ÉTICA Y RESPONSABILIDAD SOCIAL EN LAS RELACIONES LABORALES

Armando J. Camejo R.

Bases para el constructo ética-responsabilización

En términos de la complejidad que ofrece en la actualidad el campo empresarial, debemos reconocer que la globalización no es un fenómeno reciente. Durante   la época de Adán Smith, la construcción del capitalismo sustentó su base en la  expresión del mercantilismo bajo el argumento de un  intenso intercambio de bienes, la complementariedad de las naciones, la identificación de las ventajas competitivas y la intensificación del comercio internacional. Se trataba de un proceso de cambio y desarrollo sustentado en la generación de nuevos vínculos en entornos sociales sometidos a las exigencias de un capitalismo creciente que configuraba las comunidades de nuevas formas, exigiendo a las personas la adaptación y la adecuación a nuevos medios de transporte, comunicación, consumo y nuevas condiciones de vida y de gestión política.

 Durante el siglo XX, el proceso de globalización -o como algunos autores lo denominan: la segunda globalización- responde a la época de posguerra de la primera conflagración mundial que trajo como resultado, además de la intensificación del comercio y las relaciones entre las naciones, el uso intensivo de las nuevas tecnologías como el automóvil, el teléfono, la maquinaria sofisticada y las variantes hechas al motor de combustión interna, entre otros.  Este proceso se intensifica luego de la segunda guerra mundial cuando encontramos que los niveles de industrialización superan todas las expectativas. De la mano de los procesos de reconstrucción de vencidos y vencedores, se generaron las nuevas civilizaciones que se constituyeron en los paradigmas políticos, económicos y sociales de la modernidad exacerbada, basada en un policentrismo distribuido entre Estados Unidos, Japón y Europa.

          Hacia finales del siglo XX  y  con la caída del muro de Berlín en 1989, el movimiento globalizador consolidó la tercera etapa cuyo espíritu incluye varias nociones que devienen en categorías como  postmodernidad,  postcapitalismo o era postindustrial. Este movimiento representa, una nueva fase en la cual el post se usa porque en realidad no se conocen cuáles son las variables que conformarán los nuevos paradigmas en los próximos años.

          Esta nueva etapa  nace signada por una revolución en distintos campos, donde las tecnologías duras ya no son relevantes en los entornos en los cuales los conocimientos conforman el nuevo capital, donde los recursos financieros circulan con mayor rapidez que los bienes, donde las comunicaciones son totales, donde la red ha democratizado todos los accesos, donde el sur ya conoce como vive el norte, donde los pobres ya saben como viven los ricos, donde las diferencias que siempre han existido ahora están expuestas en todas sus dimensiones; en fin, ya no hablamos del apartheid racial, ahora usamos esa palabra que implica segregación, en el campo de las tecnologías.

 Los indicadores del  proceso de globalización ya aludido, se definen en una serie de dispositivos que se concretan en: a.- Intensificación del intercambio, b.- Incremento de la interdependencia de las naciones, c.- Aparición y dispersión inequitativa de nuevas tecnologías, d.- Consolidación de nuevos centros de poder mundial, e.- Cambio en los paradigmas económicos, f.-  Cambios culturales y sociales, g.- Nuevos medios de comunicación.

          En este mismo orden, cabe destacar  que si bien todas estas etapas globalizadoras tienen aspectos en común nos encontramos con que esta tercera etapa  se desarrolla en un entorno de grandes desafíos e incertidumbre, por lo que los riesgos y las tendencias al fracaso son enormes.

La globalización constituye uno de los grandes fenómenos del mundo económico-social, cuyo contexto se desdibuja en la integración geopolítica bajo el imperativo de un sistema socio-cultural dominante, un mercado único y un centro de poder multipolar hegemónico. Puede afirmarse que dicho proceso tiene varias etapas. La primera de ellas, cuyo origen se remonta a la época colonial, cuando la imposición de una cultura –entendida como superior- aniquiló las estructuras culturales y políticas del mundo conocido. Esa fuerza cultural se fundamentó en el catolicismo emancipador, el mercantilismo y el feudalismo, como plataforma ideológica y política.

Una segunda etapa de globalización mundial, ocurre con el surgimiento de la revolución industrial. La cultura hispánica se vio obligada a decidir en este período – dada la desventaja tecnológica de España en el contexto mundial de entonces- que las compañías de las indias orientales se encargaran de difundir los valores proteccionistas del imperio, a fin de preservar el control político y comercial de sus colonias iberoamericanas.

El proceso globalizador de los mercados fue más extenso que el anterior. Sus herramientas principales estuvieron marcadas por la era de la ciencia, el capitalismo  y  la idea de progreso. Durante esta época se vivió un fuerte enfrentamiento entre varias corrientes de pensamiento económico y social: la discusión entre centro y periferia, por un lado; las tesis comunistas, impulsoras de la economía de planificación centralizada donde el Estado funge como protector y garante del desarrollo económico social; y el ideario político-social del capitalismo libre anglosajón, cuyo origen realza el principal postulado de Adán Smith: la mano invisible del mercado.

Una tercera etapa globalizadora se extiende y se expande hoy. Dispone de grandes innovaciones tecnológicas ahora como la robótica, informática, telecomunicaciones, ingeniería genética, televisión por cable, Internet y otros avances tecnológicos impresionantes, más radicales que las  que impulsaron la revolución industrial en su momento. Esta nueva globalización llamada infocapitalismo, no tiene sin embargo, la capacidad para reemplazar linealmente las culturas autóctonas, sin que se produzcan fuertes resistencias a nivel de sus redes de expresión locales.

Las principales armas de esta nueva expansión globalizante y civilizatoria son: la microelectrónica, la aplicación del conocimiento al conocimiento mismo y la  cybercultura. La onda Cyber  despliega  un lenguaje mundial expresado en códigos culturales que responden a los principios éticos de Occidente. Esta insurgencia político-económica y cultural tiene la particularidad de superponer, a través de sus redes mediáticas,  los valores de uso sobre los valores de cambio. Jettin (1996), al discutir el fenómeno de cambios paradigmáticos, destaca al respecto: “las innovaciones científicas llevarían necesariamente a nuevos modelos de producción y de transformación social como resultado de una definición de oportunidades tecnológicas dictada por los nuevos paradigmas” (p.55).

Por otra parte, los actuales cambios tecnológicos presentan un rostro distinto. Su influencia no sólo consiste en incidir en las formas de producir los bienes de consumo masivo y redefinir los modelos organizacionales empresariales para la competitividad en el mercado, sino en trastocar el comportamiento de los individuos, sus relaciones de trabajo y el mundo laboral en su conjunto. El nuevo modelo globalizador impacta de manera directa la generación del conocimiento, el proceso educativo, los procesos productivos de mercancía, el comercio, los servicios, y las relaciones económicas internacionales. Es decir, ha ampliado el armazón de la frontera de producción y ha creado nuevas formas de relaciones intersubjetivas a nivel mundial. Esta incursión económico-cultural  se le define, según Castell (1999), en los siguientes términos:

Este nuevo modo del desarrollo del capitalismo denominado informacional, en el cual la tecnología de la información ocupa el elemento central para agregar áreas de producción y redefinir las otras, generándose así una avalancha de innovaciones tecnológicas que impulsan la productividad y al mismo tiempo reordenan y potencian al nuevo modo de producción capitalista (p. 96).

Estos cambios en la esfera económica se deben sin embargo, a un cambio de paradigma según el cual, el patrón microelectrónico sustituye al modelo petrolero. En ese escenario, el conocimiento adquiere valor económico y no sólo tiene una significación en el orden cultural. El impacto de las redes culturales es avasallante, pero el valor del conocimiento como factor de acumulación adquiere un sentido determinante en el proceso productivo.

La información y el conocimiento se han convertido en medios de producción y han desplazado progresivamente al trabajo manual. El intercambio de producción y conocimiento es la propia esencia del nuevo sistema financiero mundial, en el que el dinero consiste exclusivamente en cifras que aparecen en ordenadores. Los mercados financieros trabajan, en general, a una velocidad increíble. No existe ninguna oportunidad de obtener beneficios a largo o medio plazo; es decir, algunas estrategias utilizadas por los operadores se vuelven obsoletas casi en el mismo momento de ser creadas, debido a la rapidez  con la que otros  reaccionan o las sustituyen.  Se trata de una economía del conocimiento que ya es realidad y no supone una mera proyección del futuro.

Hay sin embargo, algunos riesgos importantes en esa nueva onda tecnológico-cultural. En este sentido se advierte: “El resultado de este proceso de globalización financiera es quizás que hemos  creado un “autómata”,  que está en el corazón de nuestras economías y condiciona nuestras vidas de forma decisiva”. Esto quiere decir que la pesadilla de la humanidad no sólo radica en que la robótica pueda eliminar los puestos de trabajos ni que los ordenadores del gobierno vigilen nuestras vidas, sino en el carácter incontrolable de los sistemas electrónicos que favorecen las transacciones financieras intangibles. Para autores como Giddens (1999),

En las condiciones de modernidad reciente, los dos polos de la dialéctica de lo local y lo individual están constituidos por las transformaciones, en la identidad del yo y la mundialización. Las relaciones ínter subjetivas y la contextualidad de todo orden  en la sociedad del conocimiento, estarían marcadas así por vínculos socioculturales de alcance muy amplio, mas allá de los microespacio íntimos, directos y personales de modo que el yo y la sociedad  estarían interrelacionados, por primera vez en la historia, en un medio mundial”  (Pag 75)

En esta línea del pensamiento, se introduce  un nuevo espacio de discusión que supone el surgimiento de nuevos esquemas de subjetividad en la relación del yo individual y la sociedad informacional, es la búsqueda de articulación entre los intereses individuales y los colectivos que implican indefectiblemente una rediscusión de las concepciones éticas fundantes.

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