Textos de economía, paz y seguridad
Vol 1, Nº 3 (junio 2008)

 

MANIFIESTO RUSSELL-EINSTEIN (1)

 

 

En la trágica situación que afronta la humanidad, consideramos que los científicos deberían reunirse en una conferencia para asumir los peligros que han aparecido como resultado del desarrollo de las armas de destrucción masiva, y discutir una resolución en el espíritu del proyecto anexo al presente.

En esta ocasión hablamos, no como miembros de esta o aquella nación, continente o credo, sino como seres humanos, miembros de la especie Humana, cuya continuidad de existencia está en duda. El mundo está lleno de conflictos; y oscureciendo todos los conflictos menores, la titánica lucha entre comunismo y anticomunismo.

Casi todos, quienes son políticamente conscientes tienen fuertes sentimientos sobre uno o más de estos temas; pero quisiéramos que ustedes, si pueden, dejen de lado esos sentimientos y se consideren a sí mismos solamente como miembros de una especie biológica que ha tenido una historia destacada, y cuya desaparición no desea ninguno de nosotros.

Trataremos de no decir ni una sola palabra que pudiera aludir a un grupo mas que a otro. Todos, por igual, están en peligro, y, si el peligro es entendido, existe la esperanza de que ellos colectivamente puedan conjurarlo. Debemos aprender a pensar en una nueva forma. Debemos aprender a interrogarnos, no sobre los pasos que pueden darse para dar la victoria militar al grupo de nuestra preferencia, porque ya no existen esos pasos; la pregunta que debemos formularnos es:¿qué pasos pueden tomarse para prevenir una confrontación militar cuya aparición necesariamente será desastrosa para todos los contendientes?

El público en general, y aún algunos hombres en posiciones de autoridad, no han advertido sobre lo que acarrearía una guerra con bombas nucleares. El público en general todavía piensa en términos de destrucción de ciudades. Se sabe que las nuevas bombas son más poderosas que las antiguas, y que, mientras una bomba-A podía arrasar Hiroshima, una bomba-H podría destruir las ciudades más grandes, como Londres, Nueva York, y Moscú.

Sin duda que en una guerra con bombas-H las ciudades serían arrasadas. Pero este sería uno de los menores desastres que habría que enfrentar. Si todos en Londres, Nueva York y Moscú fueran exterminados, el mundo podría, en el curso de unos pocos siglos, recuperarse de la explosión. Pero sabemos, especialmente desde la prueba de Bikini, que las bombas nucleares pueden gradualmente dispersar destrucción sobre un área mucho mayor que la prevista.

Está comprobado con gran autoridad que actualmente puede construirse una bomba con una potencia 2500 veces superior a la que destruyó Hiroshima. Tal bomba, si explotara cerca del suelo o bajo el agua, enviaría partículas radiactivas a las capas superiores del aire. Estas caerían gradualmente alcanzando la superficie de la tierra en forma de lluvia o polvo letales. Fue ése el polvo que afectó a los pescadores japoneses y a sus capturas de pescado.

Nadie sabe cuán ampliamente esas partículas radiactivas podrían diseminarse, pero las mejores autoridades expresan unánimemente que una guerra con bombas-H podría posiblemente poner fin a la raza humana. Se teme que si varias bombas-H fueran usadas habría una muerte universal, repentina solo para una minoría, pero para la mayoría continuaría una lenta tortura de enfermedad y desintegración.

Muchas advertencias han sido publicadas por eminentes hombres de ciencia y por autoridades en estrategia militar. Ninguna de ellas dirá que los peores resultados son seguros. Lo que ellas sí dicen es que estos resultados son posibles, y nadie puede estar seguro de que no sucederán. Nosotros no hemos encontrado que las visiones de los expertos en este tema dependan en algún grado de sus ideas políticas o prejuicios. Ellas dependen solamente, hasta donde nuestros investigadores han revelado, de la intensidad del conocimiento específico de cada experto en particular. Hemos descubierto que los hombres que más saben son los más sombríos.

Aquí radica pues, el problema que le presentamos, cabal, espantoso e ineludible: ¿Pondremos fin a la raza humana; o la humanidad renunciará a la guerra? El pueblo no afrontará esta alternativa porque es demasiado difícil abolir la guerra.

La abolición de la guerra exigirá desagradables limitaciones a la soberanía nacional. Pero lo que tal vez impida la comprensión de la situación mas que ninguna otra cosa es que el término humanidad se siente algo vago y abstracto. La gente apenas imagina que el peligro es para ellos mismos, sus hijos y sus nietos, y no solo para una borrosamente entendida humanidad. Apenas pueden advertir que ellos individualmente, y cada uno de sus seres queridos están en peligro inminente de perecer de manera agonizante. Y así esperan que tal vez la guerra pueda ser autorizada a continuar siendo provista de armas modernas con ciertas prohibiciones.

Esta esperanza es ilusoria. Cualquier acuerdo alcanzado en tiempos de paz para no utilizar bombas-H, no será considerado vinculante en tiempo de guerra, y ambas partes se pondrían a fabricar bombas-H tan pronto como estallara la guerra, en caso que, si una de las partes construyera las bombas y la otra no, quien las construyera resultaría inevitablemente victorioso.

Aunque un acuerdo de renunciar a las armas nucleares como parte de una reducción general de armamentos no representaría una solución definitiva, serviría a importantes propósitos. Primero: cualquier acuerdo entre Este y Oeste será para bien, dado que tenderá a reducir la tensión. Segundo: la abolición de las armas termonucleares, si cada parte ha comprendido que la otra lo ha hecho sinceramente, disminuiría el temor de un ataque sorpresivo del tipo de Pearl Harbour, lo que en la actualidad mantiene a ambas partes en estado de aprensión nerviosa. Deberíamos, por lo tanto, dar la bienvenida a tal acuerdo, aunque sea solamente como un primer paso.

Está ante nosotros, si lo elegimos, progreso continuo en felicidad, conocimiento y sabiduría. ¿Elegiremos la muerte, por lo contrario, por no poder olvidar nuestras disputas? Hacemos este llamado como seres humanos: Recuerden su condición humana y olviden lo demás. Si pueden hacerlo el camino permanece abierto hacia un nuevo Paraíso; si no pueden, está frente a ustedes el riesgo de la muerte universal.

Resolución

Invitamos a este Congreso, y a través de los científicos del mundo al público en general, a suscribir la presente resolución:

En vista del hecho de que en cualquier futura guerra mundial las armas nucleares serán sin duda empleadas, y que esas armas nucleares amenazan la continuidad de la existencia del ser humano, urgimos a los Gobiernos del mundo a tomar conciencia, y a reconocer públicamente, que sus propósitos no pueden alcanzarse por medio de una guerra mundial, y los instamos, en consecuencia, a encontrar medios pacíficos para la solución de todo conflicto o disputa entre ellos.

Max Born
Perry W. Bridgman
Albert Einstein
Leopold Infeld
Frederic Joliot-Curie
Herman J. Muller
Linus Pauling
Cecil F. Powell
Joseph Rotblat
Bertrand Russell Hideki Yukawa


1. El 9 de julio de 1955 se conoció el “Manifiesto de Russell-Einstein”. El Manifiesto Russell-Einstein fue un texto redactado por Bertrand Russell y apoyado por Albert Einstein. En medio de la Guerra Fría, los firmantes alertaban de la peligrosidad de la proliferación del armamento nuclear y solicitaban a los líderes mundiales buscar soluciones pacíficas a los conflictos internacionales. Fue firmado por once científicos e intelectuales de primera línea, el más notable de ellos Albert Einstein. Unos días después de ser mostrado, el filántropo Cyrus Eaton se ofreció a organizar una conferencia en Pugwash, Nueva Escocia (Canadá), el lugar de nacimiento de Eaton. Sería la primera de dichas conferencias, que se han ido celebrando cada año desde 1957.


Para citar este artículo puede utilizar el siguiente formato:

Manifiesto Russell-Einstein, en TEPYS, Textos de Economía, Paz y Seguridad, Vol 1, Nº 3, http://www.eumed.net/rev/tepys/03/re.htm


 

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