TURyDES
Vol 2, Nº 6 (noviembre/novembro 2009)

POSTALES

Luis Alberto Salvarezza (CV)

 

POMAIRE: “ESA PALOMA DE GREDA”

Desde Santiago de Chile Íbamos hacia Isla Negra. Íbamos hacia el encuentro de una de las casas y la última y definitiva tumba de Pablo Neruda. Íbamos a ver ese cúmulo de agua que por su inmensidad se amontonó frente a una de las ventanas de esa maravillosa casa. Pero a 50 km. nos sorprendió Pomaire, nos “amaneció” como dice Neruda, que allí se embarró muchas veces.

Pomaire es símbolo de la alfarería chilena, por eso en “Canto General es “…las infinitas formas del barro”, “luz de vasijas”, “de sueños escondidos, cerámica, paloma indestructible”.

Pomaire, “cueva de salteadores” en quechua, nombra el apellido de un curaca que habita hacia 1482 en ese lugar; insisto, Pomaire es sinónimo de una excelente alfarería y de una muy buena cocina. Y hace de sus calles una vidriera, una feria, una mesa tendida, una pincelada entre el cerro de la Cruz y el de la Cantera, una postal.

Pomaire (1771), con una heredad indígena (Bato, Llolleo y Aconcagua) y un pasado campesino y viñatero muy cercano, es una pequeña, colorida y modesta población con construcciones de adobe; de aproximadamente 10.000 habitantes, que por sus ricas minas de greda se hacen alfareros. Y nos asombra ver en casi todos los patios humear los hornos, dilatados de sueños o escuchar cantar a una alfarera que lleva en sus brazos a una niña, la “Canción de cuna pomairina” de Juan Florit, otro poeta chileno, “Duérmase, m’hijita./ Locera serás./ Mi canción de greda,/ te adormece en paz”.

Y la greda se hace miniaturas, pailas, ollas, vasijas, fuentes, maceteros e innumerables objetos utilitarios o decorativos de fuerte tonalidad rojiza unas veces y casi negra otras, lisa o esgrafiada, bruñida, pigmentada o esmaltada. Esa cerámica que dice de Claudio Chávez, Manuel González Barrera, María Teresa Vásquez, Elsa y Teresa Jiménez, por nombrar algunos de los ceramistas con los que conversamos y prestigian tanta tradición y esperanzas.

Al mediodía las humaredas decían de otros hornos y la oferta también fue muy atractiva porque son numerosos los restaurantes ("El Parrón", “San Francisco”, “San Antonio”…), donde se pueden saborear algunos de los platos típicos de la cocina chilena, como son el pastel de choclo, la empanada (entre otras, la "Pomairina", de gran tamaño y exquisito sabor/ ingresada en 1995 al libro de los récord), especialidades en carnes de cerdo, cazuelas de ave y chicha de uva para beber, leche asada, mote con huesillos y los famosos dulces de curacaví, como lo hacen, entre otros, en “Los Naranjos”, donde entre aves sueltas, piso de tierra y mesas ornamentadas con hermosas cerámicas y frutos de la región, música folklórica y andina, disfrutamos de tradiciones, buen gusto y mucha cordialidad.

Eran las 17,30 y el viento se hacía escuchar aunque parecía que los “chanchitos” que habíamos adquirido, tan de Pomaire, gruñían…, y lo hacían porque nos estábamos yendo.

TREN DEL VINO – VALLE DE COLCHAGUA – CHILE

Estábamos en las tierras de Pablo Neruda por eso se dijo: “Que el cántaro de vino/ al beso del amor sume su beso”.

Santiago nos anticipaba una extraña embriaguez: la del alma. A las 8,30 el ómnibus nos pasó a buscar por el hotel. Y después de recorrer 140 km. y dos horas de viaje llegamos a San Fernando donde abordaríamos el pintoresco a la vez que refinado Tren del Vino, una locomotora a vapor de origen inglés del año 1913, con tres vagones de 76 pasajeros cada uno y un coche-comedor para 40 comensales, de origen alemán, marca Linke Hoffman.

Desde San Fernando hasta Santa Cruz, por el Valle de Colchagua (originalmente colchahuala, lugar donde anida la Huala, el ave sagrada) y por un espacio de 90 minutos, viajamos en el tren degustando vinos (de las bodegas de Santa Cruz, Viu Manent, VOE, MontGras, Bisquertt, Estampa, Siegel, Los Vascos, Casa Silva, Cono Sur, Luis Felipe Edward y Emiliana) y comiendo frutas de la región, a la vez que admirando y fotografiando un paisaje que también se desgranaba como un racimo.

La Ruta del vino del Valle de Colchagua fue creada en 1996 pero recuerda a los misioneros jesuitas que introdujeron las vides en este valle que hoy es el más prestigioso de Chile y que en el 2005 se lo calificó como el “mejor del mundo”. Delimitado al norte con la provincia de Cachapoal, al oeste con el Océano Pacífico, al este con la Cordillera de Los Andes y al sur con la provincia de Curicó, genera un microclima cuyo equilibrio entre la brisa marina del océano y los vientos de la cordillera hacen de la vid y su maduración el regocijo de BACO y sus amantes. En Santa Cruz llegamos a la Estación Paniahue (reconstruida en 1962 y actualmente Monumento Nacional) donde un grupo de baile juvenil al “pie de la cueca” y los trajes típicos de la zona Huasa (huaso: hombre de campo chileno) nos dio la bienvenida. Minutos después visitaríamos una viña ecológica y almorzaríamos disfrutando de comida típica e innumerables variedades de vinos. Luego recorrimos el Museo de Colchagua, varias tiendas y una feria, y “el vino color de día, / (fue) vino color de noche,/ vino con pies de púrpura/ o sangre de topacio”, fue regreso. Y ese día fue “como una viña/ que atesora la luz y la reparte/ transformada, insisto, en racimo”

CEMENTERIO GENERAL DE CHILE

Delio Panizza manifestó que para conocer verdaderamente una ciudad se debía recorrer su cementerio; y esa primera y soleada mañana de la Semana Santa de 2008, estando en Santiago de Chile, fuimos a visitar el Cementerio General que recomendamos porque es una síntesis de la historia de Chile, de la arquitectura y del arte y de las pretensiones de muchos de los hombres de esa sociedad aún después de la muerte.

Inaugurado por Bernardo O’Higgins el 9 de diciembre de 1821 consta de 86 hectáreas y desde los primeros enterramientos (María Durán, María de los Santos García, Juan Muñoz y Ventura Fariña), a la fecha, contiene los restos de alrededor de dos millones de difuntos. Recién en 1854 los protestantes lograron la cesión de un sitio al costado poniente del panteón General y el 28 de noviembre de 1855 fue sepultada la primera persona en este sitio, el hijo del inglés Juan Buchanan. Este lugar fue llamado Patio de los Disidentes y allí están enterradas alrededor de tres mil personas predominantemente protestantes, aunque también hay judíos, masones y aquellos que la iglesia oficial nombra "excomulgados del cielo y de la tierra". Recién el 2 de agosto de 1883, cuando el presidente Domingo Santa María promulgó la ley de cementerio laico, desaparece esta división. Se encuentran, entre millones, 31 presidentes, entre otros, Salvador Allende (1908-1973) y Arturo Alessandri (1868-1950), los escritores Gabriela Mistral (1889-1957), Braulio Arenas (1913-1988), María Luisa Bombal (1910-1980), Daniel de la Vega (1892-1971) y Manuel Magallanes Moure (1878-1924), la cantante popular Violeta Parra (1917-1967) que aunque parezca paradójico recordar escribió: “Gracias a la vida que me ha dado tanto./ Me ha dado la risa y me ha dado el llanto./ Así yo distingo dicha de quebranto,/ los dos materiales que forman mi canto,/ y el canto de ustedes que es el mismo canto/ y el canto de todos, que es mi propio canto.”, Gato Alquinta (1945-2003), Chito Faro (1915-1986), autor de la canción "Si vas para Chile" y el folclorista Víctor Jara (1932-1973), quien fue torturado y asesinado por los militares tras el golpe del 11 de septiembre de 1973.

Sorprende la arquitectura gótica, egipcia, morisca, art noveau y ecléctica, entre jardines, arboledas y fuentes. Por eso es necesario nombrar a algunos de los grandes realizadores: Tebaldo Brugnoni, J. Ceppi, Carlos Corsi, Manuel Aldunate, Teodoro Burchard, entre muchísimos más.

Maravilla la escultura y decirla es comenzar citando la ejecutada en bronce del francés Albert Ernest Carrier Belleuse (1824-1887) en la Plaza La Paz frente a la Cúpula del cementerio; ya en el interior nos sorprenderán las obras del Tótila Albert (1892-1967), Virginio Arias (1855-1941), José Miguel Blanco (1839-1897) José Carocca Laflor (1897-1966), Marta Colvin Andrade (1905-1995), Guillermo Córdoba Maza (1869-1936), Rafael Correa Muñoz (1872-1859), Mario Irarrázabal Covarrubias (1940), Eugenio Maccagnani (1852-1930), Rebecca Matte Bello (1875-1929), Blanca Merino (1893-1973) Jose Perotti (1898-1956), Rafael Peyre (1872-1949), Nicanor Plaza (1844-1917), Samuel Román Rojas (1907-1990), entre muchísimos más.

Para finalizar agregamos que el Cementerio General sabe de innumerables leyendas, también de la frialdad del mármol, pero transformada en ángel, en alada clepsidra, encendida tea, florecida guirnalda, una lágrima u otro fuego o la luz casi arcoiris que emanan los maravillosos vitreaux de Garriot y Zettler.

Pablo, en el lugar que vos lloraste, también quedó una lágrima.

SAN CARLOS: la Iglesia y el Molino.

Por Ruta 39, a 15 km. de Maldonado y a 140 de Montevideo, a la vera de la confluencia de los arroyos San Carlos y Maldonado, se extiende plácida y sin sobresaltos la histórica ciudad de San Carlos cuya denominación homenajea al Rey de España Carlos III de Borbón. Nos habían hablado de su Feria, del Museo Regional Carolino –inaugurado el 18 de junio de 1976 en una construcción de fines de Siglo XVIII-, de su Iglesia, su Molino y algunas propiedades arquitectónicamente muy interesantes - como la Galería “Machango” que nombra una antigua herrería fundada en 1849-, y el Zoológico Parque Medina que ocupa una superficie de 145 has. en la que conviven más de 500 ejemplares de 48 especies; sin embargo fue este 18 de enero la primera vez que desde Punta del Este decidimos ir a recorrerla. Fundada en 1763 por el General y Gobernador español, Don Pedro de Cevallos, en su campaña de colonización en el continente americano, hoy cuenta con aproximadamente 25.000 habitantes.

Frente a la Plaza "Gral. José Gervasio Artigas" se encuentra la Iglesia que el 29 de julio de 1800 se coloca bajo la advocación de San Carlos Borromeo y se inaugura el 1 de enero de 1801 y en 1963 es declarada Monumento Histórico Nacional. De estilo romano recuerda a la Iglesia Santa María del Siglo IX, su planta es una cruz latina, la altura hasta la cruz es de 25 metros, el largo interior de la nave de 31 m. y 7,20 de ancho. Asombra que debajo de los festones del cornisón se encuentran jarras de loza blanca con dibujos floreados y un filete azul e innumerables platos de porcelana inglesa que fueron colocados después de haberse utilizados el día de la consagración en 1801. Detrás de la iglesia hay un cementerio cuyos textos de las lápidas fueron extraídos de los antiguos libros de defunciones: “María – 31.3.1830 – Morena esclava del Cnel. Leonardo Olivera” / “Luis Chaparro -28.01.1783 – Indio pobre, nat. del Pueblo Ytatí en Paraguay” / “Juan Silveyra – 28.6.1813 – pobre de solemnidad – Entierro y honras fúnebres gratis”.

Luego nos trasladamos al Molino Lavagna, que hoy pese a estar en ruinas, es testimonio patrimonial de la pujante industria harinera uruguaya que a principios de Siglo XX, precisamente hacia 1918 contaba con ciento once molinos de similares características y ocho (8) tahonas; este molino que se caracterizaba por el uso de energía hidráulica generada por una represa y un canal artificial fue construido en el año 1884 a orillas del Arroyo Maldonado por el italiano Ignacio Lavagna (1842-1928); durante cuarenta y cuatro años sumó su accionar porque hacia 1928 fue devastado por un incendio. Debiendo Carlos Lavagna, uno de sus hijos, reconstruirlo; el que lo hace utilizando maquinarias de origen alemán. Pero hacia 1931 con su muerte también dejará de latir este molino. Pese a esto el 20 de enero de 2005 por resolución de la Presidencia de la República, fue declarado monumento histórico nacional como el Molino de Galgo, Molino Lagartera, Molino Caviglia, Molino de Raffo, Molino de Falco, Molino de Bosch, Molino Fossemale y Molino Viejo, entre otros.

De regreso coincidimos que además de histórica, atractiva y tranquila también es muy interesante su oferta gastronómica y comercial y nos encantó haberla conocido.

“PUNTA Y OTRAS PUNTAS”

“Permítanos ayudarlo a encontrar un lugar en este paraíso…”, informaba el slogan publicitario de un folleto que nos entregaron en uno de los peajes y repetimos por verdadero; hablo de Punta del Este y “sus otras puntas” como expresa Benyi Longado, que también la nombra “la Saint Tropez de Sudamérica”. Y el lugar en el paraíso puede encontrarse en una línea hotelera sofisticada y de prestigio (Conrad, Mantra, Las Olas Resort, Awa, Solanas y Club del Lago, entre otros de la región), en diferentes hostel, camping o a través de una oferta inmobiliaria única, capaz de satisfacer a todos.

Ubicados y siendo las 20 hs. y estando en Punta del Este corrimos hacia el mar para ver, como lo hacemos habitualmente, esa “ceremonia del sol” a la que nos invita Carlos Páez Vilaró desde su Casapueblo o esta región, porque toda la costa que da hacia el poniente se convierte en un “gran mirador” cuando el sol “comienza a zambullirse en las aguas para ser la luz de los peces y su secreto universo submarino”.

También la oferta nocturna es variada y excelente. Variada como la mansedumbre o bravura de sus costas. Y esa noche antes de hacer la noche decidimos ir al tambo “El Sosiego” que de la mano de la princesa Laetitia D`Aremberg ofrecía un Festival de Jazz. Hablo de ese tambo que proyecta la tradicional marca “Lapataia” y “el sentir de un sabor deliciosamente inconfundible”.

También su oferta gastronómica: la de la península o la de La Barra, o la que existe entre ambas, que como su arquitectura se eleva o se expande en colores y estilos, variadísima. Como lo que se busca en la Feria Artesanal de la plaza o en el Mercado de Pulgas de La Barra o los circuitos de un lado o del otro: el muy internacional de las marcas y el que se proyecta desde el arte, tan rioplatense, tan hermanado, tan solar, tan Torres García, tan otro y sueño. Porque ella, insisto, es sinónimo de variedad: es nombres, fama, sobriedad y anonimato. Dice de un antes que sabe a opción pero también siempre sabe de un después. Y es museo, mirador o faro, si se observa; arboreto si se trepa y si se navega, dos islas y tantas opciones, hasta ésta, tan humilde, tan de los barquitos que son puerto y pescadores (lenguado, corvina negra o tiburón) y anzuelos, gaviotas y redes.

Punta del Este es esta joven muchacha ya centenaria que sabe de excesos, de diferencias, de variedades…, pero que debe comenzar, creo que ahora, a replantearse sus próximos cien años para mantener su belleza, su seguridad, su dignidad ecológica en términos de vida agreste y paisaje. Por eso hablo ya de otras puntas y nombro a José Ignacio y Cabo Polonio.

Amanecía y toda la luz se estiraba, digo se extendía o abría como las alas de una blanquísima gaviota que volaba o planeaba sobre nosotros. Una gaviota que se hizo fotografía.


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