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La tradición institucionalista británica: El arraigo local de las organizaciones.

 

 

El enfoque institucionalista es, en este caso, en buena medida una reacción contra algunas de las carencias explicativas de la Escuela de la Nueva División Espacial del Trabajo. Pero, adicionalmente, existen razones en la evolución de su propia realidad que justifican el cambio. De hecho, en los años 70, los Midlands habían “sufrido” los efectos de procesos de deslocalización a escala mundial. Sin embargo, desde mediados de los años 80, comienzan a resultar beneficiarios de los mismos. En los años 80, una gran cantidad de empresas transnacionales no británicas se instalan en las islas, por ejemplo, un buen número de empresas automovilísticas japonesas. En este momento, se pone de manifiesto que el grado real de influencia de estos nuevos establecimientos productivos sobre el entorno económico local va a depender mucho de las políticas asumidas por la gerencia de estas grandes empresas y por la capacidad de los entornos locales de generar un entorno favorable para el desarrollo de estas actividades productivas. Es decir, el grado de interacción entre los nuevos establecimientos y el espacio depende, en buena medida, del grado de “arraigo productivo”[1] de las corporaciones transnacionales (Dicken, Folsgreen y Malmsberg, 1994).

 

Todo este razonamiento se pone en relación con las actuales características de los procesos productivos. El proceso de Reestructuración ha supuesto, según estos autores, la emergencia de una nueva forma de competir [2](Best, 1990). Dentro de la misma, se acentúan los procesos de diferenciación en busca de nichos de mercado específicos. Por otro lado, se intensifica la “tensión temporal” de los procesos productivos. La forma más efectiva de detectar “nichos de mercado” es producir sobre pedido con el mínimo retardo posible. Esta es la esencia de los sistemas Just – in – time y, en general, de la creciente flexibilidad de los procesos productivos (Coriat, 1993). Pero la flexibilidad de los procesos, no va a suponer una crisis de la gran empresa. Estas no son intrínsecamente rígidas, sino que, como todos los agentes productivos son capaces de reorganizarse en búsqueda de una creciente flexibilidad. La búsqueda de la misma es puesta en relación con la clásica dicotomía promovida por algunas ramas del institucionalismo entre jerarquía y mercados (Williamson, 1983). Supone, por tanto, la ruptura de la cadena de mando y la aparición de cadenas de subcontratación. O lo que es equivalente, supone la sustitución de relaciones laborales por relaciones proveedor – cliente, de jerarquías por redes (Dicken, Folsgreen y Malmsberg, 1994).

 

En este contexto, la importancia del territorio es fundamental. La capacidad de subcontratar por parte de las empresas matrices va a depender no sólo de factores propiamente económicos (la existencia de un conjunto de PYMES con capacidad para hacer frente a los requerimientos de las transnacionales) sino de otros elementos culturales, sociales e institucionales. El desarrollo de redes de subcontratación, en un contexto caracterizado por la flexibilidad, implica la capacidad de adaptar continuamente las características de los procesos de trabajo. Ello, en última instancia, no puede ser regulado por ninguna relación meramente mercantil. Precisa del desarrollo de unos códigos de conducta, unos valores compartidos y unas formas de coordinación entre los distintos actores participantes. De esto depende que la actividad de las transnacionales tenga una efecto real en la actividad económica de las diferentes localidades.[3] Por tanto, el territorio entendido como construcción social juega un papel fundamental en tanto y en cuanto configura las pautas de conducta de los actores locales, básicas a la hora de promover el arraigo de las diversas actividades productivas. Así, las principales aportaciones de esta escuela pueden resumirse de la siguiente forma:

 

¨      Considera que los países desarrollados no sólo se ven negativamente afectados por los procesos de “deslocalización” sino que, igualmente pueden beneficiarse de los mismos. Esto contradice, en buena medida, los postulados de la Escuela de la División Espacial del trabajo.

 

¨      Considera que el efecto real de la localización en un territorio de una actividad industrial controlada por el capital transnacional depende, en buena medida, de elementos institucionales y culturales propios de cada entorno. Esto matiza, de forma importante, los postulados de las teorías centro-periferia.

 

¨      Con lo cual, se insiste en el cambio institucional y social como el elemento fundamental, junto con los intereses del capital transnacional, a la hora de determinar la posición de los diferentes territorios en la división del trabajo.

 

No obstante, estos autores coinciden con la Escuela de la Nueva División Espacial del Trabajo en la consideración de que, con los procesos de Reestructuración se entra en una fase de desarrollo de las economías de mercado en el que las grandes transnacionales juegan un papel preponderante y, donde, las estrategias de valorización de las mismas se basan, en buena medida, en el aprovechamiento de los elementos de diferenciación de los territorios.


 


[1] Esta es la traducción libre que realizamos de la expresión anglosajona “embeddedness”. La traducción literal de la misma es “incrustamiento”.

 

[2] Frente a la Escuela de la Nueva División Espacial del Trabajo, aquí los cambios en la forma de competir ocupan un lugar muy destacado en la interpretación.

 

[3] Por ello, el concepto de arraigo local no hace referencia exclusivamente a la existencia de redes de subcontratación locales, sino que tiene unas connotaciones sociológicas y culturales muy importantes. Con ellas se quiere insistir en que la necesaria coordinación de las actividades productivas precisa de la concepción de formas más complejas de interrelación entre los agentes productivos que las tradicionalmente supuestas por la Teoría Económica. Por tanto, se niegan las visiones meramente “mercantilistas” basadas en un “homo economicus” absolutamente racional. Se afirma que esta visión del comportamiento económico de los individuos se deriva de una visión “infrasocializada” del mismo. Por el contrario, se considera que las visiones marxianas tradicionales pecan de lo contrario de una “sobresocialización” del comportamiento individual. En este caso, la noción de “arraigo” pretende constituirse en un elemento intermedio entre un extremo y otro. (Granovetter, 1985)