EL LIBERALISMO TRISTE DE CARLO GAMBESCIA, UN RECORRIDO DESDE BURKE A BERLIN

Jesús Adolfo GUILLAMÓN AYALA

Resumen: Traducción al castellano por Jerónimo Molina Cano del libro de Carlo Gambescia sobre el liberalismo triste. Gambescia ya ha sido objeto de una recepción en España, fundamentalmente a través de la escuela de Molina y la Sociedad de Estudios Políticos de la Región de Murcia.

Palabras clave: Carlo Gambescia, Jerónimo Molina Cano, Liberalismo.

   Quizá el mayor obstáculo para el desarrollo del pensamiento y la ciencia política, en los últimos tiempos, haya sido su suplantación por un debate protagonizado por las diversas corrientes ideológicas. Gambescia señala que hoy no hay nadie que se llame antiliberal. Aron escribía que, en su tiempo, no había quién no se declarara de izquierdas (gauchisme). Y pocos partidarios de una u otra tendencia renunciarían hoy al estatismo. Todos estos -ismos, y otros muchos más, han gozado de gran prestigio y popularidad hasta nuestros días. No es casual. La simplicidad de sus explicaciones sobre los problemas políticos, económicos y sociales de cada tiempo conforma mensajes que, repetidos una y otra vez, a través de los medios de comunicación de masas, han terminado por calar hondo en el imaginario colectivo. Tanto, que resulta prácticamente imposible hablar de política sin enzarzarse en una discusión estéril acerca de la superioridad de una opción u otra. Si se me permite el símil, se discute sobre qué traje sienta mejor al rey; pero, en esta ocasión, no es que falte valor para decir que el rey está desnudo, es que todos parecen estar de acuerdo con el monarca. Y se comprende que cada vestido fascine a unos u otros.
   El ideólogo entiende la historia como un proceso lleno de imperfecciones que desemboca en él, encargado de abrir la última etapa de la humanidad, al menos, tal y como la hemos conocido. En ella, el Estado completará su perfeccionamiento, consiguiendo convertirse en un sistema mecánico tan preciso que hará redundante la intervención humana; se resolverá la natural escasez material de la existencia; el hombre mutará su naturaleza y, consciente de la bondad del nuevo orden, se ajustará a él con tenacidad e interés. Todos los hombres compartimos la capacidad de razonar que nos permite representarnos mentalmente un modelo. Por eso el intelectual perezoso, de aquí su éxito, parte de un presupuesto relativamente cierto: la razón puede hacerlo todo mejor que el hábito. No se engaña al decir que su pensamiento subjuntivo y condicional está más o menos bien construido. Cosa distinta es que todo ese sistema pueda algún día pasar al presente de indicativo. Es esto lo que, conscientemente o no, hace que se deje de buscar en la realidad concreta la comprensión de las constantes de los asuntos humanos y se tienda a la creación de un sistema paralelo, independiente de aquellos. Sistemas que, a pesar de ser imposibles metafísicamente, irrealizados e irrealizables, son considerados por sus defensores como verdades. Así, su estudio se hace innecesario, pues ya no se trata de comprender, sino de creer.
   Son muchos los que ya han fijado con acierto el error que supone aplicar los métodos de las ciencias físicas a las ciencias sociales. Sin embargo, cualquiera que posea un espíritu mínimamente científico reconocerá que la condición indispensable para cualquier investigación es la observación de los hechos. Es decir, ver como un cuerpo sólido cae cien veces en un medio líquido para poder describir su comportamiento. En política, los hechos no son liberales, antiliberales, socialistas o conservadores, son hechos. El estudioso y el político, centinelas de la realidad, deben estar ojo avizor para cumplir con aquello a lo que Marco Aurelio y el profesor romano nos invitan: «Torna a observar las cosas que han pasado, cuán grandes son los cambios de lo que está siendo; cabe también prever el futuro. Pues será totalmente idéntico, y no es posible que se salga del ritmo de lo que ahora está siendo, de donde resulta igual contar la vida del hombre en cuarenta años que en millares y millares de años. ¿Qué más vas a ver?». La política, como cualquier actividad humana, tiene una serie de imperativos permanentes, de regularidades (Miglio), de características esenciales de lo político (Freund), que se ponen de manifiesto en todas las épocas, pero que hay que descubrir.
   El maestro Gambescia, a pesar de la verdad expresiva que contiene el título del libro, expone una alternativa sana al liberalismo militante aquejado de similares males a los de los demás -ismos. Pues hay un liberalismo, como él mismo denomina, «a contracorriente», desbloqueado del maniqueísmo pueril de reducir todo a la voluntad de querer hacer las cosas «bien» o no. Que comprende que el carácter inevitable y connatural a la humanidad de la política hace que esta se rija por parámetros distintos a la hora de juzgar éticamente los hechos. Nos puede ilustrar un ejemplo.
   Una de esas regularidades es el carácter decisorio de la acción política. Los defensores del antidecisionismo, cuando critican a todo aquel que ejerce el mando –mientras no sean ellos los que detenten el poder–, lo que están proponiendo es un funcionamiento mecánico e impersonal del Estado: el establecimiento de un entramado legal que convierta el artefacto estatal en una forma vacía capaz de justificar cualquier contenido.
   Por el contrario, el liberalismo del que nos habla Gambescia admite sus limitaciones, incluso en tanto doctrina del gobierno limitado. Es decir, asume lo que Aron llamaba la insuperabilidad de la primacía de lo político, pues siempre hay un principio ordenador de la vida en comunidad. Si se elimina lo político, surgirá otro principio para ocupar su vacío, como el económico, que en ese mismo instante pasará a convertirse en político, ya que es también por decisión política que se establecen límites a la actuación de los políticos, se instaura una economía de mercado libre o una intervenida. El Liberalismo triste –y realista, añadimos– entiende la política como una ciencia práctica, que no se puede aprender a priori, ni está anclada en conceptos estancos que, a diferencia de la experiencia real, no admiten contradicciones internas.
   Además entiende la política como un arte eterno de prudencia, superior a las ideologías y está dispuesto a separar doctrina, teoría y práctica políticas, a la vez que está presto a leer un libro sobre el liberalismo en el que se critica a Hayek y Mises. Igualmente es aficionado a Burke, Tocqueville, Pareto, Mosca, Croce, Weber, Ortega, de Jouvenel, Röpke, Aron, Freund o Berlin. En cualquiera de estos casos, este libro le ayudará a comprender el liberalismo desde una perspectiva amplia y novedosa, aportándole una exposición clara de sus diferentes corrientes internas y abundante bibliografía para profundizar.
   Si, como Tocqueville describía, es usted devoto de las teorías generales, de los sistemas completos por encima de los hechos; confía plenamente en la teoría; venera la originalidad, el ingenio y la novedad en las instituciones; siente el deseo de rehacer de una vez toda la organización estatal conforme a la más pura lógica y según un plan previo, en lugar de corregirla por partes, debe saber que esta cualidad abstraccionista es deseable en el escritor, pero no en el hombre de Estado. De este libro aprenderá mucho, sobre todo, de sí mismo, pues el modo abierto en que Gambescia escribe, deja lugar para el diálogo con él y con cada uno de los autores que ofrece. Siempre que se atreva a leerlo, claro. [Recibido el 10 de febrero de 2015].


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