Tesis doctorales de Economía


EL CONOCIMIENTO TRADICIONAL Y LA PROPUESTA DE EDUCACIÓN Y CULTURA AMBIENTAL EN LA GESTIÓN EJIDAL ECOTURÍSTICA DEL PARQUE SAN NICOLÁS TOTOLAPAN, CIUDAD DE MÉXICO

Gloria Amparo Miranda Zambrano



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CAPÍTULO I. EL CONOCIMIENTO TRADICIONAL Y EL ECOTURISMO SUSTENTABLE EN LA ARENA Y DEBATE ACTUAL

I. El Conocimiento Tradicional y sus implicancias

El análisis sobre el Conocimiento Tradicional (CT) ha entrado en el presente milenio con una importancia sorprendente, producto del interés de investigadores, el Estado, académicos, organismos de la cooperación internacional, empresariado, productores y organizaciones de la población involucrada, entre otros, teniendo diferentes abordajes e intereses en aspectos como lo legal, lo ambiental, autorías, patentes, identidad, cultura, potencial económico, ecoturístico, de recuperación de las identidades, espiritualidad, y como expresión de fondo de la diversidad cultural. En este movimiento mundial destaca el interés por la importancia del tema, la alerta, la denuncia y la legislación a favor del exterminio del robo de los conocimientos de los pueblos originarios (biopiratería).

La revisión documental acerca del CT que vienen trabajando autores y analistas del mundo (de antes y ahora), y en particular los de México (cada uno con sus diferentes atingencias pero en la orientación de acreditar al CT como a continuación asumimos), además de instituciones y organizaciones de base y educativas de los pueblos aludidos, y de organismos oficiales como la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO), la Organización de las Naciones Unidas para la Ciencia, la Educación y la Cultura (Unesco), el Banco Mundial (BM), el Banco Interamericano de Desarrollo (BID) y la Organización Mundial del Comercio (OMC), dan cuenta de un debate agudo y versátil, además de complementario en la búsqueda de salidas al tema. Insólitamente diríamos al inicio del tercer milenio, cuando el mundo se esfuerza por expresar una “supra modernidad” articulada a un hiper capitalismo ¿Será una de la cartas fuertes y definitivas -acaso de las últimas-, para sustentar las posibilidades del desarrollo rural y más allá de él?

1.1. El Conocimiento: antecedentes y enfoques

El CT no es la panacea, pero tampoco inservible por arcaico, no obstante resaltamos sus manifestaciones en íntima simbiosis que lleva con las demás contribuciones cognoscentes. Pero, ¿dónde se inscribe el CT y cuál fue su proceso?, ¿qué entendemos por CT y cuáles son sus laberintos epistemológicos? Antes de ello, es importante explicar qué se entiende por conocimiento a la luz de cómo se estructura y construye, y así evidenciar las disquisiciones que presenta.

Es notoria la existencia de una corriente teórica -de antes y ahora- que viene evidenciando la existencia de diferentes maneras de abordar la construcción del conocimiento, además de la aún hegemónica racionalidad occidental. Por su parte, Lenkersdorf (1999) explica -a partir del estudio de las estructuras lingüísticas y sociales de la cultura maya/tojolobal- que los pueblos indígenas u originarios construyen sus conocimientos a partir de acciones bidireccionales (1999:57), y que “aquello que queremos conocer, abandona la condición de objeto para hacerse sujeto y en colaboración con nosotros se hace conocimiento” (1999:103). Tal afirmación tiene como base el distinguir que los tojolabales (como sucede también en la mayoría de los pueblos originarios), explican su realidad como un conjunto interrelacionado a partir de que todas las cosas y todas las personas tienen la calidad de sujetos, aunque de diferente clase (intersubjetividad). Similar orientación mantienen Geertz (1994) y Levi-Strauss (1988) en el tema, cuando enfatizan que el conocimiento local y pensamiento salvaje o mítico, respectivamente, tienen diferentes maneras de estructurarse y que ello reposa sobre la cosmovisión y cultura local, por lo cual la construcción del conocimiento en los individuos, pueblos y sociedades, no tienen una forma única o global de hacerse.

Este análisis cuestiona lo que en siglos occidente ‘hizo creer’ a la humanidad, respecto a la invalidez de otras formas de configuración del conocimiento que no sea aquella que interpreta que “todas las cosas y seres están separados y que dicho proceso se realiza por la acción del sujeto conocedor que somete al objeto a su acción de conocer; siendo un proceso unidireccional, donde el objeto por conocer es pasivo” (Lenkersdorf, 1999:124). Long (2007) lo señala cuando manifiesta que este proceso conlleva una carga de intereses de poder; aunque algunos autores como Levi-Strauss, Geertz (1994), Landázuri (2002) y Villoro (2004) enfaticen la diferencia con la racionalidad occidental y, sobre todo, el valor y las singularidades que encierran los diferentes procesos de construcción del conocimiento local o tradicional.

El estudio sobre la comprensión del conocimiento varía según la arista por la que cada quien la aborda. La referencia general indica que es un proceso de elaboración esencialmente humano cualquiera que sea la cultura a la que se pertenezca, que está constituido por “las maneras en que los individuos y grupos sociales clasifican, codifican, procesan y otorgan significado a sus experiencias. Es algo que todo individuo posee, aún si los fundamentos de la creencia y los procedimientos para establecer su validez varían” (Long, 2007:349). El aporte hasta ahí es diríamos conocido; sin embargo, el autor va más allá en su análisis cuando identifica que es en el “encuentro de horizontes” donde se construye el conocimiento, y que hay continuidades que surgen en los puntos de intersección entre los mundos de vida de los actores (2007:342). Asimismo, quienes producen los “procesos del conocimiento están encarnados en procesos sociales que implican aspectos de poder, autoridad y legitimación, y tan pueden reflejar y contribuir al conflicto entre grupos sociales, como llevar el establecimiento de percepciones e intereses comunes” (2007:338). Es decir, la reflexión alerta a tener en cuenta que las construcciones sociales del conocimiento tienen la posibilidad de evidenciar “encuentros y desencuentros”, como diría Lándázuri (2002), en la construcción del mismo.

Al respecto, es interesante cómo Landázuri (2002:151), con base en el análisis del conocimiento local que hacen Geertz (1994) y otros autores, concluye –y con ello alcanza una orientación más acabada al tema– que el conocimiento viene a re-configurarse y renovarse cada vez, desde la integralidad de la cultura y del sujeto, según tiempo y espacios determinados y que el mismo se

(…) manifiesta en experiencias cotidianas, hábitos y estructuras de pensamiento que ordenan la vida social. Esto nos remite a la historia, valores, creencias, deseos, sabiduría, formas de organización familiar, comunitaria y relaciones inter y extracomunitarias, elementos estos que conforman su universo de conocimientos, en constante diversificación, actualización y transformación… Son la huella que remite a su historia, a sus identidades a sus visiones del mundo, a los sentidos que se les confieren a una acción. Son también elementos subjetivos, como las percepciones, los valores, los afectos y las representaciones sociales que se asientan en el imaginario social.

Como vemos, a pesar de explicarse el conocimiento de los pueblos originarios como ‘profundo y completo’ desde sus contenidos, construcción y alcance (como lo sustenta la explicación que antecede y que más adelante retomamos), aún es poco valorado y distinguido en su justa dimensión. Lo reflejan las denominaciones y matices, muchas veces con carga peyorativa, subjetiva y comparativa cuando sostiene que es o está relacionado al conocimiento “popular”, “común”, “atrasado”, “vulgar”, “profano”, “campesino”, “acientífico”, “general”, “espontáneo”, “premoderno”, “marginal”, “decadente”, “ancestral”, “indígena”, “primitivo”, “vernáculo” y, “autóctono”. Lo cierto es que cada denominación encierra una mirada inscrita en determinado paradigma ideológico-político sobre las sociedades y sus culturas.

En el otro horizonte, están los estudios que identifican las contribuciones de los pueblos originarios como “saberes locales”, “conocimiento campesino”, “creencias”, “folklore”, “sabiduría popular”, “ciencia indígena”, “etnociencia”, “ciencias nativas”, “ciencia del pueblo”, “saberes subyugados”, “tradición indígena no occidental”, “conocimiento popular”, “ciencia del pueblo”, “ciencia emergente”, “macrosistemas”, “conocimiento salvaje o ciencia de lo concreto”, “conocimiento local” y, por supuesto, “conocimiento tradicional”. Puede entenderse que siempre ha estado y está presente, latente y manifiesto en el ámbito académico y fuera de él. Es decir, mientras más avanzaba la ciencia –y con ella sus grandes aciertos, límites y desaciertos-, más debate fue levantando en el camino de su oficialización. Había que justificarse y arraigarse en función a otro, que de alguna manera “no manifestaba impacto y trascendencia” como aquel que se erigía.

Leff (2006:5) hace una revisión del tema sosteniendo que “los saberes de las comunidades son parte de un conjunto mayor que se denomina “saberes locales”, “sabiduría popular”, “folklore”, o en formas más precisas , “ciencia indígena” (De Gortari, 1963), “macrosistemas” (López-Luján y López Austin, 1996), “ciencias nativas” (Cardona 1986), “conocimiento popular y ciencia del pueblo” (Fals Borda, 1981, 1987), “conocimiento campesino” (Toledo, 1994), y que a su vez son incluidos en dominios más amplios tales como “saberes subyugados”, “tradición científica no occidental” o “ciencia emergente”, además, según la literatura anglosajona denominado como: “traditional Know-ledge, non western knowledge o traditional ecological knowledge”.

El balance de las variopintas denominaciones nos lleva a concluir un panorama de riqueza y versatilidad de entradas que nos hablan por sí solas de complejas interpretaciones, muchas veces refiriéndose a lo mismo. Los estudios no reflejan mayor análisis sobre las distinciones propiamente dichas de tal o cual denominación, menos sus fundamentos. Lo cierto es que no vemos trascendental detenernos en el debate de denominaciones y terminologías con respecto a los sistemas de conocimientos de los pueblos originarios, lo importante es ponernos de acuerdo en el alcance y utilidad que pretendan procurársele.

Aquí, es importante admitir que adoptamos la denominación “conocimiento tradicional” (CT) en esta investigación por razones de “costumbre académica” y “seguimiento al discurso establecido e institucionalizado”, ya que está inscrito con esa denominación en la mayoría de los espacios y ámbitos (nacional e internacional, popular y académico, de facto y de jure). Dos aclaraciones: primero, enunciarlo “tradicional” no significa necesariamente hacer referencia a su antigüedad, sino a la forma en que es adquirido y utilizado, reconociendo que se re-elabora socialmente a través de la historia de los pueblos, por ello es que se vuelve “tradicional” (más adelante retomamos el tema cuando arribamos a la construcción de la definición que orienta el presente trabajo). Segundo, está demás advertir que tal adopción no significa que perdamos el norte de vinculación y compromiso censor sobre el tema.


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