ÉTICA Y RESPONSABILIDAD SOCIAL EN LAS RELACIONES LABORALES

Armando J. Camejo R.

Registros de referencia

En el seguimiento que se hace a los hitos históricos de la evolución social y como una derivación de la visión tradicional   de la economía reconocemos que  a mediados del siglo XVIII cobra relevancia una especie de modelo  sobre la dinámica socioeconómica promovido por grandes gestores del pensamiento economicista  tales como  Adam Smith, Websnay  Herbetuis y Grotuis (Murillo 2006) que fundan su postura  en una triada axiológica  permeante de todo el pensamiento de las ciencias sociales hasta finales del siglo XX; así, el culto a la razón deificó el mecanicismo newtoniano; el culto a la individualidad expandió en el ámbito económico los valores burgueses; la esperanza optimista revivió el progresismo  como pivote de la racionalidad institucional y lo nocional del desarrollo veló los peligros que para la especie representa el progreso mediante el despliegue del industrialismo.

El posicionamiento de estas líneas de pensamiento racional generó algunos marcos regulatorios de la economía  y promovió una infinidad de campos asociados con la recursividad social, como las improntas de generación de riqueza a través de la relación capital trabajo y del anclaje fuerte evidenciado en el productivismo empresarial. No obstante  la aparición de estas tres vertientes en la nueva racionalidad del cientificismo  económico  social, quedó abierto un espacio que revela  el poder de sujeción  de las disciplinas normativas  a la moral social. Es decir, hasta finales del siglo XX lo que prevaleció como evidencia  de las restricciones impuestas por la norma fue la puesta en escena  de las demostraciones de moralidad, cuestión que dejó soslayado todos los componentes  del imperativo ético y exaltó el lucro como norte de las prácticas economicistas  provenientes de los excedentes de la relación capital trabajo.

Sobre esta práctica, vale referir el pronunciamiento de Smith (2004, original de 1776) relacionado con la naturaleza y causa de la riqueza de las naciones. Smith constituye la contraposición al pensamiento económico canónico, girando indefectiblemente -tal como lo plantea Sen (2001)- hacia una postura teórica que raya en el ultra liberalismo y reivindica el egoísmo, el mercado, el imperio de la ley , la vigilancia del estado y el cuestionamiento al altruismo como motores  de la creación de riqueza y de  la búsqueda del bienestar.

Como puede observarse, en el modelo centrado en el economicismo se produce un campo particular para la corporeidad del moralismo económico  cuyo eje de interés  es una especie de ética en el trabajo que deviene  condicionamientos morales en las relaciones laborales. Este aspecto es ampliamente tratado por Weber (1998) en Economía y Sociedad y ratificado posteriormente en La Ética Protestante y El Espíritu del Capitalismo. Desde  allí,  se explica  como retícula  concertina  la maestría  de las piezas  artísticas difundidas para la dotación general de un orden social moral y justo.

Esta propensión de hegemonizar el mundo socioeconómico, desde la articulación  de la ética y la economía, se evidencia en la teoría sobre los  sentimientos morales (Smith, 2004) desde donde se definen tendencias hacia una racionalidad aristotélica de autodominios, benevolencia,  prudencia y justicia,  en coexistencia con la moderación, la cautela, la discreción, la temperancia,  la firmeza y la laboriosidad. Todas ellas como virtudes que tejen  los patrones morales  y rigen el comportamiento social del viejo  homus economicus en búsqueda de una moral común.

El planteamiento precedente  sirve -en el discurrir de la segunda mitad del siglo XX- para adentrarse en las dimensiones éticas y económicas que dan consistencia al pensamiento social occidental, pero deja ver fuertemente los efectos del capitalismo en términos de la alineación del trabajador en las cadenas productivas, la despersonalización del hombre en los cordones de miseria que rodean la fabrica y la revelación del ocio como conducta preeminente de lo económicamente poderoso. Estos elementos transicionales conducen el modelo capitalista a hegemonizar su poder sobre los demás campos disciplinares, incluyendo el desplazamiento del poder  político por el  poder económico.

El nuevo espacio de poder avizorado en lo económico promueve fenómenos sociales tales como: el consumismo, la indolencia, la ociosidad y en consecuencia, la paulatina  restricción de los campos laborales; todo ello, con el subsecuente impacto en la valoración de la condición humana del hombre. De allí la falla de la economía de mercado como externalidad de los sistemas productivos  y como canal de curso para rasgos entrópicos  en los cùales se ubican: la contaminación, la depauperación del trabajo, restricción de la seguridad social, decadencia de los derechos laborales y la poca valoración de los fundamentos axiológicos que sirven de soporte  a la interacción hombre – empresa – sociedad – sistema mundo.

Las reflexiones expuestas fundamentan como nodo crítico, la necesidad de repensar la ética del trabajo en tanto estamento comportamental de la empresa y como fuente generadora de una nueva cosmovisión de las relaciones laborales situada en el plano de la responsabilidad social empresarial.

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