TRADUCCIÓN DEL INGLÉS AL CASTELLANO DE «A CRITIQUE OF POLITICAL ECONOMY. A POST MORTEM ON CAMBRIDGE ECONOMICS» DE FRANZ OPPENHEIMER (1864-1943), SOCIÓLOGO, ECONOMISTA, TEÓRICO DEL ESTADO Y DE SUS INSTITUCIONES

Yolanda FERNÁNDEZ GARRIDO

Resumen: Franz Oppenheimer trata de desentramar las razones que motivan las diferentes posturas de las distintas escuelas de pensamiento económico sin la estructura teórica de la Escuela de Cambridge, mediante un análisis del trabajo fundamental de Marshall: Principles of Economics. Aquí se aúna una gran cantidad de información y de opiniones sobre las tres ramas de la economía aplicada: economía privada, hacienda pública y política económica, aunque se centra sobre todo en política industrial y en política agraria. Este trabajo fue publicado por primera vez en: American Journal of Economy and Sociology, vol. 2, núm. 3 (1942/1943), págs. 369-376; vol. 2, núm. 4 (1943), págs. 533-541 y vol. 3, núm. 1 (1944), págs. 115-124. Franz Oppenheimer es un claro exponente del liberalismo con contenido social, y su obra científica es amplísima, aunque es muy poco manejada y citada en España. Ha habido cultivadores ocasionales de la misma. Deberían traducirse sus obras completas a la lengua castellana.

Palabras clave: Beneficio, Capital, Economía, Equilibrio económico, Salario.

 Was wankt, soll man auch noch stoβen1

Friedrich Wilhelm Nietzsche (1844-1900)

Introducción

Hace casi medio siglo que el autor de este trabajo sentó las bases de su teoría económica, ahora finalizada. Desde ese momento, ha visto como las cuatro escuelas del pensamiento económico, que entonces luchaban por la supremacía, pasaban al olvido.

La clásica, o más bien, la posclásica escuela económica «burguesa» ya estaba condenada al fracaso cuando John Stuart Mill (1806-1873) se sintió moralmente obligado a abandonar la teoría del fondo de salarios y, con ella, la teoría de la distribución completa. La primera de sus adversarias en desaparecer totalmente fue la «Escuela Económica Clásica», debido, por un lado, al violento ataque del cientificismo marxista y, por otro, a las escuelas defensoras de la utilidad marginal. Una generación después, ambos vencedores habían perdido casi hasta el último de sus seguidores.

La economía «burguesa», cuya teoría trata de justificar la existencia de las relaciones patrimoniales, intentó en vano recobrar fuerza adoptando parte de las ideas de sus adversarios; primero del socialismo y, después, del marginalismo. Del primer caso se obtuvo «el socialismo de cátedra», que expiró con su máximo exponente, Adolph Wagner (1835-1917). El segundo intento fue de la Escuela de Cambridge de Alfred Marshall (1842-1924) y sus discípulos, pero no tuvo mayor suerte: estaba en una situación crítica. Así mismo lo reconoce John Maynard Keynes (1883-1946), uno de sus mayores exponentes:

«Las teorías económicas modernas son simples brebajes, tan imprecisos como los supuestos iniciales que los sustentan, que permiten al autor perder la vista de la complejidad y la interdependencia del mundo real en un laberinto de símbolo pretenciosos e inútiles»2.

Maurice Dodds expresa lo mismo de forma más moderada:

«La filosofía social que subyace representa, al igual que la de John Stuart Mill, el liberalismo burgués del siglo XIX con una ligera tendencia hacia la reforma social. […] En los últimos años, esa duda ha aumentado en lugar de disiparse. La generación de la posguerra es más escéptica que la de sus antecesores y es más consciente de que aún quedan cabos sueltos; además, reconoce que en la teoría de la distribución existen aún muchos aspectos que resultan confusos y que son desconocidos; tal vez carentes de coherencia interna»3.

Este trabajo trata de desentramar las razones que motivan estas posturas, sin la estructura teórica de la Escuela de Cambridge, mediante un análisis del trabajo fundamental de Marshall: Principles of Economics4.

1. Definición de Economía

De momento, el primer error que comete Marshall es malinterpretar el significado de economía, a la que define como:

«el estudio de las actividades del hombre en el ejercicio de la vida diaria; examina tanto la parte individual como social que está más estrechamente relacionada con la consecución y uso de los requisitos materiales del bienestar. De este modo, es, por una parte, un estudio de la riqueza, y por otra parte ‒la más importante‒ un aspecto de la vida del hombre»5.

Y de la siguiente forma:

«La Economía es, por tanto, el estudio de los aspectos económicos y condiciones de la vida política, social y privada del hombre, pero más especialmente de su vida social».

Esta definición es del todo incorrecta, ya que achaca a la economía un gran número de problemas que pertenecen a la sociología general. Esto se comprende cuando se tiene en cuenta el resto del primer capítulo introductorio. En él el autor explica que «el carácter del hombre se ha visto moldeado por su trabajo cotidiano y sus creencias religiosas» y cómo la pobreza es capaz de arruinar el carácter de las personas y sus oportunidades. Se cuestiona si «no somos capaces de dejar atrás la creencia de que la pobreza es necesaria»; además, asegura que «la característica fundamental de la vida industrial moderna no es la competencia, sino la confianza, la independencia, la toma de decisiones y la previsión»; también que «el hombre de hoy no es más egoísta ni más deshonesto de lo que fue en el pasado», y que «los sueños de una Edad de Oro eran hermosos, pero falsos», etc.

El resultado de esta errónea concepción es que el libro no corresponde en absoluto con lo que indica su título, es decir, no es un planteamiento de «principios», sino que es un sistema compuesto de principios que conectados de forma lógica cubren un campo de información perfectamente delimitado y que exponen, ni más ni menos, la doctrina de la economía teórica en su totalidad. Este es un trabajo que aúna una gran cantidad de información y de opiniones sobre las tres ramas de la economía aplicada: economía privada, hacienda pública y política económica, aunque se centra sobre todo en política industrial y en política agraria. En cualquier caso, existen además, los disjecta membra de casi todas las ciencias sociales, como son: la psicología individual y social, la sociología general, la historia, la teoría de la estadística, la ciencia moral; que recogen toda la información y las profundas y vacilantes opiniones de omnibus rebus et aliquot aliis. De forma que, el autor se centró demasiado en asuntos de poca importancia y dejó de lado o evitó los verdaderamente importantes. Esta situación se asemeja a la del reputado investigador Gustav Schmoller y su Volkswirtschaftslehre, el cual, y de la misma forma, intentó introducir a la economía en un amasijo de ciencias sociales ‒o en lo que él cree que es ciencia‒. Este intento fracasó de todas formas; estaba destinado al fracaso de cualquier modo. El propio Marshall se percató de ello:

«La Economía ha logrado mayores progresos que cualquier otra rama de las ciencias sociales, porque es más precisa y exacta que cualquiera de las demás. Pero cada avance en su campo de acción implica alguna pérdida de esta precisión»6.

De modo que se vio obligado a confesar que «la ciencia aún se encuentra en sus comienzos»7 y que «la economía nunca podrá ser una ciencia sencilla»8. La misma tendencia imperialista de expandir el ámbito de la economía resultó el origen de la escuela institucional. Wesley C. Mitchell comentó al respecto:

«El futuro de la economía; la cuestión de si el hombre tendrá éxito alguna vez en la creación de una ciencia útil de la conducta humana, se convierte en uno de los temas fundamentales sobre los que pende de forma incierta el destino de la humanidad»9.

Sin embargo, el problema del comportamiento humano no es exclusivo de la economía, sino también de la sociología general y de la sociología especializada; concretamente, de la psicología. La economía no versa ni sobre las actuaciones ni sobre los problemas del comportamiento humano, sino simplemente se ocupa de los medios a los que normalmente recurren para alcanzar sus objetivos. Esto se aclara con la siguiente definición:

La economía es la ciencia de la economía social y de la sociedad económica (o la ciencia de la economía de grupo de la colectividad económica). Por tanto, como indica la definición, es una rama de las ciencias sociales. Comparte con las demás un «sujeto de la experiencia» común, la «realidad histórico-social» (Dilthey) y, al igual que todas ellas, dispone de su propio «sujeto de cognición» mediante la selección de una gran cantidad de fenómenos que tienen especial interés para ella: las actividades económicas y su creación en el espacio y en el tiempo. Es decir, los datos están relacionados con el proceso mediante el cual un grupo garantiza y se ocupa de las cosas de valor que sus miembros desean y son capaces de obtener.

Las actividades económicas se distinguen de cualquier otro tipo por las siguientes características:
 

1.Están motivadas por el deseo de obtener algo (o de tener el poder de disponer de ello), pero no por el deseo de esforzarse.

2.No son actividades ni instintivas ni impulsivas, sino que son calculadas y especialmente racionales. Es decir, son actividades que se ajustan al principio del mínimo esfuerzo.

3.Los bienes deseados son bienes de valor. Esto significa que no son bienes libres, sino que son bienes «escasos». Representan un coste o de trabajo o de posesión de otros bienes de valor.

2. Problemas de los móviles económicos

Este desconcierto en cuanto al alcance y a las funciones de la economía reside por completo en el supuesto erróneo de que la ciencia se ocupa del conflicto de los móviles en la actividad económica:

«La medida así obtenida no es, en verdad, perfectamente exacta, ya que, si lo fuese, la economía estaría en el mismo plano que las ciencias físicas más adelantadas, y no, como lo está ahora, en el de las menos adelantadas»10.

Marshall tiene bastante conocimiento acerca de este conflicto o «paralelismo de motivos» y de las decisiones que generan o provocan:

«Primero, las decisiones en cuanto a la relativa urgencia de los diversos fines; segundo, las decisiones en cuanto a las ventajas de los diversos medios de alcanzar cada uno de los fines; tercero, las decisiones basadas en las dos clases anteriores, en cuanto al margen hasta el cual podría llevarse de forma más provechosa la aplicación de cada uno de los medios para alcanzar cada uno de los respectivos fines»11.

Es totalmente cierto que las decisiones del primer y segundo punto hacen que se considere la acción, y la del tercer punto hace que ésta se tome de forma racional. Sin embargo, es falso decir que este proceso de considerar y elegir, sí es materia de la economía. Esta, según la define el propio Marshall, es «un estudio de la acción individual y social», pero no un estudio del proceso que la precede, que pertenece en sí a la psicología exclusivamente.

La actividad económica no comienza hasta que se toman las decisiones. Primero, hasta que los deseos en conflicto se satisfagan; segundo, hasta que la cuestión del coste, necesaria para satisfacer un deseo concreto esté totalmente asegurada; y tercero, hasta determinar hasta qué punto está asegurada la cuestión anterior; y, por otro lado, esta actividad no dura más allá del momento en que se alcanza el codiciado deseo. Entre estos dos puntos, la decisión y el logro del fin, no existe el menor obstáculo; la actividad económica sigue su curso, libre de objetivos alcanzados y deseos.

Por tanto, la ciencia económica no se ocupa ni de los móviles económicos anteriores ni de las aplicaciones de los objetos de valor ya asegurados para los distintos propósitos, tanto de consumo como técnicos, que siguen la acción de asegurarlos. Por esta razón, y a pesar de lo que opina Marshall, es una ciencia simple, e incluso capaz, independientemente de lo que Cairnes12 opinó sobre el hecho de llegar a fórmulas cuantitativas.

3. Equilibrio económico

Siempre se ha dicho que la economía de grupo de la economía colectiva es un proceso, el cual se activa por la acción de fuerzas antagónicas, que se pueden explicar de forma satisfactoria mediante la determinación del equilibrio hacia donde tienden dichas fuerzas, en este caso, son la oferta y la demanda en el mercado.

Este equilibrio se llama «estática» en física. El destacado físico Augusto Comte introdujo este término en sociología, del mismo modo que su discípulo, John Stuart Mill, lo hizo en economía. Después, John Bates Clark hizo hincapié en la necesidad de determinar la estática económica como único medio para poder equipararse al resto de ciencias: el llegar a las fórmulas cuantitativas. Sin embargo, esto es cierto; de modo que Joseph Schumpeter subrayó que toda teoría que se precie era «esencialmente estática» desde sus comienzos en la doctrina fisiocrática, aún sin ser consciente de ello. De modo que, como señaló el gran matemático Cournot, es un supuesto necesario.

Casi dos siglos después, Adam Smith resolvió el mayor problema, el de determinar con exactitud la estática económica. Sin embargo, fracasó en que su fórmula fuese la llave maestra para abrir todas las puertas de la economía.

«El conjunto de todas las ventajas y desventajas de los empleos y de la mano de obra deben ser, en el mismo vecindario, o totalmente iguales o desarrolladores de una tendencia de igualdad»13.

Casi un siglo después Johann Heinrich von Thünen (1783-1850) escribió:

«El equilibrio se alcanza cuando, a través del precio de las materias primas, un trabajo de la misma calidad es igualmente recompensado en todos los sectores de la producción; esta recompensa media es la vara que mide los costes de producción y las pérdidas y ganancias»14.

Por tanto, el equilibrio es el nivel de los precios en el que todos los productores disfrutan de los mismos ingresos procedentes de beneficios de sus productos; a menos que las diferencias de cualificación, y como Smith añadió, que los monopolios provoquen divergencias.

Esto se puede expresar con una simple fórmula cuantitativa. Denominaremos a la «ganancia media» de Thünen como J (equivale a la cantidad de dinero que ingresa el mayor grupo de productores igualmente cualificados); con ± q se hace referencia a los mayores o menores ingresos de los productores más o menos cualificados; y con ± m nos estaremos refiriendo a las ganancias de un monopolio o a las pérdidas de una víctima del monopolio. El equilibrio se alcanza cuando los ingresos de cualquier miembro de la sociedad son determinados con la siguiente fórmula:

El autor ha demostrado que esta fórmula es el punto de partida a partir del cual se pueden deducir de forma sencilla las fórmulas cuantitativas para valores estáticos, salarios, beneficios o dividendos.

Esta simple y clara determinación de la estática ha sido ignorada y olvidada por los economistas «burgueses», al igual que sucedió con los logros de la teoría. Marshall no es la excepción; como sus predecesores, se encontraba ante el engaño de que había resuelto el problema recurriendo a la interacción de la oferta y la demanda:

«El precio normal que se determina en dicha forma en una posición de equilibrio estable entre la oferta y la demanda normales»15.

La octava edición de los Principios fue publicada en 1925; pero Thünen, una de las autoridades más admiradas por Marshall, había escrito ya mucho antes de 1850 que:

«Esta explicación, que confunde los conceptos, toma los hechos para la explicación de los hechos; toma la manifestación como lo que causa la manifestación»16.

Y Böhn-Bawerk escribió que «da las cáscaras en vez del grano». Como es obvio, Marshall creyó que había escapado de esta trampa porque determina la oferta y la demanda con los perfeccionados métodos del marginalismo de Gossen. Sin embargo, esto recuerda al antiguo pensamiento del carrusel: el precio normal se obtiene en la posición de oferta y demanda estable; y esta posición estable se alcanza cuando los precios son normales. Es un ejemplo maravilloso y real de un círculo vicioso.

Marshall, bajo estas circunstancias, se vio obligado a confesar que:

«La teoría pura en sus primeras etapas diverge, aunque poco, de los hechos reales; pero cuando se lleva lejos, su valor práctico disminuye rápidamente»17.

4. Estática comparativa

Antes que nada, debemos hablar sobre cómo ha sido utilizado el método de la estática en la economía para poder comprender plenamente lo que se quiere lograr y en qué medida han fracasado los diferentes esfuerzos realizados. Marshall fue el primer autor en distinguir entre el método de la estática simple y el método de estática comparativa. El primero de ellos se utiliza en un proceso simple; es decir, en procesos donde no hay desarrollo o en los que no interesa en que haya un desarrollo existente. Consiste en la determinación del equilibrio y en la medición de las desviaciones «cinéticas» producidas por «alteraciones» del exterior del sistema. De modo que, por ejemplo, la altura de las mareas se puede medir tomando como referencia la estática del nivel del mar.

Si existe un proceso de desarrollo en el que se está interesado, este método tan simple debe ser complementado con una estática comparativa, donde se comparan diferentes estados de equilibrio sucesivos. A fin de ilustrar, se tomará el siguiente ejemplo: un doctor examina a un enfermo empleando el método estático cuando juzga la importancia de su temperatura, etc., según los datos de la estática; es decir, su salud. Sin embargo, cuando examina a un niño sano, emplea el método de estática comparativa. Examina su peso, altura, inteligencia, etc., y los compara con los datos normales de un niño de la misma edad y sexo; con ello determinar si el niño en cuestión muestra un desarrollo normal o anormal.

Los procesos, tanto el social como el económico, son procesos de la evolución que deben ser considerados de igual forma.

El objetivo de la cinética es la competencia. Esta muestra cómo, en la concatenación entre espacio y tiempo en los mercados, el precio se aproxima continuamente a este nivel; que según describen Adam Smith y Thünen, es donde cada productor recibe unos ingresos que descienden de acuerdo a su cualificación y a su posición respecto a los monopolios.

La estática tiene como objetivo principal la distribución. Estudia en qué medida son responsables las diferencias de cualificación y los monopolios de las divergencias de «compensación media laboral» dentro de nuestra sociedad «capitalista» o, por qué el producto social está dividido siquiera, y, por qué precisamente este se da proporcionalmente en forma de salarios, beneficios y dividendos.

La comparativa estática, por su parte, tiene como objetivo la «tendencia de la evolución». Estudia el efecto que produce el aumento de la población, las consecuencias de una mayor y graduada cooperación, la mejora de la técnica y el crecimiento de la producción per cápita en la industria y en la agricultura.

Lo único que se puede decir para justificar la forma en la que Marshall ha hecho uso de la importante cuestión de la estática es que tenía una leve noción de estática comparativa. Distinguía entre lo que era normal en períodos de tiempo largos y cortos18, ya que se preocupaba demasiado por la fluctuación de los precios de mercado, que eran de gran interés para su «hombre de negocios»; sin embargo, mostraba un escaso interés en la teoría económica, de ahí que no comprendiera totalmente la importancia de esta distinción. Escribía, por ejemplo:

«El coste normal de producción y el coste de reproducción normal son términos alternativos»19.

Esto es sencillamente un simple estudio de la estática, ya que aquí se supone que la oferta y la demanda permanecen invariables. Sin embargo, cuando se tienen en cuenta las leyes de rendimiento creciente y decreciente es del todo inapropiado para la estática comparativa. El mismo Marshall escribe:

«La teoría estática del equilibrio no es, por tanto, aplicable completamente a los artículos que obedecen a la ley del rendimiento creciente»20.

Este es solo un ejemplo, y no precisamente el peor, de la falta de determinación y poco esfuerzo patentes en estos capítulos. Se trata del mismo caos del cual nos quejamos en la primera parte acerca de los aspectos que tuvimos que desenredar y separar de forma habilidosa.

5. Distribución de los factores de producción

La distribución siempre ha sido considerada como el principal problema de la economía; incluso Marshall no abordó el tema hasta que hubo completado las cinco séptimas partes de las 772 páginas de su libro. Esta planificación tan poco metódica es propia de su método. En la página 493 se digna a hablar sobre «la investigación de las causas que determinan la distribución, que estamos a punto de emprender»; por desgracia, emprende dicha investigación, mucho más adelante, en la página 546 y cabe señalar que ignora o desatiende la mayor parte de los problemas fundamentales, mientras que se entretiene con otros de menor importancia.

Marshall ignora por completo el problema fundamental de la «distribución primaria de los agentes (factores) de producción», es decir, la distribución de los medios de producción considerados como propiedad. Evidentemente, este problema se debe resolver antes de que la distribución del producto en sí se vea afectada. No puede ser más obvio que aquellos que poseen una propiedad deseen obtener beneficio de ella, y cuanto mayor es la propiedad, más quieren ganar. Precisamente, este es el problema de una distribución apropiada: ¿por qué hay algunas personas, grupos o clases con pequeños o ningún ingreso, mientras que otras personas, grupos o clases disfrutan de grandes o ingentes ingresos procedentes de rentas, de beneficios resultantes de grandes bienes raíces o de producir medios de producción?; ¿cómo y mediante qué proceso histórico o económico adquirieron este acopio de propiedades?; ¿cuál de los dos medios por los que se puede adquirir una propiedad ha sido decisivo en este proceso: el trabajo personal y el intercambio justo o el fraude y la violencia; como dijo Bastian: «producción o espoliación»?
Los economistas burgueses pasaron por alto este mismo problema, lo esquivaron, o intentaron solucionar mediante la llamada «ley de acumulación originaria». Esta «ley» sostiene que nuestra sociedad «capitalista», con sus divisiones de clases y su distribución de la propiedad, se desarrolló a partir de fuerzas exclusivamente internas que eran justas y pacíficas, procedentes de un grupo primitivo, en el cual todos sus miembros eran libres y tenían los mismos derechos políticos y la misma riqueza económica. Esta igualdad se mantuvo infranqueable siempre que hubiera tierras disponibles para todo aquel que las precise; de modo que, como dijo Turgot: «Ningún buen hombre estará dispuesto a trabajar para otro, siempre y cuando pueda tomar por sí mismo tanta tierra como desee para cultivarla». Por tanto, como sucede aquí, las grandes propiedades de tierra no pueden ser cultivadas por los obreros; sin embargo, y de forma pausada, la tierra ha sido ocupada por pequeñas y medianas explotaciones agrícolas. Así como los americanos lo propusieron en su día, las «antiguas divisiones» han vuelto. A partir de este momento, la diferenciación entre clases comienza y progresa a grandes pasos; primero, porque la ley del rendimiento decreciente prohíbe la división de los terrenos a partir de un mínimo; y segundo, porque debido a esa misma ley, el retorno del coste marginal de la tierra decrece de forma continua. Ahora, por primera vez, las diferencias innatas de cualificación personal expresan que los miembros fuertes, ahorradores, inteligentes y comedidos de la tribu serán ricos; sin embargo, los débiles, derrochadores, perezosos y atarantados son y seguirán siendo pobres. Estas diferencias en renta y patrimonio persistirán hasta que la sociedad de clases del capitalismo moderno se extinga.

Sin examinar más esta idea preconcebida, se supone en esta teoría que las tierras de nuestros estados modernos han sido ocupadas de tal forma que la ley establece como condición la diferenciación de clases; lo cual es falso. En ningún lugar del mundo los terrenos han pertenecido a pequeños y medianos campesinos libres; «hasta las explotaciones» como señaló Rousseau llegarán «hasta el punto de cubrir el suelo entero y de tocarse unas con otras». Incluso en los países con mayor densidad de población, hoy día, cuando ha aumentado la población hasta puntos insospechables, el número de explotaciones agrarias de este tamaño existirían si fuese necesario para abastecer a la propia población agraria, a las familias de los propietarios, a los agricultores y a los campesinos en todo su conjunto.

Por supuesto, la diferenciación entre clases demuestra que toda la tierra está cubierta por explotaciones, pero esto ha sucedido no solo porque los campesinos hayan tomado pequeñas y medianas granjas poco a poco, sino también porque lo han hecho de forma pacífica. En mayor cantidad resultaron el total de apropiaciones, principalmente por parte de los conquistadores bélicos que empleaban la violencia; y posteriormente por los especuladores, que hacían uso de leyes injustas o cometían fraudes, robos de terrenos de dominio público, sobornos a cargos públicos, abuso de autoridad, todo tipo de usuras y más. Dos de los grandes maestros de Marshall eran conscientes de ello. John Stuart Mill observó que «el orden social de la Europa moderna comenzó con un reparto de la propiedad que no fue el resultado de un reparto equitativo o de la adquisición mediante la actividad, sino de la conquista y la violencia». Por su parte, Adam Smith dijo:

«Cuando las naciones germanas y escitas invadieron las provincias occidentales de Imperio romano, los jefes o los principales líderes de tales naciones iban adquiriendo, o usurpando para sí, la mayoría de las tierras conquistadas. Y la mayor parte de estas grandes posesiones fueron a parar a manos de un reducido número de propietarios21».

Además, Mill comentó que:

«En el nuevo marco en el que ahora se encuentra la sociedad europea, la población de cada país debería ser considerada como un conjunto, en proporciones desiguales, de dos naciones distintas o razas: la primera formada por los propietarios de los terrenos, y la segunda por sus campesinos».

De esta manera, surgió la distribución primaria de los factores o agentes de producción. El capitalismo naciente heredó de su predecesor el absolutismo feudal; se hizo cargo de las instituciones básicas del feudalismo, principalmente de dos: del privilegio de la administración del Estado y del monopolio de las tierras. En otras palabras, se hizo cargo de la dominación y de la distribución de las clases feudales. Se abolió la legalidad de la servidumbre, pero únicamente como mero formalismo, ya que se les arrebató su bien más preciado, ser copropietarios de los terrenos junto con los terratenientes. Por tanto, se les dio únicamente la cubierta de la libertad ya que la libertad sin propiedad es una burla.

Es imposible comprender cualquier época histórica sin partir de su «primera constelación»; la suma total de las instituciones fue asumida por su precursor más inmediato. Indiscutiblemente, el capitalismo fue una época histórica. El intentar explicar sus fenómenos, mientras se ignora su primera constelación, conduciría a un fracaso absoluto. La ley de acumulación originaria muestra unas contradicciones evidentes con todos los hechos de la historia. Karl Marx la denominaba con justificada burla como el «abecedario de los niños» o la «cartilla infantil». Además, puntualizó de forma acertada que:

«En la historia real como es sabido, la conquista, la subyugación, el homicidio motivado por el robo: en una palabra, la violencia, ha desempeñado un gran papel. En la economía política, tan apacible, desde tiempos inmemoriales ha imperado el idilio. El derecho y el "trabajo" fueron desde épocas pretéritas los únicos medios de enriquecimiento».

Los economistas burgueses, empecinados en esta utopía, sustituyeron el liberalismo, como la tradicional palabra de Dios, por lo que con razón denominan «economía vulgar».

Marshall resta cierta importancia a este problema; describe a un grupo de personas libres e iguales que no son, como sus predecesores dijeron, y como algunos de sus sucesores increíblemente dicen, el histórico punto de partida de la evolución, y sí como «un mundo imaginario en el que cada cual sea propietario del capital que le ayuda en su trabajo»22. Por supuesto, aquí, todos los ingresos son iguales; sin embargo, «el aumento de la población, si persiste durante bastante tiempo, deberá superar a la larga las mejoras en los métodos productivos y dar lugar así a que la ley del rendimiento decreciente haga sentir su influjo en la agricultura»23. Entonces de repente comenta que:

«Podemos dejar ahora este mundo imaginario […] y volver a nuestro mundo real, donde las relaciones entre el capital y el trabajo desempeñan un papel fundamental en el problema de la distribución»24.

Esta es la ley de acumulación originaria de la formulación que Malthus dio en su desafortunado Law of population. Marshall sabía, naturalmente, que Malthus incumplió la condición por la cual la ley de rendimiento decreciente es válida. Uno de los postulados de Nassau Senior fue que «la capacidad agrícola continúa intacta». El pasaje que se cita a continuación lo demuestra, ya que Marshall dice expresamente:

«Ricardo y los economistas de su época se apresuraron demasiado a deducir esta inferencia de la ley del rendimiento decreciente y no tuvieron suficientemente en cuenta el aumento de posibilidades que dimana de la organización. Pero, en realidad, todo agricultor recibe ayuda de los vecinos, ya sean agricultores o habitantes de la ciudad».

Y cita aquí todos los argumentos convincentes con los que el economista americano Henry C. Carey logró refutar al maltusianismo: facilitar nuevos caminos, mercados, todo lo necesario para las labores agrícolas, aumento de los precios y ganancias, etc.25 Lo que no se pregunta, y está obligado por lógica a hacerlo, es, si tal vez, la «mejora de las habilidades agrícolas» no sería la consecuencia necesaria del crecimiento de la población, gracias a la teoría sobre la división del trabajo que debemos al genio de Adam Smith.

Él no se ha cuestionado esto; pero, al igual que Malthus, es de la opinión de que la ley de rendimiento decreciente es simplemente una variación de la ley de población. Lo mejor de todo esto es que un erudito como Marshall, que escribía desde tan recientemente, se pudiera exponer a sí mismo al ridículo profesando esta pseudo-ley ya explotada. Sin duda, en los países del capitalismo moderno en la actual situación de paz «la tendencia constante que se manifiesta en todos los seres vivos es la de multiplicar su especie, aunque no lo permitan los alimentos de los que disponen»; de manera inversa, la producción de alimentos se queda pequeña en relación con la cantidad que consume la población, lo cual constituye un grave peligro para la agricultura. Y sin lugar a dudas, las naciones modernas mostraban la tendencia de decrecimiento en vez de la de crecimiento «en una progresión geométrica». Por esta razón, ya no se enseña a la clase trabajadora que únicamente la «restricción moral (o prudencia)» puede redimir el hecho de engendrar niños, sino que por el contrario, es un deber patriótico tener tantos hijos como sean posibles para evitar así «el suicidio de la raza».

Todo esto no existe para Marshall; él considera todas las posibilidades. La parodia de la auténtica ciencia ha sido denominada por Marshall como «Vaticinador del maltusianismo. Malabares con las cifras», lo que ha provocado que:

«Entre tanto, se efectuarán probablemente grandes progresos en las artes de la agricultura, y, si así fuere, podrá contenerse la presión de la población sobre los medios de subsistencia por unos doscientos años, pero nada más. […] Los obreros no especializados pocas veces, o nunca, siempre que no exista una causa que impida su aumento en número, se duplican, generalmente, cada treinta años, es decir, se multiplican un millón de veces en seiscientos años y un billón de veces en mil doscientos años»26.

¡Un desarrollo vaticinado de un futuro más o menos lejano se considera lo suficientemente válido como para explicar los fenómenos del presente y del pasado!

Marshall da pequeñas evidencias sobre su conocimiento acerca del importante papel que juega la violencia en el desarrollo de la sociedad. En ocasiones hace alusión a «expoliación o fraude»27 en contraste con el trabajo personal, las herencias y el intercambio justo; sin embargo, no aporta ninguna conclusión sobre estos hechos. En relación con la monopolización de las tierras, solo observa que:

«A largo plazo, las ganancias de cada agente son, por regla general, solo suficientes para recompensar la suma total de esfuerzos y sacrificios requeridos para producirlos […] con una excepción que se aplica en un sentido a la tierra […] también podría aplicarse a muchos terrenos en los países viejos si pudiésemos seguir la historia de estos, desde sus orígenes primitivos. Pero el tratar de hacerlo suscitaría controversias en la Historia y en la Ética, lo mismo que en la Economía, y el objetivo de nuestro estudio se orienta hacia el futuro en lugar de ser retrospectivo»28.

Aquí se ha cometido un pecado capital contra la lógica de la abstracción de lo esencial. Ningún autor, teniendo ya su objetivo delimitado, tiene derecho a eludir las preguntas incómodas o difíciles y de ninguna manera las que son pertinentes o simplemente controvertidas.

6. Salarios y teorías del salario

La ciencia económica le debe a Henry George el descubrimiento de la ley general de salarios y su especial aplicación al salario capitalista: «Los salarios están determinados por el margen de cultivo, que es la retribución que podrían obtener con el trabajo a partir de aquellas oportunidades naturales que les son accesibles sin pago de una renta». En esta definición, el término «wages» viene a ser la retribución del trabajo, ya sea dependiente o independiente (trabajador autónomo o empleado). La fórmula para definir a la mano de obra contratada solo se puede expresar de la siguiente manera: «El salario de un productor dependiente está determinado por la cantidad que es capaz de ganar un productor independiente marginal de igual cualificación»29.

El productor independiente marginal con una cualificación «media» o normal está representado, en una sociedad sin monopolización de la tierra, por los campesinos marginales. Estos poseen todas las tierras que quieren y que son capaces de trabajar; además, están equipados con ganado, herramientas de labranza y maquinaria. Sin embargo, en una sociedad donde la mayor parte de los terrenos pertenecen a las grandes fincas y por tanto, donde la tierra ya no es de libre acceso para ellos, el productor independiente marginal está representado por personas que explotan los recursos naturales de los que todavía no se han adueñado; es el caso de las frutas silvestres, el cristal, etc.; o aquellos que ofrecen ciertos servicios que no requieren un equipamiento costoso; como los contrabandistas, los mensajeros, los vendedores ambulantes, los hombres y mujeres que se prostituyen, etc. Todo esto no es más que una «evidencia», es decir, no necesita ninguna demostración y podría haber sido utilizado por todos los economistas de no existir la teoría psicológica descrita por el arzobispo Whately, que decía que «incluso los axiomas de Euclides pueden ser rechazados si ponen en grave peligro los intereses políticos o económicos».

Antes, el liberalismo burgués solía explicar los salarios mediante la llamada «Wage-Fund Theory» o Teoría del fondo de salarios. (La idea era que se necesitaba una cantidad fija del capital para poder contratar la mano de obra. Esto representa la demanda en el mercado laboral, es decir, el número de trabajadores representa la oferta. Por tanto, el salario es el cociente de la fracción: el fondo de salarios entre el número de trabajadores)30.

Las ideas que tiene Marshall acerca de los salarios demuestran la misma falta de determinación y poco esfuerzo, de lo cual nos hemos quejado en otras ocasiones. En principio, está de acuerdo con la tristemente célebre teoría del salario de Ricardo: «El precio de oferta de una cierta clase de trabajo puede, para ciertos fines, dividirse en los gastos de crianza, de educación general y de educación industrial general»31.

Aunque hay pasajes más concretos que lo demuestran:

«Si las condiciones económicas de un país permanecieran estacionarias durante un tiempo suficientemente largo, esta tendencia se realizaría con un ajuste tal de la oferta a la demanda que tanto las máquinas como los seres humanos guardarían generalmente una cantidad que correspondería con bastante exactitud a su coste de manutención y enseñanza, incluyendo en este, tanto las cosas de necesidad convencional como las estrictamente necesarias»32.

La cualificación, como una «necesidad convencional», está diseñada para evitar las consecuencias de lo que se acepta aquí sobre la «Ley de Hierro de los Sazlarios». Sin embargo, Marshall es realmente un creyente de esta pseudo-ley, como lo es todo seguidor de Malthus:

«Un aumento en los ingresos vendría a producir un incremento tan grande de la población que pronto bajarían estos nuevamente hasta alcanzar el antiguo nivel. En la mayor parte del mundo, los salarios están regidos por la llamada ley de hierro o de bronce»33.

La doctrina de Ricardo, incluso con una formulación menos rígida y teniendo en cuenta las necesidades convencionales, ha sido desmentida tan a menudo y de una forma tan convincente que resulta vergonzoso repetir de nuevo los mismos argumentos. Desafortunadamente, la economía es la ciencia en la que las teorías rebatibles siempre resurgen, mientras que las que son demostradas siempre permanecen en secreto. Es como si se aceptara el supuesto de que un químico hace aparecer la partícula fantasma del flogisto; o que un astrónomo experimenta con el ptolomeismo o, en el caso que nos ocupa aquí, la aceptación de la economía «vulgar».

Ésta se basa en una confusión de contenido (y del uso), o, más bien, de compra y contratación. Es cierto que en la teoría estática el precio de compra de una máquina corresponde a su coste de producción; sin embargo, el precio de contratación es algo completamente diferente. Un ser humano-máquina solo se podía adquirir en los lugares donde era legal la esclavitud, aunque solo estaban a la venta para su «uso» durante el capitalismo. Los trabajadores pueden contratarse pero no comprarse; los salarios son los precios, no de los productos sino de su fuerza de trabajo, de su uso, es decir, de los servicios que da; un precio que no corresponde con el coste de «alimentarlos e instruirlos».

El propio Marshall siente que esta teoría queda muy lejos de ser satisfactoria, incluso cuando desde un principio la acepta. La cualificación relativa a las «necesidades convencionales», denota una gran de falta de esfuerzo y, lo que es peor, la última conclusión determina inevitablemente la tendencia de que los salarios se aproximarán a la ley de hierro. Por esta razón, buscó una forma más precisa de determinar los salarios y la encontró en la doctrina de la escuela austriaca que, por su parte, se apoya en ciertas ideas de Thünen, que escribió:

«Si en una finca, hasta ahora, veinte familias realizan todo el trabajo y se contrata a una familia más, con el correspondientemente aumento del número de animales de carga, las labores de siembra y cosecha se realizarán en menos tiempo y será más ventajoso. El trabajo de sembrar y recolectar puede ser optimizado; además, se podrán trillar los cereales y se recolectarán las patatas de una forma más limpia. Por tanto, el capataz debería seguir contratando a más familias hasta que el beneficio producido por el último trabajador contratado sea equivalente al valor del salario que percibe».

Obviamente, esto no significaba que fuera una teoría. Thünen tenía una teoría de salarios que dista totalmente de las ideas que se mostraban en el fragmento citado, aunque sí se parecen a las ideas de Henry George (1839-1897), que determinó los salarios a partir de los ingresos que un trabajador independiente podía ganar en un terreno disponible.

En el susodicho pasaje solo se dice que la estática del equilibrio no se alcanza hasta que el producto marginal del último trabajador contratado sea igual al salario que recibe. El salario es la variable independiente y la ampliación de la producción la variable dependiente; la ampliación de producción determina el salario mínimo, aunque no se comprende que el alcance de la producción determine la cuantía del salario.

Los marginalistas australianos, sin embargo, no entienden a Thünen precisamente por esto. Ellos creen que los salarios están determinados por el alcance de la producción, que consideran como la variable independiente. El error reside, como bien señala Marshall, en el uso de palabras ambiguas: «to determine» puede significar, primero, determinar, y segundo, definir. Marshall emplea los términos «regular» e «indicar», y así escribe:

«Muchos autores capacitados han supuesto que representa el uso marginal y regula el valor de la totalidad. Pero no es así: la doctrina dice que debemos ir hacia ese margen para estudiar la acción de aquellas fuerzas que regulan el valor del producto, y esto es muy distinto»34.

Por tanto, razona correctamente cuando escribe que: «la competencia de los patronos tiende a ajustar los salarios del trabajo a su producto neto, graduado según la eficiencia»35 o que «los salarios de todas las clases de trabajadores tienden a ser iguales al producto neto debido al trabajo adicional del trabajador marginal de dicha clase»36.

Pero, desafortunadamente, esto no nos acerca a nuestro objetivo de alcanzar una teoría de salarios óptima. Marshall se limita a señalar una de las muchas características del equilibrio estático, pero no dice en qué ocasiones sucede, o cómo se produce. Pero solamente, si se produjera ese equilibrio, los salarios serían iguales al producto marginal del trabajador marginal; del mismo modo significaría que, para que la oferta y la demanda fueran iguales el productor marginal tendría que tener una cualificación media; o también, que una hectárea de terreno produzca salarios y beneficios, pero no rentas, etc.

Estas afirmaciones ni siquiera nos permiten un pequeño acercamiento hacia nuestro objetivo. Marshall de forma acertada subraya que las variaciones solo se producen en una situación de equilibrio estático37, el cual no se alcanza nunca. Thünen, además, desarrolló su ley tomando como ejemplo una empresa agraria, y algo que es más importante, el empleo de veinte familias de jornaleros. El administrador de cada finca puede averiguar fácilmente qué trabajo podría hacerse mejor si se contratan una o más familias. A modo característico, Marshall ilustró su opinión de forma parecida, y contrariando así su procedimiento habitual, empleó ejemplos sencillos y similares: una empresa ferroviaria considera la posibilidad de contratar un guardia adicional para un tren determinado y así ganar tiempo; un responsable de una explotación agrícola se plantea si contrata más pastores.

Sin embargo, sigue siendo un misterio tanto para los marginalistas australianos como para Marshall el hecho de cómo el gerente de una gran planta industrial averigua el valor monetario de un producto del último trabajador contratado a fin de medir su rendimiento de manera correcta. Él cree que:

«Naturalmente, el producto neto del trabajo de un individuo no puede ser separado mecánicamente del de los demás que trabajan junto a él»38.

Y por último, pero no menos importante, se presupone en esta consideración que el empresario industrial, por una ley de la naturaleza, por llamarlo de algún modo, puede encontrar tantos trabajadores como desee. Este sistema salarial se considera como «normal» o «natural».

7. Mercado de trabajo

Marshall conocía todos los elementos necesarios para desarrollar una teoría del salario acertada. Describe la relación entre el monopolio y los trabajadores, donde estos últimos se ven obligados a vender su trabajo por debajo de su valor:

«Cuando un trabajador tiene miedo al hambre, su necesidad de dinero es muy grande, y si, al empezar, sale perdiendo, este sigue siendo […] Lo que ocurre con toda probabilidad, porque mientras que en un mercado de mercancías las ventajas están bien distribuidas entre compradores y vendedores, en un mercado de trabajo se inclinan más a menudo del lado de los primeros que de los segundos»39.

Y continúa:

«El trabajo se vende a menudo en condiciones especialmente poco ventajosas, que nacen del grupo de hechos íntimamente relacionados entre sí, de que la potencialidad del trabajo es perecedera, de que los vendedores del mismo son generalmente pobres y carecen de fondo de reserva, y de que no pueden retirarlo fácilmente del mercado. Estas desventajas, donde existen, son de efectos acumulativos»40.

Esta es una descripción precisa del intercambio de relaciones con el monopolio. Resulta inconcebible que un erudito como Marshall no reconociera este hecho, ya que sabía a la perfección lo que es y lo que genera un monopolio:

«Podría ocurrir que los vendedores se uniesen y fijasen un precio artificial de monopolio, es decir, un precio determinado, no en consideración al coste de producción»41.

Esta reflexión tiene en cuenta la posibilidad de que en una ciudad los compradores sean capaces de aprovecharse al máximo del mercado de los pequeños agricultores por un monopolio de compra y de los habitantes por un monopolio de venta; y también es consciente del monopolio creado mediante falsos embargos:

«No existe relación entre el coste de reproducción y el precio cuando se trata de alimentos en una ciudad sitiada; entre el coste de la quinina, cuyo suministro ha llegado a faltar en una isla afectada por la malaria»42.

Y también está familiarizado con «el hecho de que los suelos ricos estén mal cultivados porque quien podría trabajarlos bien no puede acceder a ellos»43.

Un monopolio se crea por la urgencia de un deseo personal de intercambio. Esta es una de las observaciones más antiguas sobre la economía que se estableció durante sus inicios, mucho antes de que Quesnay sentara las bases del análisis científico de la vida económica. En el anterior fragmento citado, Marshall describe de forma exhaustiva la urgencia personal de un trabajador. Por tanto, es inconcebible que se equivocara al determinar lo que claramente es un monopolio de compra. Su postura es la más enigmática, ya que si se mira atrás, sus apreciados maestros lo denominaban por su nombre correcto. John Stuart Mill escribió: «La propiedad de los bienes raíces en todos los países de la Europa moderna provienen del origen de la fuerza […] La tierra en su conjunto es un monopolio»44.

Adam Smith señaló que «la renta de una tierra, considerada como el precio que se paga por trabajarla, proviene, naturalmente, de un precio de monopolio».

Este monopolio, en primer lugar, no es un monopolio de venta, sino de compra donde se permite a los monopolistas adquirir los servicios de un trabajador por debajo del precio estático; y en segundo lugar, es un monopolio artificial que se produce por la escasez natural y por el aumento de un determinado producto. El ingreso medio de una persona cualificada es en estática, como ya hemos señalado, equivalente a (J). Sin embargo, en el capitalismo, el productor independiente marginal y, por ende, el trabajador dependiente, gana I - m; donde m  equivale a la cantidad que el contratante tiene derecho a deducir como ganancias del monopolio. Esta es una explicación muy básica de la «plusvalía», la cual pasa por alto Marshall y, como se aprecia, es muy simple.

Desentrañado ya el problema de los salarios, podemos dejar de lado cuestiones menos importantes como la gradación de la cualificación que, por cierto, no se identifica con la «eficiencia», como presupone Marshall; y cómo el proceso dinámico trata de restablecer el equilibrio a pesar de las alteraciones en la sustitución de trabajadores adultos y en jóvenes que eligen una ocupación más favorable45. Marshall se explaya en estos problemas tan obvios a lo largo de tres extensos capítulos, pero este no es lugar para examinarlos más a fondo.

8. Beneficio y teorías del beneficio

Si una teoría de salarios es acertada, también lo es una teoría del beneficio. El beneficio es la cantidad (m) que recibe el propietario de los medios (o instrumentos) de producción como ganancia de su monopolio de compra de aquella clase que no los tienen, es decir, de aquellos que no poseen los instrumentos de producción.

Todos los puntos de esta doctrina se pueden encontrar en el capítulo VIII de libro 1º de la obra de Adam Smith Wealth of Nations. Desafortunadamente, en ella se combinan elementos de otros desarrollos, por lo que es el último eslabón de todos los errores de la economía burguesa.

La teoría correcta reside en los siguientes pasajes:

«El producto del trabajo constituye una recompensa natural o el salario del mismo. […] Tan pronto como las tierras pasaron a ser propiedad privada, los propietarios comenzaron a reclamar una renta de lo producido. […] Su renta es la primera deducción que se hace del producto del trabajo que se emplea en la labor de la tierra. […] Rara vez, la persona que trabaja la tierra tiene otro medio de subsistencia. […] Por lo general, se suele adelantar su mantenimiento tomándolo del capital del patrón. La ganancia misma es la segunda deducción que se hace del producto del trabajo que se emplea en la labor de la tierra. […] El producto de cualquier otro trabajo está sujeto a la misma deducción de las ganancias. En todas las artes y manufacturas la mayor parte de los trabajadores necesitan de un patrón que les proporcione los materiales de trabajo, el salario y el sustento hasta que ésta sea concluida»46.

Esto es liberalismo puro y duro. Sin embargo, se echa a perder por el siguiente fragmento, que contiene el error de base de la economía burguesa:

«Pero aquel estado primitivo en que el trabajador gozaba de todo el producto de su propio trabajo no podía seguir después de la introducción de la propiedad de tierras y de la acumulación de fondos. Por tanto, debemos suponer que esa situación dejó de existir mucho antes de que se verificaran los progresos que se llevaron a cabo en los principios productivos del trabajo; aunque no es cuestión de seguir indagando en los posibles efectos en la recompensa o en los salarios».

La frase «and the accumulation of stock» marca el momento en el que el liberalismo social se desvió hacia el callejón sin salida que constituía la economía burguesa. El mayor error que cometió Smith fue considerar que la cooperación y la producción no pueden progresar a menos que la totalidad de las existencias de los medios de producción necesarios para el proceso productivo fueran acumuladas por personas, que previamente las habían eliminado del consumo para después ponerlas a disposición de los productores. Todo este proceso conllevaría un sacrificio y no se realizaría a menos que se ofreciera una recompensa: ¡beneficios!

Las siguientes generaciones de economistas burgueses que desconocían por completo esta primera doctrina, se dedicaron a enseñar y promulgar únicamente la segunda. Nassau Senior fue más allá al afirmar que se debían realizar dos tipos de sacrificios en todas las etapas de la producción: trabajo de los trabajadores y la abstinencia de los capitalistas; los cuales, por consiguiente, y como él mantiene, estarán obligados a compartir el producto. El término fue del todo inapropiado; Ferdinand Lassalle (1825-1864) presentó al barón de Rothschild como el primero de todos los «abstinentes»; un macilento penitente; un estilita que sostiene un tazón de mendigo con sus descarnadas manos.

Para evitar esta imprecisión terminológica, Marshall utilizó un término más prudente: waiting (esperar). «La posibilidad de ahorrar es mayor entre los más ricos»47, señaló. Se trata exactamente de la misma teoría, lo único es que se engalana de acuerdo a la moda con algunos complementos marginalistas.

«Las incomodidades son, generalmente, dos: el trabajo y el sacrificio que supone posponer el consumo»48.

«La principal causa de la demanda de capital surge de su rentabilidad. La oferta del capital se rige por el hecho de que, con el objeto de acumularlo, los hombres deben obrar mirando hacia el futuro, es decir, deben sufrir la espera y ahorrar; deben sacrificar el presente en aras del futuro»49.

«Estamos justificados al considerar el interés del capital como la recompensa del sacrificio que supone la espera del disfrute por los recursos materiales»50.

Esta teoría está mal y puede ser destruida con dos planes de ataque: el primero serviría para todo el conjunto de teorías del cual forma parte; y el segundo, solo para ella.

Este conjunto de teorías engloba aquellas que tratan de explicar el beneficio de modo que, de una forma u otra, el capitalista tendría derecho a recibir algo más que sus costes de producción; debería recibir una recompensa por su trabajo que tendría que estar incluida en dichos costes. Por tanto, ¿se cita la productividad del capital o su rendimiento?; ¿el empleo de su capital o su abstinencia o su espera?; y así sucesivamente. Todas y cada una de las innumerables combinaciones y modificaciones se asemejan a lo que Marshall denomina «private-economic bias». Adam Smith dio una respuesta de acuerdo con la política económica de las ciudades estatutarias, donde cada comercio fija los precios de modo que excedan el gasto real de los materiales con los que trabajan. Así, destacó que:

«Como consecuencia de estos principios, cada gremio se veía obligado a tomar las materias que necesitaba comprar dentro de la ciudad y, muchas veces, a un precio más alto del que ya lo habían hecho. Aunque, en recompensa, estaban autorizados a vender sus productos tanto o más caros; de modo que nadie perdía».

Sin embargo, esta política resulta razonable porque con estas normas eran capaces de explotar a los campesinos, con los cuales mantienen un vigoroso monopolio de venta. A diferencia de estos, los empresarios capitalistas no poseen este tipo de monopolio. Marshall, por tanto, expone de forma acertada lo siguiente:

«Supongamos que, gracias a un inexplicable privilegio, el vendedor puede vender la mercancía por encima de su valor, por ejemplo a 110, a pesar de que solo vale 100 y se embolsará, por tanto, una plusvalía de 10. Pero, después de ser vendedor pasa a ser un comprador. Ahora, un tercer poseedor de mercancías entra en juego y tiene, a su vez, el privilegio de vender su mercancía un 10 por ciento más cara. Nuestro héroe habrá ganado 10 como vendedor, para volver a perder 10 como comprador».

Esta misma retribución es la que pueden agregar los capitalistas a lo que uno ya ha agregado a la mercancía. Por tanto, no se puede obtener ningún beneficio si no existe un monopolio; uno de venta en el caso relatado por Smith, y que Marshall no logró ver, y uno de compra en el caso que analiza este último.

Esta refutación a todas las teorías burguesas del beneficio es tan convincente que Joseph Schumpeter no tuvo otra salida más que declarar que no hay una ganancia estática y que esta se tiene que deducir como un fenómeno dinámico. Esto fue una actuación desesperada; además, resulta innecesaria en cuanto se reconoce que se trata de un monopolio.

La segunda refutación sostiene que la noción de «capital», tal y como la consideran los economistas clásicos y postclásicos, es ambigua; lo cual hace que la doctrina sea una continua cadena de equívocos.

9. Teorías sobre el «Capital»

En su origen, con «capital» se hacía referencia al importe principal (o capital) de un préstamo en contraposición al interés que genera el mismo. Cuando surgieron los beneficios como un nuevo tipo de ingreso de los empresarios ‒independientemente de las voluminosas rentas de estos terratenientes‒ se planteó el problema de cómo explicar esta nueva situación y, del mismo modo, cómo justificarla. Estas cuestiones fueron resueltas por un extraño concepto según el cual el capitalista se presta a sí mismo una cierta cantidad de dinero con intereses, con lo que puede adquirir ahora los medios de producción que necesita; de modo que, el capitalista desarrolla el papel tanto de usurero como de víctima. Este sistema de contabilidad de doble entrada recién introducido ayudó a mantener la ilusión; el empresario transfiere una cantidad de dinero de su cuenta personal, que es la que da el crédito, a la cuenta de la empresa, que es la deudora. Esta práctica constituye el origen de la curiosa expresión de «adelantar» el «capital» a las empresas y la costumbre de denominar también como «capital» a las cosas materiales útiles compradas con ese «adelanto».

De modo que, el concepto de «capital» adquiere dos sentidos; hace referencia tanto a los instrumentos de producción como al derecho de una propiedad lucrativa a producir intereses o beneficios.

Ahora, los instrumentos de producción son algo material, mientras que los derechos son algo inmaterial; lo primero, una técnica; lo último una categoría sociológica, ya que los derechos no existen a menos que haya una sociedad. Son dos cosas completamente distintas, por lo que es un pecado mortal contra la lógica el identificarlos con el mismo nombre. Marshall, que fue un entendido de las matemáticas, sabía perfectamente que estaba prohibido juntar «peras y manzanas», como hemos aprendido todos en sexto curso. Sin embargo, al igual que toda su escuela, no vacila en añadir cosas materiales y derechos:

«Los bienes materiales comprenden las cosas materiales útiles y todos los derechos a poseer, utilizar o derivar beneficios de las cosas materiales o de percibirlos en el futuro»51.

«Por capital se entiende toda provisión almacenada para la producción de bienes materiales y para la consecución de beneficios que se cuentan, generalmente, como parte de la renta. Es la cantidad de riqueza almacenada considerada como un agente de producción, más que como una fuente directa de satisfacción»52.

La primera consecuencia al emplear esta errónea terminología es la ridícula práctica de asemejar el «capital» con los burdos útiles de las tribus más primitivas: el arco de un cazador, la red de pesca o el arado de un campesino53. En una nota al pie, Marshall, intenta justificar este hecho con un reproche que se merece hasta su propia transgresión:

«He aquí un notable ejemplo de los peligros que encierra el hacerse esclavo de las palabras, para evitar el arduo trabajo que es necesario para descubrir la unidad de esencia que existe bajo la variedad de formas»54.

Los instrumentos materiales y los derechos no tienen, desde luego, ninguna unidad de sustancia. El arado de una caña de timón primitiva tiene su opuesto material en la fábrica moderna, pero el beneficio moderno tiene su opuesto no material en el gran interés de los usureros por seguir extorsionando a víctimas de muchas tribus primitivas.

La ridícula costumbre de considerar el «capital» como el instrumento de trabajo más primitivo tiene el oculto propósito de presentar el capitalismo como la realización intemporal de la perfecta libertad económica; en vez de lo que es en realidad, una época histórica en la cual la ciencia tiene que lidiar con los mismos métodos que en todas las épocas históricas, y eso se hace teniendo en cuenta su «primera constelación».

Después de que Marshall distinguiera con astucia entre los utensilios de cocina de un campesino primitivo, lo cuales no forman parte del capital, y de un arado, que sí lo es, enumera así los elementos que componen el «capital mercantil»:

«Entre sus elementos salientes se hallan la fábrica y la instalación mercantil. […] A las cosas que están en su poder deben añadirse aquellas sobre las cuales posea algún derecho y de las que obtiene alguna renta, y todo el capital que pueda disponer según las formas complejas del moderno mercado monetario. Por otra parte, las deudas que pueda tener deben deducirse de su capital»55.

Es muy fácil, por supuesto, simplificar estos elementos, que en principio son incompatibles, bajo un denominador común. No es «su maquinaria, sus materias primas, y los alimentos, vestidos y viviendas de los que puede disponer para sus empleados» lo que forma parte de su «capital, desde un punto de vista individual», sino simplemente su derecho a utilizar todo eso para su propio beneficio. Desde un punto de vista sociológico, todos estos elementos conforman derechos de propiedad, ya que para alcanzar los objetivos de la economía resulta indiferente que algunos de estos objetos, desde un punto técnico, sean materiales o inmateriales.

Esta confusión es el último bastión de la economía burguesa. Abandonar significaría la retirada de la última posición estratégica desde donde el orden capitalista, que se basa en el monopolio del suelo, se podría defender. Para ello sería necesario reconocer la veracidad de la fórmula, cuya formulación debemos al gran Karl Marx:

«Un negro es un negro. Solo en determinadas condiciones se convierte en esclavo. Una máquina de hilar algodón es una máquina para hilar algodón. Sólo en determinadas condiciones se convierte en capital y genera plusvalías».

La «relación con el capital» es una condición que se da cuando todos los instrumentos de producción se agrupan en un extremo de la sociedad y los trabajadores libres se agrupan en el otro; aunque siendo libres en un doble sentido, tanto político –no son ni esclavos ni siervos–, y económico –después de haber sido despojados de los medios de producción que poseían–. Este es el monopolio del capital, arraigado en, como en ocasiones confesaba Marx, en el monopolio de la propiedad de la tierra.

Sin embargo, hay cosas que si se hablan pueden ser tomadas como una falta de respeto por parte del criadero burgués. Los expertos se aferran desesperadamente a la lógica de añadir peras y manzanas para lograr así su objetivo de explicar, y al mismo tiempo, justificar el beneficio del capital como retribución de un servicio prestado a la sociedad y como una «ganancia» natural, necesaria por ley natural y, luego, por ley moral.

10. Capital y bienes de adquisición

Como ya se ha dicho, la justificación del beneficio se basa en la afirmación de que la totalidad de las existencias de los instrumentos de producción deben ser «acumuladas» por particulares durante un cierto tiempo, con el fin de disponer de ellas más adelante; aunque, como ya se dijo, a esta afirmación se llegó a través de una cadena de errores. En definitiva, la mayor parte de los instrumentos materiales no son acumulados en un periodo anterior, sino que son producidos en el mismo periodo en que se van a utilizar. Lo que sí se acumula es el capital, pero en el otro sentido, que se puede denominar para el fin que nos ocupa como «capital monetario», aunque este no es necesario para el desarrollo de la producción.

Hace como un siglo, Rodbertus demostró sin lugar a dudas que casi todos los «bienes de inversión» necesarios para la producción se crean en el mismo periodo; incluso a Robinson Crusoe solo le fue necesario un juego de herramientas básico para comenzar su trabajo, y que al igual que su canoa, le ocupó varios meses. Un productor moderno se provee de bienes de inversión a la misma vez que estos son manufacturados; del mismo modo que Crusoe fue capaz de deshacerse de una herramienta inservible, en ocasiones, haciéndola él mismo, mientras construía un barco.

El capital monetario, por otro lado, también se debe ahorrar, aunque no es estrictamente necesario para el desarrollo de la técnica. Este puede ser sustituido, como bien señaló Marshall por cooperación y crédito56, ya que incluso, concibe un desarrollo en el cual los cooperadores les prestarían sus ahorros a personas de confianza sin cobrar interés alguno y pondrían ellos mismos de su dinero para tener un beneficio seguro. Normalmente es cierto, bajo términos capitalistas, que se necesitan algunos propietarios de capital monetario para las empresas del sector; aunque, desde luego, no se necesitarían para toda la cantidad de trabajo que costaría. El capital monetario inicial de un empresario privado jugaría simplemente, como bien se dijo, el papel de una cámara de aire en un coche de bomberos; convertiría los ingresos irregulares de los bienes de inversión en ingresos regulares.

Ahora, todo este fárrago sobre la teoría del capital está filtrado y clasificado. Cuando se demuestra que el capital es indispensable, la parte material de esta cabeza de Jano económica se perfila hacia los bienes de inversión; cuando se demuestra la acumulación, la espera y el sacrificio se perfila la otra cara, la que mira al capital monetario. Esto, en el lenguaje de hoy día, resulta un desatino total. La decencia y la honestidad científica precisa de una terminología que excluya tal equivocación.

Rodbertus propuso considerar los instrumentos como «capital social» y los derechos de propiedad como «capital privado». Su discípulo, Adolph Wagner, uno de los investigadores más honestos de nuestra disciplina, aceptó esta distinción; hacía referencia al «capital en el sentido de la economía privada» y al «capital en el sentido de la economía pública». ¡En vano! Ni siquiera la gran autoridad que tenía Wagner fue suficiente para convencer a los economistas vulgares. Aún es necesaria una terminología que no sea propensa a malas interpretaciones. Por esta razón, este autor utilizaba el término «bienes de adquisición» para los materiales de los medios de producción y reservaba el término «capital» para utilizarlo con su significado original: derecho de propiedad que genera una serie de ingresos que no se perciben por el trabajo.

Marshall aporta un llamativo ejemplo sobre la importancia de una reforma radical de la terminología económica. Utilizaba expresiones de Wagner que no comprendía; llamaba «capital, desde el punto de vista individual o mercantil» al fárrago de bienes materiales y derechos no materiales enumerados anteriormente57, y presenta un enredo parecido como «capital social»:

«Por consiguiente, en este tratado nos proponemos considerar como parte del capital, desde un punto de vista social, todas las cosas distintas de la tierra que producen renta o ingresos; considerados [...] en unión con otras cosas análogas de propiedad pública, tales como las fábricas propiedad del Gobierno. [...] Así, pues, el término capital comprenderá todas las cosas destinadas a fines comerciales, ya se trate de maquinaria, materias primas o bienes terminados; los teatros y hoteles, las casas y granjas, pero no los muebles y vestidos pertenecientes a sus usuarios»58.

Este tan solo es uno de los innumerables intentos de superar las dificultades en las que los economistas burgueses se encuentran inmersos como resultado de esta ambigua definición. Un teatro, un hotel, el stock de bienes de consumo de un minorista no son desde luego «instrumentos de producción»; sin embargo, si son «capital». De ahí que los tratados de economía estén plagados de enumeraciones de lo que es o no «riqueza», «capital», «riqueza nacional» o «capital nacional». Estas enumeraciones distan mucho las unas de las otras; de igual modo en que todos los que añaden peras y manzanas no logran ponerse de acuerdo en el resultado de la suma.

Esta situación ofrece una gran oportunidad de ahondar profundamente en problemas, que no son problemas al fin y al cabo; de despertar enemistades entre los eruditos y de elaborar la disertación más trabajada. Estas acrobacias con la lógica serían más divertidas si no hubiera tanto en juego. La pseudo-ciencia económica prohíbe la salida del caos económico mundial actual, por lo que se deben superar los obstáculos. [Recibida el 15 de octubre de 2015].

Complemento Bibliográfico

Bernhard Vogt, Franz Oppenheimer: Wissenschaft und Ethik der sozialen Marktwirstchaft, Bodenheim, 1997.

Franz Oppenheimer, Schriften zur Soziologie, ed. Klaus Lichtblau, Springer Fachmedien, Wiesbaden, 2014.

Volker Kaspan y Klaus Lichtblau, Franz Oppenheimer: Ökonom und Soziologie der ertsten Stunde, Societäts Verlag, Frankfurt, 2014.

Istvan Hont, Politics in commercial society. Jean-Jacques Rousseau and Adam Smith, Harvard University Press, Cambridge, Massachusetts, 2015.

Mike Hill y Warren Montag, The other Adam Smith, Stanford University Press, Stanford, 2015.

Bastian Ronge, Das Adam-Smith-Projekt: zur Geneaologie der liberalen Gouvernementalität, Springer VS, Wiesbaden, 2015.

1 «Hay que derribar lo que se tambalea» (Zarathustra).

2 Keynes, Allgemeine Theorie der Beschäftigung, des Zinses und des Geldes, traducción al alemán de Fritz Waeger, Múnich/Leipzig 1936, pág. 252 [Nota del traductor: traducción al español a partir de la edición inglesa del libro de Oppenheimer].

3 Dodds, Economics, en Encyclopaedia of the Social Sciences, sin lugar, ni año.

4 Marshall, Principios de Economía, Nueva York, 1925.

5 Marshall, Principios de Economía, libro I, cap. I, 1.

6 Marshall, Principios de Economía, Apéndice E, 6.

7 Ibídem, libro I, cap. I, 3.

8 Ibídem, libro V, cap. VIII, 1.

9 Citado por E. L. Bogart, Economics, en: Encyclopaedia Americana.

10 Marshall, Principios de Economía, libro I, cap. II, 7.

11 Ibídem, libro V, cap. IV, 4.

12 «It is hopeless that we should have ere long an exposition of economic principles drawn up in quantitative formulas». Cairnes, Some Leading Principles of Political Economy, Londres, 1883.

13 Smith, An Inquiry into the Nature and Causes of the Wealth of Nations, Londres, 1887, libro 1, cap. 10.

14 v. Thünen, Der isolierte Staat, Jena, 1921, pág. 529.

15 Marshall, Principios de Economía, libro V, cap. III, 1.

16 v.Thünen, Der isolierte Staat, pág. 436.

17 Marshall, Principios de Economía, libro V, cap. XII, 3.

18 Marshall, Principios de Economía, libro V, cap. V, 1.

19 Ibídem, cap. VII, 5.

20 Ibídem, cap. XV, 4.

21 Se debe tener en cuenta que el término «engross», a día de hoy es obsoleto. Adam Smith lo utilizó para designar la práctica o el proceso que hoy entendemos, casi en exclusiva, por «monopolizar».

22 Marshall, Principios de Economía, libro VI, cap. I, 3.

23 Marshall, Principios de Economía, libro VI, cap. I, 6.

24 Ibídem, 7.

25 Marshall, Principios de Economía, libro IV, cap. III, 6.

26 Marshall, Principios de Economía, libro IV, cap. IV, 4.

27 Ibídem, libro IV, cap. VII, 8.

28 Ibídem, apéndice K, 2.

29 Marshall cita aquí Progress and Poverty de Henry George: Marshall, Principios de Economía, libro IV, cap. XIII, 3.

30 Esta doctrina todavía sigue siendo apoyada en nuestra área por algunos como Rip van Winkles, aunque Marshall no está entre ellos porque no es partidario («No existe fundamento alguno para que exista un fondo de trabajo fijo permanente»). Marshall, Principios de Economía, libro VI, cap. XIII, 4, ya que sigue el ejemplo de Mill en: Thornton on Labor [sin lugar] 1869.

31 Marshall, Principios de Economía, libro V, cap. III, 3.

32 Ibídem, libro VI, cap. V, 6.

33 Ibídem, cap. II, 3.

34 Marshall, Principios de Economía, libro V, cap. VIII, 5.

35 Ibídem. libro VI, Cap. XIII, 8.

36 Ibídem, cap. I, 7.

37 Ibídem, cap. II, 7.

38 Ibídem.

39 Marshall, Principios de Economía, libro V, cap. II, 3.

40 Ibídem, libro VI, cap. IV, 6.

41 Ibídem, libro V, cap. I, 5.

42 Ibídem, cap. VII, 5.

43 Ibídem, libro VI, cap. XI, 1.

44 Mill, en su obra Professor Leslie on the Land Question.

45 Marshall, Principios de Economía, libro IV, cap. VI, 8.

46 Smith, An Inquiry into the Nature and Causes of the Wealth of Nations, Londres, 1887 [nota del editor].

47 Marshall, Principios de Economía, libro IV, cap. VII, 7.

48 Ibídem, cap. I, 2.

49 Ibídem, libro II Cap. IV, 8.

50 Ibídem, libro IV Cap. VII, 8.

51 Marshall, Principios de Economía, libro II, cap. II, 1.

52 Ibídem, libro IV, cap. I, 1.

53 Ibídem, libro II, cap. IV, 1.

54 Ibídem.

55 Ibídem.

56 Marshall, Principios de Economía, libro IV, cap. XII, 11.

57 Marshall, Principios de Economía, libro II, cap. IV, 2.

58 Ibídem, 5.


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REVISTA EUROPEA DE HISTORIA DE LAS IDEAS POLÍTICAS Y DE LAS INSTITUCIONES PÚBLICAS es una revista académica, editada y mantenida por Servicios Académicos Intercontinentales S.L., Sitio alojado en Gunzenhausen, distrito de Weissenburg-Gunzenhausen,
Baviera, República Federal de Alemania. http://www.eumed.net/rev/rehipip/.
La revista dejó de depender de la Universidad de Málaga en noviembre de 2013.

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Presidente del C.R.: Antonio Ortega Carrillo de Albornoz
Director: Manuel J. Peláez
Editor: Juan Carlos Martínez Coll

ISSN versión electrónica: 2174-0135
ISSN versión impresa: 2386-6926
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