Martial Mathieu y Patricia Mathieu, Histoire des institutions publiques de la France. Des origines franques à la Révolution, Presses universitaires de Grenoble, Grenoble, 2008, 202 págs.

Guillermo Hierrezuelo Conde


 

ABSTRACT: Comentario de un manual al uso de los estudiantes de la asignatura de Historia de las instituciones políticas francesas desde sus orígenes hasta la revolución de 1789. Sobre esa misma materia existen numerosos manuales en Francia que centran su atención en las instituciones políticas antes y después de la Revolución. Son obras claras, precisas, inteligentemente estudiadas para la comprensión de la realidad del Derecho público histórico galo. Y, por supuesto, no carentes de sex-appel. Los anacronismos brunnerianos son infrecuentes en este tipo de manuales franceses, por estar construidos de manera distinta a como se han escrito en España algunos cursos de Historia del Derecho.

PALABRAS CLAVE: Martial Mathieu, Patricia Mathieu, Historia del Estado, Francia.

La historia política del reino de Francia ha tenido como referencia principal las reminiscencias del Imperio romano. De hecho, en materia política, como en otras muchas materias, las instituciones del Imperio romano han sido objeto de admiración para los pueblos que le sucedieron, como los bárbaros. Efectivamente, en el Renacimiento se consideraron las instituciones romanas como una referencia ideal, el régimen providencial querido por Dios. En Roma el tránsito del régimen oligárquico de la Roma republicana a la monarquía absoluta del bajo Imperio supuso un cambio importante. En el primero de ellos, las instituciones de la República fueron asumidas por los patricios, y la ciudad estaba gobernada por un consejo aristocrático, el Senado, los magistrados y los comicios. La historia de la República estuvo marcada por la lucha entre la plebe y los patricios.

Tras los fracasos de Julio César y de Marco Antonio, el vencedor de las guerras civiles, Octavio, al que el Senado le confirió el título de Augusto, se presentó como el salvador de la República. De esta forma, concentró en sus manos, con la bendición del Senado, todas las prerrogativas. En efecto, Augusto y sus sucesores adoptaron el título de Príncipes, es decir, el “primero” de los ciudadanos, que ilustraba su voluntad de la continuidad republicana. En el Imperio los discípulos de Cristo difundieron por todo el territorio la palabra de Dios y los cristianos se agruparon en Iglesias locales, formando una Iglesia universal. Durante su reinado Constantino (306-337) dictó en el 313 d. C. el edicto de Milán, que prohibía la persecución de los cristianos. Más tarde, en el siglo IV se confirió a la Iglesia un lugar eminente en el Imperio. Ciertos autores cristianos consideraban al Emperador romano como un instrumento de la providencia divina, que permitía la difusión del mensaje evangélico y se presentaba como el intermediario hacia el reino de los cielos. Con los tiempos, el Imperio devino en una monarquía militar. De esta forma, el emperador sólo conservaba su legitimidad si salía victorioso. De hecho, los emperadores en esta época brillaban por sus cualidades de jefes militares.

Los reyes merovingios (481-751) fueron los primeros que intentaron imitar el modelo romano (pp. 27-28). La dinastía merovingia conoció su apogeo en el siglo VII, si bien en el período 613-751 comenzó el declive de la misma. Los carolingios reinaron en el período 751-987, no obstante a partir de la segunda mitad del siglo IX comenzó el declive del poder carolingio. En realidad, el reinado merovingio fue fruto de una síntesis más o menos armoniosa entre el modelo romano y la tradición germánica. Este modelo romano inspiró las relaciones entre los merovingios y la Iglesia. La concepción de poder real y las modalidades de ejercicio de este poder marcaron esta doble influencia. La voluntad de prolongar el Imperio romano se reforzó con la conquista de las regiones fuertemente romanizadas del sudeste de Gales (p. 39). El pueblo merovingio encontró en las instituciones del Imperio romano el modelo de un poder absoluto, concentrado en manos de un monarca. De este modo, los merovingios restringieron notablemente las asambleas populares de origen germánico. La Iglesia conservó la organización establecida en el Imperio romano, basada en la autoridad de un obispo (episcopus). Asimismo, el territorio del reino estaría dividido en diócesis, agrupadas a su vez en provincias eclesiásticas.

Las instituciones carolingias supusieron en el siglo VII un renacimiento de la cultura romana (751-987). Aunque Carlomagno se presentaba como un nuevo Constantino, el Imperio que gobernaba era muy diferente al Imperio romano. Después de la muerte de Carlomagno (814), su hijo Luis I el Piadoso abandonó los títulos reales para no conservar el título imperial. En realidad, los carolingios tuvieron que adaptar la administración a las nuevas dimensiones del territorio que gobernaban (pp. 54-57).

La expresión Edad media representa el período intermedio que separa la antigüedad de los tiempos modernos. El desmembramiento del imperio carolingio fue el germen de la Francia medieval. El establecimiento de los señoríos se inspiró en el modelo político carolingio. La segunda mitad del siglo XI fue un período en el que el orden señorial fue restablecido por la Iglesia. En el siglo XIII, el rey de Francia era calificado de princeps in regno suo, y tenía la consideración de de «emperador en su reino». Los primeros Capetos (987-1226), con el apogeo del poder señorial, establecieron los primeros territorios del reino; pero desde 1226 a 1515, el reinado conoció un crecimiento caótico, aunque decisivo. A los primeros Capetos le sucedieron desde Luis VI a Luis VIII.

Más tarde, en la época que comprendió desde el reinado de San Luis a Felipe, el Hermoso, se conocieron unos momentos de apogeo. Pero al final del reinado de este último monarca se inició un período de dificultad para el reinado, que abarcaba desde los últimos Capetos directos a Luis XII (1345-1515) (pp. 68-69). En el periodo comprendido entre 987 y 1226 se produjo la transición del orden señorial a la monarquía feudal (pp. 71-98). El orden señorial (987-1108) se caracterizó porque todo el territorio del reino se encontraba bajo el yugo del señor y la monarquía. En este poder señorial, la dimensión militar se consideraba fundamental. A cambio de la fidelidad de su vasallo, el señor se obligaba a protegerle, y en la práctica el señor confiaba tierra a sus vasallos.

Durante los Capetos, la monarquía conservó las características sagradas que adquirió durante la época carolingia. Pero la secularización de la Iglesia se acentuó con la instalación de los poderes señoriales. A finales del siglo XI, la Iglesia se reorganizó, bajo la autoridad del Papa. En el siglo XII se produjo una evolución decisiva, a consecuencia de los cambios económicos que precipitaron la desaparición del orden señorial. El rey tenía una dimensión religiosa que le distinguía de otros príncipes y de los señores. Los Capetos reforzaron su prestigio a través de leyendas y símbolos, referentes a objetos divinos.

Los tres últimos siglos de la Edad Media constituyeron una época crucial en la historia política de Francia: el nacimiento de la nación de Francia, en el sentido moderno del término. Los Capetos establecieron la idea de un poder real absoluto, estableciendo el modelo del poder imperial. En esta época la Corona se presentaba con el carácter de indisponible. En el siglo XIII, el órgano colegial de consejo (la curia regis) se escindió en dos formaciones: el consejo del reino (curia in consilio) y el Parlamento (curia in parlamento) (p. 116). Los siglos XIV y XV estuvieron marcados por sucesivas crisis, que sacudieron las instituciones eclesiásticas.

Las instituciones modernas supusieron la superación del modelo romano en el período comprendido entre 1515-1789. Las guerras de religión crearon un contexto favorable para los que se oponían al régimen vigente del Estado democrático, que tuvo como máximo representante a Luis XIV. En los siglos XVI y XVII, el poder real se impuso bajo la forma de la monarquía absoluta. En el siglo XVI la asamblea de los Estados generales sometieron el poder real al control político. Desde el reinado de Francisco I hasta Luis XIV, el Estado monárquico conoció una época de caos, que se inició con las guerras de religión. Tras la salida de las crisis que se sucedieron tras los años 1560, el poder real impuso el modelo de la monarquía absoluta, que tuvo su auge con el reinado personal de Luis XIV.

Durante la asamblea de los Estados generales de 1614-1615, el tercer estado propuso la consagración del principio del Derecho divino del rey como ley fundamental. El apogeo de la monarquía absoluta, bajo el reinado personal de Luis XIV supuso la desaparición de todos los contrapoderes potenciales (p. 169). Por el contrario, los reinados de Luis XV y XVI representaron la crisis del Estado monárquico (1715-1789).

Martial Mathieu y Patricia Matheiu son docentes en la Facultad de Derecho de la Universidad Pierre-Mendès-France (Grenoble II). [Recibido el 2 de febrero de 2011].


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