Paloma Bravo, L’Espagne des favoris (1598-1645). Splendeurs et misères du “valimiento”, Presses Universitaires de France, Paris, 2010, 2ª ed. y tirada, 207 págs.

Susana Grohe


 

ABSTRACT: Libro dedicado al estudio de los validos, en el que Paloma Bravo-Blondeau, catedrática de la Universidad de la Borgoña y especialista en la civilización del Siglo de oro español, se mueve con una soltura literaria extraordinaria y es capaz de extraer las esencias conceptuales de otras monografías y a la vez aterriza en la literatura política de los siglos XVI y XVII con una elegancia fuera de lo común y sin incurrir en los defectos del libro sobre los validos coordinado y dirigido por José Antonio Escudero López, donde aparecen los espeluznantes plagios de Ignacio Ruiz Rodríguez.

PALABRAS CLAVE: Paloma Bravo, John H. Elliott, Geoffrey Parker, Bartolomé Bennassar, Henry Kamen, Joseph Pérez, Pierre Vilar, Pierre Chaunu, José Antonio Maravall Casesnoves, Alfonso García-Gallo, Jesús Lalinde Abadía, Francisco Tomás y Valiente, José María Pérez Collados, Plagios, Plagiones, Validos, Ignacio Ruiz Rodríguez, José Antonio Escudero López, Universidad de la Borgoña, Siglo de Oro, Conde duque de Olivares, el corrupto Lerma.

Los validos es una temática fascinante de historia política y de historia jurídica que ha dado lugar a numerosas contribuciones en los últimos años. Las figuras estelares a nivel mundial para los siglos XVI y XVII españoles continúan siendo sin duda John H. Elliott, Geoffrey Parker, Bartolomé Bennassar, Henry Kamen y Joseph Pérez, siguiendo la estela que dejaron sabios tan significativos como Fernand Braudel (1902-1985), Marcel Bataillon (1895-1977), Pierre Chaunu (1923-2009) y Pierre Vilar (1906-2003), quien con su Cataluña en la España moderna quizás haya escrito la mejor obra con diferencia publicada en el siglo XX y en todo lo que llevamos del XXI de Historia moderna española, habida cuenta de que Séville et l’Atlantique es en propiedad una obra de historia de América.

Es asombroso pero real que desde Inglaterra, Estados Unidos y Francia se haya estudiado con un rigor y con un método la historia institucional española de la Edad Moderna sin parangón y sin que aquí en el suelo español las instituciones políticas hayan ido capaces de ser tan profundamente alumbradas y con esa claridad meridiana con que lo han hecho otros fuera de las fronteras nacionales. Quizás los únicos que podían competir con estos investigadores en lengua inglesa y francesa ya han desaparecido. Me estoy refiriendo a Jesús Lalinde Abadía (1920-2007), quien hizo muy sugerentes afirmaciones sobre el Estado en un encuentro científico celebrado en Marbella , aunque no vio conveniente hacerse eco de la genial frase de Friedrich Schiller: «¿Cómo puedo yo reconocer el mejor Estado? De la misma forma como tú puedes reconocer a la mejor mujer»; y, además, vuelvo igualmente mis ojos hacia las páginas escritas por José Antonio Maravall Casesnoves (1911-1986), doctor en Derecho y catedrático de Historia del pensamiento político y social español en la Facultad de Ciencias Políticas de la Universidad de Madrid, luego denominada Complutense. Maravall ha sido en Francia el modernista español más reconocido, un hombre de cultura amplia, de sutilísima pluma, de observaciones inteligentes, de sosegadas afirmaciones, de insinuantes ideas, de variables valoraciones conforme iba cambiando el modo de pensar de los españoles y evolucionando el sistema dictatorial vigente. Gracias a Maravall las ideas políticas y las instituciones españolas de la Edad Moderna han tenido en Europa y en Estados Unidos de América un referente nacional carpetovetónico del que los españoles estaban tan faltos. Además Lalinde ha sido el constructor teórico con la cabeza mejor amueblada a la hora de analizar los grandes problemas de las instituciones políticas de la Corona de Aragón en los siglos XVI al XVIII. Ha habido otros como Alfonso García-Gallo (1911-1992) que han tenido proyección científica en lo atinente a las instituciones políticas modernas, pero no ha sido en la Europa culta (Alemania, Francia, Italia, Gran Bretaña), sino en una América quizás menos ilustrada: Perú, Ecuador, Venezuela, Argentina, Bolivia, etc., y a García-Gallo no se le veía en las grandes Universidades de EE.UU. y Canadá: Harvard, Stanford, Yale, Columbia, Berkeley, Toronto, McGill, Laval, etc. Francisco Tomás y Valiente (1932-1996) (a quien Bartolomé Clavero ha dedicado una biografía intelectual impresionante, bien informada, inteligentemente construida, con un texto de difícil lectura en el que Clavero prueba su superioridad y la de Tomás y Valiente), Benjamín González Alonso, José Sánchez-Arcilla, José María García Marín y José María Pérez Collados son cinco referentes que no pueden dejarse en el olvido, como ejemplos del buenhacer universitario en el estudio de las Instituciones políticas modernas. Hay otros que han ido a formarse en el nº 3 de la calle Trinidad de una capital de provincia española de menos de cien mil habitantes en vez de ir a Heidelberg, Bolonia, Tilburgo, Leiden y París II por solo señalar algunas Facultades de Derecho europeas reconocidas. Y, por último, hay unos cuantos que habría que proponerlos para un doctorado honoris causa por la Universidad de Santo Toribio de Mogrovejo, por la Escuela de Trabajo Social de la Universidad Católica de Pelotas o por cualquiera de dos de las cuatro peores Universidades públicas italianas, las de Messina y Macerata.

El libro de Paloma Bravo-Blondeau, catedrática de la Universidad de la Borgoña y especialista en la civilización del Siglo de oro español, es un ensayo bien pergeñado. Con Youssef El Alaoui, Rica Amran y Anne Milhou, la Dra. Bravo publicó en 2004 Autour de Charles Quint. Textes et documents. En 2008 vio la luz la edición que hizo de las actas del Congreso Identités nationales, identités régionales, publicado en Dijon. También ha ilustrado a la comunidad científica de los modernistas con estudios sobre la Inquisición, sobre Quevedo, sobre Calderón de la Barca y sobre los conceptos de Imperio, Reino y Cortes en el programa político de los revolucionarios de las Comunidades de Castilla.

Bravo-Blondeau es de una elegancia a la hora de escribir extraordinaria, de una exquisitez y de un dominio de la lengua francesa que hace a la lectora de sus libros levantarse del asiento en señal de agradecimiento. Paloma Bravo es la antítesis de una chafalmejas. El kontrapunk por cierto, en ámbito del valimiento, habría que encontrarlo en el capítulo que, en el libro sobre los validos dirigido por José Antonio Escudero López, escribió José Ramón Rodríguez Besné, “Crisis y quebranto político del noveno conde de Oropesa” (pp. 573-581). Difícilmente puede encontrarse una cosa peor escrita sobre los validos, y sin duda esas páginas son una deshonra para los condes de Oropesa. Además, asombrosamente al noveno conde de Oropesa lo hace fallecer en la ciudad condal el 23 de diciembre de 1787 (p. 581). Eso supondría que el susodicho conde habría vivido más de 150 años. Sin entrar en mayores consideraciones basta leerse este artículo y comprobar el estilo de documentos encadenados, de cuya transcripción habría mucho que decir, y sobre cuya admisión a la obra habría también mucho que advertir al editor de la misma. En cualquier caso, este libro, editado por Escudero López, me parece el mejor que se ha escrito sobre el conjunto de los validos hasta ahora, si lógicamente prescindimos del trabajo de Besné y del de Ignacio Ruiz Rodríguez (artículo vengativo y deshonroso para Don Juan José de Austria y Aragón, que no era un principote), sobre el que hay cumplida información en varios lugares en Europa y en América y está publicada recensión con cotejo plagiario que, en la versión electrónica de la Revista de Estudios Histórico-Jurídicos de la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso, es fácilmente localizable con indicación de los nombres Ruiz Rodríguez & plagios & deshonra & Juan José de Austria & José A. Escudero (no como copión, sino como editor) & Países Bajos & escándalo & copiones & Hierrezuelo Conde (en este caso último como autor no del plagio, sino del descubrimiento del mismo y del cotejo). Para que se vea de una forma prístina la entidad plagiaria del caso, reproducimos tres ejemplos de los varios que recoge Guillermo Hierrezuelo en la mencionada revista chilena que son una muestra espeluznante y de una enormidad monstruosa sobre cómo se trabaja por parte de algunos o se trabajaba en la escudería, donde lógicamente hay también gente científicamente seria. En ni un solo momento se cita a Ribot, ni una sola comilla. Se plagia limpiamente. Veamoslo:

2.a) «[...] nació en el barrio madrileño de Leganitos, el 7 de abril de 1629. Por encargo de su padre fue criado en Ocaña y recibió una esmerada educación. Normalmente, su destino, al igual que el de los otros hijos naturales del monarca, hubiera sido la carrera eclesiástica, como titular de alguna diócesis; sin embargo, por iniciativa, al parecer, del conde-duque de Olivares, deseoso de legitimar a su bastardo Julián, fue reconocido por Felipe IV en mayo de 1642 y, en 1643, se le puso casa, recibiendo el tratamiento de “serenidad”. Nombrado gran prior de la orden de San Juan de Jerusalén en Castilla y León, pasó a residir en Consuegra, sede del priorato» (Ribot, 1993, p. 74).

2.b) «[...] nacía en el barrio madrileño de Leganitos, el 7 de abril de dicho año. Por encargo de su padre fue criado en Ocaña y recibió una esmerada educación. Normalmente su destino, al igual que el de los otros hijos naturales del monarca, hubiera sido la carrera eclesiástica, como titular de alguna diócesis; sin embargo, por iniciativa, al parecer, del Conde-Duque de Olivares, deseoso de legitimar a su bastardo Julián, fue reconocido por Felipe IV en mayo de 1642 y, en 1643, se le puso casa, recibiendo el tratamiento de “serenidad”. Nombrado gran prior de la orden de San Juan de Jerusalén en Castilla y León, pasó a residir en Consuegra, sede del priorato» (Ignacio Ruiz Rodríguez, en edición, selección y coordinación científica y académica de José Antonio Escudero López, 2004, p. 412).

4.a) «En 1656 fue nombrado gobernador general de los Países Bajos, coincidiendo con los años finales de la guerra hispano-francesa. En esta ocasión, ciertamente, no le acompañaron los éxitos militares y no tuvo buenas relaciones con los otros dos importantes generales de las tropas hispanas en Flandes: el marqués de Caracena y el príncipe de Condé. No hay que olvidar, sin embargo, que la escasez del dinero y la inferioridad numérica del ejército hispano frente al francés hacían muy difícil la actuación de don Juan en Flandes. Meses antes de la paz de los Pirineos, en marzo de 1659, Felipe IV le encomendó el mando supremo del ejército que operaba en Portugal; aquí alternó victorias y derrotas hasta 1664, pero, al igual que en los Países Bajos, no logró cambiar el rumbo de la guerra, claramente negativo para España» (Ribot, 1993, p. 75).

4.b) «[...] en 1656 fue nombrado gobernador general de los Países Bajos, coincidiendo con los años finales de la guerra hispano-francesa. En esta ocasión, ciertamente, no le acompañaron los éxitos militares y no tuvo buenas relaciones con los otros dos importantes generales de las tropas hispanas en Flandes: el marqués de Caracena y el príncipe de Condé. No hay que olvidar, sin embargo, que la escasez del dinero y la inferioridad numérica del ejército hispano frente al francés hacían muy difícil la actuación de don Juan en Flandes. Meses antes de la paz de los Pirineos, en marzo de 1659, Felipe IV le encomendó el mando supremo del ejército que operaba en Portugal; aquí alternó victorias y derrotas hasta 1664, pero, al igual que en los Países Bajos, no logró cambiar el rumbo de la guerra, claramente negativo para España» (Ignacio Ruiz Rodríguez, en edición, selección y coordinación científica y académica de José Antonio Escudero López, 2004, p. 421).

5.a) «En los últimos años de vida de Felipe IV, don Juan pretendió [...] un mayor reconocimiento por parte de su padre, solicitando, por ejemplo, plaza permanente en el Consejo de Estado, el título de infante, que implicaría su legitimación, o, cuando menos, la condición de grande de España. El rey parecía haber perdido buena parte de su confianza en él, aparte el hecho de que, demasiado influido por sus remordimientos, veía en don Juan el fruto de “las travesuras de su mocedad”. Felipe IV comenzaba a temer la excesiva ambición de su hijo, quien –según algunos autores– soñaba con una corona y llegó a sugerir al monarca su boda con la infanta Margarita. Deseoso de frenar sus ambiciones de cara a la inminente regencia, Felipe IV, siguiendo el consejo del emperador Leopoldo, le ofreció altos cargos eclesiásticos como la mitra de Toledo o el puesto del inquisidor general, propuestas que no agradaron a don Juan» (Ribot, 1993, p. 76).

5.b) «En los últimos años de vida de Felipe IV, don Juan [...] pretendió [...] un mayor reconocimiento por parte de su padre, solicitando, por ejemplo, plaza permanente en el Consejo de Estado, el título de infante, que implicaría su legitimación, o, cuando menos, la condición de grande de España. El rey parecía haber perdido buena parte de su confianza en él, aparte el hecho de que, demasiado influido por sus remordimientos, veía en don Juan el fruto de las travesuras de su mocedad. Felipe IV comenzaba a temer la excesiva ambición de su hijo, quien –según algunos autores– soñaba con una corona y llegó a sugerir al monarca su boda con la infanta Margarita. Deseoso de frenar sus ambiciones de cara a la inminente regencia, Felipe IV, siguiendo el consejo del emperador Leopoldo, le ofreció altos cargos eclesiásticos como la mitra de Toledo o el puesto del Inquisidor general, propuestas que no agradaron a don Juan» (Ignacio Ruiz Rodríguez, en edición, selección y coordinación científica y académica de José Antonio Escudero López, 2004, pp. 421-422).

Se observará que es un plagio metafísicamente perfecto, sin doblez, ni engaño, mejor dicho engañando a Dykinson y a Espasa Calpe, contándoles un cuento chino a la primera. Pero es que, a pesar de los plagios de este Ruiz Rodríguez, ese trabajo sigue siendo mejor que el de Besné. Si a esta obra se le quita, como acabamos de indicar, el artículo de Rodríguez Besné, el de Ruiz Rodríguez, el de Suárez si no lo amplía (5 páginas y media, sin una sola cita, y escritas a vuelapluma sobre cuestión tan significativa como los orígenes del validaje, y al que hay que añadirle un párrafo al final que no estaba en la primera redacción), y si se revisan a fondo los de María del Carmen Sáenz Berceo, María del Camino Fernández Giménez y María Teresa Manescau Rodríguez en los que puede haber sorpresas (¡Quiten Vd. los acentos indebidamente puestos!, aun no siendo esa la cuestión principal, porque también aparecen de vez en cuando garrulerías incomprensibles, y eso que yo no me considero latitudinaria), y se armonizan y unifican los modos de citación ya que cada autor lo hace a su manera y el editor debería ser consciente de que en los libros colectivos hay que ser pajolero/a con gracia e inteligenciando para aplicar lo que los franceses denominan el remaniement y el adoucissage, sería sin duda, a mi modesto entender, el mejor libro sobre Validos publicado en España y en Europa en los últimos cuarenta años.

Animamos, por otro lado, a Guillermo Hierrezuelo Conde que tenga la valentía de que ya que ha rectificado las recensiones del libro sobre los validos, del libro de Camino Fernández Jiménez y ahora del Protonotario de Baltar en esta misma sede, respondiendo al mismo espíritu de purificación científica y de servicio a la Humanidad y al Derecho, revise y publique, si encuentra irregularidades, las rectificaciones de varias de las recensiones que vemos en su curriculum, por ej., de las siguientes obras: Javier Alvarado (ed.), Historia de la literatura en la España del Antiguo Régimen, vol. I, Madrid, 2000, 647 págs., publicada en la Revista de Estudios Histórico-Jurídicos, XXII (2000), pp. 561-567; Javier Alvarado Planas, El problema del germanismo en el Derecho español. Siglos V-XI, Marcial Pons, Madrid, 1997, 272 págs., en la Revista de Estudios Histórico-Jurídicos, XXII (2000), pp. 567-569; Manuel Aranda Mendíaz, El Tribunal de la Inquisición de Canarias durante el reinado de Carlos III, Universidad de Las Palmas de Gran Canaria, Las Palmas de Gran Canaria, 2000, 414 págs., en la Revista de Estudios Histórico-Jurídicos, XXII (2000), pp. 569-571; José Antonio Escudero, Administración y Estado en la España moderna, Junta de Castilla y León, Consejería de Educación y Cultura, Valladolid, 1999, 638 págs., en la Revista de Estudios Histórico-Jurídicos, XXII (2000), pp. 587-595; Ricardo Gómez-Rivero (ed.), El Tribunal del jurado en Albacete (1888-1936), Albacete, 1999, 280 págs., en la Revista de Estudios Histórico-Jurídicos, XXII (2000), pp. 603-606; José Ramón Rodríguez Besné, El Consejo de la Suprema Inquisición. Perfil jurídico de una Institución, Editorial Complutense, Madrid, 2000, 283 págs., en la Revista de Estudios Histórico-Jurídicos, XXII (2000), pp. 644-645; Javier Alvarado Planas, Constitucionalismo y codificación en las provincias de Ultramar. La supervivencia del Antiguo Régimen en la España del siglo XIX, Centro de Estudios Políticos y Constitucionales, Madrid, 2001, 344 págs., en la Revista de Estudios Histórico-Jurídicos, XXIII (2001), pp. 653-656; Javier Alvarado Planas et alii, Temas de Historia del Derecho y de las Instituciones, Madrid, UNED, 1999, 757 págs., en la Revista de Estudios Histórico-Jurídicos, XXIV (2002), pp. 429-433; Isabel Martínez Navas, Gobierno y Administración de la ciudad de Logroño en el Antiguo Régimen (Ordenanzas municipales de los siglos XVI y XVII), Madrid, INAP, 2001, 448 págs., en la Revista de Estudios Histórico-Jurídicos, XXIV (2002), pp. 445-447; José Antonio Escudero, Curso de Historia del Derecho. Fuentes e instituciones político-administrativas, Madrid, 2003, 985 págs., en la Revista de Estudios Histórico-Jurídicos, XXVI (2004), pp. 626-630; Eduardo Galván Rodríguez, Consideraciones sobre el proceso recopilador castellano, Universidad de Las Palmas de Gran Canaria, Las Palmas de Gran Canaria, 2003, 201 págs., en la Revista de Estudios Histórico-Jurídicos, XXVI (2004), pp. 636-639; María Dolores del Mar Sánchez González, La codificación penal en España: los códigos de 1848 y 1850, Boletín Oficial del Estado, Centro de Estudios Políticos y Constitucionales, Madrid, 2004, 453 págs., en Revista de Estudios Histórico-Jurídicos, XXVII (2005), pp. 601-604. La escudería nunca le agradeció los servicios prestados a su principal botafumeiro y panegirista a capillis usque ad ungues. Ha llegado la hora de que descubra todo lo que sabe sobre los anacronismos brunnerianos y sobre los plagios de proyectos docentes e investigadores, poniéndose en contacto con fuentes solventes de Sevilla, Valencia, Santiago de Compostela, Madrid, Gerona, Málaga, etc., y principiando por acercarse a la reedición de Heinrich Brunner, Deutsche Rechtsgeschichte, Duncker und Humblot, Berlin, 1958 y 1961, y tras leerse esos dos tomos, ir descubriendo tantas cosas, como también en otros lugares.

Paloma Bravo centra, desde las primeras líneas, la teoría del valimiento, los valores de la monarquía católica, la emergencia de los validos, la difícil distinción terminológica entre valido, privado, secretario del rey y primer ministro. A la hora de presentarnos la figura, los cometidos y competencias de Francisco Gómez de Sandoval y Rojas (1552-1625), sigue sin duda los dos estudios del cuarto conde de Lerma de José Antonio Escudero y de Ricardo Gómez Rivero, quien era de la escuela del propio Escudero pero que la abandonó harto ya de felicianos y de caminantes. Sin duda, son Escudero y Gómez los que con profundidad han estudiado a Lerma, aunque Escudero es asombroso, ya que el mismo trabajo dedicado a los poderes de Lerma lo publica tres veces, primero en el homenaje a Alfonso García-Gallo, luego en un libro suyo editado en Valladolid y la tercera en esta obra colectiva por él dirigida sobre los validos. ¡Las mismas páginas y el mismo contenido! « Mon Dieu, filoutage, filouterie ! ».

Escudero precisa con suma claridad errores de González Dávila y de Leopold von Ranke (para Ranke, el «Estado es el poder»), cuya obra sobre La monarquía española de los siglos XVI y XVII critica. Pero, mucho cuidado, 1º) José A. Escudero recoge una idea que no es original suya sino de Francisco Tomás y Valiente de lo que se percata perfectamente Paloma Bravo y 2º) que el traductor de la obra del alemán al castellano es el habanero Manuel Martínez Pedroso (1883-1958). Es bien sabido que Pedroso hacía traducciones del alemán al español, pero a la remanguillé. Fue científicamente el escándalo de los escándalos la que llevó a cabo de El Capital de Carlos Marx, hasta el punto que tuvo que hacerse otra y encargársela al catedrático de Derecho Romano Wenceslao Roces Suárez (1897-1992), un marxista auténtico sin doblez ni engaño y el mejor traductor de los clásicos del marxismo leninismo al castellano. Sobre la volatilidad de Pedroso ya se pronunciaban desde Berlín varios catalanes y madrileños en las dos primeras décadas del pasado siglo XX. Pedroso da la impresión de que algunos intelectuales orgánicos y socialistas lo tenían como un “fantasmón”, aunque eso es opinable, pues José A. Escudero acusaba a Alfonso Otero Varela (1925-2001), entre otras cosas, de « donner sur le casaquin » por la Rua do Villar (es conocida la pasión que algunos sienten « d’aimer la bouteille », pero algunos lo hacen con desproporción y otros con la elegancia de sumiller del Ritz de París con que eleva la copa, por ej., un afamado iushistoriador catedrático de una Universidad española cercana a la frontera francesa) e ignorar los fundamentos del Estado, y sin embargo el mejor constitucionalista europeo del siglo XX, Carl Schmitt (1888-1985), veía en Otero a un genio capaz de entender cuestiones que pasaban desapercibidas para muchos otros iushistoriadores del Derecho público español y alemán. Consecuentemente, lo de Pedroso es opinable, aunque son muchos los que opinan que sus traducciones del tudesco no son de recibo y no deben ser seleccionados sus productos, tan desaconsejados, por otra parte, desde la propia izquierda. Sobre ese tema basta con consultar las semblanzas que a Manuel Martínez Pedroso y a Wenceslao Roces Suárez se les dedicaron en 2006 en el Diccionario crítico de juristas españoles, portugueses y latinoamericanos, vol. II, tomo 1º, pp. 90-91, nº 567 y pp. 408-409, nº 903. Recientemente José Manuel Pérez-Prendes y Muñoz de Arracó se ha pronunciado sobre la traducción de Martínez Pedroso sobre el libro de Ranke, en contraste con el valor de las traducciones de W. Roces. Puede verse en el artículo de Pérez-Prendes, “Algo más acerca de los perfiles conceptuales de la monarquía hispánica”, en Foro. Revista de Ciencias Jurídicas y Sociales, 10 (2009), p. 19-20, en nota; en su artículo (pp. 13-32) no cita en ningún momento a Escudero.

Sin necesidad de avinagrar innecesariamente esta recensión, añadiremos que la publicación en 2010 del libro de Alfredo Alvar Ezquerra, sobre el Duque de Lerma, que subtitula Corrupción y desmoralización en la España del siglo XVII, anula prácticamente todo lo escrito hasta ahora sobre Lerma, por Escudero, Gómez Rivero, Paloma Bravo (pp. 46 a 79, quien sobre Lerma escribe con un charme superior al de estos dos primeros, aunque los problemas jurídico-públicos están mejor resueltos por Gómez y J. A. Escudero), Antonio Feros, John H. Elliott, y con seguridad tendrá ahora todo que contemplarse a la luz de lo que sobre Francisco Gómez de Sandoval Rojas (1552-1625) ha escrito Alvar. Lerma fue un corrupto de grado superlativo, que Alvar ubica en la historia como creador de «un subsistema amoral». Paloma Bravo, al estudiar a Gaspar de Guzmán Pimentel, conde-duque de Olivares, lo hace en la senda de John H. Elliott y de Antonio Domínguez Ortiz, resaltando su inmenso poder y su caída oficial en desgracia el 24 de enero de 1643.

Dedica además Paloma Bravo una parte importante de su libro a los discursos teóricos sobre el valimiento y a un examen de las teorías de Baltasar Álamos de Barrientos, Pedro Fernández de Navarrete, Martín González de Cellorigo, Gaspar Gutiérrez de los Ríos, Francisco de Quevedo y Mateo Renzi, entre otros.

Unas tablas y apéndices cronológicos completan la obra de P. Bravo, viniendo precedidos de unas conclusiones, en las que siguiendo a un clásico, José Laínez, llega a la calificar al valido como «un rey sin corona» (p. 157). [Recibido el 11 de febrero de 2011].


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