RODOLFO WALSH Y FRANCISCO URONDO, EL OFICIO DE ESCRIBIR

Fabiana Grasselli

Contra la “historia mentida”. La patria fusilada

En 1973, Urondo produce un texto en el que se juegan esas búsquedas estético-políticas suyas que avizoraban en los formatos testimoniales, ubicados en los límites entre literatura y periodismo, la posibilidad de una escritura capaz de narrar la urgencia de la dinámica social y de la lucha. Así, el sello editorial de la revista Crisis publica ese año el testimonio La patria fusilada, un reportaje realizado por Urondo a los tres sobrevivientes de la masacre de Trelew: María Antonia Berger, Alberto Camps y Ricardo Haidar.
Este hecho, perpetrado por la dictadura del general Alejandro Agustín Lanusse, ocurrió el 22 de agosto de 1972 y guarda relación con otro episodio, la fuga del penal de Rawson, acontecida el 15 de agosto. Como se sabe, ésta fue una operación político-militar llevada a cabo por los presos políticos de tres organizaciones armadas: ERP (Ejército Revolucionario del Pueblo), FAR (Fuerzas Armadas Revolucionarias) y Montoneros. El objetivo, según los testimonios de los protagonistas, era el de recuperar “compañeros” para el combate y golpear al enemigo (las fuerzas militares entonces en el poder), con el fin de debilitarlo 1.
La patria fusilada constituye un libro-corpus, y está compuesto por un ensamble de documentos y testimonios que dialogan y resuenan entre sí: una “Ubicación”, escrita por Francisco Urondo, la entrevista a los sobrevivientes propiamente dicha, la conferencia de prensa brindada por los diecinueve combatientes que habían podido fugarse y la nómina de los asesinados. El reportaje se desarrolla en la cárcel de Villa Devoto, donde Urondo comparte con los sobrevivientes de la masacre la condición de preso político y militante de las organizaciones armadas2 . Además, el texto está enmarcado con dos poemas de Juan Gelman: al inicio, “Condiciones”, y al finalizar, “Glorias”. Ambos poemas participan de la polifonía que se establece entre este conjunto de textos que conforman el texto testimonial, y entran en un diálogo en el cual las voces de los entrevistados, del entrevistador, del poeta y de los diecinueve militantes fugados se entrelazan en función de articular una memoria contrahegemónica. De tal modo, los poemas construyen una reivindicación de las voces testimoniales que se alzan a pesar de la vulnerabilidad de su condición marginal contra la muerte, el miedo, el olvido y el silencio. Al mismo tiempo se constituyen como una denuncia hacia los sectores de la sociedad que contribuyeron con la indiferencia, el inmovilismo, o la complicidad, a la invisibilización y tergiversación de los más atroces hechos del terrorismo de Estado: “¿acaso no está corriendo la sangre de los 16 fusilados en Trelew?/ por las calles de Trelew y demás calles del país ¿no está corriendo la sangre?/ (...) oh amores 16 que todavía volarán aromando/ la justicia por fin conseguida el trabajo furioso de la felicidad/ oh sangre así caída condúcenos al triunfo (Urondo, 1973: 142-143). Aparece así, en dichos poemas, una isotopía que los atraviesa y que establece el diálogo con el conjunto de textos que compone La patria fusilada: la necesidad de oponer a la versión oficial que oculta y engaña, la palabra testimonial que rescata la memoria portadora de sentido para la lucha ideológica, social y política de la militancia y de los sectores sociales enfrentados al poder del régimen militar.
 En el texto titulado “Ubicación” se describen las circunstancias en las que se lleva a cabo el reportaje:

Fue en la noche anterior a nuestra salida de la cárcel de Villa Devoto, es decir, la noche anterior a la asunción del gobierno popular. El 24 de mayo a las 9 de la noche empezamos a grabar (...). La planta fue tomada y esto nos permitió intercomunicarnos entre los pisos, vernos, cosa que antes no ocurría. Así me pude reunir con Alberto Camps y Haidar, que estaban en el celular del segundo piso, y con María Antonia Berger, que estaba en el quinto. Entonces nos metimos en una celda y nos pusimos a conversar sobre lo ocurrido en Trelew (...). Seríamos unos cuatro mil habitantes en el penal en ese momento, incluyendo los presos comunes. (...) Todo el mundo estaba contento por la inminencia de la salida en libertad, que iba a ser el día siguiente o, en el peor de los casos, 48 horas después, con la tramitación de la ley de amnistía (...) El clima era festivo, la gente estaba muy alegre, todo el mundo trabajaba, pintando banderas, consignas en los muros. Porque nadie dudaba de salir en libertad (...) Y nosotros confiamos en ese compromiso tomado frente al pueblo (...). Después del acto en Plaza de Mayo, una multitud confluyó en Villa Devoto. Y comenzó a cantar, a dialogar con nosotros, a pedir nuestra libertad. (...) En la calle nació ese clima tan especial, de fraternidad, de alegría. Esa necesidad de estar con la gente, de hablarnos, con personas que no conocíamos, porque estaban allí, tomándonos las manos. Un clima muy especial, un poco indescriptible (Urondo, 1973: 8-9).

Urondo describe el momento socio-político de ascenso de las luchas y de estallidos sociales en distintos lugares del país, cuyo punto de mayor algidez se da en el Devotazo, la enorme movilización popular del 25 de mayo de 1973 en el barrio porteño de Villa Devoto, que culminó con la liberación de todos los presos políticos y gremiales. Ese día, asumió la presidencia de la República el candidato del Frente Justicialista de Liberación, Héctor J. Cámpora, luego de casi ocho años de dictadura militar, quien se había comprometido a dar la amnistía a los encarcelados por razones políticas.
En este clima social y político que había abierto una crisis de hegemonía, desde distintas organizaciones políticas, populares y revolucionarias, se impulsó una intensísima campaña por la libertad de los presos políticos, que logró sensibilizar profundamente a la opinión pública. En esas condiciones históricas de efervescencia política, agitación social y luchas populares, Urondo y los sobrevivientes se encuentran para activar el testimonio sobre los fusilamientos ilegales de Trelew. La toma de la cárcel por parte de los presos políticos, la certeza de la liberación como resultado de la lucha de amplios sectores de las clases populares, la confianza en un proceso revolucionario por parte de quienes construyen la entrevista, son los elementos que constituyen la situación de enunciación en la cual emergen las voces silenciadas de los “fusilados que viven”. Si como señalan Bajtin-Voloshinov, es en los momentos de crisis sociales o cambios revolucionarios cuando los sentidos silenciados salen a la superficie con valoraciones opuestas a los acentos hegemónicos (Voloshinov, 1976: 36), el relato testimonial construido en la entrevista de Urondo surge como contra-discurso articulado en tanto réplica al monologismo de las versiones “oficiales” que provienen de un régimen en crisis. Esas condiciones históricas, son las que abren la posibilidad, no sólo de decir una historia silenciada, de sacar a la luz un testimonio obturado, sino también, de romper las prohibiciones que el poder dominante establece sobre la circulación social de eso que se dice.
En este sentido, tanto desde los poemas de Gelman que enmarcan la entrevista, como en el encadenamiento de enunciados que se construye en el diálogo entre Urondo y los sobrevivientes, se configura un objetivo central para la escritura que rescata oralidades: desenmascarar la historia mentida y construir la versión real de los hechos. Como ocurre con Walsh frente a Juan Carlos Livraga en 1957, Urondo se encuentra frente a tres “fusilados que viven”, testigos de una masacre que posee profundas significaciones para el momento político y que ha sido distorsionada por el régimen dictatorial.
Como acontece con Walsh en los setentas, cuando produce esos relatos testimoniales que hemos denominado “cartas polémicas”, el autor de La patria fusilada, además de ser un intelectual contestatario, comparte la misma condición de militante de esos “héroes anónimos” de sus relatos. El pasado próximo, el hecho de extrema violencia política sobre el que Urondo activa el testimonio, forma parte de una experiencia compartida: la condición de preso político y combatiente de las batallas libradas por las organizaciones político-militares en una coyuntura leída como pre-revolucionaria. En ese sentido, Walsh y Urondo asumen un doble rol: son testigos y productores de testimonios sobre una situación histórica, cuyas condiciones han abierto la posibilidad para ellos de ocupar el lugar del intelectual-testigo. Por eso, Urondo declara en la “Ubicación”: “Su relato tiene esa característica, esa sequedad o austeridad, de las verdaderas tragedias. Que más que individuales son tragedias colectivas” (Urondo, 1973: 11); y más adelante agrega: “me sentí muy complicado con ellos, muy complicado, y con esa mezcla: la necesidad de cuidarlos (...) La solidaridad que despertaba en mí lo que iban contando, me producía ese sentimiento de cuidado sobre ellos” (Urondo, 1973: 12).
El entrevistador no pretende ubicarse en la neutralidad, ya que ésta supone colocarse “fuera” de los hechos y de la situación de los sujetos interpelados, por el contrario, Urondo contribuye con sus intervenciones a construir el relato testimonial, a tejer la memoria colectiva desgarrada, a desmontar las mentiras oficiales que rodearon la masacre y que sirvieron para justificar la acción delictiva de la dictadura. De este modo, la entrevista se configura como una reconstrucción colectiva de los hechos ocurridos en Rawson y Trelew, como un documento construido a varias voces, como una denuncia coral, ya que los testimoniantes van articulando una narración dialogada que fluye en las intervenciones solidarias entre sí, donde los interlocutores (entrevistador y entrevistados) procuran aclarar detalles, aportar información confusa u olvidada, reconstruir la secuencia narrativa con precisión, polemizar sobre algunos puntos, y resignificar los hechos ocurridos desde su presente de revuelta. Al desenmascarar al Estado represor, la intención es poner en circulación otras voces portadoras de una historia que contribuye a la lucha del colectivo militante del que forman parte y a la fracción de la sociedad hacia la que declaran pertenencia: el pueblo. En la “Conferencia de prensa en el aeropuerto de Trelew”, que forma parte del texto testimonial, Mariano Pujadas sostiene, refiriéndose a los protagonistas de la fuga del penal de Rawson: “Nosotros también somos parte del pueblo y cada día somos más y más organizados y los hechos lo demuestran así, nos vamos atrincherando, vamos combatiendo y nos formamos con el ejército popular, marchando hacia la toma del poder para construir la patria socialista” (Urondo, 1973: 133).
La voz de los sobrevivientes forma parte de las tareas de la militancia revolucionaria, y por tanto, esa versión subterránea, resituada en un espacio de enunciación colectiva, e incluso masiva, tiene como meta entrar en disputa con el poder dominante por la interpretación de la realidad histórica, es decir, por la recuperación de una memoria-otra de los que luchan y del pueblo. Por esto, los testigos sobrevivientes, se presentan como quienes han asumido el deber de hablar por aquellos que no pueden hacerlo, proponiendo en su acto de dar testimonio, la posibilidad de una ligazón entre la experiencia de ese pasado, inscripto en la violencia ejercida por el enemigo, y la experiencia común de un presente colocado en el tránsito de un proceso emancipador: “Para nosotros relatar lo de Trelew es una obligación. Para con nuestro pueblo, por todos los compañeros que murieron allí, que aportaron con su muerte, con su lucha, a todo este proceso. (...) Si algo tenemos que hacer, si para algo sobrevivimos nosotros es para transmitir todo eso que los otros por haber muerto no pueden hacerlo” (Urondo, 1973: 123-124).
En efecto, también para Urondo, la producción de ese testimonio constituye un deber ético, intelectual y político, ya que si bien no ha tenido participación directa en los hechos que se intentan reconstruir, comparte la experiencia de la lucha revolucionaria, y por tanto, se inscribe en el entramado de esa memoria colectiva “desde abajo”. En este sentido la construcción del testimonio sobre la masacre de Trelew, constituye una tarea de militancia, una acción que combina la práctica simbólica con la práctica revolucionaria, una praxis en la que el acto de escritura se erige como una acción para la lucha. Una vez más, escritura y política aparecen como dos terrenos que, en Urondo, son el mismo. “Lo dicho” conlleva un compromiso con la realidad social a la que nombra. El escritor-intelectual-militante está impelido a usar las palabras en toda su significación, lo cual revela la necesidad de representar cabalmente los conflictos de los sectores populares ya que, en un contexto de lucha política, las palabras significan conceptos que constituyen herramientas de conocimiento para enfrentar al discurso del sistema de opresión que se combate. Esta concepción, expresada por el poeta en la entrevista que le realizó Vicente Zito Lema durante su reclusión en Devoto, se advierte en un copete aparecido en junio de 1973 en El Descamisado, en el cual se anticipaba la publicación de La patria fusilada, en tres capítulos, durante agosto del mismo año:

Que el pueblo conozca la verdadera historia de la masacre de Trelew fue siempre un deber del periodista peronista. Pero, durante el régimen de la dictadura militar sólo pudieron circular pequeñas hojitas mimeografiadas, reprimidas, perseguidas y censuradas por el mismo gobierno responsable de este acto salvaje y criminal. A través de los testigos, de los tres sobrevivientes del fusil, El Descamisado cree comenzar a cumplir con la razón más importante de su existencia; sacar a la luz la verdad de tanta historia mentida. Pocos días después del fusilamiento los sobrevivientes que ya estaban fuera de peligro declararon todo lo que sigue al juez Naval en la base de Puerto Belgrano. Desde Agosto de 1972. la marina conoce la verdad de lo ocurrido. Pero, cuándo el contraalmirante Hermes Quijada enfrentó a la televisión para contarle al pueblo lo que había sucedido su relato nada tuvo en común con lo dicho por los sobrevivientes. La Marina y las FFAA prefirieron mentir. Hoy, entonces, finalmente, la verdad está aquí (citado por Falchini, 2009: 189-190).

 

El acto de articular el testimonio como una contra-historia constituye, entonces, una estrategia de la lucha revolucionaria (Nofal, 2009: 270), puesto que entraña la doble operación de refutar la versión oficial (la historia de los momentáneos vencedores) y de legitimar, no sólo una representación contrahegemónica de la historia, sino una imagen de la historia como campo de batalla, en el que es necesario intervenir a contracorriente. Desde una perspectiva benjaminiana, podría decirse que el testimonio de Urondo se acerca a la consigna de “cepillar la historia a contrapelo” (Benjamin, 1982). Por una parte, mediante la apelación a la voz de los sobrevivientes, al testimonio, opone a la versión oficial de la historia una memoria de los hechos que nutre la tradición de lucha de los oprimidos, por la otra, ese testimonio justifica las acciones de los sujetos políticos revolucionarios, reforzando la conciencia contrahegemónica y legitimando la violencia “desde abajo”. Así lo muestra el párrafo con el que se cierra el testimonio:

El 22 de agosto de 1972, luego de haber sido trasladados a la base aeronaval fueron ametrallados los 19 compañeros, quedando con vida por casualidad 3 compañeros, que ofrecieron sus testimonios de la masacre, para que el pueblo argentino sepa, realmente, cómo se está escribiendo su historia (Urondo, 1973: 135-136).

 

Del mismo modo que Walsh, Urondo busca una práctica discursiva que incida en los procesos políticos revolucionarios, busca producir efectos a través de una escritura, a la vez artística y documental, que sea capaz de intervenir a contracorriente de la historia. Sus relatos testimoniales, al igual que los de Walsh “funcionan” en el sentido de que producen efectos políticos: contribuyen a articular una narrativa de la experiencia histórica de los oprimidos, señalan aliados y enemigos en el desarrollo de las luchas sociales y legitiman la acción revolucionaria. Pero también el discurso testimonial urondiano opera efectos estético-políticos violentando las reglas del campo literario que imponen la fragmentación de los discursos y los géneros: polifonía, pluralidad discursiva y mixtura de géneros serán las marcas de una búsqueda de la transformación radical de las prácticas literarias.


1 La masacre ocurrió en agosto de 1972 en la base naval  “Almirante Zar” de Trelew, cuando fueron asesinados 16 presos políticos que habían sido trasladados allí seis días antes, luego de que se efectivizara una acción conjunta de las organizaciones Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR), Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP) y Montoneros, que permitió la fuga de seis jefes guerrilleros recluidos en la cárcel de Trelew. El objetivo trazado -la fuga masiva de 110 combatientes - no pudo concretarse con total éxito, razón por la cual un contingente, integrado por 19 de ellos que no logró arribar a tiempo al aeropuerto, decidió rendirse el 16 de agosto ante un juez, autoridades militares y la prensa, no sin antes exigir que se les garantizara su seguridad. Violando sus promesas, los marinos sometieron a los prisioneros a un régimen de terror y finalmente dispararon contra los detenidos. Los guerrilleros asesinados fueron: Carlos Heriberto Astudillo, Rubén Pedro Bonet, Eduardo Adolfo Capello, Mario Emilio Delfino, Alberto Carlos del Rey, Alfredo Elías Kohon, Clarisa Rosa Lea Place, Susana Graciela Lesgart, José Ricardo Mena, Miguel Angel Pólit, Mariano Pujadas, María Angélica Sabelli, Ana María Villarreal de Santucho, Humberto Segundo Suárez, Humberto Adrián Toschi, Jorge Alejandro Ulla. María Antonia Berger, Alberto Camps y Ricardo Haidar, aunque malheridos, salvaron sus vidas por un descuido de sus verdugos.
Maria Antonia Berger, militante de las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR), era licenciada en sociología, había sido detenida el 3 de noviembre de 1971. Herida por una ráfaga de metralla logró introducirse en su celda, donde recibió un tiro de pistola; fue la última en ser trasladada a la enfermería. En la fecha de la masacre tenía 30 años. Fue secuestrada y desaparecida a mediados de 1979. Los otros dos fueron Alberto Miguel Camps y Ricardo René Haidar. Alberto Camps (militante de las FAR) era estudiante, había sido detenido el 29 de diciembre de 1970. Eludió la metralla arrojándose dentro de su propia celda, donde fue baleado. En la fecha de la masacre tenía 24 años. Su cuerpo, enterrado como NN en el cementerio de Lomas de Zamora, fue identificado en el año 2000.
Ricardo René Haidar (militante de  Montoneros) era ingeniero químico, había sido detenido el 22 de febrero de 1972. Evadió las ráfagas de ametralladoras introduciéndose en su celda, donde fue herido. En la fecha de la masacre tenía 28 años. Fue secuestrado el 18 de diciembre de 1982.

2 De acuerdo con los datos proporcionados por Pablo Montanaro (2003) y Bonano (2001), Urondo es acusado de integrar el grupo guerrillero que había asesinado al Teniente Gral. Juan Carlos Sánchez y al Contraalmirante Emilio Rodolfo Berisso, y permanece preso en la penitenciaría de Villa Devoto durante el período extendido entre el 14 de febrero de 1973 y el 25 de mayo del mismo año. La fecha correspondiente al ingreso de Urondo a la cárcel resulta, sin embargo, confusa. De acuerdo con la versión del propio Urondo explicitada en La patria fusilada, su entrada a la prisión se produce el día 22 de febrero y no el 14, como afirma Montanaro (Bonano, 2001).

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