Enrique González Matas, Los Estados Unidos del Mundo. Un ideal de siglos ya posible, Editorial Arguval, Málaga, 2010, 160 págs.

Enrique del Pino


 

ABSTRACT: Enrique González Matas, que ha sido profesor de Sociología de la Universidad de Málaga y es doctor en Historia, y cuenta con un amplio número de publicaciones, nos sorprende una vez más con un libro interesante, donde plantea, partiendo de la experiencia histórica, constituir una República universal con poderes, distinta de los antiguos imperios y mejor adaptada a los tiempos que corren. Aunque el autor considera que ha llegado el momento posible, son no pocos los que resaltan los valores de lo nacional, de los hechos diferenciales, del comarcalismo y del localismo. Otra cuestión sería la de saber si es un ideal o una especulación de mentes dispersas que han dejado volar su imaginación, como los poetas o los redactores de cuentos.

PALABRAS CLAVE: República Universal, Solidaridad, Imperios, Ética mundial cosmopolita.

Hace años que Enrique González Matas inició la peregrina andadura de “construir” una utopía con sello propio. Ni era la primera ni será la última de las que en el mundo son, pero, para un especialista como es él, que ya tiene en su haber varios títulos sobre la temática, aparte la que fuera tesis doctoral años ha, su pretensión de dotarla con toque personal es digna de mérito, y solo hay que fijarse en el que llamaría subtítulo del ensayo para darse cuenta de ello: “Un ideal de siglos ya posible”. He aquí la médula del asunto.

La introducción del adverbio “ya” en la frase opera enfáticamente, de modo y manera que, tal vez contra todo pronóstico, elimina una de las singularidades que toda utopía ha tenido a lo largo de la historia. Porque, para que lo fuera, tenía que ser posible al final de la escalada, por lo general impidiéndole al pensador verla realizada en vida. Que nunca se diera el caso, como así ha sucedido en siglos, es otra cuestión pero que en el que nos ocupa no tiene validez, pues el “ya” –ahora, mañana, pasado mañana– descansa en elementos fiables, es decir comprobables, como detalladamente el autor nos ilustra página tras página, al punto de hacernos creer que nos espera a la vuelta de la esquina.

Porque las alteraciones estructurales acaecidas en, sobre todo, el último siglo, han dado la vuelta al planteamiento. Hoy se dispone de lo que nunca fue posible siquiera imaginar, un astro entendido como planeta unitario en casi todas sus funciones y posibilidades, en el que las distancias (de todo tipo) han desaparecido, lo cual, al revertir en simultaneidad, da a la Tierra condición de ente en la práctica irreversiblemente intercomunicado. Cualquier comunicación, acuerdo, cuestión o fenómeno, con independencia de sus factores intrínsecos, ha dejado de ser hecho aislado, lo que involucra y concierne a todos y en todas las esferas. Esta que se podría llamar «unificación de espacio y de tiempo» es “ya” vital. Ignorarla es, a juicio del autor, error craso.

Plantea Enrique González, tras detenido recorrido por las posibilidades reales de su proyecto, las que entiende cinco amenazas terribles de las que la Humanidad debe protegerse; sepan que son: la del cambio climático, la nuclear, la del dominio del espacio, la del desorden en la economía mundial y la de los derechos de las personas. Estas espadas pendientes sobre nuestras cabezas no pueden ser combatidas, a su juicio, más que con la creación efectiva de un organismo supranacional con poderes ejecutivos suficientes, que, tal vez ingenuamente, considera factibles de desempeñar por la existente ONU, aunque previamente reformada.

Como fácilmente se comprende, entiende el autor que dichos Estados Unidos deberán responder a la idea de República, concibiendo en su seno los necesarios mecanismos útiles para la real división de poderes, defensa contra supuestos ataques desestabilizadores y, en fin, dominio de todos los resortes democráticos disponibles para evitación de rupturas y aberraciones de cualquier signo. Es evidente que el autor no quiere dejar nada al azar y da sus recetas a propósito.

Invoca y se rodea de importantísimas voces, incluida la de Benedicto XVI cuando en su encíclica Caritas in veritate reclama «una verdadera Autoridad política mundial», cita también, y se apoya en ellos, testimonios de reconocidos pensadores y teólogos, en un intento de, al parecer, cimentar sus tesis con lo más granado del pensamiento actual, así como otros del pasado, remontándose hasta el pensamiento griego clásico. Es, en resumen, un condensado ensayo que, si no fuera porque los hechos que cada día nos toca lidiar, hasta apostaríamos por verlo convertido en realidad, como ya he dicho, dentro de unos días.

Como es natural, no es lugar para contravenir aspectos o afirmaciones de este Estado Mundial maravilloso, por mucho que en su intención sea difícil, por no decir imposible, sustraerse a su atavío de sueño. Todos queremos, quisiéramos, que este minúsculo hogar en el universo fuera, en efecto, una isla consciente de su papel cósmico, donde todo brillase por su blancura, franqueza y felicidad; pero este querer tropieza indefectiblemente con, hoy por hoy, gravísimas dificultades. Enrique González las conoce, y aun así insiste. Es porque está imbuido de bonhomía –su pensamiento de hombre de bien le ha guiado siempre– y no se resigna a verse envuelto en un mundo donde la maldad prevalece en amplios sectores de la población, en unos casos por falta de voluntad de dirigentes malvados, en otros por la propia incuria de amplísimos sectores humanos, en otros por la perversa manipulación que de los intereses económicos hacen quienes controlan las máquinas del poder. Contra esta situación diabólica dirige el autor su proyecto, y no con ánimo destructivo sino, todo lo contrario, dándose a contribuir en el progreso ordenado y permanente de la que llama, sin ambages, ‘sociedad mundial’. Solo fuera esto y ya merecería el aplauso y la atención de los lectores, o sea los destinatarios de su mensaje.

Pero es que, además, es un libro que está bien escrito. No es dado el autor a florituras y devaneos, que con las palabras es fácil; sus libros, y no son pocos, se “entienden”. Va a las cosas no a los nombres de las cosas. Cuenta lo que ve y asimila con la mente, a veces con el corazón, de modo que no hay hueco para el cansancio y menos el aburrimiento. En esta breve reseña quería dejar esto claro.

Por último, he dejado para el final su referencia, para mí crucial, a la moral que debiera y debe presidir todo acto humano. Porque nos dice: «esa República Universal debe tener sus más firmes cimientos en una ética mundial cosmopolita sustentada en los valores fundamentales de la dignidad inviolable de las personas, en la igualdad, la libertad, la solidaridad y la paz como vínculos unitivos de los individuos y de los pueblos». Si alguien tenía alguna duda o recelo intelectual, puede y debe quedar, con estas sus claras palabras, suficientemente apaciguado. [Recibido el 11 de enero de 2011].


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