3.2. El triunfo conservador–centralista en Lircay.
Diego
Portales y la Constitución de 1833
Las constituciones y experimentos federales y liberales de organización
republicana,
como se les ha denominado, eran utópicos, en cuanto, finalmente, aspiraban a
alterar
rápidamente la realidad histórica sin adecuarse a las condiciones que imponía el
poder
político, económico y social del país. Más bien respondían a idearios tomados de
otros
espacios y latitudes, además de la voluntad de los caudillos regionales que
aspiraban a
descentralizar las instancias de poder. Las dificultades de estos intentos
constitucionales
fueron aglutinando a los conservadores o pelucones quienes después del triunfo
de Lircay,
en abril de 1830, se hallaban lo suficientemente fortalecidos como para formular
una
Constitución adecuada a sus necesidades e intereses (Gazmuri; 1999).
Superada la agitación de las guerras de la independencia, el sector oligárquico
santiaguino se mostró partidario de conservar lo esencial de la sociedad chilena
colonial. Si bien podía aceptar las nuevas ideas vinculadas al ideario
republicano, éstas debían ser aplicadas a la realidad chilena en forma jerarquizada, autoritaria y
conservadora. En este
sentido, se aceptaba la modernidad pero sólo en parte. Había desconfianza de las
tendencias
igualitarias en lo social, el liberalismo político, el laicismo y cualquier idea
que significara
la destrucción del orden social existente. Este sector fue conocido como los
“pelucones”,
quienes se contraponían a los “pipiolos” más propensos a aceptar el ideario de
la
modernidad, cifrado en las ideas de libertad, igualdad y fraternidad.
El grupo de los pelucones fue dirigido magistralmente por Diego Portales, quien
es
reconocido como el organizador de la República de Chile. Después de Lircay, tras
la
sombras del poder, Portales se transformó en el artífice de una estabilidad
política forjada
con mano de hierro. Autoritario y pragmático su objetivo principal fue implantar
el orden a
cualquier precio, lo cual significó controlar a las tendencias opositoras y a
los caudillos
militares. Fue inflexible. Dio de baja a los militares derrotados en Lircay sin
detenerse
frente a quienes habían prestado grandes servicios a la patria como Freire o
Pinto. No
vaciló en usar las facultades extraordinarias, limitar la libertad de expresión,
expulsar del
país a los más rebeldes. De este modo, logró la subordinación del ejército que
desde la
independencia había provocado innumerables sublevaciones, alzamientos,
cuartelazos e
inestabilidad. Desde que Portales asumió el ministerio del interior ningún
intento
subversivo consiguió derribar a un gobierno de Chile. Los movimientos sediciosos
se
repitieron en las ciudades, incluso después de su muerte y hasta fechas tan
tardías como
1851 y 1859, pero todos fueron aplastados por el gobierno (Bravo; 1994).
En todo caso, más allá del indudable capacidad política de Portales, el triunfo
de los
conservadores se explica también por la sangrienta represión y porque los
“pelucones”
representaban mejor las tendencias profundas y las estructuras geográficas,
sociales y
culturales tradicionales, heredadas del largo pasado colonial y a las cuales
Portales
denominó “el peso de la noche” (Gazmuri; 1999).
A pesar del poco aprecio de Portales a los textos constitucionales que
consideraba
inútiles, la Constitución de 1833 instituyó y legalizó un modelo centralista
fundado en una
red de intendentes, gobernadores y subdelegados nombrados por el presidente de
la
República y encargados de velar por los intereses del estado en las distintas
provincias del
país. En consecuencia, el centro de la vida política se radicó en Santiago. En
esta ciudad
estaban asentados los representantes más importantes de los tres poderes del
Estado. En
Santiago también residía la mayor parte de la oligarquía agraria dueña de las
más grandes
propiedades del país.
La Constitución de 1833 establecía un sistema acentuadamente presidencialista en
el cual el presidente de la república pasaba a ser prácticamente un monarca sin
corona. Era elegido por una oligarquía y tenía gran autoridad. A través de la
administración territorial, organizada en torno al nombramiento de los
intendentes, el presidente controlaba el aparato electoral hasta el punto que el
parlamento le fue siempre incondicional. Cuando volvió al gobierno, en su
segundo período, una de las ocupaciones de Portales fue dictar una ley para
delimitar las atribuciones y las funciones de las intendencias. Con no menos
atención cuidó el ministro la selección de los parlamentarios al perfeccionar y
consolidar el poder electoral del presidente de la república. La subordinación
total de los intendentes y gobernadores al gobierno central fue uno de los
logros del orden establecido por Portales, quien estableció “una dureza
administrativa en que hasta los funcionarios le temían” señala Villalobos, quien
se apoya citando una carta donde el juez de Valparaíso, que instruyó la causa
por el asesinato del Portales, señalaba a Manuel Montt, entre otras cosas: “¿le parece
a usted buen
presagio este imperio absoluto en el gobernante y esa obediencia ciega en los
súbditos,
inclusive los intendentes y gobernadores de toda la republica?” (Villalobos;
1984). Con la
muerte de Portales, el gobierno de Prieto poco a poco relajó los mecanismos de
represión,
hubo libertad de imprenta, cesaron las persecuciones, se reintegró a los jefes
militares
dados de baja, se modificó el decreto que permitía los consejos de guerra y el
ejecutivo
renunció momentáneamente a las facultades extraordinarias. Sin embargo, en su
esencia el
modelo perduró por varias décadas.
En síntesis, el triunfo pelucón y la implementación de la constitución de 1833
permitió el asentamiento de un sistema republicano, pero basado en una
democracia
restringida y en un régimen político que privilegiaba la autoridad, el orden y
la legalidad
emanada desde el poder central como valor social fundamental. Con la
Constitución de
1833, entonces, se consolidaron las tendencias que aspiraban al control
centralizado de la
administración del Estado y de sus instancias territoriales, las regiones y
provincias del
país. Con ello, en el fondo, no se rompía completamente con el régimen de
gobierno y el
orden establecido por las reformas administrativas implementadas por los
borbones en el
siglo XVIII.