Sociedad Global
Revista de relaciones internacionales y ciencias políticas
ISSN 1851-6262

“ESTADO-NACIÓN”: UNA CONSTELACIÓN NEBULOSA DEL SIGLO XXI

María Alicia Cusinato
acusinato@yahoo.com.ar

 

“Cierto que la unidad de Dios, el hombre, el animal y la máquina que representa el Leviatán de Hobbes sería, desde luego, la más total de todas las totalidades concebibles por el hombre (…) El Leviatán no es capaz ya de amedrentar a la manera de pensar propia de la técnica total. Ésta se considera a sí misma suficientemente fuerte para acogerlo bajo su protección, como a otros saurios y mastodontes, y para mostrarlo en el jardín zoológico como un objeto de museo.” (Carl Schmitt El Leviatán de Thomas Hobbes) (1)

Los desafíos y los interrogantes proliferan frente a una realidad que cataliza la mayoría de las corrientes, muchas veces opuestas entre sí, filosóficas e ideológicas. En efecto: si en algo hay un consenso es respecto a la crisis del Estado nación.

Dicha crisis abarca todas las dimensiones de lo político (entendemos que las relaciones poder atraviesan las diferentes configuraciones de lo social). En este sentido, se puede hablar de una crisis de la nación a partir de las nociones identidad, referencia y pertenencia; de crisis económica planteando desafíos a organizaciones no sólo estatales, sino trasnacionales y/o supranacionales; así como también en términos específicamente de régimen político (el modelo de democracia neoliberal y hasta mismo el Derecho Internacional son cuestionados por el surgimiento de nuevas formas de identidad particulares).

Todo esto conlleva a un replanteamiento filosófico respecto de los alcances y limitaciones del Estado entendido no sólo como conjunto de instituciones (reflejo contradictorio de un marco estructural también contradictorio) sino también como un actor con capacidad de forjar nuevas identidades, o a lo sumo reconducir las ya existentes. En esta línea argumental sale a la superficie el primer interrogante: ¿puede el Estado de mantener a salvo a una sociedad civil sin sacrificar-se -en términos de legitimidad- en el intento? Esta configuración política que hoy agoniza, fue eje de una configuración de dualidades propia de la modernidad: Estado/sociedad civil, publico/ privado, político/económico, amigo/enemigo. Hoy asistimos a una disolución de estos binomios, desencadenando un proceso que va relativizando y difuminando puntos clave de referencia en la categorización y concepción de lo político.

Hasta aquí el Estado… ¿y la idea aglutinante de nación? En referencia a este último concepto, pesa a este propósito la noción definida por Alessandro Campi (2), quien la concibe como aquella realidad histórico-política que en la modernidad adquiere una connotación polémica sin igual y que, ligada al aparato institucional, sirve como motor de transformación política que deviene en la configuración del mapa geopolítico europeo.

Como se ve, resulta difícil aprehender el término sin hacer al menos una mínima referencia a lo estatal. ‘La nación’ es, entonces, resultado de numerosos intentos por construir un nexo de referencia identitario entre Estado y sociedad civil; una “mediación simbólica” que permitiese “suturar”, si bien de manera contingente, el hiato (3) de indeterminación entre las esferas de la ley, el saber y el poder (esa separación / tensión entre Estado y sociedad tantas veces teorizada desde la filosofía de la historia) que a causa suya nunca puede resultar cerrado / clausurado. Pero nos enfrentamos a una realidad diferente a aquella configuración decimonónica anclada y limitada territorialmente; en palabras de Campi, asistimos hoy a “(…) la crisis irreversible de la idea de nación y el definitivo ocaso del Estado-nación europeo…”.(4)

Con la finalización de la Guerra Fría se da inicio a un nuevo escenario, una nueva configuración y correlación de fuerzas: en ambos lados del hemisferio, la función neutralizadora del conflicto bélico había cesado dando a lugar a virulentos particularismos y regionalismos, que comenzaron a poner en duda los alcances de función estatal pacificadora cuestionando de fondo su capacidad homogeneizadora e identificadora de vastos caudales de seres humanos anclados dentro de limites territoriales.

El Estado, entonces, abarca no sólo al conjunto de instituciones que reclaman el monopolio de la coacción, sino también que puede ser identificado como actor productor de identidades; creador de puntos de referencia político-simbólicos de legitimidad. ¿Puede la nación u otra forma de realidad histórica identitaria sobrevivir a la muerte del Estado-nación? ¿Puede esta última de alguna manera, recuperarlo? El cuadro que nos esboza el autor sirve como clave de bóveda para la articulación, desde la reflexión político cultural, de posibles y plausibles re-definiciones de lo estatal, lo político, sus alcances y sus límites.

Así, muchos suponen una desintegración de la fuerza identitaria de la nación. En un mundo globalizado e interdependiente la disolución de identidades exclusivas con referente telúrico se hace inminente frente al avance modelos culturales y lingüísticos que sobrepasan las barreras fronterizas. El derrumbamiento de la forma estatal moderna (el corrimiento de fronteras nacionales ligado por ejemplo a las cuestiones de la ciudadanía) conlleva a la futilidad del recurso nacional como sistema integrador legitimante de un orden político. Es por esta razón que, desde diferentes familias político culturales, se apele a órdenes simbólicos de referencia más vastos y de carácter más universal que funcionen como enclave originario -por ejemplo el de comunidad- desvinculándose así de lo estatal.

Otros, en cambio, no sólo no suponen la inexistencia de una clausura histórica definitiva de la nación sino que, por el contrario, encuentran en el surgimiento de estos particularismos un intento de revitalizarla como motor de cambio y transformación de los contornos político-institucionales. La idea de nación, dentro de esta perspectiva, no puede ser eliminada de la reflexión y debate actual. Más bien, es considerada como un factor clave en la constante autodeterminación democrática.

La construcción identitaria no es la única encrucijada que configura el escenario posmoderno. Los intentos por re-articular el orden político desde una dimensión integradora ponen en evidencia la dificultad que implica la búsqueda de un principio legitimador en una construcción institucional de vocación supranacional que carga con una realidad innegable: al menos por ahora, resulta imposible prefigurar un espacio “común” sin unidades políticas que velen por la particularidad y autonomía de las naciones. El éxito organizativo europeo corre peligro también de soslayar el suelo plural, ese mosaico de culturas que dio origen a su configuración actual.

El ocaso de las unidades políticas que forjó la modernidad dio comienzo a la creación de un espacio de redimensión de lo estatal (los intentos de integración no son exclusivos de Europa; Latinoamérica también puede ser puesto como ejemplo -si bien embrionario- en la coordinación estratégica por un espacio común). Parafraseando a Pier Paolo Portinaro (5), el espacio continental se esta reorganizando como una unión megaestatal y supranacional de las unidades políticas.

La configuración político-institucional de la Unión Europea, edificada sobre un doble principio de legitimidad (el de la representación encarnada en el Parlamento Europeo en estrecha vinculación con la ciudadanía europea; y el de identidad, asociado al Consejo de ministros que funciona alrededor del concierto de los Estados soberanos) podría ser pensada como la “conjunción de repúblicas” (lo que Portinaro define como federalismo trasnacional) que Motesquieu había ideado para hacer frente a las invasiones extranjeras. Todo lo dicho anteriormente da cuenta de la riqueza en las interpretaciones y posibles soluciones frente al complejo panorama mundial. Uno de los desafíos que se presenta con mayor premura es la construcción de una Constitución europea que limite la soberanía de la Unión (re-actualizando el miedo a la tiranía de uno solo; de lo uno que anule la diferencia), lo que nos trae de vuelta al punto de partida: la inevitable aceptación, permanencia y reivindicación de las unidades que hoy siguen configurando y otorgando sentido al mapa europeo. “Los Estados Europeos quieren hoy una Unión fuerte para sustraerla a la condición de impotencia cuando debe enfrentar las crisis regionales que proliferan en sus puertas y para lograr la emancipación de la invasiva hegemonía norteamericana, pero al mismo tiempo buscan mantener cuanto sea posible las manos libres para la competencia geoeconómica que los divide”.(6)

Lo antedicho es otra manera de resignificar el nudo gorgeano que simboliza la tensión entre lo particular, su necesaria reivindicación, y lo universal, entendido en términos de integración y sinergia para hacer frente a los desafíos económicos, ecológicos, bélicos, etc. del mundo contemporáneo. La encrucijada no se resuelve, podemos creer, adscribiendo por un camino u otro, sino más bien optando por una articulación estratégica.

El nuevo modelo trasnacional del desarrollo y consumo, que opera a partir de los ‘80 ha puesto en evidencia la impotencia de los Estados en el efectivo control sobre el flujo económico, ya que los mercados financieros y las empresas multinacionales se apoyan en el saber tecnológico y el capital fluctuante antes que en la extensión territorial y la densidad de población. Esto, según Portinaro, si bien erosiona el poder estatal no implica una irreconciliable antinomia: las organizaciones internacionales llevan a cabo funciones, simbólicas estratégicas y de adaptación que puede resultar en un saldo positivo dentro del juego político para los actores estatales.

En un contexto en el cual se ha sentenciado el retiro del Estado a su función de gendarme, retorna a la escena del debate resabios de una discusión respecto de los verdaderos alcances y capacidad del Estado de continuar “corrigiendo” (a un precio no tan alto) las “disfuncionalidades” inherentes y propias del modelo de producción capitalista. El panorama muestra, como ya se mencionó anteriormente, un modelo estatal que enfrenta problemas en los principios sobre los cuales se había erigido originariamente. Siguiendo a Portinaro, el Estado moderno se ve amenazado en sus tres de sus dimensiones fundamentales: territorio, pueblo y poder. Es así como desde lo territorial aparecen nuevas formas de federalismo disgregador que amenazan la unidad política y soberana; de los intentos continuos y elaborados “desde arriba” para homologar y homogeneizar un referente de la dominación (la idea de pueblo-nación) subsisten lógicas centrifugas y anómicas de sectores dentro de la sociedad; y desde la articulación funcional de los poderes se origina el reclamo de una autonomía disgregadora de los subsistemas.

Frente a este panorama, poco esperanzador, de crisis de legitimidad estatal podríamos preguntarnos: ¿puede el Estado seguir manteniendo, y partir de ello mantener las razones de su propia subsistencia, algún tipo de “orden”?

Arrojando luz sobre el interrogante, Portinaro describe tres componentes de esta crisis estructural que socava sus bases. El primero hace referencia a la incapacidad del Estado para mantener el monopolio de la coerción o el mantenimiento de la seguridad (el terrorismo con su imposibilidad de categorizar a un enemigo que a-parece sin un enclave telúrico, redefine el juego de lo político y, como consecuencia de ello, a sus actores); su incapacidad de hacer frente a problemas a escala supranacional (como por ejemplo las cuestiones ecológicas) que hace necesaria una decisión conjunta y sinérgica; y por ultimo su incapacidad de hacer frente al problema de la sobrecarga fiscal inherente a las cuestiones sociales de las que no puede deslindarse sin derivar en crisis de gobernabilidad.

Aun así, la posibilidad de la inexistencia del aparato estatal como aparato institucional, que no solo corrige las imperfecciones del mercado, co-ayudando a su subsistencia, sino también como referente de la dominación política, a-parece muy lejana: “Queda todavía por ver si estas formas de civilización del poder y universalización del derecho conservarán la capacidad de mantener viva aquella relación de obligación -el eje vertical protección/obediencia- sobre el que se funda el Estado moderno. Y si estas ‘abstractas’ instituciones están aún en grado de controlar, además de los mercados y los flujos de capital, también a masas de hombres en movimiento, inquietos, desarraigados, desesperados”.(7)

En un contexto signado por la presencia de los mercados globales y los capitales trasnacionales, las instituciones políticas, reflejo de una construcción de siglos apoyada siempre sobre un sector o clase dominante, representan una instancia participativa, un ámbito lúdico de lo posible en la lucha por la conquista en nombre de aquellos menos beneficiados por la historia. Dichas instituciones son resultado-producto (hacedor) de las complejas tramas que se tejen en las dimensiones cultural, económica y social.

La instauración y consolidación de las democracias y el rol del Estado como garante institucional de estos regímenes no es noticia nueva. El camino de su afianzamiento que se inició en los siglos XVIII y XIX pareciera ser un hecho consumado. Pero, vale la aclaración, democracia formal no es, o al menos no coincide hoy con, una democracia sustancial en la que las condiciones de igualdad, significado que -frente a los abrumadores índices de hambrunas, trafico de personas, pobreza y mortandad- queda vacío de todo significante.

El Estado ha logrado consolidarse, y de allí la fundamentación de su permanencia, en la protección de esa democracia formal que, incluso con sus defectos, consiste en el funcionamiento las instituciones poliárquicas. Esta conquista en la defensa de las libertades negativas que permiten un intersticio de actualización de la libertad, en el mantenimiento de la relativa autonomía de las esferas público/privada es un hecho histórico que no puede solaparse en las hojas de la historia. Sin embargo, esta igualdad formal se des-sustancializa en la pura forma de su constitución formal cuando apoya, o al menos no se cuestiona, una desigualdad económico-social que el Estado también, complicidad de clase “develada” y con un modo de producción, ayuda a su configuración. El problema que se avecina es que esta desigualdad sustancial se hace cada vez más evidente, o al menos se presenta como solución menos alcanzable sirviéndose de instrumentalizaciones cada vez mas violentas. Consecuencia de todo esto es el cuestionamiento de aquellas instituciones, Estado y Democracia, que durante muchos años mantuvieron en vilo expectativas de concreción histórica en términos de igualdad. Las contradicciones se hacen cada vez más evidentes y las consecuencias de un sistema económico, inherentemente e irreversiblemente cada vez más voraz, ganan protagonismo en la escena de este drama histórico. ¿Qué papel cumple, o debería cumplir el Estado? El revival de los “populismos” latinoamericanos (8) no es una mera coincidencia histórica, así como tampoco lo es la vuelta, desde diferentes opciones ideológicas, a formas más modernas de intervencionismo Estatal y/o formas “más sociales de un estado moderno”.

Dado que la igualdad también es un derecho que excede la dimensión intra- estatal para consagrarse como el valor universal, se plantea la problemática que desde hace al menos un par de décadas signa el escenario internacional: frente a la universalidad de los Derechos Humanos y el Derecho Internacional, ¿Qué papel como reinvindicador de lo particular, de instancia ordenadora, aún vinculada a lo telúrico, rehificadora de un sentido de pertenencia y autonomía política, cumple o debería cumplir el Estado? Si bien es cierto que la era de los ínter-estatalismos ha concluido, no es posible afirmar que en la actualidad lo estatal no juega un rol político de relevancia o que han sido eliminados de la escena histórica. Por el contrario, los Estados se encargan de funciones de vital importancia como el tráfico de personas, mantenimiento de la seguridad y, aún más importante, como barrera ultima frente a las consecuencias disruptivas del manejo especulativo y fluctuaciones económicas. Consecuencias que muchas veces resultan irreversibles (las efectos, sociales económicos y políticos, luego de la fase neoliberal instaurada en los años ‘90 en América latina son prueba de ello). Es por ello que podría pensarse, y diferencia de lo que plantea desde las diferentes líneas de pensamiento, que en vez de mostrar a estos ordenes como antagónicos se presenten como “antinomias convergentes”.

La universalidad de las reivindicaciones humanas y de construcciones legales de misma dimensión plantea desafíos a las configuraciones de lo político estatal frente a lo cual las instancias supranacionales, en constante actualización y reconstrucción parecen ser un camino orientado en esta dirección.

Todo esto pareciera esbozar el carácter inestable y contingente de la construcción política prefigurándola siempre al “borde del abismo”. Las fracturas históricas o épocas criticas representarían estas instancias caóticas en donde todas las instituciones y construcciones humanas, desde las mas “frágiles” hasta las mas “fuertes” como la visión de la democracia, son puestas en cuestión e invitan a reconfigurar/tejer un juego, que pareciera ya mil veces jugado; un nuevo presente histórico: “En realidad, no existe un solo instante que no lleve en sí su posibilidad revolucionaria; ésta solo aspira a ser definida como específica, a saber, como posibilidad de una solución enteramente nueva frente a una tarea enteramente nueva. Para el pensador revolucionario, la posibilidad revolucionaria propia de cada instante histórico se verifica en la situación política. Pero se verifica en no menor medida por la capacidad de apertura hacia un compartimiento bien determinado del pasado, cerrado hasta entonces. La entrada a ese compartimiento coincide estrictamente con la acción política; y debido a esa entrada, la acción política, por destructiva que sea, puede reconocerse como mesiánica (la sociedad sin clases no es la meta ultima del progreso en la historia sino, antes bien, su interrupción mil veces malograda pero finalmente consumada)”.(9)

NOTAS

1. Schmitt, Carl (1990): El Leviatán en la Teoría del Estado de Thomas Hobbes. Córdoba: Editorial Struhart, p. 81-82.

2. Al respecto ver: Campi, Alessandro (2006): Nación. Léxico de la política. Buenos Aires: Nueva Visión.

3. En relación a la construcción del orden político moderno como operante y resultado de una construcción contingente y nunca acabada identidad entre significante y significado son harto conocidos los trabajos de Lefort, Claude (2004). “¿Permanencia de lo teológico-político?”, en: La incertidumbre democrática. Barcelona: Anthropos; así como también aquellos de Laclau, Ernesto y Chantal Mouffe (1984). Hegemonía y estrategia socialista. Madrid: Siglo XXI, respecto de los cuales se hace referencia implícita.

4. Campi, Alessandro, op. cit., pag. 209.

5. Portinaro, Pier Paolo (2003). Estado.Léxico de politica. Buenos Aires, Nueva Visión.

6. Ibidem, p. 162.

7. Ibidem, p. 175.

8. El apelativo tal vez podría reformularse en gobiernos de carácter popular o en palabras de E. Gruner “Estado reformista burgués”. En cualquier caso se hace alusión a gobiernos que tratan de acercarse, sin modificar la relación de fuerzas existentes dentro de un sistema de producción, desde una retórica popular hacia los aspectos más sociales del Estado.

9. Benjamin, Walter (2007). Sobre el concepto de la historia, Tesis y otros fragmentos. Buenos Aires: Editorial Piedras de Papel, p. 39.

 
 
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