Gérard Guyon, La Règle de Saint Benoît: aux sources du droit..., DMM, Poitiers Cedex, 2012, 190 págs.

Guillermo Hierrezuelo Conde


 

RESUMEN: En esta monografía Guyon estudia ampliamente la Regla de San Benito, fundada por su homónimo, considerado como uno de los "Padres de Europa". Sus reglas, influidas en gran medida por el Derecho Romano, alcanzaron gran predicamento sobre todo a partir del siglo VI. Los dos pilares básicos que conformaban la Regla benedictina eran el oficio divino, de una parte, y la lección divina o el trabajo, de otra. San Benito obligaba a dedicar entre cuatro y ocho horas diarias al oficio divino y siete horas para dormir; y las restantes horas a trabajar, a estudiar o a la lectura religiosa. En caso de incumplimiento de las normas se establecían sanciones, que tenían su fundamento en el Derecho privado romano. Asimismo, diferenciaba entre la culpa y el dolo. Además, la Regla se basaba en los principios de la caridad y el acogimiento, si bien limitaba al máximo la permanencia de extranjeros dentro de la comunidad, para evitar que surgieran conflictos internos. La figura del abad en los monasterios adquiría un papel relevante en la medida en que presentaba como un auténtico Padre, pero como un Padre que juzgaba.

PALABRAS CLAVE: Regla de San Benito, Orden Benedictina y San Benito.

Parece ser que San Benito nació en el 470, en el seno de una familia noble en Nursia, en Italia central, si bien la fecha de su nacimiento ha sido un tema controvertido entre los historiadores. No se conocen grandes datos de su infancia y juventud, y lo poco que sabemos de la vida de San Benito está recogido en el Libro II de los Diálogos, redactado por San Gregorio el Grande a finales del siglo VI, entre 593 y 594 (p. 29). En efecto, San Benito conoció y asumió las lecciones de San Pablo y San Judas y es presentado como uno de los Padres de Europa que figura en los libros de Historia y de las Artes como un héroe de la fe. Fueron muchos los que siguieron sus Reglas después del siglo VI. Asimismo, cabe reseñar que su autoridad se fundamenta en una paternidad espiritual y temporal como emperador, convertido en jefe de los Padres: Pontifex maximus y Pater patriae. En efecto, San Benito ha sido tradicionalmente considerado como el verdadero fundador de la monarquía y el patriarcado de los monjes de occidente, según la expresión utilizada por el Papa San Gregorio el Grande. También ha sido declarado "Padre de Europa", tal como le proclamó Pío XII el 18 de noviembre de 1947 (p. 27).
De hecho, San Benito estableció los dos pilares básicos que conforman la Regla Benedictina: el oficio divino, de una parte, y la lección divina o el trabajo, de otra (p. 68). Al mismo tiempo, predicó una separación entre los dos reinos: el celestial y el terrenal, y el reconocimiento de que Dios ocupaba el primer espacio. De esta forma, la sociedad benedictina ha implantado dos reglas: un orden de unidad indisociable que ha permanecido entre nosotros, al tiempo que los miembros establecían una relación horizontal (fraternidad, dominado por el amor mutuo).
Existe en el Derecho occidental un patrimonio específico de la Regla Benedictina, que ha permanecido y se ha incrementado en el tiempo (p. 16). Gabriel Le Bras ha defendido que la presencia en Europa de los religiosos benedictinos se ha mantenido durante quince siglos (p. 16), si bien ha sido desde el siglo XI cuando hemos asistido al triunfo de los monjes y de la Orden Benedictina, contribuyendo los monasterios a la expansión misionera. En efecto, los monasterios, propiedad de las familias aristocráticas, fueron puestos al servicio de los monjes y llegaron a ocupar un lugar decisivo.
Se han realizado numerosas traducciones de las Reglas benedictinas a partir de la lengua latina, y han dado como fruto una legislación universal monástica, que ha contribuido a uniformar las reglas de la vida social cristiana. De lo que no cabe duda es que la Regla Benedictina ha estado claramente influida por el Derecho Romano, tanto en su estilo como en su pensamiento, y toda la estructura de la Orden Benedictina ha reposado sobre una sacralización cristiana de los tiempos.
San Benito reguló la organización horaria de la jornada a partir de los oficios litúrgicos. Y desde un punto de vista litúrgico, la simplicidad y la concesión se presentaban como la regla. Los horarios fueron establecidos según un ciclo anual: de una fiesta de Pascua a otra. Dependiendo de la época del año y de las fiestas litúrgicas los benedictinos dedicaban entre cuatro y ocho horas diarias al oficio divino y siete horas para dormir. Las restantes horas estaban dedicadas a trabajar, al estudio y la lectura religiosa, y en caso de incumplimiento de los tiempos se establecían sanciones, según la casuística y los usos del Derecho privado romano. Hasta el punto de que el modelo benedictino de la culpabilidad ha sido un patrimonio que se ha dejado sentir en toda la historia penal que le precedió, así como la naturaleza psicológica o psíquica de la persona (pp. 115-129). De hecho, desde un punto de vista jurídico, «incluía un verdadero código penal» (p. 83), elaborando un amplio catálogo de infracciones y de dispensas. Gérard Guyon llega a afirmar en este estudio que «San Benito quiso elaborar una forma de cómputo muy complejo destinado a determinar la forma más rentable de los tiempos» (p. 71). Con el objetivo de abrir el monasterio a todos, asumió el espíritu de la caridad y el acogimiento, protegiendo al máximo a la comunidad de las intrusiones exteriores que podrían perjudicarles. Sin embargo, el acogimiento que asumían era limitado en el tiempo, de forma que los extranjeros y viajeros sólo podían participar en la comunidad de forma temporal.
Al analizar las Reglas de San Benito se observan numerosas similitudes entre las proposiciones contenidas en la Regla pastoral de San Gregorio el Grande y las de San Benito (p. 99). La influencia de la Regla benedictina ha quedado de manifiesto en las costumbres monásticas que aplicaron los abades y organizaron los detalles del poder del abad. Por otro lado, la misión del abad debía ser un ejemplo de la aplicación de la ley. Destaca Guyon que «la lectura de la Regla benedictina ofrece al lector jurista una impresión de cohesión y de unidad» (p. 104). En la Regla benedictina, la autoridad se inscribía fundamentalmente en una relación interpersonal, fundamentada en la obediencia a la ley, que encontraba su fundamento en la libertad humana. Pero también debían cumplir la caridad, la purificación, el silencio, la supresión de toda riqueza, la humildad en el comportamiento hacia los demás, entre otros.
San Benito aplicó a la cuestión de la responsabilidad una voluntad y una libertad que eran totalmente ajenas a los juristas de la antigua Roma. En el mundo religioso benedictino, la vida se planteaba como una lucha crucial y permanente entre el amor de Cristo y el pecado, y la admisión de la culpa implicaba confesar y reconocer los pecados propios. Esta culpa se presentaba como distinta al dolo (dolus) recogido en las constituciones imperiales del Bajo-Imperio. La culpa implicaba la intención de cometer un acto aún sabiendo todas las consecuencias posibles; por el contrario, el dolus suponía la intención de cometer un acto perjudicando a alguien y la voluntad de ir contra la ley. En el período comprendido entre el fin de la Roma occidental y la época de los grandes canonistas medievales se abrió una nueva etapa en el que el Derecho benedictino tuvo su auge. En efecto, la influencia de las normas benedictinas en la doctrina penal medieval de la culpabilidad ha quedado patente en el transcurso de la historia. A diferencia de sus predecesores, la legislación penal de San Benito "tenía una obsesión pedagógica" ya que las sanciones pretendían tener eficacia (p. 135), en la medida en que el reconocimiento de la culpabilidad constituía el auténtico pilar de la igualdad humana. En la Regla, el abad se presentaba como un auténtico Padre, como un Padre que juzgaba. De esta forma, la Regla benedictina ha proporcionado una finalidad religiosa propia a las tres funciones de la culpabilidad: en primer lugar, como un medio de restablecer el orden social y, en consecuencia, la referencia a una conciencia colectiva; en segundo lugar, como medio social de reintegración del criminal, lo que implicaba necesariamente una responsabilidad moral, y, en tercer lugar, como expiación (p. 145).
Pero no podemos olvidar que el perdón siempre ha sido algo inherente al cristianismo, teniendo una función de reparación y de redención. De una parte, se ha construido el pilar jurídico del perdón, así como el carácter punitivo y medicinal de la pena, elaborándose una verdadera teoría carcelaria. En efecto, el Derecho canónico se fundamenta en la idea de que la pena estaba basada en la communio y que cualquier hecho grave afectaba a toda la comunidad. Por ello, Guyon destaca que «la regla del Derecho, y sobre todo el Derecho Romano, está muy presente en la Regla benedictina, a través de lo que se llama generalmente el código penal benedictino» (p. 155).
Gérard Guyon, profesor emérito de Historia del Derecho y de las Instituciones de la Universidad de Burdeos, ha publicado entre otras obras: Le legs du christianisme dans l'Histoire du Droit européen (2004) y Chrétienté de l'Europe. Fondations juridiques, con un Prólogo del R. P. Joblin, S.J. (2010), que he recensionado respectivamente en la Revista de Estudios Revista de Estudios Histórico-Jurídicos, Escuela de Derecho, Universidad de Valparaíso, XXVII (2005), pp. 539-541 y XXXIII (2011), pp. 689-690. [Recibido el 6 de febrero de 2012].


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