RODOLFO WALSH Y FRANCISCO URONDO, EL OFICIO DE ESCRIBIR

Fabiana Grasselli

Operación Masacre: la redefinición de un proyecto escritural

            En el prólogo a la tercera edición de Operación Masacre de 1969 Walsh narra que la primera noticia sobre los fusilamientos clandestinos de junio de 1956 le llegó en forma casual en un bar de La Plata, a unas cuadras de su casa, en el que se jugaba ajedrez y se entrelazaba esta actividad con charlas sobre literatura. La noticia era un rumor, “hay un fusilado que vive” (Walsh, 2004 (1972): 19), que circulaba por la ciudad seis meses después de haberse producido el levantamiento del general Valle contra el régimen de la Revolución Libertadora y de haberse perpetrado esos fusilamientos contra civiles en la localidad suburbana de José León Suárez.
            El alzamiento de junio había irrumpido en la vida de Walsh en ese mismo bar y su violencia le había salpicado las paredes, puesto que fue sorprendido, mientras jugaba al ajedrez, por un tiroteo cercano, escuchó cómo muere un conscripto frente a su ventana y vio su casa ocupada por los soldados. Durante seis meses creerá que es posible desentenderse de esos episodios pensando que su relación con ellos es producto del azar y que nada lo liga directamente con esos hechos. El ajedrez, el periodismo, el plan futuro de “la novela” y la literatura fantástica que lee podrán ser retomados por un tiempo. De hecho continuará trabajando en la segunda antología de cuentos, esta vez fantásticos, que Hachette le había encargado realizar, Antología del cuento extraño, que saldrá publicada para finales de ese año. No obstante, cuando Walsh se entera de la existencia del primer sobreviviente se siente atraído por “esa historia difusa, lejana, erizada de improbabilidades” (Walsh, 2004 (1972): 19), entonces se involucra y pide hablar con ese hombre que ha sido fusilado, Juan Carlos Livraga. Así relata el decurso de sus reacciones frente a los fusilamientos:

¿Puedo volver al ajedrez? Puedo. Al ajedrez y a la literatura fantástica que leo, a los cuentos policiales que escribo, a la novela “seria” que planeo para dentro de algunos años, y a otras cosas que hago para ganarme la vida y que llamo periodismo, aunque no es periodismo. (...)
No sé por qué pido hablar con ese hombre, por qué estoy hablando con Juan Carlos Livraga.
Pero después sé. Miro esa cara, el agujero en la mejilla, el agujero más grande en la garganta, la boca quebrada y los ojos opacos donde se ha quedado flotando una sombra de muerte. (...)
Livraga me cuenta su historia increíble; la creo en el acto. Así nace aquella investigación, este libro (Walsh, 2004 (1972): 19).

            Durante más de un año Walsh denuncia y polemiza sobre los fusilamientos en diversos medios gráficos de gravitación reducida en la opinión pública –“suburbios cada vez más remotos del periodismo”- como Propósitos, Revolución Nacional, Azul y Blanco, y Mayoría, donde aparecen las notas que conformarán el cuerpo de Operación Masacre, cuya primera edición en libro se hará a fines de 1957.
            Esa campaña periodística comienza el 19 de diciembre, cuando, luego de algunas averiguaciones, conoce a Jorge Doglia, abogado con cargo en la propia Policía de la Provincia de Buenos Aires, quien se había entregado desde hacía varios meses a una lucha contra los métodos policiales. Al día siguiente éste le presenta a Máximo von Kotsh, abogado de Juan Carlos Livraga, quien le entrega una copia de la denuncia judicial.
            Como explica Roberto Ferro, Walsh tiene en sus manos la gran nota, el paso siguiente es lograr su publicación. Leoplán o Vea y Lea, revistas en las que colabora, no son el medio adecuado, tanto por su línea periodística como por su posición editorial. Tampoco cree en la prensa seria, totalmente comprometida con el gobierno. Enriqueta Muñiz, que lo acompañará en todo el curso de la investigación, le sugiere el nombre de Leónidas Barletta, director del periódico izquierdista Propósitos, quien conoce a Walsh pues ha sido jurado del ya aludido concurso de relatos policiales organizado por la revista Vea y Lea y auspiciado por la editorial Emecé, en el que fuera premiado su cuento “Las tres noches de Isaías Bloom”. Propósitos publica la denuncia de Livraga, lo cual provocará una respuesta de la Intervención Federal para refutar las informaciones dadas a conocer. Por ello, y ante la detención de Barletta y la amenaza de clausura para el periódico, aunque Propósitos seguirá con una serie de notas referidas a la demanda en las ediciones siguientes, no publicará la entrevista a Livraga que Walsh ha terminado de escribir el 26 de diciembre (Ferro, 2000: 142-144).
            Así, con la entrevista encima, Walsh deambulará por todas las redacciones de diarios y revistas en busca de que se publiquen las acusaciones vertidas en el reportaje a Livraga, las cuales apuntaban a los jefes de la Policía de Buenos Aires, Fernández Suárez, y de la Comisión Especial del Poder Ejecutivo Nacional en Todo el Territorio de la República (antecedente directo de la SIDE), Constantino Cuaranta. 

Esa es la historia que escribo en caliente y de un tirón, para que no me ganen de mano, pero que después se me va arrugando día a día en un bolsillo porque la paseo por todo Buenos Aires y nadie me la quiere publicar, y casi ni enterarse (...).Así que ambulo por suburbios cada vez más remotos del periodismo, hasta que al fin recalo en un sótano de Leandro N. Alem donde se hace una hojita gremial, y encuentro un hombre que se anima. Temblando y sudando, porque él tampoco es un héroe de película. Y la historia sale, es un tremolar de hojitas amarillas en los quioscos, sale sin firma, mal diagramada, con los títulos cambiados, pero sale. La miro con cariño mientras se esfuma en millares de manos anónimas (Walsh, 2004 (1972): 20).

            El 9 de enero en Azul y Blanco, semanario de tendencia nacionalista, dirigido por Marcelo Sánchez Sorondo, aparece la continuación de la serie de notas. Pero el reportaje será publicado el 15 de enero por Revolución Nacional, un semanario político-sindical, órgano del “Instituto de Cultura Obrera” (Ferro, 2000, 148-149), al que pertenecían algunos activistas de la militancia sindical que no tenían inserción en las estructuras peronistas. El hombre que se anima, entonces, es Luis Benito Cerutti Costa, que había sido asesor legal de la Unión Obrera Metalúrgica hasta que Lonardi lo designó como Ministro de Trabajo y Previsión durante su breve liderazgo.
            La investigación continuará varios meses más, en los que Walsh irá completando información, encontrando nuevos datos y responsables, no sólo de la matanza sino del aparato de encubrimiento e impunidad oficial. La revista Mayoría de los hermanos Tulio y Bruno Jacovella, un semanario portavoz de los sectores nacionalistas más cercanos al peronismo, publicará, en esta etapa de la campaña periodística, nueve artículos más. La edición definitiva de Operación Masacre se publicará en Sigla, editorial de la cual era responsable Marcelo Sánchez Sorondo a fines de 1957. Luego Rodolfo Walsh reeditará Operación Masacre en 1964 (Ed. Continental Service), en 1969 (Ed. Jorge Álvarez) y en 1972 (Ediciones De la Flor), volviendo sobre esos acontecimientos, repensándolos en función de distintos contextos sociales y extrayendo de aquellos hechos, y de la experiencia que ha conllevado darles entidad narrativa, conclusiones políticas y estético-políticas.
            Ahora bien, durante la campaña periodística y el proceso de construcción del libro-corpus1 Operación Masacre, Walsh comienza a evidenciar, a través de señalamientos y marcas en sus textos y de sus actuaciones en el campo intelectual, un proceso de redefinición de su proyecto escritural y una recolocación como escritor. Su vida intelectual y su vida política empezarán a impregnarse mutuamente rearticulando posiciones y prácticas en torno a la institución literaria, a los géneros tradicionales, a la concepción del intelectual y de la participación política.
            Un texto que da cuenta de ello, es el ya citado prólogo a la tercera edición de Operación Masacre, escrito en 1969. En él, el autor expresa con claridad que el proceso de investigación y escritura del libro trajo aparejada la asunción de una serie de redefiniciones estético-políticas e ideológicas. Se trata de constataciones que se le imponen desde la experiencia del contacto con las víctimas, a partir de la rigurosa pesquisa, de la reconstrucción de los hechos, de la puesta en circulación del relato y la denuncia. Walsh ha experimentado un desplazamiento de sus intereses, o más aún, una revisión y nueva ponderación de los mismos: el ajedrez, cierto tipo de periodismo, los ámbitos ligados al género policial y a la literatura fantástica, la escritura de una novela; la idea de que la realidad histórica y la violencia política pueden permanecer ajenas a escritores y periodistas, y de ello habla. Otro texto clave en este sentido, es el también ya aludido “El violento oficio de escritor” de 1965, que tiene la singularidad de aparecer como una suerte de diseño del itinerario vital, político y literario recorrido por él hasta ese momento. En la respiración de ese texto Walsh va marcando hitos, realiza observaciones sobre su carrera de escritor, y se revisa y recoloca desde la perspectiva de estar transitando la década del sesenta: “Mi primer libro fueron tres novelas cortas en el género policial, del que hoy abomino”; “Operación Masacre cambió mi vida”; “Soy lento, he tardado quince años en pasar del mero nacionalismo a la izquierda...” (Walsh, 2007a (1965): 14-15)
            Un dato sobresaliente es que Operación Masacre es presentado aquí como un antes y un después. Es que, como ya se indicó, la influencia determinante que tuvo la investigación de los fusilamientos de junio de 1956 en el itinerario walshiano anuda tanto al plano político como al literario. Como establece Eduardo Jozami, desde el momento en que Walsh comprendió que “más allá de mis perplejidades íntimas existía un amenazante mundo exterior” (Walsh, 2007a (1965): 15), la política se instaló con fuerza y fue condicionando sus opciones de vida y escritura (Jozami, 2006:21).
            En función de estas consideraciones, creo que es posible reconstruir ese proceso de redefiniciones y reposicionamientos que se inicia en Walsh en 1956 atendiendo, tanto a sus movimientos en el terreno del campo literario, como a las variaciones en sus concepciones políticas.
            En cuanto al plano de lo literario, Walsh pone en duda la legitimidad de todo aquello que ha sustentado el reconocimiento obtenido en el campo intelectual, es decir, cuestiona el propio capital simbólico acumulado, y se distancia de esos ámbitos ligados a los poderes dominantes de la institución literaria. La literatura fantástica que lee para preparar la Antología del cuento extraño y los cuentos policiales que le han otorgado un lugar en el ámbito de las letras, y las notas culturales que ha venido escribiendo para Vea y Lea y Leoplán aparecen presentadas como actividades devaluadas para el escritor, en confrontación con el acto de narrar y denunciar la violencia ejercida sobre los sectores populares que supone su escritura testimonial. Por ello, en los prólogos a la primera (1957) y tercera (1969) edición de Operación Masacre, Walsh manifiesta la paradójica similitud y la abismal diferencia que advierte en estos dos modos de asumir la escritura2 . Las similitudes están en el parecido entre algunas peripecias de los acontecimientos que denuncia con los relatos policiales que escribe o traduce y, más aún, con los innumerables cuentos extraños que ha leído en los últimos meses para compilarlos en la antología recién publicada (Ferro, 2009: 66-167). Las diferencias se visualizan en las consecuencias que ha tenido la investigación, el relato de los hechos y la denuncia de los fusilamientos de junio de 1956: dificultades para publicar y persecución. Así lo verbaliza en los prólogos a la tercera y primera edición:

Es que uno llega a creer en las novelas policiales que ha leído o escrito, y piensa que una historia así, con un muerto que habla, se la van a pelear en las redacciones, piensa que está corriendo una carrera contra el tiempo, que en cualquier momento un diario grande va a mandar una docena de reporteros y fotógrafos como en las películas. En cambio se encuentra con un multitudinario esquive de bulto (...) (Walsh, 2004 (1969): 20).

Investigué y relaté estos hechos tremendos para darlos a conocer en la forma más amplia, para que inspiren espanto, para que no puedan jamás volver a repetirse. Quienquiera me ayude a difundirlos y divulgarlos, es para mí un aliado... (Walsh, 2004 (1957): 185-186).

            En el mismo sentido, el prólogo de la primera edición deja ver una voluntad autoral que desvía su foco de atención del reconocimiento intelectual, pero sostiene que la publicación y difusión del texto es imperiosa, dado su contenido denuncialista, dada su posibilidad de producir efectos: “Escribí este libro para que fuese publicado, para que actuara...” (Walsh, 2004 (1957): 185). De este modo, Walsh desestima cualquier posibilidad de legitimación hacia él, por parte de la industria cultural o de la institución literaria que sea resultado de la escritura de Operación Masacre, aunque admite, en 1972, haber albergado esa esperanza al inicio de la campaña periodística.

Yo elijo el tema pero también él me elije a mí. Hay un sentimiento básico de indignación, de solidaridad frente a tanta injusticia. Pero supongo que no todo fue tan noble y tan claro. Yo recién empezaba a hacer periodismo y no extraño que influyera en mí la posibilidad de una gran nota (...).
Básicamente me mueve la bronca. La fantasía de la gran nota duró lo que tardé en llegar a las redacciones, a ofrecerla (Fossatti, 1972:38-39).

            De hecho, como parte de este proceso de redefinición de su proyecto intelectual, y también como consecuencia del derrotero de la campaña periodística que ha sostenido, Walsh realiza un distanciamiento, no definitivo, de la industria cultural ligada a ese circuito periodístico que comienza a criticar repetidamente y del había venido formando parte, y comienza a vincularse paulatinamente, más allá de sus continuas aclaraciones acerca de su independencia respecto de las líneas ideológicas y editoriales de las publicaciones que dan a conocer sus notas, con periódicos como Propósitos y semanarios sindicales. Las notas que sigue entregando a Leoplán y que firma muchas veces con el seudónimo de Daniel Hernández, son lo que lo sostiene económicamente, pero ya no son lo que considera su obra, “lo que llamo periodismo aunque no es periodismo” (Link, 2007:51). Sus señalamientos negativos en relación a la “prensa seria” se inscriben en ese cambio de rumbo y recolocación en relación a las instituciones de mayor gravitación dentro del campo intelectual argentino que se irá profundizando: “Durante varios meses he presenciado el silencio voluntario de toda la “prensa seria” en torno a esta execrable matanza, y he sentido vergüenza” (Walsh, 2004 (1957): 194). En esa línea de análisis, considero, debe leerse la publicación en la revista Qué de una carta-respuesta a Héctor A. Murena, en noviembre de 1956. Ese texto constituye el indicador de mayor visibilidad de una actitud distinta de Walsh. Murena dirigía el suplemento cultural del diario Crítica y en su primer número publicó un editorial titulado “Los idiotas” que molestó tremendamente a Walsh. (Jozami, 2006, 50-51). En su enumeración de “los idiotas”, el editorial incluía tanto a quienes abogaban por entregar la explotación del petróleo a otros países como a quienes pedían lo contrario, frivolidad que debe haber molestado a Walsh, firme partidario de la explotación estatal. Walsh responde de una forma enérgica y contundente:

Yo conocía a Murena como profesional de la angustia y empresario del Apocalipsis (...) Porque no es poca cosa endilgarnos ese común denominador [idiotas] de 15 a 20 millones de habitantes (...).
En su artículo se queja H.A.M. de que el pueblo, en vez de leer las cosas que escriben él y sus colegas, prefieren “historietas, novelitas cursis, policiales, toda la gama de basura”. Me parece que esa preferencia revela cierta sensatez. Al fin y al cabo, el masoquismo sólo se hace práctica consciente en las clases altas (Walsh, 2000 (1956): 250).

            El agresivo cuestionamiento que le hace Walsh a Murena en 1956, comenta David Viñas, “resuena como el conjuro de uno de los posibles que lo tentaron desde Sur y de La Nación” (Viñas, 2005: 256). Coincido en que, con este texto, Walsh sale a la arena del debate público tomando claramente distancia respecto del poder cultural hegemónico desde una doble perspectiva: ideológico-política, e ideológico-estética. Y es que en su respuesta, Walsh rechaza y contradice, tanto ciertas concepciones económico-políticas, como determinados juicios acerca de la literatura y la cultura propios de esos espacios del liberalismo tradicional. Realiza una distinción entre la “gran literatura” y las producciones que no pertenecen a los circuitos canonizados por ella, como es el caso de las ediciones de circulación masiva, para luego reivindicar estás últimas. El gesto es un paso más en esa redefinición de su proyecto intelectual que implica el alejamiento de Sur, revista y ámbito de consagraciónque se ocuparía elogiosamente de su Antología del cuento extraño, publicada ese mismo año, en la cual varios de los autores incluidos eran colaboradores de la publicación que dirigía Victoria Ocampo.
            Años más tarde Walsh interpretaría este momento como una etapa en la que advierte que comenzaba a caer “en la gran trampa cultural” (Fossatti, 1972:38) y en el marco de esa declaración es que debe comprenderse el airado rechazo por lo que escriben “Murena y sus colegas”. Es que este Walsh ya no es el escritor obediente a las reglas del género policial, a las notas en el diario La Nación o al Premio Municipal de Literatura, este Walsh, como afirma Daniel Link, es quien ocupa el lugar del escritor de Operación Masacre (Link, 2003: 275-276), es quien inventa un género y se enfrenta a la elite del sistema literario. Desde ese lugar parece comprender en 1964, en el epílogo a la segunda edición de Operación Masacre, que su escritura, es decir, su narrativa, al igual que su concepción de la actividad periodística, sufren notables cambios. Allí plantea que al escribir Operación Masacre, de golpe le pareció inferir que todo lo que había hecho antes no tenía nada que ver “con cierta idea de periodismo” que se había ido forjando en todo ese tiempo, “y que esto sí –esa búsqueda a todo riesgo, ese testimonio de lo más escondido y doloroso- tenía que ver, encajaba en esa idea”. Por ello, amparado en esta nueva percepción investigó y escribió enseguida otra historia oculta, la del Caso Satanowsky (Walsh, 2004 (1964): 222).
            Entre junio de 1958 y enero de 1959, publica en Mayoría la serie completa (integrada por una treintena de notas) del Caso Satanowsky, una investigación realizada por Walsh en relación al asesinato, por parte de matones del SIDE (Servicio de Inteligencia del Estado), de Marcos Satanowsky quien era el abogado de Ricardo Peralta Ramos, poseedor del paquete accionario del diario La Razón. En cuanto a su narrativa cuentística, Vea y Lea le había publicado, entre noviembre de 1956 y diciembre de 1957, “Simbiosis”, “La trampa” y “Zugzwang”, tres relatos con los que inicia y desarrolla la serie del comisario Laurenzi, que marcará un giro fundamental en el modo de plantear el trabajo con el género policial. A diferencia de los cuentos de Variaciones en rojo en el que el traductor, Daniel Hernández, es una suerte de Sherlock Holmes, depositario de un saber libresco y erudito, que le permite el develamiento del enigma y el acceso a la verdad; Laurenzi, un comisario, un hombre común, pero conocedor profundo del alma humana, se apoya en la enorme experiencia que le ha dado su deambular por los distintos puntos del país para la resolución de los casos. Sus métodos para resolver sus muertes ponen en juego otra serie de saberes “ya no técnicos, sino premodernos: olfateo, intuición, semblanteo” (Alabarces, 2000: 31). Esta valoración del saber popular basado en la experiencia marca esa evolución: el interés por las experiencias, las historias, las perspectivas y concepciones de los sectores populares (Braceras y otras, 2000: 103-104).
            Las continuas resonancias y anudamientos entre narrativa, testimonio y política que encarna la práctica escritural de Walsh a partir de 1956, visibilizan que los cambios de perspectiva y reubicaciones que opera en el campo intelectual tienen su correlato en las variaciones ideológicas de su pensamiento político. Las implicancias políticas, y por qué no, también vitales, de la experiencia que ha atravesado en el proceso de investigación y confección de Operación Masacre, le permiten resignificar su mirada sobre los procesos sociales y políticos de su época. En la introducción a la edición de 1957 Walsh aparece como un claro ejemplo de esas formaciones culturales que hacia fines de los cincuenta, y desde posiciones ligadas a lo que luego cristalizaría en la Nueva Izquierda, se manifiestan antiperonistas, pero reconocen la necesidad de realizar una relectura del “hecho peronista”3 , lo cual los va alejando de la fracción liberal del antiperonismo, representada, entre otros, por la elite intelectual vinculada a los grupos Sur y La Nación.

Suspicacias que preveo me obligan a declarar que no soy peronista, no lo he sido ni tengo intención de serlo (...) Sé perfectamente, sin embargo, que bajo el peronismo no habría podido publicar un libro como éste, ni los artículos periodísticos que lo precedieron, ni siquiera intentar la investigación de crímenes policiales que también existieron entonces(...) La mayoría de los periodistas y escritores llegamos, en la última década, a considerar al peronismo como un enemigo personal. Y con sobrada razón. Pero algo tendríamos que haber advertido: no se puede vencer a un enemigo sin antes comprenderlo (Walsh, 2004 (1957): 192).

            En 1958 Rodolfo Walsh, ya desencantado de la Revolución Libertadora como tantos otros intelectuales argentinos4 , pero con razones fundadas en su propia experiencia durante la investigación de los fusilamientos de José León Suárez, se interesa fugazmente por el gobierno de Frondizi. Y también, al igual que un amplio sector de intelectuales que apoyó al frondizismo, no tardaron en rechazarlo tan pronto como quedó en claro la orientación general de su política, contraria a sus propias promesas electorales5 . En una de las anotaciones de su diario, muchos años después, entre las cosas que odia y deprecia, Walsh menciona “la traición, la estupidez Frondizi” (Walsh, 2007a (1972): 226-227). En una entrevista que le realizaron en la misma época, plantea lo siguiente:

En el gobierno o las épocas de ficción electoral [el peronismo] aumenta con sectores de otras clases que aspiran a conducir a la masa para realizar un proyecto que a corto o mediano plazo puede coincidir con los trabajadores, pero que a largo plazo no coincide. Luego esos aliados se revelan enemigos: el Ejército y la burguesía nacional en 1955, el frondizismo en 1959 (Fossatti, 1972:39).

            Finalmente, y en estrecha vinculación con esta revisión de sus posicionamientos ideológicos, Walsh también modifica al ritmo de sus redefiniciones intelectuales y políticas, su concepción sobre el rol de la justicia en ese contexto de gobiernos represivos, radicalización política y ascenso de las luchas populares que se abre luego de 1955. En este sentido, Walsh tenía dos objetivos cuando comenzó a escribir las notas referidas a los fusilamientos de José León Suárez. El primero era el firme propósito de hacer públicos unos acontecimientos silenciados por la gran prensa nacional y denunciar el salvaje accionar del gobierno de Aramburu. El segundo, que los responsables de la masacre fueran juzgados y condenados según lo indicara la ley. Había en Walsh, por ese entonces, un sentido sumamente positivo del orden institucional: él mismo pone en el prólogo a la primera edición de Operación Masacre que escribió ese libro para que actuara, para que produjera efectos, para que los hechos relatados inspiren tanto espanto que jamás vuelvan a repetirse. Más tarde, en el epílogo de la segunda edición de 1964 reconocería que nada de esto había conseguido, ni bajo el gobierno de Aramburu, ni bajo el de Frondizi. En concordancia con estas declaraciones, en el mismo prólogo, y algunos años después, en el prólogo de la tercera edición de 1969, manifiesta la siguiente opinión:

En 1957 dije con grandilocuencia que: “Este caso está en pie, y seguirá en pie todo el tiempo que sea necesario, meses o años”. De esa frase culpable pido retractarme. Este caso ya no está en pie, es apenas un fragmento de historia, este caso está muerto. (...)
[La historia del caso Satanowsky] Fue más ruidosa, pero el resultado fue el mismo: los muertos, bien muertos; y los asesinos, probados, pero sueltos (...)
Entonces me pregunté si valía la pena, si lo que yo perseguía no era una quimera, si la sociedad en que uno vive necesita realmente enterarse de cosas como éstas. Aún no tengo una respuesta. Se comprenderá, de todas maneras, que haya perdido algunas ilusiones, la ilusión en la reparación, en la democracia, en todas esas palabras, y finalmente en lo que una vez fue mi oficio, y ya no lo es (Walsh, 2004 (1972): 222).

Era inútil en 1957 pedir justicia para las víctimas de “Operación Masacre”, como resultó inútil en 1958 pedir que se castigara al general Cuaranta por el asesinato de Satanowsky, como es inútil en 1968 reclamar que se sancione a los asesinos de Blajaquis y Zalazar, amparados por el gobierno. Dentro del sistema, no hay justicia (Walsh, 2004 (1972): 223-224).

Desde 1964, Walsh ya no albergaba esperanzas de resarcimientos ni encarcelaciones, incluso, ya ni siquiera confiaba en la posibilidad de una verdadera democracia. Las aberraciones denunciadas y el silencio cómplice orquestado alrededor de ellas, lejos de ser anecdóticos, reflejan, para Walsh, un modo de hacer política inherente al accionar de la oligarquía golpista. En un contexto social y político de estas características, aparece en Walsh, del mismo modo que en buena parte de la intelectualidad de izquierda, la definición del gobierno como adversario común para los intelectuales comprometidos con las clases populares y para estas mismas, lo cual trajo aparejada una redefinición substancial del significado mismo de lo político. En este sentido, como se señaló en el segundo capítulo de esta tesis, una vez que las expectativas en las instituciones y la democracia fueron perdiendo terreno, muchos núcleos intelectuales de izquierda buscaron respuestas en la idea de la transformación radical del sistema: la revolución.


1 Roberto Ferro señala la posibilidad de pensar Operación Masacre como un corpus, más que como un texto de límites precisos (Ferro, 2009: 9).

2 Como es sabido, con la escritura de Operación Masacre, Walsh iniciará una forma narrativa que, más tarde, se conocerá a partir de A sangre fría (1965) de Trumann Capote como “non fiction novel”.  Sobre ello, Ana María Amar Sánchez (1994), sostiene que la escritura walshiana posee importantes diferencias con lo que en EEUU fue denominado non-ficcion. Para la autora, en el caso de Capote o Mailer, se trata de un intento de renovación o experimentación literaria, que permite una denuncia, casi siempre parcial. En Walsh, en cambio, lo testimonial tiene una intencionalidad y una función revolucionaria (Amar Sánchez, 1994: 94-95).

3 Cfr. Capítulo 2 de esta tesis, pp. 65-66.

4Ver el fragmento citado en la p. 126 correspondiente a la referencia: Walsh, 2007: 38-39.

5 Cfr. Capítulo 2 de esta tesis, p. 73.

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