TURyDES
Vol 5, Nº 12 (junio/junho 2012)

EL AGROTURISMO COMO ALTERNATIVA DE OCIO. ANÁLISIS DEL PERFIL DE AGROTURISTA EN EL PARC AGRARI DEL BAIX LLOBREGAT (CATALUÑA)

Noelia Araújo Vila (CV) y Valerià Paül Carril (CV)

 

1. INTRODUCCIÓN
Acabamos de entrar en el siglo XXI, siglo caracterizado por continuos, rápidos y profundos cambios, cambios que han afectado a las preferencias y tendencias del consumidor actual. El consumidor de hoy en día ha vivido una serie de descubrimientos, evoluciones y situaciones concentrados en un tan pequeño periodo de tiempo que han dado como resultado la aparición de un nuevo perfil, caracterizado principalmente por un mayor nivel de exigencia tanto a la hora de elegir y seleccionar los productos o servicios de consumo, como a la hora de exigir el disponer de tiempo para consumir y disfrutar dichos productos o servicios.
Dentro de los factores claves que han llevado a tal situación debemos destacar el aumento del tiempo libre, el cual ha dado pie a la búsqueda de actividades de recreación y esparcimiento que ocupen dicho tiempo, a la vez que contribuyan al desarrollo del propio individuo (Rivas, 2006:72). Entramos así en la llamada Sociedad del Ocio (Society Leisure), Sociedad Lúdica (Leisure Society), Civilización del Ocio (Civilisation of Leisure) o Edad del Ocio(Age of Leisure) (Veal, 2009:2). Independientemente de la nomenclatura utilizada, nos estamos refiriendo a una industria dentro de la que encontramos campos como la cultura, el deporte, la recreación y el turismo, convirtiéndose éste en uno de los sectores con mayor impacto en la sociedad española.
El ocio es entendido así como un fenómeno sociocultural vinculado al estilo de vida y modos de pensamiento, de ahí que según ha ido evolucionando la sociedad, dicho fenómeno lo haya hecho a la par. Llegamos así al momento actual, repleto de contradicciones, pero en el que se  evidencia la convivencia entre el trabajo y el tiempo de ocio. En la actual sociedad capitalista, aunque inicialmente el sistema de producción y trabajo buscaba la máxima productividad económica, a la par se ha ido desarrollando el Estado de Bienestar, consiguiendo que todo trabajador disfrute de un tiempo libre que pueda dedicar al consumismo o a la reflexión y praxis (Gomes y Elizalde, 2009).
Queda por tanto evidenciada la necesidad de un tiempo para el descanso y realización de actividades ajenas al trabajo y a la rutina habitual, de ahí que una persona que habitualmente viva y trabaje en la ciudad busque experiencias que le hagan desplazarse periódicamente hacia afuera en términos de escapismo, «de evasión hacia un mundo de fantasía, lejos de las frustraciones y de las vicisitudes de la vida social» (Tuan, 1998 [trad. 2003]: 48). Y es así, como el turismo emerge como parte de este mundo de escapismo, desconexión y autorrealización, apareciendo cada vez más variedades dentro del mismo que cumplan las expectativas y necesidades del ya citado «exigente consumidor actual».
Centrándonos en este actual consumidor, denominado a partir de ahora turista, (ya que el presente artículo se centrará en una concreta variedad del turismo), podemos caracterizarlo como aquél que  busca desmarcarse de la rutina, reclamando una oferta de calidad y diversificada. De ahí, que ante el intento de satisfacer a diferentes y emergentes segmentos del mercado, surjan nuevas tendencias, tendencias que paralelamente respeten una nueva preocupación y realidad social: la compatibilidad con el medio ambiente y con el medio social en el que se inserta. Por ello factores como la conservación del medio y la integración en el entorno se hacen notar y destacan ante la búsqueda de la competitividad. Es en este contexto en el que el agroturismo nace como elemento integrador del turismo rural, en un intento por parte del turista de búsqueda de nuevas experiencias y actividades que se alejen de su rutina y se inserten en un medio ajeno al suyo propio, el agrario.
Conforme al auge de esta tendencia turística, el agroturismo, el presente artículo parte de una contextualización del mismo como modalidad turística aplicable a un espacio agrario, -a través de revisión de literatura científica propia de esta actividad-, para justificar así su existencia y dar respuesta a las nuevas inquietudes del actual consumidor a través de una modalidad turística todavía confusa para algunos. A continuación, con el objetivo de conocer cuál es el perfil del consumidor de esta actividad, se describen y valoran diversos  rasgos del mismo mediante la explotación sistemática de una encuesta ad hoc elaborada por los autores del presente trabajo y realizada a turistas que han asistido a una actividad agroturística celebrada en el Parc Agrari del Baix Llobregat durante los primeros meses del año 2010.
 
2. AGROTURISMO
Al referirnos a un espacio agrario, el agroturismo emerge como la modalidad turística aparentemente más aplicable. Se trata de una relación lógica entre un tipo de espacio, el agrario, y su turismo esperable. No obstante, la asociación no es directa dado que agroturismo es una noción controvertida (Philip, Hunter y Blackstock, 2009; Myttenaere, 2007; Ollenburg, 2006; Roberts y Hall, 2001) que, como veremos, guarda más relación con la actividad de la empresa en la que se produce la práctica turística que no con un ámbito geográfico particular.
De entrada, es necesario dejar claro que agroturismo no es una noción equiparable a turismo rural u otras denominaciones concomitantes, aunque habitualmente tales términos se utilizan de modo intercambiable (Barbieri y Mshenga, 2008; Roberts y Hall., 2001; Wall, 2000). Es precisamente esta indiferencia a la hora de usar la terminología por parte de diversos autores la que origina un contexto de confusión (Philip et al., 2009: 1), el cual se traduce en un ambiente de incertidumbre para el turista que desconoce qué tipo de actividades o componentes de la oferta turística debe esperar. Por ello, en primer lugar se hace necesario establecer cierta diferenciación entre los distintos términos, a pesar de que ya de por sí el turismo rural es un tema complejo dependiente de muchos factores (Rodil, 2010: 49). En lo que respecta a las modalidades turísticas de un modo global, sí que existe una clasificación convencional en lo que a análisis del territorio se refiere, pudiendo hablar de cuatro modalidades: litoral, rural, natural y urbana (Vera, López, Marchena y Antón, 1997). Pero según nos aproximamos a la modalidad rural, la convencionalidad en cuanto a una clasificación se hace más difusa, siendo la más extendida aquella que habla de tres graduaciones: turismo en espacio rural (TER), turismo rural y agroturismo (Such y García, 2001).

En esta clarificadora tipología de conceptos que gráficamente se disponen mediante círculos concéntricos que engloban progresivamente más actividades turísticas, Such y García Carretero (2001) proponen que el turismo en espacio rural (TER) sea el concepto más elástico, determinado por la naturaleza del espacio en cuestión –rural–, sin distinción de actividades; turismo rural sería un concepto más reducido dentro del TER y se produciría cuando la actividad turística tuviese como objetivo reconocido el disfrute de lo rural; finalmente el concepto más limitado sería agroturismo, directamente vinculado a la presencia simultánea de turismo y agricultura en la misma unidad económica.
Agroturismo tiene un carácter restrictivo, aplicado a unas determinadas condiciones, mientras que muchos de los otros conceptos frecuentemente aludidos, caso del turismo rural, son mucho más amplios e integradores (Ivars, 2000). A pesar de que la línea que separa ambos términos es muy vaga, palabras como las de Sayadi y Calatraya (2001:133), clarifican el ámbito de cada uno, ya que «si se entiende el turismo rural como el conjunto de actividades recreativas realizadas en zonas rurales y basadas en elementos de la cultura rural, el agroturismo será una forma de turismo rural en la que los elementos estén vinculados, de alguna manera, con la explotación agraria».
Parte de la confusión hasta ahora reiterada, puede basarse precisamente en los orígenes de tal actividad, ya que el agroturismo en sus inicios venía vinculado a toda empresa de ocio situada en casas de labranza, vinculadas o no con la explotación (Rodil, 2010: 55). Mas posteriormente, las investigaciones atribuyeron una nueva acepción a dicho concepto, el reconocimiento de la propia casa de labranza y su entorno como parte de la oferta turística (Clarke, 1996: 611). Un cambio, que a priori podríamos considerar de nimia importancia, delimitó de modo más claro los conceptos de agroturismo y turismo en explotaciones agrícolas. Si el alojamiento es ajeno a la casa de labranza y a su entorno, el término utilizado será turismo en explotaciones agrarias, mientras que si dicha casa y su ambiente son incorporados como parte del producto ofertado, la nomenclatura adecuada es agroturismo (Clarke, 1996: 611).
Un modo de conocer cuál ha sido la evolución del concepto de agroturismo y lo que representa actualmente,  es estudiar las distintas definiciones que ha ido recibiendo a lo largo del tiempo (Tabla 1), siendo las pioneras o primeras conocidas, aquellas que aludían a tal término la realización de actividades turísticas en casas de labranza (D.A.R.T, 1974 y Hoyland, 1982). Ya en la década de 1980, se añade a la mera mención del ámbito (actividades turísticas en casas de labranza), la complementariedad entre las actividades primarias de la casa (las agropecuarias) y la oferta de actividades turísticas, aumentando así su actividad principal (Frater, 1983; Murphy, 1985; W.T.B., 1986). Entrada la década de 1990, el término evoluciona más allá, no siendo suficiente la fijación del ámbito y la explicación del carácter complementario que representa el turismo, sino que se especifica la contraprestación monetaria por el «disfrute de una vida cotidiana en el rural» (Pearce, 1990) y se hace hincapié en ciertas tareas de carácter comunicativo o promocional: esfuerzos por atraer visitantes y promover los productos del campo (Bowen, Cox y Fox, 1991:44; Hilchey, 1993: 10). Así, según el concepto va adquiriendo más matices, el producto agroturístico se va perfilando y aproximando al concepto actual, el cual se define como toda actividad de turismo y ocio vinculada a cualquier actividad agrícola, ganadera, pesquera y/o agropecuaria, con alojamiento en la propia casa de labranza y degustación de los productos explotados en la misma (Viñals, 1999: 13; Mesa, 2000: 562; Przezbórska, 2003: 206; Hernando y Marvin,  2003: 13).

En definitiva, para que se produzca agroturismo la actividad turística debe plantearse necesariamente en el seno de una explotación agraria. A partir de las completas revisiones bibliográficas de Phillip, Hunter y Blackstock (2009) y Rodil (2009), que sistematizan una plétora de contribuciones anteriores de referencia, podemos establecer tres descriptores que acotan mejor el alcance del agroturismo:

  • En lo que al agroturismo respecta, la actividad principal es la agricultura, por lo que el turismo no es más que un complemento que ayuda al sostenimiento del primero, de ningún modo llega a remplazarlo o sustituirlo.
  • El turismo como elemento complementario dentro del agroturismo, tiene por fin fomentar el contacto con la actividad agraria, haciéndose necesario por tanto un contacto directo entre turistas (o visitantes) y agricultores. Para ello los agricultores pueden enseñar las tareas que realizan y el modo en que las llevan a cabo, siendo el papel desempeñado por el turista no sólo la observación, sino también la interacción (alimentando animales o seleccionando y cosechando productos agrarios), culminando el proceso con el pago de los productos consumidos o llevados al abandonar la explotación (lo que en Francia se suele llamar cueillette à la ferme y en bibliografia anglosajona se denomina pick-your-own o u-pick; véanse Heimlich y Barnard, 1997 o Bryant y Johnston, 1992). Las actividades pueden ser incluso más intensas y alargadas en el tiempo, llegando a actividades de cultivo, u otras asociadas, que impliquen varias jornadas de trabajo. De este descriptor se deriva que el agroturismo debe ser alojamiento compartido, para que se dé interacción.
  • Además de la realización de actividades agropecuarias, se considera como actividad también propia del agroturismo, la degustación de productos cosechados o elaborados en la propia explotación (Pardellas, 2008). Estos productos pueden ser consumidos de modo inmediato o englobar la preparación de platos más o menos elaborados.

Más allá de esta sistematización, de entre toda la literatura generada sobre el agroturismo podemos destacar la contribución de Clarke (1996). En ella se proponen una serie de indicadores cuantitativos de referencia para distinguir lo que es agroturismo de lo que no lo es. De entre los criterios de Clarke (1996), se puede destacar que la agricultura debe suponer más del 75% de los ingresos de la explotación, de modo que estadísticamente se fija una vez más la necesidad de que el turismo sea una actividad secundaria.

3. MUESTRA Y METODOLOGÍA
Independientemente del sector que se esté estudiando, el punto de partida en lo que al consumo de uno u otro producto respecta, es la detección de una necesidad o carencia, ante la cual se consume un producto con el objeto de satisfacer los deseos y necesidades, actividades en las que están implicados procesos mentales y emocionales, así como acciones físicas (Wilkie, 1994); radicando la diferencia en el tipo de carencia o necesidad, en el bien o servicio a consumir para satisfacerla y en las actividades que se llevan a cabo para adquirirlo y consumirlo.
En el caso que nos ocupa, podemos identificar como carencia, la necesidad por practicar actividades propias del sector primario (agropecuarias), en un entorno agrario. Por ello, precisamente centramos este apartado del presente artículo, en intentar conocer ítems o características que definan a este consumidor, llegando así a elaborar un  perfil de consumidor agroturístico.
Antes de proceder a la valoración de los resultados de las encuestas explotadas, es necesario plantear la metodología utilizada, para poder así entender y valorar la magnitud y relevancia de los datos tratados, lo que supone exponer aspectos del diseño muestral y de la técnica de investigación elegida –en el presente estudio, el cuestionario. El punto de partida es fijar el objetivo principal, el cual en nuestro caso se resume en «conocer el perfil del consumidor agroturístico». Este objetivo primordial se puede dividir en cuatro objetivos secundarios, que no hacen más que en su conjunto definir el perfil que buscamos:

  • Conocer características básicas de este consumidor (edad, género y estudios).
  • Saber cuál es la ocupación de dicho consumidor, así como su vinculación con este sector.
  • Conocer en qué compañía se prefiere disfrutar de esta actividad.
  • Conocer la capacidad adquisitiva de este tipo de turista o consumidor.

Para la obtención de estos datos y elaboración de resultados, hemos optado por la recogida de datos primarios a través de la técnica cuantitativa del cuestionario durante el primer trimestre del año 2010. Dicho cuestionario ha sido realizado en el Parc Agrari del Baix Llobregat (Cataluña), ubicación elegida porque en él se oferta una actividad agroturística desde el año 2008: visita a sus campos, conocer cómo se realizan las cosechas de las verduras y productos típicos que se explotan en él –alcachofa, y cereza, entro otros- y opción a compra de los productos. La población objeto de estudio han sido todos los individuos mayores de 18 años susceptibles de realizar dicha ruta, para lo cual nos hemos centrado en un tamaño muestral de 470 individuos, -cifra representativa para un nivel de confianza del 95% y con un error absoluto del 4,51%-.
En dicho cuestionario se plantean una serie de preguntas que intentan dar respuesta, precisamente, a los cuatro objetivos ya detallados.

4. ANÁLISIS Y RESULTADOS
Una vez analizados los cuestionarios, empezaremos por matizar el primer objetivo, siendo el género mayoritario el femenino (68%), la edad más habitual entre los 55 y 64 años (32%), estrechamente seguida de la franja de edades 45-54 años (30,2%) (Figuras 2 y 3) y los estudios preferentes de este colectivo los estudios secundarios (25%), seguidos de una licenciatura universitaria (21%) y de la diplomatura (17%).

En lo que respecta a la ocupación de este turista, los datos reflejan que la mayoría pertenecen al funcionariado (25%), seguidos en una cifra similar (21%) de los jubilados. El resto de ocupaciones presentan una presencia mucho más baja, con porcentajes inferiores al 6% (Figura 5). Dentro de este segundo objetivo también nos planteamos si existe alguna vinculación entre el sector de la ocupación y esta actividad,  no obteniendo datos significativos, ya que el 52% afirma trabajar en ramas del sector turístico y el 41% no (el porcentaje restante se corresponde a quienes no han contestado esta pregunta), por lo que no podemos afirmar categóricamente una vinculación directa.

El tercer objetivo se centra en la compañía con la que se realizan este tipo de actividades, siendo la favorita los amigos (26%) o los propios grupos concertados por el parque (25%). En definitiva el asistir con varias personas, quedando la opción de ir solo o en pareja reducida a porcentajes del 8 y 18% respectivamente.

En último lugar, queda analizar la capacidad adquisitiva de este turista, arrojando los datos cifras que abarcan un amplio segmento de renta mensual, desde los 601 a los 3000 euros, ya que dos de los intervalos propuestos (601-1500 y 1501-3000), son las respuestas con mayor porcentaje obtenido, ambas en torno al 25 y 30% respectivamente. Se hace difícil así clasificar en términos monetarios a este turista, perteneciendo claramante a una clase media trabajadora, ya que los intervalos menos de 600 euros mensuales (probablemente estudiantes y jubilados) y más de 3000 euros mensuales han obtenido bajos porcentajes de respuesta (4 y 9% respectivamente).

5. CONCLUSIONES
Según se ha ido instaurando la sociedad del ocio y los individuos han mejorado sus condiciones laborales (con vacaciones reguladas y mayor tiempo libre), ciertos sectores y actividades han evolucionado y crecido de modo notable.
En la sociedad actual, las personas necesitan de un tiempo en que puedan olvidarse de su rutina diaria, en palabras de Tuan (1998 [trad. 2003]: 48), de un momento de escapismo, «de evasión hacia un mundo de fantasía, lejos de las frustraciones y de las vicisitudes de la vida social».
Es dentro de este anhelo de huída, donde el sector turístico emerge con fuerza, dando respuesta a los deseos y necesidades de desconexión y autorrealización. No debemos obviar también, que en las actuales sociedades, gran parte de los individuos se han desplazado a zonas urbanas para ejercer sus actividades profesionales, en las cuales han establecido sus residencias. De ahí, que como parte del ya citado escapismo, haya surgido con fuerza la búsqueda de experiencias y vivencias en un medio ajeno al habitual, es decir, la vuelta al medio rural y agrario. Podemos afirmar por tanto, que el turismo en espacios rurales (TER), y el agroturismo de modo más restrictivo, se han puesto de moda en pleno siglo XXI.
Las primeras definiciones de agroturismo datan del año 1971, calificando tal concepto como “cualquier tipo de empresa turística o de ocio en una casa de labranza” (D.A.R.T, 1974). Mas, casi cuatro décadas después, el concepto se ha hecho mucho más complejo, englobando las siguientes características:

  • La actividad principal es la agricultura, y el turismo un complemento.
  • El turismo como elemento complementario dentro del agroturismo, tiene por fin fomentar el contacto con la actividad agraria, haciéndose necesario por tanto un contacto directo entre turistas (o visitantes) y agricultores.
  • Tras la participación activa en las actividades agrarias, se culmina el proceso con el pago de los productos explotados.
  • Se considera como actividad también propia del agroturismo, la degustación de productos cosechados o elaborados en la propia explotación

Como vemos, el actual consumidor está dispuesto a pagar por destinar parte de su tiempo libre a actividades vinculadas con el medio agrario, volviendo a costumbres que en el medio urbano habían sido ya olvidadas y abandonadas. Nos preguntamos por tanto, ¿cómo es este consumidor agrario? o ¿qué características lo definen?
Para dar respuesta a estos dos interrogantes, se ha realizado un estudio empírico a los visitantes de una actividad agraria que lleva en funcionamiento desde el año 2008: ruta por el Parc Agrari del Baix Llobregat (Cataluña). Tras realizar un cuestionario a 470 individuos, se concluye que el perfil de visitante para este tipo de actividades es el siguiente:

  • Sexo femenino en su mayoría.
  • Edades comprendidas entre 45 y 64 años, es decir, edad madura.
  • Formación académica media-alta: estudios secundarios y universitarios.
  • Personas jubiladas o funcionariado en su mayoría, es decir, colectivos con determinado tiempo libre.
  • Visitas en grupo, ya sea con los propios amigos o por grupos concertados por el propio parque.
  • Poder adquisitivo medio-alto, entre 601 y 3000 euros, es decir, clase media trabajadora.

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