Gloria Amparo Miranda Zambrano
Después de la revolución y el reparto agrario, el 6 de abril de 1924 se creó propiamente como ejido, cuando el pueblo recibió (siendo presidente de la República el general Álvaro Obregón) la primera dotación de tierras que sintetizaban 1,300 has, las cuales provenían de las 4,642 has de la ex hacienda Eslava. En 1939, durante el gobierno del presidente Lázaro Cárdenas y luego de engorrosos trámites, el ejido acogió una segunda dotación junto con otros pueblos vecinos, esta vez con 1,375 has. En resumen, luego de su participación en la revolución agraria, San Nicolás acogió 2,654.83 has de tierras (Rivera en Rico, 2007:34).
Con estas dotaciones, queda claro que los pueblos y comunidades buscan siempre la soberanía sobre su territorio y ejercer la autoridad política del mismo (Zambrano, 2001:45). Mantenerla, transformarla, transferirla o cambiarla, es decir movilizarla de su uso original es otro tema. Lo importante es que las tierras respaldadas por la titulación y formalidades de tipo legal, le ofreció la certidumbre necesaria para empezar el siguiente capítulo de su historia, ahora con el ecoturismo comunitario, como veremos más adelante.
No quiere decir que actualmente San Nicolás no mantenga problemas de indefinición legal, básicamente por invasiones a sus tierras. En la región varias comunidades tienen problemáticas similares debido a litigios no resueltos con los límites de colindancias. Sin embargo, lo que persiste es el régimen ejidal en la tenencia de la tierra, reconocido en las dependencias legales, como se hace constar en las resoluciones presidenciales. Sigamos con los demás antecedentes del conjunto del pueblo para explicarnos el fondo y sentido de la ‘tradicionalidad’ de los saberes y capacidades que sus actores expresan en la conducción del Bosque y luego proyecto ecoturístico.
Desde la presencia europea, el pueblo es productor de habas, chícharos, avena, cebada, maguey (para pulque), maíz y zacate, aunque su tradición agrícola es “ser pueblo maicero”, preferentemente del maíz cacahuazintle, entre otros. Había abundante producción de maíz, “¡alcanzaban para vender en el ferrocarril!”. Asimismo, existían dos tipos de papa, una variedad que se comía cruda y otra denominada cimarrona; las tierras de cultivo eran en su mayoría de secano y riego. Se cosechaban ‘ingentes’ cantidades de flor de calabaza y variedad de hongos, que crecían en la humedad del Bosque; frutas endémicas, abundaban el tejocote y el capulín. En las milpas, parcelas y melgas cohabitaban el ganado caprino y acémilas, especialmente mulas y caballos, los mismos que servían para la trilla.
En el pueblo, hace más de 50 años se hacía el trueque o cambalache. Las familias se iban a Coyoacán a adquirir verduras y cambiaban mazorcas de maíz por carne. Un cuartillo de maíz (equivalente a 1 kilo y medio) por 1 kilo de carne. También la manteca era abundante y se cambiaba. No se conocían las unidades de medida ni de peso actuales, así que el cálculo y la confianza era lo que determinaban los intercambios.
San Nicolás y pueblos aledaños satisfacían sus necesidades de consumo de agua en los ‘ojos de agua’ adyacentes al río Magdalena y en el mismo río. En la parte alta había un tanque que servía también para el riego, se llenaba de noche y en el día se distribuía por el pueblo, cuyo servicio era gratuito. Se recuerda que en los escurrimientos que tributaban al río Magdalena, y en este mismo, había truchas, ajolotes y tejones.
La abundancia de agua permitía la producción de flores de todo tipo, especialmente clavel, violeta y margarita. Como la producción era copiosa se destinaba al mercado y otro tanto para el ornato de la localidad. Se sabe que San Nicolás desde la etapa colonial siempre fue considerada como fuente de abundancia de agua, y por ende de fertilidad en sus tierras (Camacho, 2007:11).
Según recuerdan los actores de mayor edad entrevistados, las calles del pueblo estaban empedradas con “piedras boluditas”, sus nombres se identificaban según parajes, muchos de ellos en relación toponímica; teniendo los parajes de: “Teximaloya” ( ahora El Paraíso), “Posotrilla” (ahora Dos de abril), “Tlacoshcalco”, “Puente Cuadritos”, “Cinco de Mayo” (por el panteón hacia abajo), “Xentlapa” (zona plana propicia para producir maíz), “Tlaquipitongo”, “Tepetales”, “Tlatempa” (ahora Buenavista), entre otros. El centro del pueblo resaltaba porque había milpas, melgas y huertos de diferentes tamaños; ahí se producían también variedad de productos de pan llevar. Pronto el agua fue entubada y en cada esquina había ‘hidrantes’ con cañerías en las esquinas, de ahí se llevaba a las casas. Estas cañerías tenían un tanquecito con agua para los animales.
No había luz eléctrica. Las casas eran alumbradas con parafina y ocote. Las familias dormían cuando empezaba a oscurecer y se levantaban a las 4.00 am. La luz eléctrica se fue instalando poco a poco, “inaugurándose en los años 50 del siglo XX” (Camacho 2007:9). Al principio fue reglamentada a dos focos, no pudiéndose adquirir más. Pronto los postes de madera fueron cambiándose por los de metal, y ahora por los de cemento.
Como es conocido, al igual que en todos los pueblos sometidos por el colonialismo europeo, la evangelización tuvo una política de sustitución de la cultura e identidad de nuestros pueblos. En México en muchas escuelas primarias se prohibía hablar el náhuatl. Recuerdan algunos ancianos cómo en las escuelas –hace más de 60 años– les prohibían hablar su idioma nativo. “Apantle…¡no!!, ¡es la calle San Francisco!!”; “Xontle, ¡¡¡no!!!, es el número 100!!!”.
Pero lo que cambió el estilo de vida cotidiano y perfil pueblerino tradicional fue la instalación de la fábrica de Loreto y Peña Pobre, para la explotación de madera del Bosque destinada a la producción de papel. La mayoría de los campesinos eran trabajadores de la fábrica, producían rajas del “ayle”, “ocote” y “oyamel” para carbón. Los empleados ganaban $1.00 peso y mantenían con regularidad a sus familias. Los hogares tenían muchos hijos y era “normal” que algunos esposos tuvieran varias parejas. “Antes, las familias no planificaban el número de hijos; había familias de hasta 20 hijos, pero, según los lugareños “para todos había alimento”. Las mujeres se controlaban identificando fechas de su temporada fértil, además de tomar yerbas; los partos eran atendidos por las “xihuatas”.
Hasta ese entonces la vestimenta era tradicional. Los varones desconocían el pantalón y usaban calzones blancos. En cambio, las mujeres se vestían con nahuas y las damas indígenas preferían el “xhicuete”. La población de San Nicolás de Totolapan empezó a usar pantalones y vestidos sólo cuando los varones empezaron a ganar dinero. Es entonces cuando empiezan a comprar telas y se confeccionan los primeros atuendos citadinos. Con esos ingresos se empezó a comprar ropa, cobijas, zapatos y enseres de la casa.
Así contada la historia –aún viva en la memoria de varios de sus actores–, ofrece la posibilidad de trascender su vida personal y como una forma de perdurar la vida de la comunidad. Hecho que coadyuva para tomar conciencia de su pertenencia a su territorio, es decir, que pueden hablar y referirse a una territorialidad concreta, de su comunidad, de su ejido. Creemos que ha servido para alentar su conciencia de identidad frente a ‘los otros’ y mantener vivos sus anhelos libertarios (Villoro, 1999:46-49).
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