2.3. Las reformas borbónicas, el ordenamiento del
territorio y la fundación de las ciudades del siglo XVIII
La dinastía de los Borbones vio con preocupación la perdida progresiva del poder
de
la Corona en los territorios de ultramar, el avance peligroso de las potencias
europeas y el
afianzamiento de un poder local lejano a las aspiraciones imperiales. Con la
finalidad de
superar estos procesos erosivos del poder real, los Borbones impulsaron un
programa global de reformas destinadas a acrecentar su presencia en los
territorios americanos y afianzar un orden administrativo, económico y legal
favorable. Chile experimentó el mismo tipo de medidas impuestas al resto de América. El objetivo de estas políticas
era
reconquistar los territorios de ultramar. Se pensaba que con una mayor
centralización, un
fortalecimiento de la presencia militar y una recaudación tributaria más
eficiente se lograría
un mayor control que, finalmente, se traduciría en una mejor explotación de las
riquezas de
los territorios americanos. En este sentido, las reformas administrativas
persiguieron dos
fines fundamentales: dividir territorialmente el imperio y, al mismo tiempo,
centralizar su
administración. En consecuencia se establecieron dos nuevos virreinatos, se creó
el régimen
de intendencias y se consolidó una vasta y poderosa burocracia imperial.
Hispanoamérica
dejó de ser un dominio colonial con administración autónoma, lo que había
distinguido al
estado Habsburgo, y pasó a ser una mera extensión provincial del poder de
España,
(Joselyn–Holt; 2001).
Hasta principios del siglo XVIII Chile era un lugar remoto, olvidado, marginal,
al
cual era muy difícil acceder pues había que trasponer el desierto de Atacama o
bien la
Cordillera de Los Andes o el Estrecho de Magallanes. En general, como colonia,
era
improductiva y costosa, pues de ella dependía la defensa de las costas del
Pacífico. No
obstante, la apertura de la ruta comercial por el Cabo de Hornos benefició a
Chile en el
siglo XVIII, disminuyendo su carácter periférico. Más impacto tuvo la política
de
intendencias, población y urbanización implementada por el imperio español. Los
proyectos encaminados a desruralizar la población campesina estaban directamente
orientados a mejorar el control del territorio y civilizar a la población. Las
fundaciones del
siglo XVIII no surgieron de manera improvisada y espontánea sino que, por el
contrario,
responden a una planificación que deriva de las disposiciones de los monarcas.
La “política
de poblaciones” era promovida, planificada y ejecutada por las autoridades del
reino a pesar
de la población rural, que era completamente ajena, pasiva y hasta reacia a
contribuir a su
realización (Lorenzo y Urbina; 1978). Así, en el ámbito donde el Estado borbón
manifestó
con mayor éxito su intervención, con el objetivo de racionalizar y regular el
funcionamiento
del imperio, fue en la política urbana. Se fundaron a lo menos 24 nuevas villas
durante el
siglo XVIII y algunas otras fueron reubicadas o reconstruidas a causa de los
terremotos. El
transporte entre las ciudades mejoró, los centros urbanos contaron con mejores
servicios,
hospitales, orfelinatos, hospicios y cárceles. Se empedraron algunas calles, se
crearon
rudimentarios sistemas de alumbrado público, el servicio postal fue regularizado
y se
construyeron diversos edificios públicos.
En 1699 el obispo de Santiago, Francisco de Puebla González advirtió la
inexistencia de pueblos formalizados, como asimismo la dispersión en que vivían
los
habitantes de tan dilatado territorio e interpretó ambas situaciones como
lesivas a la
evangelización y la administración de justicia y como una incitación a que la
gente viva en
la ociosidad. Propuso, entonces, un plan para aglutinar la población por medio
de la
formación de un pueblo de españoles en el ámbito de cada curato, en el que
debían fijar su
residencia todos los habitantes de la jurisdicción. En cada caso el lugar de
emplazamiento
debía ser el mejor de la comarca, tanto por su localización en el centro del
curato, como por
su disponibilidad de agua y feracidad del suelo. Cuando el nuevo obispo Luis
Romero se
hizo cargo del obispado en 1708, insistió en las ventajas del establecimiento de
los pueblos
de españoles y de indios. Teniendo en cuenta estos puntos de vista y la Real
Cédula del 11
de enero de 1713 el gobernante interino del Reino, Santiago Concha, convocó a
los Oidores
de la Audiencia, al Fiscal y al Obispo a deliberar sobre la conveniencia de
formar pueblos,
decidiéndose por unanimidad iniciar el proceso fundacional en el valle de
Quillota.
Después del fracaso de Quillota transcurre un lapso durante el cual no se
intentó fundar
nuevas villas. Esta situación cambió radicalmente al asumir la gobernación José
Manso de
Velasco. Su primera gestión fue ordenar la fundación de Los Ángeles, en 1739, en
el área
de la isla de la Laja y con el propósito de guarnecer la frontera con los
indios. Luego
prosiguió con las fundaciones erigiendo San Felipe en 1740, Cauquenes, Talca y
San
Fernando en 1742, Rancagua y Curicó en 1743 y Copiapó en 1745. En todas estas
fundaciones se buscó reagrupar la población que vivía diseminada. Además de
concentrar
la población, lo que se buscaba con esto, que los contemporáneos definen como
política de
poblaciones, era articular en torno a los núcleos urbanos la administración, la
justicia y la
iglesia (Lorenzo; 1986).
Asentar a la población en villas no fue, por cierto, tarea fácil, ni rápida. La
pobreza
de la población rural y la incertidumbre de que las villas no pudiesen
suministrar alimento y
vestuario inhibía a los posibles vecinos. Otra dificultad era la considerable
distancia entre
los lugares de trabajo en las haciendas y chacras y las villas, como también la
atracción de
la mano de obra por las minas y las haciendas, junto con la vida vagabunda de
buena parte
de la población de entonces. Los hacendados, por su parte, interpusieron una
fuerte
resistencia a la política de poblaciones pues consideraron que debilitaba su
poder. Pese a las
dificultades, el Estado se sirvió de las nuevas ciudades a fin de extender
territorialmente su
autoridad y de adentrarse en los dominios donde el poder de facto de los
hacendados
locales era todopoderoso, además de controlar el vagabundaje y el bandidaje
desenfrenado
que afectaba al mundo rural.
Antes de la fundación de ciudades y de la política de poblaciones, como
consecuencia de la escasez de habitantes, del precario comercio interregional y
de la falta
de ciudades, aparte de Santiago, Valparaíso, Chillán y Concepción, los caminos
entre el
partido de Quillota y el Bío Bío tenían un escaso desarrollo. Los caminos más
importantes
conducían desde Santiago a Valparaíso, también a Concepción y a Cuyo. El camino
de
Santiago a Concepción vinculaba la capital con el “antemural del reino”. A pesar
de existir
un objetivo estratégico que requería de rapidez, la desolación de las comarcas
aledañas a
esa ruta y una red hidrográfica que cortaba el país transversalmente hacían que
las
comunicaciones entre ambos puntos no fueran expeditas. Existía el camino de la
costa y el
camino del valle central. Este fue el camino que adquirió centralidad con la
fundación de
ciudades. Las villas constituyeron uno de los motivos del fomento de los
caminos,
contribuyendo a las comunicaciones, al comercio y entorpeciendo la tendencia
aislacionista
propiciada desde las haciendas.