A) La razón de esta obra
Este texto es el resultado de un trabajo de investigación realizado para optar a
la
obtención del grado de Doctor en Economía por la Universidad de Alcalá, en
Henares,
España. La justificación del estudio es doble: tiene que ver con un país, Chile,
y su
zigzagueante camino hacia una sociedad más descentralizada y por consiguiente
más
democrática y, en opinión del autor, una sociedad entonces más próxima al
desarrollo
contemporáneamente entendido y tiene que ver también con el cierre de un
proyecto
personal de vida, en su componente intelectual y académico. Se trata, por una
parte, de
generar un conocimiento social que permita avanzar más rápido y con mayor
eficiencia en
la intervención de una sociedad sobre sí misma, en una recursividad que es
permanente: la
sociedad se crea y recrea a sí misma y crea y recrea sus propios mecanismos de
auto
intervención en la búsqueda continua de su propio desarrollo, del miltoniano
paraíso
perdido, generando un sendero en espiral en el cual el conocimiento científico
acerca del
cambio en el pasado permite empujar el cambio correcto en el futuro, en un marco
en que
se entiende el desarrollo como un proceso evolutivo de emergencias o de
propiedades
emergentes sistémicas, inscrito por tanto, epistemológicamente, en un paradigma
propio de
la complejidad y del constructivismo. Tiene que ver también, desde otro ángulo,
con la fase
última del desarrollo cognitivo y científico personal, de síntesis final de un
proceso de larga
data de exploración de un campo del conocimiento/acción como diría John
Friedmann, o de
la epistemología del territorio, y la capacidad para entender e intervenir dos
procesos de
cambio social de indesmentible naturaleza territorial: el crecimiento económico
y el
desarrollo societal.
Para comenzar, no hay que perder de vista el título mismo del proyecto:
Territorio,
Estado y Sociedad en Chile. La dialéctica de la descentralización: entre la
geografía y la
gobernabilidad, título que apunta a dos asuntos, uno más explícito que el otro.
Primero, como muchos de los nuevos países que surgen de la saga de modernidad
empujada por la expansión europea del Siglo XV y siguientes, en Chile, el orden
cronológico de la conformación de la Nación se presenta de un modo inverso al
observado
en Europa: la ocupación de un territorio obliga a crear un Estado que a su vez
se transforma
en la matriz de la construcción de la sociedad nacional–política y
civil–respectiva. Como se
examinará, ni Diego de Almagro ni Pedro de Valdivia “descubrieron” Chile–que no
existía
ni social ni políticamente hablando–limitándose ambos, más notoriamente en el
caso del
segundo Conquistador (sería más preciso llamarlo Ocupador), sólo y precisamente,
a
ocupar un territorio que se encontraba precariamente “ocupado” por varias tribus
aborígenes con esporádicos contactos entre ellas pero sin que existiese, ni
remotamente,
una noción de nación.
Segundo, hay en el texto una apuesta metodológica, una pregunta,–una hipótesis–
cuya validación busca explicar por qué, en América Latina, Chile ha llegado a
ser
considerado como el único país de esta parte del mundo, por lo menos cuando se
habla de
países de tamaño físico intermedio o grande, que logra consolidar–en la segunda
mitad del
Siglo XX–una modificación profunda en su geografía política/administrativa,
introduciendo
en el texto de la Carta Fundamental, una regionalización nacional, exhaustiva y
excluyente,
en conformidad estricta con las prescripciones en boga sobre esta materia en las
décadas de
los años cincuenta y sesenta del siglo pasado y cómo y por qué esta modificación
formal
abre paso a una modificación de sustancia en la administración nacional
generando un
modelo político que podría describirse como un modelo de centralización
descentralizada,
o viceversa, todo ello en un país considerado como caso extremo en materia de
centralismo
y presidencialismo y carente en gran medida de culturas locales, con una
población muy
homogénea calificada por la mayoría de los analistas como “poco apegada al
terruño y
mucho a la patria”.
Como lo muestra el título mismo, la apuesta metodológica se centra en una
histórica
tensión entre, por un lado, una geografía física y política que se modifica
profundamente
hasta ya entrado el Siglo XX, mediante procesos de estrechamiento y elongación,
de
colonización interna y de conquista externa, para terminar con un territorio
nacional a todas
luces extraño en el mapamundi: con una amplitud que es, en promedio, la vigésima
parte de
su longitud, y que “demanda” una administración nacional más cerca de la gente
como bien
se expresaba en un informe en 1957 sobre los municipios, citado por el
historiador Gabriel
Salazar (1999; 298): “…El camino consiste en permitir y estimular a los
habitantes de
todas las regiones de Chile para que se incorporen al estudio y solución de sus
propios
problemas comunales o provinciales…” y, por otro lado, un Estado que “oferta”
sistemáticamente una centralización basada en reales y también supuestas
necesidades de
gobernabilidad. Nadie ha expresado mejor esta posición histórica que quien es
visto
precisamente como el forjador temprano del Estado–Nación en Chile, el Ministro
de
Interior y de Guerra Diego Portales, en los años treinta del siglo XIX. En una
famosa carta
enviada al que sería posteriormente su Ministro de Hacienda Juan Manuel Cea y
fechada en
Lima en marzo de 1822, Portales escribía: “…La República es el sistema que hay
que
adoptar; pero, ¿sabe como yo la entiendo para estos países? Un Gobierno fuerte,
centralizador, cuyos hombres sean verdaderos modelos de virtud y patriotismo, y
así
enderezar a los ciudadanos por el camino del orden y de las virtudes. Cuando se
hayan
moralizado, venga el Gobierno completamente liberal…” (citado por Salazar,
op.cit.; 134,
sublineado de este autor). Como se dice en los estrados judiciales: ¡a confesión
de partes,
relevo de pruebas!