Sociedad Global
Revista de relaciones internacionales y ciencias políticas
ISSN 1851-6262

FABIÁN BOSOER. MALVINAS, CAPÍTULO FINAL (I Y II). GUERRA Y DIPLOMACIA EN LA ARGENTINA (1942-1982)

 

Juan Cruz Vázquez

 

Capital Intelectual, dos tomos, Buenos Aires, 2007, 107 y 121 páginas respectivamente

“Como colgar en la pared un marco vacío

para que ningún paisaje se agote al fijarse”

Juarroz, Poema número 13, Poesía Vertical

Imagino una línea recta, después una sinuosa, que parten de la costa de Rawson, donde se garabatean con papel y lápiz estas otras líneas. Todas ellas (las imaginadas y las escritas) conectando esta orilla con las murallas de piedra y niebla de Malvinas. Llegado a estas tierras para fotografiar monumentos de la contienda de 1982, acerté en traer los dos tomos que Fabián Bosoer escribió sobre el tema, y me quedo pensando en la frase de Juarroz en su Poema número 13. Es que el autor de Malvinas, Capítulo Final da un brochazo más que interesante a este cuadro que nunca se termina de pintar, a pesar de las coloridas y contrastantes ópticas que trataron de llenar el marco vacío.

En las gamas sobre la paleta, Bosoer se propone mezclar de una manera intensa la historia de la cuestión/causa Malvinas con el eje político (interno y exterior) que la definió, caracterizando dentro de éste un sector social muy preciso de la Argentina. Ya desde la Introducción se puede leer: “La hipótesis que se postula es la existencia de una alta correlación entre la continuidad de una misma élite de poder conservadora (…) y la debilidad, discontinuidad y carácter errático de las conductas gubernamentales y decisiones estratégicas adoptadas en materia de política exterior” (p. 13, tomo I).

El capítulo uno: Un significante clave, comienza buscando las raíces de esta élite, y así el libro se retrotrae a 1880, primeras épocas del Estado moderno argentino, cuando se la vislumbra con fuertes rasgos “territorialistas” y el modelo agroexportador como el único denominador común con los sectores liberales “comercialistas”. Décadas antes, en 1833, Gran Bretaña había ocupado un archipiélago austral que ocasionaría desde entonces esporádicos reclamos del Gobierno argentino, sin que se enarbolara ninguna “bandera nacional” al respecto. ¿Por qué? El libro sostiene que “la falta de interés por levantar las banderas del reclamo tenía explicación: las élites dirigentes habían mantenido hasta ese entonces una relación privilegiada con Gran Bretaña” (p. 26, tomo I) en lo que sería una “diplomacia comercial”.

Habría que esperar al golpe de 1930 y la reacción conservadora para que las Malvinas tomaran un cariz más territorialista y anti-británico. Aparecen entonces los lejanos ecos de José Hernández del siglo XIX, continuados ahora en la obra de Paul Groussac sobre las islas (1910), y la Junta de Recuperación de las Malvinas presididas por el senador socialista Alfredo Palacios (1939), tiempo en el que se opera una amplia difusión y popularización de la “cuestión” Malvinas, tornándola una “causa nacional”.

El nacionalismo entraba de este modo en la escena interna, tomando su punto más alto con la llamada “educación patriótica”, y efectuando un correlato claro en la política exterior, esfera en la que definiría la neutralidad argentina durante casi toda la Segunda Guerra Mundial. Finalizada esta última, Malvinas sería objeto de debate multilateral en la flamante Organización de Naciones Unidas.

Bosoer hará entonces un pormenorizado análisis del curso de la “cuestión” Malvinas en este espacio: la introducción del reclamo argentino en 1947; la Resolución 1514 sobre descolonización en 1960; y la fundamental Resolución 2065 de 1965 que reconoció los derechos argentinos sobre las islas e instó a ambas partes a negociar de modo directo. A cada paso histórico-diplomático, el autor agrega extractos documentales que ilustran al lector sobre la letra fina de estos primeros logros. Pero, consecuente con su hipótesis inicial, el autor vuelve posteriormente a la realidad interna y examina la injerencia militar que desde 1955 llevaría el diálogo internacional por las islas, en un desmenuzado análisis que se prolonga hasta el año 1981.

Los colores de la paleta se vuelven oscuros: el capítulo dos trata La Dictadura que quebró las solidaridades sociales y desapareció la libertad del pensar y del decir.

Bosoer marca claro desde el principio de este apartado el involucramiento e incidencia militar en la política exterior argentina: “Tras el golpe de 1976, la Cancillería tuvo un papel subordinado a las diplomacias militar y económica que se conducían desde otras sedes del poder” (p. 54, tomo I). Grafica este hecho con un seguimiento de los nombramientos militares en las embajadas argentinas en el exterior; la Operación Cóndor como alianza regional contra la subversión; las tendencias en el manejo del conflicto con Chile por el Canal del Beagle; y lo gravitante de los vetos y vistos buenos de los Estados Unidos en el marco de la Revolución Conservadora bajo el gobierno de Reagan.

El libro en este primer tomo se traslada del Palacio San Martín de la Cancillería al sillón presidencial de la Casa Rosada: las últimas páginas hacen un cuidadoso seguimiento del ascenso al poder del General Galtieri, su trayectoria dentro de las Fuerzas Armadas, las alianzas tejidas que le llevan a la “presidencia” y las percepciones sobre él por parte de la red de contactos y nexos internos e internacionales. El autor, fiel a su pluma politológica de labor periodística, emplea excelentemente el recurso de la cita de reportajes, testimonios y biografías de los entonces protagonistas, que dan en el clavo definiendo ante el lector la silueta de éste y tantos otros personajes mencionados a lo largo de toda la obra.

El sol en Rawson se va cerrando como las páginas de este primer tomo, y abro el segundo que anuncia – como este atardecer sureño – el ocaso. En el capítulo tres de la obra El general y el canciller van a la guerra, y Bosoer retrata brillantemente (como hizo con Galtieri en el primer tomo) la figura del canciller Nicanor Costa Méndez, que acompañará al general – a partir de diciembre de 1981 – en las vicisitudes internas e internacionales. Su designación viene con un gran condicionamiento: “Galtieri le había encargado a Costa Méndez la misión de resolver los dos temas más sensibles a los intereses geopolíticos de las Fuerzas Armadas, y de hacerlo ‘por las buenas o por las malas’: la recuperación de las islas Malvinas y una ‘solución justa’ a la disputa limítrofe con Chile” (p. 16, tomo II). Tales afirmaciones venían de la mano de un escenario interno que cambiaba (para mal) visiones antes inconcebibles: “La prohibición del recurso al uso de la fuerza, un último bastión de lo que había sido la posición argentina en todos los foros internacionales a lo largo del siglo, caía rendida ante la perspectiva de producir un hecho consumado y lograr un alto rédito interno con bajo costo externo” (p. 19-20, tomo II).

En los párrafos siguientes se sucede la gradual pero veloz puesta a punto de los síntomas que llevarían al uso del recurso bélico: los fuertes comunicados de Costa Méndez; la errónea interpretación de parte de la cúpula militar del hands off (manos afuera) enunciado por el secretario de Asuntos Interamericanos de Estados Unidos en su visita a la Argentina (como supuesto aval norteamericano); el incidente en las Islas Georgias del Sur; y la brutal represión de la movilización de protesta convocada por la CGT el 30 de marzo de 1982.

El propio 2 de abril, el almirante Massera anunciaba desde su periódico Convicción la decisión tomada que estaba siendo llevada a cabo, al señalar que en materia de soberanía “… la acción debe reemplazar a las palabras”. Bosoer sumerge al lector en la sorpresa de la noticia del desembarco, narrando la (para muchos) sorpresa al enterarse del suceso: desde funcionarios de la dictadura de segunda y tercera línea hasta la población en general. Del mismo modo, da cuenta de la tormenta informativa que siguió, cuando se explaya en las vivas desde los medios gráficos y televisivos; esbozando también un mapa de las posiciones de los distintos sectores políticos, sociales y culturales frente a la guerra ya lanzada.

Llamadas de Reagan advirtieron sobre la reacción que navegaría desde Gran Bretaña, y ante la terquedad de Galtieri – ya embarcado en una gesta con fervor nacionalista – corta el teléfono y la relación con Argentina, incorporándose en los términos de la OTAN del lado de Gran Bretaña; por lo que el General calificaría a los Estados Unidos como: “… sorprendentemente enemigo de Argentina y su pueblo” (p. 55, tomo II).

La lectura se acelera, y el autor arrastra a una muy bien lograda alternancia entre el terreno bélico y el diplomático: el bombardeo británico a Puerto Argentino; la invocación del Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca (TIAR); el despliegue de las fuerzas nacionales; el acercamiento argentino a la Unión Soviética; el viaje de Galtieri a Malvinas el 22 de abril; las tratativas con Libia; los hundimientos del Crucero General Belgrano y del destructor inglés Sheffield; el desembarco británico en las islas del 21 de mayo; el recibimiento de Costa Méndez en Cuba como huésped de honor por parte de Fidel Castro; los combates de la Bahía de San Carlos, Puerto Darwin, Pradera del Ganso (Goose Green), monte Longdon y Tumbledown; y la llegada a la Argentina del Papa Juan Pablo II el 11 de junio: tres días antes de la derrota argentina.

Es que “…el lunes 14 a las 9 de la noche, el general Menéndez firmaba la rendición ante el comandante Jeremy Moore” (p. 56, tomo II). Habían sido 74 días de ocupación de las islas con 45 días de combate, con un saldo de 635 bajas de soldados argentinos muertos y más de mil heridos. Ante el panorama, y luego de un intento de mantenerse en el poder, Galtieri es forzado a renunciar y el general retirado Reynaldo Bignone asume como nuevo presidente para encarar la transición a la democracia.

Si Malvinas había cambiado desde 1982 la historia argentina, con más razón incidiría en la vida de aquellos protagonistas (ora más cercanos, ora más lejanos) que rodearon la contienda. Es así como Bosoer relata el “día después” (en semanas, meses y años) de todos ellos, prestando especial atención a los excombatientes y veteranos de guerra, cuyos decesos por suicidio siguen aconteciendo en la actualidad democrática.

Con la complicidad de Rayuela de Cortázar, el lector debería pasar a esta altura de nuevo al tomo I, y seguir atentamente el anexo en donde el autor transcribe una entrevista con el historiador Federico Lorenz (quien escribió Las guerras por Malvinas, Edhasa 2006), reflexionando – 25 años después – sobre las enseñanzas y efectos que dejó la Guerra del Atlántico Sur. Con otra piedra lanzada y otro salto se llega a las últimas páginas del tomo II, donde se incluye como anexo el Informe de la Comisión Rattenbach: aquél que analizó los pormenores organizativos y estratégicos de la aventura bélica argentina en el siglo XX.

Para Bosoer, la derrota marca el fin de un ciclo histórico del país, lo cual explaya en el epílogo volviendo a su hipótesis inicial: “Se puede comprobar (…) que en medio de la inestabilidad gubernamental y las rupturas institucionales que signaron Argentina entre 1930 y 1983 existió una singular continuidad de esa élite conservadora en la dirección política de la diplomacia y su predominio cultural en la formación de percepciones sobre la inserción internacional del país” (p. 70, tomo II). Fabián Bosoer completa así esta obra íntegra que resalta en la originalidad de su análisis y coraje de su planteo, con una bibliografía y análisis documental de primera calidad. En un agudo último párrafo, el autor asegura que “La guerra de Malvinas ha sido y es, en tal sentido, una fuente permanente de enseñanzas, la gran lección que Argentina parece haber aprendido…” (p. 74, tomo II). Cierro el libro y es de noche en la costa, me quedé pensando si realmente los argentinos hemos sabido aprender de esta derrota… eso sería un éxito en sí mismo: el triunfo que nos debemos en el marco vacío de Juarroz.

 
 
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