III.2.3.2.- Cadena de valor y gestión de Operaciones
Un instrumento que nos permite conocer la generación de valor al interno de la
empresa, a través de las actividades desarrolladas en la misma es la denominada
“cadena de valor”, concepto vinculado a los trabajos de Michael Porter (1990);
dicho autor (1985) introduce el concepto del análisis de la cadena de valor,
profundizando el concepto de "sistemas empresariales", concepto muy en boga al
inicio de los años ochenta y que planteaba una perspectiva funcional del
análisis de la empresa, descomponiendo a la misma en una serie de funciones
(marketing, producción, recursos humanos, investigación y desarrollo, etc.)
contrastando en el análisis la eficiencia de cada una de estas funciones con
respecto a las desarrolladas por los competidores. Porter propugna la de construcción de dichas funciones genéricas descomponiendo cada una en la serie
de actividades individuales que la configuran en su conjunto, hecho que
posibilita por una parte diferenciar los distintos tipos de actividades y las
relaciones e interacciones entre las mismas.
Si establecemos una cadena de valor tipo adaptada a las características de la
hoteleria rural, se pueden por una parte definir las actividades clave, a fin de
identificar factores que sean fuente de ventajas competitivas y por otra se
posibilita al responsable de operaciones para establecer a partir de la cadena
de valor cuales son las actividades “visibles” donde la presencia del cliente es
constante, que constituyan procesos clave en la producción y entrega del
servicio; una vez identificadas las mismas debe procederse al desglose y
especificación de las operaciones a realizar. Asimismo el responsable de
operaciones procederá a la descripción de las actividades “invisibles” que dan
apoyo o servicio a las actividades en “interface”.
Las actividades deben contar con procedimientos formales establecidos que
deberán ser evaluados mediante una batería de indicadores de calidad, tanto para
sus aspectos tangibles (tiempo de desarrollo del servicio, puntualidad,
limpieza, higiene, etc) como para los intangibles (actitud del personal,
amabilidad, modos de comportamiento ante el cliente, etc.) que necesariamente
deben estar vinculados entre si.
Para Ribera (1990), los modelos o esquemas de mejora en la gestión de las
operaciones en las empresas de servicios turísticos sigue normalmente un iter
que tiene sus puntos fundamentales en la “estandarización” de actividades a
través de la reducción al máximo todas las situaciones de contacto o interface,
trasladando hacia la zona invisible del proceso de producción del servicio de
todas las actividades susceptibles de tal tratamiento. Si bien en las
operaciones poco susceptibles de mecanización se opta por emplear procedimientos
de operaciones donde se provoque la participación activa del cliente, como por
ejemplo el desayuno “buffet” en el hotel. El problema es que la estandarización
tiene un limite de viabilidad importante en la consecución del objetivo
empresarial de la necesaria diferenciación de los competidores, por ello es muy
importante que la implantación de operaciones estandarizadas sea equilibrada,
para ello se debe dejar un cierto margen de actuación a la creatividad de los
empleados en su relación con los clientes y en la atención a los mismos, creando
un cierto espacio de libertad para la solución de posibles desavenencias,
promoviendo un clima participación activa del personal al interior de la
organización, consustancial en un esquema de calidad total. Asimismo es muy
importante conseguir un cierto grado de participación activa del consumidor
turístico en el proceso de operaciones, dado que el servicio va unido
directamente al consumidor, siendo la empatia un vehículo fundamental para
establecer esa comunicación decisiva para el bienestar (Ureña López, 1998).