TERRORISMO, ESPECULACIÓN Y POSMODERNIDAD: BASES CONCEPTUALES PARA LA COMPRENSIÓN DE LA VIOLENCIA




Maximiliano E. Korstanje (CV)

maxikorstanje@hotmail.com
Universidad de Palermo, Argentina


Resumen

El presente trabajo nace luego de una profunda preocupación personal por al calidad y profundidad de los textos que hoy se ocupan del terrorismo. Desde nuestra perspectiva, consideramos analizar críticamente cuales son los alcances pero por sobre todo las limitaciones de la teoría actual sobre las causas del terrorismo. Centrados en las contribuciones tanto de la economía, la ciencia política como otras ramas del saber, estamos en condiciones de presentar nuestra propia tesis sobre el terrorismo, ya no como un estigma que recae sobre un grupo determinado, sino como una relación dialéctica entre un grupo de insurgentes cuyas demandas quedan en la clandestinidad, y un estado incapaz de llevar orden y bienestar a su población sin el uso de la violencia y la tortura. En su calidad de proceso especulativo donde el más débil es sacrificado, el terrorismo es un ejemplo de nuestra forma de vida occidental y posmoderna, una proyección, una lección aprendida por quienes se han educado en nuestros centros universitarios.

Palabras Claves: Ley, Terrorismo, Violencia, Miedo, Especulación.

Abstract


The present essay is based on the individual concern about the contemporary terrorism. From our end, it is important to put the existent literature under the lens of scrutiny to find its own limitations and problems. Centred on the contribution not only from Economy, but also from other discipline such as political science, and sociology, a new theory of terrorism is discussed in this development. This theory does not point out that terrorism is a stigma over certain groups, but a dialectic relationship between a bunch of insurgents unable to present their demands, and a State that recur to torture to detect the next attack. As more than speculative process, where weaker agents are sacrificed, terrorism is an example of indifference and lack of ethic proper of our Western stile of life, a lesson teached by other universities.

Key Words: Law, Terrorism, Violence, Fear, Speculation

 

Introducción

Por presiones políticas y financieras de organismos internacionales, el 21 de Diciembre de 2011 el poder legislativo de la nación argentina sanciona una ley de controvertida naturaleza: la ley antiterrorista. Con diferentes y ambiguos matices sobre que es lo que se puede llamar terrorismo, diversos líderes políticos e intelectuales criticaron el origen de dicho documento. Desde el seno de la vida democrática, nace una ley que por su fisonomía puede transformarse a futuro en anti-democrática. Esta paradoja se transforma en la base que sirve de plataforma para el presente trabajo de revisión teórica en donde nos proponemos llevar al mundo hispano las ideas más representativas sobre que es y como opera el terrorismo o hasta que punto su aplicación ha quedado subsumida a lo musulmán. El terrorismo, por su parte, puede considerarse un concepto tan antiguo como el imperialismo mismo y nace de la complicad de las aristocracias locales con los poderes imperiales. Para una mejor explicación hay que comprender que el Imperio es una suma de voluntades dominadas por el ejercicio de la violencia. Pero ella en la mayoría de las veces es voluntaria y ampliamente aceptada por el “dominado”.
Los imperios se extienden posesionándose estratégicamente cerca de los recursos necesarios para sostener su nivel de comercio y consumo. Para ello, y con la complicidad de los locales, importa estilos de vida y formas de ocio estereotipada para mantener satisfecha a la población. Existen narrativas que justifican las acciones expansivas y su necesidad de tomar posesiones. Si la abolición “humanista” de la esclavitud fue el pre-requisito del Imperio Británico en el pasado, la declaración de los “derechos humanos” es la excusa de los Estados Unidos en la actualidad para alcanzar un poder “global”. Por regla general, estos discursos se construyen manipulando sentimientos nobles en donde se dice defender los “intereses de los más vulnerables”. En este sentido, a diferencia de Gran Bretaña que hizo del comercio su eje de poder mundial (en donde muchos países se beneficiaron), Estados Unidos ha creado una red de “alianzas” con algunos estados europeos con el fin de desestabilizar las economías locales de Medio Oriente e imponer su política de “derechos humanos”. Bajo pretexto de instalar un régimen temporal funcional a Washington, la peligrosidad de esta política radica en el descontento general que siembra por doquier (Hobsbawm, 2011). ¿Por qué el imperialismo trae tantos problemas?
Cuando las estructuras políticas del imperio, movidas por causas políticas o económicas deben retirarse o retraerse y la población queda abandonada a su suerte, nace el conflicto y el descontento. En esta segunda fase, las aristocracias locales (para regular ese sentimiento de frustración) apelan a la construcción de enemigos externos (por lo general esas mismas potencias que antes habían sido aliadas) para justificar el estado de atraso y sumisión que ha caracterizado la primera fase imperialista.  Esa lucha es canalizada por grupos que son empujados (por la virulencia de su reclamo) a la clandestinidad y cuyas demandas se deben imponer por la fuerza. No obstante, nuestra tesis (a diferencia de otros estudios) apunta al terrorismo como esa relación dialéctica entre los nuevos insurgentes y un estado incapaz de procesar las demandas de la propia sociedad. En resumen, el terrorismo más que un arma política es una forma de desestabilización (operada por grupos externos) que antecede a la imposición de un régimen dictatorial. En la actualidad, si bien, existe un cuerpo avanzado en materia literaria sobre el terrorismo, la mayoría de estos estudios pueden clasificarse en dos. Aquellos que consideran al terrorismo como la condición para que el Estado aplique medidas que de otra forma serían resistidas, y aquellos que luego del 11 de Septiembre optan por una intervención estadounidense directa en las zonas con inestabilidad política (Altheide, 2009; Holloway y Pelaez, 2002; Ramonet, 2002; Corey, 2009; Gray, 2007). Para éste último grupo, las acciones preventivas son esenciales para proteger a la población civil; pero por sobre todo consideran que la inestabilidad o la falta de una democracia fuerte con representación partidaria son las causas primarias del terrorismo (Fukuyama, 1989; Kristol y Kagan, 1996; Kepel, 2002; Revel, 2002; Huntington, 1993; Rashid, 2002; Sunstein, 2005). Desde una visión integradora, el presente trabajo intentará juntar ambas posiciones para que el lector tenga un panorama conceptual superador de un fenómeno, que por sí mismo, se presenta no solo complejo sino inextricablemente humano.  

¿Qué es el terrorismo?


          El sentimiento de terror puede ser generado de muchas formas, pero existe una de ellas anclada en la necesidad política de confrontación, el terrorismo. Si bien sus objetivos pueden catalogarse como estratégicos, su principal propósito apunta a crear situaciones de inestabilidad política, ya sea dentro del territorio o en sus bordes, que los separatistas consideran injustas. Las acciones de los grupos mal llamados “terroristas” están fundadas en problematizar ciertas realidades intentando quitarle al Estado el uso monopólico de la fuerza. En este punto, la violencia ayuda a estos grupos radicalizados a visibilizar la idea que el Estado es incapaz de proteger a sus ciudadanos. Ello no solo genera un alto grado de angustia en la población sino también puede destruir el orden social vigente hasta el momento  (Johnson, 2004).
Al respecto, adscribe Corey Robin, el terrorismo facilita la opción del Estado de ejercer “temor” en la población con el fin de sujetarlos políticamente, pero el terrorismo no se acaba en esa definición sino que la trasciende. Todo sentimiento de miedo, como lo imaginamos, conduce voluntariamente al sujeto a la apacible tranquilidad de la vida pero lo obliga a renunciar a ciertas actitudes de resistencia (pasividad). Los eventos traumáticos nos aíslan de la vida social y reducen nuestro yo a la dependencia de mayor seguridad. El miedo se construye, de esta forma, como una base o trampolín hacia la dominación de las controversias subyacentes antes del momento crucial que ha despertado a la sociedad. El miedo a un enemigo externo se construye con el fin de mantener a la comunidad unida frente a un “mal” o “peligro” que se presenta ajeno a la misma. En otros términos, esta amenaza atenta contra el bienestar de la población en general. Por el contrario, el segundo tipo surge de las incongruencias nacidas en el seno de las jerarquías sociales. Cada grupo humano posee diferenciales de poder producto de las relaciones que los distinguen y le dan identidad. Aun cuando este sentimiento también es manipulado por grupos exclusivos, su función es la “intimidación” interna (Robin, 2009).
Para J. Kepel, por el contrario, los hechos asociados al terrorismo parecen más vinculados al “fervor religioso” que a cuestiones de índole políticas. Los efectos traumáticos que implica el asesinato de inocentes adquieren un carácter justificativo por el cual el líder religioso proclama una gesta heroica frente a un Estado corrupto y maligno. Esta forma de generar entusiasmo en la población toma la supuesta “vulnerabilidad del Estado como signo de maldad e injusticia” a la vez que coloca sus demandas como dignas y divinas. Los grupos fundamentalistas proclaman que Dios está siempre de su lado (Kepel, 2002).
En forma contraria, N. Chomsky (2011) trabaja al terrorismo como un arma creada por “los poderosos” que opera desde lo ideológico cuyo objetivo central es hacer desaparecer ciertas realidades incómodas o que afectan su forma de vida. Mientras el autor sostiene que en efecto el terrorismo apela al uso indiscriminado de la violencia, los aparatos de propaganda simplemente transforman “el terror” según sus propios intereses de grupo. La narrativa y su contenido no solo dicen a que temer sino imponen interpretaciones a ese sentimiento. Análogamente a Robin y a Kepel, Bernstein explica que el “terrorismo” puede ser definido como un sentimiento político en donde convergen no solo una idea inacabada del mal, sino también una intención de “trivializar toda existencia humana”. Bernstein discute la manera en que la corrupción, aún dentro de los sistemas democráticos, puede ser manipulada y transformada en una construcción de expansión ideológica. El voto universal, no es prerrequisito suficiente para afirmar que un país sea considerado democrático o no; lo que constituye el eje central de la misma es la capacidad de dialogar e intercambiar posiciones. Una de la características de las mentalidades dogmáticas que intentan imponer su forma de pensar versa en la idea que Dios apoya su causa y a través de esta incuestionable legitimidad construyen un eje discursivo sobre el otro dependiendo de sus intereses. Así, nacen en nuestro mundo moderno la idea del mal caracterizado por la religión islámica en contraposición a un supuesto occidente que se reivindica como el brazo armado del bien y que se cree en el deber moral de enfrentar-se con ese otro diferente. Paradójicamente, la administración Bush a medida que intenta expandir su democracia fundamenta las bases para la imposición de una oligarquía autoritaria e irracional. Ello sugiere que mientras Estados Unidos promueve el régimen democrático y el respeto por la ley desde su monopolio de bancos e instituciones de créditos, con la excusa de intervenir militarmente aquellas naciones que no respeten la legalidad occidental, oculta sus prisioneros de guerra, violando un claro tratado, en Guantánamo, Cuba. El miedo que despierta toda guerra apela a una nueva forma de hacer las cosas en donde el fin justifica los medios, y se caen en un claro abuso ético de lo que el mal representa (Bernstein, 2006).
José Saramago sugiere que si la Grecia clásica del siglo V promovía la democracia como una forma de pluralismo deliberativo, fue luego del advenimiento del Imperio Romano, que el poder económico se apodera de ciertos elementos autoritarios para imponer un adoctrinamiento extendido cuyas características principales eran el latifundio y la conquista territorial. Mismas observaciones puede aplicarse hoy, dos mil quinientos años después al papel americano y su construcción alrededor de la democracia partidista. La democracia deja de ser el “gobierno del pueblo” cuando se subsume a las presiones de los partidos políticos, las corporaciones económicas y los Parlamentos todas ellas, instituciones propicias a la corrupción institucional (Saramago, 2011). Cabe aclarar el texto de Saramago es correcto en parte, y falso también. La democracia ateniense tiene un quiebre luego del siglo V (tras la guerra del Peloponeso) y la gradual invasión del comercio a la vida de la polis. Lo que es aún más inexacto, fue el mismo Platón quien viendo los peligros de la democracia del pueblo, introduce el concepto de aristocracia como el mejor de lo gobiernos. En otras palabras, los socráticos habían aprendido la triste lección que si “todos tienen derecho a todo”, entonces, nadie tiene derecho a nada. Articuladas sus necesidades a la imposición de un sistema productivo esclavista, no es extraño que los filósofos cultivaran la distinción y el refinamiento apolíneo. La cosmología griega, recordemos al lector, no se asemeja a la cristiana, el mundo no está creado para ser administrador por los hombres. Estos son sólo una parte minúscula de la creación y deben demostrar estar en condiciones de habitar ese mundo plagado de peligros. El legado griego, sin lugar a dudas Saramago ignora, da lugar al “derecho del más fuerte”. En este sentido, es la revolución cromwelliana y la industrial aquellas que introducen el concepto de liberalidad para generar un consumo expandido en donde los lazos entre hombre, trabajo e institución no solo comienzan a desdibujarse sino que también sufren una ruptura sustancial.  Uno, entonces, se cuestiona si existe un vínculo directo entre el terrorismo y la democracia.
Si hasta ahora se ha visto en los abordajes que el principal elemento del terrorismo es su capacidad de generar temor en la población, no queda aún claro como opera.           Partiendo de la idea que el hombre se dirime entre dos tendencias antagónicas, ser controlado o partir hacia la libertad, W. Soyinka escribe sobre la necesidad de mitigar las formas de miedo que engendra la violencia del terrorismo, el cual sólo es posible por medio de la acción de los cuasi-estados. Estos últimos pueden ser definidos como grupos humanos corporativos (pseudo-estados) cuyo accionar se inserta por fuera de la ley atemorizando a todas las naciones del planeta (Soyinka, 2007). En resumen, tenemos aquí el segundo elemento que constituye al terrorismo, el ejercicio de la violencia.  Siguiendo la discusión, O. Ianni explica que además de ser un acto de violencia política, el terrorismo no es un fin en sí sino un método para lograr ciertos objetivos. En parte, el fundamentalismo anglosajón y su tesis de la ejemplaridad ética ha llevado a los Estados Unidos ha mantenerse a mantenerse en una posición cómoda pero aislada respecto al problema. Por lo menos, hasta haber sufrido el ataque en el propio territorio. Por medio de la manipulación de la interpretación de la historia, los gobernantes señalaron al mundo musulmán como la cuna del fundamentalismo, cuando en realidad, los colonos americanos sentaron las bases para el fundamentalismo protestante algunos siglos antes (Ianni, 2003).  Ahora bien, ello cuestiona de raíz el hecho que Estados Unidos siendo centro de ejemplaridad financiera y política fuera blanco directo de ataque. ¿Porqué sucede precisamente esto?. 
          Jean Baudrillard explica que el 11 de Septiembre han sido un acontecimiento que interpela a lo simbólico. Las torres gemelas, además de ser un símbolo del poder comercial de los Estados Unidos, eran idénticas. En el mundo de la clonación, como forma de hacer entes idénticos, el terrorismo despierta en mensaje de singularidad. Lejos han quedado las estructuras arquitectónicas jerárquicas ya que hoy día la competencia se ha ensanchado de tal manera que se presenta como homogénea. El mensaje oculto del terrorismo, explica Baudrillard, puede ser comparable al cuento de Nasreddin un pastor que diariamente pasaba sus ovejas con sacos por la frontera hasta que un buen día, un guardia pregunta a Nasreddin… ¿Usted está pasando cosas de contrabando?, el pastor responde yo sólo estoy pasando ovejas.  El intercambio simétrico que plantea el mundo moderno es no solo desafiado sino alterado por “el intercambio imposible de la muerte”. Dicho intercambio imposibilitado por el suicidio “del terrorista” produce un acontecimiento en un sistema plagado de sentido. En consecuencia, el terrorismo siempre trata de desafiar al sistema por medio de una táctica imposible de responder si no es por la propia destrucción. El poder no puede hacer absolutamente nada contra la voluntad de suicidio el cual es suficiente para restablecer la singularidad alterando el intercambio binario generalizado propio del mundo occidental (Baudrillard, 2011: 29).
Aun cuando, el terrorismo hasta principios de siglo XXI no habíase adjudicado grandes daños o víctimas en sus ataques, la realidad es que las células fundamentalistas en Medio Oriente operan con extrema virulencia. De esta forma, J. Piazza explica, se dan dos tipos diversos de terrorismos si analizamos el tema comparativamente. Una forma primaria de terrorismo más vinculada a demandas específicas obedece hable de una política frente a determinado problema. Entran en esta tipología estratégica, el Ejercito Revolucionario Irlandés, JAMAS, y ETA entre otras. Pero a este grupo se le contrapone uno más radical cuyas demandas no quedan del todo claras pero cosechan adeptos en todos los continentes del planeta. Estos grupos añoran la destrucción total de una forma de vida o cultura y no necesariamente apelan a la separación de un territorio. A la vez que la globalización acrecienta las distancias entre países centrales y periféricos, el sentimiento de rechazo hacia occidente se recrudece y con ella, se multiplican las células terroristas (en la tipología abstracta) (Piazza, 2009).
          Para A. Schmid el terrorismo funcionaría según la siguiente explicación. La tradición legal romana se ampara en dos formas de vincular el desvío: aquello que está mal y prohibido (mala prohibida) y el mal propiamente dicho (mala per se). El primer concepto se refiere a cualquier acto de crimen premeditado que trasciende a la ley humana y que por lo tanto debe ser reprimido por la sociedad. El segundo, más complicado, adquiere la categoría de “mal extremo” el cual atenta contra la sociedad misma y debe ser erradicado en consecuencia. La forma en que el terrorismo utiliza y explota a los más vulnerables, para conseguir sus fines, lo ubica según Schmid en la categoría de un mal extremo. El terrorismo además de ser un crimen, tiene particularidades que lo definen como un proceso de fragmentación. Mientra cualquier asesinato local tiene la función de unir a la sociedad en repudio y aferrar al hombre a sus leyes, el crimen terrorista es caótico y lleva a la separación. Por lo tanto, el terrorismo se hace fuerte no solo siendo una nueva política por otros medios, sino por la presencia de los siguientes elementos: a) crimen, b) comunicación, c) fundamentalismo, d) estado de guerra, e) política (Schmid, 2004)
          Sin lugar a dudas, el martirio parece el arma preferida del terrorismo musulmán y eso lo ha llevado a ser demonizado como una religión que promueve terror e intolerancia. Pero si pensamos, explica Hoffman la cuestión desde un punto de vista sociológico, nos daremos cuenta que el terrorismo es algo más profundo que un grupo de maníacos que intentan destruir occidente. Si bien, la organización de estos grupos varía de contexto social y cultural, algunas células mantienen estructuras jerárquicas mientras otras con fines más abstractos (como los sunitas) apelan a una comunidad desterritorializada global.  El temor en este punto, es una forma de extorsión con el fin de disuadir las demandas insatisfechas, pero existe una relación (dependencia) simbólica importante entre el Estado y los insurgentes. Los atentados llevados a cabo el 11 de Septiembre fueron planificados con una racionalidad occidental evidente que más tienen que ver con los libros de Management que con las enseñanzas del Corán (Hoffman, 2002). Lo cierto es que existen diferentes manifestaciones de terrorismo, incluso de células islámicas cuyas demandas y reivindicaciones también divergen.  Para algunos autores como Kondrasuk y Hoffman, el terrorismo puede ser definido como:

  1. Un grupo para-militar que persiguen metas políticas operando en forma clandestina.
  2. Operan en forma silenciosa amenazando con cometer actos criminales sin previo aviso. Este pensamiento desafía el concepto de guerra clásico.
  3. Los terroristas apuntan a genera un mensaje de alto impacto psicológico sobre los gobernantes.
  4. Los objetivos de los grupos terroristas apelan a ejercer la violencia en grupos de no combatientes para influenciar a una audiencia más general.
  5. Los terroristas trabajan en complicidad con los medios masivos de comunicación.

En este sentido, el terrorismo puede ser definido como una relación dialéctica entre dos o más actores fundada en la disparidad de fuerzas pero fundida en el oportunismo mutuo. Mientras el estado busca identificar y castigar las células insurgentes cuyas demandas exceden la posibilidad del estado para responder o son etiquetadas como “ilegales” (fuera del imperio de la ley), el grupo de rebeldes se camufla en la población con la intención de apelar a la violencia para lograr su cometido. El valuarte del estado es paradójicamente su gran tendón de Aquiles. Es un error conceptual aplicar la palabra terrorista tanto a los grupos insurgentes como al estado (terrorismo de estado), el cual por imposibilidad propia recurre a la tortura y a la vejación como métodos no convencionales de disuasión. El terrorismo es la relación entre ambos que se retro-alimenta a medida que el oponente dispone de las piezas en el tablero. Existen algunos grupos que apelan a dañar a aquellos más vulnerables, mujeres, niños o ancianos como una forma de lograr un alto impacto en las estructuras gubernamentales. A su vez el Estado responde con mayor violencia lo cual termina generando un círculo vicioso.
H. Saint-Pierre sugiere conceptualizar al terrorismo como una forma de violencia nacida de la conflagración de dos o más actores en desigualdad de fuerzas, hecho último que evita que uno de los dos inicie un ataque abierto. Este puede asumir tres niveles de operación diferente: táctico, estratégico y político. En la fase táctica, el grupo intenta ganar mayor atención del estado contribuyendo a crear un estado de shock sostenido en donde el sobreviviente que puede narrar lo sucedido tiene más valor que el muerto. La vulnerabilidad de algunos actores es la pieza clave para comprender porque se accede a este tipo de métodos de batalla. Segundo, el ataque genera un estadio generalizado de miedo el cual es utilizado por el grupo disidente como un arma de presión (nivel estratégico). Por último, el estadio político apela a crear un mensaje, por medio de la expoliación de los más vulnerables, en donde el Estado deba reconsiderar la demanda. Personas o extranjeros que se encuentran en tránsito como turistas en ocasiones son utilizados como blancos humanos de las demandas insatisfechas debido a que su bienestar depende del Estado anfitrión y su responsabilidad se encuentra en juego frente a otros Estados (Saint-Pierre, 2003).
El terrorismo se hace fuerte por medio de la retórica del odio, adhiere el pensador André Glucksmann, como una forma no asumida de relación conmigo mismo. La crítica a la posición americana en materia global que promueven los Estados occidentales, para Glucksmann, no es otra cosa que el antiguo antisemitismo no asumido en la propia Europa. El miedo al terrorismo es, no solo el espejo de la propia europeidad sino la posibilidad de evitar a ese otro indeseable, por peligroso. En un mundo sin identidad, el pueblo judío se transforma en un obstáculo que debe ser eliminado. En un mundo subsumido por la fragmentación, la desterritorialización y la despersonalización, el ideal judío como pueblo elegido cuya identidad continúa presente en Europa, aunque sin un territorio fijo en ese continente, representa la negación misma de la modernidad. El odio hacia ese “ser judío” alimenta un discurso de odio mientras el miedo agrava su segregación (Glucksmann, 2005). No obstante, no todas las formas de terrorismo cabe objetarle a Glucksmann adhieren a la relación árabe-israelí. Existen y han existidos muchas otras formas de terrorismo no vinculadas a lo musulmán. En ocasiones inversas, el discurso del odio revela complejidades que el Estado no asume o trivializa. Es por ejemplo el caso del terrorismo checheno, tan bien estudiado por H. Johnston quien argumenta que los chechenos han tejido una densa identidad frente a sus enemigos históricos, los rusos quienes en superioridad de condiciones bélicas obligaron a su exilio. En la actualidad, el terrorismo checheno, fielmente circunscripto en un territorio, evoca a la necesidad de retornar a la madre patria y vencer a “los explotadores” del régimen Ruso. Esta creencia, fuertemente enraizada en el ser checheno excede en si mismo el discurso del odio, recordando a los investigadores la complejidad del fenómeno (Johnston, 2008). Académicamente, diversos pensadores han abordado el tema del terrorismo desde diversas perspectivas, en las siguientes líneas nos ocuparemos de la relación entre el terrorismo, el fundamentalismo y la religión.          

Desde la Religión
La gran mayoría de los intelectuales occidentales confunden el Islam y sus implicancias. La realidad, sostiene Etienne, es que el radicalismo islámico es la resultante de ciertas promesas incumplidas, y desequilibrios económicos pregonados por Europa pero que a lo largo de los años han subsumido a los pueblos arabes a la pobreza y marginación. La llamada o daawa, de todos los arabo-musulmanes implica las precondiciones de la lucha de transformación que culmina con la idea de “yihad”.  El islamismo también puede comprenderse como una combinación de varios factores tales como la frustración por las desigualdades económicas, los hechos de corrupción de las propias monarquías que lucran con los recursos económicos propios, la avidez de las potencias europeas y extranjeras; y los fracasos por adoptar ideologías europeas como el “marxismo”, tan de boga en Latinoamérica que no conectan con el Islam. 
Sin embargo, “la llamada” no es un intento de agitación u búsqueda de brazos para la lucha armada, sino un recurso religioso para la transformación espiritual. Ciertos grupos integrista apelan a la religiosidad para convertir fieles en soldados. Al igual que en Occidente, la historia de las Cruzadas no solo se mantiene viva, sino que es manipulada con fines individuales y personales por algunos líderes pseudo-religiosos. En pocas palabras, la radicalización del Islam, es más que una limitación manifiesta para comprender la otreidad (un tema no resuelto en el Islam), una respuesta a la modernidad.  En este último sentido, la palabra Yihad ha sido mal comprendida por Occidente. En un punto, porque ella no debe traducirse por “guerra santa” sino que tiene tres diferentes acepciones, a) la lucha interna contra sí mismo, b) el combate contra los infieles, y c) la lucha por expandir el Islam. El Yihad, tiene se constituye en el origen del derecho divino para lo cual deben involucrarse no solo en estudiar las escrituras, sino en tener un oficio y armarse para la defensa del territorio. No obstante, Etienne aclara, el terrorismo actual nace de una tendencia, inserta en la cultural musulmana a disputar el poder entre facciones rivales, incluso entre familiares, por la cual se contrataban “asesinos” o “comedores de hashish” (denominados fanáticos cuyos intereses conspiraban contra la sociedad). A la vez que formaban un cuerpo de elite contra los enemigos externos de la sociedad,  golpeaban a los usurpadores y opresores como muestra de rectitud y fe para un fin superior, la felicidad eterna. El término Fidji (los sacrificados) designaba a esta nueva clase de piadosos ejecutores “de los malos musulmanes”. Sin lugar a dudas, ese es para Etienne el principio discursivo del terrorismo moderno en Oriente Medio.
          Siguiendo este argumento, los investigadores Pech y Slate aseguran que la mente de los terroristas se encuentra atravesada por la represión y la frustración, siendo ellas causante directas de su odio. No obstante, aclaran los autores, la religión parece tener nada o poco que ver con estas actitudes. Lo que el fundamentalista rechaza no es el hambre sino la incertidumbre que consigo trae Occidente y amenaza sus formas tradicionales de vida (Pech y Slate, 2006). Este tipo de procesos son sublimados por medio de rituales específicos en donde el mártir se gana (por valor) un pasaje seguro a la felicidad eterna. Por lo tanto, todo estado de confrontación entre las naciones occidentales y los grupos fundamentalistas lejos de solucionar el problema, lo agravan  (Hoffman y McCormick, 2004). La aplicación de la ley hobessiana como la conocemos sólo sienta las bases para el próximo ataque.  
Robert W. Cox llama la atención sobre las endebles fortalezas que confiere tanto la legitimidad como la confianza. Los Estados Unidos se han transformado en las últimas décadas en una mega-potencia gracias a la cantidad de créditos otorgados a terceros países como a los propios. El rol de confianza impuesto por este país se debe a su posición hegemónica como principal acreedor y deudor del mundo capitalista. Esta frágil situación sugiere la posibilidad de causar reiteradas crisis que afecten a otras sociedades en lo político e institucional. Ello ha generado “resentimiento” en ciertas poblaciones hacia la forma sutil pero enérgica de ejercer poder de los Estados Unidos. La legitimidad de esta joven nación se encuentra determinada por un sentimiento de “excepcionalidad” traído por los padres fundadores desde Europa y su posición fundamentalista frente al mundo. Partiendo de la base los primeros cristianos que llegaron a América concebían al mundo como un lugar inseguro y corrupto al cual había que darle la espalda, existe actualmente en ese país un rechazo a la apertura. Pero por si sólo el fundamentalismo no condiciona al terrorismo. El terrorismo, desde esta perspectiva, puede ser definido como un arma utilizada por el más débil para desestabilizar la legitimidad del más fuerte. Pero contrariamente a ello, los usos de violencia de los insurgentes son catalogados de “terroristas” y con ese mote empujados a la ilegalidad. Cuando ello sucede, el imperio se hace más fuerte pues toma al terrorismo como pretexto para justificar la expansión militar. Pero la coacción sobre los terroristas no solo no elimina al terrorismo sino que además genera una relación dialéctica de dependencia entre ambos actores (Cox, 2004). 
          Advierte el filósofo esloveno Slavoj Zizek (2009), en su obra Violencia, porque vinculamos a los terroristas con los fundamentalistas?, ¿acaso los fundamentalistas no viven de espaldas al mundo sensible?. Todo acto fundamentalista considera al mundo como corrupto. En tanto que toda corrección debe venir del retorno del hombre de fe a los fundamentos, a los textos sagrados. El fundamentalista está tan convencido de su fe que no utiliza actos de violencia para imponerlos. Sólo aquellos grupos que en convivencia real con Occidente hoy se sienten desahuciados pueden ejercer su odio hacia él. Por lo tanto, explica Zizek, el terrorismo es un producto del “resentimiento” y nada ha de tener con la religión en sí. El problema tal vez radique en la ambigüedad de interpretaciones respecto al Corán, el cual a diferencia de la Biblia Católica, no posee un Corpus recopilado y seleccionado por un Dogma previo.
          El profesor Ernesto López enfatiza en la integración que el Corán promueve entre religión y política. La visión islámica a diferencia de la cristiana, es holística y se encuentra integrada en todas las instituciones de la vida social. Las enseñanzas del profeta dan coherencia a toda la vida del musulmán y ayuda a resolver los problemas de la cotidianeidad. A esa integración se la denomina Tarwhid. En este sentido cabe destacar que Mahoma (Mohammed) peleó en forma sostenida para mantener y extender el Islam en toda la península Arábiga. Esa lucha se encuentra presente en el término Jihad, pero lejos está se significar una lucha armada en el sentido estricto de la palabra. Jihad, para ser precisos, apela a la lucha del hombre por transformar su medio, asimismo y contribuir a su comunidad. Para ello, se debe buscar y trabajar por la excelencia que prima sobre la vida de todo creyente. Pero paralelamente a estas enseñanzas, el Corán también insita a la organización para la lucha armada cuando la comunidad (umma) se encuentra en peligro ya sea por la intervención de una potencia extranjera o los traidores al Corán (takfirs). Muchos trabajadores en hoteles de lujo, y resorts turísticos son vistos como encarnaciones de la traición por ser cómplices del estilo de vida occidental. Por ese y otros motivos son blancos de ataques masivos en todo el mundo árabe. Si bien el umma es un concepto nacido de la armonía y la paz, existe cierta ambigüedad en la forma en que ciertos grupos comprendieron (a lo largo de la historia) estos preceptos. El umma representa una alianza entre todos los musulmanes quienes están obligados a prestar ayuda en defensa de su comunidad, pero este lema, sin ir más lejos, luego de la Invasión Soviética a Afganistán fue considerado una pieza capital para la formación de una base de datos que reclutaba guerreros de todo el mundo árabe (al-Qaeda).
A diferencia de Etiene, López no considera que los musulmanes tengan un serio problema de comprensión respecto al otro no-musulmán, sino que al contrario, el problema está supeditado a la flexibilidad del Islam para interpretar las escrituras sagradas. A diferencia del Catolicismo, que codificó sus textos bajo premisas específicas, los árabes no cuentan con un dogma único e incuestionable, sino con varias interpretaciones, algunas de ellas totalmente divergentes entre sí (López, 2003). La complicidad entre los grupos privilegiados locales y las potencias extranjeras parece uno de los aspectos más importantes a la hora de comprender la orientación del falso-fundamentalismo hacia la violencia. Sin ir más lejos, los “hermanos musulmanes”, la versión radicalizada del Islam político no solo trabajó en cooperación con potencias como Estados Unidos, sino que además actuaron contrariamente a ideologías agnósticas como el comunismo. Este grupo inspiró la iluminación religiosa pero siempre aplicada en contextos políticos y aprovechando las incongruencias o debilidades del nacionalismo tradicional (El Alaoui, 2011). Claro parece ser que, el avance del capitalismo a toda la región, la modernización de algunos grupos en Egipto y Arabia Saudita, la intromisión política de las potencias occidentales que intentan imponer nuevas formas de gobierno y de comercio preparan un claro de cultivo propicio para la lucha armada. Empero, sobre los componentes económicos del terrorismo, uno debe preguntarse hasta que punto la globalización financiera encuentra un obstáculo importante en el mundo árabe. De este tema nos ocuparemos en las secciones siguientes.    
         

 

Desde la Economía
Como ya se ha mencionado algunos autores provenientes de naciones en desarrollo criticaron fuertemente el rol de los Estados Unidos luego del ataque a Nueva York, ya sea porque las invasiones fueron apresuradas o porque se desoyeron los mandatos de las Naciones Unidas. La relación entre los obstáculos económicos de ese país y su necesidad de expandir la violencia fuera de sus fronteras fue bien analizada por E. del Búfalo (2002). Este trabajo focaliza en la doble cara que trae el proceso de globalización generando una idea de superioridad frente a otros estadios del desarrollo pero a la vez dependencia financiera y económica. En efecto, mientras por un lado la doctrina del libre comercio promueve la libre transacción entre países “desarrollados y subdesarrollados”, por los otros los Estados Nación desarrollados establecen rígidas barreras étnicas y nacionales a la entrada de inmigrantes y trabajadores temporarios de las zonas periféricas. En ese contexto, surgen nacionalismos y movimientos de reivindicación en los diferentes países donde existe una alta tasa de pobreza o deprivación material. Heredero del mercantilismo y posteriormente de la colonización, el cinismo neo-liberal asume que las fallas económicas de los países emergentes corresponden a malas políticas nacionales internas mientras que los beneficios de la globalización a la circulación “del libre mercado de capitales” (Búfalo, 2002). ¿Es acaso la economía una continuación de la guerra?. Holloway y Peláez sugieren que toda guerra es un atentado ético ante la humanidad promovida por el mercado y los estados para lograr adoctrinamiento.  El conflicto genera lealtad al endo-grupo hasta el punto de olvidar todas las incongruencias internas del propio sistema. En este punto, la guerra resuelve temporalmente mucho de los problemas y las desigualdades propias del capitalismo. Los enemigos externos permiten imponer el orden y la ley dentro del propio territorio controlando las formas en que fluye el capital. En épocas de paz, la migración voluntaria y el turismo generan millones de pérdidas en materia de capital que los estados deben repatriar por medio del conflicto. Este movimiento hacia fuera es acompañado de una apertura hacia otras costumbres y formas de vida. Como consecuencias, los ciudadanos medios comienzan a ser cada vez menos leales a su propia organización económica, el sistema por medio del conflicto figurado intenta re-ordenar esas lealtades canalizándolas hacia dentro (Holloway y Peláez, 2002).
Con respecto al análisis y proliferación del miedo, a diferencia de otros casos como Alemania o Japón los cuales reconstruyeron todos sus edificios dañados, los autores sugieren que el hecho de no haber reconstruido las Torres Gemelas constituye en el indicador más vivo del temor que experimentan los estadounidenses con respecto a un nuevo ataque de tipo terrorista. Por lo demás, el 11 de Septiembre ha causado un gran impacto en la sociedad estadounidense, generando no sólo temor sino un aumento de un 20% en las tarifas de transporte. En efecto, principalmente los aviones sufrieron una baja en la demanda por el miedo que genera ser presa de un “atentado” pero además debido a los motivos internos de seguridad, un alza en sus tarifas. Esto se vio agravado por el terror que trajo consigo el Ántrax y el reemplazo de las casillas postales por los famosos emails (Glaeser y Shapiro, 2001)
El 11 de Septiembre afectó la forma de ver al terrorismo y vinculó en forma errónea su presencia a la religión islámica. Este evento ha modificado, según Jaime Estay las industrias y los servicios a nivel mundial. En esa coyuntura de turbulencia, la situación América Latina, región que ya se encontraba atravesando su propia crisis financiera (1990-1999), requiere un minucioso trabajo de revisión. Según el autor, los atentados al World Trade Center tendrán un mayor impacto en las economías de los países sub-desarrollados debido a la fuga de los inversores internacionales que se repliegan ante escenarios con escasa previsibilidad, pero sobre todo por las barreras migratorias impuestas por los países desarrollados a los ciudadanos provenientes del tercer mundo. Por lo general, la industria de las remesas permite la subsistencia de miles de familias en África, América Latina y El Caribe; en consecuencia, el 11 de Septiembre no ha sido un hecho aislado sino toda una estrategia discursiva de corte hegemónico en donde Estados Unidos se juega la posibilidad de reactivar la industria bélica con miras a un objetivo geo-político más amplio por medio de la manipulación del miedo, la incertidumbre y la falta de señales económicas positivas (Estay, 2002). La guerra contra el terror ha permitido a los Estados Unidos y sus aliados situarse estratégicamente en lugares a donde antes no tenían llegada directa, acaparando y transfiriendo valor a los recursos energéticos básicos. Siguiendo este argumento, el 11-9 significó para EEUU un fuerte posicionamiento frente a su rival más directo China. Las empresas americanas están frente a una nueva forma de disputa hegemónica entre dos potencias, una en declive y la otra en ascenso (Ornelas, 2002). Por tanto, no existe razón para llevar el fenómeno al territorio de lo simbólico o lo religioso cuando sus raíces son netamente económicas.  Empero, parece que la Ciencia política tiene mucho para decir, en ocasiones contradiciendo las hipótesis neo-marxistas de la formación de conflictos como regulador de la escasez (Foucault, 2006)

Desde la Política
          Desde la política, y no desde la Ciencia política, exista una tendencia a demarcar una frontera entre la democracia y el terrorismo. Este recurso de demonización de los otros no es nuevo, pero sugiere que no pueda existir un debate convincente sobre las causas reales del terrorismo. Por desgracia, suponemos que el terrorismo es el nuevo mal que aqueja al mundo, y que sólo la democracia puede erradicarlo. Este binomio opera como un discurso que legitima la posición de los Estados occidentales frente al problema, pero no permite una solución a mediano plazo; todo lo contrario subsume a los participantes en las fauces de la ideología. La dicotomía se resuelve con un simplismo lo bastante extendido como para convertirse en una realidad de los medios de comunicación y sus audiencias globales: los estadounidenses son víctimas del terrorismo porque intentan extender la democracia a países de una cultura autoritaria. Como líderes mundiales en la lucha contra la opresión y la tiranía los estadounidenses se transforman en blancos móviles cuyo valor trasciende al resto de los grupos humanos (Al-Sumait, Lingle, y Domke, 2009).
          Este ha sido el pensamiento que si bien estaba presente en gran parte de la inteligentsia americana en la voz de S. Huntington o F. Fukuyama, resurgió con nueva fuerza luego del 11 de Septiembre de 2001. Desde esta perspectiva, existen países con grados culturales propensos al autoritarismo y países que ayudados por el desarrollo económico estarían blindados al desequilibrio político. Los ataques terroristas sobre blancos occidentales representan una resistencia a la globalización y a la democracia, cuestiones eminentemente modernas que países tradicionales con una raigambre fuertemente teo-crática no puede aceptar. Por lo tanto, el terrorismo debería ser considerado como la amenaza más importante del próximo siglo para los estados nacionales (Pollins, 1989; Vargas Llosa, 2002; Rashid, 2002; Kepel, 2002; Robertson, 2002; Keohane y Zeckhauser, 2003; Sunstein, 2005). Estos intelectuales de alguna u otra forma persisten en su idea que la intervención política es la única forma de poder vencer al “flagelo del terrorismo”. En forma contraria, otro grupo de lideres e intelectuales nacidos de la izquierda europea y estadounidense enfatizan en la funcionalidad que el terrorismo y el 11-9 representan a la hegemonía americana (Gray, 2007; Altheide, 2006; 2009; Skoll, 2007; Sontag, 2002; Said, 2001; Holloway y Pelaez, 2002; Bernstein, 2006; Wolin, 2010; Corey, 2009; Korstanje, 2011). Ambas formas de pensar, que bien describieran Al-Sumait, Lingle y Domke (2009) ponen a la democracia, en dos posiciones antagónicas frente al problema en estudio. La presencia de la democracia es la causa del terrorismo (causa 1) o precisamente su ausencia sienta las bases para la aparición del terrorismo (causa 2). Ambas opciones vinculan arbitrariamente sin definición previa a la democracia, con el terrorismo.
Según el argumento presentado, James Piazza (2006) explica aun cuando existe un consenso fuerte en el mundo académico en señalar al terrorismo como un resultado directo de la privación o la pobreza, dicha hipótesis no puede ser comprada en el campo de los datos. Por medio de un análisis que toma los promedios de PBI per capita, número de muertos o heridos en atentados terroristas, índices de desarrollo humano como GINI, queda claro que los países más pobres no necesariamente formen cuadros de células terroristas. Ello sugiere, según el autor, que la pobreza no es una variable directa que fomente el terrorismo. Por el contrario, si lo son la densidad demográfica de la población, el multipartidismo, y la debilidad institucional las variables que como en los casos de Colombia, Israel e India explican el accionar terrorista. En democracias bipartidistas la posibilidad de engendrar grupos de disidencia es menor que en democracias con una caótica organización de partidos múltiples en donde los mayoritarios empujan a los más pequeños hacia la periferia del sistema político (marginalidad) dejando sus demandas no solo insatisfechas sino al borde de la clandestinidad. En ese contexto, Piazza reconoce que la debilidad institucional de los gobernantes (teoría de los clivajes) es una pieza clave para comprender el fenómeno. No obstante, el trabajo de referencia tiene una falla clara que debe ser primero aclarada. El conteo de víctimas que toma Piazza como indicador se lleva a cabo tomando al país donde se ha generado el ataque y no el país desde donde la célula opera. Ello induce al lector a una “falacia ecológica” porque supone que la impotencia del estado en donde se llevan los ataques es la condición para la aparición de grupos terroristas, ignorando que muchos grupos operan en países diferentes o simplemente se forman en países para perpetrar atentados en otros.
          La discusión política en cuanto al problema planteado se puede dirimir en tres variables bien definidas. La primera de ellas es una definición sustancial de que es y como opera la democracia, segundo la relación entre inestabilidad política, segregación económica y descontento social. Tercero, la posibilidad de formar alianzas para vencer enemigos ya sea desde el lado de Al-Qaeda los estados nacionales occidentales, o desde éstos últimos el terrorismo internacional. El terrorismo, implica, desde uno u otro referente la movilización de recursos simbólicos, materiales y humanos para la concreción de fines específicos. Es decir, ambos discursos descasan en el principio de la racionalidad occidental, del cual obvio la economía es su ciencia magna.
Cierto es que el fenómeno conlleva un espíritu el cual no solo descansa en la violencia, o la tortura sino en la extorsión. En la antigüedad existían ataques encubiertos a viajeros con la idea de desafiar al imperio de turno. No obstante, estas incursiones eran, si se nos permite el término, directas. La posibilidad de tomar rehenes para negociar ciertas pautas o demandas, no era una estrategia plausible para la antigüedad clásica. Por ese motivo, se dan similitudes entre el terrorismo y otros actos “legales” como el derecho a la organización sindical, la huelga, etc. La especulación, capacidad de daño y extorsión son elementos centrales ya sea en una lucha sindical reglamentada, como en un ataque terrorista ilegal. En estas circunstancias, el grupo de actores aprovecha su situación privilegiada respecto a la cadena productiva para generar un daño al Estado, tomando de “rehenes” a los consumidores. Esta nueva forma de pensar, nace con el liberalismo industrial pero se consolida en el capitalismo del siglo XX.  Siguiendo esta forma de razonamiento, se puede agregar que “el terrorismo” se corresponde con una filosofía o forma de negociación que convive con nuestras instituciones democráticas de las más diversas maneras.
Un dato importante a nuestra tesis: los organizadores del tristemente célebre ataque al World Trade Center, la mayoría de ellos formados en importantes universidades europeas y americanas, planificaron su accionar basados en los últimos adelantos en materia de Management y organización de empresas. En forma similar, cuando miles de pasajeros quedan varados en un Aeropuerto internacional en plena temporada, se está apelando a una táctica violenta para renegociar ciertas condiciones. Las luchas dentro de la sociedad pos-industrial nacen del cálculo y la extorsión en igual medida que el terrorismo internacional. La lógica de la posmodernidad es simple a grandes rasgos, para que el organismo más fuerte acceda a las demandas de ciertos grupos, se toma como “escudo” a los más débiles y se hace de su vulnerabilidad un mensaje político. No obstante, uno de los aspectos en los cuales un acto terrorista se distingue de una lucha sindical, es la tortura.

Estados Unidos y la tortura


Los Estados Unidos de América se ha transformado en una potencia cuyo poder militar, financiero y simbólico excede a cualquier otro país. En ese contexto, ejercen sobre el resto de las naciones una idea de “ejemplaridad”, sobre todo cuando la otra mega-potencia, se derrumbara en la década del 90 (URSS). En este sentido, advierte Chalmers Johnson, la política internacional americana ha tomado un camino diferente a su política de espionaje en diferentes ciudades consideradas claves para el régimen. El 11 de Septiembre y el odio que despiertan los americanos en el mundo, es un resultado de sus políticas de intervención encubierta como en el caso del apoyo a los “muyahidin” en la lucha afgana frente a la Unión Soviética. El punto de inflexión entre O. Bin Laden y la Casa Blanca no fue hasta que la URSS fue obligada a retirarse, y los americanos mantuvieron (luego de la primera guerra del Golfo) sus tropas en Arabia Saudita. Este signo fue visto como un intento de apropiación por parte de una potencia extranjera y una humillación al Islam. Desde 1996 hasta la fecha, muchos musulmanes intentaron atentar contra blancos estadounidenses en todo el mundo. El turismo y la forma de vida occidental fueron también blancos propicios para este grupo radicalizado. La táctica expansionista del “imperio americano” acostumbran a desestabilizar regiones para introducir sus productos y sus valores propios, pero una vez transcurrido cierto lapso de tiempo, sus políticas continúan siendo las mismas hasta el punto de generar rechazo y resentimiento por parte de la población local. En este sentido, la palabra “blowback” denota la posibilidad de “recibir lo que uno cosecha”. El terrorismo moderno es, acorde a esta explicación, una respuesta derivada del imperialismo (Johnson, 2004).
C. Johnson evidencia en forma elocuente, como la aplicación de las leyes locales son ineficaces para los portadores del imperio. Sean estos turistas extranjeros o militares acantonados en una base, los diferentes casos de violaciones a mujeres residentes de Okinawa o accidentes aéreos o de tráfico en Europa sugieren la idea de una asimetría en la forma de relación entre las naciones periféricas y los Estados Unidos. La aplicación de la ley va acompañada del poder y la justificación exacta que lleva a que uno de los actores en esa relación tenga mayor peso que el otro. El discurso americano, durante mucho tiempo, ha focalizado en la “necesidad” de los países tercermundistas de recibir no solo apoyo financiero para su desarrollo, sino protección y asesoramiento bélico. Estos países desprotegidos merecen la intervención “civilizadora de los Estados Unidos”. En tanto, sus soldados acusados de violaciones no fueron juzgados (o lo fueron pero en ausencia) en tribunales locales sino la mayoría de ellos exonerados, o repatriados a su nación. Por el contrario, esta potencia siempre ha evocado la necesidad de juzgar en suelo americano los “actos perpetrados por terroristas” debido a la corrupción y complicidad de los gobiernos locales. Esta diferencia de poder en las formas de aplicación de la ley, es un claro indicador de la “presencia imperial (Johnson, 2004).
Las contribuciones de C. Johnson ayudan a comprender en términos foucaultianos como quien concentra el poder puede no solo sancionar sino hacer aplicar el imperio de la ley a su favor. Recordemos que según M. Foucault, el sistema político representa la guerra por otros medios reestructurando la violencia haca el seno de la sociedad y ejerciéndola sobre el cuerpo de sus ciudadanos. No obstante, cabe aclarar la sociedad no es un todo homogéneo con compatibilidad de intereses sino todo lo contrario, una representación formada por las más diversas facciones todas ellas en constante negociación de poder y conflicto. La historia y la necesidad de verdad son funcionales a dirimir esos clivajes hasta el punto de recanalizarlos en un esquema bipolar en donde priman dos categorías: “nosotros” y “ellos”. La ley, y sobre todo la doctrina jurídica, no solo separa lo que está bien de aquello que está mal sino que además revitalizan las estructuras de poder. En consecuencia, la cohesión temporal subsumida bajo la autoridad del Estado se encuentra construida en la necesidad de llevar la guerra hacia fuera de las fronteras; explicado en otros términos, defender la sociedad bajo amenaza biológica, política o militar de un ataque extranjero será el mensaje imperante. El adoctrinamiento simbólico y físico sobre el cuerpo, la reclusión, funciona como el instrumento de disuasión para que los súbditos se sometan a los deseos del soberano. En este sentido, podemos hablar de un “verdadero racismo de Estado” cuya máxima expresión se materializarán en los siglos posteriores con la adaptación de la teoría darwiniana, la creación de la eugenesia, el asenso de los fascismos en Europa y las democracias occidentales cristianas posteriores o la guerra fría (Foucault, 2001).
En 180 grados respecto al argumento de Johnson y Foucault, en este debate se sitúan otras posiciones que también deben ser consideradas. Sin ir más lejos, para J. F. Revel existe cierto cinismo en la forma en que Europa acusa a EEUU sobre su posición “dominante” por sus políticas internacionales. La dependencia cultural del mundo respecto a EEUU como potencia puede evidenciarse no solo en la expansión de su lengua, sino además en el sentimiento anti-estadounidense fagocitado por países centrales como Francia y Alemania. Básicamente, existe una “psicopatología” por a cual se castiga a esa mega-potencia con datos falsos cuando en el fondo subyace una profunda admiración (Revel, 2002). Estas ideas prendieron sobre todo en algunos pensadores de izquierda con base en Latinoamérica.  Con errores y aciertos, Revel asegura que el sentimiento antiestadounidense es la culpa Europea no asumida por haber generado una híper-potencia luego de dos guerras mundiales. Siguiendo esta manera de razonar, uno se da cuenta por sus propios medios Estados Unidos cumple la función y el costo de ser “la policía” mundial simplemente porque Europa no asume directamente las consecuencias de poner orden en un mundo cada vez más revuelto (Revel, 2002). No obstante, la coacción presente en todos los Estados Nacionales en forma simultanea a la multiplación o liberalización del capital (Tilly, 1993), se transforma en tortura cuando la estructura política no puede legitimar el orden fundante de la sociedad y sus valores coyunturales se ponen en juego. El dilema de la tortura aboga por el terror de no saber cuando y cuantas personas morirán en el próximo ataque.
Retratando la serie americana LOST, Scott Parker enfatiza su estudio en la tortura como forma de relación entre dos actores, un Estado incapaz de identificar el próximo ataque, y un grupo de insurgentes que se esconden en la población. Más allá de cualquier patología sádica, en muchos casos el torturador que está frente a su víctima no sabe si lo que dice el torturado es real, pero por sobre todo, cree estar haciendo lo correcto para “evitar que lo peor suceda”. Sin embargo, la tortura descansa sobre una falsa dicotomía porque el inocente da datos falsos con el fin de parar el sufrimiento, mientras aquel que está realmente involucrado “muere” sin dar detalles. Ante la quimera instrumentaliza de la tortura, el torturador no solo ve que tan ineficaz es su herramienta sino además es interpelado (a su vez torturado) por un intenso sentimiento de culpa (Parker, 2010: 137-148). 
En forma complementaria, Goffrey Skoll advierte, que en la historia, el adoctrinamiento, la dictadura y el miedo han sido viejos conocidos. Incluso, mismo pensamiento ha sido trasladado recientemente al cine, sobre todo al episodio número III de la Guerra de las Galaxias cuando se describe como el origen de la República colapsa frente a la necesidad de una dictadura. Si bien Lucas ejemplificó el pensamiento político de su tiempo, es por demás interesante examinar el rol que cumple el temor como mecanismo tendiente de socavar las bases del propio self. Esta película de ficción no solo refleja el momento actual que viven los Estados Unidos sino el trabajo de grandes intelectuales como es el caso del libro La Teoría social del Temor, de Geoffrey Skoll, profesor de la Universidad de Búfalo, Nueva York. En este importante proyecto, Skoll defiende la tesis de Wallerstein respecto al final del capitalismo. Empujado en una dicotomía insalvable, el capitalismo moderno como el Imperio romano está entre extenderse hegemónicamente y desaparecer o implosionar. La arquitectura del temor se basa en el pánico que genera la repetición del evento traumático desde donde el mundo político teje su discurso.
Desde esta perspectiva, Skoll (2010: 28) escribe “la catástrofe ocurre cuando los reguladores institucionales no pueden absorber el grado latente de conflicto. Dicho estado siempre abre una potencial bifurcación para el sistema. Y dicha bifurcación ocurre cuando el sistema entra en un estadio de caos” . Lo paradójico, es que los intereses de los grupos privilegiados en momentos de crisis no parecen ser claros e incluso atentan contra sus propios intereses. Desde el momento en que las aristocracias no están interesadas en salvar a la sociedad sino a ellos mismos, existen componentes que facilitan el colapso a no ser por el uso del temor como un sentimiento para preservar el orden imperante. En comparación con el Imperio romano o la desintegración del Orden Feudal, el capitalismo tardío ha entrado en convulsión y encuentra en la expansión militar el control de comercio que sólo puede darle unos minutos más de vida. La tesis central de Skoll es que el declinar del estado recurre al temor como forma de disuasión interna.
          Siguiendo el presente argumento, el autor introduce a sus lectores en un texto por demás fascinante, no solo muy bien escrito sino además un retrato claro sobre la época que nos toca vivir.  A través de la presente crisis financiera, Skoll agrega, el episodio del 11 de Septiembre puede ser comparado con el asalto al Reichstag en Alemania del 33 cuando por medio de un ataque preventivo, los líderes nazis impusieron una forma de pensar. La tragedia expresada en las víctimas del WTC, al margen de sus causas y efectos, ha marcado un punto de inflexión en la historia mundial porque los líderes estadounidenses vieron al estado de caos como una oportunidad política. Las intervenciones en Medio Oriente alimentaron la demanda en las grandes ciudades y fagocitaron una política más agresiva en la expropiación de los recursos locales en los países conquistados. Sin lugar a dudas, la política del miedo creada por Estados Unidos y su guerra contra el terrorismo, es un intento por mantener el poder de las clases privilegiadas. En momentos de incertidumbre, ciertos grupos acuden al temor por su doble efecto, por un lado elimina el espíritu crítico mientras por el otro estimula el consumo masivo.
          Los diversos capítulos que estructuran este libro son de vital importancia para comprender el fenómeno, pero de todos ellos, es sin dudas el tercero donde mejor tratado está la relación entre el temor y la política. Una lectura rápida nos lleva a preguntarnos ¿Por qué el mundo anglosajón ha aceptado la invasión de EUA al mundo árabe?. Skoll, en forma brillante, responde Canadá, Australia y Reino Unido no solo tienen un bosquejo cultural en común sino que también forman parte de un mismo club de países que se niegan a caer. Cuando ello sucede, el principio de la constitución y la libertad sucumben frente a las dictaduras. Tanto los límites y sanciones legales sobre ciertos crímenes como la tortura, y su aceptación, son socavados, sino el principio de civilidad. Este trabajo nos ayuda a comprender la relación que existe entre temor, tortura, crimen, modernidad, guerra y terrorismo de una forma no antes vista. Con este libro uno realmente comienza a comprender como se configuran las prácticas estadounidenses con miras a la unificación de un mercado en crisis y la expansión hegemónica, una vez caída la URSS. Estados Unidos no comienza su declive por el terrorismo en sí, sino por la falta de una contrafuerza que límite sus posibilidades.
          En discusión, la función del Estado es combinar el uso de la fuerza con la legitimidad que confiere el poder.  En tiempos en los cuales el conflicto es limitado, el poder del Estado moderno se ancla en el consumo y el mercado ya que ambas instituciones le confieren estabilidad. Sin embargo, en momentos de desorden, el Estado debe recurrir a la violencia como forma disuasiva para evitar la desintegración social. Si el mercado da gratificación al ciudadano para evitar el cambio social como mediador entre los hombres y el Estado, en momentos de inestabilidad, el miedo suple esa función. Por ese motivo, todos los fascismos necesitan de la privación material y no solo ello, el líder emergente necesita enemigos y chivos expiatorios para llevar a cabo sus políticas de demagogia. Luego de perpetrados los ataques al WTC, la lógica del fascismo de trascendencia y autodestrucción despertó en los Estados Unidos de América. Las políticas de control del Estado liberal no fueron suficientes para reordenar su posición a nivel internacional.
En la década de los 90, Estados Unidos había recurrido a emitir una cantidad exagerada de  préstamos a los países en vías de desarrollo con el fin de crear un sistema conectado de dependencia y poder liberarse de la inflación que implicaba la emisión sistemática de capital. Organismos de fama internacional como Fondo Monetario o el Banco Mundial, comenzaron a subordinar la política interna de ciertos países a la voluntad de EUA. No obstante, esta dependencia creo un sentimiento generalizado más vinculado al resentimiento, por parte de ciertas poblaciones locales, que al agradecimiento. El capital globalizado crea un estado liberal supuestamente democrático, el cual se diferencia de las autocracias clásicas por ser calculado, racional y focalizado en el consumo cultural. En este sentido, mientras los estados autoritarios coaccionaban sobre la diferencia, el estado liberal la silenciaba. Una de las mayores contribuciones de Skoll al estudio del terrorismo radica en re-cuestionarse los orígenes de la democracia moderna y su lento pasaje a la autocracia legislativa. Si todo trauma altera la realidad del self, y como el joven Skywalker teme perder a Padme ya que también ha perdido a su madre, el 11/9 y la guerra contra le terrorismo modifican la manera en que los estadounidenses conciben su vida democrática.

Los Medios Masivos de Comunicación


          El 11 de Septiembre de 2001, sin lugar a dudas, marcó no solo un hito en cuestiones de impacto sino una nueva visión sobre el terrorismo que ha desdibujado a otros hechos similares sucedidos en Bali, Argentina, Egipto etc. Los medios masivos de comunicación transmitieron una y otra vez miles de imágenes a una gran audiencia, y muchos de los estadounidenses vieron esas imágenes en un promedio de 7 veces por día durante más de una semana, admite Jajiv Jhangiani. Desde un punto de vista psicológico, el evento fue nuevo en muchas cuestiones entre ellas que atento simbólicamente sobre los “centros ejemplares” más representativos del poder financiero y militar de Estados Unidos, y segundo que utilizaron aerolíneas comerciales como armas contra sus objetivos. El impacto hubo de ser tan grande, que en los meses sucesivos la cantidad de trabajos en Internet sobre el terrorismo creció exponencialmente (Jhangiani, 2010).    
          Al igual que Soyinka y Baudrillard, I. Ramonet (2011) enfatiza en estudiar a fondo la globalización como elemento vaciador del estado. Si la época feudal se caracterizó por una organización región-estado feudal, y los siglos XIX y XX dieron origen a los Estados-nación propiamente dichos, el siglo XXI ha creado una nueva configuración anclada en la “red-estado” en donde las organizaciones se hacen más flexibles, abstractas y globales. El 11 de Septiembre precisó el fin de una época y el principio de otra hasta el punto de mediatizar el evento de una forma única. Ni Al-Qaeda ni Ben Laden buscaron generar un alto número de muertos con los atentados, sino generar un terror simbólico atentando contra los principales centros urbanos de los Estados Unidos. De un momento a otro, el terrorismo accedió a todas las pantallas de televisión para imponer desde esa posición un mensaje reaccionario. Como consecuencia, se crea una nueva forma de atentar en donde los territorios se desdibujan para dar lugar a un miedo mediático y globalizado.
Paul Virilio afirma que las grandes urbes se han reciclado en una “aglomeración memorial” de un pasado objetivado. La era del conformismo visual y mediático transforma a las guerras, residuos de los avances técnicos, en meros espectáculos o dramas pasionales. Lo importante en este proceso no es el mensaje, sino la velocidad con la que cada episodio reemplaza al otro en forma sucesiva. n este sentido, la compleja tesis de Virilio se esmera por probar que la imposición de la imagen informativa genera una psicosis colectiva. El miedo es un ingrediente básico de la fantasía, pero su teatralización persigue fines de hegemonía política. Esta figura de dominio se construye tanto por lo transmitido como por lo excluyente, como las diversas bombas arrojadas por el ejército estadounidense en poblaciones civiles; y cuya constatación se encuentra ausente en cualquier museo. Por ese motivo, Virilio denomina Ciudades-Pánico a las aglomeraciones cuya catástrofe más evidente es su propio existir. El caos y el desorden transmitidos por los medios informativos llevan a la reclusión de los hombres en grandes ciudades, con la esperanza de encontrar seguridad por medio de mecanismos sustitutivos como el consumo generalizado (Virilio, 2007).
En su último trabajo, Virilio advierte que el gran problema del mundo moderno no es el terrorismo en sí, sino la lógica de aceleración de la realidad y la complicidad de los centros universitarios en la formación de técnicos sin consciencia crítica sobre el estado desencadenado de desastres. La exposición mediática de una realidad sin lugar ni tiempo, articulada en un todo coherente anula la capacidad crítica en la educación. Como resultado, los científicos se han transformado en empleados de las compañías de seguros ya que sus servicios son requeridos para saber cuando y como será el próximo desastre. Los programas informáticos para predecir las características y daños de los próximos desastres permiten la elaboración de primas de seguro. Los únicos bienes que no pueden asegurarse son aquellos que sufren un atentado terrorista. La aceleración de los eventos históricos ha creado una híper-realidad en donde el terrorismo es el último escollo a sortear; la espontaneidad del hecho histórico y la sucesión han dado lugar a una nueva realidad donde todo pasa al mismo tiempo; la postmodernidad no aborda la causas de los desastres sino que crea una realidad futurible con el fin de refugiarse en los productos que ofrece el mercado (Virilio, 2010).
Siguiendo este argumento, J. Baudrillard adscribe a la idea que el 11-9 sirvió de precondición para una expansión planificada, sostenida y agresiva del comercio a todo el mundo (por medio de la imposición de la guerra contra el terror). La creación de regímenes nuevos pseudo-democráticos suscitaron una profunda necesidad de estimular la libertad y la necesidad, dos características esenciales del mercado (Baudrillard, 1995ª; 1995b; 2006). El terrorismo pudo surgir gracias a las asimetrías materiales provocadas por el capitalismo pero paradójicamente su propia expresión, en mártires educados en las mejores universidades del mundo capitalista, replicaron su expansión (Phillips, 2008).  La globalización y la expansión del capital junto a la creación de escenarios apocalípticos han hechos sin lugar dudas del problema una forma de entretenimiento. La dominación tecnológica visual de ciertos países subvierte las causas de la guerra exponiendo sólo las consecuencias. De esta forma, quedan siempre expuestos los grupos “terroristas” como portadores de un mal extremo pero se desdibujan las razones de sus acciones. La instrumentalidad racional y la movilidad son baluartes del Estado nación pero a su vez representan serios problemas de inclusión para los otros no occidentales. Aun cuando, la movilidad ha sido expandida a todos los continentes como símbolo de liberación, derecho y estatus, ciertos grupos marginados a la más extrema pobreza son inmovilizados por el mismo capital que los domina (Connolly, 1993). El mensaje del terrorismo “abstracto” conlleva una lucha que es eminentemente política pero cuya imposibilidad de cumplimiento justifica su virulencia. En efecto, que estado sensato accedería a las demanda de Osama Bin Laden que implican su propia autodestrucción; acaso ¿Estados Unidos dejaría de ocupar su posición hegemónica por los atentados al World Trade Center?.
De manera forma convincente, en antropólogo francés Marc Augé (2002) afirma que a diferencia de la batalla, la guerra desdibuja sus causas reales alimentando la sensación que lo peor está realmente por suceder. Nadie sabe cuando y porque empieza una guerra ya que ella se mueve por sus efectos o consecuencias. En lugar de buscar sobre las causas que llevaron a un grupo de personas a perpetrar un ataque directo en un nación extranjera, los medios de comunicación promueven una guerra con el fin de mover la maquinaria bélica hacia fuera de los límites pre-establecidos. No obstante, las cosas parecen no ser tan lineales ya que un estudio realizado en 19 periódicos de ciudades pequeñas y más pobladas dentro del territorio estadounidense, revela que la posición del periodismo en centros urbanos donde residen una cantidad grande de musulmanes o extranjeros fue particularmente negativa en sus coberturas respecto al Islam luego del 11-9 mientras que la cobertura de grupos ubicados en zonas rurales fueron más positivas. Ello se debe a que los periodistas residentes en zonas mega-urbanas sintieron una mayor vulnerabilidad porque el atentado se llevó a acabo en una zona preferentemente céntrica (Pollock et al, 2005).         
Más allá de los números fríos y las estadísticas sobre los atentados, existen indicadores palpables sobre la situación psicológica de las personas que experimentan un hecho de esta magnitud. Los efectos, por ejemplo, del ataque al World Trade Center provocaron serios problemas en algunos sobrevivientes, testigos y audiencia en general. Si bien las causas y consecuencias del evento aún no quedan del todo claras debido a la gran cantidad de estudios, algunos de ellos incluso hasta contradictorios, la realidad es que desde trauma vicario, hasta stress y ansiedad diversos fueron los síntomas experimentados por la sociedad estadounidense, sobre todo aquellos con residencia cercana al ground-zero de NuevaYork.
En este contexto, Jhangiani examina pormenorizadamente los estudios clínicos publicados desde 2001 a 2006 encontrando que los medios de comunicación y programas informativos, bajos ciertas circunstancias, acrecentaban el estrés y ansiedad existente, mientras que en otras ayudaban en forma terapéutica a bajar el grado de tensión en la audiencia.  Aquellos casos en los que el televidente sentía una identificación simbólica con la víctima por diversas características en común, el grado de distress/angustia eran mayores que en otros grupos. Asimismo, en familias constituidas, la transmisión reiterada del evento ha generado un apego a familiares y amigos lo cual coadyuvó en una reducción de rasgos patológicos post-trauma. En otros, no obstante, aumentó los casos de miedo extremo a abordar aviones lo cual paradójicamente triplicó los accidentes mortales de automóviles en los primeros meses (Jhangiani, 2010). Lo expuesto hasta aquí sugieren la tesis que cada sociedad desarrollan una forma de reacción (resiliencia) diferente ante determinado suceso. Reconocido el rol socializador y moralizador de algunos medios existe en la sociedad diversas formas de reacción frente a los atentados. Por ejemplo, mientras en Argentina los atentados perpetrados a la comunidad judía fueron invisibilizados y silenciados, en Estados Unidos fueron una razón de estado que unió a todos los americanos permitiendo una continuación de políticas de la administración Bush, a la vez que derrocó a un gobierno en el caso español (luego de Atocha 2004), revocando la alianza internacional con Reino Unido, Canadá y Estados Unidos.
          De este tema se ocupa Teresa Sábada (2008) con excepcional originalidad. Centrada en la tesis que los medios crean un “framing” cuyas implicancias son a veces funcionales al sistema político, pero en ocasiones disfuncionales, la autora sugiere que en el caso estadounidense, el Estado movilizó todos sus recursos simbólicos y visuales para declararle la guerra a un enemigo externo, el Islam mientras que el Gobierno español cayó presa de diferentes contradicciones que erosionaron las bases de su legitimidad a pocos días de las elecciones. Los terroristas necesitan de los medios para cautivar la atención de un público pasivo. El sentido que se le da a los eventos está configurado por una estructura cognitiva supra-orgánica y por otra individual. El televidente moderno actúa, en otras palabras, de manera selectiva. Cada proceso de Framing necesita de tres fases principales: a) un diagnostico, b) un escenario de previsión, y c) la motivación colectiva. La diagnosis se corresponde con la necesidad del sistema de exacerbar, silenciar o censurar una noticia determinada por su grado de impacto sobre la comunidad. En esta fase, el periodismo problematiza sobre el evento intentando buscar las causas que llevaron a él. La fase de previsión intenta ahondar en las posibles alternativas para prevenir que un evento de tales magnitudes suceda nuevamente. Gracias a la intervención de los media en este proceso, se puede saltar a un tercer estadio en donde se mueven los recursos materiales y humanos necesarios para la expresión política, ya sea en apoyo al estado o en rechazo. Dependiendo del manejo en cada fase, el Estado podrá recibir un aumento en la lealtad del ciudadano (caso americano) o rechazo absoluto a la gestión (caso español).
          Sábada explica convincentemente el caso del asesinato a M. A Blanco (diputado del partido popular) en 1977 donde el pueblo se convocó a las calles en apoyo del estado y en repudió de la actividad terrorista de ETA (ejercito etarra que lucha por la independencia Vasca). No obstante, luego del atentado de Atocha en 2004, los resultados fueron harto diferentes. Mientras Washington manipuló hegemónicamente a los medios de comunicación para transmitir un discurso unívoco que apuntaba a un enemigo histórico de América. En España, por el contrario, el gobierno en primera instancia incriminó a ETA para ganar mayor legitimidad y superar con éxito las elecciones. Pero cuando se supo que el atentado había sido perpetrado por células sunnitas y que el gobierno había manipulado información vital, el rechazo a su gestión se hizo masivo. Por si mismo, ni el periodismo ni los media son responsables de la situación. Admite Sábada que, la relación entre los medios y el terrorismo puede examinarse tomando en consideración seis puntos principales:

  1. Los símbolos son construcciones sociales que crean sentidos de realidad y operan fuera de las posibilidades de interacción. Cuando alguien ve una notifica, no la está experimentando en forma personal sino que está siendo guiado por una interpretación.
  2. Existe una constitución simbólica previa que nos ayuda a tomar determinada posición frente a los hechos.
  3. El periodismo no puede visualizar la realidad tal cual es, sino que acceda ella por medio de su construcción. 
  4. La representación habla más de nuestra propia imaginación (ajena a la experiencia) que de la realidad.
  5. El terrorismo y los media se necesitan mutuamente.
  6. Los medias, ante contextos de desorden, recurren a elaboraciones míticas (arquetipos) de hechos que por su similitud con el actual puede dar respuestas alternativas a la situación.

Conclusión

          El terrorismo, como se ha estudiado en el siguiente trabajo de revisión, es una forma de relación entre varios actores cuyo discurso radica en el descontento y la violencia. Si bien el proceso de génesis del fenómeno tiene elementos religiosos, políticos y económicos, no se puede afirmar que el terrorismo es político, económico o religioso. En tanto que reacción propia del imperialismo, el terrorismo se fundamenta en la razón del odio, y prefigura sus bases acorde a un estado incapaz de poner orden y en consecuencia que adhiere a prácticas ilegales como la tortura o la desaparición de prisioneros, y un grupo de insurgentes quienes con un territorio específico o no, reivindican demandas que saben jamás serán escuchadas. Tanto para el Estado como para los rebeldes, sus demandas permiten movilizar recursos apelando a la emocionalidad del hogar, pero en el fondo se trata de una relación con beneficios mutuos.  Por ese motivo, de un lado y del otro las lealtades nunca quedan del todo claras, ya sea porque el Estado introduce infiltrados en las filas enemigas que luego se vuelven contra él, como porque los supuestos insurgentes tienen intereses comunes, o los han tenido, que implica una complicidad previa. Este nuevo marco conceptual sobre como estudiar al fenómeno integra las causas con sus consecuencias y permite un diálogo entre escuelas que parecen cerradas al intercambio académico. Todo evento parte de causas para generar consecuencias, lo cual produce una fragmentación entre las visiones (Sowell, 1990). Algunos hacen foco en las causas mientras otros en los efectos. Para una acabada comprensión de problemas sociales complejos como lo es el terrorismo, es necesario sentar los cimientos de un modelo holístico que tome en consideración a ambas voces. El 11 de Septiembre de 2001, sin lugar a dudas, ha generado esa contradicción, alejando a muchos intelectuales de su capacidad de crítica. Este evento de proporciones internacionales golpeó a un gigante financiero, cuna de la modernidad, desdibujando o silenciando otros eventos de similar destructividad como los atentados a la Mutual Judía en Buenos Aires, o Egipto etc. Cierto es que el 11/9 sólo podría haber sido posible durante a posmodernidad. En esta coyuntura, el presente trabajo ha intentado abordar el tema con la mayor objetividad posible, y si se quiere respaldando las diferentes posiciones tratadas hasta el momento. En la discusión del presente abordaje se vislumbra la idea de que el terrorismo y la representación sindical tengan particularidades que, como movimientos, los asemejen. El conflicto, la extorsión y la especulación son tres elementos significativos a tener en cuenta para el estudio de las huelgas y los ataques terroristas. Particularmente, el marco legal que posibilita la organización del trabajo capitalista y sindical, es la misma que arroja al terrorismo fuera de sus fronteras. Eso no significa que algunos líderes sindicales puedan ser catalogados de terroristas. El terrorismo parece ser la organización de la lucha sindical por otros medios, pero esa es una idea que debe ser trabajada en futuros abordajes.

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