Tesis doctorales de Ciencias Sociales

CAPITAL ESPECULATIVO Y CRISIS BURSÁTIL EN AMÉRICA LATINA. CONTAGIO, CRECIMIENTO Y CONVERGENCIA. (1993 - 2005)

Samuel Immanuel Brugger Jakob





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Capítulo 4. Rasgos económicos y financieros de América Latina

La crisis que se desencadenó en la región a principios de la década de 1980 dio comienzo a un complejo periodo de desequilibrios y ajustes que, en la mayoría de los casos, llevó a los países de América Latina a emprender reformas estructurales con el objetivo de configurar economías más estables y más integradas a la economía-mundo. Se promovieron reformas estructurales bajo un esquema teórico conocido como el Consenso de Washington. En el primer subcapítulo se hace un recuento del desempeño económico de las cuatro economías que comprende el estudio durante el proceso de implementación de tales reformas. En el segundo subcapítulo se describe cómo desde la década de los ochenta del siglo pasado hubo un crecimiento inusitado en los mercados financieros a escala global, principalmente en los mercados de valores.

4.1. América Latina antes del efecto contagio bursátil latinoamericano (1980-1994)

La crisis que se desencadenó en la región a principios de la década de 1980 dio comienzo a un complejo periodo de desequilibrios y ajustes que, en la mayoría de los casos, llevó a los países de América Latina a emprender reformas estructurales para configurar economías más estables y más integradas a la economía-mundo. A partir de 1982, los países latinoamericanos enfrentaron la crisis económica más profunda y prolongada de los últimos 50 años. Como resultado de la crisis de la deuda que comenzó en 1982 y de las reformas estructurales que le siguieron, la región pasaría por un proceso de mutaciones estructurales de gran profundidad (Cepal, 1996). En este subcapítulo se hace una evaluación del desempeño de las principales economías –Argentina, Brasil, Chile y México–, así como de toda la región durante la década y media del estudio.

Desde la segunda mitad de los años setenta y hasta 1981, la región se benefició de una burbuja crediticia que provino de la banca privada internacional –en especial la estadounidense–, lo que dio como resultado que se fomentaran políticas económicas expansivas (Cepal, 1996) que llevaron a que la mayoría de los países crecieran a tasas mayores al 4% (véase el cuadro 3). El aumento de la tasa de interés real de -0.75% entre 1974 y 1975 a 1.76% en 1980 y a 8.57% en 1981 (véase el cuadro 4), debido a la famosa política estadounidense llamada Reaganomics (Ugarteche, 2007), y la súbita caída de los precios de las materias primas -en especial el petróleo-provocaron que en agosto de 1982 México anunciara una moratoria de pagos.

Las naciones deudoras con una base de exportación primaria entraron en cese de pagos casi simultáneamente tras la moratoria mexicana de 1982. El repentino salto en las tasas de interés, los precios de las materias primas que cayeron en picada y las transferencias netas de recursos pasaron a ser claramente negativos. Desde ese momento los deudores refinanciaron el capital impago y el interés vencido del año anterior y los hicieron reembolsables en los diez años siguientes. Esto aumentó la relación del servicio de la deuda en relación a las exportaciones y en el presupuesto nacional, con un efecto escalera (Ugarteche, 2007) durante la década de 1980. El FMI y el G7 estuvieron más preocupados por la estabilidad del sistema bancario estadounidense que por la estabilidad de las economías en desarrollo. En especial, el FMI sirvió como instrumento de política exterior del Tesoro de los Estados Unidos, más que como estabilizador de la economía mundial. Culpó únicamente a los países del Sur, a quienes impuso distintas reformas estructurales, pero no tocó a los banqueros irresponsables del Norte, en especial, los estadounidenses.

De esta manera, la década y media que comprende el análisis se puede dividir en dos periodos: el primero abarca de 1982 a 1990, caracterizado por un promedio de transferencias netas de recursos negativas de 3.2% del PIB, y el segundo va de 1991 a 1994, el cual se define por la recuperación de las transferencias promedio de 1.5% del PIB123 (Cepal, 1996). Durante el periodo 1982-1990 la cuenta corriente (véase el cuadro 2 y 6) adquirió prioridad debido a la restricción de créditos internacionales. Los países estaban obligados a lograr un superávit comercial significativo para hacerle frente al déficit de la cuenta de servicios financieros debido a las grandes sumas de pagos de interés. En el segundo periodo, una vez reducida la brecha externa, se modificó la política por el financiamiento de la balanza de pagos, lo cual hacía necesario captar capitales que permitieran financiar un déficit creciente en cuenta corriente. Esto provocó que el tipo de cambio (véase el cuadro 13) –que durante el primer periodo exigía tipos de cambio real elevados y superiores a los de largo plazo– dejara de tener relevancia en la política económica y quedara determinado por la cuantía de las corrientes de capital (Cepal, 1996).

La crisis de los ochenta se caracterizó por el deterioro de los indicadores económicos, financieros y sociales. No sólo se produjo una baja de la producción o una drástica reducción de su ritmo de crecimiento; también empeoró la situación ocupacional y disminuyeron las remuneraciones reales, así como se acentuaron y generalizaron los procesos inflacionarios (véase el cuadro 5), y se agravaron los problemas del sector externo. Al deterioro macroeconómico se sumaron severas crisis en el sistema financiero latinoamericano, que a su vez provocaron incrementos a la tasa de interés y devaluaciones continuas a las monedas (Cepal, 1996).

En lo que se refiere a la inversión, hubo una disminución progresiva hasta llegar a su mínimo en 1987, y a partir de este año se comenzó a recuperar hasta llegar a 22% del PIB en 1994. Sin embargo, sólo Chile, Costa Rica y El Salvador registraron coeficientes de inversión similares a los del periodo 1978-1981 (Cepal, 1996). Las reformas estructurales propiciaron que desde 1991 se incrementara la afluencia de capital, con lo que se buscó financiar la reactivación de la economía. Aunque se redujo considerablemente la inflación y desde 1992 hubo una mejora en las variables económicas y financieras –reducción en el servicio de la deuda, reducción de la tasa de interés externa, mejora en la relación de los precios de intercambio, etc.–, se planteó el desafío de prevenir cualquier crisis futura. Se impulsaron reformas financieras para incrementar los flujos de capital extranjero, poniendo fin a las restricciones externas y generando fondos. Los excedentes de fondos que fluían a América Latina apreciaron el tipo de cambio, redujeron o eliminaron los superávit comerciales y acentuaron el déficit en cuenta corriente. Por último, la crisis y posteriormente las reformas provocaron que el sector público registrara superávit o bien un déficit reducido (véase el cuadro 7) que se consideraba manejable. Se planteó que los gobiernos habían recuperado la capacidad de manejar la economía y generar crecimiento, con una mayor estabilidad y una moderación de las restricciones externas.

Comparando la década de los ochenta y la primera mitad de los noventa, se observa un patrón en las variables macroeconómicas y financieras: una moderada expansión del nivel de actividad, una menor tendencia al déficit público, un crecimiento muy moderado de la oferta monetaria, un incremento de la la inversión extranjera (véase el cuadro 8), una revaluación del tipo de cambio y una baja del desempleo (Cepal, 1996). Esto originó que los países con un solo dígito de inflación incrementaran ésta desde dos hasta seis dígitos (1985-1990). Con excepción del caso de Argentina, donde las privatizaciones fueron muy relevantes durante este periodo, para los países latinoamericanos las dos principales entradas de inversión fueron la IED y la conversión de la deuda (véase el cuadro 8).

La IED y la inversión en portafolio aumentaron de forma directa a la emisión de bonos y acciones e indirecta mediante ARDs y GDRs, tanto para el financiamiento público como privado (véase el cuadro 9). Los flujos netos representaban en promedio un 5% del PIB para el periodo 1992 1994. Fueron once los países que obtenían más de un 5% de su PIB en entradas de capital, aunque la gran tajada se la llevaron los cuatro grandes Argentina, Brasil, Chile y México, además de Perú.

Aunque hubo entradas en cantidades inimaginables, la tasa de crecimiento aún era modesta en el mejor de los casos. Esto se debió principalmente a que los recursos financieros disponibles no se canalizaron a la inversión real, pero también porque provocaban una revaluación del tipo de cambio haciendo menos atractivas las exportaciones del subcontinente. El caso más radical de revaluación lo sufrió Brasil en 1994, cuando la moneda ganó 21%.

En 1992 el déficit comercial reapareció, cuando el incremento de las importaciones duplicó al de las exportaciones. Para la mayoría de los países la afluencia de capitales tuvo efectos no deseados con relación al tipo de cambio y la oferta monetaria, acentuando la vulnerabilidad de la economía ante cambios externos. Los intentos por neutralizar el efecto de la absorción de divisas en el ámbito monetario obligaron a incrementar las tasas de interés, que hacían imposible la inversión en el sector productivo (véase el cuadro 10). Todo ello inhibió la capacidad competitiva de la exportación, así como a los sectores que competían con productos de importación.


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