Sociedad Global
Revista de relaciones internacionales y ciencias políticas
ISSN 1851-6262

 BRASIL, UN PAÍS DEL PRESENTE

Vicente Palermo

 

Todo el mundo lo conoce, casi nadie lo leyó, muy pocos lo leerán. Creo que esto es lo que se puede decir de uno de los más ambiguos clásicos brasileños: Brasil, um país do futuro, del vienés Stefan Zweig (escritor injustamente considerado como mediocre por gran parte de la academia y la crítica literaria brasileñas). Pasé muchos años con el cargo de conciencia por no haber leído la obrita, hasta que una excelente pocket edition reciente, con prefacio de Alberto Dines y traducción de Kristina Michaelles, me dio la oportunidad de redimirme .

En una primera lectura, me dejé llevar por sus páginas fáciles y muy agradables, en apariencia superficiales. Aprecio mucho a Zweig – tanto al escritor como al hombre – y no fue difícil acariciar con mis ojos frases como: “algunas de las cosas singulares que tornan Río de Janeiro tan colorido y pintoresco ya están amenazadas. Sobre todo las favelas… a los brasileños no les gusta hablar de ellas… pero las favelas dan un colorido especial a ese calidoscopio, y por lo menos una de esas estrellas en el mosaico debería ser conservada”. Frases, además, que con seguridad el pedantismo que nunca falta ni faltará ve risibles. Brasil, un país del futuro… ¿tiene candor no?

Pero creo que tras la pátina de ingenuidad con la que los años han cubierto el ensayo de Zweig, se esconden intuiciones extremadamente sagaces. Y mucho más nos dice de la cultura y de la política brasileña de la actualidad, el hecho mismo de que en vez de ser recordada por su clarividencia, la obrita no pase de ser considerada como una gran metáfora del modo brasileño de fracasar: “promesa perpetua (se burla él, el modo), futuro que nunca viene, estúpido sostenerse de la esperanza como negación de la dolorosa realidad”.

El legítimo valor del ensayo del vienés (que mal podría ser considerado austríaco, pero sí un europeo cosmopolita) puede ser mejor percibido en la tela de fondo de su bellísima autobiografía, Ou mundo que eu vi. Memórias de um europeu, editada justo después de Brasil…, y por tanto poco antes de su suicidio, junto con Lotte, su mujer, en Petrópolis . Leyendo esas estremecedoras memorias, se puede comprender claramente cómo el equilibrio emocional de Zweig fue siendo demolido en la medida en que el encantado mundo europeo de entre siglos se fue despedazando en los cinco lustros que transcurren entre 1914 y 1939, víctima de los monstruos engendrados por los sueños de la razón de los propios europeos, el nacionalismo, la lucha de clases y el racismo. Ahora, no estoy dando por sentado la corrección de las percepciones de Zweig atinentes a la crisis civilizatoria occidental; sólo señalo que cuando él – ya atormentado por lo que juzga como un inevitable desbarrancar de su mundo, y tentado, por tanto, como siempre ha acontecido en estos casos, a dejar llevar su mente y su corazón a un pasado que no puede entonces ser más que mitificado – llega por primera vez al Brasil (1936) descubre, deslumbrado, una arcadia que puede despegar para el futuro porque, según ve él, está realizando rápidamente ese futuro, y tanto es así que pueden apreciarse sus gratos trazos en ese presente.

Pero… ¿por qué el Brasil de 1936, el Brasil que todavía no había dejado atrás las llagas de la República Velha y estaba ya a la vera del Estado Novo, puede ser visto - en una ilusión, dirán muchos lectores, lo sé – como un país de los sueños, no de las pesadillas, del futuro? Porque el Brasil que cree ver Zweig es, justamente, una sociedad libre de los monstruos de los cuales él procuró inútilmente huir (creo que su suicidio no se explica porque la sociedad brasileña haya desilusionado después a Zweig, pero sí por aquello que pasa con tantos perseguidos que no pueden soportar vivos la muerte de sus mundos más propios, sociales, culturales y hasta familiares). En efecto, Zweig no percibe nacionalismo en el Brasil – percibe sí un orgullo nacional pacífico, confiado, nada xenófobo ni agresivo. Un país satisfecho con sus fronteras, y libre del redentorismo territorial. La lucha de clases tampoco forma parte del panorama social brasileño que ve Zweig. El Brasil es una sociedad de contrastes, pero esos contrastes parecen estar precedidos por un espíritu de armonía, una bondad natural, una predisposición para la integración y no para la contraposición social. Por último, en lo relativo a la peor de las pesadillas que torturaban a Zweig, el racismo, no le faltaban motivaciones subjetivas para ver al Brasil decididamente paradisíaco. Ve en el Brasil una sociedad multirracial, pero no a la manera norteamericana, donde los derechos republicanos coexistían (muy mal, dígase de paso, en varios Estados de la Unión) con un denso racismo cultural y una nítida separación de las “razas” (sea lo que fuera que esa elusiva palabra signifique).

Está claro que Zweig no solo escribía. Leía también. El no podía ignorar ideas nuevas, que todavía no habían transpuesto los límites de la elite cultural (v.g. Raízes do Brasil, de Sérgio Buarque de Hollanda, es publicado por primera vez en 1936). Pero Zweig confiaba sobre todo en sus percepciones, y todo aquello que captaba en sus lecturas lo hacía fluir por el tamiz de sus propias búsquedas, ansias y patrones normativos. Es difícil percibir en la lectura y en la recreación literaria que hace del Brasil, la carga crítica acarreada en el concepto de hombre cordial de Sergio Buarque.

Bueno, ¿y entonces? ¿Qué tiene que ver todo eso con el Brasil de hoy? Ya dije que muchos lectores no ven en el ensayo Zweig más que una metáfora vetusta del modo brasileño de fracasar. Pero todo país tiene sus modos de expresar sus fracasos, aún los más exitosos – y la así llamada fracasomanía nada tiene de particularmente brasileña; el número de fracasómanos fue, y siempre será grande en Brasil y en el exterior, y veo a los fracasómanos simpáticos y hasta necesarios, aún cuando no me cuente entre sus filas. Por ello, creo que Brasil es hoy el país de aquel futuro anhelado por Zweig mucho más de lo que se puede pensar en una primera mirada.

Soy argentino, liberal-republicano y de centro-izquierda (aún cuando tenga un no se qué de populista, no tan insignificante como prefiere creer la gran mayoría de mis amigos); por eso es que no me pueden gustar los nacionalismos, y no me gusta el nacionalismo brasileño. No obstante, me parece evidente que el nacionalismo brasileño es mucho menos tóxico que su par argentino. El nacionalismo argentino es atormentado, ceñudo, es una flor cultivada en el fértil terreno de la decadencia (no estoy sugiriendo que la Argentina sea un país decadente, no cabe discutir eso aquí), y lleva un amarga gota de resentimiento. Es un nacionalismo que puede, para tomar un ejemplo reciente, dar licencia para la reacción crispada (del gobierno y de una parte de la sociedad argentina) frente a Uruguay en el disenso sobre las “papeleras” en Fray Bentos (reacción que contrasta de modo patente con aquella del gobierno brasileño en el disenso con Bolivia sobre Petrobras – aún cuando no faltaron intelectuales que hicieran flamear la bandera de la dignidad nacional, no tuvieron afortunadamente la repercusión ni social ni oficial que ellos esperaban). Está claro que aquellos brasileños que se consideran a sí mismos nacionalistas (esto es, aquellos que creen que el brasileño “es poco nacionalista”, y que el Brasil sería mejor con más nacionalismo) son – pero sólo en esta obsesión – unos pesados, pero eso es así con los así llamados nacionalistas en todas las partes del mundo.

Es evidente que los ejercicios de recuperación de autoestima en los cuales los sucesivos presidentes creen necesario ingresar – o incurrir, no es el momento de discutir eso, pero sí de observar que Fernando Henrique Cardoso y Lula han presentado una perfecta continuidad en este punto – llevan en sí un cierto entusiasmo nacionalista, pero eso tiene un tanto de festivo y, sobre todo, carece de la típica indignación argentina contra el mundo (caramba – se pregunta Lula - ¿cómo es que nosotros los brasileños podemos tener de Brasil una visión mucho más negativa que la que tienen afuera?).

¿Y la lucha de clases? Bien, gracias. Pero, otra vez en perspectiva comparada, está a la vista que la conflictividad social ha sido, a lo largo del siglo XX, mucho menor en Brasil que en los otros países del Cono Sur con los cuales la comparación podría tener algún sentido. A pesar de que Brasil haya fundado un partido trabajador de nuevo cuño, el componente de lucha social inter-clases tiene relevancia explicativa mayor en la historia argentina, chilena o uruguaya. Dejo al lector sacar sus propias conclusiones respecto a lo positivo o negativo de este trazo social, pero me parece claro que el imaginario social brasileño, más jerárquico y menos plebeyo que, por ejemplo, el argentino, continúa siendo de integración más que de contraposición.

Nos queda todavía la cuestión del racismo. Tal vez sea en este campo donde se nos presentan las mayores novedades – como cuchillo de doble filo. Porque, es claro, el Brasil dejó atrás hace mucho tiempo la auto-representación como paraíso de miscigenação (mestización), adonde el cruzamiento interracial coexistiría con la diversidad étnica sin ingredientes de racismo. En Brasil existe, ciertamente, preconcepto racial, y a veces este es brutal. Pero, por otro lado, ese auto-reconocimiento, aún necesario, puede estar desembocando en una incitación de diferencias identitarias con orientaciones comunitaristas y trazos paradojalmente racistas. Que lo diga la política de cuotas en las universidades, por ejemplo.

Hechas las cuentas, vale la pena exhumar de su desdeñada sepultura el ensayo de Zweig. En gran medida, el Brasil que el imaginó, es el Brasil en el que hoy viven los brasileños. El hecho de que haya pasado tan desapercibido que el vienés acertara en el blanco en 1941, expresa los problemas que tiene la sociedad brasileña – como toda sociedad dinámica contemporánea – para conocerse a sí misma.

 
 
SOCIEDAD GLOBAL es una revista académica de la Universidad Abierta Interamericana. La versión digital es editada y mantenida por el Grupo de Investigación eumednet de la Universidad de Málaga.

Directora
María Susana Durán Sáenz


ISSN: 1989-3981
EUMEDNET

SOCIEDAD GLOBAL
Universidad de Málaga > Eumed.net
Congresos Internacionales


¿Qué son?
 ¿Cómo funcionan?

 

15 al 29 de
julio
X Congreso EUMEDNET sobre
Turismo y Desarrollo




Aún está a tiempo de inscribirse en el congreso como participante-espectador.


Próximos congresos

 

06 al 20 de
octubre
I Congreso EUMEDNET sobre
Políticas públicas ante la crisis de las commodities

10 al 25 de
noviembre
I Congreso EUMEDNET sobre
Migración y Desarrollo

12 al 30 de
diciembre
I Congreso EUMEDNET sobre
Economía y Cambio Climático