RODOLFO WALSH Y FRANCISCO URONDO, EL OFICIO DE ESCRIBIR

Fabiana Grasselli

CAPÍTULO VII
Walsh y Urondo: afinidades electivas y trayectos compartidos (1968-1977)

 

mi contemporáneo es ese, ese anónimo, ese pastor, esa amada,
y vos, rodolfo, paco. y aquella oscura fuerza de vivir.

Juan Gelman, Urondo, Walsh, Conti: la clara dignidad (1997)

 

1. Devenir intelectuales revolucionarios

            Las trayectorias de Rodolfo Walsh y Francisco Urondo comienzan a ponerse en contacto en el tiempo cercano al año 1968. Hasta ese momento sus itinerarios transcurren de modo paralelo, aunque participan en redes de intelectuales que comparten personajes claves como “Pirí” Lugones y convergen en espacios del periodismo como Leoplán, Panorama y Prensa Latina. Asimismo ocupan posiciones dentro del campo intelectual que se revelan cercanas porque suponen ciertas coincidencias en lo relativo a tres aspectos: la pertenencia ideológica, los modos de elaborar las experiencias políticas vividas en un país asediado por las crisis institucionales luego de 1955, la presencia de ciertas preocupaciones respecto del lugar que le corresponde a la práctica simbólica en esas singularísimas coordenadas que constituyen los años sesentas en Latinoamérica. Ambos aparecen vinculados ideológicamente al progresismo y la izquierda (antiimperialismo, desarrollismo, colaboración con movimientos revolucionarios y de liberación latinoamericanos), y atraviesan de modo similar, aunque con matices y particularidades, experiencias como: el antiperonismo de las formaciones culturales izquierdistas en los cincuenta -que se diferenciaron del antiperonismo liberal-, el apoyo en un primer momento y luego el repudio a la Revolución Libertadora, el desencanto frente al proyecto frondizista, y la participación, en tanto escritores y periodistas, en el proceso de la Revolución Cubana. En este sentido, dentro del campo intelectual de la época -un campo que combina paradójicamente modernización cultural y radicalización política- las colocaciones de Walsh y Urondo se desplazan, a lo largo del proceso de construcción de su oficio de escritor, desde lugares marginales hacia zonas de mayor legitimidad: ganan premios, sus trabajos son publicados y valorados por la crítica. En el marco de esas configuraciones del campo intelectual, nuestros escritores permanecen en las fracciones enfrentadas a las instituciones de la “cultura oficial”, representadas principalmente por el polo conservador y liberal constituido por Sur y La Nación, a la vez que se oponen o ignoran los dogmatismos y sectarismos estético-políticos de la izquierda. Por otra parte la coyuntura de los sesentas planteó un proceso de emergencia de nuevas prácticas en el campo del arte que ubican el polo de intelectuales agrupados en torno a Sur en el lugar de lo que comenzaba a morir. Es decir, de centro dominante en el campo cultural, los intelectuales agrupados alrededor de Sur transitaban hacia posiciones que podríamos leer como residuales en términos de Williams1 .En cuanto a su producción escritural, tienen como rasgo común haber abarcado el ejercicio de la escritura literaria y la escritura periodística como actividades fundamentales en su oficio de escritores. Asimismo comparten el trabajo heterogéneo y diversificado con distintos géneros y formatos literarios, la incorporación a sus textos de las voces y la oralidad presentes en la discursividad social, y la inclusión de elementos de la cultura popular. Respecto de la delimitación de ciertas nociones programáticas en cuanto al rol de los escritores, la confluencia entre Walsh y Urondo se da en torno a la necesidad de hacer converger lo estético y lo ético, la literatura y la política, la actividad creadora y la vida, la palabra y la acción.
            Ahora bien, estos puntos de contacto y similitudes que se observan en los itinerarios de Walsh y Urondo durante los cincuenta y la primera mitad de los sesentas, se intensifican de modo muy marcado a partir de 1968, cuando aparecen especialmente visibles ciertos entrelazamientos en sus actuaciones como intelectuales y militantes, y en sus opciones estético-políticas.
            Como se ha señalado en el capítulo 3 de esta tesis, desde fines de los años sesentas, se produjo en Argentina un intenso proceso de protesta social y de agitación política por el cual la sociedad parecía entrar en un proceso de contestación generalizada. En ese clima de efervescencia social, se desarrolló un sindicalismo de gran combatividad y surgieron organizaciones conocidas como Nueva Izquierda, que planteaban sus demandas en términos de “liberación nacional”, “socialismo” y “revolución”, y que protagonizaron modos de oposición a las formas habituales de la vida política argentina, desafiando a la dictadura de Onganía. En ese marco, las formaciones culturales vinculadas al pensamiento de esta izquierda heterodoxa venían sosteniendo arduos debates en torno a la figura del intelectual y su responsabilidad política. El peso de Cuba fue determinante en estos debates, pero actuó en Argentina sobre un terreno ya abonado por diversos replanteos de la relación entre intelectuales y política. Por una parte, después de 1955, la resistencia peronista posibilitó que los intelectuales asumieran un rol protagónico que no habían tenido durante el gobierno de Perón. Asimismo, Contorno planteó desde sus comienzos una idea de la misión del intelectual, tributaria de la teoría sartreana del compromiso, que tendrá mucha influencia sobre los escritores e intelectuales que buscaban alejarse del antiperonismo de Sur y de los grupos identificados con la tradición liberal. En cuanto a la izquierda tradicional, sus posiciones dogmáticas sobre la militancia intelectual sufrieron las consecuencias de las fuertes controversias en el campo del socialismo durante los años sesentas, a la vez que la Nueva Izquierda, guevarista, maoísta o gramsciana, en todos los casos asignó un rol preponderante a los intelectuales y sus prácticas (Jozami, 2006).
            Esta coyuntura de gran politización del campo intelectual argentino se acentuó a partir del Cordobazo, cuando la situación desembocó en la combinación de una crisis de acumulación y una crisis de hegemonía que venía gestándose desde inicios de la década2 . En 1968, se evidenciaba que las formaciones culturales de izquierda estaban en franco proceso de radicalización, dado que constataban el dato predominante del ascenso de la protesta social en el país y padecían la represión del Onganiato. Por tanto, el momento histórico constituido por los años 1968-1969 representa un clivaje luego del cual se profundiza la politización del campo intelectual y se evidencia un borramiento de los límites entre práctica política y práctica intelectual.
            En el contexto descrito, tanto Walsh como Urondo desarrollan su producción literaria y su actividad intelectual desde un impulso alimentado por el intenso proceso de radicalización política que atravesaron las formaciones intelectuales progresistas, y por la necesidad de superar la crisis de la cultura burguesa y de revolucionar el arte 3.
            En ese sentido, a mediados de la década del sesenta, cuando sus textos literarios y periodísticos les generaban un importante reconocimiento, Rodolfo Walsh y Francisco Urondo se vincularon al Movimiento de Liberación Nacional (MALENA), grupo político de la llamada Nueva Izquierda, encabezado por Ismael Viñas, y compuesto por militantes vinculados al Ejército de Liberación Nacional, otros provenientes del Partido Socialista, y representantes del peronismo de izquierda (Montanaro, 2003; Pacheco, 2010; Romano, 2002: 43; Jozami, 2006: 162). Intelectuales como Noé Jitrik, José Luis Mangieri, Alberto Brocato, Juan Gelman, Andrés Rivera, Roberto Cossa, José Gabriel Vazeilles, Ricardo Piglia, Jorge Rivera, León Rozitchner participaron de este movimiento. El MALENA, que había sido conformado a inicios de la década del sesenta, había roto totalmente con las políticas encarnadas por el frondizismo, había resuelto distanciarse del PCA y había estrechado lazos con la Revolución Cubana. Además entre sus concepciones políticas estaba la idea de que la violencia era intrínseca al sistema y que sólo a partir de la lucha armada había posibilidades de tomar el poder, pero sostenía que las formas que adoptaran las organizaciones revolucionarias debían surgir de la estructura económica, política y social de cada región (Pacheco, 2010). Walsh, por su parte, se vincula a esta agrupación política a partir del contacto que había entablado con algunos integrantes de Contorno, por lo menos con Noé Jitrik, cuando buscó algún apoyo del frondizismo para la difusión de Operación Masacre y, más tarde, trabó una relación personal con los Viñas y otros de los contornistas que frecuentaban la librería de Jorge Álvarez (Jozami, 2004; Jozami 2006: 162-163). Urondo era amigo de Noé Jitrik y había compartido con él la experiencia de fundación y conformación del grupo Zona de la poesía americana, además de frecuentar, por esa época, el grupo de filosofía y teoría marxista que coordinaba León Rozitchner (Montanaro, 2003: 72-73). Tanto Walsh como Urondo aparecen, en 1968, integrando un Consejo de Redacción de la revista Problemas del Tercer Mundo, una iniciativa editorial de Ismael Viñas, en la que también participaban Roberto Cossa, Ricardo Piglia, Andrés Rivera, Jorge Rivera y León Rozitchner.
            El clima generado por la militancia en el MALENA refuerza, tanto en Walsh como en Urondo, su apoyo a la causa cubana. Urondo hace continuas declaraciones a favor de Cuba y adhiere a la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC), formada en 1962, que entre sus motivos fundamentales remarcaba la solidaridad con la revolución encabezada por Fidel Castro y los pueblos de América Latina que se levantan por su liberación (Cfr. Montanaro, 2003). En enero de 1967, Urondo viaja por primera vez a Cuba, visita que parece ser fundamental en su decisión de integrarse a la lucha revolucionaria. Llega a La Habana para participar del Encuentro Rubén Darío, que se desarrolla en Varadero, donde comparte los debates con escritores como Julio Cortázar, David Viñas, Noé Jitrik, César Fernández Moreno, entre otros. Durante su estadía en Cuba, los representantes de Casa de las Américas lo invitan a grabar sus poemas para una edición en disco bajo el sello de esa institución (Cfr. Montanaro, 2003; Freidenberg, 1999a).
            Cuando regresa a Buenos Aires, Urondo se encuentra con Rodolfo Walsh y su mujer, Lilia Ferreyra, con quien se había unido sentimentalmente en 1967 y que será su compañera hasta el final. El testimonio de ella, recogido por Pablo Montanaro, puntualiza la exaltación con la que Urondo se refería a la Cuba de Fidel Castro y el efecto que ello causaba en Walsh, quien había planeado volver a viajar a La Habana:

Los ejes de esa charla fueron la situación de Cuba y de Argentina en América Latina, el compromiso, la participación y el lugar de los intelectuales ante esta situación. Además ese diálogo tenía toda una carga emotiva porque Rodolfo había decidido volver a La Habana después de muchos años. Lo que me quedó registrado de ese día fue que Paco ya había encontrado un camino de participación colectiva. Los caminos de compromiso político de Paco y Rodolfo no fueron los mismos pero siempre se encontraron en las coyunturas esenciales. En la relación de Paco y Rodolfo había un cierto paralelismo en cuanto a iniciativas y proyectos (Montanaro, 2003: 74-75)

            Unos meses después de este encuentro, en octubre de 1967, se difunde la noticia sobre la muerte de Ernesto “Che” Guevara en Bolivia. Luego de algunos días, la dirección de la revista Casa de las Américas les pide a Urondo y a Walsh, así como a otros escritores, un texto en homenaje al “guerrillero heroico”. Los textos “Guevara” de Rodolfo Walsh y “Descarga” de Francisco Urondo dan cuenta de los interrogantes e interpelaciones que esa muerte suscita en los intelectuales. El texto de Urondo describe las sensaciones y emociones de rabia, desconcierto, impotencia, de profunda tristeza que lo impregnan, que reconoce en sus amigos y en la gente común. Reivindica la lucha del Che, porque ha sabido “correr la suerte del agredido” y propone resignificar esa muerte como una respuesta que “habrá que recordarla, o adivinarla o inventar los pasos de nuestro destino” (Urondo, 1997 (1967):102-105). Walsh, con un tono de nostalgia, evoca su tiempo en Cuba y sus tímidos encuentros con el Che, para luego explicitar la crisis, la vergüenza que genera el sacrificio de Guevara, el hecho de que “haya muerto con tan pocos alrededor”. Cierra el texto con una reivindicación de esa muerte, transformándola en un acto que reclama una réplica, que sólo podrá realizarse en las luchas de emancipación latinoamericanas (Walsh, 1997 (1967): 106-107).
            Contemporáneamente a la escritura de este texto, Walsh termina su cuento Un oscuro día de justicia, perteneciente a la “saga de los irlandeses”. En ese relato, la derrota del tío Malcom en manos del odiado celador demuestra que el pueblo –apelativo con que se denomina al colectivo de escolares- no puede apostar a ningún individuo heroico por fuerte o diestro que sea, sólo puede apelar a sus propias fuerzas. En ese sentido, en la entrevista realizada por Ricardo Piglia a Walsh, en marzo de 1970, que se publicó por primera vez como prólogo a Un oscuro día de justicia, Walsh se refiere a esta suerte de “metáfora política” configurada en el cuento. La aparición expresa de esa “nota política” evidencia, según Walsh, una evolución en su producción cuentística que lo habilita a pensar este cuento como el relato en que logra articular un “pronunciamiento político” dentro de los límites del género:

Quiero decir, hay una evolución en los cuentos; aquí, en este cuento se empieza a hablar del pueblo y de sus expectativas de salvación representadas por un héroe, es un héroe que es externo, es decir, no deposita sus expectativas en sí mismo, sino en algo que es externo, por admirable que pueda ser... creo que la clave de la iluminación, de la comprensión sobre la relación política en este caso entre el pueblo por un lado y sus héroes por el otro, está en el final, cuando dice “...mientras Malcom se doblaba tras una mueca de sorpresa y de dolor, el pueblo aprendió...” y después, más adelante, cuando dice “...el pueblo aprendió que estaba solo y que debía pelear por sí mismo y que de su propia entraña sacaría los medios, el silencio, la astucia y la fuerza...”. Creo que ése es el pronunciamiento más político de toda la serie de cuentos y muy aplicable a situaciones muy concretas nuestras: concretamente al peronismo e inclusive con respecto al Che Guevara, que murió en esos días...(Walsh, 1994 (1973): 63-64).
           
            Walsh y Urondo vuelven a Cuba a fines de 1967, en esta ocasión invitados a participar del Congreso Cultural de La Habana, al que concurrieron “medio millar de hombres de cultura, venidos de setenta países” (Casa de las Américas, 1968a: 3-4). El clima intelectual de la isla estaba signado por la reciente muerte del Che, lo cual se hizo patente en el número de Casa de las Américas inmediatamente posterior al asesinato de Ernesto Guevara. Dicho número está enteramente consagrado a “la situación del intelectual latinoamericano”, como dando por sentado que homenajear al Che, “ejemplo de la más alta encarnación del intelectual y el combatiente”, implicaba también revisar las propias convicciones y actuaciones de los intelectuales, asumiendo su figura como parámetro de medida (Gilman, 2003:204). Los debates desarrollados durante ese congreso testimonian la convergencia de dos concepciones antagónicas sobre la labor del intelectual que entrarán en conflicto: “se superponen allí disputas más o menos explícitas, pero también dos ideales, uno que está en curso de convertirse en residual, otro emergente que se tornará hegemónico” (Gilman, 2003:206). En este sentido, la resolución general del Congreso Cultural de La Habana publicada en el número 47 de la revista Casa de las Américas, afirmaba que en una sociedad en revolución, “el intelectual está obligado a ser crítico de sí mismo y conciencia crítica de la sociedad”, no obstante, “eso no basta” puesto que la revolución promueve constantemente nuevas exigencias (Casa de las Américas, 1968b: 104-105). En consonancia con estas concepciones, se abre la declaración con una cita de Régis Debray: “el secreto del valor del intelectual no reside en lo que éste piensa, sino en la relación entre lo que piensa y hace”, y a continuación se manifiesta que “defender la revolución es defender la cultura”, para finalmente agregar que el cambio sólo podía producirse a través de la lucha armada. Asimismo, se plantea que entre los insoslayables deberes del intelectual del Tercer Mundo, se postulan los de la lucha que comienza con la incorporación al combate por la independencia nacional, dado que, si la derrota del imperialismo es el prerrequisito inevitable para el logro de una auténtica cultura, “el hecho cultural por excelencia para un país subdesarrollado es la revolución” (Casa de las Américas, 1968b). Lo más importante era la afirmación de que sólo podría llamarse intelectual revolucionario aquel que estuviera dispuesto, no sólo a transformar el ejercicio del arte, la literatura y la ciencia en un arma de lucha, sino también a compartir las tareas combativas de su pueblo.
            Al año siguiente, en 1969, Walsh y Urondo vuelven a confluir en Cuba para formar parte de los jurados para los concursos literarios que organiza Casa de las Américas. El poeta uruguayo Mario Benedetti, quien reside en La Habana desde noviembre de 1967 y dirige el Centro de Investigaciones Literarias de Casa de las Américas, aprovecha la estadía de nuestros escritores y de Juan Carlos Portantiero, para organizar una mesa de debate cuyo tema central es La literatura argentina del siglo XX. En este intercambio, Urondo delimita la fracción del campo intelectual identificada con el “oficialismo literario”, señalando que, desde 1943, la posición dominante dentro del campo la detenta el grupo Sur, el cual expresa los intereses políticos de la “oligarquía porteña”. Caracteriza a este grupo como iniciador de una línea epígona en la literatura argentina respecto de los movimientos europeos, que es alimentada por el ejercicio institucionalizado de la traducción. Opone a este oficialismo cultural, movimientos poéticos como el invencionismo y el surrealismo, surgidos en los años cincuentas y sesentas, que desarrollan hacia Sur una actitud crítica y de enfrentamiento. Luego afirma que esa oposición al oficialismo se irá profundizando hasta hacer visible que el enfrentamiento con la elite cultural supone el conflicto con sus posiciones ideológicas. En esa línea declara que oponerse a ese oficialismo en el terreno estético y político implica “no publicar en La Nación y enfrentar a la clase que domina y entrega al país” (Walsh, Urondo y Portantiero: 1994 (1969): 48). Walsh, acuerda en incluir en esa delimitación del oficialismo literario a La Nación, al que caracteriza como el diario de la “oligarquía terrateniente”. Del mismo modo, coincide con Urondo en que Sur se “adueñó del campo cultural” durante el peronismo, y ése fue uno de los resortes que luego le permitieron derrocar a Perón. En lo relativo al panorama de la narrativa, Walsh juzga que Arlt constituye uno de los polos válidos para cualquier narrador argentino, y observa que Borges representa el polo opuesto. Ambos “polarizan las dos tendencias, las dos actitudes de la lucha de clases en un poeta” (Walsh, Urondo y Portantiero: 1994 (1969): 45). Finalmente, Walsh y Urondo coinciden en indicar el “fracaso del frondizismo” como el momento a partir del cual se produce una crisis que expresa, según ellos, la finalización de la posibilidad reformista en el país y de ese sueño “de integrarse a un gobierno burgués; es decir gente de izquierda integrada a través de un gobierno de tipo burgués, ligeramente progresista”. Luego de esa crisis, la idea de una “revolución nacional burguesa se viene abajo completamente” y como corolario “se radicaliza todo el problema en el terreno ideológico, y exige un replanteo (Walsh, Urondo y Portantiero: 1994 (1969): 54).
            De regreso a la Argentina ambos escritores aparecerán convencidos de la toma de partido en pos de la defensa del régimen cubano y afianzarán sus vínculos con el proceso revolucionario. La experiencia de formación e intervención estético-política que significó la participación en el debate político-cultural promovido desde el frente de intelectuales comprometidos con la Revolución Cubana, implicó para Walsh y Urondo una toma de posición ideológica que incorporaba los valores del guevarismo, tanto para el ejercicio de la práctica cultural como para el compromiso militante. La idea de praxis revolucionaria guevarista encarna en Walsh y Urondo a través de dos principios fundamentales: la convicción de que la necesidad ética de modificar la realidad obliga al compromiso directo y a la entrega revolucionaria; y el planteo político de que la lucha por la emancipación de los pueblos oprimidos tiene un instrumento fundamental que es la lucha armada (Redondo, 2001: 115). Así, su compromiso con Cuba y sus concepciones guevaristas quedarán evidenciados en las intervenciones que ambos escritores realizarán frente al Caso Padilla.4
            Algún tiempo antes de este episodio, Walsh había respondido a un texto que el escritor Cabrera Infante publicara en la revista Primera Plana en contra de Fidel Castro, denunciando -entre otras cosas- que “en Cuba no se podía escribir”. Walsh le contesta por medio de una carta que ha de enviar a dicha revista5 , probando hasta qué punto -señala Jozami- “había adoptado una postura militante en defensa del proceso cubano”. En ese texto, el escritor define claramente los dos argumentos centrales que desarrollará a partir de entonces con respecto a la relación de los intelectuales latinoamericanos con Cuba y con la militancia revolucionaria: por un lado, la idea de que los errores, injusticias y aspectos criticables del proceso cubano no pueden parangonarse con el significado épico de la lucha de liberación, y por otro, la consideración de que los escritores y artistas deben preguntarse por el sentido de una obra literaria que no dé cuenta de los procesos revolucionarios (Jozami, 2006: 122).
            En noviembre de 1968 se conoce la noticia de que el escritor Heberto Padilla fue encarcelado al ser denunciado por las fuerzas armadas cubanas por presuntas maniobras contrarrevolucionarias. Según un testimonio de Noé Jitrik recogido por Pablo Montanaro “cuando se plantea la decisión de cárcel para Padilla nos reunimos en la casa de Walsh para conversar sobre el tema con Ricardo Piglia, Urondo, Rozitchner, David Viñas, Héctor Schmucler y alguna otra gente que había estado en Cuba”6 (Montanaro, 2003: 81). Como respuesta, Rodolfo Walsh publica una nota en el diario La Opinión, titulada “Ofuscaciones, equívocos y fantasías en el mal llamado Caso Padilla”. Como indica Jozami, ese artículo responde a la necesidad de desarmar lo que considera una maniobra para desprestigiar a la revolución. Por eso, en el texto desacredita las acusaciones de que Padilla haya sido torturado y muestra como desmesurados los argumentos que sostienen la comparación entre el caso cubano y el stalinismo, todo con un tono de cuestionamiento a los intelectuales europeos o residentes en Europa, quienes habían firmado una carta dirigida a Fidel Castro en repudio al hecho (Jozami, 2006: 125). Esto no significa que Walsh desconociera los aspectos indefendibles de la situación cubana, lo cual, como también señala Jozami, pueden leerse en las entrelíneas de los textos mencionados (Jozami, 2006: 123). No obstante, al igual que Urondo y que muchos otros intelectuales de toda América Latina, que se definían revolucionarios y apoyaban a Cuba, considera preferible silenciar esas críticas antes que hacer públicos sus desacuerdos con algunos aspectos de la revolución (Montanaro, 2003: 80-81). A propósito de esta situación, en la novela de Urondo, Los pasos previos, existe un diálogo entre dos personajes, que sintetiza la mirada del escritor ante lo que consideraba, junto con Walsh, una excusa de algunos intelectuales para romper con Cuba:

- ¿La línea de los intelectuales latinoamericanos, cuál será?
- No hay una línea; hay dos. Una, encuadrarlos dentro de la lucha revolucionaria.
- ¿De qué manera, como combatientes?
- Eso es cosa de cada uno.
(...)
- ¿Cuál es la otra línea?
- Declaracionista, manifestarse revolucionarios, pero defender ideas como libertad de expresión, el sagrado derecho de la negatividad. El deber de la crítica.
- No simplifiques.
- Dejáme de jorobar, todos estos tipos parecen intelectuales europeos que ven el stalinismo por todas partes (Urondo, 2000 (1972): 146-147).


1 Cfr. la perspectiva sostenida al respecto por Terán que se ha retomado en el capítulo 3 de esta tesis, p. 61.

2 Cfr. Capítulo 3 de esta tesis, p. 80.

3 Si bien no es el objeto de esta tesis el análisis específico de la relación entre la producción de Walsh y Urondo y los efectos de la industria cultural sobre el campo artístico y cultural en Argentina es indudable que las transformaciones producidas por el impacto de los mass media sobre el campo de la cultura insidió tanto sobre el desplazamiento de algunas prácticas, como las realizadas por Sur, como sobre la apertura de posibilidades inesperadas. Recordemos que Urondo realizó intervenciones en el cine, e incluso la televisión y que ambos fueron escritores y periodistas.

4 El episodio conocido como el Caso Padilla  ha sido explicado en el capítulo 3 de esta tesis.

5 Las declaraciones de Cabrera Infante, en Primera Plana, Nº 292, 30 de julio de 1968. La respuesta de Walsh, “Exiliados”, se publica como carta en la misma revista, el 20 de agosto de 1968.

6 Respecto de este episodio, Walsh anota en su diario el 29 de mayo de 1971: “Eso se vio a raíz del caso Padilla. Aparentemente yo dije y ordené lo que muchos querían decir (...) El caso Padilla de todas maneras nos ha agitado, nos ha sacudido, nos ha acercado y alejado. Cuando la primera ola rompió aquí, nuestros amigos se habían reunido para mandar a La Habana una carta o un cable. Pude desarmar eso en media hora, con media docena de preguntas. Pero es notable que esas preguntas no se les hubieran ocurrido” (Walsh, 2007a  (1971): 207).

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