TRADUCCIÓN AL CASTELLANO DE “HISTORIA Y SOCIOLOGÍA” DE FRANZ OPPENHEIMER (1864-1943)

Victoria DOMÍNGUEZ ÁLVAREZ

Resumen: Traducción de un artículo de Franz Oppenheimer (1864-1943) desde el inglés y el alemán a la lengua castellana. Dicho texto en alemán apareció publicado en Múnich en 1927 y en Cambridge en 1927. Médico de formación, sus grandes aportaciones se han llevado a cabo en el mundo de la Sociología, la Teoría política, el Derecho público y la Economía Política. Fue docente en Berlín y en Fráncfort del Meno. Se exilió a EE.UU. como consecuencia de la terroríficas persecuciones iniciadas por los nazis. El número de publicaciones de Franz Oppenheimer es elevadísimo para la época en que le tocó vivir. Quizás su obra más conocida, por estar traducida a varios idiomas es su reducida Historia sicológica del Estado, que apareció por primera vez en 1907 y luego se tradujo al inglés, al francés, al ruso, al japonés, al húngaro, a la lengua serbia, al hebreo. En 2014 al castellano, aunque ya existía una traducción al español de 2003 llevada a cabo por Manuel J. Peláez, pero no publicada. Ese pequeño libro de Oppenheimer ha sido citadísimo y el número de ediciones en la lengua de Shakespeare es muy abundante. También cuenta con numerosas páginas escritas sobre el socialismo, el liberalismo, la socialdemocracia, la crisis del marxismo, el antisemitismo, el socialismo de cátedra, la revolución rusa, el comunismo, la lucha de clases, el colonialismo, la revolución rusa, etc. No se incluye la bibliografía final, que ha puesto Oppenheimer, al ser un listado accesible en la versión inglesa.

Traducción con ©, del inglés al castellano, a cargo de Victoria Álvarez Domínguez. Queda totalmente prohibida la reproducción total o parcial de dicha traducción.

Palabras clave: Franz Oppenheimer, Nazismo, Sociología, Historia ideológica, Grupo, Derecho natural, Ciencia política, Cooperativismo, Psicología del socialismo, Comunismo, Socialdemocracia, Antisemitismo polaco, Sionismo, Karl Marx, Adolf Wagner, Franz Stahl, Henry George, Rudolph Virchow, Jean Jaurès, Friedrich Naumann, Gustav von Schmoller, Gustav Landauer, Lorenz von Stein, Lujo Brentano, Ferdinand Tönnies, Achille Loria, Leonard Nelson, Piotr Kropotkin, Pierre Joseph Proudhon, Theodor Herzl, Leopold von Wieser, Carl Clodius, Carl Grünberg.

   1. Introducción

   Entre los sociólogos y los historiadores han existido, desde el inicio de las ideas sociológicas incluso desde la época de Condorcet, unas diferencias significativas, unas situaciones de conflicto, que se han ido acrecentando a través de dos fuentes diferentes, una psicológica y otra científico-lógica. La diferencia psicológica se basa en el hecho de que los más antiguos testimonios escritos de la historia vieron y evaluaron los acontecimientos desde el punto de vista de las clases sociales superiores. Tan pronto como se hubo desarrollado y superado la etapa embrionaria de escribir anales o crónicas, fue de tres tipos: en primer lugar, la historiografía cortesana, con la tarea claramente fijada de antemano de glorificar los hechos y las creaciones de quien mandaba; en segundo término, apareció la filosofía clerical de la historia, que explicaba los acontecimientos desde el punto de vista de la Iglesia con el fin de llevar a cabo un plan divino de salvación, y fue por esta misma razón quietista, conservadora y revolucionaria; finalmente, estaba la historiografía del tercer estado, que casi había conseguido el control de su estado o se encontraba al menos preparada para alcanzarlo, y si no había logrado todavía una victoria completa políticamente hablando, al menos poseía suficientes medios económicos para desear el control político y para poder alcanzarlo en un futuro no muy lejano. Por otra parte, los primeros representantes del pensamiento sociológico aún veían las cosas como los socialistas desde abajo, y esta actitud nunca ha sido perdida de vista por sus sucesores, como por ejemplo Comte, quien tenía sobre todo tendencias burguesas. Estrechamente relacionada con esta diferencia psicológica está la científico-lógica. Toda la más antigua historiografía había girado en torno al sujeto individual, al hombre fuerte, el héroe, que aparecía en el centro de la historia concebido como la poderosa energía motriz de todos los acontecimientos: el método historiográfico cortesano asumió esta idea como principio ordinario de trabajo; la concepción eclesiástico-clerical lo hizo, con la diferencia, sin embargo, de que consideró a gobernantes, legisladores y a otros, como instrumentos de Dios. La historiografía burguesa de la historia, en línea con su individualismo general, actuó abandonando la idea de un «genio» venido de Dios y resaltando en lugar del «genio» las dotes eminentes personales. En contraste con todo esto, la concepción sociológica, por la misma razón que veía las cosas desde abajo, representaba a las masas como los verdaderos protagonistas de los acontecimientos históricos. Esta es colectivista, mientras que la más antigua historiografía era individualista.
   Además esta es una diferencia que no se detiene en la superficie de las cosas: conduce a las profundidades más abisales. Una ciencia de la historia apoyada esencialmente en el individuo no puede posiblemente concebir la noción de buscar las leyes de la historia (a menos que se sienta fuera por instinto del plan divino de la salvación, trabajando ella misma por situarse fuera de él), porque no puede haber ley de lo individual. Pero la sociología en sus primeros representantes procedía de la filosofía de la Europa occidental, que había sido orientada en las matemáticas y en las ciencias naturales, y tuvo su principio en Descartes; era, por lo tanto, como una cosa de cajón con arreglo a derecho, y desde su punto de vista de partida colectivístico podría mantener la esperanza de poder encontrar tal legitimidad. A ella se parecía, entonces, la ciencia de la historia, tal y como encontró su existencia, naturalmente de manera positivista como poco científica. No solamente el socialista Condorcet pensó así, sino también tras él, el auténtico fundador de la sociología como ciencia, Augusto Comte, quien inmediatamente abrió la ofensiva. Los historiadores eran para él lo que científicamente más despreciaba, «especialistas» cuyos banales resultados habrían de ser superados por una nueva especialidad, «el estudio de generalidades científicas»; la historiografía ‒señaló él‒ en cierto sentido no había perdido su carácter descriptivo, ni narrativo hasta ese día, y se encontraba lejos de ser una ciencia verdadera, puesto que su sobrevaloración infantil propia de genio sería imposible en una verdadera ciencia. El segundo progenitor de la joven ciencia, Herbert Spencer, no fue más cortés. Él dejó para la historiografía, al menos, la descripción, diciendo que la historia puede ser comparada a la sociología como la biografía a la fisiología. Expresiones similares fueron utilizadas por el hombre que primero unió sintéticamente la sociología europea occidental con la filosofía de la historia centroeuropea, Lorenz von Stein. Su actitud crítica se ha extendido hasta nuestros días; hasta hace poco tiempo un sociólogo alemán, L. von Weise, señalaba cáusticamente al historiador puro, [Georg] von Below, que «desde los días de Spencer había existido entre los sociólogos una desconfianza muy viva en cuanto a la seguridad del material que la historia nos proporciona» [las citas literales pueden consultarse en nuestra obra Allgemeine Soziologie, pp. 125-126]. No sorprende que los que habían sido atacados tan inesperada como duramente, se defendieran a sí mismos. Incluso la solicitud de cambiar su curso, para ver las cosas desde un ángulo enteramente nuevo, no podía esperar ser recibida amablemente; desde siempre y por todas partes «los capitalistas del entendimiento se defienden contra la expropiación». Ahora, sin embargo, a la antipatía contra los socialistas y la indignación respecto a los perturbadores de la paz se añadió también el resentimiento contra los audaces atacantes, y el tono de las polémicas mostró a las claras y sin tapujos la actitud mental.
   A partir de entonces, la nueva y joven rama del conocimiento, en sus primeras sistematizaciones, cometió bastantes equivocaciones, que permitieron a aquellos ya acomodados en la ciencia rechazar cualquier tipo de reconocimiento en lo más mínimo. Dijeron que era «monista en el método», que pretendía manejar la filosofía social con las herramientas de la ciencia natural, y que a menudo confundía la sociología pura, que explica las causas, con la filosofía social, que se refiere a los valores, los cuales llevó a cabo, por ejemplo, para encontrar lo que debería ser de lo que es; y que mostró en muchas ocasiones una falta de actitud necesariamente crítica hacia sus fuentes y de precaución en su síntesis. El intento de Comte de una historia científica universal incluía, junto con algunas partes realmente brillantes, un gran número de peculiaridades fácilmente refutables y errores innegables, y todo ello provocó que la gente pensara que la sociología – tal y como es la naturaleza humana ‒ era responsable de los pecados de los sociólogos; por ello, arrojaron a ambos por la borda, y declararon que todo el proyecto era a priori tan poco científico como viable. La sentencia de denuncia por parte del Rector de la Universidad de Bruselas, Van der Reft, es muy conocida; incluso recientemente [Georg] von Below, un buen historiador de la vieja escuela, ha defendido la misma postura y ha caracterizado a la sociología como una «ciencia omnium-gatherum», y Alfred Dove, como «una tienda de préstamo de palabras enmascaradas». Dicha diferencia debe ser discutida para llegar a una conclusión. La sociología, ciencia teorética del proceso social como tal y en su conjunto, no puede pensar en renunciar a su derecho a tratar la parte principal y más interesante de este proceso, el progreso social [Por «progreso» nosotros entendemos, dejando de lado otras consideraciones y connotaciones unidas a esta palabra, únicamente los cambios del proceso social ‒ o lo que es lo mismo, la sociedad humana ‒ que tiene lugar en las dimensiones del tiempo. Por ejemplo, un retroceso claro, tal como «una pérdida cultural», puede encajar con nuestra definición de ser una parte del progreso].
   No puede conformarse con la investigación de su tema solo en la sección representativa, por decirlo de algún modo, en el eje del espacio; con el fin de estar más cerca de su objetivo se le tiene que permitir investigarlo en la sección longitudinal, en el eje del tiempo, para ser capaz de encontrar a partir de la síntesis de estas dos consideraciones la ley de la totalidad. Este fue el gran objetivo de Comte; lo puso en conocimiento de todos sus sucesores, y la mayoría de ellos se hicieron cargo del legado con esta obligación. Spann al parecer es el único que por ahora ha relegado la historia fuera de su sistema. (No estamos hablando aquí de los representantes de esta tendencia que ya parece obsoleta, proveniente de Simmel, la cual finalmente también fue abandonada por él, que concibe la sociología como una ciencia puramente formal, análoga a la lógica y la gramática).

   2. ¿Qué es la Historia?

   Permítasenos preguntarnos, en primer lugar, qué es la historiografía. Su batalla con la concepción sociológica de la historia, particularmente en forma de lo que se ha denominado filosofía materialista de la historia, ha obligado a sus representantes a la consideración de su posición, tarea y método, para que los problemas sean expuestos ahora con una cierta exactitud y permitan probablemente tomar una decisión. Wilhelm Dilthey distingue antes de nada entre las ciencias naturales y las ciencias mentales. Las primeras se ocupan de lo que es siempre extraño para nosotros, que viene de fuera y es reconocible a través de nuestros sentidos, en una medida que desconocemos; las segundas, sin embargo, tienen como material lo que es de forma inmediata accesible y familiar para nosotros desde nuestra propia observación, la vida y la conciencia. En el caso de las primeras, podemos solo conectar causa y resultado desde fuera; si nos ocupamos de las últimas, nosotros, como una parte del sentimiento, del deseo, del reconocimiento de la vida, captamos desde dentro la verdadera conexión con las cosas y podemos entenderlo con empatía. El campo general de las ciencias mentales es histórico, social y forma parte de la realidad. Pueden hacer referencia a las ciencias mentales tres diferentes clases de afirmaciones: histórica, expresando lo real que es conseguido por la percepción; teorética, es decir, contenidos constitutivos de esta realidad derivada por la abstracción; y práctica, que expresan juicios de valor y prescriben reglas. Estamos interesados aquí en la primera clase. Dilthey dice que la concepción de lo singular, del individuo, es tanto un tema de la ciencia como el desarrollo de uniformidades abstractas.
   En esta discusión antes que nada tenemos que indicar qué es lo más importante concretamente para nosotros, que la realidad histórico-social admite además de la consideración histórica también una teorética que es deductiva y que tiene como objetivo la ley. Pero no nos contentaremos solo con esto. Nos preguntaremos si la posible consideración empatética de lo singular y de lo individual puede ser seguramente reconocida como ciencia. Resulta aquí suficiente para nosotros que Dilthey ha sido más decisivamente contradicho desde su propio campo que por parte de los defensores del método de la historiografía; es decir, que lo que él retrató no era ciencia sino arte. La historiografía es entonces un arte, un concepto que no hace mucho tiempo un historiador de la categoría de [Karl Julius] Beloch expresó en unos términos relativamente inciertos.
Heinrich Rickert, el más famoso teórico de la lógica y de la metodología que hay en Alemania, no admitirá que la historiografía es un arte, y no le falta razón. De hecho, una obra de arte, la cual es la reproducción de la realidad individual, es innecesaria estéticamente. Con el fin de salvar a la historiografía como ciencia, distingue, a diferencia de su predecesor, materialmente, entre ciencia natural y ciencia cultural, y formalmente, entre el método de la ciencia natural y el método histórico. Dentro del ámbito de la ciencia cultural vienen todos y cada uno de los acontecimiento que establecemos fuera de la suma de la realidad, ya que ellos tienen para nosotros una importancia o significado especial, por lo que vemos en ellos más que la mera naturaleza. Y cuando quiera que investigamos tales cosas o hechos con respecto a sus diferencias e individualidades en vez de a su existencia, en tanto que está determinada por leyes generales, entonces estamos haciendo uso del método histórico (que dicho sea de paso es tan aplicable a los temas de la ciencia natural como el método de la ciencia natural es a los temas de la ciencia cultural).
   Aquí, de nuevo, queremos afirmar que esta deducción despeja de una manera más decidida el camino de la sociología como rama generalizada, es decir, un procedimiento de acuerdo con el método de la ciencia natural, desde la realidad social e histórica, que la concepción de Dilthey establece. Pero tampoco vamos a contentarnos con eso; investigaremos más a fondo si Rickert tuvo éxito en el rescate de la historiografía como una ciencia de lo individual. Esto parece dudoso. Rickert, como eminente teórico de la lógica que fue, conocía de sobra que, como dice Kant, no puede haber particular sin general. Solo podemos entender lo que podemos clasificar bajo concepciones generales. Por ello, el historiógrafo no puede de ninguna manera prescindir de tales concepciones generales. Incluso Spencer señaló en la investigación de una serie de historiadores, entre ellos los famosos Froude y Kingsley, que ellos, quienes niegan ex profeso toda conformidad con respecto a la ley en la historia, no solo la reconocen de facto, la toman como la base de sus discusiones. Bouglé irónica y sorprendentemente la llama sociología involuntaria. Y al igual que el historiador no puede empezar su trabajo si no cree en cierta conformidad con la ley en una actividad de la masa humana, de la misma forma no podrá ir más allá si no tiene un sistema de concepciones generales. ¿Qué haría el historiador si no poseyese los conceptos de «estado», «economía», «norma», «política», «literatura», «revolución», «gente», «ciudad», etc.?
   Para tratar de eludir esta dificultad, Rickert construye para el trabajo histórico en particular los llamados conceptos complejos, que no pueden ser deducidos por la abstracción, pero de una manera u otra probablemente puede que lo sean por la empatía, y han sido creados para abarcar los procedimientos de la producción. Nombra como ejemplo la idea del Renacimiento. Parece dudoso si tales conceptos no pueden existir en lo más mínimo; si no se trata más bien de pequeñas imágenes, lo que Spinoza caracterizó aproximadamente como «nociones universales», masas de ideas desconocidas o no aclaradas, o solo palabras que provienen de donde hay una falta de ideas. Nos parece que aquí, al igual que en el caso de Dilthey, la apreciación de ingenio agudo y artística de una personalidad, un grupo individual o un Zeitgeist se confunde con la actividad científica.
   No es posible escapar de una opinión del calibre de la de Rickert, por decirlo de algún modo, ideas que pueden ser puestas en cuestión están siendo afirmadas; y llegaremos al núcleo de los problemas si continuamos el camino a través del cual él llegó a dichas construcciones. Dice que los historiadores quieren retratar siempre la realidad individual en su forma más personal; lo ven como su deber, y para ello, la lógica debe hacer justicia. ¡De otra manera, el trabajo de Ranke y de todos los demás famosos historiadores no se podría considerar científico!
   La petitio principii silogística es obvia. Lo que está por demostrar se utiliza como una premisa de la prueba. La verdadera pregunta es si los grandes historiadores no se equivocaron cuando consideraron su trabajo como científico. Realmente la solución debe ser que los grandes historiadores eran, sin duda, grandes eruditos, pero sin embargo es dudoso que lo que ellos produjeron pueda ser o, de hecho, tenga que ser llamado ciencia. Para escribir historia, uno debe poseer cualidades científicas de alto nivel: al menos debe ser un gran filólogo y tener todas las cualidades y aptitudes de un diplomático, un numismático, y otra cuantas más. Eduard Meyer, quien tiene un dominio magistral no solo del latín y del griego, sino también de todas las lenguas de Oriente Próximo, es sin duda un gran erudito, como lo es también Theodor Mommsen, quien además de una formación filológica completa, fue también un eminente jurista. Además, el manejo fundamental del material reunido requiere una capacidad científica audaz y resuelta, sobre todo, para la perspicacia, lo cual no prueba que el producto de estos trabajos científicos sea la historia científica.
   Aquí aún podemos ver que la historiografía tuvo su origen en el Humanismo, que fue esencialmente filológico, es decir, la ciencia del lenguaje. Debido a la desmedida devoción de esa generación por la antigüedad, cada hecho que se heredó de la historia de los griegos y de los romanos parecía inmensamente valioso, y era evidente que la creación más minuciosa surgida a partir de todos aquellos acontecimientos era un logro digno de esfuerzo. Y desde el punto de vista de la filología esto puede ser indiscutible; pero para nosotros la filología ya no es historia. Para nosotros es, desde el punto de vista de la historiografía, nada más que una de sus ciencias auxiliares, al igual que desde el punto de partida de la filología, la historiografía es una de sus ciencias auxiliares.

   3. Historiografía como doctrina descriptiva

   Si la historiografía no es ni arte ni ciencia, ¿qué ha sido hasta ahora? La consideramos una actividad estética. Leonard Nelson en su Kritik der praktischen Vernunft (Crítica de la Razón Práctica) ha señalado que la ética está formada por dos partes: la doctrina del deber, que procede del interés moral, y la doctrina del ideal, que viene del interés estético. La primera proporciona imperativos categóricos, mientras que la segunda proviene del optativo categórico. Pero estas propuestas no son hipotéticas, ni siquiera imperativas, incluso tienen relación con la voluntad. Y muestra, además, que cada valor positivo más alto, es decir, el valor no sensual, únicamente puede tener su raíz aquí: cada valor moral negativo produce solamente, por acción irresponsable, una falta negativa y no compensada de valor. Todos los valores culturales vienen entonces del interés estético, que por sí solo es capaz de otorgar importancia al valor.
   Teniendo en cuenta estos pensamientos, consideramos la historiografía como una doctrina descriptiva de lo ideal. Esto encaja a la perfección con la idea común de que la historia debe y puede ser la maestra de la humanidad – una concepción que carecería de sentido si alguien intentó, como los representantes de la historiografía, tratarla como una ciencia e incluso negó toda conformidad de acontecimientos con respecto a la ley, pero, por otra parte, tiene buenos motivos para concebir los testimonios escritos de la historia como una doctrina del ideal que establece modelos para estar a la altura y desea ofrecer a la voluntad optativos de una acción heroica. Y esto queda reflejado de forma clara en las afirmaciones de importantes historiadores y filósofos de la historia. Mehlis escribe, por ejemplo, que la historia tiene la mejor de las intenciones con respecto a sus héroes. Dilthey dice «El biógrafo debe ver al hombre sub specie aeternitatis, como él mismo se siente en momentos en los que solo hay una vestidura y un velo entre él y la divinidad, y se encuentra tan cerca de los cielos estrellados como de cualquier parte de la tierra». Incluso Goethe asignó a la historia la tarea de «despertar el entusiasmo»; Troeltsch dice que Maquiavelo se conformó con un punto vista sicológicamente tipificado de la historia, que sirviera como una guía o instrumento para la acción práctica; Schleiermacher piensa que «la historia es un libro ilustrado de psicología moral, y la psicología moral es el formulario de la historia»; y Eduard Meyer, a su vez, dice que «toda presentación de la historia no es solo una ciencia sino que también es arte, y además no solo se centra en el asunto visto desde fuera, como en el caso de cada trabajo de literatura, sino que también en cuanto al contenido en la configuración del objeto».
   Y lo que es más - y aquí es donde se expresa el verdadero punto de vista sociológico - la historia es siempre la doctrina del ideal desde el punto de vista de un grupo definido. Cada grupo, en particular cada clase (en el sentido más amplio de la palabra donde esto significa rango y casta), determina su ideal de grupo en la historia y lo va configurando a través de la forma de personalidades idealizadas, instituciones, y situaciones que se configuran como modelos eternos y guías para el presente. O en otras palabras, el historiador escribe historia «sub specie» de lo que ortodoxamente considera «aeternitatis», que, sin embargo, no es más que su «ecuación personal» (Spencer): y esto es el conjunto de normas de su grupo que le han sido trasmitidas a través de la educación, la imitación y la tradición. Para demostrar lo indicado con un simple ejemplo, un historiador, Treitschke, famoso no solo por sus logros científicos, en su obra Politik (I, p. 86) alardea de los alemanes, es decir, de sí mismo, diciendo que son un pueblo que se considera «libre de tradiciones políticas y prejuicios». No hay duda de su ortodoxia, y nadie puede poner en duda su inseparable conexión con su grupo social, pues el conservadurismo prusiano tuvo un considerable y marcado tinte agrario.
   A este respecto, los alemanes son, en casi todo,la expresión de la influencia personal de sus profesores y escritores, es decir, la expresión del carácter del grupo al que pertenecen esas personalidades, todas las ciencias relacionadas con la mente o con la cultura no son objeto de investigación sociológica, se supone que son su meta. Es el don más preciado que la joven disciplina de la sociología ha aportado a la ciencia y a la humanidad, la cual nos ha llevado a reconocer un punto de vista de la crítica casi completamente abandonado hasta ahora. Exige conocer la situación personal de cada investigador en uno de sus campos, de la misma forma que se espera que el astrónomo haga observaciones; y lo exige de cada crítico, tanto en el caso de todos los antiguos trabajos, como en el de los más recientes. En primer lugar determina lo ideal de la clase o grupo, el autor (ortodoxamente) presentó o presenta, lo que, por esta razón era o es su «thema probandum». Esta prueba psicológica abre el camino en muchos casos para el test de lógica y conduce a los pseudoprotones de la deducción. Este nuevo método está siendo usado a diario como principio ordinario de trabajo, consciente o inconscientemente, por todos los representantes importantes de la historia del pensamiento: un resultado gratificante de la crítica materialista de la historia, y una nueva prueba del hecho de que incluso una teoría incorrecta, si es lo suficientemente brillante, puede conseguir mucho para el avance de la ciencia (con respecto a la concepción materialista de la historia conviene recordar lo que escribimos en Allgemeine Soziologie, p. 911 y siguientes).
   Vamos a mencionar a uno de los representantes más significativos de esta tendencia crítica: Wilhelm Hasbach, quien ha abordado el método con un dominio completo en sus investigaciones clásicas, como queda reflejado en su obra General Philosophical Principles of the Political Economics Founded by François Quesnay and Adam Smith. Nosotros mismos lo hemos aplicado conscientemente y por principios en cada una de nuestras investigaciones sobre la historia de los dogmas de la economía, tanto en el caso de los sociólogos anteriores en nuestra Allgemeine Soziologie, como en la historiografía en una extensa digresión sobre la historia de Great-Men-Theory (pp. 911 y ss.). Pronto aparece una obra sobre el estado (la segunda parte de Das System der Soziologie, el que es hasta entonces el primer volumen Allgemeine Soziologie, y el tercero, Oekonomik, han estado disponibles, cada uno en dos volúmenes) que también trata, desde el mismo punto de vista crítico, las doctrinas del estado desde sus primeros esbozos hasta el presente. Que este método, aplicado a la historiografía, produce resultados de gran valor está demostrado por un trabajo de investigación, que aún continúa como boceto, de mi alumno Gottfried Salomon, profesor no numerario en la Universidad de Fráncfort del Meno, en «Historia como ideología» (en Wirtschaft und Gesellschaft, Festgabe für Franz Oppenheimer, 1924). Él demuestra de manera concluyente que toda la historiografía es el arma de los diversos grupos de opinión claramente reconocibles dentro la vida política; por ejemplo, en el Medievo, de los partidarios del papa, de aquellos que lo son de los gobiernos, o tal vez de los partidarios del poder imperial; en los últimos tiempos, de los estados o del absolutismo, o del tercer o cuarto estado; y que la posición adoptada en cada momento corresponde exactamente a los intereses del grupo líder y a sus creencias. De acuerdo con esto, la historiografía deja de ser el rival de la sociología y se convierte en su objeto de estudio. Sirve como índice importante para hacerse una idea de la situación de clases, fuera de las cuales creció el trabajo individual en virtud del determinismo socio-psicológico, que fue un obstáculo insuperable para el hombre sociológicamente ingenuo.

   4. Método sociológico

   Una y otra vez he atacado a esta pseudoley y creo que, con exitosos argumentos, la he refutado como completamente falsa (el más reciente en el System der Soziologie, I, pp. 987 y siguientes y III, pp. 206 y ss.) sin ser capaz hasta ahora de conseguir un debate justo desde aquellos ataques. En el segundo volumen de Das System he dejado al descubierto, en un análisis detallado desde el punto de vista de la historia intelectual hasta las ramificaciones del teorema, y he demostrado que es una maraña de postulados metafísicos y dogmáticos en relación con malentendidos primitivos e incluso ridículos. (Un breve fragmento de lo indicado lo hemos publicado en el volumen dedicado en homenaje a Lujo Brentano). Después de la finalización de esta tarea de crítica, que quizás descubrirá todavía otros principios de la actual historiografía, tan generalizados como falsos, la segunda y más positiva tarea es retratar la historia para tomar la concepción correcta del origen del estado y las clases como base. Un intento de este tipo puede ser encontrado en nuestra obra Grossgrundeigentum und soziale Frage (segunda edición), donde hemos retratado la historia de Alemania, sobre todo durante la Edad Media, ignorando deliberadamente la ley general de la acumulación capitalista en todas sus formas, incluso en la ley de Malthus sobre la población, y hemos llegado a nuevos puntos de vista. El libro, que apareció por primera vez en 1898, hasta hoy nunca ha sido criticado por un experto; solo hay un posicionamiento por escrito, privado y elogioso, llevado a cabo por Karl Lamprecht (impreso en el prólogo de la segunda edición). Si la fuerza y la vida nos lo permiten, mi compañero de trabajo, Fedor Schneider y yo, completaremos el cuarto volumen de Das System der Soziologie, el cual hemos empezado a redactar con una descripción de la historia social y económica de Europa desde las migraciones tribales hasta la actualidad, tratando este gran tema sin el uso de falsas explicaciones de la ley general de la acumulación capitalista, es decir, partiendo del principio de la «idea sociológica del Estado.

   5. Las Limitaciones del Método

   Este primer intento a gran escala tendrá que demostrar que la historiografía sociológica, la cual ha demostrado su eficacia en el campo de la historia del pensamiento, también puede hacerlo en el campo de la historia política. Pero hay que decir que no está en condiciones de conseguir, y ni quiere ni está obligada a hacer lo que algunos de sus oponentes le demandan ‒ la creación de «leyes naturales» exactas matemáticamente para la historia. Esto es una petición ridícula para nosotros, la cual demuestra con firmeza que sus oponentes tienen poca idea de la concepción de una ley, confundiendo una clase limitada con el concepto principal. Solo en la física matemática, por ejemplo, en la astronomía, hay leyes con esta precisión; las otras ciencias naturales tienen que conformarse con leyes de mucho menor alcance y, a menudo incluso, con simples reglas empíricas. No se le puede exigir a la sociología, que tiene que ver incluso con un conjunto más complicado, más precisión que, por ejemplo, a la meteorología. Nos hemos extendido sobre este tema en nuestro Allgemeine Soziologie de forma considerable, concretamente en relación con Cournot y Eulenburg, y aquí solo haremos referencia a este discurso.
   En segundo lugar, es preciso señalar que en un principio la sociología, considerada en su significado más moderno como una ciencia puramente causal del proceso social, no estaba en condiciones de poder orientar completamente por sí misma a la historiografía. Necesita una cooperación mano a mano de la filosofía social, es decir, la ética, que se orienta en los valores y se asigna valores a ella misma. Y, en tercer lugar, hay que decir que la historiografía sociológica, como ciencia teorética inductiva, no está por esta misma razón en condiciones de hacer justicia a lo puramente individual, por la razón por la cual ninguna ciencia teorética puede hacer esto, ya que razona lejos del individuo. Por tanto, debe negarse a revelar el secreto de la llamada personalidad supersocial ‒ el gran líder, erudito, santo, etc.‒. Aquí aún permanece lo real, individualizando la historiografía a un campo amplio de actividad en la que tendrá asimismo que trabajar en común con la filosofía social. La historiografía social, aquí también, tiene que hacer un trabajo preparatorio indispensable. Ya que casi nunca se discute y, hoy en día, se considera como probado, que incluso el individuo más fuerte, más ingenioso, está y permanece profundamente comprometido con los valores de su grupo. Destaca de sus compañeros, a veces muy por encima, pero nunca está fuera de su círculo intelectual. Solo una generalización comparativa e inductiva puede determinar, incluso en el caso de las grandes personalidades, cuán grande es el alcance individual dentro de los que son capaces de emanciparse de sus imperativos de grupo. Hasta que se determina esta conformidad general a la ley, toda evaluación de la personalidad histórica es puramente arbitraria y no es en lo más mínimo vinculante. Solo la falta de este tipo de investigaciones preparatorias tanto generales como sociológicas ha hecho posible la sobrevaloración absolutamente ridícula de los «grandes hombres» que alcanzaron su punto más alto en Treitschke y degeneraron en Carlyle (culto al héroe) en un culto mesiánico, que anula la habitual teoría de los grandes hombres ya que reconoce en todo el transcurso de la historia del mundo solo a un pequeño número de genios.
   Eso es todo lo que se puede decir sobre la relación entre la historiografía y la sociología hoy día. La aplicación práctica es que el sociólogo, en cualquier parte de este gran campo en el que puede elegir donde trabajar, debe soportar los dolores más sinceros para llegar a ser conocido por su propio trabajo y que esta sea tenida en cuenta debidamente. Solo entonces las llamadas ciencias mentales comenzarán a ser ciencias en el sentido estricto de la palabra. Solo cuando esto ocurra, la sociología será capaz de alcanzar su meta más alta, la de convertirse en el maestro del hombre, quien nunca resurgirá de la barbarie lamentable en la que está viviendo hasta que haya aprendido por la ciencia sin prejuicios a dominar al más poderoso de todos los procesos básicos, el proceso social, con la misma garantía con la que controla vapor y electricidad a diario. Nada es tan práctico como la teoría. Y nunca antes había hecho tanta falta una teoría social correcta más que en nuestros días ‒ este mundo del hombre blanco que amenaza con irse a pique con la colisión del capitalismo occidental y del bolchevismo oriental. [Recibido el 29 de diciembre de 2014].


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