[I]. Montserrat Bajet Royo, El jurament i el seu significat jurídic al Principat segons el Dret general. Edició de la “Forma i pràctica de celebrar els juraments i les eleccions a la ciutat de Barcelona en el segle XV”, “Seminari permanent i interuniversitari d’Història del Dret Catalá Josep M. Font Rius”, Universitat Pompeu Fabra, Barcelona, 2009, 198 págs.

Guillermo Hierrezuelo Conde


 

ABSTRACT: Importancia del juramento en la actividad política en la Cataluña anterior al decreto de Nueva Planta de 1716. La autora, Montserrat Bajet i Royo, que ha sido profesora agregada de Historia del derecho y de las instituciones de la Universidad Pompeu Fabra y que, en su momento, debió ser profesora titular de la misma disciplina de la Universidad de Barcelona, abre con esta monografía su jubilación universitaria, aunque sigue de hecho dedicada a la producción científica en la que siempre brilló en todo lo referente a las instituciones catalanas de los siglos XV y XVI.

PALABRAS CLAVE: Juramentos antiguos, Ceremonial, Barcelona, Montserrat Bajet, Tomàs de Montagut i Estragués.

Tomàs de Montagut, catedrático de Historia del derecho y de las instituciones de la Universidad Pompeu Fabra, destaca que «el Derecho catalán está integrado de forma plena y directa por la cultura jurídica europea, es decir, está configurado como un ordenamiento jurídico completo e independiente, formado por la interacción peculiar del ius commune romano-canónico con los iura propia de Cataluña» (p. 10). Además, señala que la institución del juramento se configuraba como «una garantía de acción política», es decir, como un mecanismo que garantizaba el buen funcionamiento de la compleja red jurisdiccional de Cataluña.

La noción de esta institución en su dimensión histórico-política ha estado conformada por dos elementos: la religión y el Derecho. Formalmente, el juramento consistía en repetir una fórmula oral acompañada de un gesto codificado, invocando a la divinidad, en calidad de testimonio de la verdad, de una afirmación o del mantenimiento de un cierto comportamiento en el futuro. De esta forma, generaba la obligación de respetar la fórmula pronunciada, y se configuraba como un acto eficaz que llegaba a convertirse en una garantía de acción política. Asimismo, comportaba consecuencias previstas en caso de violación de una ley: destitución del cargo, pago de una multa, etc.

En la ciudad de Barcelona fue característica, desde el siglo XIII hasta el Decreto de Nueva Planta en 1716, la coexistencia de una pluralidad organizativa. Por influencia de los pactos feudales y el sistema del ius commune imperaban los juramentos, que respondían a distintas exigencias y significaciones. En la Edad Media, el juramento implicaba la sujeción del monarca al ordenamiento jurídico y el compromiso de respetar leyes y libertades. En la jerarquía de los juramentos, el rey lo debía prestar, y más tarde recibía el juramento de sus vasallos, oficiales, etc. A simple vista podría parecer que el juramento era un acto mediante el cual los consellers prometían realizar durante un período de tiempo determinadas actividades. Pero era más, el juramento político suponía el requisito que precedía a la investidura o toma de cargo, en la medida en que por medio del juramento, los oficiales y los magistrados accedían y participaban en algún grado de la jurisdicción, es decir, ejercían la justicia del rey, ya que los oficiales reales y municipales gobernaban, administraban justicia y participaban en la elaboración de las normas.

El acto del juramento estaba tan marcado por la fe que ni los doctores ni los legisladores de la Iglesia podían obviarlo. Por otro lado, el acto de jurar del rey o de un oficial en el siglo XIII era producto de la influencia de los juristas y glosadores, tanto canonistas como civilistas, que le dotaron de la estructura y forma jurídica. Más tarde, el feudalismo le aportaría el sentir de la relación contractual y, por tanto, un influjo de la relación feudal en el ámbito público, como con acierto se ha puesto de relieve en esta obra (p. 35). En la monarquía visigoda el nuevo monarca había de prestar juramento de preservar la fe católica, de proteger a la Iglesia, de defender el reino y de gobernar con justicia. En la Alta Edad Media, el rey ya no juraba porque este acto suponía una humillación a su dignidad. A partir del siglo XI se produjo una crisis del poder público y de las estructuras feudales. Más tarde, los Usatges de Barcelona fijaron por escrito las condiciones y formas de los juramentos.

En la doctrina jurídica medieval, los monarcas que no tenían vínculos de fidelidad privada con otro señor adquirían plenitud de poder. En el marco del ius commune, el juramento estaba considerado un acto y una institución de carácter religioso. El precedente del juramento real se encontraba en la propia confirmación de los fueros, los usos y los costums por parte del nuevo soberano (p. 45). A partir del siglo XIII las relaciones del rey y sus súbditos debían ser ratificadas con la llegada de un nuevo príncipe con el juramento de fidelidad entre aquél y el colectivo de los vasallos organizados jurídicamente, generalmente mediante la reunión de las Cortes.

En Barcelona, el juramento al inicio del reinado era pronunciado por el monarca en el Palacio real, según consta en la descripción completa del acto celebrado en Barcelona el 22 de mayo de 1599. En este acto el monarca se comprometía expresamente a cumplir las leyes vigentes, manifestando que no las podría revocar unilateralmente. Los juramentos que efectuaba el rey en Barcelona seguían el siguiente orden: en primer lugar, el rey juraba observar los privilegios y libertades de la ciudad; en segundo término, el Derecho general del reino y los vasallos que prestasen fidelidad; en tercer lugar, en la catedral el rey juraba como figura principal de la comunidad política (p. 57). El juramento corroboraba el pacto entre las partes que lo hubiesen celebrado. Este juramento era un signo de la sumisión del rey al Derecho creado por la comunidad política, al tiempo que estaba obligado a cumplir las leyes existentes. Este juramento mutuo formalizaba el pacto o unidad política entre el monarca y los estamentos. El príncipe no podía legislar sin los estamentos, ni podía dictar normas en contra de las constituciones generales ni otorgar privilegios en contra de los ya concedidos (p. 60). En la Edad Moderna, con el progresivo aumento del Estado, el juramento del virrey pretendía confirmarse como un instrumento para la afirmación del poder en general en la esfera pública, tanto del propio poder real como sobre el poder municipal.

Desde 1284 hasta 1714 en Barcelona correspondía a los consellers el mantenimiento de los privilegios, de los costums, de los usos, así como de las franquicias otorgadas por el rey o sus antecesores a la ciudad de Barcelona. Con su juramento, los consellers se obligaban a mantener dichos privilegios. Los consellers debían jurar defender los privilegios, así como respetar las ordenacions de la ciudad. A partir de 1269 el poder de los regidores municipales fue consolidándose.

Este trabajo se ha basado básicamente en tres fuentes: el libro Consueta, de 1396; la Rubrica de juraments antics y los Llibres de Cerimonial. En el apéndice documental se recoge asimismo la transcripción de la «forma i pràctica de celebrar els juraments i les eleccions a la ciutat de Barcelona en el segle XV» (pp. 111-191). La autora del trabajo, Montserrat Bajet, ha sido hasta hace bien pocos meses, en que se ha jubilado, docente de la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona. Ha culminado su carrera académica como profesora agregada de Historia del derecho y de las instituciones. [Recibido el 25 de octubre de 2010].


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