TECSISTECATL
Vol. 1 Número 2, julio 2007

 

La cultura como objeto de investigación

Gerardo Tunal Santiago (CV) *

María Elena Camarena Adame **

Resumen

 

En el presente artículo se analiza cómo ha sido abordada la cultura como unidad de análisis, específicamente se examinan algunas acepciones que definen dicha construcción social y cuál ha sido su desarrollo histórico hasta constituirse en un marco teórico de algunos saberes científicos. Con base en lo analizado, estamos en posibilidad de esgrimir que la cultura es una entidad que se construye a partir de la vida cotidiana, en tanto que ésta es la realidad fundamental del hombre en la cual éste puede participar, intervenir y transformar, al mismo tiempo que opera como organismo animado, lo que implica que cada actor social se encuentre integrado a una colectividad de sujetos como él, de forma única e irrepetible. Es así que la cultura se expresa desde de un mundo cotidiano que se transforma a partir de actos y que transforma el accionar social, en tanto que la vida cotidiana no es una situación dada, sino construida, cambiante y, por tanto, en una interminable construcción cultural.

Palabras clave: cultura, teorías de la cultura, vida cotidiana.

 

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1. Introducción

 

Podemos decir que en el presente artículo no explicitamos un marco referencial para la cultura, debido a que se trata de un estudio teórico. Es importante reconocer que la teoría es un conjunto de modelos de la realidad, los cuales pudieran tener o no una clara referencia empírica. Pero aun con eso, la teoría es un ejercicio de ordenación de la realidad, de tal forma que se trata de enunciados secuenciales resueltos que constantemente deben ser replanteados para que tengan validez empírica. La teoría es una representación literaria de la realidad, de tal modo que teoría y realidad no son dos esferas separadas del conocimiento, sino que una supone a la otra y, es así que cuando se habla de teoría, se da por supuesto un corte de realidad aprehendido y aprendido por el científico. La reflexión anterior nos lleva a reconocer que los trabajos teóricos sí tienen una unidad de observación en específico, aunque el marco referencial acotado en tiempo y espacio puede ser tan amplio que no necesita ser definido como en las investigaciones sobre una coyuntura o situación particular de la realidad.

El concepto de cultura es un concepto abarcador y que, por lo tanto, ha levantado diversos debates entre los cientistas sociales. La cultura es uno de los conceptos que han sido erigidos como una categoría analítica, bajo la cual son posibles análisis de muy distinta índole, debido al problema que genera la discusión, aún no agotada, sobre si ésta es un producto social o una imposición estructural. Los trabajos sociológicos y antropológicos más recientes han tratado de encontrar una conciliación a esta dicotomía.

 

2. El concepto de cultura

 

Es importante aceptar que la reproducción de la vida social de los seres humanos requiere para su cumplimiento de una precondición que es ajena a las condiciones operativas, que desde la perspectiva funcional sólo pertenece al ordenamiento de la vida puramente animal (Echeverría, 2001: 27). Esta precondición podemos pensarla como la dimensión cultural de la existencia humana. En primer lugar, la cultura no debe ser pensada como algo ajeno a la cotidianidad, improductivo o alejado de los procesos productivos. La cultura, por tanto, pertenece a la vida práctica y pragmática de todos los días, es más, en aquellos lugares que presumen o se creen desprendidos de ésta (como en un laboratorio científico) está presente, pues es indispensable. En segundo lugar, debemos afirmar que la historia de cada hombre y de la humanidad es resultado de una serie de actos y la decisión de llevar a cabo dichos actos ha estado determinada por la dimensión cultural. Así, es importante exponer lo que vamos entender por cultura.

Para Díaz, la cultura es la suma de conocimientos transmitidos de una generación a otra; la memoria colectiva; la herencia social que hace posible la integración de los miembros de una comunidad, impregnándoles sus normas de comportamiento, valores materiales y espirituales de una sociedad determinada; el marco organizador de la autoconciencia nacional, asimismo debe comprenderse que la cultura expresa la experiencia histórica particular de cada pueblo y encarna sus resultados, en tanto que constituye su fisonomía peculiar y su personalidad colectiva (Díaz, 1987: 24).

En el sentido anterior, la cultura es inherente al ser humano, ya que ésta actúa como autoconciencia de la comunidad histórica de los diferentes pueblos, de tal modo que la sociedad mira hacia atrás, se mira en otros tipos y formas de la sociedad para estar consciente de sus límites y posibilidades (Guadarrama y Pereliguin, 1990: 67). Es por ello que la posibilidad de transformación de una técnica productiva se aprovecha por algunos pueblos y no por otros. Aunque no siempre es así, la cultura es la que impide a ciertos pueblos usar técnicas de producción modernas, pues no les interesa, prefieren los ritos llenos de simbolismos, que les hablan de que son parte de la naturaleza y, si van a tomar algo de ella, piden permiso y purifican el lugar.

También las instituciones creadas por los pueblos y todas las transformaciones que surgen de éstas a lo largo de la historia, están atravesadas por la dimensión cultural, por ejemplo no se vive el cristianismo de la misma manera en el norte de África que en Italia y la democracia no es la misma en Estados Unidos de Norteamérica que en México, por más que la modernidad homogenice los estilos de vida. Así pues, la dimensión cultural de la existencia social está presente en todo momento y es capaz de frenar o de promover procesos históricos (Echeverría, 2001: 24). Lo anterior nos permite indicar que cultura es lo que una sociedad crea, hereda, transmite y recrea, es la síntesis de valores materiales y espirituales; es una concepción del mundo (creencias, comportamientos morales, religión, etcétera) y se trata de una práctica social determinada por el nivel de desarrollo histórico. En este sentido, la propuesta de Sambarino redondea la noción de cultura al señalar que es el conjunto complejo que incluye conocimiento, creencia moral, ley, costumbre y todas las demás capacidades y hábitos que el hombre adquiere como miembro de la sociedad (Sambarino, 1980: 29).

 

3. Historia y cultura

 

Como ya se apuntó en párrafos anteriores, hay que decir que ha habido un complicado juego de variaciones del concepto de cultura a lo largo de la historia. En este apartado no pretendemos hablar de todos ellos, pero creemos que es importante mencionar por lo menos algunos elementos que atañen a la mayoría de éstos.

El término cultura apareció en la Roma antigua como la traducción de la palabra griega paideia, que significa crianza de niños, aunque hay quienes afirman que el concepto preclásico es aethos, que hace referencia al hábito, costumbre, morada y/o refugio, concepto este último que parece obedecer más a la percepción que los griegos tuvieron de la dimensión cultural. Desde entonces, el concepto se entrelaza con la noción de cultivo; pensado así, se trata de cultivo de las humanidades, cultivo de sus relaciones con otros hombres y con sus dioses, cultivo de costumbres, arte, conocimientos, sabiduría y del espíritu (nous).

La reedificación moderna del término cultura se gesta en Alemania en el siglo XVIII y aparece junto con la afirmación de una clase media intelectual que vive al amparo de la nobleza y de la burguesía. Estas dos últimas clases habían establecido entre sí determinadas relaciones de compromiso, que permitían a la primera implantar el modelo de producción capitalista y a la aristocracia asegurar sus privilegios, y es en esa coexistencia pacífica donde aparece la clase media intelectual.

Todos los intelectuales de esta época se atreven a mirar por encima del hombro en el terreno del espíritu a los aristócratas, cuya educación vacía y frívola no corresponde a la superioridad jerárquica que ostentan en lo social y lo político. Lo valioso para este grupo de intelectuales, lo que corresponde a la verdadera cultura, no se encuentra en los cortes estilo versallesco, sino en la comprensión efectiva de lo que encierran las formas del universo, en el desarrollo de la técnica, en la lógica. En pocas palabras, la cultura se encuentra en el desarrollo de la ciencia y en el conocimiento.

Cuando la burguesía, como agente modernizador, deja de justificarse por la autoridad de la nobleza y pasa a justificarse por la de los Estados nacionales modernos, se plantea la idea de que la cultura está ligada a lo popular. Serán los románticos los primeros que afirmen que el único agente de la creación cultural efectiva es el pueblo y que las otras capas, como la burguesía y nobleza, lo único que hacen es aprovechar y refinar los esbozos de obras que él les entrega.

Una visión más actual nos diría que la cultura es un conjunto de formas de comportamiento adquiridas que ponen de manifiesto juicios de valor sobre las condiciones de vida y que un grupo humano transmite mediante procedimientos simbólicos de generación como el lenguaje, los mitos y el saber (Echeverría, 2001: 36). Esta posición estructuralista nos deja ver cómo las estructuras son las que mueven a los hombres y éstos son sólo ejecutores de las formas culturales. Las formas culturales con las que existen los humanos y la sociedad sólo son el soporte dinámico de las formas culturales. El sujeto es la cultura y no el hombre que la produce. Creemos que la problemática actual de la definición de cultura gira en torno a este punto, es decir, que las culturas son las formas o las normas de comportamiento.

Al definir la cultura debemos reconocer que no estamos descubriendo una dimensión de la existencia del verdadero sujeto o de una comunidad. Actualmente hay una resistencia a entender a la cultura simplemente como un conjunto de formas de comportamiento que se transmiten de manera simbólica y que ponen de manifiesto determinadas actitudes valorativas de esa comunidad en referencia al mundo, se afirma que la cultura es algo más que eso. Al respecto, Sartre nos dice que la cultura se configura como un conjunto de formas, pero de lo que se trata es de comprender el proceso por el cual la cultura resulta ser sólo una dimensión de lo social, aunque la principal. El sujeto verdadero del proceso histórico son las sociedades concretas, las cuales generan y viven un proceso de creación y destrucción de formas, dicho modelo es simplemente un proceso de destrucción y reconstrucción por parte del sujeto social, dentro de cuya existencia hay esta dimensión cultural a la manera hegeliana.

Por otro lado, Adorno dice que se debe asentar ante todo algo muy simple, y es que lo específicamente cultural es sustraído a lo mundanamente necesario para la vida, y creemos que es indispensable para la reproducción de ésta. El hombre pertenece al reino animal, pero es el animal superior.[1] Esta superioridad en buena parte debe entenderse gracias a la cultura, la cual es creada en el proceso de apropiación de la naturaleza. Adorno nos dice que, la cultura tiene que aceptar, haciendo memoria, cuándo yace en el camino, y en este proceso no pasa de ser una dominación progresiva de la naturaleza que se refleja en una racionalidad creciente y en formas de dominio cada vez más racionales. Es este proceso el que provoca la separación de la cultura del proceso vital material. Pero nosotros insistimos ¿qué acaso la cultura no está en la cotidianidad?

Creemos que es necesario que se construya un concepto de cultura que se desprenda de una teoría más general acerca de las determinaciones esenciales de la vida humana, consideradas como determinaciones de un modo específico del proceso de reproducción de la vida natural. Así también, creemos que la reproducción de la sociedad humana en general, requiere necesariamente que se cumplan dos cosas simultáneamente: i) la reproducción vital, como proceso práctico o material y, ii) una reproducción espiritual o cultural.

Todas las culturas han aparecido como una cristalización de las diferentes estrategias de supervivencia de los grupos humanos dentro de una naturaleza mucho más fuerte que ellos, de ahí que, en las formas culturales se hagan legibles ciertas elecciones, que lo mismo reprimen determinadas necesidades de disfrute y determinadas capacidades de producción, mientras exageran otras diferentes que las sustituyen y permutan unas por otras.

Los primeros grupos humanos se mueven bajo la lógica de la escasez; su relación con la naturaleza está atravesada por esta óptica y la cultura que emana también, pero a partir del siglo XVIII es lo humano, convertido en un hombre moderno, lo que se impone sobre la naturaleza. Con el surgimiento de las máquinas y la tecnología, y sus posibilidades de desarrollo, queda marcado el dominio del hombre sobre una naturaleza que empieza a dejar de ser escasa, y en esa medida queda marcada la eliminación de las bases de las cuales se levantaron las formas de las culturas tradicionales.

Desde el mismo momento de su nacimiento, todo individuo recibe una herencia cultural que asegura su formación, orientación y desarrollo como ente social. La herencia cultural no se limita a la herencia genética, sino que se combina con ésta y determina los estímulos e inhibiciones que contribuyen a todas y cada una de las ontogénesis individuales, y modela la expresión genética en el fenotipo humano, así, todo proceso de reproducción social posee necesariamente una dimensión cultural.

 

4. Teorías de la cultura

 

Si bien la cultura es inherente a la existencia humana, teóricamente hay ambigüedad para definirla. Lo anterior tal vez se deba a que se trata de un concepto semánticamente vacío, que por lo mismo ha generado muchas interpretaciones al interior de varias corrientes de pensamiento. Algunas disciplinas se han asumido como propietarias de los fenómenos culturales y olvidan que la realidad no es propiedad de ninguna ciencia, es más, dicha realidad está ahí para quién desee analizarla. Particularmente, la sociología se ha asumido como autoridad teórica para el estudio de la cuestión cultural. El origen de la sociología de la cultura no se puede precisar, debido a que el fenómeno cultural ha sido y puede ser tratado de distintos saberes científicos (antropología, psicología, filosofía, política, lingüística, etcétera) en tanto que éste es la marca de los seres racionales o seres culturales. Quizá se pudiera hablar de una cierta homogeneidad de los criterios de las distintas escuelas de pensamiento sociológico, hasta ya entrados al siglo XX, que han intentado abordar el fenómeno cultural.

Se reconoce la existencia de dos grandes corrientes teóricas clásicas que contemplaron el aspecto cultural, aunque no como sustento de su teoría general: el idealismo y el marxismo. Las dos corrientes coinciden en que la cultura resulta de un proceso subjetivo, aunque el materialismo histórico vincula a ésta como un aspecto supraestructural, mientras que el hegelianismo reconoce que la cultura es el punto de partida que determina la existencia humana. Estaríamos hablando de un carácter subjetivo prioritario y de otro objetivamente estructural. Ambas interpretaciones son el punto de partida de las corrientes contemporáneas de la cultura: una, el enfoque analítico mecanicista, otra, la corriente subjetivista. La primera, al igual que el marxismo, reconoce que la cultura es un producto de la infraestructura, mientras que la segunda considera lo cultural como un producto interior del individuo. Aun con la crisis del marxismo como paradigma teórico, es importante reconocer que dicho enfoque derivó el marco teórico de las corrientes contemporáneas que han intentado explicar qué es la cultura.

A la hora de hacer el debate teórico contemporáneo de lo cultural se ha tenido que considerar las posturas de algunas corrientes y teóricos clásicos, por ejemplo: i) el marxismo, que enfatiza el impacto cultural en el cambio social; ii) la teoría de Dilthey, quien considera que los fenómenos sociales sólo se pueden estudiar como fenómenos culturales; iii) el esquema parsoniano, que reconoce un sistema cultural como antecedente y marco regulatorio de la acción social; iv) el enfoque gramsciano, que habla de hegemonía cultural, y v) Saussure, quien rechaza la noción de que los fenómenos culturales deban entenderse en términos culturales. Indudablemente, hay más autores clásicos que, más de una vez, han considerado el fenómeno cultural, pero citarlos aquí rebasaría el objetivo del presente artículo.[2]

Los enfoques contemporáneos coinciden en interesarse en el significado más que en la acción instrumental y autonomía de la cultura. Asimismo, este tipo de corrientes teóricas se cuestionan ¿qué tan independiente es la cultura?, ¿cómo debe establecerse la relación cultura-sociedad? y ¿cuáles son los elementos clave que componen la cultura? Dentro de las principales corrientes teóricas contemporáneas podemos ubicar al funcionalismo, a la semiótica, la dramaturgia, el weberianismo, el durkheimianismo y el pos-estructuralismo.

Para los antropólogos, la cultura constituye un sistema sociocultural que puede dividirse en varias escuelas de pensamiento, dos de ellas, la funcionalista y la funcionalista-estructuralista, hacen hincapié en el estudio de la cultura en momentos históricos precisos y en lugares bien definidos; a estas escuelas se les llama sincrónicas. Por el contrario, las escuelas diacrónicas, como la escuela histórica difusionista y la escuela ecológico-adaptacionista, se preocupan específicamente por la dimensión temporal y los procesos esenciales para el desarrollo de culturas particulares (Abravanel, et al., 1987: 8).

El funcionalismo es una doctrina social que tiende a explicar el funcionamiento de las actividades de un grupo como conjuntos estructurados y jerarquizados entre ellos. Esta corriente teórica considera que existe una autonomía de la ética cultural con respecto a la ciencia, debido a que ésta es eficiente, buena y correcta y la cultura es algo subjetivo que no puede ser o estar ni eficiente, ni buena y, mucho menos, correcta, y esto porque el análisis de los valores puede mostrar complejidad interna y contradicción en tanto que éste se hace basado en generalizar los comportamientos de grupos particulares, más que interpretando las dinámicas internas del desarrollo cultural. El enfoque funcionalista de Malinowski presenta la cultura como un mecanismo utilitario que permite al individuo enfrentar problemas específicos que se presentan durante su búsqueda de satisfacción personal.[3] Todo lo que representa la cultura (instituciones, mitos, etcétera) se interpreta en función de su utilidad para la satisfacción de necesidades fundamentales.

Para Lévi-Strauss y la escuela estructuralista, la cultura se compone de sistemas simbólicos colectivos que son productos acumulativos del espíritu; los fenómenos culturales son la consecuencia de procesos mentales subconscientes.[4] Todas las culturas tienen ciertas características comunes, aun cuando se manifiesten bajo formas muy diversas. Por lo anterior, Lévi-Strauss cree que existen elementos universales que sólo se pueden distinguir al nivel de la estructura subconsciente y, en ningún caso, a nivel de los casos manifiestos. En uno de sus enunciados sintéticos afirma que los sistemas de parentesco son elaborados por el espíritu a nivel del pensamiento subconsciente y que la aparición de formas, papeles matrimoniales y actitudes similares para con el parentesco, etcétera, en sociedades muy diferentes y muy alejadas entre sí, parece indicar, en cada uno de estos casos, los fenómenos observados que se pueden atribuir a la interacción de leyes generales disimuladas.

Por su parte, los funcionalistas-estructuralistas como Radcliffe-Brown, consideran a la cultura como un mecanismo adaptador que permite a los individuos constituirse en una comunidad bien definida en un lugar preciso, de forma que la cultura es la adquisición de características mentales (valores, creencias) y hábitos que capacitan para participar en una vida social.[5] Asimismo, la cultura es uno de los elementos de un sistema social integrado, sistema que igualmente implica una estructura social para mantener un orden social estable, y los mecanismos de adaptación para mantener el equilibrio entre la sociedad y su ambiente físico.

Desde el punto de vista de la escuela ecológico-adaptacionista, la cultura es un sistema de esquemas de comportamiento transmitidos por el medio social, los cuales sirven para integrar las comunidades humanas a sus medios ecológicos (Abravanel et al., 1987: 8). Fácilmente se puede establecer un paralelo entre el concepto de cultura como sistema de esquemas de comportamiento transmitidos socialmente y que sirven para unir a las comunidades humanas con sus medios y las diversas teorías de contingencia y, más recientemente, de ecología demográfica que tratan el problema de la supervivencia y la atribución en las organizaciones. Para los ecologistas-adaptacionistas, la cultura de la sociedad no es más que uno de los numerosos valores de contingencia que pueden influir en estas estructuras y procesos organizacionales. Sea lo que fuere, siempre se presume que el sistema cultural de la organización y su estructura social son sincronizados y concordantes.

Por otro lado, la escuela histórico-difusionista considera a la cultura como configuraciones o formas temporales, interactivas, superorgánicas y autónomas nacidas de circunstancias y de procesos históricos (Abravanel et al., 1987: 8). Esta escuela explica las transformaciones culturales en función de los factores históricos más que en función de procesos de adaptación; se trata de estudiar configuraciones culturales dinámicas y de comprender los procesos de aculturación y difusión. Esta escuela no tiene equivalente directo en el campo de la organización. Desde este punto de vista, las organizaciones pueden concebirse como actualizaciones sociales de sus orígenes y de sus transformaciones históricas.

En otra dimensión, la escuela cognoscitivista –que a veces se le denomina escuela etnográfica– considera a la cultura como un sistema de ideación o formación de ideas que incluye cuatro conceptos muy diferentes entre sí, pero que tienen en común el principio de un dominio cultural distinto que se manifiesta en diversos procesos, estructuras y productos cognoscitivos. Tres de estas escuelas de pensamiento proponen que la cultura se sitúa en el espíritu de los portadores de cultura. Asimismo, dicha escuela cree que la cultura es un sistema de conocimiento de estándares aprendidos para juzgar, percibir, creer, evaluar y actuar, de tal forma que la cultura de una sociedad consiste en todo lo que el individuo debe creer o saber a fin de comportarse de manera aceptable en el seno de la sociedad. Como producto del aprendizaje humano, la cultura es la manera que la gente tiene de organizar sus experiencias concretas en un mundo fenomenal o conceptual, de tal modo que las culturas no son fenómenos concretos, sino esquemas cognoscitivos que sirven para organizar los fenómenos concretos (Abravanel, et al., 1987: 9).

Por su parte, el weberianismo confina el debate teórico sobre cultura y sociedad dentro del asunto de la ética protestante, en donde la cultura es vista como un sistema simbólico generado internamente y que responde a necesidades metafísicas perentorias. Dentro de la postura calvinista, se cree que ésta contribuye a la cultura con su concepción de los humanos como radicalmente separados de Dios y que sólo algunos elegidos pueden ser considerados como instrumentos para reconstruir radicalmente a la sociedad, e incluso, existen posturas dentro de esta misma lógica que insisten en que debemos volver al cristianismo tradicional para entender las estructuras políticas, económicas y culturales de las sociedades occidentales.

En otro sentido, tenemos al durkheimianismo que considera que la religión es el componente central para abordar la cultura, debido a que los sistemas culturales están organizados en antinomias simbólicas emocional y moralmente cargadas –no sólo lógicas o cognoscitivas, sino también como oposiciones entre lo sacro y lo profano. En esta postura la cultura equivale a comunidades sociales organizadas que se desarrollan por medio del concepto de solidaridad.

Por otra parte, la corriente de la equivalencia mutua asume que la cultura consiste en un conjunto de procesos cognitivos estandarizados que crean un marco general para la predicción del comportamiento entre los individuos interactuantes en un medio social dado. La cultura hace posible la organización de cogniciones y motivaciones muy diversas, sin que sea necesario que los individuos compartan objetivos comunes o que sus estructuras cognoscitivas sean similares. La cultura así definida consiste en políticas elaboradas de manera tácita y gradual por grupos de individuos con miras a promover sus intereses, así como en contratos establecidos por el uso entre individuos que buscan transformar sus esfuerzos de cooperación en estructuras de equivalencia mutua.

Por su lado, la semiótica es un enfoque que ve a los actores sociales como signos y no como personas, proporciona así un antídoto contra la reducción de códigos simbólicos a valores e ideologías, mientras que la dramaturgia defiende un papel esencial para el individuo, papel que ofrece una contribución a la autonomía del contexto cultural, que viene a ser el guión de los autores. La escuela simbólica o semiótica propone una óptica interpretativa según la cual la cultura sería un sistema de significados y símbolos colectivos, de tal forma que plantea que el hombre es un animal suspendido en lienzos de significados que él mismo ha tejido y el conjunto de estos lienzos es lo que Geertz llamó cultura.[6] De esta manera, sería inútil buscar la cultura en el espíritu humano, es mejor examinar los significados y las ideaciones colectivas, según las cuales, los actores sociales interpretan sus experiencias e interacciones y orientan sus comportamientos.

Finalmente, el pos-estructuralismo, como mezcla de un marxismo frustrado y del estructuralismo, considera que si las clases o poderes tienen una autonomía con respecto a la cultura, éstos se deben considerar como códigos culturales incrustados.

Sin duda alguna, el estudio de la cultura es un asunto complicado, pero aun con todo, es importante tratar de ubicar los puntos centrales que han servido para el debate teórico contemporáneo del fenómeno cultural:

i) hay que reconocer que existe una gran dificultad al tratar de explicar qué es la cultura debido a la pluralidad y el poliformismo de los paradigmas de los dispositivos metodológicos vigentes en ese campo. Por consiguiente, la competencia entre paradigmas no sólo es legítima en sí misma, sino también es saludable y deseable en este ámbito. Es por lo anterior que el análisis cultural se debe llevar a través de los modelos económico y lingüístico, y de los métodos positivista y hermenéutico (Giménez, 1994);

ii) la cultura debería estudiarse desde varios ámbitos, tales como la estructura social, la sociología existencialista, el estatus cultural, la reproducción cultural, el capital cultural, la educación, el arte, el ámbito real y las comunidades, aunque se sugiere que algunas recientes investigaciones referidas a los sistemas simbólicos deberían ser revisadas, ya que muchos autores usan el término de cultura y no el de sociología cultural (Peterson, 1979);

iii) existe una síntesis de cuatro enfoques de la cultura los cuales se suponen entre sí y que se orientan hacia la construcción cultural de las instituciones propuesta por Berger: a) el estructuralismo; b) el enfoque foucaultiano, c) el de las teorías haberianas que plantean los problemas culturales y sociales que enfrentan las sociedades occidentales, así como la autenticidad cultural, y d) el enfoque planteado por Douglas desde la antropología social;[7]

iv) hay una concepción cultural desde un modelo hermenéutico en donde se ha intentado explicar la cultura a través de la interpretación de textos clásicos que hablen de lo cultural. Se trata del análisis de cuáles han sido los elementos que permiten esta variabilidad, y

v) hay un análisis histórico-social de la cultura a la manera de Thompson cuya finalidad es establecer cuál es la forma concreta de la autonomía de la cultura a través del estudio de los elementos internos de la lógica de ésta, los procesos simbólicos, la reproducción del sistema cultural, el análisis de la autonomía cultural dentro de los procesos del cambio social, los rituales, la solidaridad, y el poder cultural.

Se puede observar que todas las posturas abordadas anteriormente tienen como punto de encuentro el considerar que no se puede entender la cultura sin referirse al significado subjetivo y tampoco sin entender las restricciones estructurales y sociales. Asimismo, no se puede estudiar la cultura si no se reconoce que está referenciada por códigos y por algunos componentes metafísicos que forman una red para las estructuras sociales.

Las diferencias entre los enfoques deben respetarse, ya que la cultura no puede estudiarse exclusivamente desde el marco de una escuela de pensamiento en particular, de tal forma que sociología, psicología, antropología, política, antropología, historia, filosofía, lingüística y análisis literario, entre otras, han contribuido significativamente a la hora de estudiar los fenómenos culturales y hacia la delimitación semántica de éstos.

Por lo anterior, sugerimos la utilización de una metodología ecléctica y hermenéutica que permita desenmarañar y dar luz a la problemática que representa estudiar a la cultura, a través del reconocimiento de que ésta debe entenderse como una totalidad compuesta por creencias, conocimientos, leyes, arte, moral, costumbres, imaginarios colectivos, capacidades y habilidades adquiridas por los actores sociales en sus historias y en su vida cotidiana.

Se recomienda apoyar la propuesta de Ribeiro, para quien es más propio referirse al concepto de formaciones socioculturales, para poder comprender el desarrollo de las diferentes sociedades existentes en el mundo a través de la historia. Estas composiciones se designan como las formas de adaptación a la naturaleza y de ciertos atributos, así como a su organización social y a ciertas calidades de su visión del mundo. Podemos señalar que la diferencia en las condiciones de existencia la podemos indicar por las revoluciones tecnológicas las cuales comprendemos como transformaciones en el equipamiento de la acción humana sobre la naturaleza, cambiando el continuum de la evolución sociocultural, de tal forma que las civilizaciones son cristalizaciones de procesos civilizatorios singulares que se combinan y forman un complejo sociocultural históricamente individualizable (Ribeiro, 1970: 36).

Así pues, los pueblos tienen cultura, mas no semejantes desarrollos civilizatorios. Sin embargo, en América Latina se concibe a la cultura como un factor problemático. Esto se debe a que hubo una conquista y por lo tanto un proceso de dominación física, psicológica, moral y espiritual, por lo que se ha concebido a ésta como algo, una cosa que no nos pertenece del todo, como una imitación. En este sentido, Magallón señala que el latinoamericano, desde la conquista y la civilización, será marcado y determinado por aquella cultura del conquistador, imprimiéndosele en su curso interminable de avances y retrocesos (Magallón, 1991: 158). Peculiar historia, ya que un porcentaje elevado de la población no es ni indígena ni europea, sino una especie intermedia, entre ambos.

Con base en todo lo discutido, podemos decir que la cultura juega un papel muy importante en la interacción cotidiana de las personas, ya sea como un elemento precondicionado a la existencia de los individuos o bien como un factor que es reconstituido, reinterpretado y reconstruido diariamente por cada persona al interior de las interacciones sociales, influyendo así en la identidad tanto colectiva como individual de cada grupo social y cada individuo que la compone. Es así que nos encontramos con los elementos subjetivos que van a constituir la génesis de la cultura en cualquier grupo humano (significados, ritos, mitos, tradiciones, sentimientos, sensaciones, símbolos, imaginarios colectivos, deseos, secretos, etcétera) y que influyen en ésta.

 

5. Conclusiones

 

Como hemos podido observar a lo largo de este artículo, las principales interpretaciones que componen el mapa de la producción internacional sobre el tema de la cultura, confirman que se trata de un enfoque muy joven, aunque con fuertes raíces en los paradigmas teórico-sociales y humanistas contemporáneos. La conformación de este enfoque constituye una respuesta a las transformaciones de los modelos teóricos de las ciencias sociales de la segunda mitad del siglo XX, particularmente del cambio entre los antiguos esquemas deterministas y estructuralistas, y las microsociologías, que enfatizan la experiencia cotidiana y la acción reflexiva de los actores culturales, así como una relación más dinámica entre el mundo interno y externo.

Creemos que, históricamente, el concepto de cultura ha tenido demasiados matices y, por tanto, cada una de las corrientes teóricas que han estudiado a la cultura ha tenido distintas interpretaciones sobre dicho fenómeno. Se entiende y acepta que la cultura evoluciona en tanto que ésta y quién la produce son entidades dinámicas, pero sobre lo que hay que insistir, es que la mayoría de las corrientes teóricas que han analizado el fenómeno cultural no lo han hecho como base de su teoría general, lo cual ha provocado la debilidad de sus enunciados secuenciales resueltos y extrema parcialidad de sus representaciones literales de la realidad cultural. Es por lo anterior que pensamos que es importante generar un concepto de cultura, si bien no unívoco, sí que se derive de una teoría más general acerca de las determinaciones esenciales de la vida humana, consideradas como entidades de un modo específico del proceso de reproducción de la vida natural, es decir, de la cultura.

En nuestra opinión, metodológicamente los nuevos estudios culturales deben sobreponerse a dos situaciones –en particular generadas en el seno de los paradigmas teóricos objetivistas que dominaron hasta casi finalizar el siglo XX que expresaron una falta de sensibilidad en los aspectos relacionados con la participación de los agentes culturales que componen la sociedad de una manera inteligente y consciente de la realidad que se vive en la cotidianidad. Específicamente, sugerimos que los estudios culturales deberán dar un renovado reconocimiento al individuo y asumir que éste no es un idiota cultural incapaz de concebir la realidad; superar la eterna discusión entre las aproximaciones objetivistas y subjetivistas, y asumir que los estudios sociales, y no sólo los culturales, se construyen como una dualidad y coexistencia del mundo objetivo y de la vida subjetiva, en tanto que el actor social no sólo construye su propia realidad, sino que también ésta lo determina.

A nuestra juicio, los estudios sobre la cultura deberán estar sensibilizados a la capacidad de creación subjetiva que tienen los agentes culturales y que nace de la experiencia cotidiana, es decir, tratar de entender la asimilación molecular de elementos subjetivos cognoscitivos, valorativos, sentimentales, de la personalidad, estéticos, discursivos o de formas de razonamiento que retroalimentan la experiencia cotidiana. En la medida en que los análisis culturales enfaticen los espacios de experiencia inéditos en los que ocurren cambios subjetivos bruscos, éstos podrán dar cuenta de las configuraciones cotidianas que significa el ser y el estar. La tarea de los estudios sobre el fenómeno cultural tendrá que ser multidisciplinaria, e incluso transdisciplinaria, y deberá reconocer la multiformidad de herramientas metodológicas y técnicas que éstos aplican, en la medida en que sólo así podrá dar cuenta de las significaciones particulares de las relaciones culturales en espacios determinados y configurar una perspectiva analítica que pueda mostrar las mutaciones de la vida cotidiana.

Indudablemente, todo lo analizado hasta ahora resalta el hecho de que la vida del ser humano en sociedad guarda un secreto a voces y es que escondido en la obviedad de la vida cotidiana emanada de lo cultural, el individuo hace y es hecho por la sociedad, entonces para poder tener una mejor comprensión de la vida social hay que buscar de entre sus entrañas a este sujeto tan huidizo entre las estructuras sociales, y es por medio de una serie de perspectivas teóricas que nos acerquen al mundo cotidiano, a las relaciones cara a cara, que podremos dilucidar el funcionamiento del mundo social real y cultural de los actores sociales.

 

Bibliografía

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*   Universidad La Salle. Correo-e: gertunsa@yahoo.com.mx

** Universidad Nacional Autónoma de México. Correo-e: camarena_adame@hotmail.com

[1] Véase: Adorno, Th. y M. Horkheimer (1998), Dialéctica de la ilustración, Madrid, Trotta, 1-303.

[2] Citados por: Echeverría, B. (2001), Definición de la cultura, México, Itaca, p. 103, 1-275.

[3] Citado por: Abravanel, H. et al. (1987), Cultura organizacional, Colombia, Fondo Editorial Legis, p. 9, 1-202.

[4] Citado por: Abravanel, H. et al. (1987), Cultura organizacional, Colombia, Fondo Editorial Legis, p. 7, 1-202.

[5] Citado por: Abravanel, H. et al. (1987), Cultura organizacional, Colombia, Fondo Editorial Legis, p. 8, 1-202.

[6] Citado por: Abravanel, H. et al. (1987), Cultura organizacional, Colombia, Fondo Editorial Legis, p. 10, 1-202.

[7] Véase: Wuthow, R. et al. (1988), Análisis cultural. La obra de Peter L. Berger, Mary Douglas, Michel Foucault y Jürgen Habermas, Buenos Aires, Paidós, 1-291.

Citación: Tunal Santiago, G. y Camarena Adame, M.E.  (2007): "La cultura como objeto de investigación". Tecsistecatl. Revista Interdisciplinar, 2, julio 2007.  Disponible en Internet: <http://www.eumed.net/rev/tecsistecatl/n2/tsca.htm>
 

 

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