TURyDES
Vol 4, Nº 9 (febrero/fevereiro 2011)

HOSPITALIDAD: DE TABÚ A MERCANCÍA

Francisco Muñoz de Escalona

 

El enigmático chispazo

La datación del chispazo es algo que se me escapa, espero que tanto a mí como a cualquier otro que se disponga a hacerlo; aunque no descarto que la moderna investigación antropológica haya sido ya capaz de ofrecer pistas o incluso certezas, que yo, de momento, desconozco. Si así fuera agradecería encarecidamente que se me aporten los datos si existen. Entre tanto, me permito apuntar la posibilidad de que el enigmático chispazo, el que permitió a la nueva especie empezar a sustituir la hostilidad heredada y natural por la hospitalidad culturalmente establecida fuera, si no estrictamente sincrónico, si muy próximo al significativo paso de la endogamia a la exogamia. Barrunto, pues, que ambos procesos pudieron haber tenido lugar muy cercanos entre sí en el tiempo.

Es muy posible que la hostilidad entre pueblos empezara a suavizarse gracias al hallazgo de las ventajas del trueque de mujeres entre pueblos vecinos. Se ha dicho que la mujer fue el primer bien de intercambio entre los pueblos primitivos Las alianzas entre pueblos rivales puede que empezaran a sellarse en base a la renuncia de la coyunda con mujeres propias a favor de llevarla prioritariamente a cabo con mujeres de pueblos hasta ese momento rivales. Nosotros renunciamos a procrear con nuestras mujeres a favor vuestro si vosotros renunciáis a las vuestras en favor nuestro. He aquí la formulación de la elemental regla básica del primer trueque entre grupos humanos, gracias a la cual esos grupos lograron fundirse en grupos más amplios y más poderosos. El verdadero enigma de tan revolucionario hallazgo reside sobre todo en identificar las auténticas razones por las que se llegó a dar un paso tan imprevisible, un paso que fue, como digo, indiscutiblemente revolucionario en la historia de la humanidad, sin duda el primero que la nueva especie dio hacia la lenta pero inevitable globalización que, como hoy sabemos, le aguardaba miles de años más tarde. Un paso que no sabemos cómo y cuando se dio, es cierto, pero sí que se dio, sin la menor duda. Como también sabemos que, al cabo de los años, tal cambio se vistió con los siniestros ropajes del tabú, el de la prohibición absoluta de la endogamia milenariamente instalada en la nueva especie y con el que iba a consolidar el progresivo distanciamiento de sus orígenes, y de cuya conculcación se derivarían calamidades sin cuento, visibles o invisibles pero siempre ciertas y contundentes.

Me resulta, pues, harto verosímil que la hostilidad primera entre pueblos fuera dando lugar así, lenta pero inexorablemente, a la aparición de lo que hoy conocemos como hospitalidad, primero entre pueblos previamente unidos con lazos de consaguinidad y, mucho más tarde, entre pueblos aun no unidos por estos lazos pero a los que se tenía como candidatos a estar aliados en el futuro de la misma forma y de otras formas aun más evolucionadas. ¿Por qué razón o razones? Responder a la pregunta es lo que creo que aun seguimos ignorando, aunque es verosímil pensar que la respuesta puede estar relacionada con la innata aspiración a la supervivencia de unos colectivos que tenían cada vez con más miembros y con las cada vez más perentorias necesidades de la vida en un mundo presidido (o percibido como) por la escasez.

En todo caso, podemos admitir que la primitiva propensión a la violencia que genera la rivalidad entre pueblos vecinos por controlar los recursos escasos de un territorio fuera dulcificándose gracias a la aparición del tabú de la endogamia y del tabú que de él se derivó, el de la hospitalidad, conformando un complejo cultural al servicio de la creciente aspiración a resolver la rivalidad no con la fuerza sino con la alianza para la cooperación, la cual, andando el tiempo, pudo transformar las primitivas relaciones de trueque en otras más evolucionadas, las relaciones comerciales,, una vez fijados medios de pago de generalizada aceptación.

Iniciose así el largo y lento proceso de especialización productiva basado en el principio de las ventajas comparativas de los territorios. En el bien entendido de que tal principio solo empezó a aplicarse a los recursos tal y como se encontraban en la naturaleza, es decir, sin transformación industrial en otros diferentes. No hay que olvidar que el aumento de la riqueza desde tiempos muy remotos hasta no hace tanto se basó durante milenios casi exclusivamente en el comercio, no en lo que hoy llamamos industria. En el comercio y también en la guerra, claro, pero ahora no estamos poniendo el énfasis en la guerra, en la violencia u hostilidad, sino en la hospitalidad y en el comercio ya que la violencia, como ya hemos dicho, fue sustituida por la alianza y la cooperación de las que deriva la hospitalidad.

Junto al desarrollo de las relaciones comerciales es muy verosímil que se iniciara otro proceso igualmente largo y lento, el de los desplazamientos de personas o grupos de personas desde sus lugares de residencia permanente hasta los territorios ocupados por pueblos con los que existían acuerdos de intercambio y cooperación, desplazamientos de personas igualmente movidos, como el comercio, por el afán universal de poseer bienes y servicios aptos para la satisfacción de necesidades de aquellos que se carecía y podían encontrarse en territorios ajenos. Para entonces es obvio que se habría pasado ya mucho tiempo atrás del nomadismo primigenio, heredado por la nueva especie de las precedentes, al sedentarismo incipiente, en virtud de la primera revolución tecnológica, la revolución agraria, materializada por la progresiva sustitución de la recolección y la caza, como medio de obtención de recursos, por la agricultura y la ganadería, como forma más eficiente de aprovisionamiento de medios de vida.

Quiero decir que es altamente verosímil que tanto el moderno comercio exterior como lo que hoy llamamos turismo iniciaran su respectiva andadura en tiempos muy próximos y movidos por las mismas razones, razones que no cabe imaginar que fueran otras que la satisfacción de necesidades, dando lugar con ello, repito, al progresivo abandono de la rivalidad física y a su sustitución por la pacífica rivalidad que tiene lugar en el mercado, es decir, por el desplazamiento físico de los satisfactores por medio del transporte (comercio internacional) o por el desplazamiento igualmente físico de los mismos consumidores (turismo), instituciones que son gemelas en sus fines aunque diferentes en sus medios.

En definitiva, podemos entender que pudo ser así como la especie humana fue pasando de la barbarie heredada de las especies precedentes a la civilización que iba a caracterizarla. Dicho de otro modo: pasando de la hostilidad a la hospitalidad, dos términos que sorprendentemente participan de la misma raíz etimológica: host

El tabú…

En todos los idiomas de los pueblos de la antigüedad existen términos para referirse a la institución de la hospitalidad, algo que, insisto, refleja que esos pueblos habían conseguido ya alcanzar un avanzado estado de civilización, compatible según parece con normas que nosotros percibimos como harto primitivas en numerosos aspectos de la vida de aquellas sociedades. El albanés Ismail Kadare publicó en 1988 una obra titulada Esquilo (Siruela, Madrid, 2006 Trad. R. Sánchez Lizardo) que viene al hilo de estas reflexiones. Kadare ofrece en ella, en su comprensible afán por dar a conocer la desconocida cultura balcánica, referencias al Kanun, un código de normas consuetudinarias aplicado hasta hace poco por los pueblos de las altas montañas albanesas que no fue editado hasta 1933, lo que se hizo siguiendo el manuscrito del fraile Gjeçov. El Kanun me parece tan ilustrador como expresivo para dar a conocer la institución de la hospitalidad entre los pueblos de la alta antigüedad ya que adquirió el estatus de tabú, una norma de obligado cumplimiento social que a nosotros nos puede impactar fuertemente, tan alejada queda de nuestra actual escala de valores.

Según el art. 602 del citado código “la casa del albanés es de Dios y del amigo”, y según el art. 620, “si entrara el amigo en casa, aunque haya sangre de por medio, le dirás: ‘Sé bienvenido’”. El traductor explica que amigo, miau en albanés, equivale a huésped, y que por huésped se entiende cualquiera que reclama y/o es objeto de hospitalidad. El artículo 645 reza así: “A quien le sea afrentado el amigo todas las cosas le serán dadas con la mano izquierda y por debajo de la rodilla hasta que sea reparado el ultraje”. Un artículo posterior, el 649, sentencia nada menos que esto: “se perdona la afrenta al padre, al hermano y hasta a los primos sin descendencia, pero la afrenta inferida al amigo jamás se perdona”

Las normas reguladoras de la hospitalidad adquirieron un estatus muy próximo al tabú en los pueblos balcánicos. El Kanun albanés instituye la besa, una obligación con el huésped o amigo que es inviolable porque está protegida por el juramento y por el honor de los que en ella se ven involucrados, es decir, tanto por el anfitrión o prestador de hospitalidad como por el huésped o perceptor de la hospitalidad.

Es más: la hospitalidad en los pueblos balcánicos se regía por un estricto ritual, que, como otros muchos como los funerales y las nupcias, o los relativos a los de sangre, resulta extremadamente refinado y codificado hasta el exceso, aportilla Kadare. El incumplimiento del ritual que rige la hospitalidad adquiere, pues, el carácter de profanación punible. De acuerdo con los artículos 1189 y 1190 del Kanun, la pena se aplica a la casa en la que se cometió “ultraje al amigo”. Incluso la casa queda igualmente ultrajada lo cual lleva a arrancar sus cuatro piedras angulares desde los mismos cimientos. La deshonra de la casa lleva a que las gentes que viven en ella sean expulsadas del lugar con todos sus bienes y para siempre.

“Que la vulneración de la hospitalidad constituyó entre los albaneses, escribe Kadare, una auténtica fuente de los más trágicos dramas hasta cerca de la mitad del siglo XX es algo que puede comprobarse fácilmente con sólo hojear los periódicos de los años veinte y treinta. Los montañeses albaneses, para quienes la solicitud de alojamiento por una noche de un viajero ocasional adquiría el valor de una petición de ‘asilo político’, entraban con frecuencia en conflicto armado con quienquiera que amenazase o persiguiese al desconocido, incluso si se trataba de las fuerzas de orden público.”

Pero no las normas no se limitan a la casa sino que, sorprendentemente, se aplica incluso a los caminos. Así lo leemos en la obra de Kadare:

“Que en tales enfrentamientos intervinieran clanes, aldeas y hasta comarcas enteras, queda igualmente atestiguado decenas de veces. Pero una evidencia aun más convincente de la disposición de los albaneses a transformar las agresiones del código consuetudinario en vastos combates son ‘los caminos amparados en la besa’, esos dinosaurios de la red viaria, nunca vistos en parte alguna de este mundo. Como si no se conformaran con la inviolabilidad de la casa, en algunas comarcas de Albania caminos enteros eran declarados ‘amparados en la besa’ , es decir, absolutamente garantizados para cualquiera que transitara por ello (…) el viajero gozaba en dichos caminos de idéntico estatuto del que goza el amigo en el interior de los muros de la casa”

Lo cual implica que lo mismo que una casa en la que se incumpla la besa queda deshonrada también lo es el camino en la que se transgrede. Kadare añade:

“El hecho de que la besa transpusiera el umbral de la casa para extenderse hasta los espacios públicos evidencia la tendencia a la ampliación de las magnitudes de su vigencia. Si así fuera, solo un paso separaría la norma consuetudinaria de la guerra entre dos aldeas, dos comarcas e incluso dos pueblos en caso de que ‘el camino amparado por la besa’, se encontrara en la frontera exterior”

No podemos dejar de anotar que la misma elevación que estos pueblos hicieron de la hospitalidad hasta las mismas fronteras del tabú con el loable fin de proteger las relaciones entre pueblos vecinos desbordaba esos fines hasta el punto de impedirlos. En efecto, continúa Kadare:

“Una parte de las mortandades entre albaneses y eslavos, cantadas por las epopeyas de ambas partes, tiene orígenes consuetudinarios clásicos”

dándose con ello la peculiar paradoja de que una institución al servicio de las relaciones pacíficas entre pueblos podía derivar en violencia y guerra si no era respetada.

La explicación de tanta desmesura se encuentra en la elevación del amigo(recordemos, el huésped) a la categoría de semidios. De otra forma no es posible comprender la regulación de la hospitalidad entre los pueblos balcánicos. Para la arcaica mentalidad de estos pueblos, bastaba con que, cualquiera que fuese el visitante, conocido o desconocido, gritase:

“aceptas amigos, oh dueño de la casa”

para que pudiera franquear la casa porque desde ese momento no solo estaba obligado a hacerlo sino que de no hacerlo incurría en un acto condenable, como si hubiera cometido un crimen, como aclara el Kanun:

“El amigo no puede entrar en la casa sin anunciarse en el patio” (art. 603) “En cuanto se anuncia el amigo [en sentido antiguo, el visitante, sea quien sea], el dueño de la casa responde y le sale al encuentro” (art. 604) “Saluda al amigo, le toma el arma y le precede en la casa” (art. 605) “Si acudiera el amigo a tu casa, aunque hubiera sangre de por medio, le dirás: ¡Sé bienvenido!” (art. 620) (Ver I. Kadare, ob. cit.)

El amigo adquirió en estos pueblos un estatus de semidios, sin el que no se comprende la fuerza que llegó a adquirir la norma de la hospitalidad. Ha sido a la luz de tan pulcra investigación como Ismail Kadare despejó una incógnita muy singular, la verdadera causa que motivó la guerra de Troya, que no fue otra, tal es su convincente conclusión, tan rotunda como incuestionable, que la infracción del tabú de la besa por parte de Paris, hijo de Príamo, rey de Troya, en su condición de huésped del rey de Argos, Menelao, raptando a Helena, su esposa, y huyendo con ella a Troya.

Diez años después del rapto, una flota consorciada entre los diferentes reinos de Grecia zarpó en dirección a las costas del Asia Menor y después de diez años de asedio, la ciudad de Troya fue no solo vencida sino arrasada. Con ello, la grave infracción de Paris del tabú de la hospitalidad fue debidamente reparada. No fue,pues, el mero rapto de Helena como se había creído el detonante de la guerra más famosa de la historia, sino, como muy bien demuestra Kadare, la trasgresión del tabú con tanta fuerza coercitiva como el de la hospitalidad. Un tabú que bien podía recaía sobre la casa en sentido genérico sino sobre la misma casa reinante, es decir, sobre el monarca, como anfitrión o como huésped. Para entenderlo no debemos pasar por alto que hasta no hace tanto solo los nobles y los jefes guerreros eran los que se desplazaban desde su reino hasta el reino del anfitrión en el que adquirirían el estatus de huésped. Lo cual resalta un aspecto que conviene tener en cuenta: que la hospitalidad pudo ser durante muchísimos años una función asumida por el poder, es decir, que la hospitalidad era un deber del rey, un rey que como bien sabemos era también el jefe del ejército, algo que aun hoy sigue siendo así en ocasiones con lo que se pone de manifiesto que es una las numerosas instituciones supervivientes del pasado. De lo dicho se desprende que la hospitalidad se aplicaba por los poderosos y a favor de los poderosos dado que no es presumible que en la antigüedad fueran frecuentes los desplazamientos de la plebe como tal plebe.

La exposición de cómo el Kanun albanés ha estado regulando el derecho y el deber de la hospitalidad muestra de forma harto expresiva hasta qué niveles debió llegar esta institución social en la antigüedad. Y es a la luz de la evidente exacerbación que su implantación adquirió como podemos hacernos una idea aproximada de hasta qué punto fueron elevados los intereses sociales, políticos y económicos a cuyo servicio se puso.

Un paso intermedio: la caridad

El tiempo durante el que la hospitalidad tuvo el carácter de tabú no podemos estimarlo. No cabe desdeñar que fuera perdiendo ese estatus a medida que se fueron haciendo más frecuentes los desplazamientos tanto por los guerreros como por quienes se interesaron por investigar la vida y costumbres de pueblos desconocidos. Tales desplazamientos debieron ser harto dificultosos por la carencia de medios tanto de transporte como de hospitalidad. Copio de un excelente y documentado trabajo de reciente publicación La hospitalidad en la antigua Grecia (Ver la revista Homo Viator nº 1) cuyo autor es Félix Tomillo los siguientes párrafos (prescindo de los términos en griego que usa el autor, buen conocedor de ese idioma, para hacer más ligera la lectura):

El étimo capital de todo el léxico hospitalario griego y casi seguro el de mayor antigüedad es xenia. Este vocablo –junto al significado matriz de ‘hospitalidad’– posee los de ‘derecho a la hospitalidad’, ‘derecho del huésped’, ‘tratado o acuerdo de hospitalidad’, ‘mesa para el huésped’, ‘entretenimiento’, ‘acogida como invitado’, ‘relación de amistad’, ‘estatus o situación de extranjero’, ‘hospedaje’, ‘regalo al anfitrión’, ‘regalo al huésped’, ‘invitación a comer’ y otros de uso parco.

Pero, la palabra semánticamente más rica en contenido y más bella por sus hechuras es philoxenia, que de modo literal pregona ‘amor al extranjero, al extraño’, o sea, ‘hospitalidad’, la acepción dominante en el griego moderno Philoxenia se compone de philos/philia, ‘amigo/amor’ y de xenia.

El prof. Tomillo no se refiere a la hostilidad sino a la inhospitalidad, la ausencia de hospitalidad, equivalente de alguna forma a la hostilidad, y agrega:

(…) nosotros, con el objetivo de destacar lo abominable que es la inhospitalidad, recurrimos a una voz y un concepto más fuerte, muy reciente y, por tanto, inexistente en aquel entonces, hoy casi universalizado y comprendido por la inmensa mayoría de la humanidad, dado que se asocia fácilmente con la inhospitalidad: xenophobia, que se compone de xenos, ‘huésped’ y phobos, ‘miedo’, ‘odio’. Xenophobia indica, pues, miedo u odio al huésped, al foráneo, se trate de un emigrante, o se trate de un turista o excursionista. Y tiene naturaleza española desde hace unas décadas.

Pero sigamos con el proceso evolutivo que siguió el valor de la hospitalidad hacia su conversión en una mercancía. Para ello vuelvo al profesor Tomillo, el cual, en el trabajo antes citado, aporta interesantes matices de la voz hospitalidad, desarrollando sus derivados hasta desvelar aspectos inusitados para nosotros:

El anfitrión es xenos/xeinos/xenios, ‘huésped’ en el sesgo de huésped-hospedador. En Griego Clásico no existe anfitrión como sustantivo común, sí como nombre propio: ‘Anfitrión’; este personaje era rey de Tebas, espléndido en sus banquetes (DRAE 22.ª ed.) y tuvo a Zeus por huésped; Zeus se acostó, en la casa de Anfitrión con Alcmena, la esposa de este. ¿Cómo ha devenido en nombre común? En español, hace poco más de un siglo. La respuesta pudiera radicar en que anfitrión representa la liberalidad o generosidad en un acto emblemático de la hospitalidad como es el banquete, pero asimismo en que encarna la imagen del que recibe a un visitante y, de conformidad con una inveterada tradición, su consorte, su hija u otra mujer de su familia o de su casa mantiene una relación sexual con el invitado.

El huésped, como el anfitrión, igualmente es nombrado ‘huesped’, eso sí, en un sesgo distinto, el de ‘huésped-hospedado’. Nosotros formamos esta palabra compuesta, como la anterior de huesped-hospedador, uniendo mediante el guión el elemento genérico y el elemento específico, a fin de evitar equívocos.

¿Por qué la misma voz designa al sujeto agente y al sujeto paciente de la hospitalidad? Dicho por un profano, las inversiones semánticas son cosas de la lengua; dicho por una profesora experta «hoy en día la polisemia sigue siendo un reto para la lingüística» (Ibarretxe-Antuñano, 2003). Pero, xenos/xeinos/xenios tiene, además, más significados, todos estrechamente relacionados entre sí y que han ido labrándose al compás de las circunstancias históricas. A mayor abundamiento, ni anfitrión, ni huésped son los primeros significados de su grafía o significante. En nuestra opinión, la mutación habida a lo largo de un proceso cronológico y acumulativo se resume grosso modo así: 1ª Enemigo. 2ª Extranjero, pagano (infiel, idólatra). 3ª Forastero-extraño. 4ª Forastero-próximo, con el que se comparte algún signo de identidad. 5ª Huésped-hospedado. 6ª Huésped-hospedador o anfitrión. Esta transformación se ha experimentado en varias lenguas, pero no en todas, lo cual es una lástima.

El prof. Tomillo redondea sus atinadas reflexiones con las que siguen:

Como no hay hospitalidad sin viajero, también conviene registrar los términos que hemos recopilado durante nuestra pesquisa en su condición de los más traídos. Una palabra talismán es theõros, que, además de ‘espectador’, ‘emisario’ e ‘inspector’, se traduce por ‘viajero’, abarcando tanto ‘el que va para ver’, como ‘el que cuenta lo que ha visto’; esto se evidencia en Las Leyes, 950d, de Platón. La nomenclatura es alargada. Pero ‘viajero’, ‘pasajero de una nave’ y ‘viajero a caballo’, y ‘peregrino’, son de las más corrientes.

Así que, en efecto, la hospitalidad se convirtió en la cualidad de acoger y agasajar con amabilidad y generosidad a los invitados e incluso a los extraños. Hospitalidad, como ya nos ha explicado el prof. Tomillo viene del griego fi‧lo‧xe‧ní‧a, que significa literalmente “amor (afecto o bondad) a los extraños”. En latín hospitare, significa "recibir como invitado". Existen otras palabras estrechamente relacionadas con hospitalidad, como hospital, hospicio y hostal, en las que el significado lude a un anfitrión que da la bienvenida y responde a las necesidades de las personas que, temporalmente ausentes de sus hogares, necesitan que alguien le ofrezca hospitalidad. La frase "recibir como invitado" obliga al anfitrión a cumplir los requerimientos básicos de su huésped, es decir, alimentación, bebidas y cobijo frente a las inclemencias.

En este repaso histórico por la etimología trufada de historia de los pueblos de la antigüedad no puede faltar una referencia a la aparición de una doctrina como la cristiana cuya esencia radica en la institución de la caridad, un mandato ciertamente desconocido hasta entonces. Un mandato nuevo os doy, dijo el Cristo a sus discípulos, que os améis los unos a los otros. Es posible que para entonces el ancestral tabú de la hospitalidad hubiera perdido su fuerza y el nuevo maestro lo sustituyó por un mandamiento encarnado en lo que los cristianos llaman obras de misericordia, entre las que destacaré las tres siguientes: dar posada al peregrino, dar de comer al hambriento y dar de beber al sediento.

Todo ello sin olvidar que en el pasado los reyes siguieron siendo los que con más frecuencia se desplazaban acompañados de un nutrido séquito y más necesidades tenían por ello de hacer uso de la hospitalidad de sus súbditos, los cuales se veían constreñidos a practicarla de grado o por la fuerza y siempre de modo gratuito.

La mercancía

Con el tiempo se asiste a la costumbre de ir más allá y hacer al huésped objeto de otras atenciones como las de entretenimiento o incluso información sobre diferentes aspectos del lugar, aspectos estos que si bien iniciaron su andadura junto con los más básicos y tradicionales pronto se desgajaron hasta ser objeto de una función diferente aunque andando el tiempo volvieron a ser integrados con ellos.

Hoy es obvio que la hospitalidad se ha transformado en una mercancía plena. Eso no quiere decir que no queden especialistas que sigan predicando que la hospitalidad, entendida como valor, es uno de los elementos que una ciudad o un país debe cultivar si quiere tener el beneficio de recibir crecientes flujos de visitantes, mejor dicho, de los beneficios que les reportan sus compras de bienes y servicios. Hoy la hospitalidad es desde hace cientos de años una verdadera mercancía que, como todas las demás, se obtiene con otras mercancías, o, dicho de un modo menos rudo: la hospitalidad es un servicio altamente especializado prestado en un establecimiento comercial específico con espíritu de lucro. En efecto: Si la palabra hospitalidad se refiere al acto de proporcionar alimentos, bebidas y alojamiento a los viajeros, es obvio que la industria de la hospitalidad está formada por un conjunto de empresas que hacen lo mismo aunque con diferentes niveles de calidad y precio. Esto nos lleva a establecer dos distinciones importantes entre las empresas que prestan servicios de hospitalidad, las dedicadas a prestar servicios de:

1. Bebidas y alimentos listos para ser consumidos

2. Alojamiento o pernoctación

aunque la distinción entre ellas no empece para que en la práctica se presenten empresas que prestan los dos tipos de servicios junto a otros muchos entre los que caben citar los de entretenimiento, animación, fiestas, bailes, sorteos, piletas para practicar el deporte de la natación, pistas de tenis, conciertos, etc. etc.

Coda 1

La doctrina convencional del turismo concede a los servicios de hospitalidad una atención prioritaria. Si los clásicos pudieron decir que el turismo es la industria que está del lado del hombre (In Mittel der Man) se debe a que tal centro lo ocupan los hoteles. Comparada con la atención que dedican a los hoteles los turisperitos la que conceden a otra de las industrias al servicio de los viajes, los medios de transporte, es insignificante. Esto es algo que no se entiende porque es obvio que tanto los hoteles como los medios de transporte son concebidos por la misma doctrina como esenciales para el negocio ya que sin ellos los desplazamientos nunca habrían llegado a ser tan masivos como empezaron a ser a partir de mediados del siglo XVIII. Creo que la única razón que podría justificar el lugar central que los hoteles ocupan en la doctrina convencional del turismo está en que los medios de transporte cuentan con una comunidad de expertos de un reconocido prestigio. En definitiva, la industria hotelera queda en manos de los turisperitos y la de transporte en manos de los especialistas correspondientes.

Será por ello que los servicios de hospitalidad y las cuestiones relacionadas con las industrias hostelera y hotelera que se encargan de prestarlos han quedado reservados a los expertos en turismo, con lo que, a la postre, se ha llegado a confundir en la práctica y en la teoría la hospitalidad con el turismo cuando es evidente que ello comporta una metonimia manifiesta habida cuenta de que los servicios de hospitalidad son un input del turismo y no el más esencial. Fue un griego, Dimitris Stavrakis, el primer estudioso que en los años setenta puso de manifiesto esta gran verdad: que la demanda de servicios de hospitalidad es una demanda derivada de la demanda de aquellos bienes o servicios que motivó al consumidor a desplazarse al lugar en el que se ofrecen. Es decir: a consumir turismo.

Coda 2

Para muchos tratadistas hablar de hospitalidad es hablar de turismo aunque para quien esto escribe son dos realidades diferentes aunque relacionadas que conviene no confundir si queremos llamar a cada cosa por su nombre. La hospitalidad es una institución que pudo aparecer bastante más tarde que el turismo entendido como la planificación y ejecución de desplazamientos circulares de individuos o grupos de individuos. Como ya se ha dicho, tanto el comercio de bienes entre grupos diferentes como el turismo son dos instituciones sociales de las que se dotaron los pueblos de la antigüedad con idéntica finalidad: la satisfacción de necesidades con satisfactores no disponibles en el territorio ocupado sino en territorios ajenos. Repetiré que ambas son instituciones nacidas al socaire de la progresiva sustitución de la hostilidad por la hospitalidad, es decir, de la violencia por la amistad, de la barbarie animal por la cooperación social y cultural entre grupos autónomos y competitivos. El comercio y el turismo fueron posibles gracias a la sublimación de la rivalidad hacia formas alejadas de la animalidad y cada vez más próximas a la humanidad.

Lo cual no quiere decir que la rivalidad de la fuerza propia de las primeras etapas de la evolución humana quedara absolutamente superada, algo que se impone por su propio peso aun en nuestros días, dos millones y medio de años después.

Volvamos a lo que pudo ser la primera etapa de la hospitalidad a la que ya hemos aludido, la que el Kanun llama la besa, un estadio en el que tenía connotaciones de tabú. Ismail Kadare ha logrado demostrar que la guerra de Troya se explica por la transgresión de ese tabú. Acudo una vez más a las aportaciones de Kadaré, ahora a la conferencia que pronunció en el Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona (CCCB) el 16 de septiembre de 2004 en el marco de Kosmopolis, la Fiesta Internacional de la Literatura.

En dicha conferencia, cuyo texto fue publicado conjuntamente por Katz Editores y CCCB (Madrid y Barcelona, 2010) cuyo título es La cólera de Aquiles, Kadare sostiene que de

de todas las guerras que ha librado hasta hoy la humanidad, y ello para su vergüenza, ya que no han sido pocas sino alrededor de 14.500, todas esas guerras tomadas en conjunto no han generado tanta literatura como ha producido una sola de ellas: la guerra de Troya.

(…)

Por sus dimensiones, por los ejércitos que se enfrentaron en ella, por las armas, los ataques y los contraataques, por los horrores, los cadáveres y las matanzas, la guerra de Troya, comparada con las atrocidades militares que ha experimentado más tarde la humanidad, no es más que un juego de niños”

Kadare continúa las interesantes reflexiones que esta comparación le sugieren pero nosotros las dejamos aquí porque nos proponemos hacer unas reflexiones muy distintas a las suyas. Como es sabido, en nuestro afán por identificar objetivamente el turismo al margen de quien lo consume y de sus motivaciones, proponemos llamar turismo o producto turístico solo y exclusivamente a los planes de desplazamiento circular. Pues bien. Recordaremos que más arriba hemos dicho que los griegos tardaron nada menos que diez años en planificar la guerra, los mismos que se consumieron en su ejecución. Pero, así como la ejecución de la guerra contó durante más de quinientos años con rapsodas que narraron oralmente los hechos hasta que Homero los narró por escrito en la Iliada, nadie que sepamos se tomó la molestia de narrar ni oralmente ni por escrito las actividades que se realizaro9n durante los diez años de preparación del plan.

Como expuse en mi Autopsia del turismo tomo I, El vencimiento de la distancia, (www.eumed.net Libros gratis de economía) la falta de atención que los escritores de todos los tiempos han dedicado a la elaboración de los planes de desplazamiento circular que se han realizado desde la antigüedad hasta nuestros días nos viene impidiendo investigar las fases por las que ha debido pasar esta actividad productiva no por sistemáticamente olvidada menos real y presente en todas las épocas y países. Repetiré que la tecnología del turismo así entendido empezó a desarrollarse con motivo de las expediciones bélicas. Y el plan de la que se organizó por los griegos de hace del orden de 3000 años para castigar a quien transgredió el tabú de la hospitalidad en el reino de Argos es una de las más destacadas tanto por su extrema antigüedad como porque consumió nada menos que diez años en estar listo para ser ejecutado.

No es difícil señalar que quienes elaboraron el plan de la expedición marítima desde las costas griegas a las costas del Asia Menor contaron con embarcaciones de vela y remos como medio de transporte. Lo que no sabemos es cómo se pertrecharon de viandas (viáticos) para hacer la travesía pero es fácil adivinar que entre ellas habría vasijas de aceite y vino así como olivas en conserva y que gran parte de la dieta estuviera abastecida por peces recién pescados. Siguiendo con conjeturas tan fáciles como las anteriores cabe suponer que las fuerzas griegas usaban las mismas embarcaciones como medio de alojamiento para los jefes mientras que las tropas acamparían en precarios cobijos en tierra hechos con telas y ramas de árboles.

En definitiva, es ciertamente paradójico que la guerra de Troya, un hecho sumamente violento, se produjera como castigo por la transgresión del tabú de la hospitalidad, una institución cuya existencia se debe precisamente a la superación de la hostilidad heredada de la especie animal de la que procede la especie humana.

Hoy sigue habiendo guerras, es cierto, pero la evolución de la hospitalidad hasta la etapa de mercancía, después de haber pasado por la etapa de tabú y por la etapa de caridad tiene a su favor el hecho de que precisamente por ser una mercancía es un servicio que se recibe a cambio de un precio de mercado. Es obviamente una etapa carente de la poética heroica de las dos etapas previas pero tiene la ventaja de que la transgresión por ambas partes no conduce más que a una denuncia por falta de pago o por falta de las prestaciones exigidas pero nunca a una declaración de guerra o a la comisión de un pecado.



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