MULTITUD. GUERRA Y DEMOCRACIA EN LA ERA DEL IMPERIO. 2004. MICHAEL HARDT Y ANTONIO NEGRI. BARCELONA, DEBATE.




Maximiliano E. Korstanje (CV)

maxikorstanje@hotmail.com
Universidad de Palermo, Argentina


Multitud ha de ser un libro no solo ampliamente recomendado para especialistas en temas de riesgo y terrorismo, sino en cuestiones de bio-política en general. La posición inicial de los autores intenta ser una lectura holística de comprensión respecto al problema de la modernidad capitalista. Esta nueva fase implica un cambio, el cual puede ser interpretado como amenazante o simplemente una oportunidad para saltar a un estado más democrático en donde los actores y sus subjetividades se combinen. Una de las particularidades que distingue a estos dos pensadores del resto, es la visión del rol de la bio-política como mecanismo de adoctrinamiento orientado a crear comunidad. En ese contexto, la multitud debe ser considerada como un producto residual del capitalismo y de la excesiva movilidad de las fuerzas productivas. Pero a la vez, la multitud es una fiel expresión que desafía la propiedad privada. La modernidad, después de todo, crea estados paradojales en constante movimiento.

A lo largo de su valioso aporte, M. Hardt y A. Negri explican que la guerra obedece a factores técnicos donde priman cuestiones organizativas que trascienden al acto de guerra mismo. En sí la guerra puede definirse como un proceso temporal y extraordinario que subvierte las fuerzas productivas de una comunidad, alterando de esa forma la vida social en su conjunto. Es de común interés notar que en los últimos tiempos los estados bélicos se han transformado en mecanismos bio-políticos generadores de legitimidad política para el Imperio. La lógica jerárquica que ha caracterizado la vida social ha dado lugar a nuevas formas descentralizadas (redes) de trabajo, consumo y movilidad. Las sociedades pueden ser estudiadas por medio de cómo celebran la guerra. En la era del Imperio, las condiciones bio-políticas no solo generan subjetividades, sino nuevas formas de hacer la guerra donde el enemigo es parte de la misma sociedad y puede atacar en cualquier momento. Las formas clásicas que llevaban ejércitos enteros al campo de batalla y cuyas organizaciones estaban delineadas en forma precisa y vertical, han cambiado a redes en donde la figura del enemigo y del amigo se han desdibujado. Los límites éticos y morales que llevan al Estado a convivir con su propio enemigo, son hoy objeto de debate. Con la aparición de Guantánamo en Cuba, y la violación a los derechos humanos luego de las invasiones de Iraq y Afganistán, los Estados Unidos vieron que el terrorismo se combate por medio de la imposición de redes militares. El antiguo código estamental del caballero, donde el civil quedaba a resguardo del conflicto, se ha transmutado. Ahora todos pueden ser víctimas del terrorismo en cualquier momento y en cualquier lugar. La biopolítica iguala a los ciudadanos en tanto que son material genético viable para la maquinaria de consumo. La democracia en el sentido griego más clásico ha muerto luego de la guerra del Peloponeso. La forma moderna de practicarla ha sentado las bases para la incorporación de los poderes económicos recluyendo al ciudadano al disfrute de la propiedad privada.
Particularmente, los autores enfatizan en el terrorismo como un producto de la posmodernidad que trascienden a las antiguas resistencias guerrilleras de la década del 70. Siguiendo este argumento, la gran producción de subjetividad permite la creación de multitudes unidas por "aquello que tienen en común", lo cual lleva a los hombres a una democracia real que desafía la lógica imperial. Sí, admiten Hardt y Negri, el capital necesita a la "multitud" para poder reproducirse, entonces se originan diversas resistencias. La lucha que hasta decenios antes era vertical, entre todos compactos, naciones, grupos definidos, hoy se ha convertido en horizontal, lo cual por un lado empeora la situación ya que el discurso bio-político del imperio requiere de un enemigo monstruoso e invisible para generar un estado de guerra continuo. EEUU pregona su estado de excepcionalidad sobre otras naciones para situarse por encima de la ley. También para demostrar que sus políticas son las únicas posibles, frente a un mal indescriptible. Por otro lado, el bio-poder que necesita de la guerra eterna, se encuentra por fuera de la sociedad modificando las formas de trabajos vigentes, mientras la democracia, en el otro extremo, apela a la consciencia de la multitud. Sólo el migrante que despojado de riquezas materiales debe estar en movimiento hacia los centros ejemplares, sabe y puede producir riqueza intelectual suficiente para lograr des-estabilización política; y es en esa posición, que el sistema lo califica como "indeseable" pero lo somete a explotación. Los intelectuales marxianos sostenían que los pobres preocupan a las clases altas simplemente porque les recuerdan su propio destino si no cuidan su riqueza o la dilapidan, pero también porque representan la reserva del aparato industrial. No obstante, Hardt y Negri dicen que el pobre desafía al estatus-quo por su riqueza intelectual cuyas ideas se hacen peligrosas. Los pobres y los migrantes son la base social de la multitud y la materia prima de la verdadera democracia.

Las formas fordistas productivas se han virtualizado acorde a dos elementos importantes, uno es la producción simbólica (que hace al trabajo inmaterial) y abstracta donde prima el conocimiento, pero también en los afectos los cuales disponen estados mentales y corporales acorde al funcionamiento del capital. Lo que hoy subyacen en los procesos comunicativos, periodismo y medios en general, no solo es la producción informativa (como nunca antes), sino una disposición afectiva en el receptor de esas noticias. Las guerras en el pasado eran lo suficientemente monstruosas para ser evitadas por todos los medios, y si no quedaba otra alternativa, los involucrados buscaban una rápida victoria para terminar el conflicto. En la era de la bio-política la guerra no solo genera pocas bajas entre las tropas imperiales, sino que además se extiende sin límites a todo el planeta. ¿Si no hay suficiente sufrimiento cual es el aliciente para concluir una guerra?. La guerra moderna no genera muerte, escriben los autores, sino formas disciplinarias de vida.

Si los organismos internacionales protectores del crédito han generando una gran dependencia del sur global respecto a los grandes centros del capital, ello se debe al rol que juega la corrupción en ese proceso. Eso no significa que los gobiernos locales hayan llevado a sus respectivas naciones a la quiebra por beneficio personal, como la mayoría argumenta, sino que la corrupción es la pieza fundamental para hacer del antiguo Estado nacional una red acoplado a otras naciones.  Cuando un ejército arriba a un país libre en nombre de la democracia, se da una fase de transición en donde las instituciones precedentes deben dar nacimiento a nuevas formas. Gracias a la corrupción, esa transición se entrega a la hegemonía del capital y pasa a jugar un papel específico en el sistema. La intervención militar sólo se promueve cuando las fallas amenazan el funcionamiento del sistema global, pero esas intervenciones raramente suceden en aquellos países considerados clave para la estabilidad del modelo, sino en las zonas periféricas.
Según el presente argumento, Hardt y Negri advierten entonces que el estado nacional y su andamiaje legal son cada vez más fuertes para poder regular el comercio intencional, mecanismo por el cual el capital globalizado puede reproducirse. No obstante, existe un doble peligro en utilizar la "fuerza militar estatal" para la seguridad económica. Por un lado, la imposición de la violencia permitiría proteger los beneficios de las aristocracias globales respecto a los bienes que se comercializan pero a la vez abre la puerta a la aparición de nacionalismos que atentan contra la estabilidad de una región y el circuito mundial de intercambio. Para poder resolver este dilema, el riesgo se transforma en la base angular de toda interacción social en donde el orden vigente no solo queda garantizado por la intervención de un gobierno fuerte, sino además instala una nueva narrativa asociada a la idea que el mundo es un lugar cada vez más peligroso que debe ser regulado e intervenido por los ejércitos. El riesgo moviliza capital y mercancías, por medio de los seguros, pero además legitima la autoridad vigente de una forma silenciosa.

Por último pero no por eso menos importante, si en Harvey la posmodernidad es el resultado de políticas económicas y del embargo petrolero del 70, para Hardt y Negri, la posmodernidad es consecuencia (en la misma década) de la revolución cubana y China en donde queda manifesto el papel de la guerrilla campesina en la forma de hacer política. Hasta esos dos hitos, las revoluciones eran conjuras o resistencias perpetradas por campesinos que no adoptaban una forma urbana de vida. La revolución cubana no solo enseña como el poder militar puede hacerse del poder y transformarse en cuerpo político, sino también como hordas enteras de campesinos se instala en las grandes ciudades amalgamándose con el paisaje de la ciudad. Este todo uniforme hace difícil distinguir al enemigo clásico. Sin lugar a dudas, este trabajo se presenta como una obra de inmensurable calidad académica que invita al lector a visitar los límites del imperio mismo. Un trabajo que narrado de forma simple y clara complementa las contribuciones hechas en Imperio.


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