¿Cómo citar estas
tesis doctorales?

¿Cómo poner un
enlace a esta página?

 



 

 


Apéndice III.- Reinvención de las costumbres: el duelo



A continuación se presenta uno de los aspectos importantes en las culturas tradicionales: el duelo. Se describe todo el proceso porque es muy representativo de la forma en que los campesinos se relacionan durante un evento de este tipo como las alianzas de las UDCs hace posible que los dolientes no pasen el problema solos, sino la comunidad hace que se convierta en una ocasión de reunión social; sin embargo la intención es hacer resaltar la reinvención de uno de los elementos del duelo, como es la “puesta” de la cruz en el lugar donde se veló al difunto.

Los duelos son un evento social, más que una cuestión de dolor. Regularmente, la familia está consciente de que algunos de sus miembros va a morir y guardan dinero para el momento de la despedida, pero en otros casos, la muerte llega sin avisar. En esos casos, el pueblo se vuelve una sola familia y ayudan a los dolientes con todo lo que implica el duelo, desde rescatar el cuerpo – si éste quedó en algún lugar lejano del pueblo- hasta la limpieza de la casa.

El cuarto donde se lleva a cabo la velación del cuerpo es donde el difunto o difunta vivía, dormía o hacía su vida. En el momento que se sabe que la persona ya pasó a “mejor vida” todos los familiares empiezan a sacar las pertenencias que estaban en el cuarto, todo se pasa a otro lugar, inmediatamente el espacio se queda vacío. Solo la cama donde murió la persona y el cuerpo se quedan ocupando una esquina. En ese mismo lugar, las mujeres cercanas a la familia empiezan a cambiar de ropa al difunto, la estiran y le cruzan las manos en el regazo, por supuesto, la peinan y la pintan un poco para que parezca viva. De un momento a otro, las mujeres del pueblo empiezan a desgranarse, llegan a la casa de dos en dos o una por una. Sin preguntar qué se va hacer, empiezan a barrer, lavar los pisos, sacudir y acomodar lo que se vea mal, para que los que vengan no “se vayan hablando mal después”. Otras empiezan a preguntar: ¿qué se va a hacer de comer?. Una de ellas toma el mando de la cocina, se pone el mandil y empieza a ordenar lo que las demás harán, nadie refuta las órdenes, ya saben que ella es la cocinera al mando y lo será todo el velorio, durante el tiempo que dure.

Si en la familia hay pollos, se empieza a calentar el agua para quitarles las plumas, ese trabajo se lo dejan a los hombres. Ellos le “aprietan el pescuezo a los pollos y los despluman”, dirían en el pueblo: “pa’ eso son hombres”. El velorio de los pollos, por otra parte empieza a realizarse, mueren una cantidad enorme de ellos, los de la casa y los que la gente lleva a los dolientes. Porque la gente que va llegando, no va con las manos vacías, llevan en sus alforjas, maíz, arroz, carbón, leña, dinero o sillas, prestadas, para que la gente se siente durante los “rezos”. Mientras la cocinera empieza a picar el tomate y todo lo que lleva el guiso, otras están poniendo la “lumbre” para hacer el nixtamal – cocer el maíz para las tortillas – otras lo lavan y le ponen cal al agua, como información adicional, es importante comentar, el cocimiento del nixtamal es un proceso que tiene su detalle, no cualquiera puede hacerlo, se necesita tener un don especial para saber cuál es la cantidad que debe llevar de cal, para que no se “agrie” o sepa feo. Lo mismo para el tiempo de cocido. Después que ya está cocido el nixtamal, las señoras se ponen de rodillas y empiezan a molerlo en un “metate” (especie de licuadora precolombina, hecha de piedra volcánica). Lo “machucan” hasta que queda suave y es posible hacer la masa para las tortillas. Se pone el comal a calentar sobre leños, las tortillas empiezan a hacerse, un grupo grande de mujeres se pone a “tortear” – hacer tortillas con las palmas de la mano - y otras las voltean para que no se quemen, hasta que estén cocidas.

Cuando llega la noche, o la hora del rezo, los hombres empiezan a repartir licor y cigarros. Los que van llegando se ponen a conversar o se ponen a contar chistes sobre el muertito o de otra gente. Cuando llega el rezandero, se empiezan los rosarios por toda la noche. Los músicos cantan parte de la misa o el rosario. Después que se termina el rosario, los músicos tocan valses muy conocidos en México, ahí no tocan música muy movida porque sería una grosería, pero sí música muy acorde a la situación. Los amigos, los familiares y todo aquel que se siente comprometido con la familia acompaña toda la noche al muertito. La cocinera y todas las mujeres dan de cenar a todos los que asisten, en la mañana desayunan, más tarde comen en la casa del difunto. Más que un duelo es una fiesta que, tiene sus bemoles, cuando la viuda, el viudo, la hermana o algún familiar se desmaya y le tienen que dar a oler alcohol. Además, siempre llega, el borrachito despistado que pregunta que quién es y se queda a comer sin ser invitado. Por su puesto en la hospitalidad campesina a nadie se le niega la entrada, sería una grosería.

Los dolientes no se emborrachan, tal vez los que asisten. Lo más interesante es que los duelos duran una semana, donde la familia gasta todos sus ahorros para dar de comer a todo el que llega. Durante los dos días en que se vela el cuerpo, afuera en una carpa, se ponen los músicos a tocar valses durante todo el día, cuando ya no están, los hombres se sientan a conversar los problemas del pueblo. Se les coloca una mesa para que coman, es una mesa larga, muy larga para que quepan el mayor número. Los manteles son blancos y muy limpios, se cambian a cada rato porque es importante atender a todos muy bien. Es decir, es un esfuerzo enorme, tan enorme que la gente después del duelo termina muy cansada.

Si la comida no alcanza, se mata un puerco, se fríe y se hacen tamales con partes de él. Todo mundo, desde niños, viejos y todo aquel despistado se pone a limpiar las hojas de maíz para envolver los tamales, a veces se envuelven con hoja de plátano. Así es que todos tienen un trapo en la mano para limpiar hojas; mientras las cocineras preparan la salsa que le pondrán a la carne de puerco y por supuesto preparan la masa donde se esconderá el guisado de puerco. Los niños cortan hilos para amarrar los tamales, los que serán puestos en la vaporera. El lugar se llena de los gritos de los niños más pequeños que corren por el patio, jugando y peleando, persiguiendo al perro, subiéndose a los árboles, escondiéndose en el rastrojo – hojas de maíz secas - una fiesta infantil muy grande. Todos ellos llegan con las mamás, generalmente, son primos, amigos, vecinos y demás. Eso se vuelve un centro de reunión social adulto e infantil, todos llegan y se encuentran, se abrazan, se reconcilian o se ven como potenciales enemigos por la herencia. Cuando ya se llega la hora de que el muertito tiene que irse, cada persona toma un ramito con flor para acompañar el cuerpo hacia el cementerio. Los hombres más fuertes cargan la caja y caminan detrás de la banda de música. Otros van con los fuegos artificiales anunciando la despedida de alguien conocido por todos los del pueblo. El ruido música y de cohetes, también sirve para que el espíritu se vaya lejos del cuerpo, para que no regrese, para que se dé cuenta que ya no pertenece al mundo de los vivos. Los músicos, tocan todo el repertorio que fue significativo para el difunto, así llega a la iglesia donde se dice misa de cuerpo presente. Cuando sale de la iglesia, la gente le brinda al difunto una ovación cerrada, es decir, aplauden por un buen rato porque ya se adelantó en el viaje, esperando que le vaya bien y llegué al cielo sin contratiempo alguno. El cortejo llega al cementerio y la fosa ya está preparada. Se coloca el ataúd mirando a uno de los puntos cardinales, se toma en cuenta sí, fue una mujer casada, un hombre casado, niño, niña o una mujer soltera “sin historia”, de eso depende la posición del ataúd. Si es un angelito – niño, niña, mujer soltera sin historia, un joven – se coloca hacia el norte, si es todo lo contrario hacia el sur para que no equivoque el rumbo que tiene que transitar hacia el más allá. Al regreso, las mujeres ayudan a limpiar la casa y preparan la comida para que empiece el novenario, así hasta que son nueve días, que es cuando se levanta la cruz que se dibujó en el lugar donde estuvo el féretro. Hoy, los campesinos han dejado de dibujar la cruz, han reinventado la manera de hacerla, pero la costumbre continúa. En su lugar, esculpen con arena y tierra de colores la imagen de la virgen o santo preferido del difunto. A los nueve días se levanta y se lleva a enterrar al cementerio, donde reposan los restos del difunto.

La dueña de la casa, después del duelo, pasa casa por casa de los que asistieron a entregarles comida, pan o lo que se haga para ese evento en específico, además de agradecerles por haberlos acompañado en momentos tan difíciles. Las familias quedan quebradas - económicamente hablando - por los gastos, lo mismo sucede si alguien se casa, que esa, es otra historia.