Daniel Domínguez Cuenca 2
Palimpsesto. (Del gr., a través del lat. Palimpsestus) m. Manuscrito
antiguo que conserva huellas de una escritura anterior borrada artificialmente./
2. Tablilla antigua en que se podía borrar lo escrito para volver a escribir.
(Real Academia Española: 1992,1508).
En la vasta obra de Octavio Paz, Nobel mexicano de literatura, coexiste junto al fundamental poeta y al inquietante ensayista, un dramaturgo mesurado que incursionó en el universo del teatro una sola vez. El hombre se define por su hacer. El hacer dura una vida. Paz gustaba definirse a sí mismo ante todo como poeta, y lo fue, sus ojos y su lengua de poeta están presentes en toda su obra; sus mejores momentos de ensayista, crítico y, quizás, de dramaturgo están logrados siempre con transparencia y polisemia poéticas.
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Domínguez Cuenca , D.: El Palimpsestos: una aproximación al mito de la mujer veneno desde La hija de Rappaccini en Revista de la Universidad Cristóbal Colón Número 17-18, edición digital a texto completo en www.eumed.net/rev/rucc/17-18/
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En 1956, Octavio Paz incursionó en el universo del teatro. Escribió La hija de
Rappaccini para ser representada en el segundo programa de un movimiento teatral
llamado “Poesía en Voz Alta”. El estreno tuvo lugar el 30 de julio en el Teatro
El Caballito, en la Ciudad de México. La obra es una recreación del relato
homónimo de Nathaniel Hawthorne. El programa, inicialmente dedicado al
surrealismo, incluía otras tres obras breves de autores franceses: George Neveux,
Jean Tardieu y Eugene Ionesco. Años más tarde, fue realizada una segunda puesta
en escena de la obra que se representó en la Casa del Lago, el 23 de julio de
1978.
En la cuarta de forros de la edición de La hija de Rappaccini, publicada por Era
en 1990 y cuya primera reimpresión data de 1998, existe una nota cargada de
pistas literarias sobre los otros textos, o como dice el autor, las otras
fuentes de las que bebe la versión teatral de Paz. Al final del párrafo aparecen
únicamente dos iniciales: O. P. Firma el autor poniendo las iniciales de su
nombre y apellido, con ellas nos deja saber que el comentario nace de su propia
pluma. Presenta la obra teatral como una “pieza”. Las veintisiete líneas que
conforman este autocomentario constituyen una invitación para ir a revisar las
fuentes de que se nutre el mito de la mujer alimentada con veneno y que nos
remiten —según nos dice— hasta la antigua literatura de la India. En estas
líneas me propongo compartir con el lector los encuentros a los que esa ruta de
textos me ha llevado. Pero antes, es oportuno dar crédito al estudioso francés
que, inspirado en Borges, recupera la noción de palimpsestos.
Gérard Genette ha titulado a su libro dedicado a la exploración y análisis de
diversas relaciones, presencias e influencias de los textos entre sí:
palimpsestos. La publicación original francesa es del año 1962. Varios años
después, en 1989, Taurus lo presenta en español en su serie dedicada a la teoría
y crítica literaria, en una versión actualizada. A este ejercicio de estudio que
pone al descubierto distintos tipos posibles de relación entre dos o más textos,
le llama “literatura en segundo grado”.
La literatura no se hace sobre una tabla primigenia, sino que se escribe sobre
un sedimento que contiene capas y capas de otras escrituras. Genette llama a
este fenómeno transtextualidad, reconociendo (en un presente que es octubre de
1981) cinco tipos de tránsito y trascendencia entre los textos:
1) intertextualidad, explorado desde años atrás por Julia Kristeva en un sentido
amplio, mismo que es definido por Genette en un sentido más acotado como “ una
relación de copresencia entre dos o más textos”, precisa aún más “la presencia
efectiva de un texto en otro” (Genette:1989,10) cuyo ejemplo más “literal y
explícito es la cita” y que en otras prácticas funciona como plagio o alusión;
2) paratexto, ejemplos de este tipo serían: título, subtítulo, prefacios,
epílogos, notas al margen, pies de página, epígrafes, ilustraciones, entre otros
comentarios y señales que propician un entorno al texto (Genette:1989,11);
3)metatextualidad definida como la “relación —generalmente denominada
´comentario´— que une un texto con otro que habla de él sin citarlo
(convocarlo), e incluso, en el límite, sin nombrarlo. Así es como Hegel en la
Fenomenología del espíritu evoca, alusivamente y casi en silencio, Le Neveu de
Rameau.” (Genette: 1989,13);
4) hipertextualidad entendida como “toda relación que une un texto B
(hipertexto) con un texto anterior A (hipotexto), en el que se injerta de una
manera que no es la
del comentario” (Genette: 1989,14); por ejemplo el Ulises de Joyce, es un
hipertexto de La Odisea de Homero que sería su hipotexto. Advierte Genette que
es este cuarto tipo de relación la hipertextualidad, el único del que pretende
ocuparse directamente en su libro;
5) El quinto tipo es la architextualidad o architexto “conjunto de categorías
generales o trascendentes del que depende cada texto singular” (Genette:1989,9);
ejemplos de esta categoría son los tipos de discurso, los géneros literarios o
los modos de enunciación, entre otros.
El comentario que nos ocupa, breve texto aparecido en la contraportada de la
versión de ERA, corresponde en la terminología de Genette a un paratexto plagado
de intertextualidades. De ninguna manera considera Genette estas categorías como
“formas fijas” sino que entre ellas hay canales de comunicación y multiplicidad
de combinaciones. Un paratexto por ejemplo, como en el caso que nos ocupa, puede
ser un comentario que incorpore citas y que advierta sobre ciertas relaciones de
hipertextualidad, ofreciendo pistas claras sobre sus redes textuales con las que
se relaciona. La noción que imagina el desarrollo de las literaturas como una
suerte de palimpsestos me parece una metáfora afortunada, una imagen contundente
e inquietante. Solicito licencia al lector para que se me permita quedarme con
esa gran imagen general y, con ella, realizar juntos el viaje de exploración por
las distintas capas de escrituras o fuentes que nutren la versión teatral que
trabajara Octavio Paz en 1956.
Quisiera intentar retomar el sentido general que consiste en hacer un trabajo de
lector que comparte con otros lectores un ejercicio de literatura —si se quiere
“en segundo grado—”, un trabajo que va más allá de la primera lectura, de las
primeras impresiones, un entrar en las redes de textos: inter, intra, meta,
archi, trans y para realizar un viaje a, ante, de y desde “los textos” en
función de dos propuestas concretas: la versión teatral de La hija de Rappaccini,
escrita en castellano por Octavio Paz en 1956, y el cuento homónimo del escritor
norteamericano Nathaniel Hawthorne, escrito en lengua inglesa y aparecido en
1846.
Octavio Paz no realiza propiamente una “adaptación” del cuento de Hawthorne
—aunque él así lo considere—, sino que es una nueva versión, reescritura del
texto de Hawthorne, pensada para ser “representada en escena” en un presente
distinto y en otra lengua. Escritura sobre escritura.
En este sentido, resulta revelador el comentario que varios años más tarde
hiciera Emilio Carballido en su atinadamente titulada Crónica de un estreno
remoto, texto citado por Frank Dauster en su ensayo sobre la obra de Paz,
aparecido en la Revista Tramoya Nº 16 (1979) y que fuera tomado, según consigna
el propio Dauster de la Revista Iberoamericana, XXXVII, 74 (enero-marzo,1971),
estas son las palabras de Carballido:
En cuanto al término adaptar: posee un matiz preciso, que sugiere inmediatamente
los trajes viejos adaptados a la medida del hermanito menor por un sastre
remendón. Adaptar, esto es, modificar algo cortándole aquí, aumentándole allá, y
así con un producto original se logra uno derivado y subordinado. Un cuento
sufre ligeras modificaciones y se vuelve un drama. Para usar el ejemplo más
ilustre: ciertas novelas italianas son cuidadosamente parchadas y remendadas por
un autor inglés con buen oficio: el subproducto nos resulta Romeo y Julieta,
Otelo. (Tramoya Nº 16, julio-septiembre de 1979, 358).
La ironía de Carballido hace evidente el fundamento del enfoque aquí presentado
por Gérad Genette; no existe la tal “tabla rasa”, en cada creación podemos
encontrar huellas de alguna creación anterior. Adaptar es recrear, de igual
manera que toda traducción se convierte en una nueva recreación.
Dicho lo anterior vayamos a explorar el paratexto que aparece en la
contraportada de la edición realizada por Era, mismo que inicia así:
Adaptación de un cuento de Nathaniel Hawthorne, mi pieza sigue la anécdota, no
el texto ni su sentido: son otras mis palabras y otra mi noción del mal y del
cuerpo (Paz: 1998,4ª de forros).
Estas primeras dos líneas me parecen fundamentales. Percibo en ellas una
intención de establecer distancia entre el texto del escritor norteamericano y
la versión de Paz. No hay un solo adjetivo para Hawthorne, ni a favor ni en
contra. El hecho de que haya escogido un texto de él es un reconocimiento
tácito, pero inmediatamente traza su raya, es una “adaptación” —dice— que sigue
la anécdota “no el texto ni su sentido.”
Entiendo que diga no seguir el texto, en la medida en que no ofrece una
traducción del mismo, no intenta hacer dialogal la prosa, sino que reescribe los
textos; de hecho, les da un tiempo poético distinto, una mayor síntesis y
ambivalencia. Así pues, aunque Octavio Paz hable de una “adaptación” del cuento,
reitero que su trabajo implica toda una “recreación” en español del cuento
original en inglés, con una explícita intencionalidad escénica, nueva versión en
la que incluso aparece un personaje medular inexistente en el relato: el
mensajero.
Comprendo que cuando dice dar otro “sentido” a la obra, está ofreciendo una
lectura (interpretación) de algún posible sentido en el texto de Hawthorne, pero
no lo especifica, por tanto nos deja en la incerteza, puesto que no sabemos a
cuál de los muchos sentidos posibles de interpretación se refiere: la lucha
entre el alquimista y el científico ortodoxo, la lucha entre el bien y el mal,
la crítica a la ciencia que pretende alterar los ciclos naturales de la
existencia humana en su búsqueda por la inmortalidad, el cultivo de un jardín
con las flores del mal, el aislamiento de una hermosa doncella en ese jardín, el
conflicto ético del padre que se atreve a experimentar su ciencia con su propia
hija, o bien, un motivo que Paz reiteradamente destaca, la pareja amorosa, la
posibilidad del encuentro entre dos seres que se enamoran... ¿A cuál de todos
estos posibles sentidos alude? Desde luego, la respuesta no puede reducirse —por
fortuna— a un solo sentido de lectura. Su obra goza de una pluralidad y
ambigüedad poéticas.
Quisiera llamar la atención sobre un punto medular. Curiosamente, en la versión
teatral de Paz, no aparece al interior del texto el pasaje que equipara a
Beatriz con una bella doncella cargada de ponzoña, la que un rey de la India
enviara al conquistador Alejandro como arma secreta para envenenarlo. El pasaje
es tan importante que omitirlo le lleva —me parece— a sentir la necesidad de
registrarlo y referirlo ampliamente en el mencionado autocomentario aparecido en
la contraportada de la edición de Era:
La fuente de Hawthorne —o la fuente de sus fuentes— está en la India. Mudra
Rakshasa (El sello del anillo de Rakshasa), del poeta Vishakadatta, que vivió en
el siglo IX, es un drama político que tiene por tema la rivalidad de dos
ministros. Entre las estratagemas de que se vale uno de ellos para vencer a su
rival se encuentra el regalo de una deseable muchacha alimentada con venenos. El
tema de la doncella convertida en viviente frasco de ponzoña es popular en la
literatura india y aparece en los Puranas (Paz: 1998, 4a de forros).
El dato es erudito. Vishakadatta, dice, vivió en el siglo IX, de la era
cristiana. Señala Paz que el tema de la doncella convertida en frasco de ponzoña
aparece en los purana:
Purana, epopeyas anónimas de carácter religioso (ss. IV-XV), cuya influencia en
el hinduismo fue tan importante como la de los vedas (Pequeño Larousse
Ilustrado: 2000, 1614).
Neria Harish Hebra clasifica la literatura sánscrita, considerada como
autorizada por los hindúes, de manera muy general en seis categorías ortodoxas y
cuatro seculares? Dentro de las categorías seculares se encuentran los natakas,
ejemplificados por dramas escolares entre los que destaca la obra del poeta
Vishakadatta: “El sello del anillo” (Mudrarakshasa), y desde luego, más
difundido, el drama Sakuntala del poeta Kalidasa.
Daniel de Palma, en su introducción a los upanishas, hace el siguiente
comentario inicial que nos permite visualizar con mejor perspectiva esta antigua
literatura:
La literatura védica encierra el pensamiento de los pueblos de lengua
indoeuropea que llegaron al norte del subcontinente índico a mediados del
segundo milenio antes de Cristo. Los vedas (el saber) reúnen una gran cantidad
de textos “revelados, o más precisamente, “oídos” por los rsis (sabios que los
dieron a conocer, muchos de ellos mencionados con frecuencia en las obras). De
contenido, forma y antigüedad muy diversos, fueron recogidos de la tradición
oral en sánscrito (lengua hablada por pueblos de la rama oriental del antiguo
indoario y pertenecientes a una tradición lingüística y cultural distinta, en
esa época, a las lenguas drávicas de los antiguos habitantes de esa región, cuya
influencia se observa posteriormente en narraciones, usos y costumbres de la
vida de la India antigua), (De Palma: 2001,19).
En otra parte, encontramos fechada la existencia del poeta Vishakadatta en el
siglo VI de la era cristiana, mientras que algunos incluso lo marcan en el V y
otros más dicen simplemente, anterior al siglo IX; lo que a todas luces genera
una franja muy difusa sobre la época exacta a la que pertenece el autor y, más
allá de ello, sobre las épocas a las que remiten las fuentes de las fuentes en
las que aparece el mito de la doncella alimentada con venenos.
La historia de la obra se teje sobre una complicada red de intrigas y
estrategias políticas para consolidar el poder, Chanakya, quien es un anacoreta,
conspira en favor de Chandragupta, primer Rey Maurí de Pataliputra, para
derribar del poder a Rakshasa, ministro hereditario de los nandas, con lo cual
se pretende asegurar la salvación del reino. “Mudra”, el anillo que lleva el
sello del soberano, juega una parte clave en ello. De ahí, el título de la obra.
Este panorama previo nos permite ubicarnos en ese otro universo configurado por
la literatura sánscrita, y teniendo una idea general, aunque sea imprecisa, del
drama en cuestión, podemos ahora citar el párrafo que, en traducción al inglés
hace C. A. Kincaid de la obra relatada como cuento: 4 Después de un tiempo
Rakshasa envió a Chandragupta una hermosa doncella, quien tenía órdenes secretas
de envenenar al rey, pero Chanakya la engañó haciendo que ella envenenara en vez
a Parvataka. De esa manera frustró el intento de Rakshasa y, al mismo tiempo, se
liberó de uno de sus preocupantes aliados bárbaros (Kincaid:La traducción es
mía).
Para fortuna de esta investigación, existe una versión directa de la obra
teatral del sánscrito al inglés en traducción moderna que respeta el carácter
del texto como obra teatral. El trabajo corresponde a P. Lal y lleva por título:
Great Sanskrit Plays (In Modern Translation) publicado por A New Directions Book,
la primera edición data de 1957, mientras que la tercera edición, de la que aquí
nos hemos servido es del año1964.
Por lo que refiere al episodio de la mujer veneno, de nueva cuenta nos
encontramos con que el pasaje existe en la obra teatral sin que resulte
substancial para la obra misma, sino que aparece como una más de las múltiples
estrategias de las que se valen los ministros contrarios y sus aliados para
intentar aniquilar a sus oponentes en la lucha por el poder.
En la introducción a la obra teatral el P. Lal (Profesor Lal) ofrece un
comentario sobre este particular que vale la pena citar: 5
En cualquier caso, la línea de El Sello del Anillo es una en el que el sexo
bello no se espera sea convocado; esto no solamente explica por qué los roles
femeninos están excluidos, sino que ayuda a comprender por qué la historia se
desarrolla de manera tan sinuosa, por qué tanto diálogo “cerebral” tiene lugar;
por qué mujeres venenosas, espías y otras deshonestidades nos son entregadas
como si se trataran de asuntos honorables (Lal: La traducción es mía).
La alusión a la mujer veneno ocurre dos veces en el mismo primer acto, ambas en
voz de Chanakya (ministro de Chandragupta), mismas que a continuación registro:
(...) El plan se ha puesto a andar y ahora sólo nos resta esperar para ver como
trabaja. Primero removemos a Parvataka, haciéndolo dormir con una joven
venenosa, y dejando caer la responsabilidad sobre Rakshasa 6 (Lal: La traducción
es mía).
Más adelante aparece la segunda mención, siempre en voz de Chanakya quien se
dirige a uno de sus leales: 7
CHANAKYA. Sarngarava!
SARGNARAVA entra.
Haga que el siguiente anuncio sea proclamado por Kalapasika y Dandapasika a
través de toda la ciudad: “En el nombre de su Majestad Chandragupta, el Monje
Jivasiddhi quien bajo las órdenes de Rakshasa asesinó a Parvataka con la ayuda
de una joven venenosa, es por este medio desacreditado y exiliado fuera de la
ciudad, después de haber confesado públicamente su crimen” (Lal: La traducción
es mía).
Como se advierte, la atmósfera que prevalece en la obra es la de un ambiente
colmado de intrigas, espías, estrategias y toda clase de conspiraciones y
alianzas dudosas, en medio de las cuales, los ministros se disputan el poder. El
uso de una mujer veneno como arma para destruir al enemigo es apenas uno más de
estos recursos puestos al servicio de la consecución del poder.
Tiene razón Paz en advertir capas y capas de escrituras sobre el pasaje de la
mujer veneno. La anécdota —según él la llama— ya existía en las más antiguas
literaturas pero, aclaro, sólo un motivo de la anécdota. Lo que tienen en común
estos textos es el mito de la mujer veneno personificado en una bella doncella;
sin embargo, los entornos son muy distintos; en particular, en el drama hindú
comentado, la circunstancia política, el motivo por el que se hace la entrega
venenosa resulta ser una diferencia decisiva. El tema, bien lo dice, es “la
rivalidad entre dos ministros”, y no el amor, la pareja o el mito mismo de la
mujer veneno. La posesión del anillo que muestra el sello real. La infinita
capacidad de tejer intrigas y estrategias por parte del ministro para conseguir
sus fines. La habilidad de maniobra política son los verdaderos móviles de esta
obra teatral. El texto de Vishakadatta es descrito por Paz como un “drama
político”. La hija de Rappaccini, no lo es.
Lo curioso es que Paz rastree por siglos de literatura, la trascendencia (transtextualidad)
de este motivo simbólico y sus transformaciones, como para dejar en claro que la
idea no era original de Hawthorne y mantener a distancia del narrador su propia
recreación teatral. Es una “adaptación del cuento”, pero muy distinta en sus
sentidos y textos, se apresura a definir.
El mito de la mujer veneno, es un motivo simbólico crucial tanto en el texto de
Paz como en el texto de Hawthorne. En efecto, dicho motivo está presente en
todas esas fuentes apuntadas por el Nobel mexicano, pero, tal como podremos
ponderar en este recorrido, a diferencia de los dos textos citados, en todas las
otras obras referidas, el mito de la mujer veneno constituye apenas un pasaje,
un apunte más en la vastísima red de circunstancias y consideraciones tratadas
por Browne o Burton. No es tampoco un motivo central en el drama político del
poeta Vishakadatta.
Nótese, en cambio, que el cuento de Hawthorne incorpora, a diferencia de Paz, la
“anécdota” de este mito en boca de Pietro Baglioni, el profesor de la
Universidad de Padua —quien rivaliza en el ámbito profesional con el doctor
Rappaccini—; la escena ocurre en la habitación del joven Giovanni
Guasconti, al que Baglioni paternalmente le advierte: 8
“He estado leyendo a un viejo autor clásico recientemente,” dijo él, “y me he
encontrado con una historia que extrañamente me ha interesado. (4) Posiblemente
usted pueda recordarla. Es sobre un príncipe de la India, quien envió una
hermosa mujer como presente a Alejandro el Grande. Ella era tan adorable como la
aurora y tan deliciosa como el atardecer, pero lo que especialmente la
distinguía era un cierto rico perfume en su aliento —más rico aún que un jardín
de rosas persas. Alejandro, como era natural en un joven conquistador, se
enamoró a primera vista de esa magnífica extranjera, pero cierto médico sabio
que estaba presente, descubrió un terrible secreto en torno a ella.”
“¿Y cuál era ese? Preguntó Giovanni, bajando la vista para evitar encontrarse
con los ojos del profesor. “Que esta adorable mujer,” continuó Baglioni con
énfasis, “había sido alimentada con venenos desde su más tierna infancia, hasta
que la totalidad de su naturaleza estaba tan impregnada de éstos, que ella misma
se había convertido en el ser ponzoñoso más mortal que existiera. El veneno era
su elemento de vida. Con ese rico perfume de su aliento ella envenenaba al aire
mismo. Su amor hubiera sido veneno, su abrazo, muerte. ¿No es éste un cuento
maravilloso?” (Hawthorne: La traducción es mía).
En efecto, la edición de Norton señala a Browne como la fuente aludida en el
pasaje anterior. De manera explícita, en la cita cuatro, el editor comenta: 9
Hawthorne se topa con la historia en los Errores Vulgares de Sir Thomas Browne
(1646), un “viejo clásico” para los lectores de Nueva Inglaterra, (Hawthorne: La
traducción es mía).
Sobre errores vulgares o Pseudodoxia Epidemica es el nombre abreviado de un
tratado enciclopédico cuyo título completo podemos conocer por fortuna en una
exquisitamente cuidada versión al español realizada por Daniel Waissbein,
publicada por Siruela, España, en 1994, con notas adicionales y apéndices que
nos permiten tener una visión bastante confiable de la obra de Browne. En la
introducción (páginas 20 y 21) se nos entrega el título original:
[Pseudodoxia Epidemica: /O,/INQUISICIONES/ SOBRE / Muchísimas aceptadas
/DOCTRINAS, / Y comúnmente presuntas/VERDADES./ Por Thomas Browne Dr. en
medicina. / Jul [io] Escalíg [ero] / Concluir de los libros que las cosas son
como las publicaron los autores es en sumo grado / peligrosísimo; el
conocimiento verdadero de las cosas está en las cosas mismas. LONDRES, / Impreso
por Tho [mas] Harper para / Eduardo Dod. 1646.] (Browne: 1994,20-21).
Señala Daniel Waissbein en la misma introducción que el texto anterior
corresponde a la portada de la primera edición. Adicional a la introducción de
su autoría, incluye Waissbein una famosa biografía sobre Browne escrita por
Samuel Johnson; incluye también una selecta reproducción de dibujos y grabados,
así como seis valiosos apéndices, el penúltimo de los cuales (apéndice E) está
dedicado a la presencia de la obra de Browne en Jorge Luis Borges.
Pseudodoxia Epidemica consta de siete libros. Waissbein ofrece en traducción
entre un tercio y
una cuarta parte de la obra original. Únicamente el primer libro ha sido
traducido en su totalidad, de los demás nos entrega una selección de capítulos.
En adición, en este exquisito trabajo de traducción, el investigador reproduce
—en el apéndice F, en versión al español— la totalidad de los títulos que
conforman el índice de los siete libros con todos sus capítulos, de tal suerte
que el lector puede tener, al menos enunciados en español, aquellos capítulos no
disponibles en esta versión.
Por lo que refiere al capítulo específico dedicado a la mujer-veneno, este
aparece en el séptimo libro, Capítulo XVII [De otras diversas], en el cuarto
apartado cuyo título reza: De la mujer alimentada con ponzoña que tendría que
haber emponzoñado a Alejandro.
El sentido general de los siete libros que componen este extenso tratado es
poner al descubierto algunas presumibles verdades comunes que merced a un
trabajo de investigación, razonamiento y argumentación se pretenden evidenciar
como errores validados por el vulgo.
La referencia a la mujer veneno es apenas un párrafo dentro de un mínimo
apartado en el que habla de ciertos venenos. Apenas un mínimo fragmento en el
mar de esta amplísima obra que es Pseudodoxia Epidemica. Baste señalar que El
Séptimo Libro [tocante a muchas creencias históricas generalmente aceptadas, y
algunas deducidas de la historia de la Sagrada Escritura] consta de 19 capítulos
sumamente variados entre sí. Dentro de este panorama, el capítulo XVII es, a su
vez, una miscelánea, que entre sus muchos temas toca, en dos apartados, asuntos
relacionados con la ponzoña.
A continuación ofrezco la traducción del párrafo, tomado de la versión
electrónica de la Universidad de Chicago, cotejada y corregida con la versión
impresa y publicada en 1964, editada por Geoffrey Keynes, The University of
Chicago Press, la cual tuve ocasión de fotocopiar personalmente en una
biblioteca pública de la ciudad de Los Ángeles en 1998: 10
El relato que se cuenta sobre un Rey de la India que envió a Alejandro una mujer
alimentada con acónito y otros venenos, con la intención de que, ya fuera por el
aliento o por copulación, lo destruyera. Por mi parte, aunque este bosquejo
fuese verdadero, yo habría dudado de su éxito. Aunque sea posible que los
venenos puedan encontrar la temperatura en la que se logren transformar en
alimentos, y nosotros observemos de ciertas aves domésticas que se alimentan de
peces y de otras que se alimentan de ajo y de cebollas, que los alimentos
simples no son siempre mezclados más allá de sus cualidades vegetales; y por lo
tanto, aún después de su transformación carnal, los venenos pueden conservar
alguna porción de su naturaleza; con todo ellos, son tan refractarios, ceñidos y
sumisos como para no hacer efectivas sus primeras y destructivas condiciones
malignas (La traducción es mía).
Como se aprecia, para Browne es un error vulgar creer que una mujer alimentada
con venenos se convierta a su vez en un ser ponzoñoso y letal, pues considera
que otras circunstancias intervienen tras ingerir tales substancias, la forma en
que los venenos se digieren y transforman al interior de cada organismo vivo es
variable. Por tanto, duda de la efectividad de la supuesta mujer veneno. Estudia
el caso desde una perspectiva científica, la analiza desde un punto de vista
médico, con apego a una lógica pragmática y biológica. No piensa Browne en la
mujer veneno desde una perspectiva simbólica, tampoco se refiere al valor
histórico del caso y, menos aún, a su contenido literario.
De hecho, sólo las primeras líneas, aquellas en las que sintetiza el error del
vulgo, o sea, el mito o la leyenda, son las que interesan a Hawthorne, quien sí
les confiere un valor literario al poner el mito en boca de Baglioni y usar el
pasaje como estímulo para alertar al joven Giovanni sobre los peligros que le
pueden representar su evidente relación amorosa con la hija de Rappaccini.
El mito de la mujer veneno cobra en Hawthorne un nivel propiamente literario, es
un “cuento maravilloso”, según Baglioni. Cobra también un tono poético,
romántico, simbólico; más allá de las connotaciones meramente científicas: “Con
ese rico perfume de su aliento ella envenenaba el aire mismo. Su amor hubiera
sido veneno, su abrazo, muerte.”
Estoy de acuerdo con Octavio Paz en cuanto a la permanencia y mutabilidad del
mito en sus niveles simbólicos y literarios. Incluso el arte escénico, a pesar
de su carácter efímero, logra a través de la representación, una forma viva de
trascendencia y mutabilidad. Otro tanto ocurre en el terreno de las artes
visuales.
Me voy a permitir dar un salto hasta finales del siglo XX para señalar que, una
variación de este mismo mito ha sido llevado a la pantalla grande en una
producción de la Warner Bros. Pictures (¿quién lo hubiera pensado en 1646 o en
1846?), en una de las versiones de Batman, el hombre murciélago, aquella filmada
en el año 1997, bajo el título de Batman & Robin, y en la que estos héroes
combaten contra el despiadadamente frío Dr. Ice, encarnado por Arnold
Schwarzenegger, un romántico científico obsesionado por la mortal enfermedad de
su esposa, a quien mantiene congelada, mientras busca la cura para salvarla; en
este contexto de héroes y ciencia ficción, aparece del lado de los villanos,
otro personaje que sin duda reencarna a la mujer veneno: se trata de la “Hiedra
venenosa”, personificada por la actriz Uma Thurman. En efecto, su aliento
enturbia el pensamiento de los hombres, su beso es letal. El mito está ahí,
vigente, en un juego de muerte y seducción. Valga pues el salto al mundo del
celuloide como mera ejemplificación de la permanencia y actualización del mito,
que viaja desde el comic hasta la pantalla.
No obstante, el peso que la mujer-veneno tiene en las obras de Paz y Hawthorne
no es comparable con el lugar que éste guarda en los otros textos referidos por
Paz. El estudio comparativo que tiene amplia pertinencia es, pues, el de estos
dos textos homónimos. Las otras fuentes a las que remite Paz en este curioso
recorrido al que invita en su comentario publicado en la cuarta de forros,
recuperan algún pasaje en el que se refiere la anécdota de la mujer alimentada
con veneno desde su más tierna infancia, que bien puede ser entendido en sentido
amplio como el mito de la mujer veneno, pero son meros pasajes o comentarios que
pertenecen a obras cuyos textos, en su sentido general, en su intencionalidad,
en su búsqueda y en su contexto, están muy alejados de ambas versiones de La
hija de Rappaccini
Tal y como se puede apreciar en el pasaje traducido unos párrafos atrás del
texto de Browne, al autor le interesa cuestionar el mito y exponer sus posibles
debilidades como presunta verdad. Su inquisición lo lleva a dudar sobre la
veracidad de tan generalizada creencia; la reflexión se proyecta sobre las
características de los venenos y sus posibles antídotos, sobre la forma en que
los seres humanos y otros seres pueden asimilar estas substancias en principio
nocivas. Existe en la “inquisición” de Browne, un mundo botánico que encuentra
interesantes resonancias a lo largo del cuento de Hawthorne.
De igual forma, estas resonancias se hacen presentes en el texto de Paz quien, a
diferencia de Hawthorne, dedica un pasaje entero a nombrar (con sabiduría de
botánico) muchas de las plantas venenosas que habitan el jardín artificial de
Rappaccini. Para Sir Thomas Browne, el mito de la mujer veneno es apenas un
minúsculo pasaje en su vasta obra, uno más de los muchísimos errores aceptados
como verdades por el vulgo, apenas uno más.
Al respecto, existe una respuesta directa al texto de Browne, de la cual no hace
mención alguna Octavio Paz, pero que está consignada en la traducción de Daniel
Weissbein, se trata de otro vasto tratado, escrito éste por Alexander Ross, el
asunto que aquí nos ocupa es referido en Arcana Microcosmi II/IV.
El traductor nos ofrece la referencia completa en la cita seis de la biografía:
Se llama Arcana Microcosmi: or the Hid Secrets of Man´s Body Disclosed… with a
refutation of Doctor Browne´s Vulgar Errors, and the Ancient Opinions vindicated
[Arcanos del microcosmos: o Los escondidos secretos del cuerpo del hombre
revelados… con una refutación de los errores vulgares del Dr. Browne, y una
vindicación de las opiniones de la antigüedad] y apareció en 1651 (Browne:
1994,307).
En la versión electrónica de la Universidad de Chicago aparece una diferencia de
un año sobre el dato que ofrece Weisbein (1652) Arcana Microcosmi, Book II,
Chapter 4, pp. 111-116. Es pertinente para este trabajo, traducir el párrafo que
corresponde a la parte tercera de dicho capítulo, aquel que toca lo referente a
los venenos:
Capítulo 4
III. De que algunos pueden tomar veneno sin que les dañe, como en la historia de
Mitrídates quien no podía ser envenenado.
Profecit poto Mithridates sape veneno,
Toxica népossint sava nocere sibi.
Esta historia es confirmada por Pliny, Gellius, Coelius y otros. Es la historia
del hijo del Rey de Cambaia, que por alimentarse constantemente con veneno tenía
tan envenenado su cuerpo, que las pulgas que sorbían su sangre al tragarla,
morían. Solinus hablaba de unas personas llamadas Ophyophagi, porque se
alimentaban de serpientes.
Avicenna hablaba de uno en su tiempo, cuyo cuerpo era tan venenoso, que todo
cuanto tocaba moría. Yo he leído también en Aristóteles, sobre una doncella que
había sido alimentada con veneno. Tal historia es mencionada por Avicen. Alb.
Magnus hablaba sobre una doncella que disfrutaba comer arañas. S. Augustine (de
morib. Mon. S. 2. C. 8.) hablaba de una mujer que bebía veneno sin dolor. Muchos
otros ejemplos podrían ser mencionados pero éstos pueden ser suficientes para
dejarnos ver, que ya sea por arte o naturaleza, la constitución del hombre puede
ser fortalecida contra el grado de malignidad del veneno, así como otros
animales que se alimentan con veneno; tal y como las cobras lo hacen con los
escorpiones, estorninos con cicuta, patos con guasarapos, perdices con eléboro,
aves de corral y monos con arañas (...).
Más adelante, Ross refuta el argumento de Brown:
Además, las complexiones de los hombres varían acorde con su edad, así, lo que
puede ser venenoso en un tiempo, puede no serlo en otro. Aquellos que no podían
aceptar queso en su juventud, pueden comerlo con la edad: Vemos también como la
costumbre se convierte en otra naturaleza: para los hombres del norte al
principio, los climas cálidos les resulta perniciosos, pero después, por hábito,
les resultan familiares y naturales: Por tanto Dr. Browne (Libro7,c 17. ) no
tiene razón para rechazar la historia de un rey de la India, que envió a
Alejandro una hermosa mujer alimentada con veneno, con el propósito de
destruirlo por el aliento o la copulación; porque dice él, que el veneno después
de su transformación carnal, es tan refractario, como para no hacer efectivas
sus primarias y destructivas malignidades. Yo contesto, aquellos no son tan
refractarios, sino que dejan atrás de ellos en la carne, una calidad e impresión
venenosa, pues la comida ordinaria que ingerimos, si no es dominada por el
estómago, sino por alguna forma de reacción (for omne agens naturale in agendo
repatitur) altera el cuerpo; mucho más los venenos, los cuales son más activos
[Ross:1652; Book II,cap.4,la traducción es mía]. 11
Espero el lector no encuentre en extremo fatigoso este recorrido por todo un
mapa alterno de referencias en el que se convierte el argumento de respuesta con
el que Alexander Ross pretende refutar a Sir Thomas Browne. La cita ha sido
extensa porque el referido pasaje no se encuentra traducido al español y es de
difícil consulta. El tema aparece ampliado, no se trata únicamente del posible
caso de la mujer veneno, asunto en el que se centra la ruta de relaciones de
textos descrita por Octavio Paz, sino de una reflexión sobre ciertas posibles
cualidades de los venenos en su relación con los hombres, con las plantas y con
otros animales entre sí. Referencias textuales que nos llevan a otros autores
anteriores a la era cristiana, siglos y lugares antiguos y diversos. Refutación
que contempla no sólo el pasaje de la mujer veneno, sino el capítulo
inmediatamente anterior de Browne en el que también se refiere a los venenos.
El ingerir veneno y la posible generación de una inmunidad ante los venenos, es
una cuestión central en la búsqueda “científica” que lleva a Rappaccini a
experimentar con su propia hija. Una búsqueda propia más bien de un alquimista.
La búsqueda por la vida eterna, el sueño de los hombres de alcanzar la
inmortalidad. Y un camino no carente de sentido en estas inquisiciones es el que
emprende el trasgresor Rappaccini: inyectar porciones de muerte en la vida para
prolongar la vida misma. Es un principio vigente en las prácticas médicas. El
delicado equilibrio que se establece entre dos mitades opuestas de una misma
esfera: vida y muerte o muerte y vida, condición fundamental a la existencia
humana, rasgo constitutivo de los seres humanos, su inherente condición de seres
mortales, temporales, efímeros. La condición de vida de los hombres es, al mismo
tiempo, su condición de muerte. Una y otra se definen y cobran sentido por su
contrario. Este girar de las dos mitades de la esfera está muy presente en ambas
versiones de La hija de Rappaccini y, desde luego, es una de las búsquedas
poéticas manifiestas más trabajadas por Octavio Paz en El arco y la lira.
El texto de Browne y la respuesta de Ross nos alcanzan para tener una amplia
panorámica del vastísimo escenario de polémicas en el que se podría entrar al
pretender profundizar en las muchas referencias en las que apoyan su
argumentación. Otra forma de generar inagotables palimpsestos.
La búsqueda de las otras fuentes nos llevaría hacia Aristóteles y San Agustín,
entre otros caminos. Así como a revisar la historia de Mitrídates, la del Rey
Porus o algunas de las hazañas de Alejandro el Magno como conquistador. Desde
otro ángulo, cabe señalar que los autores de ambos tratados, Browne y Ross,
acusan un rasgo singular que los distingue de los textos de Hawthorne y Paz,
ello consiste en una pretensión de “verdad” que mueve a sus autores. Por su
parte, el cuento y la versión teatral se presentan como ficciones, su
intencionalidad es otra.
En el inicio del pasaje de Ross, aparece un dato adicional de importancia por su
connotación histórica: ya no se habla de la historia de un Rey de la India, sino
de la historia del hijo del Rey de Cambaia (Camboya), quien por haberse
alimentado con venenos, se había convertido en un ser ponzoñoso. Entiendo se
refiere a uno de los Mitrídates, nombre de varios príncipes y soberanos de las
épocas griegas y romanas.
Mitrídates VI Eupátor, llamado el Grande (c.163 Panticapea 63 a. J. C.), rey del
Ponto [111-63 a. De J. C.] El último y más importante soberano del reino del
Ponto. Luchó contra la dominación romana en Asia: sus tres guerras (88-85, 83-81
y 74-66) acabaron en fracaso. Monarca culto, era proverbial su inmunidad a los
venenos (El pequeño Larousse Ilustrado, 2001:1523).
La historia no es ajena al texto Pesuedodoxia Epidemica de Thomas Brown, ya que
la refiere en el
final del apartado anterior al aquí traducido, que también refiere a ciertos
pasajes en los que se dan por verdaderas algunas historias de inmunidad a los
venenos y ciertos alimentos considerados como nocivos para la salud. Browne se
muestra escéptico al respecto y señala: 12
“(...) nosotros dudamos de la historia, y no esperaríamos tal éxito con la dieta
de Mitrídates” (Pseudodoxia Epidemica: Book 7 ch. XVII, 3, la traducción es
mía).
De regreso al mencionado paratexto de Octavio Paz, que da lugar a toda esta
búsqueda de transtextualidades leemos:
(...) El tema de la doncella convertida en viviente frasco de ponzoña es popular
en la literatura india y aparece en los puranas. De la India pasó a Occidente y,
cristianizado, figura en la gesta Romanorum y en otros textos” (Paz: 1998,4ª de
forros).
La Dra. Lynda Hoffman-Jeep, de la Millikin University, en Decatur Illinois, se
ha interesado desde hace varios años en el estudio del motivo de la joven
doncella convertida en un ser de ponzoña. Ella se ha aproximado al tema desde
diversas ópticas, siendo una de las más atractivas la que vincula a la mujer
veneno con relación a uno de los sentidos: el olfato.
Publica en 1996, un artículo en el que retoma el mito de la mujer veneno en
función de una marca comercial de perfume creada por la casa Christian Dior
llamado: Poison. En las primeras páginas encontramos algunas líneas que resultan
de lo más pertinentes en este recorrido por los diversos palimpsestos de la
bella venenosa: 13
Aproximadamente seiscientos años después de haberse escrito “El Sello del
Anillo”, la doncella venenosa aparece en la literatura europea en una colección
de la supuesta correspondencia secreta entre Alejandro el Grande y su tutor
Aristóteles que ha sido recopilada en el Secretum Secretorum [Manzalaoui
1977:45-46] (La traducción es mía).
Comenta Hoffman-Jeep que el Secretum Secretorum se tradujo en muchas lenguas,
existiendo gran variedad de versiones y convirtiéndose en uno de los textos más
leídos en la Europa de la Edad Media. La autora se refiere a los años cercanos
al 1200 de la era cristiana. De hecho refiere a la que sería la primera
traducción en prosa directa del latín al alemán, la cual realizada por Hiltgart
von Hürnheim, una monja, en el año 1282. De la edición alemana realizada por
Reinhold MSller en 1963, Hoffman-Jeep ofrece una traducción al inglés en su
referido artículo, de la cual hago lo propio al español: 14
Oh, Alejandro, recuerda la hazaña de la Reina de la India, cómo ella te envió
muchos y hermosos objetos bajo la apariencia de una amistad. Entre ellos estaba
aquella maravillosamente bella doncella quien había sido alimentada con veneno
de serpiente desde su niñez, de tal suerte que su naturaleza se había
transformado en la naturaleza misma de las serpientes (La traducción es mía).
De tal suerte que esta recopilación de textos sería un antecedente importante de
recuperación del mito y permanencia del mismo hasta su aparición en las gestas
romanas: 15
La historia del encuentro entre Alejandro y la doncella venenosa fue también
recopilada en la colección de fábulas, anécdotas y relatos en latín que aparecen
por primera vez en 1473 bajo el título de Gesta Romanorum (La traducción es
mía).
Señala Hoffman-Jeep que aunque los orígenes de la Gesta Romanorum permanecen
inciertos, la obra fue traducida muchas veces en distintas lenguas, dando como
dato el que durante la época de Shakespeare circulaban al menos unas siete
ediciones de la misma. La autora refiere a la edición de Charles Swan16 del año
1972.
(...) En la Gesta Romanorum la doncella venenosa “era considerada tan hermosa
que una sola mirada de ella podía afectar con la locura a muchos” [Swan 1871:44]
(La traducción es mía).
De acuerdo con Hoffman-Jeep, la lógica cristiana trastoca y matiza el mito de la
doncella venenosa. Ella se presenta ahora como alimentada con veneno desde su
más tierna infancia por su propia madre, una reina de la India, para ser
ofrecida como un arma mortal al enemigo. Alejandro representa a un cristiano
ejemplar quien es advertido por su maestro Aristóteles de los riesgos de dejarse
llevar por sus pasiones sin escuchar el dictado de la prudente razón.
El mito permanece, trasciende, pero muestra movilidad. No es una anécdota
estática, sino un organismo vivo en constante transformación. Cada uno de estos
nuevos matices, nuevas versiones, le confieren vigencia.
El recorrido histórico que realiza Octavio Paz en su comentario sigue así:
En el siglo XVII, Burton recoge el cuento en The Anatomy of Melancholy y le da
un carácter histórico: Porus envía a Alejandro una muchacha repleta de veneno.
Thomas Browne repite la historia: “Un rey indio envió a Alejandro una hermosa
muchacha alimentada con acónito y otros venenos, con la intención de destruirlo,
fuese por medio de la copulación o por otro contacto físico”. Browne fue la
fuente de Hawthorne (Paz: 1998,4ª de forros).
Conviene recordar de manera sucinta algunos de estos referentes históricos:
Póros, nombre griego (en latín Porus) dado al rey indio Apuraba (+ c.317 a. J.
C.) vencido por Alejandro (326). (El pequeño Larousse Ilustrado, 2001:1605).
Alejandro Magno (Pela, Macedonia, 356 -Babilonia 323 a. de J. C.), Rey de
Macedonia,[326-323], hijo de Filipo II y de Olimpia. Discípulo de Aristóteles,
sometió a la Grecia rebelde, se hizo nombrar jefe de los griegos contra los
persas y atravesó el Helesponto. Venció a las tropas de Darío III en el Gránico
(333), y ocupó Tiro y Egipto. Fundó Alejandría y más tarde atravesando el
Eúfrates y el Tigris derrotó a los persas entre Gaugamela y Arbelas (331). Se
apoderó de Babilonia y Susa, quemó Parsa (persépolis) y alcanzó el Indo (El
pequeño Larousse Ilustrado, 2001:1089).
Existe una versión al español que recupera una selección de pasajes y capítulos
de la famosa obra
“The Anatomy of Melancholy” publicada por Espasa Calpe (Colección Austral) en
1947; la traducción es de Antonio Portnoy. Dicha selección incluye el pasaje que
nos concierne, como uno de los que configuran el apartado titulado Causas
particulares (no congénitas) de la Melancolía, lleva por subtítulo: La mala
alimentación.
En este apartado Burton discurre sobre los diferentes hábitos alimenticios y
costumbres que pueden resultar nocivos o tolerables según los climas y las
culturas. Algunas páginas después se
ocupan del pasaje en cuestión:
Mitrídates bebía veneno sin sentir molestia alguna, como resultado de un hábito
ligeramente arraigado, que Plinio menciona como hecho maravilloso. Igualmente
Curtius se refiere a una doncella, enviada por el rey Poro al gran conquistador
Alejandro de Macedonia, la cual se había acostumbrado a ingerir dosis de veneno
desde su más tierna infancia. Los turcos —dice Belloni— beben opio en cantidad
mucho mayor que la suficiente para causar la muerte a cualquier otro europeo (Burton:
1947,103).
El caso de Mitrídates participa de una fuente primordial: la posibilidad de que
un ser humano se alimente con venenos sin que estos le causen la muerte. Esta
cuestión es medular tanto en Paz como en Hawthorne. Mitrídates es hombre.
Beatriz no fue enviada a nadie para procurar su muerte. Beatriz vive en un
jardín interior que es una suerte de isla artificial. Las circunstancias son
distintas pero, como puede observarse, las fuentes viajan siglos atrás de la era
cristiana y se pierden en las más antiguas tradiciones orales.
Regresemos a La hija de Rappaccini. En el prólogo de su cuento, Hawthorne
refiere a un dudoso texto titulado Beatriz o la bella ponzoñosa. Un guiño por
demás ingenioso para el lector. En el terreno de las intertextualidades,
Hawthorne presenta un falso prólogo que es más bien un juguete literario en el
que el autor se autopresenta al lector de habla inglesa, como si su obra fuera
la traducción de los trabajos de un escritor francés de apellido Aubépine, es
decir, Espino o Espinosa, o sea, Hawthorne en inglés. El nombre del autor
pertenece al reino vegetal. Así pues, el Sr. Espino presenta como ya escrita en
otra lengua, una obra narrativa que, con esta argucia, aparece introducida por
primera vez al público de letras inglesas.
Transtextualidades, palimpsestos, un falso texto que de facto funciona como
verdadero texto introductorio sobre un cuento jamás escrito en francés por un
tal Aubépine, que en realidad es nuestro Hawthorne. Argucias, divertimentos,
estrategias y contrasentidos temporales. Es el mismo procedimiento que años más
tarde empleara con frecuencia Jorge Luis Borges para introducir sus cuentos.
Párrafos eruditos, llenos de datos y de información enciclopédica que igual
generan una atmósfera de incertezas respaldada en vastas referencias históricas
y abrumadoras referencias bibliotecarias. Por distintos caminos volvemos a
Borges, los laberintos suelen tener pasadizos que confluyen reiteradamente.
En este punto coincidimos con Daniel Weissben quien ha tenido el acierto de
dedicar un apéndice entero a precisar algunos de los nexos e influencias de la
obra de Browne en el escritor sudamericano. Me refiero al Apéndice E que aparece
al final de la versión al español de la obra Sobre Errores Vulgares y lleva por
título: Borges: admirador, traductor, expositor y parodista de Browne. El lector
interesado podrá encontrar en esas páginas un rastreo minucioso de las
referencias, influencias, y simpatías que el lector sudamericano dedica a Sir
Thomas Browne a lo largo de toda su obra.
Pero las coincidencias entre estos autores es muy afortunada en otros
sentidos. Justamente tanto Browne como Hawthorne merecen un escrito individual
en las obras completas del escritor argentino. Otras inquisiciones, título de la
obra de Borges, escrita en 1952, es en cierto sentido un reconocimiento
explícito al trabajo de inquisición realizado por Browne. Así, al final de su e
x p l o r a c i ó n p o r e l c a m i n o d e l a s transtextualidades, Gérard
Genette confiesa:
Esta duplicidad de objeto, en el orden de las relaciones textuales, puede
representarse mediante la vieja imagen del palimpsesto, en la que se ve, sobre
el mismo pergamino, como un texto se superpone a otro al que no oculta del todo
sino que lo deja ver por transparencia. Pastiche y parodia, se ha dicho
justamente, “designan la literatura como palimpsesto: esto debe entenderse más
generalmente de todo hipertexto, como ya Borges lo decía acerca de la relación
entre el texto y sus “avant-textes” (Genette: 1989,495).
Unas líneas más abajo se lee una cita a la que llama Genette en el texto
anterior y que resulta, para el caso, igualmente oportuna:
“He reflexionado que es lícito ver en el Quijote ´final ´una especie de
palimpsesto, en el que deben traslucirse los rastros —tenues, pero no
indescifrables— de la previa escritura de nuestro amigo” [Ficciones, p.58; se
trata evidentemente de nuestro amigo, y colega, Pierre Ménard] (Genette:
1989,495).
En el referido texto, Borges lleva el juego de las hipertextualidades hasta uno
de sus límites, un ejercicio en el que Menard reescribe literalmente a
Cervantes, y sin embargo, el texto es otro, porque el lector y el escritor son
otros.
Al final de su vigoroso ejercicio de literatura en segundo grado, Gérard Genette
premia al lector con algunas confesiones gratificantes:
Por mi parte, quizá, confesar lo que más de uno habrá adivinado desde hace
tiempo: que este libro —no Finnegans Wake, sino el que has decidido, infatigable
lector, tener entre tus manos— no es otra cosa que la transcripción fiel de una
pesadilla no menos fiel, ella misma salida de una lectura apresurada y, me temo,
fragmentaria, a la luz sospechosa de algunas páginas de Borges, de no sé qué
Diccionario de las Obras de todos los Tiempos y de todos los Países (Genette:
1989,489).
De modo que este ejercicio “lúdico” y “lúcido” de hacer una literatura que en
nomenclatura de Genette constituye los hipertextos, tablas atrás cala hondo en
las letras de Borges:
El hipertexto es una mezcla indefinible, e imprevisible en el detalle, de
seriedad y de juego (de lúcido y lúdico), de producción intelectual y de
divertimento (Genette: 1989,496).
Y es en este punto donde me parece cobra sentido no sólo para Genette, sino para
el investigador, para el lector, para el estudioso serio, para el hombre
curioso, para la gente de teatro, en suma, para el otro que hace posible el
circuito virtuoso e inagotable de la recreación, sacrificar tinta y vista en
aras de compartir letras, circunstancias y realidades vitales.
La literatura es comprendida por Genette a la manera de Borges, como el ruiseñor
de Yeats, como una voz que es a la vez toda las voces, la esfera de Pascal,
todos los tiempos y todos los espacios juntos, la historia de la literatura
enunciada como la historia de las distintas entonaciones que cobran unas pocas
metáforas fundamentales, pocas, pero inagotables; la literatura comprendida como
un solo libro infinito escrito por todos los hombres en todos los espacios y
todos los tiempos posibles. Y claro, un libro leído en todas las lenguas por
todos los lectores posibles.
La Beatriz de Paz y la Beatriz de Hawthorne, la doncella de Browne y la doncella
de Burton; y aquella supuesta Beatriz que alguna vez fue enviada para conquistar
al conquistador, son variaciones de una gran metáfora: inquisiciones, ensayos,
errores, ejercicios, recreaciones, presentes...
A la realidad del texto teatral corresponde un infinito de posibilidades de
representación en las que se convierte toda cristalización lograda de una puesta
en escena. La inagotable gama de matices y variantes posibles de representación
encuentran una encarnación concreta y cambiante a su vez, cada instante que en
un aquí y ahora la representación cobra vida ante la mirada milagrosa del
indispensable espectador, de los otros, de nosotros... vez por vez, en el
incesante movimiento de las cambiantes caras de la esfera.
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Simon and SCHUSTER´s International Dictionary, N.Y. U.S.A. Tana de Gámez. Editor
in Chief.
DIRECCIONES ELECTRÓNICAS
www.ivestindia.com www.indianworld.co.in www.indianest.com www.uchicago.edu
Www.jornada.unam.mx
* Complemento a la nota 9 de la presente edición: Chapter 4
III. That some can take poison without hurt, is plain by the story of
Mithridates, who could not be poisoned. Profecit poto Mithridates sxpe veneno,
Toxica né possint sxva nocere sibi.
This story is confirmed by Pliny, Gellius, Cxlius, and others. There is a story
of the King of Cambaia's son, who by constant eating of poison, he had so
invenomed his body, that the Flies which suckt his blood swelled and died.
Solinus speak of a people called Ophyophagi, because they fed on serpents.
Avicenna speaks of one in his time, whose body was so venomous, that whatsoever
touched it died. I have read also in Aristotle, of a Maid who was nourished with
poison. The like story is mentioned by Avicen. Alb. Magnus speaks of a Maid who
delighted to eat Spiders. S. Augustine (de morib. Mon. S. 2. c. 8.) speaks of a
woman who drank poison without hurt. Many other examples there may be alledged;
but these may sufice to let us see, that either by Art or Nature men´s
constitutions may be fortified against the malignity of poison, as well as other
animals which feed upon poison, as Vipers do upon Scorpions, Stares on Hemplock,
Ducks on Toads, Quails on Hellebor, Poultry and Monkies on Spiders. (…) Besides,
men's complexions according to their ages doe vary, so that what hath been
poisonable at one time, is not at another. Thus some that could not abide cheese
in their youth, have eaten it in their age: We see also how costume becomes
another nature: for hot Climates to Northern men at first, prove pernicious, but
afterward by costume become familiar and natural: Therefore Dr. Browne (Book 7.
c. 17.) hath no reason to reject that story of the Indian King, that sent unto
Alexander a fair woman fed with poison, purposely to destroy him by breath or
copulation; because saith he, that poisons after carnal conversion, are so
refracted, as not to make good their first and destructive malignity. I answer,
They are not so refracted, but that they leave behind them in the flesh, a
venomous impression and quality: For if the ordinary food we take, is not so
mastered by the stomach, but that by way of reaction (for omne agens naturale in
agendo repatitur) it alters the body; much more must poisons, which are more
active, [Ross: 1652; BookII,cap.4]
1 Ponencia presentada en el III Encuentro Nacional de Historia del Arte,
efectuado en Morelia, Michoacán, en octubre de 2004.
2 Catedrático en la licenciatura en Historia del Arte de la Universidad
Cristóbal Colón y Director del Centro Cultural Casa Principal, en la ciudad de
Veracruz.
3 Ver en el sitio www.indianest.com
4 After a time Rakshasa sent to Chandragupta a beautiful maiden, who had
secret orders to poison the king, but Chanakya deceived her and made her poison
Parvataka instead. By this means that he foiled Rakshasa and, at the same time,
rid himself to his troublesome barbarian ally. (Kincaid, Tales from the indian
drama: wwwinvestindia.com).
5 In any case, the rasa of The Signet Ring is one which the fair sex is not
expected to be concerned with; this not only explains why female roles are
excluded, but helps in understanding why the story is so sinuously developed,
why so much “brainy” dialogue takes place, why poison girls, spies, and other
scoundrels are given what looks like honorable mention, (Lal: 1964, 191).
6 (...). The plan´s in motion, and we can only wait to see how it works. First
we ewmovwd Parvataka, by getting him to sleep with a poison girl, and the blame
got put on Rakshasa (...) (Lal: 1964,196).
7 CHANAKYA: Sarngarava!
SARGNARAVA enters.
Have the following announcement proclaimed throughout the city by Kalapasika and
Dandapasika: “In the name of His Majesty Chandragupta, the Jain Monk Jivasiddhi,
who on orders from Rakshasa murdered Parvataka with the help pf a poison girl,
is hereby disgraced and exiled from the city, after he has publicly confessed
his crime” (Lal: 1964, 201).
8 “I have been reading an old classic author lately”, said he, and met with a
story that strangely interested me. Possibly you may remembered it. It is of an
Indian prince, who sent a beautiful woman as a present to Alexander the Great.
She was as lovely as the dawn and gorgeous as the sunset; but what especially
distinguished her was a certain rich perfume in her breath richer than a garden
of Persian roses. Alexander, as was natural to a youthful conqueror, fell in
love at first sight with this magnificent stranger; but a certain sage physician,
happening to be present, discovered a terrible secret in regard to her.”
“And what was that?” asked Giovanni, turning his eyes downward to avoid those of
the professor.
“That this lovely woman,” continued Baglioni, with emphasis, “had been nourished
with poisons from her birth upward, until her whole nature was so imbued with
them that she herself had become the deadliest poison in existence. Poison was
her element of life. With that rich perfume of her breath she blasted the very
air. Her love would have been poison her embrace death. Is not this a marvelous
tale?” (Hawthorne: 1987,202).
9 Hawthorne met with the story in Sir Thomas Browne's Vulgar Errors (1646), an
“old classic” for New England readers, (Hawthorne: 1987,202).
10 A story there passeth of an Indian King, that sent unto Alexander a faire
woman fed with Aconites and other poysons, with this intent, either by converse
or copulation complexionally to destroy him. For my part, although the designs
were true, I should have doubted the success. For, though it be possible that
poysons may meet with tempers whereto they may become Aliments, and we observe
from fowls that feed on fishes, and others fed with garlick and onyons, that
simple aliments are not always concocted beyond their vegetable qualities; and
therefore that even after carnal conversion, poysons may yet retain some portion
of their natures; yet are they so refracted, cicurated, and subdued, as not to
make good their first and destructive malignities, (Browne: 1964, Vol II,
cap.XVII,537).
11 El texto completo en inglés podrá consultarse al final, para no fraccionar en
exceso el presente capítulo.
12 “(...) we doubt the story, and expect not such success from the diet oh
Mithridates” (Pseudodoxia Epidemica: Book 7 ch. XVII, 3, p.537)
13 Approximately six hundred years after the composition of “The Minister´s Seal,”
the poisonous maiden appears in European literature in a collection of the
allegedly secret correspondence between Alexander the Great and his mentor
Aristotle that has been compiled in the Secretum Secretorum [Manzalaoui
1977:45-46] (Hofman-Jeep:1996,283-284).
14 Oh Alexander, remember the deed of the Indian queen, how she send you many
beautiful gifts under the guise of friendship. Among them was the wonderfully
beautiful maiden who had been fed with snake venom since childhood, so that her
nature had been transformed into the nature of snakes, [Máller 1963:53-55], (Hoffman-Jeep:
1996,284).
15 The story of the encounter between Alexander and the poison maiden was also
taken up in a collection of anecdotes, fables, and stories in Latin
that appeared for the first time in 1473 under the tittle Gesta Romanorum, [Swan
1871:vol,44-46], (Hoffman-Jeep: 1996,285).
16 (...) In the Gesta Romanorum the poisonus maiden “was considered so beautiful,
that the sight of her alone afected many with madness”,
[Swan 1871:44], (Hofman-Jeep: 1996,285).
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