Gloria Amparo Miranda Zambrano
Territorial y políticamente el ejido de San Nicolás Totolapan, se ubica actualmente en la Delegación La Magdalena Contreras del Distrito Federal, estableciendo los siguientes límites: al Norte con la colonia La Carbonera; al Oriente con el Pueblo La Magdalena Atlitic y la colonia (de) La Concepción; hacia el Sur-Oriente con las colonias Héroes y Torres de Padierna (pertenecientes a la Delegación Tlalpan). Además, en dicha zona, colinda con el Pueblo Santo Tomás Ajusco, y al Poniente con los Pueblos Atlapulco, Jalatlaco y San Miguel Almaya, pueblos con los cuales ha establecido constreñidas relaciones de amistad. Estos pueblos pertenecen al Municipio de Xalatlaco, Estado de México (Levario y Fuentes, s/f: 48).
La ruta de esta zona conforma la conexión natural entre los bosques de las Delegaciones Cuajimalpa y Álvaro Obregón (v. gr. Parque Cultural y Recreativo Desierto de los Leones y Cañadas de los Dínamos en la Delegación Contreras), y los bosques de la Delegación Tlalpan (v. gr. Sierra del Ajusco). Integran la parte noroeste de la conformación boscosa del sur de la Cuenca de México, y forman parte de la región central del Eje Neovolcánico Transversal, siendo ésta una zona de transición entre las dos regiones biogeográficas del Continente Americano: Neártica y Neotropical, lo que les confiere una significativa relevancia biológica.
El ejido guarda un perfil pueblerino típico de la sierra mexicana, expresado en la arquitectura de sus calles y construcciones, el ordenamiento territorial, la representación y gobierno político personificado por el Comisariado Ejidal, la seguridad ciudadana con presencia de la policía montada, los servicios públicos de educación y salud básicos que presta, entre otros. Su vida transcurre cotidianamente enfrentando los beneficios y limitaciones de ser vecino de una de las más imponentes y extensas ciudades del mundo, la Ciudad de México. Su legado histórico, manifiesta su presente.
Resume una tradición multicultural de data ancestral. Según la historia explicitada por diversas fuentes documentales y contada por los propios actores, sostienen que el pueblo fue fundado por descendientes directos de una de las siete tribus nahuatlacas que llegaron al valle de México: Xochimilcas, Tlahuicas, Chalcas, Tepanecas, Collhuas, Tlaxcaltecas, y Mexicas (Camacho, 2007:7). El común de las personas refiere, en cambio, que son descendientes especialmente de aztecas, tlaxcaltecas y otomíes, enriquecidos luego, como es de ver, con una cultura imbricada con el mestizaje a partir de la presencia europea.
El nombre del pueblo proviene del náhuatl Totolapan que significa lugar de guajolotes, y fue habitado por los naturales identificados como Totolapas, quienes llegaron antes que los Aztecas y los Nahuas. Hasta ahora, es posible encontrar en las parcelas y milpas puntas de lanza y cuchillos de esas culturas. Los nativos se asentaron ahí, libres de la erupción del volcán Xitle que afectó a pueblos aledaños y Cuicuilco cubriendo la pirámide de este último con lava. Hoy el pueblo se asienta en parte de las 7,000 varas de tierras adjudicadas, hace más de 500 años.
Sus primeras familias eran ramificaciones de los aztecas de diferentes pueblos. Éstos –en ese entonces–, acostumbraban hacer sacrificios humanos en el Templo de Teotihuacán, en un ritual de ofrenda al sol y a la luna. Junto con los Xochimilcas apoyaron en la construcción del Templo Mayor del Centro Histórico de México. Antes del arribo europeo, Totolapan era dominado por toltecas, tlaxcaltecas y aztecas, pero los españoles dominaron la zona porque los tlaxcaltecas denunciaron a los aztecas, uniéndose con los españoles. De esa manera, se logra el dominio español. El Bosque para ese entonces ya existía como obra evolutiva de la propia Naturaleza.
En 1524 llegaron frailes Franciscanos y, en 1526 los frailes Dominicos. Interesado Hernán Cortés en ampliar sus dominios encomienda evangelizar Coyoacán. Fue así que la iglesia tuvo acceso para evangelizar a varios pueblos pequeños de la zona montañosa, prolongando su trabajo hasta 1534. Ya evangelizados –entre ellos Totolapan–, se les asignó el nombre de “Santo” bajo cuya advocación quedaría como San Nicolás Tolentino, mencionándose primero la denominación del Santo después el nombre del pueblo. Así, la denominación del pueblo quedó establecida como: San Nicolás Tolentino de Totolapan. En el siglo XVI el pueblo acepta la evangelización sin olvidar sus raíces indígenas, así como sus creencias y rituales.
Corroboran en la posición de fundación española la versión de algunos ejidatarios. En 1535 se fundó una encomienda, y en 1563 recibió la Merced Real otorgada por Don Luis de Velasco, entonces Virrey de la Nueva España, con 7,000 varas radiales de fondo legal. Eran las tierras de lo que antes fue la Fábrica Loreto y Peña Pobre, hoy zona icono de la industria modernizada y comercial del suroeste de la Ciudad de México. Más aún, verifica ello un escrito en náhuatl donde se menciona que en el año de 1535 –sólo trece años y diez meses de consumada la colonización, especialmente ideológica y política de España sobre México en Tenochtitlan–, en un párrafo se hace referencia a la fundación del pueblo: “ahora que sobre nosotros ha llegado la fe y la creencia católica a estos pueblos, les fueron repartidos heredades” (Camacho, 2007:7).
Durante años transcurrió la vida de los nativos ligada a la dominación e imposición, siendo sujetos a la dependencia y por ende resistencia. Así por ejemplo, antes de recoger las cosechas se mandaba a cobrar los diezmos para el gobernador y la iglesia. Nadie era el dueño absoluto de las tierras del pueblo y del Bosque, sin embargo, había la tradición de trabajar en “tequio” para las labores agrícolas entre comuneros. En los tres siglos que comprendió el período colonial la región se convirtió en depositaria de grandes haciendas de explotación forestal y de bulliciosos obrajes que aprovechaban sus abundantes corrientes de agua (Rico, 2005:29). Pronto su establecimiento hizo reclamo a la tenencia de la tierra y las formas de uso y acceso al Bosque por parte de los nicolaítas.
La instalación de la Hacienda Eslava, diríamos el principal centro productivo y aglutinador de conflictos, funcionaba especialmente como aserradero, usaba buena cantidad de los recursos forestales, leña, carbón vegetal y el agua especialmente. El hacendado y los administradores se enfrentaban con los peones acasillados por el acceso a los mismos, llegando a extremos como el despojo de sus propiedades y recursos, y hasta asesinatos. Con el tiempo –quién lo diría–, estas condiciones de vida fueron convirtiéndose en el latente andamiaje ideológico-político-identitario de hoy, en la lucha por la defensa de la tierra y como plataforma histórica para seguir resistiendo su territorio, especialmente su Bosque.
La generalidad de los documentos consultados sobre esta etapa, y especialmente la contribución de Camacho (2007), dan cuenta por un lado, de una historia de agravios, vejaciones y humillaciones por parte de quienes eran los nuevos dueños de la tierra; por otro lado, pone en vitrina la lucha y tenacidad de los pobladores originarios por resistir su tierra. La historia expresa la existencia de la movilidad de las tierras del ejido, donde están presentes enfrentamientos velados y visibles. A la luz de la versión de los actores y sujetos sociales, que esboza Camacho, se recrea un breve resumen del mismo, donde optimizamos la presencia de los actores protagonistas, la disputa y defensa del Bosque.
La primera información sobre la existencia de la Hacienda Eslava data de 1563, donde se otorgan tierras del cerro de Quaitlaca, conocido como de Arriaga, y una segunda cañada. Ahí dos importantes haciendas, San Nicolás Mipulco (Eslava) y La Cañada ocuparon estos lugares. En 1662 la hacienda mejor conocida como Eslava, era una de las más grandes del sur de la cuenca de México, surgiendo en ella los primeros sistemas de cacicazgo y peonaje del contexto, como estrategia administrativa y manejo de los principales recursos como la tierra, la foresta y el agua; incluido el volcán ‘Xitle’ y parte del río Magdalena que eran parte de la propiedad de la hacienda. La misma, era tan extendida que comprendía montes, bosques y numerosos ranchos de Totolapan y “Chichicaspatl”. “El principal afectado en la acumulación y usurpación de tierras, fue el pueblo de San Nicolás de Totolapan” (Percheron en Rico, 2005:31).
Por sus tierras atravesaban las aguas del ‘Chichicaspatl’, ‘Agua Encontrada’, ‘Monte Alegre’ y del Ajusco, por ello se convirtió en centro de discordia entre otros hacendados, quienes enfrentados, forzaron a vender sus tierras a los nativos de los pueblos de Magdalena Atlitic y San Nicolás de Totolapan, privándolos del acceso al carbón, la leña y el agua que les confería el Bosque.
En 1709 se adjudicó a las haciendas Rancho Alegre y Llano Grande y demás parajes del Ajusco donde los pobladores obtenían leña, carbón y agua. El enfrentamiento no cesó, muy por el contrario continuaron las vejaciones por parte de los hacendados, quienes ahora vendían carbón, leña y madera a precios excesivos a los pobladores. La historia da cuenta de levantamientos nativos (1755), debido a las reiteradas vejaciones por forzarlos a trabajar, y los excesivos cobros por los recursos extraídos del Bosque. Percheron (en Rico, 2005:47) y Camacho (2007) sostienen que en 1782 hubo un movimiento armado que enfrentaban las comunidades del Ajusco y de San Nicolás Totolapan en contra de los propietarios de la Hacienda Mipulco (Eslava). El descontento se presentó a causa de las onerosas cuotas que los pobladores tenían que pagar para tener acceso a los recursos del Bosque.
Pero estos hechos no obtuvieron logros significativos, muy por el contrario, las autoridades descalificaron aplicando severos castigos a los insurgentes, expresados principalmente en litigios por tierras, haciendo imputaciones por destruir parte del monte, cortar madera y labrar carbón, tablas y vigas. La política de la hacienda fue persistir en el incremento de tierras, producto de impensadas estrategias, como por ejemplo la destrucción de las viviendas de los nativos y la sumisión de los trabajadores, asociado el apoyo ideológico de la iglesia.
En “1840 la hacienda hizo una detallada descripción de las tierras que le pertenecían: más de doce ranchos, huertas e inclusive continuaba en su poder el volcán Xitle. La hacienda contaba con dos mil 688 hectáreas” (Camacho, 2007:15). El dato no hace otra cosa sino verificar que su ampliación era producto del despojo de las tierras a comunidades vecinas, entre ellas San Nicolás.
Con el tiempo, el estilo de trabajo y administración que mantenía la hacienda donde las relaciones de poder entre hacendado/administradores y peones/trabajadores se daban sobre la base de objeciones, fueron agudizándose. A la par de que cambiaba de propietarios la hacienda, se aplicaban políticas cada vez más acaparadoras y de sojuzgamiento a los trabajadores. La disputa fue cada vez más cruenta, por medio estaba la avidez de ocupar las tierras más productivas y con ello los abundantes depósitos de agua que encerraba el Bosque.
En 1868, “los 800 vecinos de Totolapan denunciaron los males tratos del administrador y la invasión de varios parajes que albergaban espesos bosques de maderas finas, razón por lo cual eran codiciados” (Camacho, 2007:21). Ejemplos como estos predominaron a lo largo de los años, culminando el siglo XIX con litigios, diligencias y enfrentamientos. San Nicolás no era una isla de conflictos hacienda-peonaje, el perfil de caciquismo se repetía por casi todo el territorio, y pronto se generalizaron los descontentos más allá de la lucha por las mejores condiciones del campo.
La Revolución Mexicana, entre 1910 y 1920, fue un periodo de crueles enfrentamientos entre la vieja burguesía porfirista, que defendía sus privilegios, y otros sectores sociales, fundamentalmente campesinos, que demandaban mayor participación en la distribución de la riqueza nacional. Entrada la primera década de 1900, en México se vivía una insurgencia popular debido al descontento por las elecciones presidenciales, sumándose al maderismo y en contra de la reelección de Porfirio Díaz, quien representaba a los grupos de poder dominante. Los caciques de los pueblos, los amos y mayordomos de las haciendas se ponían a salvo de la peonada, pero muy pronto toda la República estaba envuelta en la Revolución Maderista (Camacho, 2007:21).
San Nicolás participó activamente en este movimiento, era el paso obligado de las fuerzas revolucionarias a la ciudad de México. “Dadas las relaciones culturales, familiares, comerciales existentes desde siempre entre el pueblo del Ajusco y el pueblo de San Nicolás, podemos suponer que esta actividad política se presentó también en Totolapan”. Aunque el autor hace referencia a una suposición, en realidad demuestra con información precisa (cual objetivo y finalidad del documento), la participación de San Nicolás en la lucha armada zapatista. El hoy ejido ocultó precisamente en sus montes y Bosque a los revolucionarios que apostaban y resistían al cambio.
Para 1911 los rebeldes eran agredidos por el gobierno de Díaz, quien seguía en la obstinación de acabar con los insurrectos. La disputa por la tierra cada vez se mostraba irrebatible. El liderazgo del general Zapata y la propuesta alternativa esbozada en el “Plan de Ayala” era contundente: “la revolución no concluiría hasta que las tierras arrebatadas de los pueblos, les fuesen devueltas, hasta que cada cacique de cada pueblo sea expulsado de cada pueblo, hasta que las comunidades retomasen su estructura social construida durante siglos, y hasta que el mal de los hacendados y latifundistas fuera extirpado de México” (sic).
En la cruzada, Zapata fue apoyado por los rebeldes de las serranías del Ajusco que cada vez se sumaba en miles, sirviéndoles los montes de Totolapan y sus actores: “Estos zapatistas eran en su mayoría de Totolapan, Ajusco y Contreras. Eran peones, arrieros, eran los nietos y los hijos de los que habían sufrido los malos tratos de los dueños de Eslava” (Camacho, 2007:28). Cabe destacar que entre los nicolaítas que apoyaron esta causa, la figura de Pablo Vértiz, Julián Gallegos y sus hermanos, José y Primitivo, quienes concientizaron e incorporaron a rebeldes a la causa libertaria, estos últimos además, ¡guardaban los Títulos Primordiales de 1535 del pueblo! El autor menciona que, el monte de San Nicolás fue testigo mudo del resguardo en años de lucha de los rebeldes, de militares y autoridades ilegítimas, brindando protección a los campamentos zapatistas, a quienes les era imposible volver al pueblo (2007:47).
En 1913, luego de varios intentos de la toma de la hacienda Eslava, finalmente fue arrebatada por los zapatistas, acompañaron al grupo levantado especialmente nicolaítas. Luego del hecho, se ajusticiaron a administradores, caciques y hacendados. Camacho da testimonio en ‘lenguaje sentido’ del momento crucial: “El olor de los tepozanes y los encinos, el silencio de la noche que era interrumpido por el ajetreo del agua del río Eslava, dieron pauta al momento, que tanto tiempo había sido esperado y que estaba bien justificado” (2007:33).
Por su parte, los actores sociales siguieron apoyando la causa zapatista, cada vez más alentada en la región y país, teniendo en sus filas a varios héroes anónimos que lucharon por la defensa de los pueblos y la restitución de sus tierras. Muchos fueron colgados en el pueblo para amedrentar a los rebeldes, pero ni eso opaco la resistencia que tuvieron los nicolaítas. Tenían una ventaja, conocían el “terreno por haber crecido ahí, trabajado toda su vida en la tierra por la cual hoy peleaban, simplemente esquivaban las expediciones federales, las cuales nunca entraban realmente a los montes, sino se limitaban a las zonas cercanas a la cabecera de los pueblos” (Camacho, 2007:40).
En ese transitar, también el pueblo y Bosque sufrieron las ofensivas de los federales. Alguna vez fueron incendiados, según Camacho:
Las llamas rápidamente se extendieron al oyametal cercano y el espectáculo funesto se apreciaba desde la capital. Los diarios (que eran voz de los gobernantes de turno) llegaron a publicar que la ‘madriguera de los zapatistas’ estaba destruida. En 1914 culminó la dictadura de Victoriano Huerta y el zapatismo entró triunfante al lado de la flamante División del Norte de Francisco Villa, después de desalojar a los carrancistas (2007:43).
Varios nicolaítas estuvieron en la escolta personal del general Zapata y no pocos sobresalieron en su labor revolucionaria zapatista, como por ejemplo el general Genovevo de la O y Valentín Reyes. Empero, luego de la revolución (lamentable por cierto) la mayoría de los zapatistas terminaron sus vidas ignorados, en la pobreza económica, el encarcelamiento o, como rajeros en el Bosque. Nuevamente el gobierno los acusaba de delitos que no cometieron, por ello prefirieron el anonimato. “Pocas son las familias que cuentan actualmente con un zapatista en su árbol genealógico o por lo menos lo reconocen” (Camacho, 2007:103).
Pese a todo ello, San Nicolás tiene latente en el espíritu y voluntad de sus actores la permanencia en su territorio, ensayando renovados proyectos que no son otra cosa que refrescadas formas de resistencia para dar continuidad a su posicionamiento y, con ello, re-significar su territorio, su identidad e historia. Empero, el espíritu guerrero y provocativo no ha dejado de manifestarse, como bien sustenta Camacho, cuando culmina su obra: “(…) hoy el oyametal y el encimal guardan sus voces que le claman justicia a la historia. Hoy a veces los llanos todavía huelen a campamento. Hoy, la Plaza de Gallos y las Sepulturas nos dicen: “soy Campo Santo y guardo zapatistas” (2007:103).
Actualmente las luchas y conflictos propiamente territoriales tienen un final orientado más a la justicia de las demandas populares, “no en vano se produjeron cuando entró en conflicto la relación entre las distintas percepciones de pertenencia, dominio y soberanía sobre el espacio” (Zambrano, 2001:44). En estas circunstancias, los zapatistas –y con ellos los nicolaítas– obtuvieron justicia a sus reclamos y resistencia de cientos de años.
Con los sucesos presentados, legitimamos que San Nicolás tuvo una historia de disputa de tierras y demás recursos de ella, lo cual, constituye el andamiaje y arena identitaria e histórica (además de político e ideológico) donde reposa la identidad territorial que hoy manifiestan sus actores y, lo más importante, que en la actualidad demuestra latencia.
La experiencia expresa que son las condiciones de conflicto y disputa, las que más contribuyen desde el punto de vista ideológico-identitaria y ofrecen elementos para permear en la conciencia de los pueblos, acaso advirtiendo que unidos son capaces de cambiar el curso de la historia, como cuando irrumpen, por ejemplo ahora, con el compromiso del “Parque Ecoturístico Ejidal San Nicolás Totolapan”. Su trascendencia se manifiesta hasta haberlos convertido en la unidad e identidad ejidal compleja y diversa que al presente manifiesta el pueblo como referente colectivo. Que la persistencia al territorio –llámese pueblo, bosque e incluso territorios colindantes– es lo que ha contribuido a forjar la identidad de resistencia, pujanza y tenacidad para permanecer en lo que consideran suyo. Como afirma Boege, el espacio natural vivido (histórico para nuestro caso) está indisolublemente atado a la identidad humana.
“Mi padre peleó junto a Zapata”, “de chamaco vi cómo murieron muchos hermanos”, “tengo en mi poder las partencias de mis familias que estuvieron en la lucha”. Son expresiones potenciales que guarda la memoria del pueblo. Haber participado en un levantamiento de significado vasto para el poblado, región y país, no hace sino acrecentar y afirmar la legitimidad por su identidad, y por parte de sus actores. A su manera, la oficialidad y sociedad civil, también rememoran estos acontecimientos: el mural con gráficos de la lucha zapatista, en el frontis del edificio ejidal y las exposiciones fotográficas por temporadas, muestran tales sucesos en el centro del pueblo, acaso para revivir la historia y ‘encarnar conciencia’ entre los que no tuvieron acceso a ella. Los hechos expresan que el territorio es quien acopla las nociones de orden interno, las dinámicas de la sociedad, del estado (…) y de las identidades colectivas (Zambrano, 2001:26).
Sujetos a la actual realidad, no es posible dejar de reflexionar si el ideal zapatista, abreviado en el ‘sacrosanto’ Plan de Ayala, propugnó porque los actores de San Nicolás exteriorizaran las diferencias que, de manera individual y comunal, expresan hoy sus actores a partir de la tenencia y acceso a sus tierras, olvidándose de quienes siguen labrando la tierra y el Bosque, pero que no tienen decisión o propiedad sobre ella.
¿Por qué degeneró en este tipo de salida, favoreciendo al grueso de ejidatarios ‘exitosos’, al Estado, a las inmobiliarias citadinas y no en las mayorías campesinas? Pensamos, apoyados en la reflexión de Zambrano, que es necesario imponer la mirada histórica, para entender cómo las luchas sociales derivan en re-definiciones identitarias que a la vez redefinen territorios, adscripciones y pertenencias a las colectividades (2001:20). Estos acontecimientos históricos no se han extinguido, perviven de alguna manera en lo profundo de la vida de quienes se relacionan con la vida del Bosque, con expresiones y compromisos, diríamos de connotación implicada al perseverar el pueblo, el Bosque. Continuemos con el curso de la historia.
La revisión de la historia que cuentan muy pocos actores y la que hace Rico (2005:33) informa que en el último tercio del siglo XIX la fisonomía de la región empieza a renovarse. El perfil de las haciendas y los terratenientes es cambiado por la burguesía, atenta ahora para producir industrialmente, como es el caso de de la ex hacienda en San Nicolás, donde se instala la fábrica de celulosa de Loreto y Peña Pobre. Pero también hubo interés en crear parques nacionales como el Desierto de los Leones y Cumbres del Ajusco, al oeste y al sur de la ciudad. La creación de estos parques buscaba, entre otras cosas, proteger las laderas de la cuenca de la deforestación. “Desafortunadamente, durante la presidencia de Miguel Alemán (1946-1952), una buena parte del Parque Nacional Cumbres del Ajusco fue cedido a las industrias papeleras Loreto y Peña Pobre, las que comenzaron un ambicioso programa de tala forestal. Entre ellas estaba el Bosque de San Nicolás. Aunque estas compañías se comprometieron a plantar algunos árboles como compensación, la eliminación del Parque Nacional y la deforestación de zonas boscosas cercanas a la ciudad abrieron el camino para la expansión de la traza urbana sobre importantes tierras forestales.
![]() |
Contribuciones a las Ciencias Sociales |
![]() |
Contribuciones a la Economía |
![]() |
Cuadernos de Educación y Desarrollo |
![]() |
Revista Jurídica de Investigación e Innovación Educativa |
![]() |
Revista Académica de Investigación |
![]() |
Desarrollo Local Sostenible |
|
Entelequia |
|
Observatorio de la Economia - Patagonia |
![]() |
Observatorio de la Economía - Latinoamérica |
![]() |
Obs. Economia y Sociedad - China |
![]() |
Obs. Economia y Sociedad - Japón |
![]() |
Obs. del Desarrollo Local y la Economía Social |
![]() |
TEPYS - Economía, paz y seguridad |
![]() |
TECSISTECATL |
![]() |
Turismo y Desarrollo |
| Todo en eumed.net: |
5 al 22 de
Temas a debate: Próximos congresos
6 al 23 de 5 al 22 de 5 al 23 de 3 al 21 de 8 al 28 de 5 al 21 de 6 al 25 de

junio
IX Congreso EUMEDNET
sobre
Desarrollo Sostenible y Población
- Educación y Desarrollo sustentable
- Historia Ambiental
- Turismo Social Ambientalmente Sustentable
Aún está a tiempo de
inscribirse en el congreso como participante-espectador.

julio
VI Congreso EUMEDNET sobre
Turismo y Desarrollo
octubre
X Congreso EUMEDNET sobre
Globalización y Crisis Financiera
noviembre
IX Congreso EUMEDNET sobre
Migraciones, causas y consecuencias
diciembre
IX Congreso EUMEDNET sobre
Desarrollo Local en Mundo Global
enero
VIII Congreso EUMEDNET sobre
Las Micro, Pequeñas y Medianas Empresas del S. XXI
febrero
IX Congreso EUMEDNET sobre
Educación, Cultura y Desarrollo
marzo
IX Congreso EUMEDNET sobre
Pobreza, Desigualdad y Convergencia
