Tesis doctorales de Ciencias Sociales

ECOLOGÍA, CAPITALISMO Y DESARROLLO AGRARIO EN LA REGIÓN PAMPEANA (1890-1950). UN ENFOQUE HISTÓRICO-ECOLÓGICO DE LA CUESTIÓN AGRARIA

Adrián Gustavo Zarrilli



 

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III.4.2. El cultivo del trigo en la Argentina hacia 1950

III.4.2.1. Las condiciones agroclimáticas

La gran región triguera argentina, considerada como una de las mejores del mundo, cubría hacia mediados de la década de 1950 un área de alrededor de 7.000.000 de hectáreas, la que incluía las provincias de Buenos Aires, Santa Fe, Entre Ríos, Córdoba, y este de La Pampa.

Por la extensión de su área, se podían observar en la misma, diferentes subregiones naturales, las que se caracterizaban por determinadas condiciones de clima y suelo. Cada una de estas subregiones están señaladas e individualizadas en el Mapa Nº 9.

La provincia de Buenos Aires, ocupa el primer puesto en lo que a superficie sembrada se refiere, con promedios de alrededor de 2.600.000 hectáreas y unas 2.500.000 toneladas de producción hacia 1950, siendo el motivo de esta posición preponderante el hecho de encerrar dentro de su territorio la parte más importante de la mejor región triguera del país, además de la cercanía con los puertos ultramarinos, su mayor vinculación con los mercados exteriores y por consiguiente una mayor inversión de capitales.

En cuanto a las características de la composición de los suelos en la mencionada zona cerealista, puede afirmarse que la generalidad de las tierras sembradas con trigo en la provincia de Buenos Aires, eran llanas, suavemente onduladas, altas, sanas y de composición areno-arcillosa, de regular fertilidad, siendo, en el oeste de la provincia donde se encuentran las tierras más fértiles y más adecuadas para este cultivo.

En la provincia de Santa Fe, donde preferentemente se había desarrollado el cultivo del trigo, los suelos eran de una composición areno-arcillosaa, siendo las regiones centrales las que por sus condiciones físicas han resultaban más adecuadas para su cultivo, mientras que la mayor fertilidad de su suelo localizaban en los terrenos del sur de la provincia.

En Entre Ríos el trigo se cultivaba en las zonas características areno-arcillosas, especialmente en los terrenos del sur y del este que presentaban las mejores condiciones físicas y su fertilidad. Los terrenos eran pobres en ácidos fosfóricos, nitrógeno y calcio, pero el trigo alcanzaba a producir buenos rendimientos cuando se lo cultivaba en zonas ricas en humus.

En la provincia de Córdoba, vemos producirse los trigos en terrenos de análogas o parecidas condiciones físicas a las mencionadas en las provincias ya citada, siendo los departamentos del centro y los que lindaban con las provincias de Buenos Aires, Santa Fe, San Luis y La Pampa, donde se obtenían las mejores producciones trigueras.

En La Pampa, donde se producían los trigos más pesados (que sobrepasaron los 86 kg. por hectolitro), el cultivo se realizaba sobre suelos de consistencia permeable y fértil, siendo las zonas linderas con Buenos Aires las que presentaban mejores condiciones para su desarrollo.

El calendario agrícola, comprendía:

Epoca de labranza: el momento más conveniente para labrar las tierras para la nueva siembra era después de levantada la cosecha. No siempre era posible realizar esta labor, ya sea por las condiciones del suelo que no lo permitían o por diversos trabajos de urgencia que el productor se veía obligado a realizar por razones climáticas que obligaban a postergar esta preparación. Las tareas de labranza (“levantar del rastrojo”, arada, etc.) era conveniente realizarlas antes del invierno, procurando que las capas arables se expusieran a los agentes atmosféricos con el propósito de que las heladas contribuyan a su saneamiento.

Epoca de siembra: En términos generales puede afirmarse que en la Argentina la siembra de trigo se realizaba desde mediados del mes de mayo hasta fines de septiembre, considerándose la época propicia en relación a la latitud del lugar y las condiciones climáticas en las distintas zonas así como a las variedades que se deseaba cultivar.

Epoca de cosecha: las cuales si bien variaban de acuerdo a la época de siembra, se relacionaban en general en un período de tiempo mucho más estrecho que el máximo indicado para la siembra. En efecto, mientras las siembras se extendían de acuerdo a las zonas, de norte a sur, desde mediados de mayo a mediados de septiembre, la cosecha en todo el país se circunscribía al plazo comprendido entre fines de noviembre y principios de febrero. En la zona central y sur la cosecha tenía lugar a partir de mediados de diciembre hasta el mes de enero y principios de febrero.

Rendimientos: El rendimiento medio de los trigos argentinos era muy inferior al de otros países productores. Esta circunstancia estaba motivada en gran parte por el sistema de explotación extensiva, que era característica de nuestra agricultura, con cultivos en tierras sin el agregado de las sustancias que se le extraían regularmente al cosecharlos, y que deberían haber sido reincorporados con abonos. Estos defectos tecnológicos, trajeron como consecuencia un empobrecimiento progresivo de las zonas de cultivo.

En general, un promedio aceptado para los años 1920-1950 (de acuerdo a los estudios desarrollados por el Ingeniero Brunini) permitía asignar para las zonas cultivables un rendimiento de 900 kg. por hectárea cosechada.

En la zona norte, la variedad Rosafé, brindaba una cosecha que oscilaba en los 850/900 kg. por hectárea; en la zona central, Buenos Aires, el rendimiento llegaba a los 950/1000 kg. y descendía en la zona sur hacia Bahía Blanca a 750/800 kg. por hectárea cosechada.

De acuerdo a las cifras de origen oficial o privado, confeccionamos el siguiente cuadro de rendimientos por hectárea, referidos al área sembrada y cosechada.

El cuadro precedente evidencia una escasa modificación en los índices de rendimientos por hectárea sembrada con pocas variantes de año a año, siendo el rinde menor el correspondiente al quinquenio 1913-14 con 625 kg. y 1916-17 y 1918-19 del decenio a esos años con 646 kg. En cuanto al rendimiento por hectárea cosechada los índices más bajos fueron obtenidos en 1916-17 con 470 y 649 kg. en el quinquenio, respondiendo las variaciones a razones climáticas y agrológicas; períodos de graves pérdidas producto de la variabilidad climática fuertemente negativa (en este caso una de las sequías más importantes del siglo).

Hacia mediados de los años 50, podía considerarse como buen rendimiento un promedio que oscilaba entre 900 y 1100 kg. por hectárea, entretanto en los EE.UU. llegaba a 1200/1300 kg. por hectárea y en países como Francia y Alemania, -de cultivos intensivos- alcanzaba entre 1800 a 2000 kg.

El ingeniero Girola, señalaba en su estudio sobre rendimientos trigueros la baja de los mimos en el país comparados con los de otras naciones productoras; lo atribuía a la preparación incompleta del suelo, al empleo de semillas deficientes, falta de adaptación de las variedades con respecto a las tierras en que se sembraban, ausencia de conocimientos adecuados de las distintas estructuras y composiciones químicas del suelo, escasa prolijidad al efectuase los cultivos, falta de adopción de las prácticas indispensables para impedir el desarrollo y propagación de enfermedades criptogámicas, infección de sembrados por hierbas extrañas y perjudiciales, que no se eliminaban o destruían, y finalmente, a la carencia de un adecuado ordenamiento al efectuar la siega, enfarde, trilla, transporte y almacenaje del producto, lo que atentaba contra su grado de conservación. Luego del segado el grano, el producto experimentaba daños a veces aún después de tenerlo emparvado o trillado, a causa de la insuficiencia de depósitos y falta de preservación de la humedad y otros accidentes naturales. Sobre el particular mucho es lo que han dicho los técnicos y estudiosos, pero poco fue lo realizado por el Estado en su función de orientar la producción agraria nacional. Salvo excepciones de algunos hombres del Ministerio de Agricultura y Ganadería de la Nación, las más de las veces tal puesto de gobierno sólo sirvió de trampolín para la conquista de futuras posiciones públicas o de clientelismo político.

A su vez el siguiente cuadro estadístico muestra la evolución y alternativas experimentadas por el cultivo del trigo a partir de 1880, época hasta la cual fue necesaria la importación de este cereal y harinas, por no alcanzar las producción nativa para abastecer las necesidades del mercado nacional.

Las consecuencias son interesantes para nuestro estudio. Desde 1872-73 en que se han podido obtener los primeros datos y que puede en realidad admitirse como fecha de la iniciación del cultivo, en 1862 era necesario importar del extranjero, habiendo entrado por el puerto de Buenos Aires 15.000 toneladas de trigo, además de 2.760 de harina. En 1876 se importaron 7.173 toneladas de harina, luego del cual adquiere firmeza su acrecentamiento, consecuencia natural de la colonización y organización nacional del país, de los mayores núcleos de población a alimentar y de una estabilidad de los centros ciudadanos, las cifras evidencian el comienzo de su natural y definitivo desarrollo agrícola.

Desde 1900 a 1912, ese aumento no sólo se consolida, sino que toma ya características de regular superación. Corresponde al período típico de la expansión triguera, coincidente con la época de mayor auge en la inmigración y colonización intensa, destinándose al cultivo del trigo las mejores zonas agrícolas del territorio.

Desde 1912 a 1940, continúa ese crecimiento en forma ascencional, acercándose el cultivo a su límite máximo de expansión con tendencia ya estacionaria, evidenciándose modificaciones en su curva de crecimiento que responden a factores circunstanciales de precios en el mercado internacional y al fin de la expansión horizontal agraria a principios de período señalado.

Los decrecimientos periódicos que pueden observarse obedecieron principalmente a la reducción del área en lo que llamamos zonas marginales para el cultivo del cereal, al desaparecer los alicientes de precios, y a caídas muy fuertes en los niveles del rendimiento del cereal.

Es importante mencionar que desde comienzos la década de 1930 el Estado Nacional tomó directa participación en el comercio de granos -a través de las Juntas Reguladores- estableciendo primero precio mínimo y luego constituyendo un abierto y exclusivo monopolio, el agricultor mostraba menos interés en la producción triguera, desviando su esfuerzo hacia otros cultivos o a la producción ganadera, no dirigida por la acción estatal, con un intento claro de diversificación productiva.

Desde 1940 a 1950 se observa una disminución tanto en el área sembrada como en las cifras de producción, con una tendencia marcadamente definida que demuestra la pérdida de interés y la capacidad para aumentar los cultivos, pese a los esfuerzos oficiales realizados mediante la implantación de precios de fomento. A partir de 1950 en adelante las cifras adquirieron en cuanto a superficies cultivadas, los índices más bajos, pudiendo lograrse las cantidades de producción habidas sólo como consecuencia de mayores rendimientos que respondían a adecuadas condiciones climáticas.

A efectos de tener un panorama que nos permita determinar la verdadera zona cerealista del país, estimamos de interés consignar para aquellos períodos que ha sido posible obtener datos estadísticos, la distribución de las producciones por provincia y territorios, lo cual nos permitirá valorar las respectivas zonas de productividad y su inserción socioeconómica nacional.

Sí tomamos como referencia las zonas ecológicas en que se dividía la región triguera hacia la década del 30, como puede verse en el Cuadro Nº ,se aprecia la importancia que alcanzó el cultivo del trigo -durante el período 1923-1938- en las zonas denominadas II (centro de Córdoba, sud de Santa Fe y norte, este y centro de Buenos Aires) y V (La Pampa, sur de Córdoba y oeste de Buenos Aires), con 2.513.258 has, y 2.347.534 Has., respectivamente; seguidas por la zona I (norte de Córdoba, centro y norte de Santa Fe) con 1.093.480 Has., y la VI (costa sur y extremo meridional de Buenos Aires) mucho menos importantes, pues las superficies medias respectivas sólo representaban 411.214 Has. y 261.872 Has.

Como a la zona ecológica II corresponde el más elevado rendimiento unitario, fue también la que proporcionó la cosecha de mayor volumen, acusando en el período un promedio de 2.566.754 toneladas, mientras que en la zona V, casi tan importante como la II por su área de siembra, la producción media descendía a 1.433.381 toneladas, debido a las fuertes fluctuaciones del rendimiento unitario y bajo promedio. La zona IV desalojaba así a la I del tercer lugar por mayor volumen de producción y las III y VI, examinadas bajo este aspecto, reducían aún más su importancia a causa de los rendimientos unitarios relativamente bajos que las caracterizaban.

Las formas de la distribución del área triguera del país, adquiría la forma de un semicírculo trazado desde el norte de Córdoba hasta el sur de Buenos Aires y cuyo eje de mayor densidad pasaba por la zona de mediana precipitación pluvial, entre los 650 y los 850 mm, como puede observarse en los mapas respectivos, donde el cultivo encontraba las condiciones óptimas para su desarrollo. a la vez que no debía afrontar la competencia económica de otros cultivos, en virtud de lo cual adquiría dentro de la región de los cereales la distribución periférica que se observa en los mapas y que difería sustancialmente de las que caracterizaban al maíz y al lino, cuyas áreas tendían por el contrario, a complementarse con la del trigo, por extenderse más hacia el este, en correspondencia con las isohietas de mayor milimetraje.


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