TRADUCCIÓN DEL INGLÉS AL CASTELLANO DE “LA IDOLATRÍA DEL ESTADO” (1927) DE FRANZ OPPENHEIMER (1864-1943)

Victoria DOMÍNGUEZ ÁLVAREZ

Resumen: La idolatría del Estado es un artículo publicado en 1927 por Franz Oppenheimer en lengua inglesa, que también apareció recogido en el tomo 2º de sus obras selectas editado en Berlín en 1996. Lo que se publica en esta oportunidad es la traducción vertida al castellano desde el original en inglés, trabajo que ha sido llevado a cabo por Victoria Domínguez Álvarez. Franz Oppenheimer falleció en Los Angeles, Estados Unidos de América, el 30 de septiembre de 1943. Había nacido en Berlín el 30 de marzo de 1864.

Palabras clave: Franz Oppenheimer, Estado, Idolatría del Estado, Sociología del Estado, Psicología del Estado, Estados primitivos.

   ¿Qué es el Estado? Da la impresión de quererse hacer un ídolo de él. Algunos lo contemplan como la más caritativa de las deidades, que los hombres deben adorar con todo su corazón y con toda su alma, mientras que para otros es el peor de los diablos, la maldición de la humanidad y merece ser enviado de vuelta al infierno del cual procede.
¿Cuál es la realidad entre estos dos extremos? La respuesta que he dado en mi Sistema de Sociología es que se trata de una mezcla de relaciones humanas, el descendiente bastardo fruto de la conjunción de la fuerza y del derecho, del (ethos) ἔθοςy del κρἁτος (kratos).
   Las formas primitivas de relaciones humanas son dos. A la primera la he llamado la relación «nosotros», porque en ella el sentido del «yo» se precipita hasta el fondo o de hecho desaparece enteramente, logrando que su sitio sea ocupado por el sentido del «nosotros». En su sentido de valores, de sus juicios y de sus acciones el individuo combina con sus camaradas en su grupo algo así como una unidad indivisible, un conjunto en el cual él se siente no una mera pieza o eslabón de una cadena, sino un auténtico miembro. En épocas primitivas esta colectiva conciencia e interés existieron dentro de la tribu, en las conexiones e intercambios entre los miembros de la misma horda o clan. La segunda forma de relación, la relación «no-nosotros», llegó a existir entre una tribu y otra, en las relaciones entre los hombres de un clan y los extranjeros, o miembros de otra horda o clan. En esta relación el ego individual y el ego del grupo permanecen en una situación de fuerte oposición al ego del clan extraño.
   La relación «nosotros» se mantiene para la paz, la moralidad y la justicia natural. El grupo dentro del cual prevalece corresponde más o menos a lo que Tönnies denomina la comunidad natural, sobre la que él escribe «La vida comunitaria es posesión y disfrute recíproco, y posesión y disfrute de bienes comunes. La voluntad de poseer y disfrutar es la voluntad para la defensa y la salvaguarda de la unidad». Donde se encuentre un caso como este, la relación entre sus miembros es precisamente ésta, la de la cooperación.
Desde otro punto de vista y de consideración de las cosas, la relación «no-nosotros» se caracteriza por el sentido de extrañeza y falta de conexión. Esto significa que el extranjero no tiene ningún derecho para «nosotros», y «nosotros» no tenemos ningún deber respecto a él. Sin embargo, esto no degenera necesariamente, en los tiempos primitivos, en esa guerra constante de todos contra todos que los epicúreos y Thomas Hobbes sostenían que era el principio de la historia de la humanidad, como tampoco en esa «hostilidad absoluta» que Ratzenhofer imaginaba. Bien al contrario, tenemos evidencias en Australia, por ejemplo, de numerosos casos de encuentro y coexistencia pacífica entre diferentes clanes y tribus. La guerra todavía no se ha convertido en esta etapa en un fin en sí misma; se evita procurando mantenerla lo más distante posible, no porque se respeten y se busque lo mejor para los intereses de los extranjeros, sino para la salvaguarda de los mejores intereses de la propia tribu en sí misma considerada. Los clanes siguen siendo tan pequeños que, aún la pérdida de unos pocos hombres en la guerra, puede debilitarlos seriamente y, en algunos casos, incluso poner en peligro su propia existencia. Así, originalmente no es la hostilidad la que constituye y da origen a la relación «no-nosotros», pero tiene algo que ver con esa indiferencia fría que el hombre primitivo siente hacia los animales ‒una carencia completa de interés por el bienestar o la necesidad del extranjero‒. Donde están en juego «mis» o «nuestros» intereses, el suyo no cuenta para nada. El extranjero puede ser privado de sus propiedades o de su vida sin pecado. El pecado solamente existe cuando entran en juego las relaciones con los camaradas y miembros de la propia tribu.
   La transición entre las épocas prehistóricas e históricas es la edad de la migración y de la conquista. Los clanes se han hecho en esta etapa más grandes y se han desarrollado o combinado para formar tribus y, en muchos casos, para constituir grupos asociados de tribus. Aquí y allá su propio territorio llega a ser demasiado reducido para sus métodos primitivos de cultivo, y una tendencia hacia la expansión comienza a desarrollarse. Una tribu más numerosa o mejor armada, o una que es capaz de una mejor cooperación táctica o de asumir una disciplina más sólida, ataca y conquista a otra tribu. Este, en todas las partes del mundo, es el origen del Estado. Los factores activos que intervienen en la formación del Estado son en el viejo mundo la población pastoril y los navegantes o gentes del mar que proceden de ellos; en el nuevo mundo, los factores activos son la población de cazadores más altamente desarrollada. Los factores pasivos son, por regla general, los agricultores menos desarrollados desde el punto de vista técnico, los que todavía cultivan su tierra manejando la azada con la mano. El uso del arado en la agricultura solamente tuvo lugar cuando ya estaba constituido el Estado, cuando los animales silvestres fueron domesticados por los pastores, y los caballos, bueyes o camellos se enjaezaron al instrumento utilizado para labrar. El objeto de la conquista y del sometimiento de otros clanes es por todas partes igual: es decir, a través de la explotación. Se obliga a los sometidos a que trabajen para sus conquistadores sin recompensa, o bien que les paguen un tributo. La forma asumida con la explotación es el dominio, que no se debe confundir con el liderazgo de épocas anteriores, que no implicaron ninguna clase de explotación. El dominio es liderazgo combinado con explotación.
   Son creadas dos instituciones para los propósitos de la puesta en práctica del dominio: la división en clases sociales y la propiedad latifundista. Forman estas dos instituciones un todo indivisible. La propiedad latifundista no tiene ningún significado económico real, ya que entonces se reduce exclusivamente a la renta de la tierra, a no ser que haya una clase trabajadora y dependiente que labre la tierra en beneficio de un dueño que no la trabaje. Inversamente, una clase trabajadora puede existir solamente donde haya un latifundio como forma legal de propiedad de la tierra hasta el punto que transforma grandes extensiones de tierra en zonas no aptas para el dominio libre, de modo que hay un número considerable de hombres sin tierras que se ven obligados a quedar sometidos a un señor trabajando en sus tierras para no morir de hambre. La identidad entre la propiedad de la tierra y la superioridad de clase se refleja en la lengua; en los estados creados por la conquista de las tribus germánicas, la nobleza es denominada «Adel»; y «Adel» (Odal) no significa otra cosa que gran dominio de la tierra.
   Todo este proceso se debe presentar en términos económicos para poderlo entender de una forma correcta. Es un acto de satisfacción de necesidades económicas por parte de los conquistadores. Obtienen el control de las poblaciones precisamente por los mismos medios y con el mismo propósito que en épocas anteriores, cuando eran nómadas depredadores se apropiaban violentamente de las manadas de ganados o de caballos de sus vecinos para utilizarlos en su propio beneficio. La Economía requiere, sin embargo, que la propiedad adquirida sea administrada cuidadosamente para no perderla ni deteriorarla. Un grupo de hombres debe ser protegido como las manadas de ganado, que este grupo controla y pastorea para que no caiga en manos de los enemigos y se apropien de ella; y de la misma forma que se pone cuidado para mantener y si es posible mejorar el estado de la salud y la nutrición de la manada de ganado, el mismo cuidado se debe poner en que el grupo humano no disminuya en cuanto a su número ni pierda su capacidad de funcionamiento. Buscando este propósito la clase dominante, que ha nacido desde la creación del Estado, debe de manera inmediata emprender dos tareas: la defensa de las fronteras del territorio y el mantenimiento de la justicia. La frontera tiene que ser defendida contra otras tribus guerreras y rapaces de la estepa o del litoral; la justicia tiene que ser mantenida contra cualquier tentativa de rebelión por parte de los que ahora están sujetos a dominación, y en no menor medida contra los excesos de la clase dirigente que puede disminuir la capacidad productiva de los vasallos. El Estado es así una sociedad dividida en clases, que posee instituciones para la defensa de las fronteras y el mantenimiento de la justicia; su forma es el dominio vasallático, substancialmente la explotación. En otras palabras, el Estado es el vehículo de explotación y de dominio.
   La Sociología ha venido considerando hasta el momento presente solamente un aspecto del Estado histórico. Ha contemplado exclusivamente al Estado como el guardián de la paz y de la justicia. Se asume de hecho comúnmente que no existieron la paz y la justicia hasta que no nació el Estado. Esto es un grave error; la comunidad que precedió al Estado defendía su territorio, las vidas y la propiedad de sus miembros al máximo, y era excesivamente enérgica y vigorosa a la hora de mantener la igualdad interna de los derechos. El Estado se limitó a asumir el control de estas dos funciones de la comunidad, que deben ser puestas en práctica por cualquier tipo de sociedad que desee ante todo subsistir. Esta idea falsa acariciada por la sociología primitiva es la causa de su idolatría del Estado, tomando la forma del Estado-providencia. La paz y la justicia son grandes ventajas para la sociedad, y por lo tanto se asume que el Estado, que se contempla no simplemente como el guardián de la paz y de la justicia sino como los únicos medios posibles por los cuales estas han sido creadas, debe proporcionar el mayor número de beneficios y ventajas. En realidad, sin embargo, el Estado no es otra cosa que una comunidad que vive parasitariamente a costa de otra. El grupo vencedor, por decirlo de una forma analógica, se refleja a sí mismo en la comunidad sometida de la misma forma que el lobo del Barón de Münchhausen se refleja en el caballo de modo que se encuentre en su arnés y tenga que dibujar el trineo. El grupo vencedor tiene que dibujar semejantemente el vehículo de la sociedad en su totalidad llevando a cabo sus funciones más importantes.
   Si se nos permite anticipar una cuestión de orden menor, se puede decir aquí que la doctrina social más extremista de las clases sociales más bajas, que es el anarquismo, está basada en la idea falsa opuesta. No ve nada en el Estado que no sea el dominio y la explotación, y no observa su función como protector de la paz y de la justicia. Por lo tanto, desea conseguir liberarse del Estado en su totalidad y, a grosso modo sobreestimando la calidad de la naturaleza humana, cree que la paz y la justicia entonces se establecerán automáticamente y se mantendrán por sí mismas. Esto es también otra forma de idolatría del Estado, pero de un Estado convertido en un diablo en vez de un dios. Tanto una teoría como la otra resultan igualmente insostenibles.
   Tan pronto como el Estado fue creado, el pecado apareció en el mundo. Para vencedores y sometidos ahora constituye una sola sociedad, en la que, en gran parte bajo la influencia de las funciones defensivas del Estado, un consciente «nosotros» rápidamente se crea tomando carta de naturaleza. En su vertiente positiva este consciente «nosotros» abarca a todos los miembros del Estado, desde el más bajo hasta las clases más superiores, mientras que en su lado negativo excluye a todos aquellos que no son miembros del Estado considerándolos como «no-nosotros». Los dos grupos que constituyen el Estado se unen amalgamándose por una forma de maridaje o por uniones al margen del matrimonio, hablan la misma lengua, adoran a los mismos dioses, y pronto llegan a tener una misma tradición común, construida en gran parte al margen de las glorias que han alcanzado en común contra enemigos extranjeros; en pocas palabras, se convierten en lo que llama Mac Dougall un grupo altamente organizado. En un grupo de este tipo, sin embargo, el espíritu de camaradería tiende a prevalecer; debe haber paz, moralidad y justicia natural, es decir justicia basada en el sentido innato y natural de lo que es correcto; y justicia significa que todas las personas deberían ser reconocidas como iguales en su dignidad. Ésta no es la súplica de un filósofo ajeno a la vida que desea arreglar todo según sus propias ideas personales, es la demanda de la moralidad misma, que habla clara e inequívocamente en cada uno de nosotros como la voz de la conciencia. El hombre, adiestrado en humanidad en la horda prehumana, es un «animal social», como Aristóteles había dicho hace ya mucho tiempo. Esto significa que él siente dentro de sí el imperativo categórico que ordena a cada hombre que trate a sus camaradas en su propio grupo como sus iguales, que respete la dignidad personal de cada hombre, y que lo trate siempre como agente libre y nunca como un mero objeto de la voluntad de otra persona. Por esta razón, dominio y explotación en relación a cualquier grupo que tenga una conciencia del «nosotros» es pecado.
   Este caso se puede probar de dos maneras, sin necesidad de aventurarse subiendo a las cumbres de la filosofía abstracta. La primera prueba es la siguiente: al aristócrata más orgulloso, al más contrario y arrogante frente a las clases populares más bajas, déjalo encerrado en una mazmorra; déjalo hambriento, insultado y enfermo sin atención. Él no aceptará su sino con resignación como una nueva desgracia o un acto de la providencia, sino que lo sentirá con enojada indignación como una injusticia, como puesta en práctica de su propia reductio ad absurdum. La segunda prueba es que cada clase dominante ha inventado una teoría especial de clase para justificar el estado de injusticia existente, y hacer así mismo que aparezca la clase social más baja como una situación o estado de justicia. Así el imperativo categórico es uniformemente reconocido aun cuando se le está al mismo tiempo negando.
   La fórmula para esta justificación fue expuesta hace ya bastante tiempo por Platón: «Igualdad para los iguales, desigualdad para los desiguales». Este es el sentido de todas las teorías de clase para explicar y clasificar las clases sociales. Dondequiera que fuera, o siga siendo, deseaba justificar la forma más extremista del sistema de clases, a saber, por ejemplo la esclavitud, la visión que siempre ha estado presente y, puesta de relieve aún en nuestros días, es la expresada por Aristóteles: «Los bárbaros son esclavos por naturaleza y existen con el propósito de servir a la raza más noble de los griegos». Es más que probable que, aunque nunca habían oído hablar de Aristóteles, los hacendados de los Estados sureños de los Estados Unidos dijeran exactamente lo mismo de los negros, y que los grandes terratenientes y magnates hayan dicho lo mismo de sus siervos y de sus esclavos. Incluso en los Edda leemos que en el principio de todas las cosas los dioses crearon tres razas: una de individuos de rasgos suaves, esbeltos, aristocráticos y de cabellos rubios, la compuesta por campesinos robustos y patanes y la de esclavos estúpidos, zafios y de pies planos (la de los llamados a ser criados por naturaleza). Todas las teorías sobre las razas son una tentativa cierta para legitimar la injusticia. Esto también se aplica al antisemitismo «popular» de nuestros días. Conforme a los descubrimientos del moderno folclore, todas las costumbres nacionales y todas las canciones populares no son otra cosa que costumbres formalmente creadas por la nobleza y canciones cortesanas que se han convertido en populares, de la misma forma que las teorías raciales sobre el populacho de hoy en día carecen de importancia y las teorías de clase de la nobleza se han hecho populares y se han deteriorado de manera notable en este proceso de decadencia; el falso orgullo de la multitud, que se cree que para ser naturalmente superior y más aristocrática se ha de tener en cuenta la denominada sangre «Aria», resulta en la práctica lo mismo que la creencia nobiliaria de su superioridad a causa de su sangre «azul».
   Aunque se describe con colores algo diferentes, la teoría clasista de la burguesía es en el fondo la misma. La burguesía se erige por encima de las clases más bajas en razón de su riqueza y abundancia, y así, en el curso de la historia, entra en conflicto antes que nadie con las dos clases predominantes en el Estado feudal, la nobleza y el clero. Tras su victoria entra en conflicto con los otros miembros que antes eran de su propia clase social y que no han mejorado ni cambiado en su posición, es decir, el proletariado. Aquí el santo y seña es otra vez «igualdad para los iguales y desigualdad para los desiguales». En este caso, sin embargo, la desigualdad se considera que no reside en la raza, sino en la posesión de bienes. Las virtudes por medio de las cuales el comerciante crece: trabajo, puntualidad, sobriedad, economía, se considera que son las que dan lugar a una diferenciación gradual dentro de una masa que originalmente era uniforme, por encima de todo en los estratos que diferencian a unos de otros en razón de la cantidad de su renta y pronto también por la abundancia de sus propiedades, que gradualmente cristalizan en diversas clases sociales.
   Esta es la «ley general de la acumulación capitalista» que Karl Marx, en un famoso pasaje de El Capital, ridiculiza como cuento de viejas: «Juega aproximadamente el mismo papel en la Economía política que el que la caída del hombre desempeña en la Teología. Adán comió la manzana, y de esta forma la raza humana pasó a estar sujeta al pecado... En remotos tiempos pasados había por un lado una élite industriosa, inteligente y sobre todo ahorrativa, y, por otra parte, quienes no eran buenos para nada, que eran holgazanes y malgastaban todo lo que tenían y más... Así sucedía que los primeros acumulaban riqueza, mientras que estos últimos se quedaron sin nada para vender como no fuera su propia piel. Y a partir de esta caída del hombre se origina la pobreza de las masas, que aunque sin embargo muchos de sus miembros pueden trabajar, no poseen nada para vender como no sea a sí mismos, y la abundancia de unos pocos continúa creciendo aunque ellos hace ya algún tiempo que han dejado de trabajar».
   Este intento de justificación teórico resulta ser tan falso como el de la justificación legitimista de la nobleza. En primer lugar existen razones para defender que la distribución del talento en la sociedad humana no es esencialmente diferente de la distribución de esas otras cualidades como pueden ser el desarrollo físico de la fuerza muscular, la agudeza de los sentidos, etc., que pueden ser medidos directamente. Las diferencias intelectuales desafortunadamente no pueden ser medidas; pero sí se pueden contabilizar y medir las diferencias en renta y en propiedad entre un Craso y un esclavo siciliano que trabaja en el campo, o entre un Rockefeller y el proletario del Extremo-este americano; entonces las mentes de los hombres deben diferenciar al uno del otro no simplemente como quien distingue a Gulliver de los enanos del país Liliputiense o de los gigantes de Brobdingnagia, sino como los liliputienses de los habitantes de Brobdingnagia. En segundo lugar, igualmente aun existiendo estas desigualdades inmensas en cuanto a su capacidad intelectual, nunca habrían podido dar lugar a diferencias de ostensible calibre en cuanto a la renta y a la propiedad, y ciertamente no de la importancia suficiente para constituir clases sociales, hasta que todas las tierras arables del mundo fueran ocupadas completamente por campesinos cultivando pequeñas o medianas parcelas de terreno que, como Jean-Jacques Rousseau puso de relieve, todas las propiedades, cada una lindando con la otra, cubran la tierra entera. Esta es una teoría obviamente verdadera, que es reconocida y aceptada por todas las autoridades científicas, tanto de signo burgués como de ideas socialistas. El gran Turgot dijo: «Mientras un hombre diligente y laborioso pueda encontrar tierras, que le esté permitido trabajarlas independientemente, él preferirá esa situación ya que él no está por su naturaleza inclinado a trabajar al servicio de ningún otro». Adam Smith, el padre de la ciencia económica, resaltó de manera definitiva que en el supuesto de que la tierra estuviese completamente ocupada no existiría una clase obrera, ni las rentas a pagar por los beneficios de la tierra ni ningún beneficio derivado del capital. Karl Marx expresó exactamente el mismo punto de vista en el último capítulo del primer volumen de El Capital: «Mientras cualquier colono pueda todavía transformar un pedazo de tierra en su propiedad privada y constituir de esta forma su medio individual de producción, sin impedir que futuros colonos puedan realizar la misma operación», allí no existirá una clase de asalariados y consecuentemente no habrá capitalismo.
   De hecho, sin embargo, la clase obrera y el capitalismo han existido en los últimos cinco siglos. Por lo tanto, no hay tierra libremente disponible para hombres sin medios que necesitan tierras. La única pregunta que cabe hacerse es si realmente fue ocupada la tierra de la manera descrita en el cuento de «viejas» en el que creían tanto Turgot como Adam Smith. ¿Realmente un campesino libre colocado al lado de otro, ocupando todas las propiedades, cubrirían la tierra entera? Esta pregunta se puede contestar con un cálculo bien simple. Sabemos exactamente cuanta tierra necesita un campesino independiente si aquel no se encuentra en una situación para emplear a trabajadores pagados como manos empleadas en su granja; por término medio, aquel no requiere más de una hectárea por cabeza, es decir, entre 5 y 7 hectáreas para la familia entera. Si dividimos la extensión cultivable de la tierra con este criterio, encontramos para nuestro asombro que el número de los campesinos independientes que podrían vivir en la tierra es de cuatro a ocho veces (las estimaciones de diversos geógrafos sobre la extensión del territorio cultivable de la tierra presentan diferencias muy notables) la población total del mundo. Si nos fijamos en uno de los países más densamente poblados de la tierra, como es el caso de Alemania, nos encontraremos con que hay espacio para campesinos independientes con haciendas de un tamaño mediano igual al doble de la población rural total; sin embargo, más de la mitad de la población rural son propietarios agrícolas sin tierras y, aún entre los propietarios de tierras, hay un número considerable que solamente cuenta con tierras muy reducidas de tamaño o parcelas que no les permiten vivir en ellas, y que se ven obligados para incrementar sus ingresos a realizar trabajos remunerados para otras personas.
   En estos términos, si hubiera tenido lugar una única colonización de la tierra o existiera un único y extenso país, en la manera en que lo concebía Rousseau, entonces solamente un cuarto o quizás una octava parte de la tierra, y en un país como Alemania apenas la mitad serían objeto de ocupación; y la formación de una clase obrera y la consiguiente acumulación de la riqueza en algunas manos no pudo aún iniciarse hasta transcurridas varias centurias o quizás incluso miles de años, a pesar de que no había diferencias, al menos grandes, en cuanto al talento individual.
   La ocupación completa de la tierra debe por lo tanto haberse producido de una forma distinta a como pensaba Rousseau. Solamente existe otra posibilidad: las masas deben haber sido excluidas de la tierra. La tierra ha sido monopolizada por la clase conquistadora bajo la forma legal de un amplio estatus en orden a crear una clase trabajadora y conseguir grandes rentas y acumulaciones de toda la riqueza posible. Se había dicho que solamente podía haber una clase trabajadora, donde la forma legal de un estamento amplio de la tierra se hubiera hecho inasequible para el establecimiento libre, hasta tal punto que hubiera una población sobrante lo suficientemente numerosa a la que se pudiese obligar a trabajar en la tierra de un señor para garantizar su supervivencia y evitar morirse de hambre. Ahora hemos probado que esta explicación era verdadera.
Estas consideraciones hacen comprensible la naturaleza y el sistema de actuación del Estado moderno. Se ha dicho que cada Estado es el vehículo del dominio señorial y de la explotación. Esta idea también se aplica al Estado moderno. La forma de explotación que incorpora y protege es el capitalismo. Y el capitalismo es la consecuencia directa del cierre del acceso a la tierra.
   Si este hecho no se ha observado hasta ahora, la principal razón de ello obedece a que el capitalismo ha sido concebido de una forma distante y mezquina al mismo tiempo, en lo que concierne a su naturaleza como en lo que afecta al momento histórico de su aparición. La sociología burguesa, y en mayor medida la economía burguesa ‒que a este respecto como en tantas muchas otras cosas es seguida servilmente por la teoría socialista en general‒ se centra alrededor de la industria. Esta se encuentra hipnotizada porque ha tenido lugar en las ciudades y no tiene en cuenta para nada el desarrollo de acontecimientos que se producen en el campo, aunque debe seguramente estar clara ‒incluso para un observador ocasional‒ que los oficios urbanos, el comercio y la industria son simplemente instrumentos secundarios de crecimiento dentro del grueso de la economía nacional, cuyo crecimiento, prosperidad y decadencia están estrechamente vinculados con el crecimiento, prosperidad y decadencia de la columna vertebral, que representa el mercado para los productos de la industria urbana. Partiendo de este punto de vista erróneo, se cree que el capitalismo comienza históricamente con el desarrollo del sistema de acumulación de mercancías y con las fábricas, y logra solamente su desarrollo completo con la aparición y crecimiento de la maquinaria capaz de contar con energía propia en las ciudades. El capitalismo se identifica prácticamente con el maquinismo. No obstante, en realidad el capitalismo es mucho más antiguo y sus características son mucho más amplias. El capitalismo existe dondequiera que los patrones que puedan disponer del trabajo de proletarios explotados provean mercancías al mercado bajo un sistema financiero desarrollado. Los trabajadores no necesitan ser ciudadanos libres. Pueden ser esclavos; así se habla del sistema capitalista esclavista de la antigüedad griega y romana. Pueden también ser siervos, deudores sometidos o un proletariado agrícola circunscrito al suelo; resulta un hecho real que el capitalismo moderno comenzó por todas partes en cada país como un sistema de explotación de los trabajadores sujetos a la tierra. Brodnitz, en su historia económica de Inglaterra, ha demostrado de forma concluyente que esto era verdad en el caso de Inglaterra, por otro lado ejemplo clásico de un país capitalista. En ese país los trabajadores gozaron de la libertad personal desde la Edad Media en adelante, pero no disfrutaron de la libertad de movimiento porque las leyes locales de cada parroquia obstaculizaban la libre circulación desde la tierra, a la vez que las normas de los gremios y de las corporaciones convertían la emigración a las ciudades en un obstáculo casi imposible de superar. Así el capitalismo agrario, fuente principal del abastecimiento de los mercados urbanos, precedió al capitalismo industrial en centenares de años; este último creció muy lenta y vacilantemente, y no se desarrolló realmente hasta una época en que se alcanzó la libertad de movimiento sin las restricciones de antaño.
   Lo que sucedió en Alemania fue exactamente lo mismo. Georg Friedrich Knapp ha señalado que «el extenso territorio al este del río Elba es la primera empresa capitalista de los tiempos modernos». En este caso también los trabajadores de la tierra estaban vinculados al suelo, o fueron sometidos a esta situación a lo largo de un proceso por un sistema de fuerza claro y abierto o mediante una situación legalmente tácita y velada. Aquí un capitalismo de características profundamente agrícolas tomó carta de naturaleza varios siglos antes de la aparición del capitalismo industrial, y este último aquí también se desarrolló muy lentamente y de forma irresoluta y balbuceante, y no cristalizó completamente hasta que la libertad de movimientos había sido alcanzada en Alemania por las leyes de emancipación de Stein y de Hardenberg, en Austria-Hungría y en Rusia después de la abolición de la esclavitud.
   Este es en términos generales el camino seguido por el capitalismo y el Estado moderno, y así debe ser contemplado para que pueda ser correctamente entendido.
   Todos los intentos anteriores de explicar el capitalismo han tomado como punto de partida la industria. Han buscado la causa del fenómeno principal que considera cada cosa por sí misma, a saber el incremento constante del trabajo en el mercado, solamente en las condiciones de la industria urbana. Todos estos intentos han fallado, ambas son explicaciones burguesas, la ley de Malthus sobre la población y la explicación socialista, la substitución del trabajo del ser humano por la maquinaria. De la primera explicación no hay necesidad de hablar; prácticamente está abandonada por completo y resulta de hecho insostenible. La segunda explicación es contraria a todos los datos que proporciona la estadística. El número de trabajadores y empleados dedicados a la industria y al comercio en todos los países capitalistas crece en una proporción enormemente mayor que la población total. Si no hubiera influjo desde fuera, el salario medio hubiera crecido mucho en esas circunstancias como consecuencia de lo que sucede actualmente en dicho caso.
   Existe sin embargo siempre tal influencia. Puede proceder de cualquier parte del país. Pero no sucede con el mismo grado en todos los distritos rurales, sino principalmente en esos donde hay amplios estamentos y esos, por lo tanto, son solamente responsables del exceso del trabajo en el mercado. Esta idea fue establecida estadísticamente por Von der Goltz desde 1874, y puede también ser determinada deductivamente. Los trabajadores de hoy en día en grandes territorios están sujetos a la «ley de la presión creciente desde la dirección» y esta les conduce a la migración masiva.
   De semejante manera, y solo de esta forma, la historia del capitalismo se puede entender en todas sus fases. Antes que nada están los horrores de los primeros tiempos del capitalismo industrial a lo largo y ancho del mundo. Antes de que la libertad de movimientos hubiera sido alcanzada, la industria se desarrolló muy lentamente; había solamente unas pocas y pequeñas empresas, y estas emplearon solamente un número pequeño de trabajadores comparativamente prósperos y bien pagados. El momento en que la libertad de movimientos dentro de un país se hizo posible, un depósito de miserias que se había ido acumulando durante tiempo repentinamente salió a la luz; el capitalismo agrario había forjado un proletariado agrícola en condiciones lamentables y situado por debajo del estándar mínimo fisiológico de vida. La fuente de trabajo así creada inundaba el mercado laboral, y los salarios de la clase obrera más ancestral cayeron arrastrados hacia abajo, mientras con el manto protector de los bajos salarios el capitalismo urbano caía como en un invernadero. La emigración, sin embargo, diluyó el proletariado rural, a la vez que al mismo tiempo el rápido crecimiento de las ciudades condujo a una demanda creciente de alimentos. Consecuentemente el precio de los alimentos subió y los agricultores se vieron obligados a adoptar métodos intensivos de trabajo. Esto significaba no solamente el uso de la maquinaria, sino también un incremento de la demanda de trabajo. De ello se derivó nuevamente un crecimiento de los salarios. Estos salarios más altos en la agricultura sirvieron para mejorar las industrias que se encontraban aún en una etapa de crecimiento y desarrollo; esto en sí mismo dio lugar a otra subida de los salarios industriales, a la vez que la proporción entre los proletarios rurales y el proletariado industrial se tradujo en un flujo creciente favorable a este último y en detrimento del primero; donde previamente cientos de miles habían pasado a ser decenas de miles, ahora decenas de miles se estaban transformando en centenares de millares. La presión en el mercado de trabajo creció comparativamente de manera más fácil, aún en el caso de que el número absoluto de los trabajadores del campo que emigraban a las ciudades hubiera seguido siendo el mismo; pero de hecho disminuyó pues pronto las primeras embestidas del flujo hacia arriba tendieron a cesar y a estabilizarse.
   Esta es la explicación perfectamente simple de la miseria espantosa de que vino acompañado el capitalismo industrial en las primeras décadas de su existencia y de la mejora gradual en los salarios y en las condiciones de vida de los trabajadores en todos los países en los cuales el sistema capitalista ha prevalecido durante un cierto tiempo. No es el sindicalismo como algunos han supuesto, quien ha logrado establecer este milagro sino la disminución proporcional de la afluencia de trabajadores del campo; y el resultado habría sido un alambique mejor si todos estos países no hubieran recibido una gran corriente de inmigrantes de países extranjeros que seguían siendo industrialmente subdesarrollados, y donde todavía prevalecían un Estado fuerte y consecuentemente un capitalismo agrario.
   Este tema, con el debate doctrinal que lleva consigo, ha quedado completamente probado por el desarrollo asombroso que ha adquirido el capitalismo en los Estados Unidos, especialmente en los últimos diez años. Todos los salarios y el estándar de vida de la mayor parte de los trabajadores, aquellos que en cualquier circunstancia han asimilado la lengua del país y han aprendido a entender sus condiciones sociales, han crecido hasta un punto que ni las teorías burguesas ni las doctrinas marxistas han sido capaces de elaborar una explicación. Hace veinte años, en un ensayo titulado Qué significado puede tener para nosotros la reforma agraria rusa [“Was uns die russische Agrarreform bedeutet”, en Patria, Jahrbuch der Hilfe, 1906, republicado en mi libro Wege zur Gemeinschaft, [Gesammelte Reden und Aufsätze], München, 1924, vol. I, pp. 163-186. El pasaje al que me refiero se recoge en las pp. 181-182], yo me permití escribir lo siguiente: «Aquí, en la constitución agraria feudal del viejo mundo, residen, de forma claramente reconocible, las raíces de los males del verdadero relieve que se sufren en el nuevo mundo. La libertad no puede prosperar en ningún lugar donde todavía exista cualquier forma de esclavitud. Para ella esta resulta una enfermedad que la separa y diferencia a través de las montañas y de los océanos. Supongamos que debido a la reforma agraria rusa o más bien europea del este la inmigración masiva a los Estados Unidos cesó durante una década, ¿qué hubiera sido del capitalismo americano? Los salarios ya altos de los trabajadores urbanos y rurales crecerían enormemente; la solicitud, ya de inicio elevada, de comestibles y de productos industriales en el mercado interior alcanzaría alturas vertiginosas; el trabajo se convertiría en la más rara de las comodidades». Esta profecía se ha visto cumplida casi a la letra. Tengo ante mí un libro publicado en 1926 por Thomas Nixon Carver, profesor de la Universidad de Harvard, titulado La actual revolución económica en los Estados Unidos. En la página VIII aparece el siguiente pasaje: «De forma notable debido al frenazo de la inmigración como consecuencia de la guerra, seguido por la legislación restrictiva, los salarios de nuestros trabajadores han continuado experimentando un crecimiento y una prosperidad que no habían alcanzado nunca hasta ahora». El autor ve claramente que el capitalismo americano, cuyo atractivo a pesar de su optimismo él no puede negar, resulta posible explicarlo exclusivamente por la inmigración: «Durante los cuarenta años que precedieron a la I Guerra Mundial estuvimos importando trabajadores manuales literalmente por millones. No importábamos un número significativo de patrones ni de capitalistas» (p. 37). Esta fue la causa del incremento y exceso en el mercado laboral. Pero, «durante la última media docena de años, desde que hemos suprimido el principal factor perturbador, o al menos lo hemos reducido de manera significativa ‒esto es, la importación de una abundante mano de obra no cualificada‒, estamos gradualmente aliviando la congestión ocupacional bajo la que hemos estado sufriendo por lo menos durante dos generaciones» (pp. 45-46).
   Los resultados producidos son ya extraordinarios, incluso aunque la inmigración en la frontera de Canadá y, en mayor medida en la de México, se traduce aún en la entrada de un número enorme de trabajadores que son no solamente inexpertos y de una raza diferente, sino completamente analfabetos y con la dificultad añadida, y a veces con la imposibilidad, de adaptarse a las condiciones de una vida civilizada, quienes de hecho son criados indígenas y peones. Semejante situación está sentando los cimientos para un nuevo problema parecido a la cuestión negra. Al mismo tiempo, los trabajadores que han sido asimilados ya gozan de un estándar de vida, que bien podría ser objeto de envidia por las clases medias superiores de algún país como Alemania. Un albañil empleado en el trabajo a destajo en Nueva York puede llegar a ganar hasta 14 dólares al día, lo que, trabajando veinticinco días al mes, vienen a ser el equivalente de unos 1500 marcos mensuales. Todas las estadísticas muestran que los trabajadores no son solamente capaces de superar momentos de escasez, sino que pueden acumular realmente un capital considerable. Un banco de trabajadores se constituye detrás de otro, y estas entidades financieras están comenzando a tener un papel significativo en beneficio de la clase social para la cual han sido creados, en orden a la financiación de la industria. Brady estima la suma anualmente pagada como salarios a los trabajadores industriales en los Estados Unidos, hoy en día, en veinticinco mil millones de dólares, y la cantidad ahorrada anualmente entre 6 y 7 mil millones de dólares. Incluso si esto resulta una sobrestimación considerable, el hecho sigue siendo que si cualquier cosa como estas cantidades de dinero constituye un flujo de ingresos en los bancos de los trabajadores, pronto se encontrarán en una situación inmejorable para controlar un sector cada vez más amplio de la industria y para orientar sus salarios y su política de precios en interés de los trabajadores. Aún hoy puede ser probado que en muchas de las empresas más grandes y más influyentes una proporción considerable de las acciones y del reparto de beneficios están en manos de los trabajadores y de los empleados.
   Cada deseo supone por supuesto asumir los peligros a los cuales un desarrollo de esta naturaleza está expuesto. Cada uno sabe que en ciertas circunstancias, y en las manos de capitalistas sin escrúpulos, una sociedad anónima es una organización perfectamente idónea para expropiar al pequeño accionista a través de la manipulación del mercado de cambios. No constituye esto, sin embargo, el factor decisivo en el asunto que estamos sometiendo a consideración. El auténtico factor decisivo es que los trabajadores deben estar en una posición que les permita acumular cantidades grandes de dinero; si sufren reveses, aprenderán por experiencia donde pueden invertir sus ahorros con seguridad y provecho.
   Los mejores medios para alcanzar este propósito son ciertamente estas instituciones de los bancos de trabajadores con normas adecuadas de funcionamiento y sujetos a la supervisión de personas expertas y de confianza. Los ahorros de los trabajadores europeos, que en su totalidad representan un tanto por ciento elevado del capital, aunque sus cuentas individuales en cada caso arrojen un saldo muy pequeño, se han invertido hasta ahora de una manera que difícilmente han logrado beneficiar a los trabajadores, y solamente han servido para atornillar sus cadenas con mayor firmeza. Las cajas de ahorros en las cuales han situado sus escasos ahorros no les han ofrecido ninguna posibilidad al margen de las inversiones a corto plazo mediante letras de cambio o las que a largo plazo pueden suponer las hipotecas, principalmente en propiedades inmobiliarias urbanas. De esta forma han incrementado el capital de los banqueros y han contribuido al desarrollo del peor enemigo de las clases obreras, la especulación y el mercantilismo en los bienes raíces.
   Pero volviendo a los Estados Unidos y al profesor Carver, resulta absolutamente claro, que la opinión pública americana no tiene hasta ahora ninguna sospecha de que la gran propiedad sea la causa de todos los males que han existido hasta el presente y que, a pesar de la mejora que se ha alcanzado, todavía persisten. Carver describe en unas pocas palabras el hecho enormemente importante de que en los últimos doscientos años el Estado se ha regalado a sí mismo una parte del inmenso tesoro de la tierra nacional, es decir a las clases sociales superiores, para así excluir a las clases inferiores de esta y además crear la clase trabajadora requerida. En mi obra Sistema de Sociología (Franz Oppenheimer, Allgemeine Soziologie, III, pp. 540 y ss.) he descrito esta práctica deplorable, que ha prevalecido no solamente en América sino en todas las colonias europeas. Esta es la verdadera razón por la que durante toda una generación una proporción excesiva de inmigrantes europeos han permanecido en las grandes ciudades, y esto a pesar de que la mayoría de los inmigrantes eran trabajadores del campo. ¿De dónde procedían estos inmigrantes? Casi en su totalidad de las regiones de Europa que contaban con propiedad latifundista, primero de la Alemania al este del río Elba y de Irlanda, de Inglaterra, y además desde Polonia, Rusia, Rumanía, Suecia, desde la Italia meridional, etc. Los países con régimen de pequeña propiedad de Europa contribuyeron solamente con muy pocos efectivos a esta corriente humana inmensa, constituyendo exclusivamente un pequeño porcentaje del número total. Y, ¿cuál es la situación en México? México es un país con enormes extensiones, donde la tierra alcanza proporciones sin precedentes. La consecuencia es que a pesar de su tamaño inmenso y encontrarse escasamente poblado sus gentes se vieron forzadas a emigrar porque el camino para la supervivencia en su país se encontraba bloqueado. Otra consecuencia es que los peones «son animales sin alma», como los trabajadores del campo en todos los países donde prevalece un modelo de gran propiedad. Las palabras del profeta Isaías se pueden aplicar a México:
   «¡Ay de los que juntan casa a casa, y añaden heredad a heredad hasta ocuparlo todo! ¿Habitaréis vosotros solos en medio de la tierra?».
   Con esto la cadena de pruebas se puede decir que ha logrado completarse. Se ha dicho que el Estado, en tanto que criatura de conquistas poderosas, en tanto que parásito en el cuerpo de la comunidad, creó dos instituciones tan pronto como ha comenzado a existir: la división en clases sociales y la gran propiedad. La división en clases ha sido destruida por las grandes revoluciones de 1649 en Inglaterra, de 1789 en Francia, de 1848 en Alemania y de 1917 en Rusia; la propiedad latifundista hasta el momento solo se ha suprimido de manera radical en Rusia. En este último país la revolución se vio sin embargo obscurecida con actividades que fueron no solo enteramente superfluas sino altamente destructivas, y esa es la única razón por la que este país, que es igual a los Estados Unidos en recursos naturales, no puede alcanzar prosperidad.
   Las otras naciones todavía tienen ante sí la tarea de desarraigar de su medio esta última creación restante de la violencia primitiva, de terminar el trabajo de la revolución de la clase media, y así de traer al mundo la verdadera libertad, que no podrá nunca existir, según señalaba Rousseau, donde «ningún hombre debe ser lo suficientemente rico como para comprar a otro, y que nadie debe ser tan pobre como para verse obligado a venderse a sí mismo».
   Ahora estamos comprendiendo la naturaleza y el futuro del Estado moderno. Es en realidad el vehículo del capitalismo; pero hemos aprendido de la historia de su desarrollo que el capitalismo en sí mismo no es absolutamente ni tan bueno ni tan malo como se piensa de manera casi generalizada en Europa. Es también una mezcla de kratos y ethos. De esta forma el Estado capitalista no merece convertirse en un ídolo, ni bueno ni malo; no merece la apoteosis, como tampoco, si puede acuñarse esta palabra, resulta merecedor de la «apodiabólisis». Es el descendiente bastardo fruto híbrido de la esclavitud y de la libertad; y la gran tarea que tenemos ante nosotros es la de conseguir librarnos de los restos de esclavitud y proporcionarle la libertad completa a su ser. Nuestros descendientes entonces vivirán bajo un orden que todavía será un Estado que se encontrará lejos de contar con leyes e instituciones fijas con el deber y el poder de hacerlas cumplir, pero incluso así no será un Estado, ya que todos los Estados anteriores conocidos a lo largo de la historia han representado el dominio y la explotación. [Recibido el 15 de junio de 2015].

Bibliografía de Franz Oppenheimer sobre el Estado

   „Die politischen Partein Deutschlands“. In: Neue Deutsche Rundschau, 9 Jahrgang, 1898, Seiten 553-568.
   „Der Staat“. In: Die neue Rundschau, 18 Jahrgang, 1907, Seiten 769-800.
   „Der Staat“, Frankfurt am Main, 1907 [cuenta con traducciones diversas en inglés, francés, húngaro, japonés, serbio, hebreo y castellano, y reediciones que cubren el periodo que va desde 1907 a 2014].
   „Der Staat“. In: Soziale Medizin und Hygiene, Hamburg, 1908, Seiten 202-206.
   „Eine neue Theorie über den Staat“. In: Die Gegenwart, Bd. 73, Nr. 23, 1908, Seiten 355-357.
   „Der Staat“. In: Die Zukunft, Berlin Bd. 70, 1910, Seiten 153-158.
   „Grundlegungen einer einheitlich-soziologischen Auffassung von Staat und Gesellschaft“. In: Jahrbuch des öffentlichen Rechts der Gegenwart, Tübingen, Bd. 6, 1912, Seiten 128-160.
   „Staat und Gesellschaft“. In: Handbuch der Politik, Berlin – Leipzig, 1920, Seiten 117-126.
   „Staat und Gesellschaft“. In: Nichi-Doku Gakugei, Kobe, 2, 1924, pp. 137-152.
   „Soziologie des Staates. Begriff und Methode“. In: Jahrbuch für Soziologie, Karlsruhe, Bd. 1, 1925, Seiten 64-87.
   „Der Staat und die Sünde“. In: Neue Rundschau, 37 Jahrgang, 1926, Seiten 1-18.
   System der Soziologie, Zweiter Band, Der Staat, Verlag von Gustav Fischer, Jena, 1926, 859 Seiten.
   „Gesellschaft und Staat. Studie zu der Methodologie Fritz Sanders“. In: Archiv für Sozialweissenschaft und Sozialpolitik, Bd. 58, 1927, Seiten 179-185.
   “The Idolatry of the State”, in Review of Nations, N.º 2 (1927), pp. 13-26.
   „Staat und Nationalismus“. In: Der Morgen, Monatsschrift der deutsche Juden, Berlin, Bd. 8, 1932, Seiten 438-444.


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