Revista de la Universidad Cristóbal Colón
Número 17-18 (Edición digital)

 

Pinceles de la plástica veracruzana 1


Minerva Escamilla Gómez *


“Cuando en medio de los mares, se
es testigo de la salida del sol,
uno se siente lleno de admiración ante el
inflamado disco que se eleva del seno de
las olas y comunica al océano azul un color
De púrpura y oro...”
Pierre Charpenne, 1831


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Escamilla Gómez, M.: Pinceles de la plástica veracruzana en Revista de la Universidad Cristóbal Colón Número 17-18, edición digital a texto completo en www.eumed.net/rev/rucc/17-18/


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LA REGIÓN Y LA CULTURA

El presente trabajo aborda algunos elementos de identificación regional —como pueden ser el espacio físico y/o entorno natural, las formas de producción, los grupos sociales, la tradición y la historia de los pueblos— y su importancia para la producción de las artes plásticas como vehículo de expresión de la cultura sotaventina.

Al margen de la delimitación espacial, las regiones, como afirma Erick Van Young, “son hipótesis por demostrar...”; es, decir, se pueden entender como construcciones económicas y socioculturales que están en permanente movimiento y recategorización. En torno a un espacio físico se construyen sistemas económicos y sociales particulares que generan relaciones de poder y formas culturales específicas, conformando centros poblacionales agrupados en unidades económicas y culturales cuyo impacto trasciende los límites geográficos; a esto, Van Young llama “olla de presión” (105). Para el caso de este trabajo, se ha elegido la región del sotavento veracruzano como el punto de estudio para la plástica, en tanto que constituye una unidad geográfica, económica y cultural relevante, a tal punto de llegar a alcanzar niveles de apreciación externa como un signo de identidad de “lo veracruzano”.

La diversidad y riqueza cultural del vasto territorio veracruzano tiene en el sotavento, uno de los escenarios más importantes como objeto de estudio. Se entiende por sotavento el espacio geográfico que comprende 3 subregiones culturales: el bajo Papaloapan (Alvarado, Tlacotalpan, Angel R. Cabada, Lerdo), los Tuxtlas (Santiago, San Andrés y Catemaco) y el Istmo (Coatzacoalcos, Minatitlán, Las Choapas). También podemos agregar que la palabra sotavento responde en origen a un término de navegación, con el que se designa la dirección de los vientos y mares con relación a un punto central, en este caso, el puerto de Veracruz, de tal manera que los mares del Sur son llamados “sotavento” y los del Norte, “barlovento”2 Por tanto, el sotavento veracruzano se entiende como una gran extensión con mares, llanuras costeras y asentamientos humanos con características socio-culturales similares que, con el tiempo, se ha convertido en la una f orma de identificación común.

El sotavento veracruzano se describió en 1793, por el ingeniero militar, Miguel del Corral, como el territorio que va desde el Sur de Veracruz hasta el Istmo de Tehuantepec, al Norte tiene como límites la barra de Alvarado y, al Sur, la cuenca del río Coatzacoalcos. Respecto a la regionalización del sotavento, Gonzalo Aguirre Beltrán definió en particular a la región de los Tuxtlas 3 como “la hoya del Papaloapan”, la cual comprende desde la barra de Alvarado hasta Acayucan y la integran los ríos Papaloapan, Teseochacán y San Juan (González; 223).

Desde sus antecedentes más remotos, estas variadas tierras, ricamente irrigadas, diversificadas en selva tropical, sierra y llanuras costeras, fueron el sitio en el que se establecieron i m p o r t a n t e s a s e n t a m i e n t o s h u m a n o s precolombinos, cuyas culturas más remotas y significativas fueron la olmeca y la de remojadas. Fue justo la intensa vía de comunicación fluvial uno de los elementos más importantes para el desarrollo virreinal de estas tierras, aprovechadas por los conquistadores y el resto de sus nuevos pobladores para la implantación de cultivos propios para suelos de tierra caliente y tropical, tales como el ixtle, la caña de azúcar, el algodón, y el tabaco; uno de los elementos determinantes de la economía sotaventina fue también la práctica de la pesca, así como la introducción y cría de ganado porcino, vacuno y caballar, que rápidamente se intensificó, consolidándose esta zona en el siglo XIX y principios del XX como una región altamente ganadera.

Punto determinante para el desarrollo económico de esta región fue el traslado de población afromestiza, pues desde el siglo XVI fueron llevados a las llanuras costeras esclavos negros para el trabajo en ranchos y haciendas, inicialmente a raíz del establecimiento del ingenio de San Martín, propiedad de Hernán Cortés. 4

Posteriormente, se mezclaron esclavos negros y de madre indígena —de vientre libre—, dando origen a los pardos y mulatos libres, los cuales se convirtieron en parte importantes para el trabajo agrícola y ganadero en estas tierras. Los pardos fueron llamados de diversas maneras en diferentes regiones de la Nueva España, por ejemplo, en Puebla se les llamaba “chinos” y, en Veracruz, “jarochos” (Aguirre Beltrán; 169). Peter Gerhar menciona que en 1806, de una población total de 13,000 habitantes en Tuxtla, más de la mitad eran negros, existiendo muy pocos españoles y mestizos (1986:350). Así pues, la región del bajo Papaloapan adquirió una nueva configuración social, sumándose a la población nativa, españoles, así como negros y afromestizos; al respecto González Sierra afirma que:

“el mestizaje que se procesó durante estas primeras décadas (del siglo XVII), dio el perfil inicial de lo que sería la población sotaventina hasta nuestros días. Las peculiaridades raciales del jarocho y sus peculiaridades culturales, se conformaron en estos primeros años de intensa apropiación económica de la zona veracruzana de los grandes ríos”5

LO EXÓTICO VERACRUZANO

Uno de los temas más ricos para la cultura en México es el de la historia de la imagen veracruzana vista por viajeros y artistas de los siglos XIX y XX, siendo la región sotaventina una de las más atractivas por su exhuberancia y colorido.

Cabe hacer mención que la historiografía de Veracruz cuenta con innumerables crónicas y relatos de viajeros que desde el siglo XVI arribaron a estas tierras, tales como Ajofrín, Gemelli Carreri, Humboldt, Paula Kolonitz o Adolph F. Bandelier, Piere Charpenne, entre otros.

“Era acaso mediodía cuando la ciudad de Alvarado se presentó ante nuestros ojos. Está situado en la confluencia de dos ríos, el San Juan y el Alvarado, que se reúnen a una o dos leguas de su desembocadura común. Una duna o tal vez una montaña de arena casi desprovista de vegetación se alza detrás de ella al noroeste y le sirve de barrera contra las olas del mar y los vientos del norte...” (Charpenne; 197).

Estos han servido como soporte testimonial de épocas, hechos, lugares, personajes que, a su paso, conocieron y describieron puntualmente los viajeros. Por fortuna muchas de estas narraciones estaban acompañadas de dibujos, acuarelas, óleos que mostraban y registraban lo que cada uno de ellos iba conociendo. Gracias a sus relatos e imágenes hemos podido imaginar lo rico y exuberante, pero también, lo inhóspito y agreste de esta región veracruzana en el pasado.

“...el San Martín estaba calmado, e Itla, aldea confiada, porque su volcán seguía silencioso, se durmió, en medio de estos presagios, en una profunda seguridad. Cerca de la medianoche, lejanos fragores y violentas sacudidas rompieron sin más aviso esta engañosa calma.” (Remy; 1859: 48).
Cabe señalar que el viajero no era solamente el extranjero que arribaba o partía de México, sino también el nativo y residente; ambos grupos, propios y ajenos transitaban por las tierras veracruzanas, ya fuera por el comercio, la política, los viajes, las epidemias, las exploraciones científicas, o bien, a instancias gubernamentales para el registro gráfico del territorio y sus habitantes.

Es importante decir que, si bien las descripciones y las imágenes, incluyendo las fotográficas, han servido para ilustrar los estudios históricos de Veracruz: su espacio geográfico, sus características socio-culturales, etcétera, éstas han cobrado mayor relevancia a partir del surgimiento de una nueva tendencia en las ciencias sociales que revalora y rescata la historia de la cultura y, con ello, la historia de lo cotidiano.

De tal suerte que testimonios como los de los viajeros, así como las imágenes, dejan de ser solamente un apoyo para la investigación y se transforman en el objeto de estudio. Así, la visión de los viajeros abre un abanico de elementos significativos de la cultura veracruzana, principalmente en lo relativo a la identidad del “jarocho” y a la imagen que en torno a éste se ha construido a lo largo del tiempo, por ejemplo, Claudio Linati, describía en su obra Trajes Civiles Militares y Religiosos de México:
 

“...el jarocho es el campesino de la provincia de Veracruz; es las más veces, una mezcla de las tres razas conocidas: la blanca, la roja y la negra, y de este extraño cruzamiento ha resultado, bajo el fuego de Cáncer, una sangre de lava en ebullición, en un cuerpo formado por músculos de acero (...) El jarocho recoge todo lo que la naturaleza produce sin mucha ayuda dentro de la cerca que rodea su cabaña, porque no es muy inclinado al trabajo, pero esa indolencia criolla se dobla con él con energía para el placer que pertenece a la sangre negra”.

Además de la riqueza descriptiva de los relatos de viajeros, en los siglos XVI al XIX se produjeron también trabajos anónimos y de autor que retrataron la exhuberancia veracruzana, entre ellos se destacan importantes ilustradores, como el citado Claudio Linati, además de Johan Moritz, Rugendas, Casimiro Castro, entre otros. Mexicanos y extranjeros dejaron una amplia producción en materia de artes visuales, tanto en grabado, dibujo, acuarela como en óleo, que merecen ser estudiados, ya sea desde una perspectiva cultural o bien desde la historia del arte y la estética.

Muchos de los artistas que ilustraron Veracruz respondían a la demanda del registro de imagen, a manera de fotografía, ya fuera por motivos oficiales o también personales; gracias a esto, podemos conocer cómo eran los lugares, la gente, las costumbres y las tradiciones veracruzanas.

Claudio Linati es uno de los litógrafos más importantes en la historia de la gráfica; de procedencia italiana, arribó a San Juan de Ulúa en 1825, para observar de cerca el proceso de la independencia con la idea de alentar la politización de un pueblo al que estaba "decidido a civilizar". En tanto cumplía sus aspiraciones, Linati fundó un taller de grabado con el que se inició una importante escuela de grabado en México. Linati retrató la diversidad cultural y social mexicana, desde el aguador hasta los personajes de la independencia mexicana, como Miguel Hidalgo y José María Morelos. De Veracruz, Linati realizó un grabado a color titulado “Negro de Alvarado” y “Costeño”,
ambos de 1828. El lenguaje de Linati, además de un manejo excepcional de la técnica del grabado, principalmente a color, se caracteriza por imprimir cierta idealización de los personajes, contribuyendo, en buena parte, a los estereotipos mexicanos.

Uno de los seguidores de la escuela Linati fue el alemán Karl Nebel (1805-1855), quien entre 1829 y 1834 viajó por México y escribió e ilustró Viaje pintoresco y arqueológico sobre la parte más interesante de la República Mexicana, (1840), obra de relatos acompañada con más de 50 litografías, entre ellas “Gente de tierra caliente”.

Lo exótico de la gente veracruzana fue uno de los temas preferidos, el color de la piel, el vestido, los oficios y las costumbres de la vida cotidiana sirvieron para recrear todo aquello que percibieron e identificaron como “lo veracruzano”. A esta línea pertenecen también Heggi, Pharamond Blanchard, Edouard Pingret, José Justo Montiel e, inclusive, Casimiro Castro.

Lugar aparte merece Johan Moritz Rugendas, alemán, (1802-1858), pintor y cartógrafo que acompañó a Eduard Harkort durante su expedición en México. Destaca por un estilo con mayor libertad, en cuanto al manejo del dibujo y el color, que se acercan más a los lenguajes plásticos europeos de la primera mitad del siglo XIX, en tanto que se percibe el estudio de la naturaleza.

Una de sus producciones sobre la región veracruzana fue “Jarocho de tierra caliente”, en la que retrató con cierto idealismo decimonónico el prototipo del campesino mestizo de las llanuras costeras del sotavento.

El paisaje mexicano fue uno de los temas que llamaron más la atención de pintores y grabadores, posiblemente por su exhuberancia, por su colorido, por su variedad; en este sentido, la región veracruzana ofreció a la paleta de los artistas una amplia riqueza visual: montañas escarpadas, costas, volcanes llanuras y valles son algunos de los ejemplos que estos ilustraron; en
este sentido, J. M. Rugendas, Daniel Thomas Egerton, August Lorh y Charles Browel fueron de los más importantes: Rugendas pintó “Vista de Veracruz desde el mar”; Egerton, ”Paisaje con volcán”; de Lohr se conoce “Orilla del río Papaloapan”; y, de Browel, “El volcán San Martín”.

Las imágenes anteriores nos muestran, por medio de dos paletas diferentes, el paisaje sotaventino, en el que predomina la vegetación abundante en palmeras, tierras llanas, ribereñas y montañosas que, para el siglo XIX apenas contaba en los alrededores de las poblaciones de Tlacotalpan y los Tuxtlas, con unas cuantas chozas de madera con techos de palma. 6

No obstante plasmar la exhuberancia de estas tierras, los dibujantes y pintores del XIX contribuyeron en buena medida con sus descripciones, retratos y paisajes a la construcción de la imagen estereotipada del jarocho, así como de sus escenarios rurales y urbanos cotidianos, a través de los cuales se construyó, en buena parte, la idea de lo “exótico veracruzano”. Al respecto, baste recordar el grabado de Claudio Linati, “Negro de Alvarado”, en donde se muestra, ya desde la primera mitad del XIX, la imagen de un hombre negro en actitud de absoluto relajamiento, rodeado de bondades naturales. Al respecto, es necesario mencionar la transición social por la que pasaba México al momento de la llegada de Linati al país, ya que para entonces, la esclavitud había sido suprimida y los afromestizos empezaban a vivir una nueva vida. Lo cierto es que esta imagen plasmó en buena parte, la idea parcial, europea y dominante que se formó en el pasado respecto a los negros, mulatos y mestizos en Veracruz, dejando una huella determinante para la imagen del jarocho, ese del que suele decirse: “...no se esfuerza, vive echado en su hamaca y con sólo estirar la mano obtiene lo que necesita...” principios del XX: Salvador Ferrando y Alberto Fuster, tlacotalpeños los dos, quienes plasmaron por medio de la pintura su percepción e interpretación del sotavento; cada uno, a su manera, produjo una idea plástica propia de la región, la cultura y la gente de estas llanuras costeras.

LOS PINCELES VERACRUZANOS

El valor de estos artistas y sus obras ha trascendido el mero registro de lo que se ve y se ilustra, ya que gracias a ellos, en buena medida, también se ha ido construyendo la idea de “lo veracruzano”.

Salvador Ferrando, nacido en 1835, estudió en Europa a los maestros de la pintura, lo que le permitió el manejo de una técnica depurada y clásica; una vez de regreso a su tierra, se dedicó principalmente a la pintura de retrato y al paisaje. Cabe señalar que a Ferrando tocó en suerte vivir la época de mayor auge económico de Tlacotalpan, ya que en el siglo XIX, la ciudad adquirió un crecimiento sorprendente a causa principalmente de la ganadería y del comercio ribereño; hecho que trajo consigo el apogeo de importantes familias tlacotalpeñas, tales como los Franyutti, Malpica, Aguirre, Lagos, Scheleske, entre otros.

Fue, por tanto, un momento clave para su producción pictórica: “la sociedad tlacotalpeña monopolizó al artista durante varios años, en la solicitud de retratos de sus más bellas mujeres y sus más distinguidos caballeros” (Malpica; 1971: 10) No obstante su destreza en el retrato, Salvador Ferrando fue un notable paisajista que imprimió un sello especial a las vistas tlacotalpeñas, en las que dejó ver la belleza y bonanza de estas tierras ribereñas.

De suma importancia para la historia del arte en México son dos figuras locales de los siglos XIX y bajo una óptica diferente surge, a finales del siglo XIX, la plástica de Alberto Fuster, tlacotalpeño también. Estudió artes plásticas en la Escuela Nacional de Bellas Artes, donde obtuvo una beca para estudiar en Europa. Residió durante grandes temporadas en Francia e Italia (1891), donde aprendió las vanguardias artísticas, inclinándose por el simbolismo; fue un pintor que se incorporó a la búsqueda de los lenguajes modernos del arte, exponiendo en Europa numerosas veces. Al regresar a México, ocupó varias cátedras de dibujo y pintura en diversas instituciones. Marchó a los Estados Unidos, alejándose del movimiento revolucionario mexicano, donde decoró algunos templos sin mayor éxito. Entre sus obras destacan: “Los infortunados hijos del rey Eduardo IV, de Inglaterra, en la Torre de Londres”, “Safo en el Templo de Delfos”, “El progreso”. Pintó, además, cuadros con temáticas mexicanas llenas de colorido local e intensa vida con los que mostró su propia visión de una parte del sotavento veracruzano; obras como “Nativa con loro” y “Mi abuela vestida de novia” contienen un lenguaje plástico de pinceladas libres e intenso colorido y expresividad, con las que retrata los rasgos de la gente y las costumbres de la cultura tlacotalpeña.

LA PINTURA SOTAVENTINA DEL XX

Tradicionalmente, al sotavento se le identifica por la décima y por el son, por los jaraneros, por el zapateado; sin embargo, en la actualidad también en estas tierras se han generado importantes movimientos en cuanto a las artes plásticas se refiere.

Sin embargo, pese a la riqueza artística de esta región, prácticamente solo se conocen en la historia del arte mexicano los tlacotalpeños ya mencionados, Salvador Ferrando y Alberto Fuster, dejando de lado a muchos otros artistas locales que no han alcanzado el debido reconocimiento, circulación y exhibición de sus obras en escenarios mayores que les permitan la difusión y la crítica profesional sobre su producción.

Por otra parte, además de la visión de los artistas plásticos académicos locales y externos, el sotavento veracruzano es un sitio que ha sido representado por sus habitantes contemporáneos con lenguajes menos formales, generando una vasta producción artística, cuyos autores buscan nuevas formas de representación de lo propio, de lo regional. Particularmente, lugares como Alvarado, Tlacotalpan, y Coatzacoalcos han dado importantes aportes a la plástica sotaventina del siglo XX, ya que muchos de sus pintores locales han continuado la búsqueda expresiva de dibujantes y pintores del XIX.

En el caso particular que aquí se presenta, se han seleccionado tres pintores que, por su propuesta plástica y temática, ayudan a entender el desarrollo actualdel arte sotaventino, dos académicos y uno diletante.

Es importante mencionar que en el sondeo realizado a lo largo del proyecto “Retrospectiva de artistas veracruzanos” hemos encontrado en varios de los creadores, principalmente al interior del estado, que no tienen como oficio principal o modo de vida la producción artística, sino que trabajan o desempeñan diversos oficios, como pueden ser: obreros, pescadores, comerciantes, maestros y, paralelamente, se han desarrollado en las diversas manifestaciones del arte. Este aspecto es de suma importancia, ya que no hablamos necesariamente del pintor, grabador o dibujante de oficio entendido de la manera tradicional; que vive y trabaja por encargo de obras y que éstas, a su vez, van formando el registro o trayectoria del artista, quien habitualmente cuenta con un taller propio e, inclusive, con ayudantes y aprendices. No es el artista, a la manera de Fuster y Ferrando, que ha estudiado en la academia de artes plásticas, que ha viajado y conocido, las vanguardias, que ha ido conformando una cartera de clientes para el retrato y el paisaje, sino que estamos hablando de artistas locales de oficios diversos que buscan expresarse a través de la figura y el color, a la vez que comparten otras tareas para ganarse la vida. Es el artista local que imprime una carga muy fuerte de identidad, de regionalismo, al plasmar lo que es y rodea su vida diaria, su cotidianeidad.

Rafael Noguerola, alvaradeño, hijo del pintor Rafael Noguerola Zamudio, estudió en la ciudad de México en el taller del acuarelista Marino Vergara. Posteriormente trabajó con los maestros del arte del calendario, los hermanos José y Jorge Bribiesca, en la casa Galas de México. En el año de 1961 participó por el premio Ignacio Ma. Bebeta y obtuvo una beca para estudiar dibujo y acuarela con el profesor Alfredo Guati Rojo. En 1965 ingresó al jardín del Parque Sullivan de la Ciudad de México.

Noguerola Martínez pertenece al grupo de pintores alvaradeños, agrupados hacia los años 60 en el movimiento denominado “Plástica sotaventina”, integrado por Simón Tiburcio Chávez, Severo Caneagui, Armando González, Miguel Vives Hernández, Rafael Noguerola Zamudio, Joel Román Sosa, Carlos Bueno Flores y Marino Vergara Ochoa. Ha participado en múltiples exposiciones en galerías de la ciudad de México y del Estado de Veracruz; pintor de caballete, preferentemente, aunque incursiona también en la pintura mural. Su técnica retoma elementos de la Escuela Mexicana de Pintura, principalmente de Diego Rivera, en cuanto al manejo del retrato, en donde se observa una clara admiración riveriana, así como de Frida Khalo.

Asimismo, en confluencia con las vanguardias europeas de principios del siglo XX y su búsqueda plástica, emplea frecuentemente la técnica del collage, así como la tendencia al geometrismo. Ha también incursionado de manera informal en los terrenos de la escultura, realizando algunas piezas de materiales mixtos, acercándose, en cierta medida, a la actual práctica de la instalación.

La búsqueda de Noguerola va más allá de la experimentación de las vanguardias de la primera mitad del s. XX y utiliza sus formas plásticas para imprimir ciertos rasgos de identidad regional; tal es el caso la “Mujer con coco”, en donde mezcla la descomposición de la figura humana con la insinuación de lo exótico de la mujer costeña.

Noguerola se ha fogueado en ámbitos que le han permitido conocer y aprender los lenguajes académicos del arte, no obstante, se puede considerar también un pintor que busca encontrar un estilo propio. Entre las obras de mayor peso individual se encuentran los paisajes ribereños, ricos en color y recreación de la naturaleza tropical que rodea a los alvaradeños.

En Tlacotalpan hemos elegido a un pintor “popular”, que no ha tenido estudios formales en artes, Ignacio Canela, hijo. De oficio pescador, como la tradición familiar, Ignacio Canela es un joven pintor cuyas obras han cobrado asombrosamente un lugar importante en el mercado del arte.

“Nachito Canela” se caracteriza por la realización de pinturas al óleo sobre tabla, con temas sumamente locales, como pueden ser grupos de jarochos y jarochas a orillas del Río Papaloapan, en los que maneja elementos de geometrismo y vivos colores asociados con la gama cromática que caracteriza a la ciudad de Tlacotalpan: azules, verdes, amarillos, rosas; son colores intensos, puros, sin matices.

Las obras que aquí se toman como ejemplo corresponden a una época en la que Canela no muestra alguna formación académica o en c o n t a c t o c o n m o v i m i e n t o s a r t í s t i c o s contemporáneos; no obstante, se puede considerar que tiene tendencias del arte naif, principalmente por el manejo del color, el paisaje y la figura humana. El trabajo de Canela se caracteriza por la carencia de perspectiva y el manejo “popular” de elementos culturales tlacotalpeños.

La producción de Canela ha encontrado un buen mercado, principalmente dentro del contexto del consumo cultural de “lo veracruzano” y, en particular, de “lo tlacotalpeño”; primordialmente, el auge de Canela se ha dado a la par que Tlacotalpan ha crecido como una ciudad de turismo cultural, a raíz de ser difundida como Patrimonio Cultural de la Humanidad y, de manera significativa, a raíz de la fiesta mayor del lugar, “La Candelaria”. Estos aspectos han traído grandes cantidades de curiosos e interesados en la cultura tlacotalpeña: la décima, el son jarocho; aspectos que han servido para la construcción del estereotipo de Tlacotalpan y de su gente: el color, la música, la alegría son algunos de sus elementos de consumo turístico-cultural.

Cabe señalar que en Tlacotalpan hay también un fuerte movimiento pictórico, principalmente a partir de los años 60, algunos de sus representantes son Severo Canela, Ignacio Canela, padre, Roberto Aguirre Tinoco y Fernando Salas, entre otros.

En otro contexto, se ubica la producción de Antonio Brito, pintor nacido en Coatzacoalcos, estudió pintura en La Esmeralda del INBA y en la ENAP, Academia de San Carlos, donde laboró al lado de Antonio Ramírez. A lo largo de su carrera de pintor ha participado en numerosas exposiciones individuales y colectivas en todo el país, sobre todo en la región sureste. Se ha dedicado, igualmente, a la restauración y decoración de fachadas, así como a la elaboración de cuadros religiosos, escenografías; además de impartir clases de dibujo y pintura.

Brito es un pintor que reúne aspectos señalados anteriormente; por una parte, tiene la formación académica, la inquietud por encontrar un lenguaje propio, y, por otra, la necesidad de plasmar su referentes culturales a través de animales exóticos, paisajes tropicales, mujeres y hombres en sus tareas cotidianas, como lo es la pesca.

La producción de Brito es rica en color y en propuestas temáticas, es un artista plástico en constante búsqueda y en su camino ya ha conseguido un sello personal. Sus pinceladas son libres y su composición, variada; rompe con los espacios tradicionales, se atreve a la desarticulación de lo convencional, a través de la sintetización de lo figurativo. Otros pintores de Coatzacoalcos, contemporáneos de Brito son Hugo Zúñiga, gerardo Portilla, Margarita Chávez y Edmundo Aquino.
 

CONSIDERACIONES FINALES

Hemos podido identificar la importancia del entorno geográfico para la mayor parte de los pintores, el peso de la región se hace patente en la necesidad de plasmar diversos elementos de identidad cultural.

Entre ellos podemos mencionar:

1.La referencia constante al entorno natural: la costa, la vegetación exuberante, la fauna, los ríos y sus riberas.

2.La necesidad de representación de la identidad cultural, tanto por parte de los pintores con formación académica: Brito y Noguerola, como de los diletantes: Canela.

3.La representación del entorno, la vida cotidiana: la pesca, lo doméstico, las tradiciones y las costumbres: la música, la danza, las fiestas populares.

4.La riqueza del colorido como un vínculo con la naturaleza y también a los “construidos” por los propios habitantes, tal es el caso de la vivienda popular sotaventina, por ejemplo Alvarado y Talcotalpan.

5.La interpretación local de los lenguajes clásicos y vanguardistas: cubismo, expresionismo, fauvismo, naif; así como de la Escuela Mexicana de Pintura. Concretamente, en el caso de Noguerola se hace patente la influencia de Diego Rivera.

Se debe tomar en cuenta también la posibilidad de que exista por parte del artista el propósito de ejecutar sus obras a partir de una temática elegida d e m a n e r a i n t e n c i o n a l , b u s c a n d o e l reconocimiento por medio de estereotipos.

En este sentido, vale la pena mencionar que uno de los principales aspectos de reflexión que han surgido de esta investigación es el tratar de identificar hasta qué punto la producción artística que se genera en la actualidad en la región del sotavento responde a un ejercicio natural, espontáneo, de búsqueda de soluciones temáticas y formales propias, y no a una situación preconcebida, que pretende, preferentemente, causar un efecto en el espectador, de asociación con lo conocido como “el sotavento” o, inclusive, “lo veracruzano”; tal es el caso, desde nuestro punto de vista, de Ignacio Canela, hijo, quien en sus inicios expresó formas y temas más originales y, a partir del mercado que se generó en torno a su producción se ha ido transformando en un artista encasillado.

Finalmente, es importante señalar que de lo aquí expuesto se desprenden nuevas interrogantes acerca de la plástica sotaventina; la panorámica desarrollada nos ha permitido entender la mirada de algunos artistas propios y ajenos respecto esa región veracruzana, a su gente y a sus costumbres, mostrando, posiblemente, una “identidad” o, mejor, la “identidad” que creen observar y conocer; sin embargo, queda en el tintero la necesidad de encontrar elementos que definan con mayor precisión la correlación entre la estética y el imaginario de la región; de lo cual, hasta ahora hemos señalado el peso que, en diferentes épocas, los artistas le han impreso al sotavento, ponderando su colorido, luminosidad, y riqueza de escenarios naturales; así como la diversidad de su mosaico cultural, a través de su gente, costumbres y cotidianeidad.
 


BIBLIOGRAFÍA

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RELACIÓN DE IMÁGENES

[1] Veracruz y sus inmediaciones, Siglo XVI, AGN. Tomado de (1992): Cien viajeros en Veracruz. Crónicas y relatos. Gobierno del Estado de Veracruz, Xalapa.
[2] Negro de Alvarado, Claudio Linati, 1828. Tomado de García Díaz, Bernardo y Pérez Monfort, Ricardo (2001): Veracruz y sus viajeros, G o b i e r n o d e l E s t a d o d e V e r a c r u z / B A N O B R A S / I V E C / G R U P O SANSCO, México.
[3] Jarocho de tierra caliente, Johann Mortiz Rugendas, 1838. Op. Cit.
[4] San Martín, Charles Wolf Browel, 1857. Idem.
[5] Orilla del río Papaloapan, Agust LSrh, 1918. Idem.
[6] Panorama de Tlacotalpan, Salvador Ferrando. Idem.
[7] Nativa con loro, Alberto Fuster, 1915, Idem.
[8] Mi abuela vestida de novia, Alberto Fuster, 1917. Idem.
[9] Mujer con juguetes, Rafael Noguerola. Colec. Part.
[10] Retrato de mujer, Rafael Noguerola. Colec. Part.
[11] Mujer con coco, Rafael Noguerola. Colec. Part.
[12] Paisaje a la orilla del río, Rafael Noguerola. Colec. Part.
[13] Pareja de jarochos, Ignacio Canela, hijo. Colec. Part.
[14] Mujeres de Tlacotalpan, Ignacio Canela, hijo. Colec. Part.
[15] Sin nombre, Antonio Brito, Colec. Part.
[16] Paisaje, Antonio Brito, Colec. Part.
[17] Mujeres pescando, Antonio Brito. Colec. Part.
 


* Catedrática en las licenciaturas en Historia del Arte y Admisnistración de Empresas Turísticas de la Universidad Cristóbal Colón.

1 El texto que aquí se presenta es uno de los resultados obtenidos en el proyecto de investigación “Retrospectiva de Artistas Veracruzanos”, (Gustavo Vergara Ruiz y Minerva Escamilla Gómez), UCC, 2003.

2 Cfr. Minerva Escamilla, El agua a contratiempo, cultura y poder material en Veracruz. Tesis para obtener el grado de maestra en Historia, UNAM, 1991.

3 Los Tuxtlas originalmente estaban divididos “en tres partes Tuxtla, Cotaxtla y Rinconada. La parte correspondiente a Tuxtla se extiende desde la boca del río Alvarado (Papaloapan) hasta el lago de Catemaco, y desde la Costa del Golfo hacia el interior hasta el río San Juan, con elevaciones que van desde el nivel del mar hasta 1738 metros en el volcán San Martín”, Cfr., Gerhard, 349.

4 Hernán Cortés tuvo en encomienda, como parte del Marquesado del Valle de Oaxaca, las tierras e indios de la costa del Golfo, incluyendo Cotaxtla, Tuxtla, la cuenca del río Alvarado hasta Chinantla. Cfr. Gerhard, 350-351.

5 1991, González Sierra, José, Los Tuxtlas, p. 18.

6 La historia del arte mexicano cuenta con dos pintores paisajistas excepcionales, ambos de la segunda mitad del siglo XIX: Casimiro Castro (1826-1889) y José María Velasco (1840-1914), quienes mostraron la naturaleza de México a través del lenguaje académico que prevalecía en el escenario de las artes, por medio de la Academia de San Carlos. De Veracruz, Castro realizó importantes vistas rurales, no obstante, una de las imágenes más conocidas del puerto es la litografía a color “Vista aérea de Veracruz” (1878).


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