insuficiente el personal
Con respecto a la presencia de agentes externos (influencia de las externalidades) ultimamos que estos acontecimientos son producto y consecuencia de años de un oficializado, y acaso desalmado, enfrentamiento entre el CT y el conocimiento occidental, hecho que se manifiesta por parte de los actores internos en actitudes, actos y lenguajes cotidianos de defensa y resistencia por lo que saben hacer, conformando parte de su habitus. Por su parte, los agentes externos o ecócratas, en términos de Sachs Wolfang, siguen manejando el discurso burocrático con prominencia sesgada, donde la ciencia, occidental, se declara indispensable, prometiendo prevenir lo peor a través de la mejor ingeniería. A los tecnócratas, sólo les queda la necesidad de sincronizar la sociedad, con destreza, previsión y herramientas que el avance de la tecnología pueda ofrecer (1996:127).
Por parte de los actores sociales, la apuesta por la reapropiación de la Naturaleza es transitando diferente por el Bosque, por el pueblo y fuera de él. Es notorio el desafío por su Proyecto que sustenta significados y valores propios, donde insisten en expresar que tienen el control de su territorio que es su espacio ecológico, productivo, sociocultural, fuente de conocimientos y soporte espiritual; trabajando una suerte de forestería social o comunitaria urbano-rural como se presenta en el capítulo I. Esta connotación ofrece entre los ejidatarios una renovada identidad y arraigo, sustentos que convergen en lo que denominamos hoy como nueva ruralidad.
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