ITINERARIO VITAL Y DOCTRINAL DE DOMINGO DE SOTO: IMPLICACIÓN POLÍTICO-SOCIAL DESDE LA ORTODOXIA

Sixto SÁNCHEZ-LAURO*
 

Para citar este artículo puede utilizarse el siguiente formato:

Sixto Sánchez-Lauro (2011): “Itinerario vital y doctrinal de Domingo de Soto: implicación político-social desde la ortodoxia”, en Revista europea de historia de las ideas políticas y de las instituciones públicas, n.o 1 (marzo 2011), pp. 113-137. En línea: http://www.eumed.net/rev/rehipip/01/ssl.pdf.



ABSTRACT: The life course and doctrinal of the theologian-jurist Domingo de Soto, a senior member of the School of Salamanca, elapses during the heyday of the Habsburg dynasty. From his privileged vantage point of the influential Convent of San Esteban as well as his condition as professor of Theology at the University of Salamanca –enjoying a time of great prestige–, Soto creates a heavy and dense theological-philosophical-law widespread work, which would help to consolidate the reformed doctrine of the Second Scholasticism or Natural Castilian Law. Domingo de Soto also participated actively in those relevant events of his time, both national and international, that demanded the opinion and intervention of the famous dominican: acts and polemics against the social evil of pauperism and beggary in defense of the truly needy; he went to the Council of Trent as the representative of the Empire and the University of Salamanca; he participated in the draft of the Interim of Augsburg; he was appointed as confessor of Charles V; he was present in disputes between Bartolomé de Las Casas and Ginés de Sepúlveda on the American settlement; he was required several times by the Inquisition to evaluate matters regarding the Court of Faith like the thorny process of archbishop Carranza; he expressed his opinion on political issues like the clashes between Philip II and Paul IV.

KEY WORDS: Domingo de Soto, School of Salamanca, Political, Begging, Inquisition, Defense of the indians, Natural law, Power legitimation and limitation, University of Salamanca, Order of Preachers.

RESUMEN: El itinerario vital y doctrinal del teólogo-jurista Domingo de Soto, miembro destacado de la Escuela de Salamanca, trascurre durante el período de máximo esplendor de la dinastía de los Austrias. Desde su privilegiada atalaya del influyente Convento de San Esteban y bajo su condición de catedrático de Teología de la Universidad de Salamanca, coincidente con su momento de mayor prestigio, Soto genera una copiosa y densa obra teológico-filosófico-jurídica, que gozará de gran difusión y que contribuirá a consolidar la doctrina reformadora de la segunda escolástica o iusnaturalismo castellano. Asimismo, Domingo de Soto participa activamente en aquellos acontecimientos de magno interés, tanto nacionales como internacionales, que exigían la opinión e intervención del insigne dominico: actúa y polemiza ante la plaga social del pauperismo y la mendicidad en defensa de los verdaderos necesitados, acude al Concilio de Trento como representante imperial y de la Universidad salmantina, participa en la redacción del Interim de Augsburgo, es nombrado confesor del emperador Carlos V, está presente en las controversias surgidas entre Bartolomé de Las Casas y Ginés de Sepúlveda acerca de la colonización indiana, es solicitado en diferentes ocasiones por la Inquisición para valorar asuntos concernientes con el Tribunal de la fe como el espinoso proceso del arzobispo Carranza, emite y compromete su opinión frente a cuestiones políticas como los enfrentamientos entre Felipe II y Paulo IV.

PALABRAS CLAVE: Domingo de Soto, Escuela de Salamanca, Ideas políticas, Mendicidad, Inquisición, Defensa de los indios, Iusnaturalismo, Legitimación y limitación del poder, Universidad de Salamanca, Orden de Predicadores.

1. Introducción

En este trabajo que presentamos no hemos pretendido afrontar ni elaborar un exhaustivo estudio biográfico del relevante teólogo-jurista Domingo de Soto ; realmente, lo que hemos procurado mostrar es su actitud y su quehacer vital frente a determinados fenómenos políticos, sociales e ideológicos de extraordinaria relevancia en la España del Quinientos, todo ello encuadrado en el trasfondo histórico en el que se inscribe su persona y su obra. Se trata, pues, de una síntesis biográfica orientada a conocer mejor estas líneas maestras del opus sotiano, tanto doctrinales como fácticas, con especial referencia a los aspectos más sobresalientes en la temática político-religiosa resultante del fenómeno apuntado.

2. Vinculación de Domingo de Soto a la Escuela de Salamanca

Domingo de Soto nace en Segovia en 1495 (1494?) y muere en el Convento dominicano de San Esteban de Salamanca en 1560. Su nombre de pila es Francisco, que cambia por el de Domingo al ingresar en la Orden de Predicadores de Santo Domingo de Guzmán, en 1524. Hijo de “cristianos viejos”, su padre, agricultor, tenía ascendencia avulense, y su madre, segoviana, “de linaje de hijosdalgos”. El reconocimiento de sus orígenes aparece en la mayoría de sus escritos al llevar a la portada de los mismos el calificativo toponímico Segobiensis. Estudia latinidad en su ciudad natal. Se incorpora en 1513 al Colegio de San Ildefonso de la naciente Universidad de Alcalá en donde cursa los estudios filosóficos de Artes, graduándose de bachiller en 1516. Es muy probable que tuviese por maestro al insigne reformador agustiniano Santo Tomás de Villanueva. Después, en 1517, marcha a París para estudiar teología e ingresa en el Colegio de Santa Bárbara.

Ya en la ciudad del Sena, Soto procura conocer a los maestros más prestigiosos y las tendencias más avanzadas del momento. Asiste a las lecciones del nominalista escocés Juan Mayr –Ioannes Maior– y a las del valenciano Juan Celaya, como antes había hecho Francisco de Vitoria, así como a las de los españoles Gaspar Lax y Antonio Coronel. Espíritu abierto a todas las influencias, Soto no podía contentarse con recibir la impronta de una única corriente, aunque estuviera aureolada por el prestigio que entonces gozaba el nominalismo, y que conocía bien por haberse formado en él, primero en Alcalá y después en Santa Bárbara. Inter nominales nati sumus, interque reales enutriti, consignará años después en el prólogo a su exposición filosófica de la Isagoge de Porfirio . Su avidez científica le inducía a frecuentar otros centros, como el Colegio internacional dominicano de Saint-Jacques, en donde su futuro hermano de religión y colega Francisco de Vitoria explicaba, como bachiller sentenciario, no las Sentencias de Pedro Lombardo, según hacían otros maestros, sino la Summa de Santo Tomás.

Las preocupaciones de Vitoria por la renovación de métodos y la revitalización de la teología, fueron impregnando el inquieto espíritu de Domingo de Soto. Es un hecho que estos encuentros parisienses con Vitoria fueron decisivos para el futuro del segoviano. «La figura de Domingo de Soto –escribe Jaime Brufau– está íntimamente ligada a la de Francisco de Vitoria. Fue una de las primeras conquistas del autor de las Relecciones De Indis, durante su profesorado en París; más tarde habría de tenerlo como compañero de claustro en las aulas salmantinas, y, una vez muerto, como su sucesor en la cátedra de Prima de Teología. Juntos participaron en la labor docente del alma mater y en los asuntos del claustro universitario, juntos colaboraron en la formación de sus alumnos y de sus hermanos de hábito en el Convento salmantino de San Esteban, juntos mantuvieron con firmeza posturas que les dictaba su conciencia. Compartiendo una misión idéntica, los dos trabajaron en la consecución de un mismo ideal» .

Este ideal, constante denominador común de ambos teólogos-juristas, sería la restauración de la teología escolástica en una perspectiva vital, proyectándola hacia los problemas morales, filosóficos, económicos, jurídicos y políticos de su tiempo y que encontraban su ámbito estimulante en el seno de la Universidad salmantina. Así se comprende mejor y más adecuadamente la producción científica de Soto que culmina en su monumental tratado De Iustitia et Iure .

No hay que perder de vista la impronta nominalista de Soto. A pesar de su posterior adscripción a la línea tomista, que otrora imprimiera el P. Juan Hurtado de Mendoza a los estudios del Convento dominicano de San Esteban de Salamanca, no deja de mantener elementos de talante nominalista que significan estímulos hacia la realidad concreta e individualizada y que en él supusieron una conexión viva y constante con la circunstancia histórica en la que se hallaba inmerso.

La incidencia del nominalismo en el plano del saber no estaba ausente en los métodos y procedimientos de argumentación de la época hasta tal punto que no pocas veces resultaba difícil discernir entre doctrina y formulismo metodológico. Con todo, el nominalismo contaba en su favor el haber suscitado nuevos puntos de vista en diversos ámbitos, como el de la física y el de la ética, en los que estaban presentes valores positivos que podían enriquecer la teología escolástica como nuevas aportaciones. Nada tiene de extraño que en un espíritu como el de Domingo de Soto quedasen, como herencia de su primera formación, elementos de talante nominalista, menos acusados en cuanto a la doctrina y con más peso en lo referente al método y a los procesos discursivos.

Soto, una vez graduado de maestro en Artes y habiendo estudiado dos años de teología en París, aparece de nuevo a fines de 1519 en Alcalá como colegial mayor en San Ildefonso, en donde continuará sus estudios teológicos inacabados, ejerciendo simultáneamente la docencia filosófica. En el Colegio, las cátedras de Artes solían ofrecerse a los colegiales mayores durante un cuadrienio. Soto, en el verano de 1520, ganará una cátedra de Artes, que regentará hasta 1524. Por estas fechas, los nominalistas conservaban una clara preponderancia en la Universidad complutense; con todo, Domingo de Soto, inclinado al tomismo pero todavía no identificado plenamente con él, será uno de los primeros en combatir a los nominales complutenses, introduciendo una exposición más razonada de Aristóteles.

Durante este período en Compluto, Soto se verá envuelto en una serie de agitaciones internas acaecidas dentro de la comunidad de la que formaba parte. Como es sabido, después de la muerte de Cisneros, el Colegio de San Ildefonso y la Universidad entera se hallaban envueltos en luchas partidistas, rencillas y disputas entre diversos bandos. Existía una tendencia partidaria del control del emperador Carlos, a la que se oponía otra deseosa de una autonomía total, y entre ambas quedaba otra moderada en la que se encontraba Soto. Al estallar la revolución de las Comunidades de Castilla, Alcalá, dependiente de Toledo y ofendida por los despojos que Carlos V había hecho, a título de patrono, de la hacienda que Cisneros legó al Colegio, apoyó mayoritariamente a los comuneros . Este hecho, una vez sofocado el movimiento revolucionario, movió a la Universidad a enviar, en misión de paz y para cerrar cicatrices, a Domingo de Soto como persona neutral y de prestigio, para que se entrevistara en Guadalajara con el duque del Infantado. Y cuando, por desavenencias con el pueblo de Alcalá, la Universidad complutense intente trasladarse a Salamanca, será el conciliador segoviano el que, con este fin, intervenga directamente, visitando la ciudad del Tormes en 1522.

Pensaba Soto ascender en el magisterio y llegar a ocupar una cátedra de Teología; pero, inclinándose hacia la vida religiosa, una vez terminado el cuadrienio de su cátedra colegial, aunque sin haber finalizado aún sus estudios de teología, marchó en 1524 al Monasterio catalán de Montserrat, intentando ingresar en la Orden de San Benito. Serán los mismos monjes de Montserrat quienes le aconsejen su ingreso en la Orden de Predicadores, considerando que el carácter de ésta estaba más próximo a la actividad docente, a la que Soto se sentía particularmente llamado. En efecto, llegado a Castilla, tomó el hábito de Santo Domingo e inicia su noviciado a principios del verano de 1524 en el Convento de San Pablo de Burgos, profesando en esta misma casa un año después. Su acta de profesión religiosa solemne lleva la fecha de 23 de julio de 1525.

Ya fraile dominico, continuó Soto su magisterio enseñando lógica en el Convento burgalés. Sin embargo, a fines de este año sería trasladado, también como profesor, al Convento de San Esteban de Salamanca. Las motivaciones de este cambio parecen girar en las pretensiones de la Orden dominicana de ocupar cátedras universitarias de mayor realce. Habiendo quedado vacante la cátedra de Vísperas de Teología en la Universidad salmantina, Soto hará oposición a ella frente al agustino Alonso de Córdoba, obteniéndola con brillantez el 22 de noviembre de 1532; el 14 de noviembre había obtenido el grado de licenciado en Teología. El otorgamiento del magisterio se fijó para el mes siguiente; el 8 de diciembre, actuando Francisco de Vitoria como padrino, recibía el birrete doctoral en Salamanca. Con ello, finalizaba sus estudios teológicos iniciados en París y continuados en Compluto, sumando el magisterio o doctorado de teología al que ya tenía de filosofía o artes obtenido en las Universidades alcalaína y parisina.

Con la obtención de la cátedra de Vísperas en el Estudio General salmantino, que ocuparía durante dieciséis años, Domingo de Soto quedó constantemente vinculado al prestigioso Colegio universitario dominico de San Esteban, pionero en el ámbito teológico y el mejor caladero de profesores de la Facultad de Teología de la Universidad desde su nacimiento en 1381; no obstante, su vinculación a la ciudad del Tormes venía produciéndose ya desde finales del año 1525, si se exceptúa el curso de 1528-29, en el que Soto se trasladó a Burgos para atender de cerca a la impresión de su primer libro, el Compendium Summularum , comentario a las Summulae de Pedro Hispano. Después, permanecerá en Salamanca hasta su muerte, acaecida en 1560, dedicado a la docencia universitaria (primero en la cátedra de Vísperas, después en la de Prima), a su densa y copiosa obra escrita y a sus funciones religiosas como fraile.

Su estancia en Salamanca se verá interrumpida únicamente por aquellos acontecimientos político-religiosos de magno interés, tanto nacionales como internacionales, que exigían la opinión del insigne fraile dominico. Así, Soto acude al Concilio de Trento, a petición del Emperador y del príncipe heredero Felipe. Su controversia, surgida en estas fechas entre él y el dominico italiano Ambrosio Catarino sobre la gracia y la justificación, está en conexión directa con la preeminencia alcanzada por Soto en la Asamblea tridentina, y que, a la vez, le granjeó una abierta hostilidad del partido italiano. En los inicios de 1548, en plena Dieta, se traslada a Augsburgo, llamado por Carlos V para que se incorpore a los trabajos y negociaciones entre imperiales y representantes del Papa para la redacción del Interim, en búsqueda de una solución definitiva respecto del reformismo luterano. En agosto de este año, Soto se convierte en confesor del Emperador, radicalizándose las discrepancias del dominico con los enviados papales, ya existentes desde Trento. No fueron gratificantes para el pacífico Soto estos momentos en la Corte imperial. Ante las constantes intrigas y tergiversaciones palatinas, abandona voluntariamente su influyente puesto de confesor para regresar, en 1550, a Salamanca; aunque antes de su marcha, el César le ofrece el obispado de Segovia, pero Domingo de Soto lo declina y regresa a su refugio salmantino, a su Convento y a su Universidad. En la ciudad castellana sería recibido como gran triunfador, saliendo a su encuentro el Claustro universitario, el Cabildo Catedral y las autoridades municipales.

En esta última década de su vida, estando en su retiro salmantino, otros acontecimientos diversos requirieron la intervención del teólogo-jurista segoviano, como las controversias surgidas entre Bartolomé de Las Casas y Ginés de Sepúlveda acerca de la conquista del Nuevo Mundo, que desembocaron en las Juntas de Valladolid de 1550 y 1551, o las diferencias y enfrentamientos entre Felipe II y Paulo IV.

También su prestigio le involucró en la esfera del Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición. Ya en 1540, el Santo Oficio había encargado a Soto el control de las librerías salmantinas con el fin de evitar la divulgación doctrinal protestante; pero es entre 1550 y 1560 –década de gran represión inquisitorial– cuando el teólogo salmantino va a verse constantemente solicitado por el Tribunal de la fe. Domingo de Soto participa en algunos de los asuntos más graves y delicados que en este período se trataron, tales como las deliberaciones y calificación, en 1550, de las proposiciones heterodoxas del prestigioso predicador sevillano Juan Gil –conocido como Dr. Egidio– y la consiguiente reconciliación del mismo, llevada a cabo solemnemente en la Sevilla de 1552; en la Censura de biblias de 1554; en las sospechas inquisitoriales sobre el franciscano Miguel de Medina a causa de ciertos matices de sabor luterano en sus escritos; o en la censura que Soto redactó a los Comentarios sobre el Catechismo christiano del también dominico Bartolomé Carranza de Miranda, arzobispo de Toledo, entre 1558 y 1559.

El peso de los años y de sus actividades , unido a los achaques de la gota que padecía, iban minando sus fuerzas. Moría el 15 de noviembre de 1560 en el Convento salmantino de San Esteban después de haber ocupado su itinerario humano e intelectual un lugar relevante en el período de máximo esplendor de la Monarquía hispánica, período coincidente con las primeras décadas de andadura de la Inquisición como herramienta y reflejo de la intolerancia hacia la heterodoxia.

3. Período salmantino anterior a Trento

Vicente Beltrán de Heredia, gran conocedor de Domingo de Soto, le sitúa en Salamanca a finales del año 1525, basándose en una declaración posterior del mismo Soto de que en ese año «vino a vivir a la dicha casa e monasterio», cuando estaba en los cimientos su maravillosa iglesia actual . A partir de esta fecha la vinculación salmantina de Soto es plena, pudiendo distinguirse dos etapas claramente diferenciadas: la primera, que abarcaría desde 1525 hasta su salida para Trento, en 1545, y la segunda, que oscilaría entre 1550 –regreso de Soto a la ciudad del Tormes– y 1560 –año en que se produce su óbito–. Durante la primera etapa, objeto de este apartado, Soto se dedicó fundamentalmente a la enseñanza teológica en el Convento de San Esteban, primero, y después, una vez ganada la cátedra de Vísperas, en la Universidad castellana, alternando la función docente con la publicación de destacados escritos de diferente índole.

A lo largo de este cuarto de siglo anterior al Concilio de Trento, coincidente con la primera etapa salmantina de Soto, se produce un gran impulso en el renacimiento de la Escolástica, superando el movimiento nominalista y manteniendo diálogo fecundo con las nuevas líneas del pensamiento renacentista que, a comienzos del siglo XVI, parecían bloquear el escolasticismo aristotélico. Esta reavivación de la Escolástica estuvo particularmente vinculada a la Orden de los Predicadores, que produjo conocidos comentadores de Santo Tomás, como los italianos Tomás de Vio -Caietanus– o Francesco Silvestris y otros eminentes teólogos españoles, como Francisco de Vitoria, Domingo de Soto, Melchor Cano y Domingo Báñez. Es indudable que el Concilio de Trento contribuyó a dar un nuevo y poderoso impulso a la renovación del pensamiento escolástico reforzando la labor realizada por los dominicos años antes. Hubo otros elementos que contribuyeron a esta prolongación de la vida del escolasticismo, en su época postridentina, como la Compañía de Jesús, que dio personajes de gran talla como Francisco de Toledo, Luis de Molina, Gabriel Vázquez, Roberto Bellarmino o Francisco Suárez .

Antes del cambio llevado a cabo por Vitoria, la cátedra de Vísperas, en Salamanca, compartía con la de Prima la exposición de los libros del Maestro de las Sentencias. Con la sustitución de la obra de Pedro Lombardo por la Summa –hecho que provocó grandes protestas alegando que se violaban los Estatutos universitarios–, la doctrina de Santo Tomás no sólo quedaba preeminente en la cátedra vitoriana de Prima, sino también en la de Vísperas con la entrada de Soto como catedrático de la misma en 1532. En el curso de 1539-40 se ordena que, según los Estatutos universitarios dados el año anterior, en las cátedras de Prima y de Vísperas se “leyese” por las Sentencias. Soto, en la de Vísperas, continuó de hecho dando preferencia al orden y método de Santo Tomás, aunque para cumplir la ley universitaria diera también cabida, aunque de modo muy formal, al Maestro de las Sentencias continuando así hasta 1545, año en que abandona la Universidad para asistir al Concilio.

Y si la labor sotiana en las aulas salmantinas durante estos años pretridentinos es, junto a la de Vitoria, de vital importancia de cara a la restauración de la Escolástica, no alcanza menor importancia la producción literaria que el dominico segoviano llevará a cabo. A diferencia de Francisco de Vitoria, reacio a dar a la imprenta las obras salidas de su genio, su fiel colaborador y continuador Domingo de Soto quiso complementar su obra dedicando tiempo y esfuerzo a la redacción de libros y tratados que habían de ser dados a la imprenta y que, de esta manera, prolongaban y ampliaban la labor docente en las aulas salmantinas.

Soto es un escritor enormemente prolífico. Su creación literaria, publicada en su mayor parte en vida del autor, se centra especialmente en escritos de origen académico. El período pretridentino, ve aparecer una porción de obras de Soto, de carácter filosófico, como son el comentario a las Sumulas de Pedro Hispano (Compendium Summularum), en 1529 , el comentario a la Dialéctica de Aristóteles (In Dialecticam Aristotelis: Isagogen Porphyrii ac Aristotelis Categorias et De Demonstratione), en 1543 (1544) , y el comentario a la Física de Aristóteles (Super octo libros Physicorum commentaria y Super octo libros Physicorum quaestiones), impresa circa 1545 . Adapta la forma de comentario a los libros que estaban en uso en las aulas universitarias y, a juzgar por el número de ediciones, tales comentarios tuvieron por mucho tiempo un gran predicamento en el ámbito intelectual.

Puede parecer extraño que Soto, regentando la cátedra de Vísperas en Salamanca, se preocupase por estudios de carácter filosófico y científico. Razones muy poderosas debieron influir en su ánimo entre las que han de contarse las constantes peticiones de sus superiores, el interés de las Universidades de Alcalá y Salamanca por fortalecer los decadentes estudios de Artes y el éxito de la edición burgalesa de las Súmulas en 1529. Grande debió ser el esfuerzo que supuso para Soto tener que remitirse a sus pasados años de docencia filosófica en Alcalá. Se ha achacado a estos escritos falta de cohesión y de esmero, que presentan un sabor marcadamente terminista y que adolecen de poca acomodación al espíritu de Santo Tomás, al que conscientemente se adscribía. Pero esto no empaña la influencia que ejercieron, especialmente en el desarraigo del nominalismo en la Universidad de Salamanca .

Entre las demás obras de Soto, escritas con anterioridad al Concilio, destaca el opúsculo Deliberación en la causa de los pobres (In causa pauperum deliberatio) . Este pequeño tratado, editado simultáneamente en latín y en castellano, tiene un origen circunstancial extraacadémico por la confluencia de hechos sociales y políticos del momento. La carestía de trigo, debido a las malas cosechas de 1540 y años posteriores, potenció el espectro del hambre, institucionalizándose aún más el pauperismo. Ante esta plaga social, la Corte se sintió obligada a tomar severas medidas sobre el control de la mendicidad (reformas de las denominadas “políticas de pobres”). El todopoderoso cardenal Tavera pidió a Soto y al benedictino Robles (alias Juan de Medina) que le enviasen sus reflexiones ante el pauperismo que azotaba a la Castilla del momento.

Domingo de Soto, basándose probablemente en su relección sobre la limosna, dada en 1542-43, y cuyo texto no se conserva, acaso por el hecho de haber sacado a la luz el citado opúsculo, redactó éste en un brevísimo espacio de tiempo, publicándose en 1545. En él, hace una decidida y persuasiva defensa del derecho de los verdaderos pobres a pedir y a vivir de la caridad. La vagancia –afirma Domingo de Soto– es algo ilícito y prohibido para los que pueden trabajar. Los verdaderamente pobres, los que realmente tienen necesidades que no pueden satisfacer de otro modo, tienen derecho a mendigar, derecho que no se les debe privar de ejercitar en ningún sitio, a menos que se les provea de otro modo de lo necesario. La publicación posterior de las reflexiones de Robles, no coincidentes con las de Soto, encendió una fuerte polémica (algo muy habitual en el ámbito intelectual de la época), generándose un enriquecedor debate ideológico referencial sobre este grave problema social .

Las medidas solicitadas por Soto van encaminadas a responsabilizar al Poder público de los problemas sociales, superando la actitud medieval, que quería solucionarlo con iniciativas voluntarias de amor y generosidad. De cuestión moral y religiosa, el pauperismo y la mendicidad se van a transformar en una cuestión política. Lo cual enlaza con la preconizada intervención del Poder en el ámbito de la ortodoxia religiosa, intervención que lleva un sello inconfundible de defensa de la situación política vigente.

Por último y dentro de la producción literaria de Soto en este período, es preciso dedicar una especialísima atención a sus relecciones universitarias. Los catedráticos titulares, además de las explicaciones ordinarias (lectiones) de la materia, estaban obligados por ley a dar una relección (relectio) anual. Esta relección había de versar sobre uno de los temas asignados o contenidos del curso, relección que venía a complementar y a profundizar, fuera del contexto habitual de la clase, dichas lecturas ordinarias. La relección, que debía darse anualmente por cada catedrático, tenía una duración de unas dos horas y solía efectuarse al final del año académico. Si por una circunstancia justificada un profesor no podía darla, se aplazaba para el próximo curso, sin exonerarle de la obligación de dar también la correspondiente al mismo; en caso contrario, era sancionado con una multa.

En esta disertación o conferencia académica el catedrático de cada disciplina exponía, como hemos dicho, de acuerdo con su propia perspectiva personal y con mayor profundidad, algunas de las partes explicadas o relacionadas con la materia concerniente al año académico en curso; pero ello daba ocasión a que pudiera hacerlo sobre cualquier otro punto doctrinal de interés en ese momento, buscando una conexión por lejana que fuera con la materia del año. Recordemos el paradigmático caso de la relección vitoriana De Temperantia, en la que Vitoria, preguntándose si es lícito comer carne pasa a cuestionarse si puede comerse carne humana, como hacen los indios del Caribe, y que implicaba el problema de si podía impedirse esta práctica por la fuerza y consiguientemente el de los justos títulos de conquista del Nuevo Mundo.

De ahí, la gran importancia que las relecciones podían llegar a tener en cuanto a creatividad o aportación doctrinal y científica por parte de sus autores, a la vez que suponen fuentes históricas inestimables para conocer el pensamiento de estos intelectuales universitarios sobre temas que, normalmente, incidían sobre la más palpitante actualidad. Ejemplo cercano lo encontramos en las celebérrimas relecciones De Indis del padre Vitoria o en cualquiera de las relecciones de Domingo de Soto.

Mientras ocupó la cátedra de Vísperas, Soto pronunció diez relecciones , recogidas y atesoradas como textos manuscritos, aunque publicadas en su mayoría es estas últimas décadas . Para ilustrar lo expuesto, recurramos a una de las relecciones sotianas impartidas, a la releccion De haeresi. Las explicaciones sotianas del curso ordinario 1538-1539 versaron, de hecho, sobre la Prima Secundae, qq. 90-114, que tratan sobre la ley (qq. 90-108) y sobre la gracia (qq. 108-114), y sobre la Secunda Secundae, qq. 1-22, que tratan sobre las virtudes de la fe y de la esperanza. Precisamente, la q. 11 es la que estudia directamente la herejía: Utrum haeresis sit infidelitatis species (a. 1); utrum haeresis sit proprie circa ea quae sunt fidei (a. 2); utrum haeretici sint tolerandi (a. 3); utrum revertentes ab haeresi sint ab Ecclesia recipiendi (a. 4). Con todo, Domingo de Soto, al señalar que su relección De haeresi corresponde a la materia de las lecciones ordinarias, afirma que sigue a Pedro Lombardo en el libro III de las Sentencias, dist. XXIII y siguientes, en las que trata acerca de la fe.

Esta aparente antinomia se resuelve teniendo en cuenta la praxis que se seguía en Salamanca en la aplicación de los Estatutos de la Universidad, ya que éstos mandaban que se explicase por el Libro de las Sentencias. Vitoria –y en su seguimiento, Soto– acostumbrado en París a seguir el orden de la Summa, introdujo esta práctica en sus explicaciones en la cátedra de Prima. Presentaba las correspondencias que, en la materia que tenía asignada, se daban entre las Sentencias y la Summa, pero siguiendo el orden de ésta. En el curso de 1539-40, se le impuso, de acuerdo con los Estatutos de 1538, el orden de la obra de Pedro Lombardo; la tarea le resultó sumamente fatigosa a consecuencia de lo cual cayó enfermo y, por ello, se le autorizó a seguir explicando según el orden de la Summa. Esto implicó que se hiciera otro tanto en la cátedra de Vísperas –entonces regentada por Soto–, por mantener correlación con la de Prima, que ostentaba Vitoria. Lo que explica la afirmación de Soto al principio de la relección De haeresi de que sigue a Pedro Lombardo, cuando en realidad sigue el orden de la Summa de Tomás de Aquino.

4. Soto en el Concilio de Trento

Salvadas las dificultades entre Roma, el Imperio y Francia que habían impedido la celebración de un concilio general en años anteriores, se hizo de nuevo la convocatoria del Concilio para el año 1545. Y es durante los primeros meses de este año cuando comienzan a llegar cartas de la Corte imperial a diferentes prelados y teólogos españoles pidiéndoles su participación en Trento. Ante la enfermedad de Francisco de Vitoria, Domingo de Soto recibe, el 19 de marzo, una orden del Emperador, con otra de su hijo, el príncipe Felipe, mandándole que se prepare para asistir al Concilio . Al margen de la designación imperial, la Universidad de Salamanca escoge a Soto como su teólogo ante la asamblea ecuménica tridentina. En consecuencia, Soto suspendió sus lecciones universitarias el 23 del mismo mes para reunirse con el compañero que se le había asignado, el también dominico Bartolomé Carranza de Miranda, en Valladolid, de donde partirían hacia Italia el 5 de mayo. Soto acude, pues, a Trento en representación de Carlos V y del Estudio General salmantino.

El Concilio no comenzaría hasta el 13 de diciembre de 1545. Durante los seis meses de espera en Trento, Soto se dedicó a observar la situación que tenía ante sus ojos y a ir trazando su plan para cuando se iniciasen las tareas conciliares. Su actividad se orientó a procurar mantener buenas relaciones con los allí reunidos, atrayéndose la admiración de los teólogos escolásticos. Asimismo, intima con el vicario general de la Orden de Predicadores, Francisco Romeo, teólogo eminente, que se encontraba en Trento desde el mes de mayo. Hasta tal punto llega esta intimidad entre los dos dominicos que, cuando el padre Romeo tiene que ausentarse hasta octubre de 1546 , delega en Soto como vicevicario de la Orden en las reuniones sinodales, actuando como Padre del Concilio durante este tiempo.

Las intervenciones de nuestro teólogo en los trabajos ecuménicos tuvieron lugar, bien como vocal en las Congregaciones generales, bien como miembro de las Congregaciones particulares en que se dividió el Concilio, bien en los dictámenes privados que se le pedían por parte de los cardenales presidentes. Intervino vivamente Soto en el decreto sobre el impulso a dar a los estudios bíblicos y sobre la defensa e institucionalización de la teología escolástica, tras una encendida polémica, especialmente con los italianos. Pero en donde Soto va a tener una función decisiva va a ser en la laboriosa elaboración del decreto sobre la justificación. El 28 de octubre de 1546 escribía así el embajador imperial Diego Hurtado de Mendoza al César: «Ayer se acabó de disputar el artículo de la justificación, donde se han señalado harto fray Domingo de Soto, prior de Salamanca, que fue el que guió el negocio, porque habló primero y es letrado de mayo experiencia y certeza que ninguno de los italianos» . Y el cronista fray Juan de la Cruz escribe: «Y en las disputas y tratados que antes de la determinación del concilio se hazían por letrados, tuvo grande authoridad, y él [Soto], juntamente con un obispo de la orden de Sant Francisco, italiano, llamado Cornelio, ordenó el estilo y puso en escrito las sentencias y cánones del dicho concilio por comissión de los Legados del Papa que presidían» .

En los últimos meses de 1546, Domingo de Soto dejó de asistir, con la asiduidad anterior, a las sesiones conciliares para dedicarse a fondo a la terminación de sus obra De Natura et Gratia. A principios de 1547, parte para Venecia para cuidar de la impresión de dicho libro, el cual no saldría a la luz hasta mayo o junio del mismo año . Este tratado iba dirigido a los Padres del Concilio y se planteaba como objetivo fundamental el combatir los errores luteranos; la obra sotiana tiene como base inmediata el decreto sinodal sobre el pecado original (lo aborda en el volumen primero) y el de la justificación (lo trata en los otros dos volúmenes ).

5. Erasmismo y política imperial. La posición de Domingo de Soto

Conocida es la postura del emperador Carlos de evitar la ruptura de la unidad espiritual cristiana, coincidiendo con una de las características fundamentales del erasmismo. La Dieta de Worms (1521), la Dieta de Augsburgo (1530), el Interim de Augsburgo (1549) y la Paz de Augsburgo (1555) constituyen testimonios fehacientes del irenismo carolino. El apoyo de Domingo de Soto a la política irenista del Emperador, en cuanto potencial titular de la universitas christiana, se refleja de modo muy especial en los años 1547-1550. Éste es otro de los aspectos que nos interesa resaltar en orden a comprender mejor la actitud sotiana referida a la heterodoxia y a la libertad religiosa. Ciertamente no encontramos implicaciones erasmianas en la abundante producción de Soto, lo cual puede explicarse, al menos en parte, por el hecho de que a partir de 1536 el erasmismo se encuentra en regresión y va siendo contemplado como movimiento espiritual heterodoxo . Pero el teólogo-jurista no podía permanecer ajeno al valor positivo resultante del irenismo erasmista.

A mediados de 1547, Soto se reintegraría a Trento, precisamente cuando se había producido entre los padres conciliares una división de pareceres, deseando unos, fieles al Emperador y a su política de conciliación, permanecer en Trento, mientras que otros preferían el traslado del Concilio a Bolonia. Así venía a terminarse el primer período conciliar, aunque las actividades se prolongarán hasta 1549. Soto permanecerá en Trento hasta febrero de 1548, fecha en la que el Emperador solicita su presencia en la ciudad de Augsburgo para participar en la revisión de la fórmula del Interim. Carlos V deseaba solucionar siquiera provisionalmente –ya que el Concilio estaba de momento bloqueado– el problema religioso alemán; era necesario un inmediato entendimiento entre ambas partes, que cortase, o paliase al menos, la progresiva expansión de la herejía luterana. El Emperador continuaba pretendiendo materializar su sueño dorado de la unidad espiritual cristiana, la universitas christiana, en una línea conciliadora que concordaba con el humanismo erasmista.

El erasmista Julio Pflug fue uno de los redactores del proyecto del Interim, que será puesto a debate entre teólogos de ambas partes. Según J. Brufau, Domingo de Soto intervino y su aportación tuvo singular relevancia en la fijación del texto definitivo. «El Interim de Augsburgo conoció su mano, limando en el texto lo que él creía que no podía ser admitido en sana ortodoxia, afanándose, al mismo tiempo, por encontrar un terreno común de aceptación y diálogo para católicos y luteranos» . Compuesto de 26 artículos, el Interim de Augsburgo fue publicado el 30 de junio de 1548, sin contar con Roma, como ley del Imperio. Hábilmente redactado y católico de espíritu, aunque con algunas omisiones, no contó con una acogida propicia, que tan necesaria era en aquellas circunstancias. El Interim, en contraste con la Paz de Augsburgo de 1555 que correspondía a inspiración diferente, constituye el último intento carolino a favor de una paz y concordia que preservara la unidad religiosa; el texto coincidía coincidiendo con los humanistas de inspiración erasmista, los cuales tendían a acomodaciones en el dogma y en la disciplina que permitieran orillar antagonismos violentos . Se aprobó una fórmula de convivencia religiosa hasta la conclusión del concilio. «Ese fue el llamado Interim de Augsburgo o modus vivendi entre católicos y protestantes –dice Fernández Álvarez-, que trataba de dar satisfacción a las dos partes y no satisfizo a ninguna» . Es de sobra conocido que, en estos momentos, el movimiento interno de la Reforma luterana y la efervescencia de la naciente Reforma católica predisponían más a la irreconciliación que a la conciliación, y no puede causarnos asombro el hecho de que naufragara el espíritu de acercamiento sincero que la política imperial había reflejado en el Interim, al margen del Papado .

En agosto de 1548, el también dominico Pedro de Soto abandonaba el cargo de confesor del Emperador, siendo nombrado para sustituirle Domingo de Soto . Aunque Carlos V ya conocía al catedrático salmantino, su leal comportamiento en el Concilio y en la revisión del Interim le acrecentó aún más su óptima reputación ante el César. Con todo, Soto, enemigo de intrigas palaciegas y de ambición política, no dudaría en abandonar tan influyente cargo a comienzos de 1550. Durante el breve tiempo que ocupó el puesto de confesor, Soto mantuvo idéntica actitud de apoyo a la política de conciliación imperial .

Ante la disputa y la tensión existentes entre el Emperador y Paulo III sobre el ducado italiano de Piacenza, el religioso segoviano no titubeó en aconsejar al Emperador medidas de defensa y en sostener que, ante la ausencia de otra alternativa, la guerra sería justa. En esta actitud campea la distinción clara para Soto entre el Papa como cabeza de la Iglesia y el Papa como soberano temporal; parecer que mantendrá posteriormente, cuando se produzcan los deplorables enfrentamientos entre Felipe II y Paulo IV . Ni que decir tiene que esta postura sotiana reavivó la aversión de diversos italianos hacia el dominico español, como es el caso del legado pontificio ante la Corte imperial, Pedro Bertano, obispo de Farnese. Éste iniciará una campaña de difamación contra el confesor del César, haciéndole responsable de todas las divergencias entre Roma y el Imperio, explotando así una tendencia adversa a Soto que, desde Trento, había ido tomando cuerpo.

A esta acción de Bertano, hemos de añadir ciertas tensiones que Soto llegó a tener con el Consejo de Estado, especialmente con el cardenal Granvela (Antonio Perrenot), a causa de diferencias de apreciación sobre cuestiones de dudosa moralidad, especialmente en lo referente a materia de política económica y de impuestos. Hombre de confianza tanto de Carlos V como de su hijo Felipe II, el soberanista Granvela se movía en un plano completamente distinto al del confesor, para quien el orden moral debía de tener la primacía. También Pedro de Soto había chocado en diversas ocasiones con los Granvela. Éstas y otras rencillas y tergiversaciones cortesanas fueron minando el espíritu paciente de Soto, que decidió declinar tan alto honor y regresar a España. Martínez Peñas justifica la dimisión de Soto porque «éste y su imperial penitente no llegaron a congeniar». Maniobras políticas o cortesanas aparte, ha de buscarse en la falta de entendimiento entre confesor y confesionario, en sus diferencias de criterio las que determinaron el regreso a España de Soto. Para Martínez Peñas, no fue acertada la elección, pues si la condición de teólogo de Pedro de Soto había causado ya desavenencias con el Emperador, designar a un nuevo confesor con unas condiciones y cualidades prácticamente idénticas no parecía lo más acertado . Sin embargo, esta separación del puesto de confesor «no tuvo –como anota Beltrán de Heredia– asomos de ruptura, quedando confesor y penitente unidos por un estrecho vínculo de afecto y de respeto» .

6. Intervención en las controversias entre Bartolomé de Las Casas y Juan Ginés de Sepúlveda. Trasfondo del problema y aportación sotiana

De vuelta a España y de nuevo en Salamanca, en los inicios de 1550, Domingo de Soto no tenía en sus proyectos reanudar su labor docente ni continuar participando activamente en la dinámica que otrora la realidad político-social y religioso-cultural le había impuesto. Sin embargo, el devenir de los acontecimientos le obligó en múltiples ocasiones, durante esta última década de su vida, a perturbar sus propósitos. Uno de los acontecimientos que requerirá ahora la intervención de Soto, lo constituye el enfrentamiento entre las tesis de Bartolomé de las Casas y las de Juan Ginés de Sepúlveda acerca de la conquista y colonización del Nuevo Mundo.

Las Leyes Nuevas de Indias, promulgadas desde Barcelona en 1542 y completadas en Valladolid en 1545, obligaban a virar el rumbo de la colonización española en Indias, especialmente en lo referente al trato de los indígenas y la consiguiente reforma de las encomiendas . Estas dos Reales Provisiones rimaban con el espíritu de Bartolomé de Las Casas, símbolo radical de un colonialismo más humanitario y de la utopía cristiana. Estas normas jurídicas encontraron una fuerte oposición por parte de los que veían en el triunfo de las mismas una merma para sus intereses personales, los cuales se sentían respaldados por las tesis del gran humanista y cronista imperial Juan Ginés de Sepúlveda .

Hacia 1547 corría por España en copias manuscritas un libro de Sepúlveda, Democrates Alter o Democrates Secundus de justis belli causis. En esta obra, escrita a modo de diálogos, se justificaba a ultranza el modo con que se llevaba a cabo la conquista y colonización indiana. Aunque dividido en dos libros, el filósofo, teólogo y jurista Sepúlveda establece tres partes en el Democrates; en la primera, expone su visión del Derecho natural y la guerra justa; en la segunda, analiza los problemas de la conquista y colonización en las Indias; y en la tercera, se detiene en la situación jurídica de los indios, defendiendo la encomienda como el sistema ideal para su aculturación y evangelización. Las Casas se esforzó para que dicho escrito no llegase a imprimirse. Como señala I. Liévano Aguirre, para Las Casas dicha «obra era mucho más que un simple libro; era la formulación de la filosofía de los poderosos, la legitimación literaria de los abusos del fuerte contra el débil, del rico contra el pobre, del español contra el indio. Si los conquistadores habían cometido tantos desafueros en América cuando las doctrinas y las leyes condenaban sus acciones, ¿qué pasaría cuando se sintieran justificados por una doctrina, como la de Sepúlveda, que legitimaba el empleo de la fuerza contra aquellos “cuya condición natural” es que deben obedecer a otros»? .

Remitido el libro manuscrito a las Universidades de Salamanca y Alcalá de Henares para que lo estudiaran y emitieran dictamen, éstas determinaron que no debía editarse. Sin embargo, Sepúlveda, haciendo caso omiso de las impugnaciones recibidas, escribiría la Apología pro libro “De justis belli causis”, en la que reafirma la tesis del Democrates Secundus. Es más, buscando una mayor popularización de sus ideas, el humanista cordobés extractaría, en romance, el contenido del Democrates Secundus, provocando la inmediata respuesta del obispo de Chiapas que lograría su prohibición .

La controversia iniciada adquirió tales proporciones que la Corona sintió la obligación de intervenir, máxime cuando la cuestión afectaba a la licitud de los pretendidos derechos derivados de las normas del ius belli. De este modo, se tocaba el fondo del problema teórico entre Las Casas y Sepúlveda, a quienes distanciaba ideológicamente el juicio que les merecían las llamadas “guerras de conquista” y la justificación de los títulos sobre las Indias. La polémica entre ambos no quedaba reducida al plano puramente doctrinal, sino que contemplaba primordialmente el rumbo que debía tomar la legislación y la práctica de gobierno ; una vez más, se comprobaba la escasa eficacia que estaban teniendo la Leyes Nuevas de Indias, como anteriormente había sucedido con las Leyes de Burgos.

Para solucionar este conflicto, Carlos V convocó unas Juntas integradas por teólogos, miembros del Consejo de Indias y de otros Consejos. Domingo de Soto, Melchor Cano y Bartolomé Carranza de Miranda se contaban entre los teólogos designados. Las Juntas se desarrollaron en Valladolid, en dos períodos: de agosto a septiembre de 1550 y de abril a mayo de 1551. A esta última ya no asistiría Cano por encontrarse en el Concilio.

Las Juntas de Valladolid se iniciaron con la intervención de Sepúlveda. El famoso erudito expuso elocuentemente las razones por las que se puede someter a los infieles, apoyando constantemente sus doctrinas en los clásicos. Después de oír al oponente cordobés, se concedió la palabra a Las Casas, quien había preparado para aquella histórica oportunidad el famoso tratado Argumentum Apologiae, consagrado a demoler las tesis del Democrates Secundus. Las Casas hizo una emocionante defensa de los indios americanos, los “pobrecillos indios”, como solía llamarlos. Tan pronto como finalizó el obispo de Chiapas su exposición y ante el maremagnum de opiniones de los dos contendientes, se encargó a Domingo de Soto elaborar un Sumario en el que resumiese los argumentos presentados por ambas partes. En cuanto a las doctrinas definidas por Las Casas y Sepúlveda, Soto las resume así en el Sumario: «… han tratado y disputado esta cuestión (conuiene saber) si es licito a su Majestad hacer la guerra a aquellos Indios, antes que se les predique la Fè para sugetalos a su Imperio, y que despues de sugetados puedan mas facil, y comodamente ser enseñados, y alumbrados por la doctrina Euangelica del conocimiento de sus errores, y de la verdad Christiana» . Sepúlveda sustentaba la parte afirmativa, afirmando que la tal guerra, no solamente era lícita sino expediente. Bartolomé de Las Casas defendía la negativa, diciendo que no solamente no era expediente, sino inicua y contraria a la religión cristiana .

En este resumen de los debates, el teólogo salmantino se vio impedido de exponer su parecer, «aunque si tuuiera mas libertad –dice Soto en el preámbulo del Sumario– pudiera por ventura, según mi flaco juycio, dar a este compendio otro lustre. Empero reseruolo para quando si vuestras señorias, y mercedes fueren seruidos mandarmelo, dixere mi parecer» . Este deseo sotiano quedaría satisfecho en el libellum: An liceat civitates infidelium seu gentilium expugnare ob idololatriam, escrito posiblemente entre 1553 y 1554, del que se conserva un fragmento y en el que Soto se inclina más por la tesis de Las Casas, enriqueciendo así el dictamen que hubo de emitir al finalizar la segunda serie de las Juntas, en 1551 .

También existen otros escritos sotianos que se preocupan de la evangelización en América, tales como la relección, anterior a las Juntas, De dominio, dada en 1534. De sumo interés para nosotros hubiera sido el opúsculo De ratione promulgandi Evangelium, que no ha llegado a nuestras manos y que se menciona repetidas veces como libellum, próximo a ser redactado, en el tratado De Iustitia et Iure y en los comentarios In Quartum Sententiarum, obras estas últimas en las que igualmente Soto se pronuncia por el problema americano.

La opinión de Domingo de Soto –recuerda Brufau– quedó como doctrina communis de los teólogos españoles del siglo XVI y del siguiente, perteneciesen o no a la Escuela de Salamanca . Pero no solamente en el terreno de las ideas logró prevalecer, sino que también Soto contribuyó eficazmente a la implantación de esta doctrina en el plano político y de gobierno. «La regulación de los descubrimientos y conquistas –continúa J. Brufau– se fue orientando hacia un mejor control de los mismos por parte de la Corona. Las Ordenanzas de poblaciones dadas por Felipe II son un buen ejemplo de ello y, en varios puntos, un excelente modelo de prudencia en la labor colonizadora» . Más que en las Leyes Nuevas de Indias, en las que la influencia lascasiana es palmaria, es precisamente en estas Ordenanzas de descubrimiento, nueva población y pacificación de las Indias, de 1573, en las que se reflejan más los principios del teólogo-jurista Domingo de Soto . Las obligaciones de los encomenderos mediante disposiciones encaminadas a evitar abusos sobre los indios encomendados, la prohibición de toda guerra ofensiva por motivos religiosos, el reconocimiento de los derechos de los indios en calidad de súbditos de la Corona de Castilla… testimonian el interés de los monarcas españoles por la protección de los habitantes del Nuevo Mundo, que comienza a materializarse en la segunda mitad del siglo XVI .

Sin embargo, no decimos nada nuevo al afirmar que tanto la doctrina de equidad universal de Soto sobre esta cuestión, como la de Las Casas, desde la acción radical y exaltación de sus escritos, son deudoras de las teorías de Francisco de Vitoria. El espíritu de las relecciones De Indis (1538) y De Iure belli (1539) campea en las tesis de Soto y en las de Las Casas y también en las acciones de gobierno sobre el Nuevo Continente en esta nueva etapa colonizadora. La prudencia de Francisco de Vitoria, sin denostar a los indios ni a los españoles, permitió esclarecer los derechos de unos y otros y para los que exigió un recíproco respeto. Sus relecciones –dice Francisco de Icaza- «lograron conformar una doctrina, cuyos novedosos conceptos gozaron de enorme influencia en un tiempo y de manera especial entre sus alumnos que llegaron a integrar una escuela, cuyos frutos enorgullecen hoy día a Salamanca» . La impronta del magisterio de Vitoria se refleja de manera especial en Soto, que enriquece y difunde el pensamiento de la Escuela de forma brillante y sobresaliente. La aportación sotiana a la teoría de la conquista del Nuevo Mundo alcanza de lleno a los argumentos teológico-jurídicos que se esgrimían para justificar el sometimiento de las nuevas tierras descubiertas a la Corona de Castilla y, en cierto sentido, incide en el tema que traemos entre manos, aunque el tratamiento difiera y las consecuencias prácticas tengan otro carril y desembocadura.

7. Soto y la Inquisición española

El primer contacto de Soto con la Inquisición tiene lugar en 1540, cuando el Santo Oficio le encargó revisar las librerías salmantinas en búsqueda de posibles infiltraciones luteranas. Con esta medida se pretendía cortar la divulgación de libros y ediciones protestantes en España. Soto, juntamente con fray Francisco del Castillo cumpliría esta orden. Entre los libros escogidos, por figurar en la lista de los reprobados, sabemos que estaba el del conocido franciscano Antonio de Guevara, Menosprecio de Corte y Alabanza de Aldea, aunque después se le permitiese circular tras una contraorden del Tribunal de la fe .

Aunque, durante su cargo de confesor, el Santo Oficio había recurrido frecuentemente a Soto con el fin de que apoyase los negocios inquisitoriales de resolución imperial, no hay una intervención suya importante hasta 1550 con el proceso de Juan Gil, conocido como doctor Egidio. Denunciado como “reformista” al Dr. Egidio, se convocó una junta de teólogos, entre los cuales se encontraba Domingo de Soto, con el fin de calificar las proposiciones extraídas del proceso incoado. Sabido es cómo, tras el examen de dichos teólogos, la Inquisición procede con relativa suavidad y condescendencia, buscando el menor quebranto posible del prestigioso predicador sevillano. Domingo de Soto volvería a ser consultado antes de la sentencia definitiva, encargándose también a él, según expreso deseo del propio Carlos V, la reconciliación del procesado, llevada a cabo en Sevilla, en 1552. Para H. C. Lea, en este período existían esfuerzos proselitistas de los herejes alemanes y de otros, pero no aparecían huellas destacables. La blandura de la Inquisición en el proceso del Dr. Egidio «demuestra que hasta entonces aún no había alarma que la estimulara a la severidad, ni causa para ella» .

Bajo la dirección de Fernando de Valdés, el Consejo de la Suprema encargó a Domingo de Soto, en 1552, revisar todas las biblias prohibidas, sacando y anotando todos aquellos errores en ellas contenidos. Con la ayuda de otros destacados teólogos salmantinos, Soto llevó a cabo la labor encomendada, labor que sería continuada y complementada por la Universidad de Alcalá. Conjuntada y ordenada toda la documentación, Soto fue avisado por el Príncipe, a finales de 1553, para que acudiese a Valladolid, porque «agora se ha de tomar resolución en el Consejo de su Majestad de la general Inquisición en lo que ha de hacer, ansí cerca de la censura (de las biblias), como en todo lo demás que será necesario, para que de aquí adelante no se traigan a estos reinos otras depravadas. Y conviene mucho que vos os halleis presente a ello, por la cualidad de vuestra persona y por la mucha noticia que tenéis de estos negocios […], vengáis a esta villa a entender en lo susodicho» . Y así, finalizadas las reuniones en agosto de 1554, sin que se tengan noticias concretas sobre las mismas, se publicaba en Valladolid la Censura generalis contra errores, quibus recentes haeretici Sacram Scripturam asperserunt, entrando rápidamente en vigor las normas allí establecidas. Según Virgilio Pinto, la «censura no se ocupó de fijar el texto auténtico de la Biblia, sino de limpiar las ediciones de añadidos, anotaciones o comentarios que intentaban tergiversar el sentido católico de la misma» .

Domingo de Soto también va a tener que ver, sin proponérselo, en las sospechas que el Tribunal de la fe sostuvo sobre el franciscano Miguel de Medina, debido a ciertos matices “reformistas” encontrados en su obra literaria. Los antecedentes los encontramos en un pequeño tratado sotiano elaborado en 1554 acerca de los Comentarios al Evangelio de San Juan, escritos por el apologético franciscano de Maguncia Juan Wild (Ioannes Ferus). La obra de Soto, Annotationes in Commentarios Ioannis Feri super Evangelium Ioannis , denuncia las doctrinas y expresiones luteranizantes contenidas en el libro de Wild, llegando a hacer anotaciones sobre 67 lugares de dichos Comentarios. Ahora bien, Soto había procurado en todo momento salvar el prestigio del autor, al que tenía por persona piadosa y católica. Preocupado por el temor de molestar a los franciscanos y deseoso de atajar todo escándalo que pudiera surgir de la discordia, se expresaba de este modo en sus Annotaciones: «Universos per viscera Iesu Christi deprecor et obtestor, ut in causa hac propugnandi fidem, quae tantam exigit caritatis concordiam, nemo mihi adversus studio litigandi exeat; sed eadem animorum pietate permiserit, defendentes, eidem veritati omnes patrocinetur» .

Sin embargo, el teólogo cordobés y profesor Miguel de Medina se creyó en la obligación de defender a su hermano de hábito, publicando en Alcalá, en 1558, una Apología Ioannis Feri, en la que impugnaba cada una de las 67 animadversiones o pasajes anotados por Soto. La réplica del franciscano trataba de justificar a ultranza a J. Wild, fallecido en 1554, atacando ásperamente a Soto. La Apología sería denunciada al Santo Oficio por considerarla con errores luteranos, siendo condenada y recogida por este Tribunal. Miguel de Medina, destacado autor de la Escuela franciscana y al que le debemos su excelente obra ascético-mística Ejercicio de la verdadera y cristiana humildad, va a continuar en la defensa del insigne franciscano alemán, amparándose, según parece, en la protección que le dispensaba el propio inquisidor general Valdés.

El cordobés emprende el ímprobo trabajo de expurgar los escritos de Fero (J. Wild). En 1562 obtiene licencia real para imprimir los Comentarios de Fero. Pero sus escritos serían de nuevo denunciados al Santo Oficio. El pasar la censura gubernativa no garantizaba la inmunidad ante la censura y jurisdicción inquisitorial. Medina, incansable, vuelve a corregir y es nuevamente delatado. El infatigable apologista de Fero sería encarcelado por la Inquisición en 1572, siendo ya inquisidor general Diego de Espinosa. El reo moría en 1578 sin que su proceso hubiese finalizado todavía, aunque próximo a una sentencia absolutoria. Los cargos imputables no afectaban substancialmente a la fe.

La actuación de Domingo de Soto, que había muerto hacía 18 años, continuaba pesando en esta cuestión, si bien nunca, en vida, había tomado parte en algo relativo al franciscano cordobés. La Apología contra Soto fue para Medina un precedente desfavorable, una sombra que le siguió durante el resto de su vida y que, en cierto modo, incidió en las desgracias que luego le sobrevinieron. La Apología estuvo siempre proscrita por la Inquisición y los Comentarios de Juan Fero, que finalmente fueron publicados en 1578 según la edición preparada por Miguel de Medina, fueron expurgados tanto por el Índice de Quiroga de 1583-1584 como por el de Sandoval de 1612. El enfrentamiento entre Soto y Medina materializado en la Apología bien pudo ser un reflejo de las divergencias en temas de espiritualidad, metodología, fuentes teológicas… entre la Universidad de Salamanca y la de Alcalá. El humanismo bíblico complutense o el aunar teología y humanismo de su profesor Medina podían chocar con la tradicional Escuela de Salamanca y la severa ortodoxia sotiana.

Pero el asunto inquisitorial que más perturbó el ánimo de Domingo de Soto fue su obligada participación, durante los años de 1558 y 1559, en el proceso del entrañable amigo y hermano de hábito Bartolomé Carranza de Miranda, arzobispo de Toledo, a causa de la calificación que, como teólogo de gran prestigio, hubo de hacer de los Comentarios sobre el Catechismo christiano de Carranza. Sabido es cómo esta intervención acarreó a Soto momentos amargos, debido al apasionamiento e intolerancia que rodearon al proceso carrancista, así como a la instrumentalización que el Santo Oficio, de manos de su inquisidor general Valdés, hizo de la imagen sotiana para derrocar al Arzobispo toledano .

8. Soto y su segunda etapa docente en la Universidad de Salamanca

La Universidad de Salamanca había conservado a Domingo de Soto como catedrático de Vísperas de Teología durante su participación en el Concilio; pero, una vez suspendido éste, se dio la cátedra por vacante al pasar su titular a ocupar el cargo de confesor del Emperador. Juan Gil de Nava, antiguo discípulo del Maestro segoviano, sería su sucesor en la cátedra. Al regresar Soto a Salamanca, en 1550, no se reintegró inmediatamente a las tareas académicas. Pero al vacar la cátedra salmantina de Prima de Teología, regentada por Melchor Cano desde la muerte de Vitoria, el Claustro universitario acordó por unanimidad pedir a Domingo de Soto que fuera él quien se hiciera cargo como titular de la cátedra, sin someterse al trámite legal de la oposición. Su paso por la cátedra de Vísperas, su obra escrita y su actuación en diversos y variados campos le habían hecho acreedor del aprecio y estima de los estudiantes y del Claustro y confirmado en su aureola de competencia y saber. La adjudicación de la cátedra de Prima mediante este procedimiento extralegal resultaba ser un homenaje que la Universidad salmantina rendía al ilustre teólogo, que ya había sido miembro de su profesorado.

Soto tomó posesión de su nueva cátedra el 27 de septiembre de 1552, iniciando sus lecciones de Prima en el mismo curso entrante. Con ello se daba continuidad al hecho de que la cátedra de Prima la regentasen de modo casi exclusivo, desde siglo y medio antes, los dominicos (excepción única la de Pedro Martínez de Osma). Soto finalizaría su actividad académica, aunque no su vinculación universitaria, en el curso de 1555-1556, amparándose en la Constitución eugeniana del Estudio General, que obligaba a los catedráticos a leer veinte años para poder gozar de la jubilación y él la había cumplido en exceso, al sumarse los años que estuvo en Trento, según lo acordado por el Claustro, a los de Vísperas.

Durante los cuatro cursos que ocupó la cátedra salmantina de Prima, el prestigio de Domingo de Soto se mantuvo incólume. Así lo testimonian sus discípulos entre los que se cuentan a San Juan de Ribera y a fray Luis de León. A lo largo de estos últimos años de docencia, el pensamiento sotiano alcanza su madurez y su formulación definitiva. La fama que Soto llegó a gozar en estos momentos –qui scit Sotum, scit totum, se dijo– atestigua la gran fuerza intelectual de su obra.

En esta última década de su vida, Soto continúa escribiendo obras como el estudio bíblico In epistolan diui Pauli ad Romanos commentarii, de 1551 en edición definitiva ; el opúsculo De cavendo abusu iuramentorum, de 1551, escrito para acotar los abusos de los juramentos vanos ; su breve exposición catequética Summa de la doctrina christiana, de 1552 ; su catecismo Tratado del amor de Dios, inédito hasta 1780 , o sus relecciones como catedrático de Prima de Teología

Pero la gran creación del maestro salmantino es su celebérrimo tratado teológico-filosófico-jurídico De Iustitia et Iure, aparecido en 1553 pero ampliado y revisado en 1556 ; las siguientes ediciones, que fueron numerosísimas (hasta 33 ediciones en el siglo XVI), reproducen siempre la segunda impresión como edición príncipe. Esta obra supone una monumental síntesis jurídico-moral y el fundamento más sólido de la reputación científica de Soto. En ella, condensa sus años de estudio, magisterio y experiencias y sistematiza el pensamiento moral de la época dentro del marco tomista y de las directrices de la Escuela de Salamanca. El maestro salmantino va a ser el primero en escribir un tratado moral como obra independiente. En él se pueden distinguir tres grandes partes: los tres primeros libros se centran en los fundamentos de la moral, de la ley eterna, natural y humana y del Derecho como objeto formal de la justicia; la segunda parte está dedicada a la justicia conmutativa y a los actos y vicios contrarios a la misma (el dominio y su violación, injusticias forenses, usura e injusticia en los contratos y cambios de moneda…); y los libros VII al X versan sobre la virtud de la religión como parte potencial de la justicia (votos, juramento, adjuración, simonía, deberes de los obispos y sacerdotes…).

A este tratado clásico de filosofía del Derecho, hay que añadir otra obra teológica de gran envergadura y última publicada por Soto: In Quartum Sententiarum, comentarios al libro cuarto de las sentencias de Pedro Lombardo en dos tomos, el primero en 1557-1558 y en 1560 el segundo , obra que también va a gozar de una gran difusión. Con ello, la carrera intelectual de Domingo de Soto llegaba a su cénit, convirtiéndose en uno de los personajes más representativos de la Escuela de Salamanca.

Recibido el 17 de enero de 2011. Admitido el 14 de febrero de 2011


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