ÉTICA Y RESPONSABILIDAD SOCIAL EN LAS RELACIONES LABORALES

Armando J. Camejo R.

La Ética: una mirada ontológica

En la sociedad Occidental, la “ética” (del griego ethika, de ethos; “comportamiento”; “costumbre”), se refiere a  los principios o pautas relacionadas con la conducta humana. Es conocida también como moral (del latín mores; “costumbre”), razón por la cual el estudio de esos principios y normas es llamado “filosofía moral. Se ha de aclarar que cada cultura ha desarrollado un modelo social  moral-ético propio, y códigos que  se relacionan con el tipo de ambiente que envuelve a la comunidad;  su historia; su psicología; su grado de desarrollo tecnológico; así como muchos otros factores que influyen en la mentalidad  y en la convivencia de los seres humanos.

En líneas generales, los filósofos procuraron determinar la bondad de la conducta humana, teniendo en cuenta dos grandes principios fundamentales. El primero, la conducta es buena en sí misma, lo que implica un valor final,  deseable en sí mismo y no sólo como medio para alcanzar un fin. El segundo, la conducta es buena porque se adapta a un modelo moral concreto. Si estudiamos el desarrollo moral-ético a través de la historia, encontramos también tres modelos de  conducta principales. Cada cultura o comunidad concreta los ha considerado como el bien más elevado.

Estos son: la felicidad o placer; el deber, la virtud o la obligación; y la perfección, el más completo desarrollo de las potencialidades humanas. Podemos indicar además, algunas otras líneas que  sintetizan el desarrollo moral  y que han predominado en algún momento histórico concreto o determinaron el comportamiento humano en algún contexto particular. Así mismo hay que señalar que la ética es el sistema moral por naturaleza, el cual juzga los actos del hombre y emite un juicio. La ética se basa en los actos en los cuales los hombres actúan haciendo uso de su libertad; es decir, la libertad se vuelve la base de la ética. Sin libertad, no hay ética.

Para corroborar lo expuesto, se tiene como referente que en el discurso de disertación inaugural del Encuentro Internacional sobre Ética y Desarrollo del Banco Interamericano de Desarrollo (BID) se  planteó la dimensión ética del desarrollo expresada en la vigencia en la vida social de valores morales como el respeto a la verdad, la honradez, el sentido del deber y la justicia, la consideración al prójimo, la solidaridad, el espíritu de servicio y el anhelo de perfección.  En tal sentido, el foro citado expresó: si miramos la realidad de América Latina y del mundo en desarrollo a la luz de estos criterios, surgen con claridad los grandes desafíos éticos a que ellos nos aboca.  Desafíos que, en nuestra opinión, no sólo se plantean a estos países, sino  también a las naciones del mundo rico y desarrollado.
 
En atención a la dinámica del tejido que envuelve el desarrollo del fenómeno globalizador, tenemos que  los aspectos de orden ético se asoman en medio de extensas discusiones que parecieran no dirimirse fácilmente. En este sentido, la obra Ética Protestante y el Espíritu del Capitalismo  de Weber (1998),  apunta  que fue el protestantismo quien concedió un sello claramente  religioso al aspecto ético, en contraste con la tradición católica y su relación con el trabajo. En consecuencia, todo implica una exigencia moral; es decir, el cumplimiento en el mundo de los deberes que a cada cual impone la posición que ocupa en la vida, y que por lo mismo, se convierte para él en el trabajo. 

Igualmente se puntualiza en el texto de Weber ya citado, que no se trata de la ética protestante ni el capitalismo en sí mismos, sino de la ética protestante y el espíritu del capitalismo. Para este autor, el espíritu del capitalismo se resume en  el lucro del dinero como valor más importante de la vida, el ejercicio del trabajo como fin, la racionalidad y la austeridad.

En fin, al  plantear la discusión sobre ética y la responsabilidad social empresarial en las relaciones de trabajo, en tiempos de globalización, resulta clave  comprender los signos de la nueva sociedad infocapitalista y sus efectos en el conjunto de valores que rigen los marcos de subjetividad en Occidente. Adicionalmente, hay registros desde el contexto del pensamiento de Luhmann (1991) y Maturana (1991), que implican el reconocimiento de un esfuerzo epistemológico que implica repensar la realidad de una sociedad que en los momentos actuales está marcada por la propensión al triunfo de los esquemas globales como signo inevitable de los sistemas sociales existentes.

En el escenario descrito, un cúmulo de factores derivados de la visión ética tradicional, afincados en el tejido discursivo del derecho laboral están amenazados por el pensamiento único. Desde el marco hegemónico del productivismo, se pretende destruir las bases históricas del conjunto de principios y normas tutelares que disciplinan las relaciones entre empresarios y trabajadores, o entre las entidades sindicales que las representan y otros hechos jurídicos resultantes del trabajo.

Desde este  planteamiento discurre una advertencia relevante centrada en que la  alta tecnología aplicada al trabajo y el influjo dominante de la globalización de la economía, sentencian el final del Derecho Laboral como entidad de regulación de las relaciones de trabajo y entidad protectora de los trabajadores. Se entiende entonces, que dejarán de ser el trabajo humano, los trabajadores (y con ellos la estabilidad laboral, negociación colectiva, etc.) los que decidan la existencia de ancestrales disposiciones normativas vaciadas en esta disciplina jurídica.

En el campo laboral, la argumentación anterior  gira en torno  a la aplicación del modelo de flexibilización como fruto del pensamiento neoliberal, para quienes la manera como se define el Derecho Laboral es ir en contra de su estructura. El modelo, en términos generales, ha consistido en reducir y eliminar derechos laborales, tratar con rigor a los trabajadores, proclamar la libertad e igualdad de las partes de la relación laboral y limitar la intervención del Estado a la aplicación del modelo, siempre en busca de la égida del productivismo económico.

          Como corte épocal didáctico, la postmodernidad, en el campo del Derecho Laboral, va a significar básicamente una intervención estatal en las relaciones de trabajo –con diligencia en la regulación de los derechos laborales-, cuestión que se traduce en potenciar la participación de los trabajadores en la empresa y promover una disposición de los empleadores por el bienestar de sus trabajadores que en última instancia conllevará una mayor producción y productividad.

Tal como se expresó anteriormente, el  mundo de hoy esta rodeado por avances tecnológicos y  comunicacionales los cuales tienden a estimular, la exclusión y precariedad. Sobre este aspecto, la  actividad humana, el trabajo y la regulación de la conducta de la gente se desordenan, cambiando  además  los principios de dicha conducta de unos respecto de otros. No puede ser de otra manera, porque los seres humanos derivan sus ideas y valores morales y éticos en última instancia de las condiciones prácticas en que se basa su situación concreta.

Hoy día, estas condiciones están  basadas en la reestructuración productiva y  de las relaciones sociales, derivadas del modelo neoliberal que se instaló en el sistema social actual y cuya acción se denota en la  precarización del trabajo, flexibilización, tercerización y marginalización del hombre, generando espacios de grandes mayorías cada vez mas empobrecidas.

La crisis de la ética  actual se fundamenta en que ya no existe un estado social que reconozca los derechos laborales a cada uno y abogue por la satisfacción de sus necesidades sin atropellar las de los demás. En este plano de la crisis, el Estado lejos de contribuir con la búsqueda de soluciones  se limita al papel funcional dictado por las nuevas ideologías y las minorías sociales que la sustentan, siendo cómplice de la ruptura del mundo ético. Es un Estado que excluye los problemas sociales de sus afanes y sólo se centra en disminuir permanentemente las regulaciones a la economía, favoreciendo al capitalismo salvaje.

Se trata entonces de  reconocer, que en esta racionalidad, los seres humanos no consienten  la preocupación por el otro, es decir no coexiste la  presencia del otro para los demás. Ello  se manifiesta en el constante irrespeto de los derechos sociales (humanos) de los hombres. Esta alarmante situación está asociada al desarrollo contradictorio entre el enorme avance tecnológico y la incapacidad de la sociedad para orientarlo al servicio de todos los integrantes de ella a través de los medios de socialización como el trabajo.

          En nuestro referente de temporalidad presente, predomina en el sistema social el individualismo, aislamiento, soledad,  angustia, incertidumbre, desintegración cultural, engaño, cesantía o el trabajo precario y prácticamente vano para las grandes mayorías de miembros de las sociedades. Todo ello sobre la base de una ética normativa,  racionalizada desde la perspectiva neoliberal, que se muestra desencantada y sin bases morales sólidas; frente a ello, necesariamente se requiere de la emergencia de nuevas formas interpretativas para recomponer el contenido y alcance del fenómeno representacional de las implicaciones ética, responsabilidad social empresarial y relaciones laborales.

En este sentido, la ciencia como instrumento  liberador del hombre abandona su camino, para convertirse en sólo fuente de productividad y mayor consumo – mercado (Racionalidad mercantil)  La ética entonces se  relativiza al extremo que sólo importa lo que es más cómodo y rentable: el costo/beneficio es el nuevo patrón en que se miden los valores. La calidad de vida se confunde con cuánto tienes y cuánto  vales.

No obstante, la superación de las profundas contradicciones que está lanzando al abismo de la marginalización a millones de personas, no es sólo un problema de conocer esta situación. Pasa necesariamente por fundar una nueva base moral que coloque la recuperación del sentido de lo humano en el centro de toda política económica y social. Se trata, entonces de interesarnos en las consecuencias de lo que hacen los grupos humanos sobre otros seres humanos, es decir, los efectos que producen, en las grandes mayorías, las acciones de pequeños grupos egoístas privilegiados. Desde esta perspectiva, se sostiene, además,  que los seres humanos somos animales éticos que hemos surgido en una historia biológica de amor e intereses mutuos, que comparte comida, cooperación y sensualidad; estamentos estos que configuran la potencialidad del giro transformacional de los sistemas axiológicos empresariales hacia una nueva visión de las relaciones laborales.

Siguiendo el planteamiento precedente y en concordancia con lo sostenido por Maturana (1973), la ética surge en los humanos en su emoción como un interés por el otro o los otros y no negando la responsabilidad de las consecuencias de nuestras acciones sobre estos otros seres humanos mientras se aceptan racionalmente sus efectos negativos.

Para Maturana, el interés por la suerte del otro en una comunidad social es constitutivo a nuestra coexistencia social, es el sustento fundamental para construir dominios cognitivos que expliquen nuestras praxis de vivir, superen las coexistencias no-sociales que no asumen el destino del otro y que demanden la reformulación de la praxis del vivir ético propio de la coexistencia social de sociedades normales. Sobre el asunto, asevera categóricamente Maturana, que permaneceremos humanos sólo mientras nuestra acción en el amor y la ética sean las bases operacionales de nuestra coexistencia como humanos.

Para ello es necesario reconstruir la ética como esencia socializadora del hombre. Su reconstrucción se hace relevante, no sólo por ofrecer una nueva moral a la familia, la vida privada, a la política nacional, empresarial y a las relaciones de trabajo, sino que es necesaria la constitución de una macroética capaz de asumir las consecuencias planetarias del desarrollo tecnológico, de la globalización y del nuevo tipo de sociedad que está surgiendo en estas nuevas condiciones. Por lo tanto, debe ser redefinida sometiendo nuevamente la tecnología a la ciencia y la globalización a los intereses de las diversas naciones y etnias que pueblan el planeta.

Así entonces el marco de la macroética debe ser redefinida. Ello  habrá de hacerse sobre la base de reconocer en todos los miembros de la sociedad son interlocutores válidos con derechos a la libertad, al desarrollo personal, a la satisfacción de todas sus necesidades, -tanto materiales, intelectuales como espirituales-, que le permitan un crecimiento pleno e integral como seres humanos. Surgiría así, una ética recontextualizada para las necesidades humanas normales actuales, cuyo fin sería superar la amenaza que significa hoy día para las distintas sociedades el desarrollo tecnológico sin equidad y manejado exclusivamente en función de los intereses de minoritarios sectores financieros transnacionales.

En consecuencia, una ética fortalecida sobre principios morales sólidos que ponga al desarrollo científico-tecnológico en la perspectiva de crear nuevas formas de organizar el trabajo, que asegure a la persona humana su desarrollo normal, sin exclusiones y brutales marginalizaciones. Urge reivindicar entonces en el mundo una visión política, ecológica, económica, ética y espiritual del desarrollo social para construir una nueva sociedad que esté basada en la dignidad, los derechos humanos, la igualdad, el acceso a la tecnología, el trabajo moderno y flexible de buena calidad para todos, el respeto al entorno, la paz, la democracia, la responsabilidad mutua, el amor, la coexistencia social, la comprensión, el conocimiento, la sabiduría, la cooperación y el pleno respeto de los diversos valores y orígenes culturales de toda la gente.

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