Tesis doctorales de Economía


EL CONOCIMIENTO TRADICIONAL Y LA PROPUESTA DE EDUCACIÓN Y CULTURA AMBIENTAL EN LA GESTIÓN EJIDAL ECOTURÍSTICA DEL PARQUE, SAN NICOLÁS TOTOLAPAN, CIUDAD DE MÉXICO

Gloria Amparo Miranda Zambrano



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3.2.2. El Bosque de San Nicolás y su estirpe como fuente de agua

La constitución del Bosque fue obra natural, como efecto de las semillas que llegaron por vientos y aves migratorias procedentes de Canadá. La sierra de San Nicolás Totolapan, zona fisiográfica apropiada, por su clima, especialmente para los oyameles, cobijó y se apropió de estas semillas y foresta. El Bosque tendría aproximadamente 5,000 años de antigüedad y, en su conjunto, resume las características de los bosques templados de la región, los mismos que incluyen diversos tipos de vegetación, entre encinares, pinares pastizales y, principalmente oyameles, además del sotobosque, que forman una extensión aproximada de 1,700 has, con alturas que van desde los 2,700 msnm en las partes bajas, y hasta los 3,740 msnm en las zonas altas.

En general, sus suelos son accidentados, presentando pendientes mayores de los 45º, con una formación frecuente de cañadas y barrancas, algunas de las cuales son profundas. Estos desfiladeros son mayores a los 100 metros, destacando las “Regaderas”, la “Barranca de La Leona”, “Tejocote” y “Tlalpuente”; también pequeños valles con pastizales subalpinos como la “Plaza de gallos” (3,630 m) y “El aguaje” (a 3,370 m) (Balam, SC).

Actualmente, aglutina más de 100 parajes y fuentes (‘ojos’) de agua, cada uno encerrando una historia propia, expresados en las toponimias que enuncian. Nombres con rostro acercados a lo humano, producto de hechos históricos, productivos o simplemente recogiendo emblemáticos comportamientos culturales del entorno. Los parajes más destacados con que cuenta el Bosque, se resumen en el cuadro siguiente:

Como se advierte en el capítulo IV, sobre el repertorio de conocimientos y habilidades en el manejo del Bosque, los actores del Bosque han desarrollado una cultura sobre la Naturaleza, alrededor de la foresta, el agua, y principalmente del oyamel. En estos parajes, manifiesta un significativo valor como colector de agua, manteniendo la humedad ‘así a su alrededor esté seco’. Expresan que donde hay oyamel se encuentran los ‘ojos de agua’. “Siempre están ahí, aunque antes había más agua”. El Bosque resume 16 ‘ojos de agua’, todos con sugerentes denominaciones identificados como:

1. “Potrero”

2. “Aguaje”

3. “Cruz de Atongo”

4. “Rancho Tuerto”

5. “El Sauco”

6. “El Pocito”

7. “Cantintiloya”

8. “Manzanazticla”

9. “Agua de la borrega”

10. “Pantano Grande”

11. “Llano de Monte”

12. “La Barranca”

13. “El Caminito”

14. “Tejaman

Muchas de las yerbas y arbustos que crecen al pie de los ‘ojos de agua’ y los árboles grandes constituyen, según estaciones, fuente de leña, parte de la alimentación y ser “farmacia natural” a la que recurren propios y extraños. Esta última, teniendo uso medicinal tanto humano, como para animales domésticos y del corral campesino. El Bosque del ejido se distingue por ser una zona cargada de diversidad biológica e hidrológica, como escenario vivo de sus atributos fisiográficos. En el capítulo IV abordamos la diversidad y particularidades de las expresiones de la vida animal y vegetal silvestre y conducida, en íntima asociación al comportamiento de la Naturaleza y usufructo del Bosque, por sus actores, además del amplio repertorio de conocimientos y habilidades que apoyan la conducción del Bosque por parte de sus actores.

El Bosque de San Nicolás Totolapan, integrado a la región, no sólo es importante por su biodiversidad zoológica y forestal sino porque viene puntualizándose como un corredor ecológico de trascendental importancia debido a los servicios ambientales (forestales, climáticos e hidrológicos) que suministra a las poblaciones urbano-marginales a su alrededor y a la Ciudad de México, especialmente. Así, su importancia radica en:

1. Su contribución al ciclo hidrológico de la cuenca de México (junto con la del río Lerma y del Amacuzac, que conforman una de las tres cuencas más importantes de la región)

2. Su contribución como fuente de recarga de los mantos acuíferos de la cuenca de México (debido a los índices de precipitación registrados).

3. Debido a que tiene un clima templado y semifrío–subhúmedo, propio de la sierra, beneficia al clima semiseco y templado predominante del valle.

4. Cumple un papel relevante en la captación del dióxido de carbono proveniente de la zona metropolitana del Distrito federal y empujados por los vientos locales del noreste.

Por estas y otras consideraciones de importancia estratégica, el Bosque y zonas circundantes han vivenciado el curso de una temporalidad y contexto políticos diferentes en una larga historia subsumida a políticas de expropiación, conservación, venta, protección y resistencia, entre otros. La historia del Bosque es en mucho la historia del ejido, y de varios pueblos circundantes que vivieron y enfrentan hoy procesos y retos similares.

Así, como propietarios de la tierra, del recurso forestal (y en ella el agua), el Bosque de San Nicolás tiene una importancia mayor a aquella referida sólo a su población. Más ahora, por la problemática ambiental mundial que busca salidas sustentables y es en este contexto que “(…) las tierras que poseen los indígenas y campesinos cobran relevancia, dado que en esos territorios se almacena el agua con el que se abastece a los centro urbanos y se hallan las fuentes de minerales y materias primas que requieren las grandes industrias” (Ochoa y Espinosa, 2006:209). Las poblaciones al asumirlas transforman su economía y modo de vida, apropiándose de identidades renovadas y posesionando estrategias alternativas, en una suerte de “ecologismo popular” (Concheiro 2006:19; Toledo, 2000; Martínez Alier, s/f), lo cual viene a re-significar el campo.

Un breve recuento del historial de dispositivos oficiales, en asociación con diferentes políticas, refleja la importancia ambiental estratégica (y económico-política) del Bosque y su contexto. En la mayoría de los casos se asocia a la pretensión de ‘procurar el beneficio de los actores’, no obstante, no dejan de estar lejos de la verdad.

1. Durante la administración del Miguel Ángel de Quevedo (gobierno cardenista), se crean 8 Áreas Naturales Protegidas en la región considerada ‘Parque Nacional Cumbres del Ajusco’ (1936).

2. En 1988 se decreta que los Parques Nacionales, entre ellos El Ajusco, son parte del corredor biológico de la Ciudad de México, con el objetivo de integrar en una sola categoría de manejo a la región en su conjunto. La idea fue la conservación forestal y del agua. No en vano es “la zona más extensa de oyamel en el país”.

3. En el año 2000 la Asamblea Legislativa del Distrito Federal aprobó el Programa Nacional de Ordenamiento Ecológico, en razón a la clasificación del uso del suelo. Las comunidades y ejidos deben desarrollar actividades productivas, recargar el manto acuífero y conservar la biodiversidad existente. La idea es que se fuera institucionalizando la conservación y restauración de los bosques.

4. Forma parte del Proyecto para el establecimiento de la Reserva de la Biosfera del Anáhuac, sustentado por el Centro de Investigaciones Multidisciplinarias de la UNAM (2005).

5. Hace cuatro meses el Parque Ejidal San Nicolás Totolapan fue decretado por la Secretaría del Medio Ambiente, a través de la Comisión de Recursos Naturales (Corena) como “Reserva Ecológica Comunitaria”, condición que le confiere “autonomía para decidir sobre sus proyectos y obliga tanto al gobierno local como federal a otorgar recursos” (Viñas, 2006 b).

Es claro que las medidas y actividades señaladas pertenecen a tiempos y contextos diferentes, por lo mismo reflejan diferentes políticas tanto externas como internas, orientando en prioridad significativa la protección, restauración y recuperación del recurso biótico, asentada en la investigación científica.

Sin embargo, lo que también queda claro es que esta mirada esquiva una posición concluyente sobre cómo tomar en cuenta a las poblaciones que viven o están involucradas en dicho espacio y recurso. He ahí la controversia y debate actual. ¿Qué hacer con ellas? ¿Incorporarlas como sujetos que componen parte del atractivo turístico “zoologizándolas”? ¿Reconocer su potencial y acervo cognitivo para seguir manteniendo el Bosque? ¿Deben remunerase estos servicios porque los actores sociales contribuyen con la recarga de los mantos acuíferos para el consumo de la gran ciudad? ¿Los actores manejan propuestas apropiadas y plausibles que respondan a dichas reflexiones y con ello entrar a converger hacia una efectiva sustentabilidad?

Se reconoce que México tiene condiciones y estrategias para el desarrollo rural alternativo a partir del manejo colectivo de los recursos naturales, uno de ellos a partir de la forestería social comunitaria, la misma que está bajo el régimen de uso o bienes comunes con la modalidad de tenencia de la tierra ejidal y comunal. Se habla de 500 mil hectáreas de tierra de uso común, evaluadas por su buen manejo por la Dirección de Certificación del Consejo Civil Mexicano para la Silvicultura Sostenible bajo el protocolo del ‘Forest Stewardship Council’ (Massieu et al., 2006:11). De esta forma, se ve a la forestaría social y a la conducción comunitaria como un valor intrínseco. San Nicolás lo representa, pero sigue aguardando se la valore, se la atienda. Es sabido que el país adolece aún de una política forestal racional que parta de las contribuciones y beneficie a sus actores mayoritarios, aunque sus ingentes iniciativas estatales y privadas estén enmarcadas bajo el rubro sustentable y tengan una representatividad y promesa por el tema del agua, como veremos más adelante ¿Ironías del destino?

Las aseveraciones que a continuación hace Merino (2004) para las demás comunidades campesinas que manejan recursos forestales, son apropiadas para lo que ocurre en San Nicolás. No son dueños absolutos ni deciden autónomamente qué hacer con dicho capital físico.

Lo cierto es que en México el uso de los recursos forestales está sujeto a distintos niveles y tipos de reglas. Desde las primeras décadas del siglo XX, el estado ha considerado a los bosques como recursos de interés patrimonial para la nación, en consecuencia el manejo de los recursos forestales ha estado sujeto a una fuerte intervención gubernamental. El nivel de regulación oficial para el uso de los Bosques es significativamente mayor al que se aplica a las actividades agropecuarias. El aprovechamiento maderable de los recursos forestales tiene que ser autorizado por la Secretaría de Medio Ambiente y Recursos Naturales (Semanart). Para obtener el permiso de aprovechamiento los productores deben presentar un Programa de manejo forestal, basado en inventarios forestales y en algunos casos también manifestación de impacto ambiental (Ley Forestal 1997, artículos 11 y 12) (Merino, 2004:137).

San Nicolás está dentro de esta consideración, ya que el manejo del Bosque está monitoreado por los organismos estatales competentes, invalidando el aprovechamiento maderable y demás usos, según usos y costumbres de la localidad, desconociendo lo profundo de la racionalidad y cultura sustentable que maneja la población que conduce el Bosque.

Siguiendo a Toledo y otros intelectuales e instituciones que trabajan el tema, la preservación de los recursos debe reconocerse no sólo en espacios políticos de nivel local, regional y nacional, sino trascender lo internacional. Alejarnos de declaratorias y verborréicos reconocimientos que hasta el momento sólo han motivado expectativas y engaño. Lo que hacen estas comunidades en realidad es brindar un servicio más allá de los límites de su territorio.

(...) la presencia de masas de vegetación arbórea mantenida por las comunidades como reservas o áreas de manejo agroforestal (…), ofrece un servicio a la nación (y al mundo), porque preservan la diversidad biológica, mantienen los mecanismos de captación de agua (cuencas hidrológicas) y capturan hidróxido de carbono de la atmósfera, contribuyendo así a mantener la salud climática del planeta. Estos servicios deben ser pagados por el gobierno y/o las Naciones Unidas (Toledo, 2000:175).

El ejido viene asumiendo esta labor y servicio en el curso de su historia, ahora con la propuesta renovada de conducción sustentable construida en sus propios términos, denominada “Parque Ecoturístico Ejidal San Nicolás Totolapan” (PEESNT) y, además de ello, ser partícipe del “Programa de Reserva Ecológica Comunitaria” (PREC), aspecto este que es pertinente presentar en el último acápite del presente capítulo, debido a que es un programa de reciente lanzamiento. Ambos proyectos tienen diferentes objetivos, pero actualmente trabajan de manera paralela teniendo como escenario mayor el Bosque de San Nicolás. El primero es de autogestión comunitaria y, el segundo depende de la instancia oficial que lo financia, pero ambos laboran a favor de la preservación del recurso forestal; y tienen como finalidad ulterior mejorar las condiciones hidrográficas del suelo de conservación del Bosque para tributarlo a la gran ciudad.

Se adelanta que ambos proyectos tienen como finalidad la conservación de los recursos del ejido, pero cada proyecto, sujeto a sus objetivos y modalidades de intervención, estiman contribuir contrarrestar el impacto de posibles delitos ambientales. En algunos momentos tienden a complementarse y en otros manifiestan enfrentamiento y competencia velados. La disputa (entre el PEESNT y el PREC), la asumimos en el capítulo IV, cuando configuramos el repertorio de conocimientos y habilidades en la conducción forestal, misma que además enfrenta expresiones de discordancia y conflicto con otras instancias, que no hacen sino desdibujar al corpus cognoscitivo local en el manejo forestal de los actores sociales, tema de la presente investigación. Continuemos con la presentación del Bosque, ahora encarnando a los actores que lo conducen.


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