OBSERVACIÓN DE ASTRAEA
Oratio en Derecho y Literatura

José CALVO GONZÁLEZ


 

Resumen: Lección de clausura pronunciada por el profesor José Calvo González, con ocasión del cierre del Seminario sobre Derecho y Literatura de la asignatura de Filosofía del derecho de la Universidad de Málaga, correspondiente al curso 2013-2014.

Palabras clave: Derecho y Literatura, Innovación docente, Pedagogía jurídica, Astraea, Themis, Iustitia, Diké, Adikia, Hesíodo, Ovidio, Pausanias, Shakespeare, Titus Andronicus, La Tempestad.

   El diploma que les ha sido entregado reproduce la imagen de una figura en bajorrelieve de Astraea, datada en 1886 y que se halla en la vieja cámara de Corte Suprema en la Vermont State House.
   Astrea era hija de Zeus y Themis, la madre a la Justicia. Otros genealogistas sostienen que era hija de Astreo y Eos, ésta como la Aurora, hermana de Helios, el Sol. No profundizaré en ello, pues es bien sabido que por ser los árboles genealógicos de la Mitología frondosos y muy tupidos, es fácil pasar de una a otra rama, de donde yéndonos por las ramas podemos acabar perdidos.
   Diré que Astraea es fundamentalmente la diosa de la Justicia y la personificación de la Libra, el signo de la balanza de la justicia, así como de las relaciones sexuales
   También que en Los trabajos y los días, escrito por Hesíodo, un poeta griego antiguo que vivió durante los siglos VIII-VII, se habla de ella, de sus orígenes y legendarias circunstancias. Narra allí acerca de la Edad de Oro, cuando los hombres vivían como los dioses: despreocupados del paso del tiempo, como ingenuos, entre banquetes y fiestas.
   El trabajo no era necesario y los bienes pertenecían a todos espontáneamente. Al llegar la hora de la muerte se introducían en ella a través de un suave sueño, quedando dormidos. Aquel tiempo fue el reinado de la Justicia y la Paz. No obstante, durante el siguiente reinado de Zeus, que fue conocido como la Edad del Hierro, se produjo la casi completa desaparición de aquella raza de hombres, y los pocos supervivientes fueron presa del vacío y la violencia. Sucedió entonces que Astraea abandonó la tierra: Terras Astraea reliquit.
   En los cielos comenzó también la terrible Guerra de los Titanes, una especie de Star Wars de la Antigüedad, con sus Jedis de la Galaxia y el Lado Oscuro de la Fuerza. Astraea fue titánida aliada de Zeus, como la portadora de sus rayos. Zeus era manifiestamente un Dios de humor eléctrico. Niké, la Victoria, fue otra de sus aliadas. La lealtad de Astraea le valió como recompensa conservar su virginidad y el privilegio de ocupar un lugar entre las estrellas para figurar como constelación de Virgo. Astraea fue la única virgen entre todas las Titánides y desde entonces una estrella principal. Es por todo ello que a veces se la representa a como una diosa alada a la que rodea una brillante aureola, y que porta una antorcha –todos estos son atributos de una diosa de las estrellas– además de una balanza y los fulminadores rayos de Zeus.
   Otro poeta, esta vez romano, Publio Ovidio Nasón la menciona igualmente. Al Lib. I (vv. 149-150) de su Metamorfosis, menciona aquella misma pavorosa transformación del mundo a la que ya me he referido antes. Los crímenes de la humanidad habrían obligado a que Astraea abandonara la tierra (ultima caelestum Terras Astraea reliquit), que se refugió en el cielo, constelada como Virgo.
   También Virgilio habla de Astraea como una virgen y anhela su retorno. Lo hace en la cuarta de las églogas de sus Bucólicas (vv. 5,7). Se persuade en el nacimiento de una ‘nova progenies caelo’, de una nueva generación de estrellas, y predice el regreso de la virginal Astraea, la Justicia pura, para auspiciar otra edad dorada, la “edad Augusta”.
   Virgilio, como Ovidio, fue leído por los renacentistas. Lector de Virgilio fue Cervantes –"yo he leído en Virgilio", escribió–. De Ovidio lo fue Shakespeare, aprovechando el pasaje de la huída si bien confiriéndole un nuevo significado en su tragedia Titus Andronicus (1593).
   En ella nos habla de la locura de Tito Andrónico, fingida o real, para la que ciertamente no habría carecido de motivos. Traicionado, su hija Lavinia violada y mutilada, otros dos hijos ejecutados bajo falsos cargos.
   Del acto 4, escena 3 extraigo el siguiente parlamento:

Tito. – Terras Astraea reliquit. La justicia se ha ido, huyó. Parientes:
cavad con pico y pala y perforad la tierra hasta lo más hondo.
Cuando lleguéis al Infierno, pedidle a Plutón justicia para
Andrónico, traicionado por la ingrata Roma. ¡Ah, Roma! Yo
te hice desgraciada el día que arrojé el sufragio del pueblo
sobre aquél que así me tiraniza. ¡Vamos, vamos! ¿Qué
esperáis? ¡Cavad!
Marco. –(A Publio.) ¡Ay, Publio, Publio! ¡Que los cielos le protejan
de su locura!
Publio. – (A Marco.) Marco, no debemos abandonarle. Hay que
vigilarle día y noche, hasta que el tiempo traiga algún remedio a su delirio.
Tito. – ¡Qué! ¿Habéis dado con ella?
Publio. – No, Andrónico. Pero Plutón te manda un mensaje: Si quieres,
tendrás venganza por parte del Infierno. Pero, en cuanto a la
justicia, que ahora está mi ocupada, con Júpiter, en el cielo, o
no se sabe dónde... Así que no hay más remedio que esperar un poco
Tito. – Puesto que no hay justicia ni en la Tierra ni en el Infierno, se
la pediremos a los dioses del Cielo. (Les entrega unos
mensajes.) "Júpiter". Marco, este mensaje para ti. Aquí,
"Publio, "para Apolo". "Para Marte", éste para mí. Para ti",
muchacho, el de Palas. Parientes: disparad a la Corte.
Heriremos al emperador en su orgullo. Ahora, tirad.
(Arrojan al cielo los mensajes.)

   Tito Andrónico fue un general romano al que gastronómicamente el Hannibal Lecter de Thomas Harris sólo alcanza a emular con timidez antropófaga. Tito le vencería con claridad en cualquier concurso de "Master Chef caníbal". Pero no es éste el asunto. Es más bien la terribilidad de la vida, que impulsa a muchos a la locura y en ella a creer como verdadero que la Justicia ha huido de la Tierra.
   Tito estaba sediento de venganza. Pero la venganza no es Astrea. Ella es la Justicia, Diké, Astraea.
   Y es que, en efecto, Diké, es también llamada Astraea. Lo contrario a Diké sería Adikia (la injusticia) y, según lo que Pausanias, historiador griego del s. II, contempló representado en el arca de cedro Cípselo, ofrendada al templo de Hera en Olimpia, la diferencia se muestra en la escena donde una mujer hermosa castiga a otra, fea, a quien toma del cuello con una mano y con la otra le fustiga con una vara; Descripción de Grecia, Lib. V (Élide) 18.2.
   La Astraea de los romanos, la Iustitia, era asimismo muy diferente también de la Themis griega, la "ley de la naturaleza", la implacable y brutal "ley natural". También era una diosa, pero se daba a ver como la justicia del hombre: justicia humana en el sentido de la justicia en cada uno de nosotros, en nuestro interior.
   Bien puede ser, claro está, que al contarles todo lo anterior haya formado una madreselva y quizá ahora algunos pensarán que me he ido por las ramas. ¡Ya me hubiera gustado –lo admito– ser un barón rampante!, a la manera de aquel de Italo Calvino. Lamentablemente, y si fuera que me adornasen títulos de alguna clase, no se cuenta sin embargo entre ellos la baronía de ningún bosque enramado.
   Aún así voy a bajar de las que hubiere acaso trepado. Lo haré con cuidado, auxiliado de una escalera de ideas.
   Desde el peldaño más alto, donde poetas, dramaturgos e historiadores. El Derecho no se explica sin Literatura, como tampoco eludiendo el concurso de otros saberes humanos; esto es, sin las Humanidades.
   Descendiendo un poco más. La justicia no es venganza, pero es castigo. La injusticia, que es una desfiguración y así ideada con aspecto deslucido y grotesco, no debe recibir de la Justicia un castigo simétrico, porque la igualaría en la fealdad.
   Más abajo, ya a la altura del tronco. Es necesario entender que la justicia ha de ser humana, ha de ser justicia de los hombres, no la inclemente justicia natural, que no alberga perdón. La justicia de los hombres debe tener –aprovechando aquí del verso shakesperiano al que pone voz Próspero en La Tempestad– "la cualidad del perdón". Próspero se había instituido en juez para restaurar el orden legítimo quebrantado por un acto criminal, pero definitivamente sabe contener el espíritu de la venganza al descubrir la clemencia humana. He leído recientemente el libro de un director de teatro que ha llevado a escena numerosas obras shakesperianas, Peter Brook. Se titula La Qualité du pardon – Réflexions sur Shakespeare, e indaga en la tempestad moral desatada en el cráneo de Próspero. Decidido por la venganza hacia sus enemigos Próspero se inclina al final por el perdón, por la cualidad del perdón, por la virtud de perdonar. La Literatura instruye al jurista en esta y otras virtudes necesarias para conducirse en los términos de la Justicia.
   Y, por último, poniendo pie en tierra. Es muy posible que, como Tito, creamos que «la justicia se ha ido de este mundo». No es vano comprender que no habitamos la Edad de Oro, sino la Edad del Hierro; La edad de hierro (1990) es el título de una maravillosa novela, otra más, de J. M. Coetzee, que no hace mucho también he leído, y cuya belleza extraña me emocionó.
   Vivir en la Edad del Hierro –no seamos ingenuos, no podremos serlo ya nunca más– es difícil. Hacer vivir la justicia de los hombres, la terrestre que nos ha quedado luego de la marcha de Astraea, no es fácil.
   Pero a veces conviene levantar la mirada, alzarla por encima de las ramaje de los árboles, mirar al cielo estrellado, y descubrir el centellear de Libra, y aprender de su modelo de equilibrio, y saber resistirse a la fuerza tenebrosa, y evitar a todo trance ser uno de los Jedi caídos, muy conscientes de los peligros de la oscuridad, y estar y permaneccer del Lado Luminoso de la Fuerza, allí donde el brillo de Astraea todavía refulge y titila. Muchas gracias [Recibido el 23 de junio de 2014].


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