LAS REPRESENTACIONES SOCIALES, LOS IMAGINARIOS SOCIALES Y URBANOS: VENTANAS CONCEPTUALES PARA EL ABORDAJE DE LO URBANO




Osvaldo Velázquez Mejía (CV)
rhazihel@live.com.mx
Universidad Autónoma Metropolitana Azcapotzalco


RESUMEN
Las representaciones sociales, los imaginarios sociales y los imaginarios urbanos, son tres distintos conceptos provenientes de diferentes disciplinas científicas. El primero ha sido desarrollado en el seno de la psicología social, mientras que los dos últimos provienen de la filosofía y la sociología. El presente artículo explora las posibles conexiones y diálogos conceptuales entre los tres conceptos y sus aportaciones al estudio del fenómeno urbano. El escrito se ha estructurado en tres apartados: en el primero, se exploran los conceptos de representaciones e imaginarios sociales, principalmente desde las perspectivas de Serge Moscovici, Cornelius Castoriadis y Charles Taylor; en el segundo apartado, se analizan los conceptos de ciudad para vincularlos al de imaginario; la tercera parte, explora una conexión entre los conceptos de representaciones sociales e imaginarios urbanos; por último, más que una conclusión se abren interrogantes acerca de la factibilidad, uso y profundidad de cada una de las perspectivas para la observación y entendimiento de los fenómenos urbanos que pudieran ser abordados por dichas perspectivas teóricas.
PALABRAS CLAVE
Representaciones sociales, imaginarios sociales, imaginarios urbanos
ABSTRACT
The social representations, the social imaginaries and the imaginaries urban, are three different concepts from different scientific disciplines. The first has been developed within social psychology, while the last two come from the philosophy and sociology. This article explores the possible connections and conceptual dialogue between the three concepts and their contributions to the study of the urban phenomenon. The article is structured into three sections: the first explores the concepts of social representations and imaginaries, principally from the perspectives of Serge Moscovici, Cornelius Castoriadis and Charles Taylor; in the second section discusses the concepts of city to link the imaginary; The third part explores a connection between the concepts of social representations and imaginary urban; finally, rather than a conclusion raise questions about the feasibility, use and depth of each of the perspectives for the observation and understanding of urban phenomena that could be addressed by these theoretical perspectives.
KEYWORDS
Social representations, social imaginary, Urban Imaginaries


1. DE LAS REPRESENTACIONES SOCIALES A LOS IMAGINARIOS SOCIALES
Los aportes más importantes en el concepto de las representaciones sociales lo encontramos en las propuestas teóricas de la psicología social. Uno de sus exponentes más prolíficos lo tenemos en la figura de Serge Moscovici. Teórico que desarrolla su perspectiva teórica en base a las construcciones conceptuales de las representaciones colectivas de Emile Durkheim1 , que no me detendré a explicar el debate generado a partir de éstas; solamente me limitaré a decir que mientras en Durkheim las representaciones eran individuales y colectivas, en Moscovici pasan a ser sociales; donde, en éste último, lo que cuenta son las interacciones y los procesos de intercambio a partir de los cuales se elaboran dichas representaciones, confiriéndoles su carácter social.
En la obra El psicoanálisis, su imagen y su público (1979) Moscovici hace las siguientes consideraciones: “La representación social es una modalidad particular del conocimiento, cuya función es la elaboración de los comportamientos y la comunicación entre los individuos. La representación es un corpus organizado de conocimientos y una de las actividades psíquicas gracias a las cuales los hombres hacen inteligible la realidad física y social, se integran en un grupo o en una relación cotidiana de intercambios, y liberan los poderes de su imaginación” (Moscovici, op. cit., p. 17-18).
Según Moscovici las representaciones sociales nacen determinadas por los contextos en que son pensadas y constituidas, teniendo como común denominador el hecho de surgir en momentos de crisis y conflictos. Moscovici deduce cuatro condiciones en la emergencia de las representaciones sociales: la dispersión de la información; la focalización del sujeto individual y colectivo; la presión a la inferencia del objeto socialmente definido; y, expresividad orientacional.
En cuanto a la dispersión de la información, Moscovici, menciona que la información que se tiene nunca es suficiente y por lo regular está desorganizada. Esto es, los datos con los que disponen los individuos para responder a una pregunta y formar una idea con respecto a un objeto preciso, son en su mayoría, insuficientes y abundantes, simultáneamente; se relaciona con lo que “el sujeto sabe” (Moscovici, op. cit., p. 176-177). Concluye, su punto, afirmando que la multiplicidad y desigualdad cualitativa entre las fuentes de información, en relación a la cantidad de campos de interés, vuelven precarios los vínculos entre los juicios y, en consecuencia, compleja la tarea de buscar todas las informaciones y relacionarlas.
La Focalización. Si una persona o una colectividad, nos menciona el teórico, se focalizan porque están implicadas en la interacción social como hechos que conmueven los juicios o las opiniones, estos aparecen como fenómenos a los que se debe mirar detenidamente; se relaciona con lo que “el sujeto ve”. La Presión a la inferencia del objeto socialmente definido, socialmente se da una presión que reclama opiniones, posturas y acciones acerca de los hechos que están focalizados por el interés público, es decir, en la vida cotidiana y las circunstancias; las relaciones sociales exigen del individuo o del grupo social que sean capaces, en cualquier instante, de estar en condiciones de responder; se relaciona con lo que “el sujeto creé” (Cfr. Moscovici, op. cit., p. 178).
Por último, la expresividad orientacional, expresa la orientación general positiva o negativa entre el objeto de representación; se relaciona con las actitudes, con lo que “el sujeto siente”. En suma, los cuatro elementos, son tomados por los sujetos como guías para el análisis de la información del mundo social. Sintetizando el modelo de, Moscovici, conocer o establecer una representación social implicaría: primero, determinar qué se sabe (información); segundo, qué se cree; tercero, cómo se interpreta (campo de la representación); y cuarto, qué se hace o cómo se actúa (actitud).
Uno de los puntos débiles de la teoría de la representación social de Moscovici es que de sus cuatro componentes, antes mencionados, la actitud se erige como el eje directriz del concepto. El mismo autor menciona al respecto: Se deduce que la actitud es la más frecuente de las cuatro dimensiones y, quizá, primera desde el punto de vista genético. En consecuencia, es razonable concluir que nos informamos y nos representamos una cosa únicamente después de haber tomado posición y en función de la posición tomada (Moscovici, op. cit., p. 49)
Por otra parte, las creencias son un elemento clave en la comunicación de los grupos. Mecánicamente las representaciones sociales clasifican a los objetos sociales, los explican y los evalúan a partir del discurso y de creencias de sentido común, y es éste conocimiento el elemento base es la interacción. Por último, las representaciones se constituyen en realidad social en tanto conforman y se apoyan en fenómenos recurrentes y considerados colectivamente como reales.
Dicho de otra forma, las representaciones sociales son el conocimiento de sentido común que tiene como objetivo comunicar, poner al día y consensuar el mundo social, el cual se origina en el intercambio comunicativo del grupo social. Esto es, un tipo de conocimiento por medio del cual quien conoce se coloca dentro de lo que conoce. La anterior consideración es muy importante ya que la representación social, bajo estos términos, nos mostrará dos aristas: la figurativa y la simbólica; así pues, es posible imputar a toda figura un sentido y a todo sentido una figura.
Dentro de los estudios de las representaciones sociales la imagen es el concepto que regularmente suele utilizarse como sinónimo de representación social. No obstante, la representación no es un mero reflejo del mundo exterior, una huella impresa, estática y anclada en la mente; no es una reproducción pasiva del exterior en el interior. Las representaciones condensan imágenes con un sinnúmero de significados; sistemas interpretativos que dan sentido a lo inesperado; categorías para clasificar circunstancias, fenómenos e individuos; teorías que explican la realidad cotidiana. Conocimiento de sentido común, que se construye a partir de experiencias, informaciones, conocimientos y modelos de pensamiento recibidos y trasmitidos a través de la tradición, la educación y la comunicación social, entre otros.
La complejidad de este proceso y su materialización, nos lo muestra, magistralmente Moscovici en los conceptos de objetivación y anclaje, procesos esenciales para la comprensión de las representaciones sociales. El primero, nos evidencia la composición de las representaciones sociales, esto es, el conjunto de elementos que caracterizan el objeto que ella aprehende, transformándola en un nuevo pensamiento. Este proceso permite a un individuo, grupo social o sociedad formar un conocimiento común en base a los intercambios y las opiniones compartidas. Moscovici, identifica tres fases en la objetivación:
a) La construcción selectiva, implica una depuración de la información disponible sobre el objeto de la representación, dando lugar a las alteraciones o sesgos cognitivos, resultado de sistemas histórico sociales o culturales, generando nuevas representaciones sobre un objeto.
b) Esquematización estructurante, es el paso siguiente al de la construcción selectiva, y refiere a un esquema figurativo, se trata de una materialización y de simplificación de un fenómeno representado; y,
c) La naturalización, es la fase en que los sujetos utilizan la imagen-representación como herramienta (símbolo-mediador) de comunicación entre ellos.
Por otra parte, el anclaje refiere al enraizamiento de una representación en el espacio social para ser utilizada en la vida cotidiana. Jodelet, menciona: “en el anclaje se le dota al objeto de sus raíces de representación y en la imagen (objetivada) del individuo una proyección (del objeto de representación) eminentemente social. El anclaje testimonia de lo social con un sentido unificado, donde la unidad que porta concierne tanto al objeto como al contexto social donde se produce. (Jodelet, citada en Silvia Valencia; 2007: 64). En otras palabras, es la institucionalización de la representación social de un objeto.
Y es precisamente en este punto donde representaciones sociales e imaginarios se tocan, en donde el imaginario aparece como el contexto socio-histórico o soporte de las representaciones sociales. Es decir, Los individuos en este contexto se auto-perciben como miembros de su sociedad, porque participan en el conjunto de sus significaciones sociales "imaginarios", que es lo que hace que un grupo rechace y valorice prácticas realizadas por grupos diferentes a ellos o entre ellos. Así pues, la representación se presenta como un proceso que media entre el concepto y la percepción, pero que no es simplemente una instancia intermediaria, sino un proceso que convierte la instancia sensorial en algo intercambiable, en un símbolo; en un símbolo que conecta a los individuos a un sistema de pensamientos o ideas compartidos: a un imaginario.
Propuesta que guarda similitud, sólo en las dimensiones de amplitud, esto es, como sistema de conocimientos instituidos o matrices de sentido, con las concepciones de imaginario social de Castoriadis (1982) y Taylor (2006). Cornelius Castoriadis entiende al imaginario, en un primer acercamiento a su obra “la institución imaginaria de la sociedad” como algo inventado, como una primera representación que es capacidad creadora o magma de creación permanente de la sociedad: "el imaginario ya se trate de una invención absoluta, de una historia imaginada en todas sus partes, o de un deslizamiento o desplazamiento de sentido, en el que los símbolos ya disponibles están investidos de significaciones diferentes de sus significaciones "normales" o “canónicas” (Cartoriadis; 1982: 219).
El punto central en el razonamiento de Castoriadis es el concepto de imaginario radical, "en el a-ser emerge el imaginario radical, como alteridad y como origen perpetuo de alteridad, que figura y se figura, y al figurar esa alteridad y figurándosela, a modo de creación de imágenes que son lo que son y tal como son como figuraciones o presentificaciones de significaciones o de sentido. El imaginario radical aparece como social-histórico y como psique/soma” (Cartoriadis, op. cit., p. 493). En otras palabras el imaginario radical hace surgir como imagen algo que no es, ni que fue. Por otra parte, a partir de este concepto establece un binomio lo histórico-social y lo psicológico.
Como histórico-social, es río abierto del colectivo anónimo; como psique/soma es flujo representativo/afectivo/intencional. Aquello que en lo social-histórico es posición, creación, hacer ser, lo llama imaginario social en el sentido primero del término: institución. Aquello que en el psique/soma es posición, creación, hacer ser desde el psique/soma, lo llama imaginario radical: instituyente (Cfr. Cartoriadis, op. cit., p. 494).
Más adelante, Castoriadis, nos da otra clave. Distingue el “decir/pensar” o legein, del “hacer social” o teukhein. Esto significa que en toda sociedad hay un mínimo compartido, a partir del cual se puede imaginar lo semejante y lo diferente. Así pues, “La institución de la sociedad” es cada vez “institución de un magma de significaciones”, que sólo es posible dentro de y por su instrumentación en dos instituciones fundamentales: que hacen ser una institución identitaria-comunista2 de lo que es para la sociedad. Las dos son creaciones provenientes del imaginario social, extraídas del magma de significaciones instituidas, con la condición de recordar que es mediante el legein y el teukhein “decir/pensar” y “hacer social” que ese magma puede ser para la sociedad.
Castoriadis llamó imaginario a estas significaciones porque corresponden a elementos no "racionales" o "reales" y éstas no son agotadas por dichos elementos, sino que están dadas por creación y las llamo sociales porque sólo existen estando instituidas o siendo objetos de participación en un ente colectivo impersonal y anónimo. Se puede afirmar que el magma de las significaciones imaginarias sociales o río abierto del colectivo anónimo cobra cuerpo en la institución de la sociedad considerada y que la animan por medio del decir-ser y hacer-social, luego entonces son: dioses, dios, moral, ciudad, polis, ciudadano, humano, nación, mercado, mercancía, estado, partido, dinero, capital, tasas de interés, tabú, virtud, pecado, ética, entre muchas otras construcciones imaginarias colectivas que van más allá de los simbolismos representados en ellas (Cfr. Castoriadis, op. cit., p. 495). Y es a partir de este imaginario social “central” “instituido” que se organizan y se justifican las acciones y las prácticas individuales y sociales.
Vergara (2001) construye un referente conceptual, basado en el pensamiento de Castoriadis: “Lo imaginario no se refiere a algo, es decir no “representa”; su presencia se reconoce a partir de sus “efectos”, por su peso en la vida cotidiana social; es centro o núcleo organizador /organizado que constituye una atmósfera o una “personalidad de una época [...] (Vergara, op. cit., p. 47). Un punto que queda suelto en el pensamiento de Castoriadis y en la interpretación que nos brinda Vergara es: quién o quiénes, concretamente, son los productores de dichos imaginarios. Se podría presuponer que la sociedad en su conjunto al decirnos que estos son resultado de la participación en un ente colectivo anónimo e impersonal. No obstante, supondría una creación preconcebida o existente aun antes de su condición ordenadora, esto es, fuera de una creación social.
El filósofo inglés, Charles Taylor (2006)  brinda una clave para descifrar el enigma hasta aquí planteado. En un primer apunte, Taylor, nos define el imaginario social no como un conjunto de ideas, sino como aquello que hace posible las prácticas sociales, al darles un sentido. Al igual que, Castoriadis, Taylor, deduce que existe un todo ordenador que va más allá de las simples ideas que se encuentran socializadas en los individuos y en las sociedades enteras.
En un segundo acercamiento, Taylor, nos define al imaginario social como: “algo mucho más amplio y profundo que las construcciones intelectuales que pueden elaborar las personas cuando reflexionan sobre la realidad social de un modo distanciado […] más bien es el modo en que imaginan su existencia social, el tipo de relaciones que mantienen unas con otras, el tipo de cosas que ocurren entre ellas, las expectativas que se cumplen habitualmente, y las imágenes e ideas normativas más profundas que subyacen a estas expectativas” (Taylor, op. cit., p. 38)
No obstante, Taylor, más adelante señala que el imaginario social en primera instancia pueden ser ideas o teorías creadas por un individuo o un conjunto de individuos élite y que después estas ideas son socializadas a grupos intermedios y más tarde a la sociedad en su conjunto. Aquí existe una gran diferencia con, Castoriadis, en el sentido que para éste último el imaginario no se puede explicar porque en tanto creación psicosomática es creación de la nada. Mas un imaginario segundo, es decir, uno que tiene que ver con la reproducción de la sociedad si puede ser rastreado; y que más adelante se sostiene qué éste puede ser localizado en las representaciones sociales.
En el pensamiento de Taylor estas ideas o teorías primigenias impulsadas por unos cuantos individuos son observadas como proceso “instituyente” “imaginario radical”, en términos de Castoriadis. Para Taylor las ideas de, Grocio y Lucke, implícitas en la Ley Natural del siglo XVII,3 impulsarían un nuevo orden moral “el bien común”, “los derechos y obligaciones civiles” y “la libertad”, justificando y orientando de ahí en adelante movimientos, acciones y prácticas individuales y sociales hasta nuestros días. Así pues, en éste al igual que en Castoriadis el imaginario más que representar algo tiene un sentido proyectivo, es decir de llevar a algún sitio, de ordenar y de dar sentido a los sujetos y a las sociedades.
Taylor, identifica tres fases en el proceso por el cual una idea o conjunto de ideas logra convertirse en imaginario o alterar los ya existentes, modificando las significaciones hacia ellos y por ende las prácticas sociales suscitadas por éste, a saber:
a) Nacimiento en un contexto especializado, refiere a las reflexiones y conocimientos ofrecidos por los filósofos y los teóricos de las leyes
b) paso de un contexto a otro, es el paso del contexto especializado a un contexto no especializado, esto es, lo especializado se traduce a un lenguaje y un conocimiento común.
c) de lo hermenéutico a lo prescriptivo, es el paso de una explicación a una materialización del discurso.
De acuerdo a sus contenidos cuando el imaginario se haya instituido como "cosa" hace que los individuos puedan dar cuenta de las "cosas percibidas" o representaciones perceptivas que determinan el hacer y el decir social, lo que es pensable y lo que no es pensable, lo que es decible y lo que no es decible, lo que se puede hacer y lo que no se puede hacer; por eso es que la mayoría de, sino es que todas, las cosas que se realizan en sociedad no cuestionan las significaciones centrales de la sociedad por la que están instituidas, sino que de una u otra forma los individuos se alinean o toman partido de estas. Múltiples ejemplos podemos encontrar a lo largo de la historia: la revolución social-política y cultural que se efectuó a partir de la ilustración del siglo XVIII. En el caso de México, podemos decir que el imaginario de la Democracia vino a sustituir un imaginario pre-moderno del Porfiriato, es decir, que la República restaurada ha marcado de forma profunda el imaginario social del México contemporáneo, al conformar un conjunto de representaciones, imágenes y significados con respecto a las figuras de la reelección del poder político.
Por otra parte, las significaciones no son las representaciones de los individuos sociales, son lo que hacen que esos individuos sean individuos sociales con capacidad de participar en el hacer y en el decir social, son formas de representaciones simbólicas, es así como la sociedad nos socializa y no como menciona Moscovici en tanto "actitud personal" en la cual la, "propia persona", experiencia aparece como la única auténtica y como la institución primigenia y originaria de sentido.
La última reflexión agrega un elemento más al marco teorizado sobre los imaginarios: si partimos del hecho de que el imaginario son matrices de sentido, producción de significaciones y representaciones hacia algo, es decir, como debería ser organizado, pensado, utilizado o apropiado algo o una cosa, tendríamos que pensar ineludiblemente que en este proceso hay intrínsecas relaciones de poder; puesto que hay quienes imaginan y presentan algo o una cosa cómo realidad irreductible, y quienes aspiran, tras la institucionalización de dichas significaciones, a ser parte o participe de dicha realidad.
Si partimos de la premisa de que sólo alguna instancia tiene poder si otra, que se supone desprovista de poder, la reconoce como poderosa a través de la subordinación; tendríamos que remitirnos a la idea de dominación de Max Weber (1981), en donde se necesita de algún tipo de creencia en una legitimidad, ya sea de orden "tradicional, carismática o racional". Así pues, el poder al que se rinde obediencia encontraría así su fundamento, más allá de la simple violencia o de la estructuración económica o material del mundo. Por ejemplo: el derecho y la religión proporcionan los fundamentos últimos al discurso del orden, de corte seculares o sagrados, para emitir enunciados normativos y reglas de justificación, pero estos últimos necesitan también soportes mitológicos y rituales que puedan disciplinar mentes y cuerpos; en ultima instancia sería la creencia en la racionalidad, para la primera, y dios, para la segunda, en la que se soporta la legitimidad del mandato o del poder, y la cual se ve materializada en la institución o el hombre; en términos de Taylor, “el imaginario social del nuevo orden moral moderno” y los “imaginarios pre-modernos”.
De acuerdo a este plexo de significaciones, imaginario, hace que el poder marche haciendo que los miembros de una sociedad "enlacen y adecúen” sus deseos al poder. Más que la razón, como se menciona antes, el imaginario social apela a las emociones, voluntades, sentimientos; sus rituales promueven las formas que adquirirían los comportamientos de agresión, de temor, de amor, de seducción que son las formas en que el deseo se anuda al poder.
Recapitulando, el imaginario social, remite a otro orden de sentido: ya no como imagen de, sino como capacidad imaginante; como invención o creación incesante social-histórica-psíquica, de figuras, formas, imágenes, en síntesis, producción de significaciones colectiva. De la cual se producen discursos que se repiten y se repiten en diferentes formas y escalas, configurando y destacando aspectos que puedan ser conocidos y preferidos, mientras que de manera simultánea se van proponiendo y haciendo públicas formas y prácticas sociales, relacionadas con dichas narrativas, instituyendo las significaciones “matrices de sentido”, ofreciendo a la sociedad los intereses de un grupo como los intereses de toda la sociedad. Así, pues, el imaginario está relacionado con el deseo de proyectar, representar y significar: construir y dar sentido por medios simbólicos.

2 IMAGINARIOS Y CIUDAD: EL IMAGINARIO URBANO
El definir los imaginarios urbanos supondría analizar de que forma los imaginarios sociales suscitan prácticas sociales en un ámbito especifico como lo es la ciudad. Para tal propósito se comenzara por dar una definición de lo urbano, más precisamente de la ciudad, para después ligarlo con el concepto de imaginario. El comprender el espacio urbano, la ciudad, requiere un enfoque abierto e interdisciplinario. No debemos abordar el estudio de la ciudad sólo desde su dimensión física, sino que es indispensable incorporar la experiencia de quienes habitan en ella. Puesto que las ciudades no se transforman o sufren modificaciones por medios naturales, excepto por desastres, las transformaciones son causa de las acciones humanas y estas tienen un trasfondo subjetivo.
Carlo Aymonino (1981) menciona que en la investigación urbana se observará el ámbito físico integrado por dos dimensiones con respecto al significado de las ciudades: una clasificación tipológica de los distintos elementos y una posible relación existente entre éstos. El autor nos dice que lo anterior será entendido por ciudad, desde un punto de vista teórico y no operativo; cuya función es construir una teoría con tres objetivos fundamentales: cuándo se puede asumir la palabra ciudad para designar aglomeraciones y asentamientos humanos, desde qué punto de vista y por qué motivos.
En primera instancia nos menciona que es suficiente una limitación de tipo temporal, lo que significa abstraer el significado de otros significados ya existentes. Así pues, el término ciudad, bajo ésta perspectiva, alude aun proceso continuo en el desarrollo de los asentamientos humanos. En cuanto al porqué, hace referencia a un fenómeno fundamental a la hora de observar las interacciones humanas: el poder. Poder que sólo es referido a lo urbano, eso es la ciudad, en primera instancia, está relacionado con los medios de existencia y en después, a la representación simbólica. Por lo que el autor argumenta:”si bien el poder presenta históricamente formas diferenciadas, la necesidad de asumir un espacio determinado de representación puede considerarse…como un fenómeno invariable” (Aymonino, op. cit., p. 23). Por lo que podemos observar a lo largo de la historia, incluso hoy, similitudes entre diferentes formas de ejercer el poder.
Un punto fundamental es que la ciudad se erige como un espacio artificial histórico, en el cual las sociedades intentan a través de una auto-representación en monumentos arquitectónicos marcar ese tiempo determinado. Se podría decir que, Aymonino, al igual que, Lynch (1984), observaron unos motivos más allá de la funcionalidad estética de lo construido. En un segundo esbozo el autor menciona que el significado de las ciudades también está relacionado con la necesidad. Necesidad que después se derivara en sentimientos como la ambición, el deseo de belleza, la confrontación. Por tanto, podemos establecer que el significado de ciudad está dotado de dos elementos, al igual con dos dimensionalidades: uno temporal y otro espacial; una material y otra simbólica. Entonces, podemos afirmar que para, Aymonino, el significado de las ciudades, de lo urbano, desde un punto de vista arquitectónico no representa un hecho exclusivamente estético o estrictamente funcional, sino que encuentra su punto de partida en fenómenos relacionados con la representación simbólica hacia algo.
Lo anterior se traduce en que si observamos el espacio urbano en sus dimensiones temporal y espacial, material e inmaterial, veremos que siempre habrá una representación simbólica, un imaginario que los construye y acompaña. De tal forma, los imaginarios entretejen la ciudad y en consecuencia determinarán la manera de percibirla, de moverse en ella y habitarla. Preguntarse por estos imaginarios de la ciudad exige preguntarse por esas construcciones originarias que contribuyeron y contribuyen a hacer tangible la experiencia de vida de los individuos en la ciudad. Los imaginarios en estos términos nos hablaran de deseo, de crear y recrear. Nos hablarán de cómo los que la habitan y aquellos que escriben y platican sobre la ciudad, imaginan e inventan formas de vida urbana para crear su ciudad. La ciudad imaginada, la ciudad subjetiva, también nos llevará a un encuentro con los afectos y los sentidos de la ciudad apropiada y proyectada.
La reflexión, antes expuesta, nos permite aventurar dos acepciones del concepto de ciudad: primera, como un sistema complejo compuesto por, objetos materiales interrelacionados que dan coherencia al espacio urbano y que hace referencia a la construcción material del espacio. Concepción que parte de enfoques claramente de tipo objetivistas y materialistas, en donde se estudia y observa principalmente: la construcción física de la ciudad; la distribución de la población dentro de la ciudad; la distribución de los distintos grupos sociales y sus diversas acciones en la ciudad; y, la producción de la riqueza en la ciudad a través de las diversas actividades económicas.
La segunda, como representación simbólica creadora de sentido, refiere a la construcción social de la ciudad, es un enfoque de tipo constructivista, en donde se presume que la construcción social de los distintos lugares que integran la ciudad es un proceso constante de construcción del espacio que realizan las personas en interacción unas con otras, orientando sus prácticas espaciales a través de una trama de sentido. Dicha perspectiva ha replanteado el concepto de espacio reformulándolo en el concepto de lugar. De tal manera, la construcción social del lugar no debería comprenderse como una expresión más. Consideró que su potencial analítico solo emerge cuando es considerada a la luz del pensamiento constructivista en sentido amplio, esto es, que la vida cultural no la encontramos en el proceso cognitivo y perceptual del mundo objetivo y externo, sino que su construcción parte de la mente de los individuos en sus interacciones. Así, pues,  los lugares son construidos socialmente por el intercambio simbólico y recíproco entre la gente y los lugares; al tiempo que son construidos socialmente por la convergencia de la subjetividad y la intersubjetividad con la materialidad de los lugares. Esta última, es la que interesa para el fin de este artículo, puesto que es identificada como imaginario urbano, en el entendido de que su coexistencia y existencia dependen de la producción de significaciones colectivas y de las representaciones sociales, es decir, simbólicas. En otras palabras, podemos decir que el imaginario urbano alude específicamente a la relación que guarda el sujeto con el espacio, a comparación del imaginario social que hace referencia a la producción de referencias globales de la sociedad y a todo lo relacionado con ésta.
Uno de los más importantes teóricos de los imaginarios urbanos Armando Silva (2006) menciona que la ciudad siempre tiene que arreglárselas con la construcción de imaginarios que actúan como matrices de sentido. Son cartas de navegación, que justifican y sustentan la acción de los sujetos y actores sociales, enriquecen y complejizan la razón, haciéndola deambular entre la realidad y la fantasía. Para Silva el imaginario es un elemento constitutivo del orden social; no como reflejo de la realidad, sino como parte integrante de ella en tanto define estructuras de significación fijadas en procesos históricos y culturales concretos en los cuales la gente da forma y sentido a su existencia. Así pues, se deduce que las ciudades son imaginadas de múltiples maneras por sus habitantes; respondiendo a complejas relaciones sociales inmersas en imaginarios sociales: ética, moral, religión, poder y mercado; esto es, la significación que marca la dirección, alcance y efectos de los imaginarios urbanos en cada caso particular.
Éste mismo autor se refiere a lo urbano desde una nueva perspectiva, él diferencia las nociones de urbanizar y urbanidad. En la primera, identifica un cambio radical en la forma de observar que es lo que se urbaniza “el hombre o el espacio”, esto es, desmaterializar la ciudad y conformar un ser urbano; la segunda, deja atrás los significados presentes en el siglo XIX, normas de buena conducta ciudadana y las concibe en un sentido cultural: los modos en que los ciudadanos hacen un mundo urbano, lo comparten y lo imaginan viviéndolo (Cfr. Silva, op. cit., p. 45). Por otra parte Milanesio (2001) define al imaginario urbano como la representación y consiguiente construcción de sentido que tienen como objeto de apropiación simbólica al espacio de la ciudad. Ella considera, que el imaginario es construido en base a las apropiaciones, las percepciones imaginarias y las interpretaciones colectivas presentes en las representaciones y las imágenes de la ciudad. A su vez, las representaciones y las imágenes colectivas no sólo se limitan a realidades presentes, sino que éstas “operan en la producción de visiones del presente, así como del pasado y del futuro. Es decir, las representaciones simbólicas guardan una clara relación con la memoria colectiva que representa y reclasifica los mitos, leyendas y cultura, impregnadas por un plexo simbólico compartido que se redefine y es apropiado por las sociedades, mientras son organizadas y orientadas en un plano espacio-temporal.
Otro teórico de los imaginarios urbanos Hiernaux (2006) nos menciona que para comprender la ciudad tenemos que echar mano de la dimensión subjetiva que es constitutiva de las ciudades. Y una forma de hacerlo es a través de la comprensión simbólica individual y colectiva de los territorios urbanos (Hiernaux, op. cit., p. 29). Él igual que Silva, define a los imaginarios desde la perspectiva de, Castoriadis, para ambos el imaginario es creación incesante de figuras/formas/imágenes. Por otra parte, Hierneaux identifica dos niveles de construcción social imaginal:
a) el individual basado en representaciones, siempre sociales a la forma de Moscovici. (Las cursivas son mías).
b) el colectivo, que se construye cuando las interpretaciones individuales logran encontrarse para confluir hacia el imaginario colectivo que integra las diferentes construcciones individuales (Hiernaux; 2007: 30).
Tanto Silva, como Milanesio y Hierneaux, toman a las representaciones como parte constitutiva de los imaginarios y en algunos casos llegan a tomarlos como sinónimos. En este sentido, es preciso aclarar que los imaginarios urbanos en tanto imaginarios sociales son significaciones imaginarias, son creaciones imaginativas, productoras de significados y sentidos vinculados a la ciudad, por medio de representaciones simbólicas.

3. CONEXIONES Y DIÁLOGOS CONCEPTUALES
Si consideramos la definición que nos brinda Moscovici sobre las representaciones como: una modalidad particular del conocimiento cuya función es la elaboración de los comportamientos y la comunicación entre los individuos. La representación es, entonces, un corpus organizado de conocimientos y una de las actividades psíquicas gracias a las cuales los hombres hacen inteligible la realidad física y social, se integran en un grupo o en una relación cotidiana de intercambios y liberan los poderes de su imaginación por medios simbólicos. Entenderemos que estas se erigen como cosmovisión, como ideario, como conjunto de valores, imágenes, pensamientos y formas de comportamiento de un grupo social.
Ahora bien, pese a esta consideración, hay que destacar que, las acciones, toma de decisión, vínculos individuales y sociales, bajo el marco de las representaciones, al estar en función de las actitudes, no nos permite observar el concepto como consenso común, como articulador primario, esto es, no podemos afirmar que las representaciones sociales operen determinando las prácticas sociales, pero si condicionarlas; más bien se observan como articuladores secundarios en las prácticas sociales. Por tal motivo, se sugiere no considerar a las representaciones sociales como articulador primario, como marco referencial y justificador de acciones y prácticas individuales y colectivas; sino como articulador secundario o guía susceptible a ser redefinida o modificada en el acto, de mero sentido común, según la pulsión que dicte la actitud. Por otra parte, las representaciones sociales al ser siempre construidas de forma colectiva, éstas nunca se encontrarán en la mente de un sólo individuo, sino qué al aparecer como un saber común, una percepción, imagen, conocimiento nos coloca en un mundo compartido, en un mundo institucionalizado, conocido y reconocido por todos los participantes como normal.
Esa peculiaridad de las representaciones sociales como mundo conocido y reconocido por todos los participantes del acto social como normal se vincula con el concepto del mundo de vida y vida cotidiana, de tradición fenomenológica. Conceptos explorados por Husserl, Schütz, Berger y Luckmann. En donde el mundo de la vida cotidiana, según Schütz, es: aquel escenario en el cual los sujetos pueden actuar y construirlo de acuerdo a sus preeminencias vitales: “ámbito de la realidad en el cual el hombre participa continuamente en formas que son, al mismo tiempo, inevitables y pautadas. El mundo de la vida cotidiana es la territorio de la realidad mundana en cual los individuos tienen la facultad de intervenirlo y modificarlo gracias su corpus físico […] sólo dentro de este ámbito podemos ser comprendidos por nuestros semejantes, y sólo en él podemos actuar junto con ellos […] la actitud natural es un estado no reflexivo del hombre, en donde el mundo aparece como incuestionable, real, determinado por motivos pragmáticos, es decir, es el mundo del sentido común” (Schütz, 1977: 25), como en Moscovici este mundo es visto como normal y natural por los sujetos, por lo que es vivido en forma de actitud natural o no reflexiva.
Berger y Luckmann (1993), por su parte, afirman que la vida cotidiana implica un mundo ordenado por medio de significados compartidos y que el mundo de la cotidianidad es sólo posible si existe un universo simbólico de sentidos compartidos, construidos socialmente, esto es, la intersubjetivamente, que hacen posible la interacción entre subjetividades diferentes (Cfr. Berger y Luckmann, op. cit., p. 40-41). De tal forma, la creación del consenso en torno a los significados de la realidad social y su ordenamiento es, pues, resultado de las interacciones de las que participan los sujetos en la vida cotidiana, así como de la estructura histórica vigente.
Por otra parte, el sustento del mundo de la vida cotidiana se lo otorga el mundo de la vida: una estructura previa y fundante de nuestra experiencia en la vida social; es el horizonte circundante en el que nos movemos prerreflexivamente, es decir, son tipificaciones, estructuras de significación, “intersubjetividad”, estándares simbólicos semejantes:”El mundo no es un mundo privado, al contrario, es un mundo público que compartimos esencialmente con otros semejantes a nosotros; esto es, es un mundo intersubjetivo que, de manera fundamental, sostiene una realidad intuitivamente compartida y entendida como válida por todos como marco común de interpretación, producto de estratificaciones culturales y sociales de nuestros predecesores y que a nosotros nos corresponde continuar. Por tanto, es posible entablar todo tipo de relaciones con los semejantes y esperar que ellos las experimenten y entiendan de manera semejante entre sí” (Schütz, 1972: 35).
Al igual que en las representaciones sociales de Moscovici las interpretaciones que hacen los sujetos en el mundo de la vida cotidiana no son iguales, monolíticas o inmutables, pues las tipificaciones y las estructuras de sentido, su relevancia y preeminencia quedan mediadas por la praxis vital y por su competencia hermenéutica; así pues, el mundo de la vida es equiparable al imaginario social y en ambas posturas teóricas éste se construye permanentemente mientras tanto es institución, por tanto el mundo se nos presenta como un mundo no acabado, sino en constante construcción, es instituyente.
La importancia de los conceptos de objetivación y anclaje, de Moscovici, cobran importancia en la medida en que nos permite dar ese importante paso de la articulación secundaria “representación social” “mundo de la vida cotidiana” a la articulación primaria, “imaginario”, “mundo de la vida” o matriz de sentido. Pues del mismo modo que la práctica sin la idea no tendría ningún sentido para nosotros, y por lo tanto no sería posible, también la idea debe remitirse a una comprensión más amplia de nuestra situación, si es que ha de tener sentido, donde la representación social se erige como un primer abordaje para observar según las regularidades y amplitud en su compartición social de ciertos imaginarios: a través de las representaciones sociales nos podemos acercar a los imaginarios sociales. Las representaciones sociales nos darán cuenta de los imaginarios existentes en un contexto y espacio determinados ya que estos organizan a las representaciones de las que aquéllos se alimentan. En este mismo sentido, los imaginarios pueden ser descifrados a partir de las condiciones de interacción entre las personas que tienen algunas cosas en común, esto es, en las representaciones sociales.
Así es que mediante la observación y análisis de las representaciones sociales nos acercamos a los imaginarios sociales: mediante la homogeneidad de representaciones hacia algo o alguien nos permitirá acceder a un imaginario social, en el caso de lo urbano, mediante la homogeneidad de representaciones hacia la ciudad nos permitirá acceder a uno o varios imaginarios que invisten a la ciudad. Lo cual no quiere decir que nos encontremos ante un modelo estático, puesto que el mismo Moscovici manifiesta que la objetivación y el anclaje implican un proceso de alteridad y redefinición de lo instituido; lo que podríamos vincular con el concepto de imaginario radical de, Castoriadis, o al de cambio paradigmático de Taylor.

CONCLUSIONES
Las acepciones de imaginario hasta ahora presentadas dan cuenta de un aparato de representaciones y orientaciones simbólicas estructuradas desde lo ya institucionalizado, ya sean elites, ya sean grupos en el poder, o los mismos poderes estatales, los que proporcionan o crean las matrices de sentido para ordenar y orientar las prácticas sociales. Simultáneamente, tanto Castoriadis, como, Taylor, y las mismas concepciones de las representaciones sociales de, Moscovici, en tanto construcción social del espacio, nos mencionan que los individuos tienen la facultad de crear y construir el mundo simbólico y material.
No obstante en las tres propuestas teóricas incluso entendido como imaginario urbano, el individuo no aparece como agente creador, sino como un sujeto reaccionario o condicionado por acciones externas. El sujeto se torna más bien en una especie de títere histórico, sin ningún poder de reflexividad en sus acciones, y poder constructivo del espacio social, simbólico y material. ¿Es así?, ¿Es tan vertical la construcción de los imaginarios? o bien ¿Los individuos construyen y deconstruyen, retoman y reinterpretan los aparatos de significaciones sociales reconstruyéndolos y adaptándolos a un entorno más cercano a estos? ¿De qué forma y cómo los sujetos se vinculan a la construcción y mantenimiento de los imaginarios de la ciudad?
Las preguntas centrales a resolver son por una parte, sí el imaginario radical es creación incesante y fuente instituyente, inherente a todo sujeto, cómo y de qué forma lo imaginado por los sujetos tiene injerencia en la modificación o instauración de imaginarios sobre la ciudad; segundo, una vez instituido, si es que esto sucede, cómo es mantenido como matriz de sentido. Por otra parte, si la interacción se da entre el significado y el poder, el campo de acción de la ideología va a estar contenido en las representaciones sociales, puesto que en ellas los discursos institucionalizados acerca de algo o una cosa son normalizados y estereotipados, entonces es valido preguntarse: acerca de la contradicción entre el mantenimiento de la unidad de una sociedad y la producción de nuevos sistemas de significación, lo cual equivale a cuestionarse simultáneamente acerca de las prácticas y procesos de transformación de los sistemas simbólicos y de representación de una sociedad con relación entre lo global y lo local, y su conexión, si es que existe, en un todo coherente lo instituyente e instituido: individuo-hogar; individuo-familia; individuo-sociedad; familia-sociedad; casa-barrio; casa-colonia; casa-ciudad; barrio-colonia, en fin un sinnúmero de combinaciones.
El aporte de las representaciones sociales ha ayudado a estudiar este territorio complejo que llamamos ciudad, puesto que ha permitido los estudios a nivel micro y muy acotados de las representaciones que tiene los individuos sobre la ciudad o ciertos lugares de la misma y hacia los otros. Por otro lado, el análisis en los desfases, en las crisis y en los antagonismos de dichas representaciones a niveles más amplios “nivel macro” nos permitiría observar los imaginarios urbanos.
Por su parte el imaginario se erige como un concepto central en el análisis para comprender a la sociedad y su relación con espacio que esta ocupa, tanto geográfica como históricamente, en este caso a la metrópoli. Entenderlos es comprender las estructuras constitutivas de los procesos que organizan a una sociedad y por tanto a una ciudad, territorio o región; puesto que el imaginario aporta la matriz de sentido o articulación primaria de sentido a las representaciones sociales que en la ciudad se dan: las transforma simbólicamente para ser tanto guías de análisis como guías de acción.

BIBLIOGRAFÍA
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Schütz, Alfred (1972) Fenomenología del mundo social. Introducción a la sociología comprensiva. Buenos Aires: Paidós.
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1 Para Durkheim, el conjunto de representaciones colectivas conforman el sistema cultural, la estructura simbólica, la cohesión social de una colectividad; son elementos que circulan y dan sentido a un grupo instituido de significados. En torno a la estructura simbólica, la sociedad organiza su producción de sentido, su identidad, su nomos individual (particularidad del ser), su nomos social (el ser social), su nosotros. No obstante, establece diferencia entre las representaciones individuales y colectivas. Para él, si bien las imágenes como las representaciones individuales son variables y efímeras, los conceptos y las representaciones colectivas son universales, impersonales y estables, y corresponden a entidades tales como mitos, religiones, arte, entre otras. La teoría de la sociedad de, Durkheim, gira en tono a los conceptos de conciencia colectiva y representaciones colectivas. Atribuyéndole al primer concepto la "estructura simbólica" de las sociedades simples más atrasadas, no diferenciadas y, a las representaciones colectivas, "los universos simbólicos" que componen las estructura simbólica de las sociedades complejas y diferenciadas. (Durkheim. 1898).

2 De común o compartido por todos.

3 Las formulaciones más claras se encuentran en las nuevas teorías de Ley Natural del siglo XVII, en respuesta al desorden causado por las guerras de religión. En esta Ley, Grocio, deriva el orden normativo subyacente a la sociedad política de la naturaleza de sus miembros constitutivos, los seres humanos son agentes sociales y racionales, cuyo destino propio es colaborar pacíficamente para beneficio mutuo. Locke, complementa la idea formulando que los derechos pasan a ser una reivindicación seria frente al poder. El consentimiento deja de ser un acuerdo original sobre el que se funda el gobierno para convertirse en un derecho permanente a decidir sobre los primeros. (Taylor, op. cit., p. 16).

Fecha de recepción: 15 de julio de 2013
Fecha de aceptación: 20 de noviembre de 2013
Fecha de publicación: diciembre 2013


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