Gloria Amparo Miranda Zambrano
El CT tuvo una historia ligada al despojo e imposición de la cultura occidental, en la orientación de instaurar su propio modelo económico, político, cultural, ideológico, y por supuesto cognoscitivo en detrimento de las culturas “no occidentales”, “premodernas” e “indígenas” (Toledo, 1996; Concheiro y López, 2006 y Leff, 2005). Occidente cada vez fue haciéndose más hegemónico, hasta llegar al capitalismo actual, basando su expansión y dominio en su enfoque cognoscitivo. Desde entonces, se instalaron actitudes “descalificadoras de los conocimientos, capacidades y creencias de los indios, o mejor dicho de los ámbitos culturales, diferentes a los propios (…)” (Geertz, en Landázuri, 2002:54).
La presencia de los saberes y conocimientos de los pueblos locales nacen a raíz de identificar que existían pueblos y seres humanos diferentes al modo y estilo de vida occidental, con menor rango y categoría porque eran “faltos de razón, consistencia y conciencia”. Era la visión de quienes colonizaban y sometían nuevos territorios y culturas. Así, pensadores, misioneros, navegantes, clérigos, naturalistas, historiadores, gobernantes y estadistas, y más adelante inclusive científicos, fueron estableciendo conceptos, enfoques, principios, metodologías y teorías de cómo estaba ordenado y funcionaba el mundo y esas poblaciones. Habían nacido las bases de una visión antropocéntrica, universalista y unidimensional que explicaría –y luego impondría a partir de esa mirada– lo que pasaba y cómo debería funcionar y ordenarse el mundo. Con ello ha surgido la situación de desventaja anodina (pero subversiva con el tiempo del CT) de los pueblos precisamente no ordenados ni alienados al modelo occidental. (Concheiro et al., 2006:39-77).
Podemos identificar a diferentes líderes de la corriente epistemológica occidental, según sus influencias en las diferentes etapas históricas de expansión territorial en el mundo. Tenemos una época donde se vio a las culturas no occidentales como inferiores liderados por David Hume, Bacon, Buffon, Galton, Darwin, Humbolt, Voltaire, Comte, Hegel e inclusive algunos antropólogos; en México con Sepúlveda y Acosta. Otra etapa los reconoce como indígenas endemoniados (Fray Bernardino de Sahagún para el caso de México, por ejemplo). Otra no menos importante mira a los actores sociales “descubiertos” como ineficientes, sustentado con los evolucionistas y genetistas venidos de Europa y Estados Unidos (Toledo, s/f: 10-11). Esta mirada construye el enfoque antropocéntrico, inicio del hilo donde se anida la explicación de la lógica y racionalidad de vida occidental, que se fundamenta en un poder “delegado” por Dios para asumirse como la figura superior de la creación y, por lo tanto, para ejercer dominación sobre los demás seres del universo. Mucho tiene que ver en ello la influencia de las religiones, especialmente la judeocristiana.
A la fecha, este último enfoque continúa encarnado en la visión e ideología de numerosos académicos e investigadores de las ciencias naturales y sociales, gobernantes, la cooperación internacional, organismos mundiales que diseñan políticas para los pueblos originarios; asimismo, en no pocos casos, en la auto percepción de los mismos. Lo peor de todo es que actualmente prevalece la idea de Bacon y Locke (¡ gestadas en los siglos XV y XVI !), al concebir a los pueblos y culturas originarias como inferiores, porque sostienen que son ‘incapaces’ de dominar el método científico, reconociéndolo como la única manera de avanzar por las rutas del progreso humano y social. He ahí, por qué es importante identificar qué hacen al presente y cuál es su contribución actual, y particularmente la de la comunidad de estudio que nos convoca.
Se sabe que actualmente los países y culturas aún calificadas como “pobres”, “salvajes” o “atrasadas” vienen contribuyendo en gran medida con conocimientos valiosos sobre la relación del ser humano con la Naturaleza y el medio ambiente. “La Tierra no nos pertenece, nosotros pertenecemos a ella”, “Todo va enlazado, como la sangre que une a una familia”. Son afirmaciones comunes entre las formas de pensar de muchos pueblos del pasado y del presente. Entre ellos se encuentran las culturas mesoamericanas en las regiones Maya y Azteca; las culturas Guaraní, Mapuche, Quechua, Aymara, Otavalo, Apache y Sioux en América; Sun Kung en África, las de la India, Nepal en Asia, así como las culturas aborígenes en Australia y tantas más.
Los saberes y conocimientos de estos pueblos vienen especialmente tributando a la humanidad con un banco de semillas que hoy son alimento del mundo. La mayoría de ellos están asentados en los sistemas de montañas denominados como países del sur, son los centros de mayor megabiodiversidad del planeta debido a la diversidad ecogeográfica que encierran (Tapia, 1993 y Minka, 1993:9-10), o los denominados trópicos húmedos en referencia a la región americana (Toledo, 1996:7-8). Ingenua y/o mordazmente hoy llamados ‘pobres’, pero que reúnen características ambientales, socioeconómicas y culturales propias debido a su oferta totalmente diferente a las culturas asentadas en países planos conocidos como países del norte, hoy distinguidos como “ricos”.
Esta diversidad ecogeográfica fue correspondida con una gran variedad de culturas. Se estima que en el mundo hay alrededor de 5000 lenguas indígenas, mismas que expresan las tradiciones y conocimientos cotidianos de sus hablantes, por ello se denominan ‘lenguas vivas’. México ocupa el segundo lugar en el mundo por su diversidad cultural y lingüística con 62 lenguas, siguiendo la India (con 64); en Perú y China se hablan 56 y 54 lenguas regionales, respectivamente. En el momento del contacto europeo había más de 1,600 culturas originarias, pero el genocidio y etnocidio desentrañado de la colonización logró extinguir muchas de ellas y someter otras (Toledo, s/f: 7).
En la actualidad, en América Latina solamente han sido registradas un poco más de 400 lenguas originarias, es decir la diversidad cultural identificada a través de este rasgo se redujo en 500 años a un 25%. Como contraparte, un inesperado movimiento de resistencia bicultural ha hecho que la población originaria de Latinoamérica se haya incrementado, al pasar de 13.4 millones en 1962 a 26.4 millones en 1978, y a casi 40 millones en 1998 (Toledo, s/f: 7). México es el país con mayor población de pueblos originarios del continente americano. Para el año 2006 la Comisión Nacional de los Pueblos (CDI) reporta más de 12 millones de habitantes indígenas, cifra que representa 13% del total de la población mexicana, y se caracteriza por hablar más de 60 lenguas diferentes al español . Los pueblos que más destacan entre hablantes de lenguas originarias y por sus saberes tradicionales en el país son los pueblos náhuatl, maya, zapoteco, mixteco, otomí, tseltal, tzotzil y totonaca. Veamos cómo se concibe hoy al CT y qué se entiende por el mismo.
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